Valenciano y catalán

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Hablar del valenciano como dialecto hermano del catalán, y hacerlo en las páginas de un periódico como el diario Las Provincias de Valencia que leen muchas personas especialmente sensibles a su identidad valenciana, es asumir el riesgo de perder la tranquilidad y la seguridad que ofrece una profesión tan gris y conservadora como la académica. Pero esquivar un tema que pertenece al dominio general y que se presta a la controversia, mientras no se alcance un punto de perfecta conformidad entre las instituciones, priva de oportunidades, tanto al lector como al escritor, de ampliar su propio conocimiento, aunque no necesariamente de forzar su convencimiento.

En el periódico rival de Las Provincias, Levante-EMV he tenido también ocasión de expresar mi interpretación, fundamentada en autores antagónicos, de las circunstancias que rodean los distintos acontecimientos lingüísticos, y, por más que lo intento, sigo sin encontrar razones técnicas para pensar que el valenciano y el catalán han crecido por separado, sin más vínculo entre ellos que la lengua principal que les dio vida -el latín vulgar-, y que sus líneas de coincidencia son escasas y circunstanciales, mientras que las discordancias, manifiestas en sus respectivos sistemas fonéticos, fonológicos y léxicos, con la añadidura de una ortografía especial para cada variante, son tan enormes que no hay duda de que se trata de entidades lingüísticas divergentes, como lo son el español y el rumano. A mi modesto entender, y tomando muy en serio las impresiones de los ciudadanos de esta Comunidad sobre el valor extrínseco de su propia lengua, la confusión hamletiana en torno a si aquí se habla catalán o valenciano más parece el resultado de una fermentación en un laboratorio de química política que de una realidad sociolingüística y, sin duda alguna, suena a experimento decimonónico desgastado por la repetición, una vieja historia leída en países que han superado el mito de la identidad nacional mediante un movimiento, empero, de enorme interés e importancia: la autonomía territorial.

Además de la fascinación que uno siente por los orígenes del valenciano, hay otros aspectos complementarios también interesantes y que raramente surgen en las discusiones públicas. El lexicógrafo norteamericano Noah Webster (1758-1843) dedicó parte de su vida a la tarea de unificar todos los dialectos y acentos hablados en las ex-colonias inglesas en un modelo estándar del inglés, con el objetivo primordial de extender la educación en un enorme espacio de reciente configuración. Esa variante, con su léxico regional y peculiar acento -en gran parte procedentes de Irlanda y Escocia- y las pequeñas distinciones ortográficas impuestas sobre ella, recibió insistentemente el nombre de “inglés americano” o “lengua americana”. Sin embargo, en el preámbulo de sus Disertaciones sobre la lengua inglesa, Webster confesó, sin dudarlo, que su lengua era “la herencia que los americanos habían recibido de sus padres ingleses” y que cultivarla y adornarla contribuía a formarse una idea acerca de la influencia que ejerce una uniformidad de habla sobre los vínculos nacionales”. La cita podría extraerse de cualquier escritor de nuestros días y pasar inadvertida, aunque bajo ella aparece un rastro de carcoma.

Hay cuatro aspectos claramente separables en las propuestas de Webster y en las de otros como él -citaré, por ejemplo, a Mencken, autor de tres volúmenes titulados La lengua americana (1919, 1945, 1948)- que nos ayudan a entender fenómenos equivalentes:

  1. La variación obliga a los gobiernos a agrupar las múltiples versiones de una lengua, con sus dialectos y acentos, y crear -mejor dicho, adoptar- una sola versión, depurada por la educación y la selección social, que sirva de lengua oficial y lengua nacional. Esta versión suele ser la de la clase culta.
  2. La consanguinidad o mutua inteligibilidad de dos o más ramas de una lengua no son obstáculo para la adaptación formal de cada una de ellas, pudiéndose recurrir, si no hay más remedio, a procedimientos convencionales, como es la ortografía, para imprimirles un carácter diferencial. A pesar de todo, el búlgaro, leído en alfabeto fonético, cirílico o romano, sigue siendo búlgaro.
  3. El concepto de Webster acerca de la pureza de la lengua -y el de muchos de nuestros contemporáneos- es claramente estético y, para nuestra actual forma de pensar, enteramente obsoleto. “Los acentos provinciales”, decía Webster con escaso acierto, “son desagradables a los forasteros y a veces producen un efecto indeseadable sobre los sentimientos sociales”. Por consiguiente había que buscar la armonía política en la uniformidad de la lengua y, haciendo honor a la creación de un estado, era preciso tener un sistema lingüístico propio. “Gran Bretaña, cuyos hijos somos nosotros y cuya lengua hablamos, debe dejar de ser nuestro estándar; se halla demasiado lejos para que siga siendo nuestro patrón y nos instruya en los principios de nuestra lengua”. La propuesta de ruptura se quedaba en la cáscara del idioma; en el fondo se trataba de un acto de reafirmación nacional, fruto de una monomanía muy extendida: que un país no lo es tanto si no tiene una lengua singular.
  4. Para Webster, “el inglés es la raíz común o el tronco de donde emana nuestra lengua nacional”. Pero el efecto contenedor, es decir, la convivencia en el país de lenguas europeas e indígenas y la desvinculación del inglés americano respecto del británico hacían posible un progresivo distanciamiento entre ambos. Su declaración, excepcionalmente transparente y premonitoria, era un reconocimiento de la imparable capacidad evolutiva de las lenguas de cultura. Webster sabía que las creencias personales no afectan para nada a la esencia de la lengua, pero también era consciente de que las decisiones políticas que se tomasen sobre ella podrían alterar su precio entre los hablantes y nunca dejó de incitar a los gobiernos a tomarlas.

Tanto Webster como muchos de sus compatriotas trataron de ligar secesionismo político y señas de identidad lingüística, pero raramente mostraron su desencanto por la lengua de sus mayores ni pretendieron montar una guerra -excepto Mencken- con la suma o la resta de unas superficiales características gramaticales y el ocultamiento de los rasgos esenciales. Los escritores ingleses, remontándose a la Edad Media, siguieron siendo ingleses, y los que nacieron en territorio americano y vivieron como ciudadanos de ese país fueron y son escritores americanos (en lengua inglesa), aunque se den casos como el de Henry James, cuyo nombre aparece indistintamente en los manuales de literatura americana o británica; su cambio de ciudadanía fue una decisión personal. En todos los casos, el lenguaje soez y detestable de Philip Roth se lee en Inglaterra con la misma facilidad que la pulcra sintaxis de Virginia Woolf en Estados Unidos; el grado de comprensibilidad de las dos clases de inglés es muy elevado.

Las distancias culturales, sociales, políticas y económicas entre Estados Unidos e Inglaterra se han ido agrandando a partir de la revolución. Nadie al otro lado del Atlántico cree en la monarquía como sistema de gobierno o de representación política, como pocos ingleses están dispuestos a derribar la aristocracia y, emulando a sus parientes rebeldes, proclamar la república. Nadie ya es capaz de mutilar el título de un “diccionario de inglés americano” y denominarlo, por capricho o por cabezonería, simplemente “diccionario de americano”, ignorando sus lazos directos o remotos con el británico. Ni tampoco se intenta poner ante las cámaras de televisión de la cadena de noticias CNN a un presentador con acento de Oxford. Pero las cuestiones fundamentales conducen al abatimiento: si, como deseaba Webster, en un gesto de patriotismo cultural, el esfuerzo debe ir encaminado a eliminar los prejuicios que impiden el reagrupamiento de gentes y pueblos que siguen la misma ruta, alejándose de aquellos con quienes comparten el mismo origen y la misma lengua, o bien se debe amortizar el pasado huyendo de todos y de todo, construyendo una sociedad fragmentada y sin vínculo alguno entre los que se quedan dentro y los que se dejan fuera. La respuesta, que ahora se nos escapa, será evidente cuando hayamos sido aplastados por el peso de la historia.

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