Presencias del pasado

La calle era estrecha, empinada y oscura. Era el antiguo barrio judío en Albalate del Arzobispo, villa instalada a orillas del río Martín, en la provincia de Teruel, al amparo del castillo del los Señores Arzobispos de Zaragoza, bastión y fortaleza impregnada en nuestra subconciencia, y paisaje gravado a fuego lento en nuestras mentes y nuestros corazones. Desde lejos se ve el castillo y el pueblo acurrucado bajo él.

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Albalate del Arzobispo (Teruel). En el centro, el castillo. Foto: Laureano Molina Gómez

En el número 65, y hacia el final de la calle La Churvilla, casi bajo la gran roca sobre la que se sustenta el castillo, allí vivían Laureano y Pilar, juntamente con su hija de casi dos años, María.

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Alabalate del Arzobispo – Calle Roma, bajo la roca, a pies del castillo

Era una casa pobre, pero habitada con dignidad, y con la ilusión de una auténtica cristiana, mi madre, y un entusiasta anarquista, mi padre. Allí nací yo. La primera reflexión que hago sobre mi recuerdo es: cómo una mujer tan cristiana pudo casarse con mi padre, tan entusiasta anarquista. Anarquista y ateo porque era pobre. Como su padre, pastor de ovejas a jornal. Y roturador de tierras, para poderles sacar algo que llevarse a la boca. Es el primer misterio de la vida, del hombre. Pudo casarse porque quiso. Se casó porque lo quería por encima de todo. El amor es lo que les unió. La libertad anarquista del Comunismo Libertario es lo que lo permitió. Teísmo y ateismo conviven mediante el amor y mediante la libertad.

Pero si la pobreza de aquel entonces era temida, más temida era la situación social que se vivía en el pueblo y en España.

Era un 30 de Marzo de 1937 cuando yo vine a este mundo. En Febrero, Franco había bombardeado Albalate. Y lo volvió a bombardear otra vez a mediados de Abril. Mi nacimiento era motivo de alegría en la familia, pero también motivo de gran preocupación. ¿Qué iba a ser de nosotros ante aquel panorama?

Mi padre se alistó en el Ejército Republicano, para según él, intentar ganar la guerra y salvar las colectividades del Bajo Aragón.

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Mi padre, Laureano Molina (c. 1937)

Al perder la guerra se fue al exilio como todos los demás. En Francia permaneció hasta 1966 trabajando como viticultor en las viñas de «Maison Neuve», en un pueblecito llamado Tauriac le Morón, situado frente a la confluencia de los ríos Dordogne y Garone, cerca de St.André de-Cubzac y próximo a Burdeos. Francia fue para mi padre como su segunda patria. Le dio lo que España no le pudo dar: orgullo de sentirse persona trabajadora, estimado y reconocido como un buen trabajador de la viña entre sus vecinos.

Naturalmente, y al principio del exilio, estuvo internado en el Campo de Concentración de Argelès Sur Mer, donde el hambre, la humedad, el frío y las enfermedades hicieron estragos con los más débiles. Los anarquistas especialmente organizaron «comités» de solidaridad para aliviar a los enfermos. Para ellos se les conseguía algún alimento extra y se ayudaba a bañarse en las frías aguas del Mediterráneo para intentar curar la sarna que se había cebado en ellos. Naturalmente estoy hablando de la época invernal. Ese era el Dios de mi padre, el del apoyo mutuo.

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Fotos del campo de concentración de Argelès-sur-Mer

Posteriormente vino la 2ª Guerra Mundial con la ocupación de Francia por los nazis alemanes. Pero esto es otra historia.

Mientras tanto mi madre se quedó sola con dos hijos que sacar adelante. La escasez de alimentos y el recelo generalizado de unos para con los otros enmarcaban el ambiente del pueblo. Nunca jamás se oyó una queja de mi madre para con mi padre por haberles «abandonado». Nunca jamás mi madre habló mal de mi padre, al menos yo no lo percibí. Este era el Dios de mi madre, el del amor y el de la comprensión. Nosotros crecimos sin ningún recelo hacia nuestro padre. Creo que en situaciones similares de ausencia de un miembro de la pareja, la mejor educación que se puede y se debe dar a los hijos es contar, al menos, con el recuerdo positivo hacia el ausente, fuere por los motivos que fuere. Puedo decir que crecimos sin ningún trauma. Esto fue el mejor regalo de mi madre y de mis abuelos. A ello hay que añadir el gran respeto y cariño que se nos inculcó hacia la familia de mi padre, mis abuelos Santos y Blasa. Todavía lo recuerdo y me siento feliz y agradecido por ello. Esto formaba parte del Dios de mi madre.

En esta situación mis abuelos maternos, Remigio y Eulalia, y mi tío Francisco que permanecía soltero, nos acogieron en su casa. Y con ellos mi hermana y yo nos criamos. Mi madre se sintió plenamente arropada. La figura paterna era sustituida, en gran parte, por mi abuelo. Mi Dios sería el de mi madre y el de mis abuelos. Un Dios justo, fuerte, bueno, solidario con los demás, con todos los demás sin distinción, porque, al menos, «el santo temor de Dios incitaba a ello».

Hubo unos días, en la época de la Guerra Civil Española, en que mis abuelos decidieron abandonar el pueblo e irse a vivir al monte, a «Los Tollos», al pie de la Sierra de Arcos, entre la zona llamada La Silleta y La Pinarosa. Allí tenían un pequeño «más» (pequeña construcción) rodeado de olivos (empeltres y pranzones).

Al sur la sierra, y al norte la extensa visión hacia el pueblo. El pueblo quedaba lejos, la montaña estaba encima de nosotros. El silencio al anochecer era impresionante. Así lo percibía, más adelante, cuando de lunes a sábado subíamos a coger las olivas, siendo yo un mozalbete. Era el silencio de la naturaleza, de lo grandioso, de lo desconocido, y sobre todo el Dios que daba calor a mi familia, quien envolvía todo.

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El camino de Santiago

El «mas» tenía una puerta de madera forrada de chapa, para que durase más tiempo y para ganar en seguridad, creo. En la planta calle estaba la cuadra da las caballerías y por una escalera se subía a la planta alta donde solo había una ventana. Puerta y ventana estaban orientadas hacia el mediodía, hacia la Sierra de Arcos. En esta planta estaba la cocina con su fogón de leña, y separado por un tabique un lugar con paja limpia que hacía de cama comunitaria. Era como dormir en una tienda de campaña. El calor de los troncos en el fogón y el que subía de los animales abajo instalados, hacía que el dormir apaciblemente fuera de lo más natural del mundo.

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El «mas» construido por el abuelo Remigio

Con la salida del sol, al día siguiente, había que extender alrededor del olivo los «ternices» (grandes piezas de tela de cáñamo), sobre los que caerían las olivas sacudidas por nosotros ayudados de unas cañas y unas escaleras. Se recogían, y se separaban las hojas de las olivas para empaquetarlas en sacos. Al final de la jornada, mi tío atendía las caballerías, e íbamos a recoger ramas secas, romeros, y todo lo que podía arder evitando lo que podría producir excesivo humo. Mi madre preparaba la cena y las “judías secas” (alubias) cocidas a fuego lento para el día siguiente. Yo me iba a la conquista de la soledad de aquellos barrancos donde abundaban los zorros, conejos y liebres. ¡Qué grandes eran los barrancos para mí entonces y qué pequeños me parecen ahora! La noche era impresionante por su silencio, su oscuridad, su profundidad y el suave «movimiento» de las estrellas. No creer en Dios en aquel paisaje, era un crimen, era un suicidio. Dios era necesario. Era necesario y era fortaleza para mi familia, y creo que para casi todo el pueblo. Porque también era esperanza de una vida mejor. Vivíamos por el recuerdo; nos hacía vivir mejor el presente; y nos daba esperanza para seguir viviendo la vida. Había sufrimientos y penurias, pero no había aniquilación y desesperanza. Dios era la Utopía de los pobres. Mientras, mi hermana quedaba al cuidado de mis abuelos en el pueblo.             Los ancianos siempre fueron sustento moral y ético de la sociedad, de una sociedad humanista, sea ésta creyente o no lo sea.

El Dios era el que se estudiaba también en la escuela. Nuestra formación académica en los años cuarenta giraba entorno a la Enciclopedia cíclico-pedagógica de los Editores Dalmau Carles, Pla, S.A.(1945). Allí estaba todo lo que podía estar, todo lo que podía o debía estar: matemáticas, lengua, geografía, geometría, historia, física y química, y ciencias naturales, que juntamente con la higiene personal y colectiva, la agricultura, la industria y el comercio, constituían todo nuestro universo intelectual.

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Portada y contraportada de la edición de 1936 de la Enciclopedia cíclico-pedagógica de los Editores Dalmau Carles

Pero la Historia Sagrada era lo que envolvía y alimentaba nuestras conciencias. El Antiguo y el Nuevo Testamento constituían nuestras «Tablas de la Ley» que regían nuestras vidas individuales y colectivas. Todo era muy simple: Dios-mundo; Paraíso-pecado; Árbol de la vida y de la ciencia del bien y del mal; buenos y malos; Caín y Abel; Noé y el diluvio universal; el pueblo escogido y el pueblo disperso, réprobo; familia, hijos. Abraham: Sara-Agar, Isaac-Ismael; Sodoma y Gomorra; tierra prometida-desierto; Esaú-Jacob; hermanos envidiosos de José y éste vendido a unos mercaderes; la paciencia y resignación de Job; esclavitud en Egipto-libertad en el desierto; el Decálogo; David y Goliat; Reyes y pueblo; Profetas, etc. En el fondo, todo era blanco o negro, bueno o malo, conmigo o contra mí. En política era «por el imperio hacia Dios»…, Franco sí, comunismo, no.

El Nuevo Testamento se resumía en la Navidad y en la Semana Santa: belén, familia, autoridades, tambores, Vía Crucis, calvario, «Septenario» en la semana de «Dolores», previa al Domingo de Ramos. La Pascua, meriendas. Confesiones y comuniones. “Comulgar por Pascua Florida”. La virgen de Arcos, romerías. Las fiestas, y el trabajo en el campo.

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Merienda junto al Santuario de la Virgen de Arcos (Albalate)

Naturalmente había gente que profundizaba mucho más sobre el origen y el destino del hombre. Por ejemplo mi abuelo Remigio y mi tío Francisco. El Dios de ellos era el del universo, las estrellas, las montañas, valles y ríos, la grandiosidad de la naturaleza. El Dios que hacía llover para los justos pero también para los injustos. El Dios de la vida y de la muerte; de la razón o el desenfreno: del derroche o de la austeridad. (Pienso que la mejor herencia, la mejor educación que se puede recibir es la de saber vivir con austeridad pero con dignidad). Y especialmente en el mundo actual. No tener claro esto es caer en las garras del consumismo y de las que lo controlan. Es perder el Norte en la vida.

Mi abuelo era analfabeto, pero un buen pensador, un buen hombre que reflexionaba. Toda su vida era experiencia pura, en el sentido de que conjugaba la acción y la reflexión. Tenía una gran memoria en la que almacenaba todo lo que oía en los sermones, charlas, semanas religiosas de misiones. Todo lo que veía y oía nunca caía en saco roto. El lo transformaba en su filosofía existencial.

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Mi abuelo Remigio

Recuerdo sus instrucciones en el «solanar», casi ciego por causa de unas cataratas, que su único gozo era aquel rato de sol de la tarde y sus propios pensamientos. Cuando yo volvía de la escuela, me subía con «mi pan y olivas» a merendar y hacerle un rato de compañía. Para mí era la «clase de repaso» que me daba mi abuelo. El me enseñaba todo lo práctico, todo lo ético, todo lo moral. Era el padre que me faltaba por los avatares de la Guerra Civil. Recuerdo, también, aquellas noches durmiendo en la era hasta las tres de la madrugada, cuando ya empezaba a refrescar y es entonces cuando nos metíamos en la estancia para dormir. Me hacía observar las estrellas, reflexionar sobre el universo, la naturaleza, las gentes y los pueblos; él despertó en mí el afán de saber, de escudriñar, de «escarbar», de «enzurizar», de no conformarme solo con lo conseguido hasta el momento, sino de ir siempre más allá de la simple apariencia. Pero también me enseñó que no podía hacer mitos de nada ni nadie. Todo era perecedero, cambiante, transformable. Solo Dios era eterno. Me inculcó aquello de «nunca más servir a señor que se me pueda morir», del Duque de Gandia, San Francisco de Borja.

Zaragoza, Enero de 2003.

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