Libertad, igualdad, fraternidad

 

Emilio García Gómez

En 1738, Federico II de Prusia, fue iniciado en una logia de Berlín, hecho fundamental para su acercamiento a las ideas de la Ilustración. Calvinista de adopción en un país luterano, Federico II renunció a sus dogmas para asumir un deísmo inarticulado, desvinculado de cualquier confesión religiosa. Su biblioteca personal, de 4.000 volúmenes, albergaba prácticamente la totalidad de los escritos filosóficos del siglo XVIII. Llevado de la mano de Wolff, teórico racionalista alemán, intentó configurar su noción del Estado como un contrato que vincula al soberano con los individuos y que compromete al primero a velar por la seguridad y el bienestar de todos ellos a cambio de su absoluta cooperación y obediencia.

La utopía del despotismo ilustrado, apoyada en la obra de los franceses Montesquieu y Voltaire y el suizo Rousseau, llegaría a constituir en el último tercio del siglo XVIII un patrimonio común de la civilización occidental, previendo la imposición de un orden racional en la sociedad como germen de la felicidad del ciudadano. La alianza entre el soberano y sus súbditos garantizaba el respeto de tres derechos fundamentales:

  1. Libertad de creencia religiosa, libertad de opinión y libertad de posesión de bienes privados como base del desarrollo económico. Inicialmente, no se contemplaba la libertad de asociación política.
  2. Igualdad civil, supresión de privilegios y reducción o total aniquilación del poder político de la Iglesia.
  3. Fraternidad, incitación al trabajo humanitario, promoción de la beneficencia como institución no religiosa, revisión y mitigación de las leyes penales, entronización de una educación laica y estatal.

En 1789, en los albores de la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional aprobó una Declaración de los Derechos del Hombre, ante la presencia simbólica del Ser Supremo, expresando la igualdad de derechos entre los hombres y rechazando las distinciones civiles, excepto aquellas basadas en la utilidad pública. A la vez reconocía las asociaciones políticas como medio de preservar los derechos fundamentales del hombre, a saber: “Libertad, Propiedad, Seguridad y Resistencia a la Opresión”. La libertad política era interpretada como el poder de hacer cualquier cosa que no afectara negativamente a los demás, es decir, el límite de los derechos naturales del hombre alcanzaba el punto que garantizaba a otro hombre el ejercicio de los mismos derechos. Asimismo se resaltaba la necesidad de impedir y castigar que alguien promoviera, solicitara o ejecutara órdenes arbitrarias. Ningún hombre debía ser molestado por sus opiniones, que podrían ser expresadas libremente, verbalmente o por escrito, con tal que asumiese su responsabilidad en el abuso de su libertad.

En abril de 1792 la Sociedad de Correspondencia de Londres aprobó un documento en el que se advertía que el fraude y la fuerza, incluso sancionados por la costumbre, atentaban gravemente contra el derecho del hombre a su libertad. Por consiguiente, el individuo tenía el derecho y estaba obligado a mantener los ojos abiertos ante las posibles desviaciones y abusos de sus gobernantes, tratando de evitar que las leyes se convirtieran en instrumentos de opresión.

Las logias masónicas, impulsadas por el pensamiento ilustrado, asumieron rápidamente los nuevos principios que regulaban las relaciones sociales. Pero la contrarreacción no se hizo esperar. En 1798, un profesor de química de la universidad de Edimburgo llamado John Robison, tras introducirse en los círculos masónicos de San Petersburgo, divulgó un documento titulado Pruebas de una conspiración contra todas las religiones y gobiernos de Europa [Proofs of a Conspiracy against all the Religions and Governments of Europe, carried on in the Secret Meetings of Free-Masons, Illuminati and Reading Societies, etc., collected from good authorities, Edinburgh, 1797], antecedente remoto de los apócrifos Protocolos de los Sabios de Sión, supuestamente escritos por Serge Nilus en 1902 [Puede leerse la versión original de los Protocolos de Nilus en ruso -5,33MB- aquí]. Robison atribuía a la Orden de los Iluminati el intento de “abolir las leyes que protegen la propiedad acumulada mediante el esfuerzo personal, establecer la Libertad y la Igualdad universal, extirpar toda religión y moral ordinaria, romper los lazos de la vida doméstica mediante la destrucción de los votos matrimoniales y apartar a los niños de la educación de sus padres.

John Robison

En ese mismo año 1798, el abad francés Augustin Barruel, formado entre  jesuítas, en sus Memorias que ilustran la historia del jacobinismo, acusó a los filósofos que precedieron a la Revolución Francesa de “conspirar contra el Dios del Evangelio y contra la Cristiandad, sin distinción de culto, protestante o católico, anglicano o presbiteriano”. Así nació una escuela denominada Sofistas de la Rebelión que, según Barruel, unió fuerzas en una conspiración contra los reyes, apoyados por las Logias Secretas de la Francmasonería y por la secta de los Iluminati. La coalición de los llamados “adeptos de la impiedad, adeptos de la rebelión y  adeptos de la anarquía”, formó “el club de los jacobinos”, nombre que adoptaron del convento de París donde se reunían. De este modo, la teoría de la conspiración como motor de la Revolución Francesa era, como cuenta el historiador R.R. Palmer (1954), una alternativa a “la idea de la autodeterminación del ser humano, la autonomía de la personalidad, el rechazo de las normas exógenas y la insistencia en la autoexpresión más que en la adaptación a las reglas autoritarias preexistentes.

El desfile en el siglo XIX de las teorías económicas del liberalismo y de la industrialización, que ponían al hombre al servicio de la máquina, y las del socialismo, que trató de contrarrestarlas mediante su filosofía del igualitarismo, poniendo al hombre al servicio de la comunidad, contribuyeron a suavizar la rigidez de los axiomas revolucionarios. Sin embargo, la Francmasonería no se pudo librar del efecto paranoide de la obra de Barruel, menos conocida, aunque no por ello menos influyente, que la de Léo Taxil (1887). A lo largo del siglo pasado y bien entrado el siglo XX, la Institución y, por extensión, todas las sociedades secretas han sido claros objetivos de persecución política y religiosa, acusadas de atentar contra los fundamentos de la civilización e intentar establecer un nuevo orden internacional.

Traducción al español de una de las obras de Taxil

No es posible determinar hoy la adscripción ideológica de la Francmasonería más allá de los preceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. La Francmasonería va asociada indistintamente a la aristocracia británica, al conservadurismo canadiense, al pensamiento revolucionario, deístico y ultra conservador norteamericano, a la filosofía socialista, agnóstica o atea de los países mediterráneos, a los virreyes criollos y separatistas de la España colonial, a los movimientos sediciosos de la Rusia imperial, al radicalismo anarquista y anticlerical de Bakunin, a las actividades políticas de los carbonarios, capaces éstos de luchar por la unificación de Italia con la misma intensidad con que Washington peleó por la independencia de Estados Unidos. Podemos, no obstante, afirmar que el vínculo de unión en todos estos casos ha sido y sigue siendo el triple signo de la Revolución Francesa, el mito del Maestro, la palabra perdida, la especulación filosófica y esotérica.

La Francmasonería, desde los tiempos de Federico II, ha caminado un largo trecho, aunque todavía no ha llegado al final de su recorrido. En los confines del siglo XX parece destinada a sufrir la mayor crisis de identidad de su historia, una crisis de carácter atrófico que dificulta la revisión de sus estructuras y la reconciliación de sus afiliados consigo mismos y con sus hermanos. El precio de una sociedad se mide por el grado de seguridad que otorga a sus miembros, el grado de confianza que instila su régimen interior, su capacidad para lograr que sus asociados dejen de ser componentes provisionales de un diagrama inescrutable. Pero el peligro añadido de toda sociedad secreta -llámese secreta, discreta, hermética o hiper hermética- es la usurpación de los valores democráticos con la excusa de preservar el principio de la jerarquía y el consiguiente riesgo de que las decisiones que se toman sean ocasionalmente ciegas y arbitrarias. El pensamiento masónico siempre ha tratado de evitar que un organismo social, cualquiera que sea su índole, utilice la máscara de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad para ocultar un rostro insensible a las necesidades y las inquietudes de los miembros que lo sustentan. Nuestra obligación como masones es ser fieles a nuestros preceptos, y nunca subordinar tales preceptos a las personas. Nosotros, masones aceptados, por el hecho de seguir bajo la escuadra, no podemos mostrarnos indiferentes ante la posibilidad de que tales principios, por los que tanta sangre se ha derramado, dejen de ser respetados en el interior o el exterior de las logias, a saber: libertad de opinión, discusión e intercambio de pensamiento masónico; oportunidad de participación del individuo en el gobierno de su logia y de sus organismos superiores; libertad para abstenerse de participar o cooperar en actividades que considere perniciosas para sí mismo, para sus hermanos o para la Institución, o que sean fruto del fraude, la superstición, la arbitrariedad y la tiranía. Debemos ser capaces de aplicar el principio de Fraternidad como Arte de comprender a nuestros semejantes, como Conducta ética de universal aplicación, como Estímulo para ayudar al hermano necesitado a recuperar o preservar su bienestar material, espiritual, social y profesional, ofreciéndole consejo y llevándole al convencimiento de que todos los hombres podemos y debemos ser libres, iguales y solidarios. Quien lucha por la Libertad, por la Igualdad y por la Fraternidad lucha por la Masonería; quien no lucha por ellas, contribuye a agrandar los orificios por los que se pierde la sustancia espiritual de la Orden. “La peor amenaza para la libertad”, escribió George Bernanos en Libertad ¿para qué? (1953), “no es que uno se la deje quitar; es que uno haya perdido el aprecio por ella.” Y cito nuevamente a Bernanos: “La mayor desgracia del mundo en el momento en que hablo, es que nunca ha sido tan difícil como ahora distinguir entre los constructores y los destructores.” Nosotros, Maestros constructores, hemos aprendido a apuntalar los viejos templos para impedir que se caigan, antes de reconstruirlos, y a edificar unos nuevos bajo el emblema tradicional de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

La visión de Hermes

Emilio García Gómez

Hermes Trismegistus

El siglo XVII europeo ha sido, merced a la divulgación de la filosofía neoplatónica, uno de los períodos de mayor crecimiento del hermetismo, la alquimia y otras doctrinas ocultistas. Una de estas fue la  atribuida al dios egipcio Hermes Trismegistus, o “Hermes Tres Veces Grande” -el más grande de los filósofos, el más grande de los sacerdotes, el más grande de los reyes- cuyos escritos datan del siglo II-III d.C.

Según la tradición hermética, el conocimiento esotérico, restringido y prohibido, era el único capaz de atravesar el velo que separa lo visible de lo invisible. Clemente de Alejandría -uno de los escasos cronistas paganos cuyos escritos se han conservado hasta nuestros días- atribuyó a Hermes más de cuarenta libros, de los cuales causaba asombro el Libro de Toth, ilustrado con extraños jeroglíficos y símbolos que transferían, a quien era capaz de descifrarlos, un poder ilimitado sobre los espíritus del aire y las divinidades subterráneas. El Libro de Toth se custodiaba en el interior de un templo en una caja de oro, cuya llave era celosamente guardada por el maestro de los misterios, el iniciado más alto del Arcano Hermético y único conocedor del contenido del libro.

Según la leyenda, con el declinar de los Misterios, los gitanos -o sacerdotes egiptanos-, al ser expulsados de su antiguo templo, el Serapeum, se llevaron consigo el Libro de Toth, configurado como Tarot, emblemático ritual de 78 folios que conducía a los iniciados a través de los misterios herméticos. El místico francés Court de Guébelin, en Le Monde Primitif, atribuyó el origen de la palabra tarot a los vocablos egipcios tar (camino) y ro  (real), es decir, camino real hacia la sabiduría. El Rota Mundi -término que aparece en las primeras manifestaciones de la Fraternidad de la Rosacruz- parece aludir, con una inversión de letras, al mítico Taro, o Tarot, el presunto libro del conocimiento universal que pretendían abarcar los seguidores de esta Orden Mística.

Pero es en un libro perdido, supuestamente recuperado y traducido del árabe y del griego por el inglés Everard en 1650, con el título de The Divine Pymander of Hermes Mercurius Trismegistus, y ulteriormente editado en Oxford por Walter Scott (Hermetica  1924), y recreado por Edouard Schure (Hermes, The Mysteries of Egypt, Philadelphia 1925) y por G.R.S. Mead (Thrice-Greatest Hermes, Londres 1906), donde Hermes acumula referencias simbólicas a la revelación que recibió sobre el génesis de la Creación.

La historia relata cómo Hermes se retiró a meditar al desierto y, cuando alcanzó el punto de separación de sus sentidos materiales, tuvo la visión de un Gran Dragón cuyas alas se extendían por la bóveda celeste. Al preguntarle quién era, el Dragón se identificó como Pymander, la Mente del Universo, la Inteligencia Creadora, el Emperador Absoluto de todas las cosas. Hermes le pidió que le revelara la naturaleza del universo y la esencia de los dioses. El Dragón se transformó de repente en un foco de luz y Hermes se vió “elevado” hasta el Divino Resplandor.

Al poco se apoderó de la luz una gran oscuridad. Hermes comprendió que la luz representaba el universo espiritual, y la oscuridad la sustancia material. Entonces surgió de la luz, como una llamarada, una Palabra santa y misteriosa que, separando la luz de las tinieblas, creó los mundos superiores y los mundos inferiores.

Volvió a oírse la voz de Pymander, quien dijo: “Yo, tu Dios, soy la Luz y la Mente que existían antes de dividirse la sustancia del espíritu, la oscuridad de la luz. Y la Palabra que surgió como una columna de fuego es el Hijo de Dios, nacido del misterio de la Mente. El nombre de esa palabra es Razón, el vástago del pensamiento, el que divide la Luz de las tinieblas y fija la Verdad en medio de las aguas. La Luz y el fuego son el hombre divino que asciende por la escala de la Palabra, y aquello que no puede elevarse es el hombre mortal. Recuerda lo que ves y lo que oyes, porque en el misterio se halla el secreto de la inmortalidad.”

El Dragón se mostró nuevamente a Hermes y los dos se observaron detenidamente, ojo con ojo, quedando Hermes tembloroso ante la poderosa mirada de Pymander. A la Palabra del Dragón se abrieron los cielos, quedando expuestos los Poderes de la Luz, los espíritus de las estrellas y el brillo de la Mente Soberana. Esa Palabra era la Razón, y por la Razón de la Palabra se manifestó el mundo invisible.

Antes de crear el universo visible“, continuó el Dragón, “la Mente Suprema formó un molde, al que denominó el Arquetipo. Al verlo, la Mente Suprema se prendó de su propio pensamiento de modo que, manejando la Palabra como un terrible martillo, la hundió en las cavernas del espacio primordial y perfiló la forma de las esferas en el Arquetipo, sembrando a la vez las semillas de las cosas vivas. Al caer el martillo de la Palabra, de la oscuridad subyacente nació el orden del universo. El Ser Supremo -la Mente-, macho y hembra, dio la Palabra, y la Palabra, suspendida entre la Luz y la Oscuridad, surgió de otra Mente llamada el Obrero, el Maestro-Constructor, el Hacedor de la Cosas.”

El Obrero atravesó el universo, haciendo vibrar las sustancias con su resplandor. Cuando hubo organizado el Caos, la Mente Suprema formó al Hombre Universal a su propia imagen y le otorgó el control de las creaciones y de las obras. El Hombre quiso perforar la circunferencia de los círculos y desvelar el misterio de Quien se sentaba en el Fuego Eterno. Mirando a través de las siete Armonías, y cruzando los círculos, se mostró ante la Naturaleza que se extendía bajo Él. El Hombre se enamoró de su propia sombra y descendió sobre ella, quedando ambos fundidos en una sola entidad: en su interior se hallaba el Hombre-Cielo, hermoso e inmortal; en el exterior, la Naturaleza, mortal y destructible. De esta manera, el sufrimiento es el resultado del amor del Hombre Inmortal hacia su sombra, obligando a la Realidad a morar en las tinieblas de la ilusión. Por ser inmortal, el hombre tiene poder sobre la Vida, la Luz y la Palabra, pero siendo mortal, está sujeto al Sino o Destino.

De la unión del Hombre Inmortal y la Naturaleza nacieron las siete razas, las siete especies, las siete ruedas, los siete hombres -todos bisexuales-. La Tierra fue el elemento femenino y el agua el elemento masculino. Y el hombre recibió la Vida y la Luz del Gran Dragón, y de la Vida salió su Alma, y de la Luz su Mente. Pero al final del período, se desató el nudo del Destino por voluntad de Dios y quedó suelto el lazo que unía a todas las cosas. Todas las criaturas vivas, incluido el hombre, que habían sido hermafroditas, se separaron en macho y hembra, según el dictado de la Razón. Y Dios habló y dijo: “Creced y multiplicaos, mis obras y criaturas, y que lo que pertenece a la Mente sea inmortal y que la adoración del cuerpo sea causa de la muerte. Que quien se reconozca a sí mismo entre en el estado del Bien.

Cuando Dios acabó de pronunciar estas palabras, la Providencia, con ayuda de los siete Gobernantes y de la Armonía, juntó a los sexos y surgieron las generaciones de acuerdo con su clase. “Quien por error“, añadió el Gran Dragón, “ama a su cuerpo, permanece en la oscuridad y sufre la muerte, pero quien comprende que el cuerpo es la tumba de su alma, se eleva a la inmortalidad.

Hermes preguntó al Dragón por qué se despojaba a los hombres de la inmortalidad sólo por el pecado de la ignorancia, y cómo podía llegar a Dios el hombre sabio y recto. El Dragón respondió: “Puesto que el Padre de todas las cosas está hecho de Vida y Luz, si el hombre es capaz de entender la naturaleza de la Vida y de la Luz, pasará a la eternidad de la Vida y de la Luz.

Antes de que desapareciera el Dragón, Hermes quiso saber cuál era el destino del alma humana, y Pymander respondió que, al morir, el cuerpo material del hombre retornaba a los elementos de los que procedía, y el hombre invisible ascendía a la fuente de la que nacía la Octava Esfera. El mal pasaba al lugar donde habita el demonio, y los sentidos, los deseos, y las pasiones humanas retornaban a su origen, los Siete Gobernantes, cuyas naturalezas en el hombre inferior destruyen y en el hombre visible espiritual vivifican. Al retornar la naturaleza inferior a su condición bruta, la superior trata de recuperar su estado espiritual y asciende los siete Anillos en los que se sientan los Siete Gobernantes, devolviendo a cada uno de ellos sus poderes inferiores. En el primer anillo, donde se sienta la Luna, deposita su habilidad para crecer y menguar; en el segundo, sede de Mercurio, deja las maquinaciones, el engaño y la falsedad. En el tercero se sienta Venus, a quien devuelve la lujuria y las pasiones. Al Sol, que mora en el cuarto Anillo, entrega las ambiciones; a Marte, en el quinto, cede los impulsos y la audacia profana; a Júpiter, en el sexto, retorna el sentido de la acumulación y el enriquecimiento; a Saturno, en fin, en el séptimo Anillo, en la Puerta del Caos, devuelve la falsedad y la conspiración malévola. Quedando así desnuda de las acumulaciones de los siete Anillos, el alma pasa a la Octava Esfera, el Anillo de las estrellas fijas, donde, libre de toda ilusión, mora en la Luz.

El camino de la inmortalidad es duro,” concluyó el Dragón, “y sólo unos pocos consiguen encontrarlo. Los demás aguardan el Gran Día, cuando dejan de girar las ruedas del universo y las chispas inmortales escapan de las fundas de la sustancia. Quienes se salvan por la luz del misterio que acabo de revelarte, retornarán al Padre que mora en la Luz Blanca. Yo, Pymander, la Luz del Mundo, me he revelado. Te ordeno, Hermes, que salgas y guíes a quienes vagan en las tinieblas.” Con estas palabras, el Gran Dragón, radiante de luz celestial, se desvaneció.

Hermes, bastón en mano, partió a enseñar y a guiar a la humanidad hacia su salvación. Al llegar al atardecer de su vida, instruyó a sus discípulos para que preservaran sus doctrinas intactas a través de los siglos. La Visión de Hermes se convirtió así, en su periplo misterioso, en el eje de los escritos filosóficos y místicos de la Europa moderna.

El cinco

Emilio García Gómez

El cinco

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII hubo en Europa un enorme número de adeptos a la alquimia y a la filosofía mística y esotérica. Thomas Browne (1605-1682), por ejemplo, nacido en Londres y residente en Norwich, se pasó la vida dedicado al estudio de la antigüedad, la metafísica, la medicina y la botánica, vertiendo luz sobre las supersticiones de la época y recreándose, a la vez, en misterios y enigmas. Browne, para quien la naturaleza era un complejo jeroglífico susceptible de ser traducido tras una atenta lectura, creía en la astrología, en la alquímica y en la magia, y posiblemente haya que atribuir a su testimonio como médico la ejecución de dos mujeres acusadas de brujería.

En 1658 publicó su obra El jardín de Ciro [The Garden of Cyrus, or the Quincunciall, Lozenge, or Network Plantations of the Antients, Artificially, naturally, Mystically Considered, with Sundry Observations], que recogía el valor simbólico del quincuncio -disposición de cinco objetos en el centro y las esquinas de un cuadrado; por ejemplo, el número X romano respondería a este orden, como ocurre con la cruz de San Andrés, o con el cinco en la ficha del juego de dados o del dominó-. El diseño de los jardines de Babilonia fue el punto de partida de una larga, aunque amena, digresión en torno a las diversas figuras de carácter quincuncial -conos, rectángulos, rombos, pirámides- y su relación con el mundo botánico.

Figura quincuncial

Browne observó que la mayoría de las flores de su entorno contenían cinco hojas, y la misma división numérica aparecía reflejada en incontables obras de la naturaleza -hojas, frutos, semillas, escamas de algunos peces-.

Pero mucho antes del nacimiento de Browne, desde la antigüedad, al número cinco se le ha venido asignando un carácter misterioso y secreto. Según los numeristas, el cinco -la péntada- estaba compuesto por el dos y por el tres, dígitos activos y pasivos,  símbolos de la paridad y la imparidad, de los principios materiales y formales de las denominadas sociedades generativas. El cinco era el número conyugal, lo que explica por qué Platón admitió a sus invitados nupciales agrupados en cinco. Entre los romanos, las ceremonias nupciales se iluminaban con cinco antorchas.

La péntada recibió también el nombre de hierofante, o sacerdote de los misterios, por su conexión con los éteres celestiales y la posibilidad de alcanzar, a través de él, la plenitud mística. Los pitagóricos enseñaban que los cuatro elementos -tierra, agua, aire y fuego- se hallaban impregnados de una sustancia llamada éter, el quinto elemento, base de la vitalidad y la vida. Por ello eligieron la estrella de cinco puntas, o pentagrama, como símbolo sagrado de la luz, la salud y la interpenetración. El éter se hallaba libre de las alteraciones de los otros cuatro elementos, y, por lo tanto, se convertía en símbolo del equilibrio al dividir el número perfecto -el 10- en dos partes iguales. La pentalfa era la representación en forma de estrella de las cinco posiciones de la letra griega alfa:

La pentalfa

En los ángulos interiores de la pentalfa colocaban cada una de las letras de la palabra griega U G E I A , y en los ángulos exteriores las de la palabra latina SALUS, ambas con el significado de salud. Así, en Atenas, los recién nacidos eran consagrados al quinto día. En honor de Júpiter se sacrificaba un buey de cinco años. La pentalfa grabada sobre un anillo se empleaba como talismán para combatir los malos espíritus. Serapis curó a un ciego después de que se le hubiese hecho colocar cinco dedos sobre su altar, y su mano sobre sus ojos. Según la mitología griega, Cadmo, en su periplo en busca de su hermana Europa, fue atacado por un dragón. Tras matarlo, sembró sus dientes y de ellos brotaron hombres armados que entablaron combate entre sí. Sólo cinco sobrevivieron y ayudaron a Cadmo a fundar Tebas.

Los egipcios describían las estrellas con una figura de cinco puntas, en alusión a los cinco aspectos capitales. Según Paracelso, el Pentagrama, o estrella de cinco puntas, era el signo más poderoso de todos los signos. Puesto que el cuerpo físico del hombre tiene cinco partes importantes y claramente diferenciadas -dos brazos, dos piernas y una cabeza, siendo ésta última la que gobierna las otras cuatro-, el número cinco ha sido adoptado como símbolo del hombre. Las cuatro esquinas de la pirámide representan las piernas y los brazos, y el vértice superior la cabeza, como muestra del poder superior que rige las cuatro esquinas irracionales. Las manos y los pies equivalen a los cuatro elementos -los pies, la tierra y el agua; las manos, el fuego y el aire. El cerebro  representa, por consiguiente, el sagrado quinto elemento -el éter-, que controla y une los otros cuatro. En la Edad Media, la rosa heráldica de cinco pétalos representaba, a través de la péntada pitagórica, el misterio espiritual del hombre. En la rosa de la antigua Fraternidad de Rosacruz figuraban dos filas de cinco pétalos -sutil alusión al número perfecto pitagórico-. El blasón familiar de Johan Valentin Andreae contenía cuatro rosas rojas sobre los ángulos externos de un aspa -o cruz- blanca, en clara referencia al matrimonio químico de Christian Rosencreutz, el presunto autor de las Nupcias Químicas  y posible fundador, con otros tres, de aquella mística y secreta sociedad. El sello familiar de Martín Lutero contenía una rosa blanca con cinco pétalos.

Los filósofos tenían por costumbre ocultar el elemento tierra bajo el símbolo del dragón, y muchos héroes de la antigüedad se lanzaban a la captura y muerte del mismo, insertándole la espada (la mónada) en el cuerpo (la tétrada o los elementos). El resultado era la formación de la péntada, símbolo de la victoria de la naturaleza espiritual sobre la material. En los antiguos escritos bíblicos, los cuatro elementos están representados por cuatro ríos que desembocan en el Jardín del Edén, hallándose dichos elementos bajo el control del Querubín de Ezequiel.

La magia negra ha recurrido al pentagrama hasta convertirlo en símbolo de las artes mágicas, en representación de las cinco propiedades del Gran Agente Mágico, los cinco sentidos del hombre, los cinco elementos de la naturaleza, las cinco extremidades del cuerpo humano. La particularidad del pentagrama en magia negra es que la estrella puede estar quebrada en algún punto, no dejando que se toquen las líneas convergentes; o puede estar deformada, con líneas de distinta longitud; o bien se muestra invertida, con una punta abajo y dos arriba. Esta última recibe el nombre de pezuña partida , huella del demonio, o Cabra de Mendes. Cuando se giran las puntas de la estrella, quedando una sola hacia abajo, se anuncia la caída de la Estrella de la Mañana.

En los misterios hebreos y en las especulaciones cabalísticas el número cinco era el carácter de la generación, declarado por la letra He, la quinta del alfabeto cabalista. Según este dogma, tal y como lo relata Browne, si Abraham no hubiese incorporado esta letra a su nombre, habría sido estéril, privado del poder de generación, no sólo porque con ello el número de su nombre alcanzaba 248 (2+4+8=14=1+4=5) -el número de los preceptos afirmativos-, sino porque entre las criaturas hay macho y hembra, y en la tecnología cabalística la madre de la vida recibe el nombre de Binah, cuyo sello y carácter era He . Los israelitas tenían prohibido comer el fruto de los arboles nuevos antes del quinto año. San Pablo prefería hablar cinco palabras en una lengua conocida que diez mil en una desconocida. El Salvador dio de comer a cinco mil personas con cinco panes de cebada; David empleó cinco piedras de río contra Goliat. Los antiguos mezclaban cinco partes de agua con el vino; Hipócrates observó una quinta proporción en la mezcla de agua con leche.

Los cabalistas dividían en cinco partes los usos de su sagrada ciencia: la Cábala Natural buscaba ayudar al investigador en su estudio de los misterios de la naturaleza; la Cábala Analógica  revelaba que todas las cosas y sustancias de la Naturaleza eran una sola, y que el hombre -el Pequeño Universo- era una réplica en miniatura de Dios -el Gran Universo-; la Cábala Contemplativa  trataba de revelar los misterios de las esferas celestiales por medio de las más elevadas facultades intelectuales y el razonamiento abstracto; la Cábala Astrológica  instruía a los estudiosos sobre el poder, magnitud y sustancia de los cuerpos siderales, revelando asímismo la constitución mística del propio planeta. La quinta, o Cábala Mágica  configuraba el deseo de ejercer el control sobre los demonios y las inteligencias subhumanas de los mundos invisibles -de ahí el empleo de talismanes, amuletos e invocaciones para sanar a los enfermos.

En el Sepher Yetzirah  -uno de los pilares del cabalismo, escrito, según la tradición, por Simeon Ben Jochai en el año 161 y compilado en 1305 por Moses de León- se dice que Dios dispuso la combinación de las veintidós letras básicas de forma que pudieran emitirse con arreglo a las cinco partes de la boca humana: Guturales, Palatales, Linguales, Dentales y Labiales. La  moderna ciencia fonética aún mantiene en nuestros días esta clasificación básica.

 

Masonería española: fin de milenio

Masonería española: fin de milenio

Hay que estar preparado para entrar en la hoz del río Lobos (Soria) y recorrer con la vista y el tacto los sillares de la ermita templaria erigida a los pies de los acantilados calizos, horadados por enormes grutas y coronados por hornacinas oreadas por los buitres.

Ermita templaria de San Bartolomé. Cañón del río Lobos (Soria). Foto: Arranz

Los canteros medievales han dejado allí grabadas con el cincel sus arcanas marcas de identidad: ángulos, escuadras, bastones y arcos entrelazados formando la cruz templaria. En los rosetones laterales, dos inusuales estrellas de cinco puntas invertidas proyectan su silueta sobre la nave románica, tras haber presidido las supuestas misas negras de aquellos inquietantes monjes-guerrero, fomentadores de su propio mito como magos o brujos, alquimistas o necrománticos.

Rossetón templario

En otro lugar y en otro tiempo -el 18 de marzo de 1314, en una isla del río Sena, a escasa distancia de la catedral de Notre Dame- la muerte a fuego lento de Jacques De Molay, acusado injustamente de sodomía, herejía y blasfemia, no daría tregua para el respiro a la monarquía francesa, maldecida por los herederos del Temple; cuando Luis XVI fue guillotinado, se vió a un francmasón saltar al patíbulo, hundir la mano en la sangre del déspota y arrojar las salpicaduras sobre la muchedumbre, gritando: “Jacques De Molay, habéis sido vengado”.

Jacques de Molay

Existe la creencia de que no hay mejor memoria que la de un masón vindicativo, quien, por el contrario, está dispuesto a jurar que sus actos siempre están presididos por un espíritu de tolerancia. Y se asegura que los masones reciben al oído siniestras consignas emitidas desde la cúpula de una secreta pirámide oligárquica, imponiendo a los neófitos la obligación de sacrificar niños -leyenda que recuerda el sañudo martirio en el s. XIII de Dominguito del Val a manos de los judíos aragoneses- y a los maestros consagrados la de conjurarse contra el papismo, extender la anarquía librepensadora, fomentar la duda filosófica y el ateísmo, subvertir las instituciones, amparar el sionismo, combatir el capitalismo y el comunismo, denunciar la corrupción de los profanos (encubriendo la de los hermanos), conspirar contra la corona y restaurar la república. Por algo, se dice, la bandera de Esquerra Republicana de Catalunya aloja un triángulo -qué otro símbolo puede haber más representativo en la masonería- con la bandera cuatribarrada.

Todo es posible cuando la actividad masónica, como les ocurrió a los templarios, se realiza, dicen, en la más absoluta opacidad desde los rincones más inaccesibles, a pesar de haber promovido modernas constituciones, como la de Estados Unidos, haber contribuido al hervor secesionista de las colonias americanas y, de forma contradictoria, a la unificación de Italia, la apertura de las barreras de la Comunidad Europea respecto a España y, para horror de los nostálgicos franquistas y republicanos, al sostenimiento de la dinastía borbónica, al menos por el momento, tras ceñir su cintura con un mandil. Ni Pushkin ni Goethe, ni Walter Scott, Conan Doyle, Kipling o Wilde hubieran sido capaces de mejorar con su brillante imaginación el mito de la invisible hermandad a la que ellos mismos pertenecieron, ni contribuido tan eficazmente a la captación de nuevos miembros como el silbido al oído, el dicen que dicen y cuéntame el secreto.

Pero a los hijos o a los nietos de los masones, como a los hijos y a los nietos de los cristianos, les cuesta seguir asistiendo al templo, si alguna vez entraron en él, y los personajes fabulosos, como Lafayette, Washington, Diderot, Voltaire, Nelson, Wellington o Garibaldi- que, en cierto modo, llegaron a ocupar en las logias el lugar de las imágenes de los santos en las iglesias católicas- han quedado cubiertos por un manto de polvo y herrumbre. La fábula ha cedido paso a la vulgar realidad, a la lucha por la permanencia, la incierta expansión y, en el mejor de los casos, al intento de restaurar la unidad en una institución fragmentada por el ansia de poder y la tendencia a impedirlo.

A la vuelta del siglo, todavía se siguen exculpando los excesos de la hermandad, acusada en tantos lugares de corrupción, nepotismo y conspiración por la práctica individual de algunos de sus miembros, y observada con recelo entre las nuevas generaciones de políticos y educadores, mientras se intenta redactar una nueva versión de la historia de la masonería, vinculándola más a los viejos valores racionalistas que a los idiosincráticos, seudoesotéricos y altojerárquicos de la no tan poderosa, no tan discreta y no tan sospechosa sociedad de protección mutua.

La escisión de la familia masónica, observable en la multiplicidad de ritos y obediencias que han brotado desde el siglo XVII, y muy especialmente a partir del XIX, no es sino un reflejo de lo ocurrido en las diversas creencias religiosas, instituciones y movimientos políticos organizados desde el nacimiento de la civilización: allá donde huele a misterio, a rincón reservado o a dogma, allí mismo salta el pensamiento disidente para evitar que el conocimiento y el poder puedan convertirse en monopolio de nadie. A pesar de que los principios fundamentales de la masonería son respetados en España como en Francia, Inglaterra, Suiza, Alemania o Estados Unidos, todos los protocolos de regeneración y reunificación han venido fracasando sin que se sepa exactamente a qué o a quién atribuirlo. Seguramente no conviene a los estados que la comunidad masónica se reagrupe por temor a ser parasitados por tan formidable enemigo; pero tampoco a los dirigentes de las Grandes Logias les preocupa demasiado intervenir para mejorar su mala imagen, aunque, en palabras de Baigent y Leigh (The Temple and the Lodge, 1989), mantener este obsesivo secretismo sólo sirve para reforzar el convencimiento de que tienen algo que ocultar. El efecto logrado es ciertamente incómodo y ridículo: en el mundo exterior, el emblema de la escuadra y el compás, más que curiosidad despierta recelo y rechazo; ni siquiera el pasaporte masónico puede franquear las puertas de las logias al hermano visitante procedente de una obediencia irregular -discúlpese el lenguaje jesuítico-, por más que sea portador de una contraseña universal; los hierofantes de la obediencia obstaculizarán la entrada del viajero en su territorio, si es que el viajero no ha sido reconvenido antes por sus propios jefezuelos para que no se atreva a pisar el suelo arlequinado de una logia no reconocida, en clara violación de los reglamentos de las Antiguas Partidas de 1425: “Todo cantero recibirá y acogerá a los canteros forasteros que viajen por el país… y les dará trabajo al menos durante catorce días y les pagará su jornal, y si no hubiera piedra para ellos, los socorrerá con algunos dineros que le ayuden a alcanzar el próximo albergue (logia)” (Mackenzie, Secret Societies, 1967).

De hoy a mañana convendrá rectificar la plantilla sobre la que descansa el pie masónico, o habrá que resignarse a que padezca cojera crónica. Posiblemente las sociedades secretas no tienen ninguna posibilidad de evolución, pero la historia demuestra que la disciplina colectiva de las instituciones suele terminar convirtiéndose en una maniobra desreglada cuando se quiere mantener el pecho erguido en medio del tiroteo. Lamentablemente, como no resucite De Molay y emprenda una cruzada a garrotazos contra los gestores del templo, el legado de la masonería española del año 2000, lejos de quedar tallado en la roca para los siglos venideros, quedará enterrado en su propia insignificancia.

La fragmentación de la masonería española

Emilio García Gómez, Director del Gabinete de Estudios Masónicos, Javier Giménez Carpintero, Presidente del Club Levante 50

(Este documento es uno de los que circularon en 1995 para intentar acabar con el cisma que aquejaba a las distintas logias y obediencias de la Francmasonería española)

El fraccionamiento de la francmasonería española, motivado por complejos movimientos no del todo exentos de rivalidad personal, impide retejer las estructuras fósiles de la orden y reprimir el elemento de irracionalidad que viene dominándola.

1. Se ha perdido la unidad institucional; la introducción de distintas obediencias (vocablo que arrastra una pesada carga semántica de sumisión pastoral) conduce a la imposición de severas restricciones a sus miembros tomando como base la regularidad y la exclusividad. El efecto resultante en nuestro país es que las facciones enfrentadas presumen actuar con un sello de legitimidad en virtud de sus cartas patentes, que en ocasiones se utilizan como patentes de corso, ignorando los intereses generales de la familia masónica. Las variantes rituales -algunas como resultado de una pedestre traducción de los originales franceses o ingleses- hacen incluso difícil identificar los trabajos de numerosas logias como procedentes de un tronco común.

2. Se está perdiendo la unidad estratégica; las decisiones que adoptan las respectivas obediencias y sus logias chocan frontalmente con los intereses de la familia masónica, que tiene derecho a exigir el cumplimiento de las Constituciones y la coordinación de objetivos.

3. Se confunde unidad institucional -concepto doctrinal que hay que preservar- con unidad territorial. Los distintos episodios centralizadores de la francmasonería española no han redundado en beneficio de la gestión de una única Gran Logia y un respetable Supremo Consejo del Grado 33, sino que han desencadenado la lucha por el gran poder, el control de las logias y el uso y usufructo, por parte de unos cuantos pillos, de las aportaciones individuales conocidas como capitaciones y troncos de la viuda, así como del capital social, alejando a los disidentes y recurriendo a cooperadores marioneta que les ayuden a afilar el vértice de la pirámide. La solicitud de concesión de pasaportes o acreditaciones, libramiento de diplomas de pase a los distintos grados, entrega de planchas de quite (documentos de aceptación de baja honorable o pase a sueños), emisión de recibos con membrete y sello por cuotas de adscripción, apertura de expedientes y constitución de tribunales y gabinetes de defensa con arreglo a la ley masónica cuando fueran necesarios, han sido trámites administrativos frecuentemente ignorados, a pesar de la obligación y el derecho de todo masón a poseer sus señas de identidad y a reclamar transparencia administrativa. El producto final es el descenso en el número de logias libres asociadas y el incremento de logias salvajes que vagan sin rumbo y sin vínculos conocidos.

4. Se está perdiendo la unidad litúrgica, ya que, a lo largo de los tiempos, se han introducido en los distintos rituales de los tres primeros grados profundas variantes -algunas como resultado de una pedestre traducción de los originales franceses o ingleses- que hacen difícil identificar los trabajos de numerosas logias como procedentes de un tronco común.

5. Se están debilitando los principios morales que han configurado la francmasonería especulativa desde su fundación en el siglo XVIII. Las innumerables planchas de protesta que han circulado internamente son prueba de la sistemática violación de los principios de libertad, igualdad, fraternidad y tolerancia mediante intimidaciones y decretos de suspensión e irradiación firmados por quienes creían ostentar el derecho a instrumentarlos, sin posibilidad de defensa para los afectados. Como consecuencia de ello, se ha incrementado el rencor, el infundio y la sospecha dirigidos contra los hermanos adscritos a otras obediencias, o contra quienes han sido inhabilitados para el trabajo masónico, e incluso contra aquellos que comparten las herramientas del mismo taller, y se percibe claramente entre los miembros más decanos, y muy especialmente en las denominadas obediencias irregulares, el deseo de mantener la actual separación y el rechazo a todo tipo de iniciativa encaminada a reducir las distancias mediante tácticas de autocomplacencia, vertido de amenazas o imposición de condiciones inasumibles, basándose en las tropelías cometidas por unos y por otros.

6. No es ético iniciar a los profanos que lo solicitan y mantenerles desinformados respecto de la verdadera situación de la francmasonería en el Estado español, dada la incoherencia entre los principios jurados y la práctica diaria de los mismos por parte de quienes más obligados están a respetarlos y hacerlos respetar. Los guardianes del templo, únicos responsables del desgobierno, viven en la ilusión, intentando enmascarar los hechos con declaraciones públicas de normalidad, fecundidad y crecimiento estratégico -véase, como acto innecesario de propaganda, la lista de 500 “masones universales”, entre los cuales figuran Mario Moreno, “Cantinflas”, Ramón Cabrera, “el tigre del Maestrazgo” y Joseph Guillotin, “inventor de la guillotina”, que publica la Gran Logia de España (GLE) desde su página web-, cuando ya es notorio que la institución corre grave peligro de extinción por falta de armonía, inapetencia crónica, fuga de militantes -con el consiguiente abatimiento de columnas, o cierre de talleres-, miedo a la expresión de la disidencia y confusión. La impresión general es que la masonería española ha dejado de ser una honorable y compacta agrupación de hombres libres aficionados a la filosofía esotérica post-renacentista y unidos por los ideales de la Ilustración, y se ha convertido en una secta en descomposición.

7. Se halla muy extendida la creencia en la conspiración de las logias inglesas de nuestra costa mediterránea para convertir la GLE en el zapato de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Teniendo en cuenta las normas que guían a esta última, que rechaza la subordinación a cualquier Supremo Consejo y, al mismo tiempo, reclama autoridad sobre las logias de su jurisdicción y sobre los tres primeros grados, es contradictorio e inverosímil que trate de ejercer ningún tipo de control sobre las logias que actúan bajo jurisdicción de la GLE; en todo caso se limita a admitir o rechazar las peticiones de reconocimiento masónico que le llegan de distintos lugares del mundo por parte de Grandes Logias de nueva fundación. Que los masones ingleses, alemanes o suizos residentes en España sean capaces de mantenerse en pie en su trabajo y encuentren vasallos que les sirvan de enlace con la GLE, de la que dependen, con el fin de obtener respuesta a sus peticiones, no va en detrimento de su imagen, sino que pone en evidencia la desequilibrada naturaleza de las logias españolas y de sus organismos superiores. Quienes siguen creyendo, no obstante, en la doctrina secreta de la masonería como motor de la historia moderna saben que la única forma de evitar la partición y la disolución de la orden en el Estado español es la reconciliación y la reunificación sin condiciones previas ni exclusiones, sentándose a parlamentar sin adoptar posturas monopolistas y excluyentes, agotando positivamente todas las propuestas para encontrar una alternativa funcional a la actual situación antes de sentar los cimientos de una arquitectura sólida y estable, y abriendo las puertas al reconocimiento universal de los resultados.

Reunificación de la FM. Propuestas

Todos los masones activos, en sueños o en suspensión, deben negociar sin requisitos previos en cuanto a la representatividad inter/intra-logias, ni por la situación de sus respectivas obediencias o Grandes Logias, ni por la configuración del Supremo Consejo del Grado 33. El objetivo que se persigue no es el asentamiento de otra obediencia ni otro Supremo Consejo, sino la reconstrucción de la masonería en el Estado español sobre una nueva piedra angular. Bastaría con acreditar la condición de hermano en cualquiera de sus tres primeros grados para obtener el derecho de asistencia a la asamblea de reunificación, sin riesgo alguno para la salvaguardia de los misterios de la orden. Durante la misma, en la que deberían hallarse observadores de las Grandes Logias europeas, no se podrían tomar decisiones que coartasen la libertad de asistencia y permanencia, y cabría esperar de la buena voluntad de los hermanos la no adopción a priori de actitudes astringentes. De llegarse a unos acuerdos globales, podrían iniciarse negociaciones encaminadas exclusivamente a la reunificación a múltiples niveles, permitiéndose, no obstante, la discusión sobre el carácter orgánico o federal de la nueva estructura administrativa y la subsiguiente adopción de los dos ritos consolidados, reconocidos y practicados por las potencias masónicas más significativas en el ámbito internacional: el Rito de Emulación y el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, con sus respectivas y legales derivaciones.

Finalizada la tenida de reunificación, en sucesivas convocatorias y en un plazo razonable, podrían presentarse propuestas para la consolidación de las bases convenientemente discutidas y negociadas en la primera asamblea. Transcurrido este período, habría que convocar a todos los hermanos masones a una tenida general de reagruación en la que se procedería a votar las propuestas firmes, la fijación del organigrama administrativo, el nombramiento democrático del gobierno de la Gran Logia o Grandes Logias, la estabilización del Supremo Consejo del Grado 33 y, finalmente, la regulación y normalización de la actividad de todas las logias que busquen su amparo, tratando de encontrar una salida para la masonería mixta y femenina.

Todo proceso de regeneración que no siga este procedimiento no es fiable; cualquier promesa de recompensa o advertencia de penalización anunciada por cualquier masón, sea cual sea el cargo que ocupe y vaya o no remachada por un matasellos con el logotipo más radiante, nunca recibirá de forma duradera el soporte de los auténticos pilares de la masonería: los aprendices, los compañeros y los maestros. Las llamadas luces de las logias y de las Grandes Logias deben depositar sus joyas en el oriente y facilitar el retejido de las estructuras fósiles de la institución divulgando similares manifiestos de concordia entre los miembros más débiles -los hermanos aprendices y compañeros-, y poniendo a prueba, como auténticos masones conjurados para mantener “el honor y la virtud por encima de las ventajas exteriores del rango o de la fortuna”, su capacidad para el olvido y su sincero deseo de que al fin se restaure la paz, la verdad, la fraternidad y la honestidad.

 

La espinosa acacia

Cuentan los historiadores de la mitología que Isis advertía a aquellos a quienes se revelaba que debían guardar silencio, para impedir que el profano y el infiel pudieran acceder a los secretos del mundo invisible. Por ello Isis se ocultaba tras un velo, que sólo alzaba para manifestarse ante el hombre sabio. Osiris, su hermano y esposo, también evitaba miradas impertinentes, adoptando la forma de un ojo abierto, ojo que todo lo ve, Gran Ojo del Universo, símbolo del sol, del que emana luz, fuego, calor y vida.

Isis y Osiris

Representación de Osiris e Isis

Sin ánimo de provocar la ira de ninguna de estas deidades por revelar detalles de su esencia, quisiera atraer por un momento al lector hacia uno de los mitos mejor conservados en la secuencia de los acontecimientos meta históricos, con el fin de ayudarle a comprender, aunque sólo sea superficialmente, el oscuro soporte teológico de la Francmasonería universal y conducirle después al submundo material e idiosincrático de los masones españoles, cuyo lenguaje, fracturado por las tensiones internas, anda lejos de ser el eco de los dioses.

Según Plutarco[1], Osiris heredó el trono de su padre y gobernó la tierra con bondad y justicia. Su hermano Set, en un arrebato de celos, asesinó a Osiris y descuartizó su cuerpo, dispersando sus restos en el mar a los cuatro vientos. Isis, tras una búsqueda interminable, logró encontrarlos y resucitó a su hermano en el otro mundo, donde se convirtió en rey y juez de los muertos. Orus, su hijo póstumo, vengó a su padre y acabó siendo rey de Egipto.

Las biografías complementarias describen a Osiris recorriendo el mundo para extender la luz entre todos los pueblos. Durante su ausencia, su hermano Tifón –nombre que dio Plutarco a Seth-, asistido por 72 conspiradores, urdió un complot para destronarle. Con gran astucia, Tifón preparó un arcón magníficamente decorado y prometió entregárselo a quien cupiera en el mismo. Nadie consiguió hacerse con él hasta que Osiris, de regreso a Egipto, introdujo su cuerpo en el cofre haciéndolo encajar perfectamente. En ese momento, los cómplices de Tifón sellaron el arca con plomo fundido y la arrojaron al Nilo. El dios Pan fue el primero en descubrir el asesinato de Osiris y dio la voz de alarma (de ahí procedería la palabra pánico). Isis comenzó la búsqueda y llegó hasta las costas de Biblos, donde dio con el arca de su esposo alojada entre las ramas de una acacia. Pero Tifón hurtó el cadáver de Osiris, lo fragmentó en catorce pedazos y los esparció por todo el orbe. Isis logró encontrar trece, teniendo que reconstruir en oro el que faltaba -el falo-, por haber sido devorado el original por un pez en el río Nilo. La muerte de Tifón a manos del hijo de Osiris completa el ciclo.

La magia de la acacia, que Albert Pike[2] (Morals and Dogma, 1872) identifica con el tamarisco, se extiende por las leyendas de la antigüedad. El Arca de la Alianza y el Tabernáculo se hicieron al parecer con madera de una de las más de trescientas especies que se conocen de la familia de las acacias. Los árabes lo consideraban árbol sagrado, del que fue tallado el ídolo Al-Uzza antes de ser destruido por Mahoma. La corona de espinas que rodeó la cabeza de Cristo procedía, con toda seguridad, de una rama de acacia. Emblemática para muchos pueblos, la acacia -de donde se extrae la goma arábiga-, capaz de arraigar en terrenos estériles y de crecer rápida y tenazmente, se ha convertido en símbolo de la fecundidad y de la regeneración. Puesto que la leyenda de la muerte de Hiram Abiff, tan significativa para los Francmasones, se basa en el ritual del asesinato y resurrección de Osiris, no es de sorprender que, al igual que en los antiguos Misterios los candidatos portaban, en el itinerario de su iniciación, una rama de acacia, también ésta aparezca en la ceremonia de elevación del Compañero Masón a Maestro, marcando el lugar donde se encontraba la tumba de Hiram y anunciando su vuelta a la vida.

Representación de Hiram Abiff

Recordaré cómo debió ocurrir esta trágica leyenda. La erección del Templo de Salomón fue llevada a cabo por obreros tirios bajo la supervisión de un maestro constructor fenicio llamado Hiram Abiff -conocido también como Adoniram-, con gran experiencia en levantar templos a Astarté -diosa que los cristianos transformarían en “Reina de los Cielos” y “Estrella de los Mares”-. La Biblia da pocos detalles de la construcción del Gran Templo, así que debemos aceptar la versión que nos ha llegado a través de la Masonería especulativa, después de dos siglos y medio de existencia, con ligeras variaciones[3] , sobre los terribles sucesos que acompañaron el alzamiento de las dos columnas de bronce Jakin y Booz (o Boaz). Dado el ingente número de obreros que necesitaba, Hiram impuso la obligación de pasar la palabra secreta, el signo y el toque de mano de cada grado -aprendiz, compañero y maestro-, para cobrar el salario sin riesgo de que accediesen a él los impostores. Tres villanos, sin embargo, torturaron a Hiram para arrancarle la contraseña. Muerto éste sin haber revelado su secreto, ocultaron su cuerpo en un cerro, cubriendo la tumba con una rama de acacia. Siete años después, nueve oficiales de Hiram, que seguían buscando a su maestro, se acercaron a aquel lugar; uno de ellos, al ascender por la ladera, tratando de asirse, tiró de la acacia y dejó el cuerpo de Hiram al descubierto. El temor de que el Maestro hubiera confesado la palabra secreta les indujo a cambiarla por la primera que se emitió durante la exhumación del cadáver. “¡Macbenac!”, exclamó uno de ellos al tirar de la mano de Hiram y notar que la carne se separaba del hueso. Desde entonces, Macbenac, que significa “putrefacción”, o “desprendimiento de la carne” -aunque en realidad se desconoce cuál pueda ser la etimología del vocablo, lo que nos hace pensar que se trata de una acuñación del imaginativo narrador del suceso- se ha convertido en la palabra del Maestro, y la rama de acacia en uno de los símbolos más hermosos de la tradición masónica.

Hasta aquí la ficción histórica; pero las tragedias de Osiris y de Hiram tienen una traspolación a la Masonería española de nuestros días. El Centro de Estudios de la Masonería, que ha dirigido durante muchos años el jesuita Ferrer Benimeli, profesor de la Universidad de Zaragoza, ha dado a luz incontables trabajos sobre la Institución, aunque prácticamente todos se detenían en el umbral del postfranquismo, cuando la producción escrita de las logias comenzaba a ser fresca y abundante. ¿Acaso ya no les interesaba? ¿No podían acceder a las fuentes documentales por su circulación reservada? Es improbable; los comunicados oficiales, las manifestaciones públicas de los dirigentes, la correspondencia interior, los rituales y los reglamentos, todo, en fin, está al alcance de cualquiera[4]. Autores poco acostumbrados al rigor académico, como Vaca de Osma[5], llegaron a percibir los movimientos catacúmbicos, cismáticos, cainitas y epidémicos de la Masonería española que venían produciéndose cíclicamente desde hacía muchos años. La razón de tal inquietud es casi siempre la lucha de las castas dirigentes por el control orgánico de la Institución, la rebelión de los miembros más activos de las logias contra la rigidez autárquica y represora de sus Grandes Oficiales -anacrónicos hierofantes atrincherados alrededor de una éminence grise– y la separación de los líderes del grupo discorde mediante excomuniones o concesiones controladas -una Gran Maestría Provincial por aquí, un Grado de Marca por allá – que amortigüen la protesta.

Mencionaré unos documentos relativamente recientes que fueron de mano en mano y cuyo estruendo debiera hacer volver la cabeza a nuestros distraídos historiadores hacia la España masónica de los 90. En primer lugar, la “Declaración de Principios” de la Asamblea del Supremo Consejo del Grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, celebrada en Madrid el 7 de mayo de 1994, donde se recordaba que la Gran Logia de España había sido delegada por el Supremo Consejo para “el funcionamiento de los tres primeros grados”, reservando para sí el trabajo en los grados superiores del 4 al 33. Después, la complementaria “Elucidación de las causas y consecuencias de la crisis que atraviesa actualmente el Supremo Consejo para España”, en la que se denunciaba la autocracia asentada en los locales barceloneses de la Gran Logia de España -vinculada a la Gran Logia de Inglaterra, que sólo reconocía como genuino el Rito de Emulación- y las razones que podrían llevar a las logias de Rito Escocés a la creación en Madrid de una Gran Logia Escocesa, independiente de la Gran Logia de España. Luego, el Decreto Nº 309 de la Gran Logia de España, firmado unos días después por el Gran Maestro, Luis Salat, por el que se irradiaba (se expulsaba) a siete miembros del citado Supremo Consejo del Grado 33 por poner en duda la jurisdicción de la Gran Logia de España sobre todo el territorio nacional y, por consiguiente, sobre el Supremo Consejo. A continuación, la “Nota complementaria”, con sello del Supremo Consejo y fecha de 9 de mayo, en la que se describían los movimientos de los sediciosos -entre los cuales se mencionaba a Luis Salat- para derrocar a la cabeza visible del Supremo Consejo, Francisco Espinar, y poner en su lugar a Antonio Morón. Por último, las sucesivas planchas (escritos) divulgadas por las logias más afectadas, denunciando al Gran Maestro Provincial de Levante -acólito de Salat- por marrullero y camastrón, y las recientes “Notas para un memorándum”, los “Puntos básicos para la implantación de la Masonería Regular en España”, el “Proyecto para la refundación de la Masonería Regular Española” y los “7 puntos para el programa de la refundación”, con fecha de 15 de febrero de 1995, en los cuales se repudiaba la actividad de la Gran Logia de España y se anunciaba la implantación de una nueva obediencia con carácter federal (puede verse uno de aquellos documentos aquí)

La Masonería española siempre ha sido histriónica, acaso porque no puede prescindir de sus mitos sin poner en peligro su supervivencia. No es difícil ver en el cuadro descrito a Tifón y a Osiris disputándose el reino, al Maestro Hiram rodeado de conspiradores. El epílogo, dramático, mostraba los estigmas de una guerra civil: desintegración de numerosas logias con pases a sueños (bajas voluntarias) y ejecuciones simbólicas mediante nuevos decretos de suspensión e irradiación, firmados en los polvorientos despachos de la Gran Vía de les Cortes Catalanes 617 de Barcelona, con una energía loca y propia de los grandes dictadores, para quienes todo motín tiene que ser reducido inmediatamente antes de que se extienda como una enfermedad contagiosa. Mientras tanto, los pequeños masones, abatidos por el horror, estupefactos por la demolición de los cuatro pilares de la Orden -Libertad, Igualdad, Fraternidad y Tolerancia-, se susurraban al oído la sabia conseja de “más vale estarse quieto”; cuando vuelva la calma, se procederá a recoger los cadáveres y a encofrarlos bajo el emblema de la acacia.

Este relato no pretende ser una exposé catastrófica de las tribulaciones reales o imaginarias de los masones españoles en sus avatares cotidianos; ni tampoco es una llamada a la cadena de unión que evite el inminente colapso de la Orden. La utilidad del mismo para el lector profano, para el experto o para el hermano, aparte la simpatía o el rencor que puedan mostrar hacia el autor por airear los secretos de familia, tal vez resida en verificar cómo la historia de la sociedad civil, vaya o no ilustrada con un mandil bordado en oro, siempre recoge la silueta del mismo arquetipo: el que dedica parte de su vida a erigir sobre las tumbas de sus víctimas su propio mausoleo.

[1] De Iside et Osiride.

[2] Albert Pike, Morals and Dogma of the Ancient and Accepted Scottish Rite of Freemasonry. 1872.

[3] Invito al lector curioso a que se embriague con la lectura de Voyage en Orient, (1851), del incansable viajero francés Gérard de Nerval, y encuentre, como recompensa, una sorprendente referencia a la leyenda Hirámica, que dijo haber escuchado en un café de Estambul. La edición española (Valdemar 1989) es excelente.

[4] Por ejemplo, Ricardo de la Cierva (El triple secreto de la Masonería. Ed. Fénix, 1994) pretende ingenuamente haber expuesto por primera vez el ritual secreto de los tres primeros grados. En realidad, se trata de una argucia editorial, ya que los tres grados del denominado Rito de Emulación y los otros treinta del Rito Escocés han sido descritos con toda clase de detalles por distintos autores -cada cual con sus propias razones- en incontables ocasiones, mucho antes de haber nacido el Sr. De la Cierva.

[5] La Masonería y el poder. Barcelona: Planeta, 1992.