Un gorrión, un mensaje


gorrion_mensaje

Un domingo, mientras aguardaba la salida de misa de mi mujer sentado en un banco frente a la bahía del puerto de Xàbia (Alicante), me vino el recuerdo de mi madre anciana, a la que solíamos llevar de paseo en las mañanas soleadas de invierno y primavera. En ese momento, un gorrión se acercó sin prisa, a saltitos, levantó las alas, se posó en mi rodilla y continuó su aproximación hasta quedarse unos instantes en mi hombro. Pude sacar con mi teléfono una foto del pajarillo, mientras una familia de ingleses se detenía a observar, sorprendidos, la escena de tan insólito atrevimiento.

Poco antes había estado pensando en cómo era posible que mi madre aún no se me hubiera manifestado, como le pedí en el lecho de su muerte, para advertirme de la posibilidad o la realidad de la trascendencia. Por azar llegó hasta mí aquel solitario bribón, o tal vez lo enviaba mi madre para susurrarme, como dijo Feijoo que solía hacer Yibra’il (el arcángel San Gabriel), encarnado en una paloma, al oído del profeta Mahoma: que es cierto que existe el más allá, ese “desconocido país”, como cantó Shakespeare, imitando a Cátulo, “del que nunca regresa nadie.” El mismo Shakespeare habló de la “especial providencia de la caída de un gorrión”, tan ominosa y críptica como el destino de Hamlet. “Si viene ahora, /no vendrá luego. /Si no viene luego, vendrá ahora. /Si no viene ahora, vendrá un día. /Hay que estar preparado. /Como nadie sabe nada de lo que deja, /¿qué importa dejarlo antes?” (Acto V, escena 2).

Los gorriones, esos pájaros gregarios, afables y ahora más urbanitas que los propios humanos, se han visto a la vez como portadores de la muerte y como símbolos de la vida. Cátulo alzó unos versos a la muerte del gorrión de Lesbia. Los propagandistas bíblicos aseguran que en algunos lugares se ejecutaba a quienes importunasen los nidos de gorrión. John Trumbull, el que fuera ayudante de George Washington, escribió: “Pues los pájaros, /como revelan las fábulas de Esopo, /hablaban de las muertes y de las llamas y de las flechas, /y de romper cuellos y perder corazones.” (“La lechuza y el gorrión”, 1772). “Abad y gorrión, malas aves son”, dice el desabrido refrán español. El cuentista norteamericano William Sydney Porter, que, despechado, renunció a su nombre y adoptó el de su gato Henry, escribió un desapacible relato cuyo protagonista, apestado por las bandadas de gorriones, no tarda en atravesar unos cuantos en un palo para tostarlos en la hoguera y darse con ellos un banquete. (“The sparrows in Madison Square”, 1919)

“Un gorrión” escribió, con mayor optimismo, Emily Dickinson en 1872, “picoteó una ramita /y le gustó… /y fortalecido /se sumergió en el cielo profundo /hasta desvanecerse.” El poeta japonés Issa lo inmortalizó en un suave haiku: “Eh, gorrión, /apártate, /que viene el caballo.” La poesía castellana de los siglos de oro está colmada de letrillas sobre gorriones, como expresó en 1953 el mejicano Salvador Novo en su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua. Miguel Hernández los describió, con desmesurada analogía, como “los niños del aire, la chiquillería de los arrabales, plazas y plazuelas del espacio. Son el pueblo pobre, la masa trabajadora que ha de resolver a diario de un modo heroico el problema de la existencia.” (“El gorrión y el prisionero”, c.1941)

Y Henry D. Thoreau, el excéntrico trascendentalista, contó desde su apartado rincón en lo más recóndito del bosque (Walden, “Winter animals”, 1854) cómo un día, mientras trabajaba en el huerto, se posó en su hombro un gorrión, circunstancia que le hizo sentirse “más distinguido que si hubiese sido portador de una charretera.”

Esta vez el honor ha sido mío. Acaso el mensaje que espero. El aviso del jinete que llega y que pocos desean oír. El anuncio del desconocido país en el que aún no creo.

Mayo de 2010

Artículos relacionados de Etnografía de la memoria