Masonería española: fin de milenio

Masonería española: fin de milenio

Hay que estar preparado para entrar en la hoz del río Lobos (Soria) y recorrer con la vista y el tacto los sillares de la ermita templaria erigida a los pies de los acantilados calizos, horadados por enormes grutas y coronados por hornacinas oreadas por los buitres.

Ermita templaria de San Bartolomé. Cañón del río Lobos (Soria). Foto: Arranz

Los canteros medievales han dejado allí grabadas con el cincel sus arcanas marcas de identidad: ángulos, escuadras, bastones y arcos entrelazados formando la cruz templaria. En los rosetones laterales, dos inusuales estrellas de cinco puntas invertidas proyectan su silueta sobre la nave románica, tras haber presidido las supuestas misas negras de aquellos inquietantes monjes-guerrero, fomentadores de su propio mito como magos o brujos, alquimistas o necrománticos.

Rossetón templario

En otro lugar y en otro tiempo -el 18 de marzo de 1314, en una isla del río Sena, a escasa distancia de la catedral de Notre Dame- la muerte a fuego lento de Jacques De Molay, acusado injustamente de sodomía, herejía y blasfemia, no daría tregua para el respiro a la monarquía francesa, maldecida por los herederos del Temple; cuando Luis XVI fue guillotinado, se vió a un francmasón saltar al patíbulo, hundir la mano en la sangre del déspota y arrojar las salpicaduras sobre la muchedumbre, gritando: “Jacques De Molay, habéis sido vengado”.

Jacques de Molay

Existe la creencia de que no hay mejor memoria que la de un masón vindicativo, quien, por el contrario, está dispuesto a jurar que sus actos siempre están presididos por un espíritu de tolerancia. Y se asegura que los masones reciben al oído siniestras consignas emitidas desde la cúpula de una secreta pirámide oligárquica, imponiendo a los neófitos la obligación de sacrificar niños -leyenda que recuerda el sañudo martirio en el s. XIII de Dominguito del Val a manos de los judíos aragoneses- y a los maestros consagrados la de conjurarse contra el papismo, extender la anarquía librepensadora, fomentar la duda filosófica y el ateísmo, subvertir las instituciones, amparar el sionismo, combatir el capitalismo y el comunismo, denunciar la corrupción de los profanos (encubriendo la de los hermanos), conspirar contra la corona y restaurar la república. Por algo, se dice, la bandera de Esquerra Republicana de Catalunya aloja un triángulo -qué otro símbolo puede haber más representativo en la masonería- con la bandera cuatribarrada.

Todo es posible cuando la actividad masónica, como les ocurrió a los templarios, se realiza, dicen, en la más absoluta opacidad desde los rincones más inaccesibles, a pesar de haber promovido modernas constituciones, como la de Estados Unidos, haber contribuido al hervor secesionista de las colonias americanas y, de forma contradictoria, a la unificación de Italia, la apertura de las barreras de la Comunidad Europea respecto a España y, para horror de los nostálgicos franquistas y republicanos, al sostenimiento de la dinastía borbónica, al menos por el momento, tras ceñir su cintura con un mandil. Ni Pushkin ni Goethe, ni Walter Scott, Conan Doyle, Kipling o Wilde hubieran sido capaces de mejorar con su brillante imaginación el mito de la invisible hermandad a la que ellos mismos pertenecieron, ni contribuido tan eficazmente a la captación de nuevos miembros como el silbido al oído, el dicen que dicen y cuéntame el secreto.

Pero a los hijos o a los nietos de los masones, como a los hijos y a los nietos de los cristianos, les cuesta seguir asistiendo al templo, si alguna vez entraron en él, y los personajes fabulosos, como Lafayette, Washington, Diderot, Voltaire, Nelson, Wellington o Garibaldi- que, en cierto modo, llegaron a ocupar en las logias el lugar de las imágenes de los santos en las iglesias católicas- han quedado cubiertos por un manto de polvo y herrumbre. La fábula ha cedido paso a la vulgar realidad, a la lucha por la permanencia, la incierta expansión y, en el mejor de los casos, al intento de restaurar la unidad en una institución fragmentada por el ansia de poder y la tendencia a impedirlo.

A la vuelta del siglo, todavía se siguen exculpando los excesos de la hermandad, acusada en tantos lugares de corrupción, nepotismo y conspiración por la práctica individual de algunos de sus miembros, y observada con recelo entre las nuevas generaciones de políticos y educadores, mientras se intenta redactar una nueva versión de la historia de la masonería, vinculándola más a los viejos valores racionalistas que a los idiosincráticos, seudoesotéricos y altojerárquicos de la no tan poderosa, no tan discreta y no tan sospechosa sociedad de protección mutua.

La escisión de la familia masónica, observable en la multiplicidad de ritos y obediencias que han brotado desde el siglo XVII, y muy especialmente a partir del XIX, no es sino un reflejo de lo ocurrido en las diversas creencias religiosas, instituciones y movimientos políticos organizados desde el nacimiento de la civilización: allá donde huele a misterio, a rincón reservado o a dogma, allí mismo salta el pensamiento disidente para evitar que el conocimiento y el poder puedan convertirse en monopolio de nadie. A pesar de que los principios fundamentales de la masonería son respetados en España como en Francia, Inglaterra, Suiza, Alemania o Estados Unidos, todos los protocolos de regeneración y reunificación han venido fracasando sin que se sepa exactamente a qué o a quién atribuirlo. Seguramente no conviene a los estados que la comunidad masónica se reagrupe por temor a ser parasitados por tan formidable enemigo; pero tampoco a los dirigentes de las Grandes Logias les preocupa demasiado intervenir para mejorar su mala imagen, aunque, en palabras de Baigent y Leigh (The Temple and the Lodge, 1989), mantener este obsesivo secretismo sólo sirve para reforzar el convencimiento de que tienen algo que ocultar. El efecto logrado es ciertamente incómodo y ridículo: en el mundo exterior, el emblema de la escuadra y el compás, más que curiosidad despierta recelo y rechazo; ni siquiera el pasaporte masónico puede franquear las puertas de las logias al hermano visitante procedente de una obediencia irregular -discúlpese el lenguaje jesuítico-, por más que sea portador de una contraseña universal; los hierofantes de la obediencia obstaculizarán la entrada del viajero en su territorio, si es que el viajero no ha sido reconvenido antes por sus propios jefezuelos para que no se atreva a pisar el suelo arlequinado de una logia no reconocida, en clara violación de los reglamentos de las Antiguas Partidas de 1425: “Todo cantero recibirá y acogerá a los canteros forasteros que viajen por el país… y les dará trabajo al menos durante catorce días y les pagará su jornal, y si no hubiera piedra para ellos, los socorrerá con algunos dineros que le ayuden a alcanzar el próximo albergue (logia)” (Mackenzie, Secret Societies, 1967).

De hoy a mañana convendrá rectificar la plantilla sobre la que descansa el pie masónico, o habrá que resignarse a que padezca cojera crónica. Posiblemente las sociedades secretas no tienen ninguna posibilidad de evolución, pero la historia demuestra que la disciplina colectiva de las instituciones suele terminar convirtiéndose en una maniobra desreglada cuando se quiere mantener el pecho erguido en medio del tiroteo. Lamentablemente, como no resucite De Molay y emprenda una cruzada a garrotazos contra los gestores del templo, el legado de la masonería española del año 2000, lejos de quedar tallado en la roca para los siglos venideros, quedará enterrado en su propia insignificancia.

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