La nutria y la termodinámica del infierno

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Carlos, La Nutria, apareció en escena al iniciar su segundo curso de Ingeniería. Después de un agitado peregrinar por pensiones más o menos presentables, llegó al Colegio Mayor de la mano de su amigo de correrías nocturnas, exquisito vástago de insigne tronco, nacido y criado en una renombrada ganadería andaluza. Ahora no recuerdo el nombre de este amigo, pero para los veteranos del Colegio Mayor siempre fue Cayetano y a veces, según el nivel de la chanza arreciara, señorito Cayetano.

Todas las noches después de cenar, Cayetano peroraba incansable en la Niña Bonita más de lo humano que de lo divino, y más de su finca que de la Universidad. La Niña Bonita era precisamente la habitación que yo tenía asignada en el primer piso del Colegio, marcada con un hermoso número 15. Allí nos reuníamos todas las noches un número variable de estudiantes de distintas carreras y cursos en tertulias interminables; lo más probable, a causa de la máquina de café regalo de mis padres, de la que por dos duros la taza, cada cual se recetaba su dosis nocturna de cafeína.

Carlos era espécimen nocturno. La cena era su desayuno y para los postres estaba ya vivo y puesto (“como los calcetines”, decía él entre risas), buscando el debate, la caza y la coyunda, así la llamaba. Marta, un ejemplo, era asidua a las tertulias de los lunes, cuando todavía no se había repuesto del trajín del fin de semana. Ya el primer lunes que ambos coincidieron, cuando Carlos explicaba con cierto detalle el ritmo de vida que acostumbraba y Marta le miraba escéptica de semejantes habilidades depredadoras con el género femenino, Carlos le preguntó con toda naturalidad cuánto tiempo pensaba ella que tardaría en caer en sus brazos. Marta, cortante, le espetó: “Se congelará el Infierno antes de que me acueste contigo”. Carlos nos hizo a todos un guiño de complicidad mientras removía  divertido su café.

Lo de La Nutria le fue adjudicado pocos días después. Para entonces ya le conocíamos mejor y habíamos tenido variadas muestras de su viveza e ingenio. Por ejemplo, con su amigo Cayetano era implacable. Éste vivía en otro nivel intelectual y quizás por ello se complementaban. Una noche, el señorito Cayetano gozaba contándonos pequeñas historias de la yeguada de su finca, mientras Carlos se concentraba en exprimir la cafetera concienzudamente. Decía Cayetano que cuando las yeguas dejaban caer los fluidos de la menstruación sobre la hierba de la dehesa, ésta quedaba abrasada en un amplio círculo que permanecía yermo hasta el próximo ciclo de primavera. Carlos, sin dejar de exprimir la cafetera, levantó la mano y dijo en voz alta: “luego de lo que cuentas se desprende que el caballo de Atila era yegua”. Las carcajadas se oyeron en todo el Colegio Mayor y alguien comentó entonces que Carlos era como una nutria, no sé si lo dijo por lo rápido, listo y certero, por sus hábitos de depredador nocturno o por ambas cosas. El caso es que La Nutria le cuadraba perfectamente y él lo encajó con un punto de complacencia.

Cualquier tema era bueno para el debate y, conforme avanzaba el curso, muchos gustaban de pinchar a Carlos, abiertamente, con planteamientos formidables. Carlos siempre respondía al estímulo, se zambullía en el tema, subía, bajaba, se revolvía, surgía con piezas de análisis       cobradas en rincones inverosímiles del ingenio para terminar, infaliblemente, asomando sus ojos vivarachos desde la madriguera de su complacencia y removiendo divertido su café.

Todos recordaremos la noche en que Miguel, un veterano de cuarto, de colmillo retorcido y malévolo le planteó el siguiente desafío:

“Como ya estás en segundo, dominarás los principios de la termodinámica por lo que podrás decirnos si el infierno es exotérmico o endotérmico; y por favor, razónalo si puedes, querida Nutria”.

Todos sin excepción quedamos horrorizados; los de ciencias por la osadía del planteamiento y los de letras, como yo, por no haber entendido nada, pero sí intuido que la broma era ingeniosa. Miguel tuvo a bien explicarnos a los no científicos que un sistema macroscópico, (que se define como un conjunto de materia que se puede aislar espacialmente y que coexiste con un entorno infinito e imperturbable), es exotérmico cuando cede calor (desprende energía) y endotérmico cuando lo absorbe. La parte última de la explicación estaba a nuestro alcance, pensamos aliviados, pero no así la solución al jeroglífico planteado por Miguel.

La Nutria se movió inquieto en su silla y tiró un flexo con el codo al llevarse la mano hasta su frente para pasársela repetidamente hasta la nuca. Cerró sus ojos durante un par de minutos y de pronto los abrió, al tiempo que daba un salto y se golpeaba la rodilla con la palma de la mano, exclamando:

“¡Exotérmico! ¡El infierno es exotérmico!. ¡Está más claro que el agua. Y no sé termodinámica, porque todavía me quedan dos meses para los exámenes. ¡Ni hablar de termodinámica! Me basta con la Ley de Boyle, que es mucho más antigua y más fácil”.

¿Por qué? Gritamos todos alborozados. ¡Razónalo, Nutria, razónalo!. Primero la Ley de Boyle, grité yo; que esa ley no viene en el Código Civil ni en el napoleónico, y no sé de qué va.

La Nutria se volvió hacia mí y me dijo: “En un gas, a temperatura constante, volumen y presión se comportan inversamente; si aquél sube, ésta baja y viceversa. Presión y temperatura, por otro lado, varían en forma directa; a más presión más temperatura. Así de simple”.       Y continuó:

“El infierno es un sistema macroscópico (conjunto de materia que se puede aislar espacialmente y que coexiste con un entorno infinito e imperturbable) y sus determinantes térmicas son el volumen espacial, la masa que lo llena y la temperatura resultante”. Se detuvo un momento tratando de organizar sus ideas.

¡Y qué, Nutria, y qué más! Gritamos todos repitiendo a coro: “Espacio, masa y temperatura. Espacio, masa y temperatura”. La temperatura de mi cuarto, para entonces, iba aumentando ella sola, a pesar de la Ley de Boyle.

“Veamos primero la masa”, dijo. “La masa del infierno son las almas; las que entran menos las que salen; las que salen son cero. ¿Y las que entran?. Vamos con ellas”. La Nutria se plantó de un salto sobre mi cama y muy didácticamente continuó:

“Prácticamente todas las religiones mandan al infierno a los infieles que no las profesan. Dado que nadie profesa todos los credos, todos quedamos fuera de alguna de dichas religiones, por lo que todas las almas, incluidas las rudimentarias e incipientes de los primeros homínidos, han entrado, entran y entrarán al infierno. Y como, hasta donde tengo entendido, ninguna sale, la masa del infierno crece en progresión geométrica según la tasa de natalidad histórica mundial. Esta es la primera conclusión: la masa del infierno crece en progresión geométrica”.

Los ¡bravos! y ¡olés! empezaron a corearse en el cuarto mientras La Nutria pedía calma a la afición. Miguel disimuló su estupor volviéndose hacia la cafetera y examinándola con inusitado interés.

“Con semejante caudal de almas ¾prosiguió Carlos¾ el infierno debe ir ajustando su espacio al ritmo del crecimiento de la afluencia de éstas; mas esa obligada expansión nos plantea dos posibles hipótesis”:

Que el infierno se expanda a velocidad menor que la de entrada de almas, en cuyo caso la presión aumentaría, y con ella la temperatura, hasta su desintegración. En este caso, por semejante absorción de calor, el infierno sería endotérmico.

Que la velocidad de expansión sea superior a la de la entrada de almas, con lo que presión y temperatura del infierno disminuirían hasta que se congelara. Por ceder temperatura, el infierno sería en este caso exotérmico.

Me miró y me dijo con un guiño: “Ley de Boyle, recuerda, leguleyo, Ley de Boyle, siglo XVII”.

¡Y qué, Nutria, y qué más!, rugía ya imparable el personal. “Ley de Boyle, espacio, masa, presión, temperatura. Dos hipótesis dos. Sigue Nutria, a por Miguel, a por él, a por él… ¡a por él!”,

Y entonces La Nutria dejó caer sibilinamente: “Ayer noche, me acosté por fin con Marta. La hipótesis 2 es la verdadera. Doy por tanto como cierto que el Infierno está congelado y que, por consiguiente, ¡EL INFIERNO ES EXOTÉRMICO!.”

Mi cuarto era en ese punto una auténtica batahola. La Nutria era paseado clamorosamente a hombros alrededor de la cama, mientras acurrucado en su cabecera Miguel se estremecía bajo los efectos de un sordo ataque de histeria.

La Nutria pidió calma, saltó e nuevo a mi cama, tomó de la mano de Miguel la taza de café que amenazaba derramarse, y desde su improvisada tribuna nos comunicó gozoso este corolario:

“Dado que el infierno está ya congelado y no puede recibir más almas; éstas están siendo desviadas al Cielo, que queda como único lugar al que las almas tienden desde ayer noche y con el que conectan en momentos en que la física de los cuerpos queda trascendida. La prueba de ello es que anoche, Marta no paraba de gritar: ‘¡Oh Dios mío!, ¡Oh Dios mío!’”.

Y allí quedó La Nutria viendo cómo nos partíamos de risa, y mirándonos con aquellos ojos vivos mientras removía divertido su café.

Jávea, 24 de marzo de 2006

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