Pilar García Alegre

Biografía de los seminaristas mártires de Albalate del Arzobispo (Teruel) Jesús Clavería Grao y Manuel Aranda Lasmarías. Junto con los últimos días de Eustaquio Montañés Gracia, padre del seminarista Francisco Montañés. Ejecutados por los anarquistas de la “Brigada de la muerte”

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Pilar García Alegre en 1955

El siguiente relato habla de dos seminaristas que ofrendaron su vida, junto con veintisiete vecinos de Albalate del Arzobispo (Teruel). Todos fueron asesinados por su fe y su amor a España.

Jesús Clavería Grao (1916-1936)

Los padres del seminarista Jesús se llamaban José Clavería Juvierre y Enriqueta Grao Monzón. Tenían tres hijos y una hija. Era una familia humilde, sencilla, llena de virtudes, pequeños y modestos agricultores. Se sentían felices de tener un hijo con vacación de sacerdote. Ellos sabían los sacrificios que tenían que hacer para sacar adelante al hijo seminarista.

Jesús tenía veintiún años y once de estudios en el Seminario Menor y Mayor; por lo tanto, su carrera la tenía muy adelantada. Le nombraron camarero del Sr. Arzobispo Domenech antes de 1936, estando muy contento con su cargo, ya que ello suponía recibir un pequeño estipendio para ayudar a sus padres.

Jesús era de carácter alegre, abierto, servicial, piadoso. Tenía buenos amigos y mucha unión con los demás seminaristas, que en aquellas fechas eran cinco, dos de ellos menores. Normalmente en tiempo de vacaciones salían a pasear los seminaristas junto con los tres sacerdotes del pueblo.

Sus actividades estaban vinculadas plenamente a la Parroquia igual él que los demás seminaristas. Se turnaban para rezar el rosario, novenas y demás actos, así como en el despacho parroquial.

También nos cuenta su hermano José que Jesús les decía a sus padres muchas veces: “Del hijo pequeño no se preocupen, que cuando yo sea sacerdote me lo llevaré conmigo y haré todo lo posible para que tenga un buen porvenir”. Y como anécdota también nos contó que, a veces, “como era yo más pequeño, jugaba con él y me decía: ‘Mira como se predica’.” No cabe duda de que su obsesión era el sacerdocio.

Al preguntarle a su hermano si Jesús tenía algún presentimiento de lo que iba a suceder, nos respondió que sí, ya que, pasado el día de la Virgen del Carmen -16 de julio de 1936-, el ambiente se iba tornando trágico y las noticias que llegaban eran angustiosas. El párroco y los coadjutores recibieron aviso de que se fueran del pueblo, que peligraban sus vidas, por lo que decidieron marcharse a Zaragoza. A ellos se unió el seminarista Francisco Montañés, ya ordenado de diácono. Los milicianos, al no encontrarle a él, mataron a su padre. También invitaron a Jesús y Manuel, el otro seminarista, a que se fueran con ellos. Jesús respondió que él no se movía del pueblo; presentía que si lo hacía lo pagaría su familia, ya que, por encima de todo, buscaba el bien de los suyos, aunque le costase la vida, como así sucedió al mes y medio de este hecho. El seminarista Manuel, habiendo sido ordenado diácono, tampoco quiso marcharse. Seguramente pensaba lo mismo que Jesús.

Sobre el 14 de agosto de 1936, llegó al pueblo una brigada mandada por un capitán llamado Miranda.[1] Éste hizo comparecer a todos los seminaristas ante el comité y les preguntó si sabían lo que era el comunismo. Como pudieron lo explicaron. Entonces el capitán les dijo que ellos no venían a matarles, pero que curas no serían, que podían hacerse buenos maestros, incluso que él les ayudaría; y con estos consejos los devolvieron a casa. ¿Todo esto no sería una trama diabólica para hacerles perder su vocación?

Pasaron unos días sin que sucediera nada; es decir mucho, ya que a los pobres seminaristas les hacían trabajar en las más duras faenas, ensañándose con ellos de un modo cruel y sin piedad.

No tardaron en abrirse los infiernos apareciendo un batallón que se hacía llamar de la muerte, cuyos milicianos ostentaban como insignia una calavera. En verdad, por donde pasaban sembraban el temor, la desolación y la muerte.

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“La brigada de la muerte”
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Checa de la calle del Rosario en Caspe
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Vehículo requisado por las milicias anarquistas de la FAI

El día 10 de Septiembre hicieron una redada de vecinos. Junto a los dos seminaristas, detuvieron en total a veintinueve. Unos días antes les hicieran ir al cementerio, obligándoles a cavar una gran zanja entre insultos, amenazas y patadas y atormentándolos cruelmente diciéndoles que cavaban su propia sepultura. Mayor crueldad es inconcebible. De madrugada comenzaron a sacarlos de sus camas y llevarlos a la cárcel. A Jesús lo buscaron también. En aquella angustia, sus padres le dijeron: “¡Hijo mío! te buscan, huye por el huerto”. Tenían uno dentro de la casa y podía escaparse por allí. Pero Jesús con gran serenidad les dijo:

“No me iré, pues sé que si me marcho los matarán a ustedes.” Con gran dolor de sus desesperados padres en aquellos momentos, se entregó. ¡Que maravilloso y heroico gesto de amor filial! Esta acción en sí santifica plenamente a nuestro seminarista. El Señor tiene la palabra.

Camino de calvario y agonía: así les hicieron caminar hasta el cementerio, en medio de milicianos armados que obligaban a los que encontraban a su paso a retirarse a sus casas, disparando al aire para amedrentarles e impedir que presenciaran aquel macabro desfile. Alguien, ocultándose, les siguió. Luego declaró que Jesús y el otro seminarista, así como el padre del seminarista Montañés, animaban a todos, dando vivas a Cristo Rey y a la Santísima Virgen de Arcos en medio de las blasfemias de los asesinos.

Ésas fueron sus últimas palabras, palabras maravillosas de fe al despertar junto al Padre con la palma del martirio que les tenía preparada. Los milicianos los empujaron a la zanja aún en vida y los cubrieron con cal viva.

Sin duda ninguna Manuel Aranda Lasmarías y Jesús Clavería Grao murieron mártires. La Iglesia tiene la palabra.

Manuel Aranda Lasmarías (1911-1936)

No se puede decir mucho de su vida porque sus familiares han muerto y los sobrinos que viven dicen que no saben casi nada. Pero hay personas en el pueblo ya mayores que le conocieron y nos informan de lo más esencial.

José Aranda Félix y Pilar Lasmarías Benaque tenían dos hijos, Manuel y Teresa. También eran personas de posición muy humilde que vivían de la agricultura. Manuel desde niño destacaba por su sencillez, su silencio y piedad; era un tanto introvertido; sintió su vocación sacerdotal y en el seminario se fue formando. No sabemos la edad exacta que contaba en el año 36; calculamos que unos veinticuatro, pues ya estaba ordenado de Diácono y pensaba celebrar su primera misa muy en breve, teniéndolo todo listo. A su hermana (ya fallecida) le oí decir que tenía preparado los recordatorios. Y como a Montañés le faltaba poco para ser ordenado, acordaron ambos albalatinos disponerlo todo para cantar misa el mismo día en una fiesta solemne.

La vida de Manuel se desenvolvía unida a los sacerdotes del pueblo y los seminaristas. Se turnaban para atender el despacho parroquial, conduciendo el rosario diario, las novenas y la catequesis.

El pueblo fue invadido por gentes indeseables que lo arrollaron todo, profanaron la iglesia, volaron el retablo del Altar Mayor con dinamita y se aplicaron al saqueo. Preocupadas algunas personas por las formas consagradas del sagrario, nos enteramos que unas horas antes Manuel las había sumido para que no fueran profanadas.

Poco después, a Manuel le destinaron a trabajar en una trilladora en una de las eras del pueblo. Lo que le hicieron pasar es indecible. Trabajó duro de la mañana a la noche y siempre custodiado; le hacían coger los fajos de mies con más cardos y espinos para hacerle sufrir, y así estuvo más de un mes. Después, en compañía de Jesús y otros sentenciados, les hicieron cavar una enorme zanja para ser enterrados en ella.

He aquí el fin de estos heroicos mártires que murieron confesando su fe y en los labios el grito de Viva Cristo Rey y Viva la Santísima Virgen de Arcos.[2]

Hemos preguntado a algunas personas ya mayores del pueblo y nos han confirmado todo lo que aquí se reseña. Dichos testigos son los siguientes: José Clavería Grao, Pilar García Alegre, María Gómez Manero, Severa Grao García, Encarnación Arnas Bernad, María Sabio Andreu, Josefa Villuendas y yo misma, autora de este escrito.

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Cementerio de Albalate del Arzobispo – Fosa común en la actualidad (noviembre de 2011)

Eustaquio Montañés

Breve reseña del mártir Eustaquio Montañés, padre de Francisco, seminarista ordenado diácono. Fue ejecutado en lugar de su hijo en compañía de otras 28 personas, entre ellas los dos seminaristas Jesús y Manuel, cuyos últimos días han sido descritos arriba.

Recogiendo datos acerca de estos 29 mártires que murieron por su fe, su hombría de bien y por todos los símbolos de una doctrina acrisolada, he aquí que la providencia divina ha hecho que encontrase el adjunto testimonio escalofriante que Francisco Montañés escribió a raíz de la liberación de nuestro pueblo por las fuerzas nacionales en marzo de 1938. Sublime artículo que debió escribir con el corazón sangrando por el dolor que sintió al saber, por su madre y hermanos, que a su padre le asesinaron en el puesto de él. Entonces Francisco recogió todos estos datos que presentamos en su escrito; en él se puede profundizar la grandeza del sufrimiento que experimentarían estos mártires que murieron por su fe con la fuerza y energía que Dios y la Santísima Virgen les daría en aquellos terribles instantes al grito de ¡Viva Cristo Rey! que selló los disparos de sus asesinos, cayendo sin terminar de morir en la zanja que días antes les hicieron abrir. A continuación cubrieron con cal viva sus cuerpos santos.

Su despertar en la inmensidad de Dios debió ser algo tan glorioso y grande, que excede a toda inteligencia humana.

Adjunto, pues, el testimonio de su hijo sacerdote, Francisco Montañés.

Y para dejar constancia de ello, yo, Pilar García Alegre, que he tenido de siempre muy buena amistad con sus hermanos y con él, certifico en buena conciencia que es cierto lo que ha escrito, pues coincide con lo que he recogido de varias personas y se comentaba entre nuestras amistades de todo cuanto les hicieron sufrir a todos ellos, pero su fe -con esa ayuda singular de Dios- pudieron resistir todos los vejámenes y sacar fuerzas para gritar ¡Viva Cristo Rey!

Tabernes de Valldigna, 11 de febrero de 1996

Pilar García Alegre


[1] La “Brigada de la muerte” era un grupo de unos cuarenta anarquistas catalanes que pertenecían a la columna de Durruti, de la CNT-FAI y recorrieron, montados en un autobús con calaveras pintadas, diversos pueblos de Aragón – Caspe, Fabara, Maella, Urrea de Gaén, Albalate del Arzobispo, Calanda, Samper de Calanda e Híjar- con la misión de acabar con los fascistas, sacerdotes, capitalistas y simpatizantes de la derecha en general, con independencia de su extracción social y económica. No todos eran caciques; la mayoría eran simples paisanos, modestos campesinos, jornaleros y empleados. Arriba aparece una imagen de la famosa, infame, “brigada de la muerte”. El cabecilla, Pascual Fresquet Llopis, nacido en Alcalá de Xivert (Castellón) y emigrado a Cataluña, es el que sujeta, ufano, la cabeza de un icono religioso. En la calle del Rosario nº 12 de Caspe (Zaragoza) (véase abajo) habilitaron una checa para someter a los detenidos a interrogatorio mediante la tortura. José Manuel Pina Piquer (“El comienzo de la Guerra Civil en Albalate del Arzobispo”, en El sueño igualitario. 14, 28 de marzo de 2005. http://www.cazarabet.com/esi/14/) ha hecho una magnífica glosa de los desmanes cometidos en Albalate por la citada “Brigada de la Muerte”, dirigida en Albalate por el capitán García Miranda, y por el Comité Popular, compuesto por Juan José Blasco Cabello, José Escartín Arnas, Delfín Andaluz Martínez, Justo Rodríguez Esteruelas, Manuel Gracia Pina, Justo Trullén Alcubierre, Agustín Clavería Pina y Pedro Félix Alcubierre. Uno del comité era conocido por el apodo “Mataperros”; otro “Lanero”. Fresquet se jactaba de no temblarle el pulso jamás a la hora de apretar el gatillo. El comité popular de Albalate se había establecido en los locales del ayuntamiento. De allí sacaron una mañana a veintinueve personas y las condujeron camino del cementerio, amenazando a los vecinos que se atrevíesen a mirar lo que estaba ocurriendo (fuente consultada: Eduardo Fuembuena, Heraldo de Aragón, martes 15 de marzo de 1938, pág. 2).

[2] En abril de 2009 la iglesia inició el proceso de canonización de ambos seminaristas.

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