María Gómez Manero (1912-2006)

Mis memorias

Prólogo del editor

Se dice que la historia es el único laboratorio que tenemos para medir las consecuencias del pensamiento, y la memoria el proceso que nos permite reconocer, en un viaje de retorno, la acción de la historia sobre los hombres. Si eso es así, nada hay tan doloroso y tan placentero como seguir en estas Memorias el estrecho pasadizo que nos conduce hasta la raíz de nuestro ser, y presenciar los arcanos rituales de la niñez, las intensas relaciones familiares, las efímeras convenciones sociales, la lucha por la supervivencia, la defensa de lo propio, la protección del amigo y del necesitado. Esta es una parte de un libro reservado para iniciados en el verdadero conocimiento de la historia, un conocimiento que no nace de la presunción, la arrogancia y la fatuidad de quienes se sienten portadores de la ciencia, sino de la candidez, la modestia, la honestidad, la decencia y el decoro de los únicos y auténticos representantes de la vida, la tierra, la religión y la familia.

Mi familia y mi infancia

Mi nombre completo es María Gómez Manero. Nací en Albalate del Arzobispo (Teruel). Vengo de una familia numerosa: mis padres, Remigio Gómez Budé y Eulalia Manero Trullén, eran labradores; mi madre (que aparece fotografiada abajo, sentada junto a la pared), mujer pequeña y menuda, siempre se mostró muy activa. Tuvo doce hijos: cuatro chicos y ocho chicas; dos murieron a los dos y tres años; los diez que quedamos, cuatro chicos y seis chicas, nos criamos muchos años juntos; a todos nos sacó nuestra madre adelante, sanos y siempre unidos.

Eulalia Manero, a la derecha, sentada en la Cuesta de las losas de Albalate. Debajo, una imagen anterior


Mis padres cogieron para trabajar a medias una huerta grande de regadío que pertenecía a una familia rica del pueblo. De todo lo que cosechaban, la mitad era para la dueña y la otra mitad para ellos. Era una finca en la que se cosechaba de todo: muchas hortalizas, numerosos árboles con toda clase de fruta, y un bancal exclusivamente para jardín, en el que crecían toda clase de flores preciosas. Hasta había un naranjo que trajo la dueña. Como en invierno el clima era frío, le ponían unas lonas, sujetas con palos clavados en la tierra, formando un paraguas gigante, para preservarlo de la intemperie. Creció e hizo frutos, unas riquísimas mandarinas. Mi padre nos dijo a todos: “Os prohíbo que cojáis ninguna naranja; es un capricho de la dueña y lo quiero respetar.” Todos lo respetaron, pero yo, que siempre he sido más atrevida, fue quien se comió la mejor naranja. Luego me arrepentí, porque, de enterarse mi padre, se hubiese disgustado, y eso es lo que nunca he querido hacer.

Como éramos tanta cuadrilla, dormíamos de dos en dos. Mi madre se encargaba de atender a las mujeres que venían a comprar y preparaba la comida para doce. ¡Pues no era ya bastante trabajo preparar comida para tantos! Ponía unos grandes peroles de judías secas con chorizo y tocino y una fuente de ensalada de las cosas de la torre, y de postre ya se encargaba cada uno de ir al árbol de la fruta que más le gustaba; quien más alto subía y mejor fruta se comía era yo.

Foto de la casa “Torre Bernad” en el año 2000 (hoy derribada)

Mis hermanas mayores se encargaban de la casa, amasar el pan para toda la familia cada semana y llevarnos a las más pequeñas a la escuela, con ropas sencillas, pero más limpias que el oro y bien peinadas (en todo el día no se movía un pelo de nuestra cabeza). Mi hermana Prudencia, que era la más diligente, me hacía unas coletas que, a pesar de lo traviesa que yo era, me duraban tres días, tan tirantes que, desde entonces, he tenido poco pelo. Mi hermana Joaquina, toda dulzura, se encargaba más de ayudar a mi madre, pero eran tan buenas las dos que las queríamos como si fueran una sola madre.

¡Qué felices éramos tanta cuadrilla, sobre todo a las horas de las comidas! ¡Doce personas a la vez! Disponían una tabla grande en dos caballetes y allí nos sentábamos todos. Por supuesto, antes se descubrían los hombres y rezábamos. Para cenar, mi madre preparaba, en una sartén como una plaza de toros, una fritada de pimientos, calabazas, berenjenas, cebollas y tomates, que antes había cogido del bancal y lavado en la acequia que pasaba por allí, y debajo de una higuera grande que había junto a la casa, hacía el fuego y a freír la cena, que desaparecía en seguida. Como era de noche, no podíamos ir al postre, pero ya se encargaba alguno de mis hermanos de cogerlo antes.

Tres de los doce hermanos: Pilar, Carmen y María

Ésa ha sido mi infancia: sin grandes aspiraciones, pero con la dicha de haber tenido unos padres y unos hermanos maravillosos.

Se nos casaron los hermanos mayores, quedando la familia muy reducida. Mi padre es cosa aparte: era el hombre más bueno del mundo, trabajador y, a pesar de no tener estudios, era el más sabio que habéis podido conocer. ¡Y tan católico y digno de admiración! Lo quería todo el pueblo; cuando salía a la calle, iba siempre rezando. Cuando alguno le veía, le decía: “¡Adiós, Remigio, no dices nada!” “Perdona,” le contestaba, “iba distraído. ¡Adiós!

Mi padre Remigio. Albalate 1947

Voy a contaros algunos acontecimientos que se obraron en él. Un día fue a visitar una conocida ermita que hay en el Maestrazgo de Castellón, la de la Virgen de la Balma. Mi padre entró y se puso a rezar, como era su costumbre. Ya al final, a punto de irse, pero con su gran fe, quiso besar la cara de la Virgen. Se arrodilló y, como sólo llegaba al manto, se puso de pie, pero tampoco llegó más arriba del manto. No se dio por vencido: se subió a la escalerilla que había a los pies de la Virgen y tampoco alcanzó el rostro de la imagen. Entonces, todo asustado y confuso, se fue a la sacristía para contarle al cura lo que le había ocurrido. El cura, viendo la gran sencillez y fe de aquel hombre, le dijo: “¿No sabes que a los santos no se les besa en la cara?” Bajó la cabeza y dijo: “¡Lo sé!”, al darse cuenta de lo que había hecho. El cura le dijo: “Mira, esto que te ha sucedido no es otra cosa que una gran merced que la Virgen te ha concedido.” El bueno de mi padre se fue al pueblo y en casa lo contó todo. Ese suceso fue motivo para que nos explicara cómo teníamos que obrar en nuestra vida (abajo, el Santuario de la Virgen de la Balma).

En las afueras de los pueblos, junto a un edificio, solía haber unas eras, una explanada donde, después de recoger la cosecha del trigo, lo extendían y ponían sobre él unos trillos de madera muy pesados con unas grandes cuchillas de pedernal o metálicas muy afiladas. Los hombres o las mujeres se sentaban en una silla sobre el trillo, dejándose arrastrar por las caballerías, que llevaban sujetas por un ramal, y dando vueltas y vueltas encima de la mies para desmenuzarla. Luego se ponían en el lado que más dominaba el viento y, con una pala de madera, la alzaban para separar la paja del grano, que caía al suelo. Luego, con unas cribas, terminaban de limpiar el trigo y lo metían en el talego.

El “mas” de mi padre Remigio

Un día, al terminar el trabajo, ya de noche, se fueron mis hermanos a casa y mi padre se quedó a dormir en el mas, que tenía una habitación con una puerta de hierro y una ventana al campo. Ya le habían llevado la cena; allí, prieto a la pared, había un trillo, con las cuchillas hacia fuera. Mi padre puso una colchoneta junto al trillo, como si fuera el cabezal de una cama, se acostó y debió tocar el trillo con la cabeza o con los brazos; el caso es que se despertó al día siguiente y vio el trillo a un palmo de su cuerpo, largo en el suelo, con las cuchillas clavadas en el piso. Él, que vio aquello, lleno de espanto, comprendió que le había hecho Dios otro favor. Como en la ermita, se puso de rodillas para dar, llorando, gracias a Dios por haber evitado que el trillo le aplastara. Se preparó para la llegada de mis hermanos con el almuerzo y emprender de nuevo el trabajo; les contó lo ocurrido y mis hermanos se quedaron llenos de espanto; ya nunca más le dejaron solo. ¡Cuánto os podría contar de aquel maravilloso hombre!

Por Cuaresma, se celebraban en Albalate unas misas muy nombradas; traían de fuera buenos oradores y todo el pueblo acudía a la iglesia. Nosotros, por supuesto, íbamos todos en cuadrilla; al terminar, nos sentábamos en unos bancos en torno al fuego de leña y mi padre, con una sartén grande y un mango largo, sentado en un lado, nos hacía palomitas de maíz. Mientras las comíamos, mi padre nos volvía a repetir todo el sermón que habíamos oído antes, añadiendo muchas más cosas de la Biblia que él mismo iba improvisando. Mi hermano Tomás, que era un poco indiferente, le decía: “Pero, padre ¿por qué nos cuenta otra vez lo que ya hemos oído antes?” Mi padre le contestaba: “¡No por saber más se pierde algo!

Un día se fue a regar una huerta pequeña que tenían ellos, mientras mi hermano se fue a otro sitio; se acercó a la orilla de una acequia, por la que corría abundante agua, que servía para regar todo el contorno, y, al levantar la tapadera para que entrara el agua de riego, tropezó y cayó dentro. La corriente se lo llevó dando vueltas; él se agarraba a las matas, pero la corriente le arrastraba otra vez. Así recorrió un buen trecho, corriente abajo, hasta que quiso Dios que se agarrara a una rama de la orilla; se puso en pie y, tranquilamente, salió de la acequia, a pesar de que el cauce tenía mucha altura. Naturalmente salió todo empapado, se puso en un rincón del ribazo al sol a secarse, y allí pasó el día, sin comer. No se hizo ni un rasguño; ni siquiera se acatarró. Enseguida se dio cuenta de lo que le había pasado y, como siempre, de rodillas, dio gracias a Dios por tantos favores que le hacía.
Durante la guerra, mientras caminaba por la calle, uno del pueblo le dijo con el puño en alto: “¡Remigio, salud!”, costumbre que habían impuesto los rojos. Unos, a cuenta de miedo, saludaban así; mi padre, que en aquel momento rezaba la letanía, contestó, sin saber lo que decía: “¡Ora pro nobis!”. En seguida se dio cuenta de la situación y añadió: “¡Adiós, Mariano!

El era así, a pesar de que él y mi hermano Francisco, soltero y mayor, estaban fichados por ser buenos católicos, como otros muchos del pueblo.
Cuando mis padres estaban en la torre, y éramos tanta cuadrilla, siempre nos daba consejos. Mis hermanos y mi padre trabajaban la tierra a medias; como se cosechaban tantas cosas, se vendía a los que venían y, en tiempo de la cosecha, acudían más cargueros, que así los llamaban, de los pueblos de la sierra, con sus carros, a comprar los productos del tiempo. Mi padre era muy apreciado por su generosidad y tenía algunos compradores fijos. Lo que sacaba de la venta, lo ponía en una bolsa y, al final del mes, iba a casa de la dueña a partir: “¡Dos para ti, dos para mí!”, hasta completar la partición de las ganancias con toda la honradez del mundo. Los amos estaban encantados con él. Cada dos o tres días, mi madre cogía de todo lo mejor de la huerta y se lo llevaba a la dueña, que es lo que necesitaba para el gasto de esos días.

Se fueron casando los hermanos mayores, dos chicos y dos chicas -¡nuestras niñeras!-. Mi padre, al quedarse solo con dos hijas, se le hacía ya pesado trabajar tanta tierra, y un día le dijo a la dueña: “Váyase preparando otro mediero, porque quiero retirarme ya.” La dueña daba largas a su petición, porque no quería que se le fuera aquella familia que tanto quería y que tan bien le servía, pero un día mi padre fue y le dijo: “Le ruego que cuanto antes se busque otro mediero, pues ya no puedo más; soy mayor y estoy cansado.
La dueña vio que aquello iba en serio y, a los pocos días, encontró otro. Terminaron lo que quedaba en la tierra, lo partieron y en poco tiempo nos fuimos a nuestra casa del pueblo, con pena, ya que habían sido tantos años en aquella torre, en la que habían nacido los doce hijos.

Se habían casado tres hermanos y dos hermanas mayores, y Ramona, que pasó muchos años trabajando en una clínica de Zaragoza, a la vez se iba preparando para enfermera, hasta que sacó el título y se fue a Barcelona, donde estuvo hasta que se jubiló y regresó a Albalate. Nos quedamos los siguientes: Francisco, soltero; Pilar se casó; Carmen y yo también nos casamos; y Ramona seguiría soltera.

Mi padre murió a los 84 años. Un día se puso enfermo y pidió el cura. Lo llamaron y en seguida vino. Poco tuvo el cura que intervenir, ya que mi padre hizo una confesión digna de él, aunque impropia de un hombre sin estudios. La última palabra que dijo fue: “Ya nada me preocupa en este mundo; cuando me llegue la hora, que Dios no me coja con las manos vacías.” El párroco se fue a casa muy impresionado y le explicó a su familia lo que le había ocurrido con aquel enfermo; luego, se acostó y, a la mañana siguiente, tocaron las campanas: ¡el párroco había muerto sin estar enfermo! Naturalmente, todo el pueblo lo sintió mucho; la familia del cura le contó a la mía lo que había pasado: la impresión que trajo no la había podido superar. Aquella había sido la voluntad de Dios.
Mi padre vivió unos días más; al final murió como había vivido. Mi madre, Eulalia, llegó a alcanzar los 94 años y murió más por un descuido del médico que por su mucha edad: una mujer pequeña y fina, que trajo al mundo a doce hijos y a todos los crió, con una vida de gran actividad y muchas veces pasando apuros… ¡cómo fue desapareciendo aquella gran familia, tan unida y tan limpia! Primero los hermanos mayores, luego las tres hermanas, que tanto habíamos querido, y por fin quedamos mi hermana Carmen y yo -ella dos años más joven que yo-. Me quedan muchos sobrinos a quienes quiero mucho. Y de los protagonistas de estas memorias, quedamos Pilarín, la hermana querida que tantas vicisitudes pasó conmigo; y mi primer gran amor, Emilio.

La guerra civil

Encontrándome en Sierra de Luna, pasando unos días con Pilarín, mi mejor amiga, a quien más quería, pueblo donde ejercía de maestro su padre, D. Román, y su hermano Emilio, nos fuimos el 17 de julio de 1936 para Albalate, donde pasaban las vacaciones.

Pilarín y yo. Albalate, 1935

Al llegar a Zaragoza, Emilio se quedó para hacer algunos asuntos y regresar a continuación a Albalate.

A la mañana siguiente estalló la guerra española, y Zaragoza se quedó aislada de Albalate por las fuerzas rojas, viéndose Emilio solo, con la ropa de encima y con escaso dinero, sin tener dónde ir ni poder comunicarse con su familia.

Allí se inició todo el calvario. En Albalate comenzaron las fuerzas republicanas por la iglesia, destrozando altares, tirando los santos y, a la Santísima Virgen de Arcos, que todo el pueblo adoraba, la ataron con una soga y la arrastraron por las calles hasta tirarla por el puente al río.
Asaltaron las casas, sobre todo las de los ricos que pudieron escapar. A los pocos días, de madrugada, entraron en los hogares donde vivían los más destacados hombres del pueblo -entre ellos dos seminaristas- y, atándolos de dos en dos, por ser hombres de bien y católicos, los llevaron hasta el cementerio, donde días después les mandaron hacer una hoya grande. Allí, puestos de pie unos y los otros de rodillas, les dispararon, cayendo a la fosa medio muertos, y como tenían mucha prisa les echaron encima un montón de cal viva y a continuación la tierra. ¡Fue espantoso! Nadie salía de casa por el miedo; yo estaba asustada, ya que mi padre y hermano estaban fichados. Por otro lado, D. Román también se hallaba en apuros porque, como fue alcalde con Primo de Rivera, lo tenían en lista y él lo pasaba muy mal, pensando que cualquier día irían a por él; esto le hacía dormir todas las noches con una pistola y una cuerda, para irse por los tejados antes de que lo cogiesen.

Román García Gárate

Yo iba y venía de mi casa a la de Pilarín, siempre temerosa de que ocurriese algo en las dos casas. Así pasaba el tiempo, siempre con tristes acontecimientos.

La casa de D. Román y Pilarín en Albalate

También a mí me las hicieron pasar mal, pues me llevaban al campo a coger lo que había y llevarlo a la iglesia, que habían convertido en cooperativa, a donde tenían que llevarse todas las cosechas, y después, con unas cartillas, íbamos a que nos dieran para comer ¡que era muy poco! Un día fue mi madre y lo único que le dieron fue una cabeza de ajos.

Pilarín estaba con su padre. Tenían una chica -Concha- que les hacía la limpieza. De momento ellos no tenían peligro, ya que el padre de esa chica era uno de los que más influencia tenían, cosa que les valió, porque a todos que tenían asistenta se la quitaron; pero Concha estaba muy contenta con ellos y le dijo a su padre que no quería irse de casa de D. Román, “porque estoy muy bien y les quiero.” Pilarín no andaba bien de salud; por eso yo estaba mucho con ella, pues nos queríamos como hermanas.

Pronto volvieron a detener a más gente -a 10 personas-, entre ellos al padre de un seminarista, a quien mataron por haberse escapado su hijo. Todos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Santísima Virgen de Arcos!” De esto se enteraron algunos hombres que, ocultos por los caminos, les siguieron, viendo todo el drama.

A mí seguían haciéndome trabajar. Como allí levantaron el cuartel general, acudían todas las fuerzas del frente, que venían a comer y a descansar. En los locales de las escuelas, junto al cuartel, hicieron unos comedores, donde se daba de comer a todos. Como necesitaban gente, nos cogieron a unas cuantas chicas para servir en los comedores y había que hacerlo con toda la etiqueta, como si fuera comida para grandes personajes. De las casas que requisaron, sacaron ricos manteles y ropas de hilo bordadas. Allí había cubiertos de plata, ricas vajillas, todo completo, que daba pena ver, ya que luego no servían para nada, pues cogían la comida con la mano. Con toda delicadeza nos gritaban: “¡Tú ponme vino! ¡quítame este plato!” Derramaban el vino en los manteles y, como eran tan señoritos, había que cambiarles el mantel en todas las comidas. Nosotras, a lavarlos, y como el vino no se quitaba, había que meterles buenos chorros de lejía y, a los pocos días, todos estaban rotos a tiras. Allí en la acequia nos poníamos buenas de lavar; yo lloré muchas veces al ver aquello (abajo, los antiguos lavaderos).


Con el tiempo se terminaron todos los corderos, los cerdos, los pollos y los conejos, y ya no había con qué alimentar a toda aquella chusma. La vida transcurría igual. Nadie decía “adiós” por la calle; todos con el puño en alto: “¡Salú!” Muchos, a cuenta de miedo, o por oírlo tanto, repetían “¡Salú!”, pero yo no lo hice nunca.

Un día D. Román, lleno de miedo, habló con un vecino, con quien tenía mucha amistad. Le dijo: “Quiero pedir una escuela fuera de aquí.” El amigo, que era uno de los que mandaba más, le dijo: “Mire, D. Román, mientras esté yo aquí, a Vd. no le pasará nada; ahora, si yo me voy, no respondo de Vd.

Así lo hizo. Tenía un amigo y compañero maestro, con quien estuvo en Bilbao, que le ayudó a conseguir una escuela en Zaragoceta, un barrio de Caspe. En cuanto pudo, tomó posesión de ella.

Román, delante de su escuela en Zaragoceta (Caspe), en 1937. Junto a él, en tercera fila, Camila. Abajo, la casa-escuela de Zaragoceta en julio de 1996

Allí se fueron. Yo les acompañé; en mi casa no hacía falta y, como Pilarín tenía poca salud, mis padres me dejaron ir con ella, alegrándose mucho los dos. Allí fue otra vida muy distinta. D. Román se hallaba más tranquilo, con menos peligro, en una escuela de pocos niños, pues sólo era para unas cuantas familias que vivían en unas torres, muy buenas gentes, pacíficos, sin otros deseos que el trabajo.

A la izquierda, Camila, con su vecina Teresa. Zaragoceta, 25 de julio de 1996.

En la escuela había casa para el maestro compuesta de todo, que el propietario dejó al cogerle en vacaciones en zona nacional. Allí se hacía una vida sanísima; pasábamos el día en el campo, en el río o en una acequia grande, donde me metía yo a nadar, con gran pena para Pilarín, que creía que me iba a ahogar. Otros días, cuando quitaban el agua, nos metíamos dentro porque había muchos cangrejos, a los que tenía mucho miedo, pero Pilarín los cogía a puñados, que luego nos servían de comida.

Teníamos un gato grande y muy inteligente, y nos marchábamos de paseo por los montes, y el gato siempre junto a nosotras, aunque fuera muchos kilómetros. Un día, yendo por un camino, salió de un agujero una culebra grandísima. Pilarín y el gato se echaron atrás, pero yo, que siempre he sido muy atrevida, con la caña que tenía en la mano, le di un gran golpe que la dejó atontada. Luego la saqué afuera y la rematé.

Las gentes de aquella huerta se portaban estupendamente; nos regalaban muchas cosas. Hacía un tiempo estupendo; hubo noches en las que nos reuníamos las mozas de la huerta en una era, tendíamos unas mantas en el suelo y dormíamos toda la noche bajo aquel firmamento tan estrellado que parecía que estábamos en el cielo. ¡Qué grande es Dios, y cuánto le debe esta pobre criatura!

Casa-escuela de Zaragoceta (actualmente centro de actividades culturales)

D. Román se lo pasaba bien; todos los sábados cogía una mula de la huerta y se iba a Caspe; se llevaba comida y pasaba todo el día. Compraba alguna cosa, visitaba a algún amigo y se metía en una biblioteca y se traía un montón de libros para toda la semana. Tantos leía que luego ya no se acordaba y volvía a traer los mismos del viaje anterior.

También nosotras leíamos mucho. De Emilio seguíamos sin tener ninguna noticia, con gran preocupación por parte nuestra, al no saber cómo ni dónde estaba, ni de qué vivía ni de qué forma podíamos comunicarnos con él.
Paso un año. Un buen día, estábamos Pilarín y yo por la alameda cuando vimos a D. Román venir dando gritos con un papel en la mano: “¡Emilio! ¡Sierra de Luna!” Allí sucedió lo más emocionante: abrazos, lágrimas, alegrías, incluida yo, que también lo quería, pues nos habíamos compenetrado los dos con un cariño sincero y bueno. Un día él se enteró de que, por medio de la Cruz Roja de Suiza, podían comunicar a las familias separadas de una zona a otra, tarjeta que acompaño, y en esa tarjeta que recibió D. Román trabó contacto con su hijo -sólo 10 palabras-. Ya no se supo nada más hasta que terminó todo y se pudo cruzar la línea.

Comunicación a través del Comité Internacional de la Cruz Roja. 1937

En Sierra de Luna, donde tuvo escuela D. Román, la hija de una de las familias pudientes con las que tenían mucha amistad, se casó y se quedó en estado. Digo esto porque forma parte de un triste acontecimiento anterior que tuvo una gran importancia.

María Barón y su marido c. 1937

María Barón, que así se llamaba la protagonista, dio a luz un niño. A su marido se lo habían llevado las fuerzas nacionales con los de su quinta al lugar donde se había formado un gran frente -en Quinto (Zaragoza), junto al río Ebro-. Pasados unos seis meses, María decidió irse a Quinto para ver a su marido y para que, a la vez, conociera a su hijo. Estando allí, las fuerzas rojas hicieron prisioneros a unos cuantos soldados, entre ellos al marido de María. A la vez cogieron a las mujeres y a María con su niño. En camiones se llevaron a los hombres hacia Caspe, donde les mataron. A las mujeres también se las llevaron, camino de Barcelona. Al llegar a Caspe, se detuvieron a comer. María recordó que D. Román se encontraba en un pueblo de Aragón y les dijo: “Yo no quiero ir a Barcelona porque tengo aquí un tío maestro y quiero quedarme con él.” Al verla sola con el niño, los mandamases la dejaron quedarse. ¿Que a ellos se les despertó la conciencia? ¿Que Dios le ayudó? Me quedo con lo segundo.

Una vez allí se apresuró a preguntar en una casa si conocían a D. Román García, maestro; no le conocían pero la recogieron a ella y al niño. Preguntaron en otras casas y, por fin, quiso Dios que alguien le recordaba. Enseguida le comunicaron a D. Román lo que ocurría y, al día siguiente, se presentó con un torrero con las mulas. En pocas horas llegaron a Zaragoceta.

Pilarín y yo les recibimos con gran alegría y ofreciéndonos de corazón en todo lo que fuese. Cogimos al niño, le dimos de comer y todo quedó más tranquilo. El niño lloraba mucho, hasta que se durmió. Pudimos arreglarnos bien; una vecina nos prestó una cuna. María dormía en una habitación con el niño, Pilarín y yo en otra, en una cama grande, y su padre en otra habitación.

Pasó el tiempo, haciendo una vida sana. Un día nos avisaron de Albalate que había un sacerdote, afiliado a la Organización (la FAI), que trabajaba de mecánico en un taller donde arreglaban todos los coches y camiones. Pero su misión principal era ejercer el sacerdocio hasta el último minuto de su vida si fuese preciso. No negó nunca que fuera sacerdote, y en varias ocasiones quisieron matarle, pero los compañeros le defendían porque le querían mucho. Le preguntaban por qué iba a casa de esa familia tantas veces. Él les decía que, como Agueda Lecha era modista, le cosía las camisas y demás cosas. Así era cómo iba a aquella casa a celebrar misa, y consagraba las formas y daba la comunión.

Un día que Pilarín se encontraba mejorada (ya que, como he dicho en otras ocasiones, no estaba nada bien, pues padecía de los nervios y yo estaba pendiente de ella), hallándose, pues, más animada y contenta por lo que iba a traer de Albalate -raramente la dejé sola-, me fui a Caspe y cogí un camión de los milicianos con otras gentes, pues así se hacían los viajes, y entré en el pueblo a encontrarme con mi familia, a la que hacía mucho no veía. Se alegraron mucho de tenerme otra vez entre ellos.

Pronto supe dónde estaba el sacerdote y me fui a casa de Agueda. Pude oír misa y comulgar y, a la vez, le pedí que me diera formas consagradas para llevarlas a Pilarín, ocultándolas luego por el peligro que suponía, en un viaje fatal, que me fueran a registrar, ya que eso lo hacían con mucha frecuencia.

Cuando llegué a Zaragoceta, Pilarín se llevó una gran alegría al verme y, con gran ilusión, pues teníamos al Señor con nosotros, hice un sagrario en un armario y allí acudíamos en nuestros ratos libres. Cuando salíamos a pasar la tarde, yo cogía la bolsita y me la ponía en el pecho, bien sujeta con un imperdible, para que no se me cayera.

Así pasábamos nuestra vida, con la ayuda y el consuelo de nuestro gran amor santo. Pero teníamos un problema. Como guardábamos las sagradas formas, estábamos preocupados por lo que podía hacer María Barón, ya que ella venía mucho por nuestra habitación. Por fin se lo dijimos y se quedó admirada.

Un día, estando las tres en la habitación, al pasar María delante del tocador que hacía de sagrario, hizo una genuflexión y D. Román, al verla, le dijo “¡Qué te pasa! casi te caes.” Ella, tranquila, le dijo: “¡Es que he tropezado!” No le habíamos dicho nada a él porque, como estaba siempre con tanto miedo, hubiera sido capaz de quitárnoslas, no fuera a pasarle algo a él. ¡Pobre! Tenía miedo de todo.

En cierta ocasión, cuando, tras la misa, que hacíamos a nuestra manera, nos disponíamos a comulgar, abrí el armarito y la cajita que contenía las sagradas formas y vi que dentro había una mota grande. No sé cómo pudo entrar allí, ya que estaban siempre envueltas en un corporal. Al verla, no se me ocurrió otra cosa que soplar para quitar la mota. ¿Quién me inspiró tal acción? Porque lo más natural era tratar de quitarla con cuidado con la mano, pero soplé y, en aquel instante, saltaron todas las formas en alto, yendo a parar todas al suelo. No puedo explicar lo que sentí: ¿miedo? ¿espanto? ¿culpabilidad inexplicable? Pedí perdón a Dios y, llorando, fui recogiendo todas las formas, besando el suelo tantas veces como formas había, limpié el suelo con agua limpia y eché el agua en un hoyo y lo cerré para que no se profanara. Pilarín estaba tan aturdida como yo. Han pasado 59 años y todavía tengo en mi corazón esa pena, y la duda de por qué soplé en la cajita donde guardaba mi mayor tesoro.

Recibí una carta de mi hermana Prudencia. “María, ya tengo preparadas las sábanas que te dejaste. Cuando quieras puedes venir a por ellas.” Era la contraseña que teníamos para saber cuándo podía ir a recoger más sagradas formas.

Me fui a Albalate en el camión de siempre con los milicianos y más mujeres, contenta por el encargo que tenía que recoger y feliz por ver a mis padres y familia. Todos estaban bien, alegrándose mucho de verme. Mi padre me dijo: “Niña, te expones a muchos peligros con tantos viajes”, pero a la vez reconocía que Pilarín me necesitaba de enfermera, al no tener otra ayuda.
Después de ver a todos, me fui a casa de Águeda, la amiga modista. Allí estaba el sacerdote, como muchas veces. Le dije que venía a buscar más formas. Yo le dije: “Tengo una amiga en Caspe que está enferma y no puede desplazarse, y yo querría, si eso es posible, confesarme por ella, pues comulga todos los días, pero tiene un poco de temor de hacerlo sin haberse confesado durante más de un año.” Me contestó: “Pero hija ¡tú sabes lo que me pides!” “”, le dije, “y yo me hago responsable de todo ante Dios.” “Bueno, bueno, sea…

Me puse de rodillas y le conté la vida que había llevado durante tantos años que la conocía. Le conté todo lo que pudo haber hecho involuntariamente, que no podía ser mucho. Me absolvió, me puso penitencia y me dijo: “Dile que esté tranquila y que ante Dios está perdonada y, si le pasara algo, iría al cielo.” ¡Qué cosas tan raras he hecho yo en mi vida! ¡Si me sirven para algo!
Luego le dije: “Ahora me quiero confesar yo.” Me arrodillé y me entró tal angustia que me ahogaba. Me eché a llorar. El pobre sacerdote no sabía qué hacer, ya que no podía pronunciar ni palabra. Trató inútilmente de tranquilizarme: “¡Cálmese, mujer!” Y como pasaba el tiempo, me dijo: “¿Está Vd. arrepentida de todo lo que en su vida ha podido cometer, pasado y presente, como está en la presencia de Dios?” Yo, con un movimiento de cabeza, sin palabras le dije: “¡Sí, padre!” Me echó la bendición y penitencia y me dijo: “¡Vete en paz!”. A continuación, en una mesa con un paño verde y una caja de ajedrez con las fichas puestas, por si alguien entraba, pusieron un paño blanco con todo lo necesario para celebrar. Oímos misa y nos dio la comunión. Luego saqué la bolsita que siempre tenía y me la llenó de formas, que llevé, como en la anterior ocasión, bien sujetas en el pecho.

Al día siguiente, tomé el consabido camión y ¡a Caspe! El viaje fue como todos los que hacía: llena de miedo, con gran peligro, ya que la gente que iba eran grandes terroristas y te hablaban con unas miradas que te penetraban en el corazón, tratando de indagar lo que pensabas, adónde te dirigías y con qué motivo, recelando de todo el mundo.

Yo, como llevaba las formas, mantenía los brazos cruzados, apretados contra el pecho, e iba rezando, aunque más tranquila, ya que al tomar el camión me ponía en las manos de Dios y sabía que sólo ocurriría lo que Él quisiera, cosa que, fuera buena o mala, acepté. Una vez, un miliciano, al ver que siempre iba con los brazos cruzados, fijó su mirada en mí y me dijo: “¿Qué tienes tú que, con el calor que hace, vas siempre con los brazos cruzados?” En aquel momento me sentí sin fuerzas para contestar; fueron unos segundos que no era yo; sólo apretando más los brazos me dio tal escalofrío que el miliciano me dijo: “¡Ya lo veo, hija, tienes un catarro que estás helada! Cuídate.

Gracias a Dios no pasó nada y llegamos a Caspe. Me esperaba D. Román con la mula y emprendimos el camino de tres horas hasta Zaragoceta. Al llegar, me recibió Pilarín con la esperanza de siempre. Cuando nos quedamos solas, le dije: “Aquí traigo nuestro tesoro y algo más que te va a sorprender.” Le conté todo cuanto ocurrió en Albalate. “Mira, me he confesado por ti, le he dicho al sacerdote los años que hacía que te conocía, lo que involuntariamente has podido hacer. Siempre lleno de admiración me dio la absolución y penitencia diciendo: ‘Ante Dios está perdonada y, si le pasa algo, irá directamente al cielo.’
Su reacción fue ponerse de rodillas, se me agarró a las piernas sin quererse levantar y, sin dejar de apretarme, me dijo: “¡Eres un sagrario!” Yo la levanté, toda asustada, porque con tanta emoción tenía miedo no le pasara algo malo. Pero Dios quiso que no fuera así; al contrario, mejoró mucho. Con un misal, celebrábamos misa a nuestra manera. Como Pilarín no estaba bien, siguió en la cama y yo, de rodillas, cuando llegaba el momento de la comunión, en un recipiente que teníamos para la ocasión, nos limpiábamos los dedos y cada una cogía la forma y la consumíamos. Después nos bebíamos el agua.

Seguíamos con nuestra vida normal. El niño de María estaba algo rarito; ella se desesperaba y cuando lloraba decía: “¡Calla, que aún no sabes lo que te espera! ¡Pobre hijo!

D. Román seguía con su escuela tranquilo y haciendo sus viajes a Caspe. Nosotras, como María y el niño había venido con lo puesto, y tampoco nosotras teníamos mucha ropa, compramos algo para el niño y unas telas y entre María y yo cosimos unos vestidos preciosos, como obra de buenas modistas.

El niño se iba poniendo peor, lloraba mucho y se retorcía, como si tuviese mucho dolor de vientre. Allí no había médico; nosotros procurábamos darle lo que creíamos era mejor. Pero seguía empeorando. Le propusimos llevarlo a que le viese un médico en Caspe, pero María, toda asustada, se negó; dijo que se exponía a que se le muriera en el camino.

Como era de esperar, ya no se pudo hacer nada y el niño falleció en 1937. ¡Qué pena de niño! A los nueve meses se fue, sin haber podido conocer a su padre. María estaba desesperada, y se nos planteó un grave problema: qué hacer con el niño. Tenía que verlo un médico para poder enterrarlo. ¿Quién se encargaría de ello? María dijo en seguida que ella no podía hacerlo, que no lo podría resistir; Pilarín, menos aún; D. Román tendría que hacerlo; pero ¿quién se encargaría del niño? No lo dudé un segundo: “¡Yo iré!” D. Román tenía en Caspe un amigo médico y en seguida dijo: “Iremos a él; estoy seguro de que nos recibirá bien.” Al punto nos pusimos en contacto con uno de los torreros, explicándole lo que ocurría. Como eran tan buenas gentes, no tardaron en preparar dos caballerías: una para D. Román, y a la otra le pusieron un esportón de paja, a modo de alforjas, a cada lado. Allí colocamos al niño bien sujeto y emprendimos el viaje.

¡Qué viaje! Hacía mucho calor, las moscas nos rodeaban y acosaban las patas de la caballería. La pobre, para quitárselas, daba grandes saltos, que hacían levantarse el esportón, y con él al niño, que daba saltos horribles. ¡Fue lo más espantoso que me ha ocurrido en mi vida! Yo, con los dos brazos en alto, me mantenía prieta a la caballería, sujetando al niño, a pesar de que iba atado, para que no se me cayera. Ya no podía más; tres horas andando en aquella posición era superior a mis fuerzas.

El torrero llevaba el ramal corto, sujetando bien la caballería. Por fin llegamos a Caspe y nos dirigimos a casa del médico. Nos atendió muy bien, ya que era buen amigo de D. Román. Le explicamos lo que ocurría y cómo había muerto el niño, y movió la cabeza: “A este niño le han alimentado mal.” Y así había sido; su madre le daba de todo, hasta mengrana, como llaman en Albalate a la granada.

Nos certificó la defunción y nos fuimos al cementerio para que lo enterraran. ¡Y en qué condiciones! Estaba el frente muy cerca y los obuses pasaban por encima de nosotros. ¡Qué miedo! Por fin salimos de allí y entramos en el camino de Zaragoceta. Pude yo montar en la caballería y el viaje fue más llevadero, aunque con la triste impresión que traíamos…
Al llegar a casa, nos estaban esperando María y Pilarín con la natural impaciencia. María lloró mucho, pero pronto se consoló y quedó tranquila de aquella pesadilla. No sabía qué hacer conmigo, pero no tenía que hacerlo, ya que era mi obligación.

El bueno de D. Román fue testigo con nosotras de un gran acontecimiento que relataré a continuación. El 25 de enero de 1938, en una noche oscura, estando en Zaragoceta, en medio de aquella gran guerra, que causó tanta confusión y muerte, a la una de la madrugada, y estando todas aquellas buenas familias reunidas en la era, vimos algo que nos llenó de espanto. El cielo estaba oscuro, con un azul inquietante; desaparecieron las estrellas y empezó una breve iluminación que iba aumentando, con unos rayos como antorchas que se extendían por el cielo, aumentando la luminosidad como un sol temible; tan pronto parecía que se nos venía encima como desaparecía, como si apareciesen figuras humanas; se movían constantemente o se quedaban con una quietud espantosa. Nadie sabía qué podía ser aquello; para aquellas pobres gentes, cuya única aspiración era el trabajo, la familia y hacer todo el bien que podían, se trataba de algo sobrenatural y se apretaban a nosotros tres, D. Román, Pilarín y yo, que sabíamos tanto como ellos y teníamos el corazón a punto de estallar. Unos decían: “¡Esto es un castigo de Dios, por esta guerra tan espantosa, por tanta muerte y destrucción!” Otros decían: “¡Es el fin del mundo!” Y otro: “¡Tengo un tembleque de piernas que me voy a caer!” Todos llorábamos y rezábamos. Nadie sabía nada; tan pronto se abría una figura con los brazos extendidos, como se cubría la tierra con un manto de luz. D. Román decía: “¡Si tuviese campanillas en las piernas, ahora mismo estaría yo dando un concierto!” Lo decía de broma, pero tenía tanto miedo como los demás.

Las más atrevidas en aventurar una opinión éramos Pilarín y yo; para nosotras, aquello no era otra cosa que Jesús con los brazos en cruz, perdonando su muerte. Y aquella iluminación azul tan imponente que cubría todo, el manto de la madre de Dios. ¿Cuánto duró aquello? ¿Dos horas? ¿Toda la noche? No lo puedo decir. Aquella gente asustada no podía apartar sus ojos del cielo. D. Román, con sus años, los estudios que había hecho, su experiencia y tanto como había leído, no había visto cosa igual. Luego nos enteraríamos de que aquello había sido una aurora boreal, pero nosotros, con nuestra ignorancia, no sabíamos qué era una aurora ni cómo se manifestaba. Desapareció tan lentamente como había aparecido, pero sin perder su belleza; el cielo recuperó su azul oscuro, volvieron unas estrellas y todo se quedó nuevamente en silencio. Ya amanecía, pero nadie comprendía nada ni se decidía a irse a dormir. Cesaron los comentarios, nos abrazamos todos y ya cada uno se fue a su casa. Si durmieron o no, nadie lo dijo, pero la impresión duró muchos días. Sólo nosotros tres, D. Román, Pilarín y yo, seguimos hablando del maravilloso acontecimiento de aquella noche, que Dios nos concedió presenciar.

[NOTA: Aquella aurora boreal fue vista en gran parte de Europa, desde Inglaterra hasta África, pasando por Austria, los Alpes suizos, Portugal y Marruecos. Algunos pilotos que cruzaban el Atlántico denominaron el fenómeno como “una tremolante cortina de fuego”. En Fátima se atribuyó el episodio a una fuerza sobrenatural. En Canadá se vieron alteradas las comunicaciones. El periódico madrileño La Libertad. Diario republicano independiente, órgano de expresión del Frente Popular, 27 de enero de 1938, pág. 2 recogió así el episodio: “Tarragona, 26. — El Observatorio del Ebro ha facilitado una nota acerca de la aurora boreal observada anoche, que pudieron ver los habitantes de esta región en condiciones especialísimas de visibilidad. Ha sido uno de los espectáculos más emocionantes que ha ofrecido la Naturaleza en nuestras latitudes, fenómeno que solamente se produce dos o tres veces al siglo. La aurora boreal dió el aspecto de una inmensa hoguera que se movía de sitio, cambiando ligeramente de color, en el que predominaba el rosáceo, atravesado de multitud de bandas de luz que s e elevaban hasta unos treinta grados sobre el horizonte, y cambiaba, como antes decimos, frecuentemente de posición, los colores verde y blanco eran los que más abundaban después del rosáceo. Entre las diecinueve y veinte horas alcanzó la aurora boreal su mayor Intensidad, y duró hasta la medianoche.”]

Seguimos en aquella huerta unos ocho meses. Un día se oyeron más cerca los cañonazos, pues las fuerzas nacionales avanzaban de prisa. El día 17 nos avisaron de que nos teníamos que ir de allí, pues iban llegando cuadrillas de milicianos huyendo del frente, sin armas ni nada, arrasando todo lo que encontraban.

Nos reunimos todos los vecinos de la huerta y, en seguida, ya que no teníamos otra alternativa, con la ropa de encima y en zapatillas, nos preparamos para marchar. Cogimos dos mantas, la comida que teníamos, me guardé en el seno las sagradas formas y emprendimos camino hacia el monte, hasta que encontramos un mas donde cobijarnos. El suelo estaba lleno de estiércol y la paja aún ardía; con los cacharros que traíamos en las caballerías fuimos a traer agua de un brazal para apagar el fuego. El lugar era incómodo porque estaba invadido de piojos.

Allí pasamos dos días, y como la cosa se complicó, decidimos irnos monte adelante para llegar a Caspe. No conocíamos el camino, pero aquellos amigos nos indicaron por dónde teníamos que ir. Nos despedimos con gran pena, pues era la gente más buena que habíamos conocido; no querían dejarnos ir solos, pero tenía que ser así, pues debíamos ir acercándonos a Albalate. El camino era estrecho y pedregoso, pero seguimos en la dirección que nos habían indicado. Como el frente estaba tan cerca, los cañonazos pasaban por encima de nosotros, que, llenos de espanto, nos veíamos obligados a agacharnos al suelo. Estábamos a 19, día de san José; él era nuestro apoyo.

Como yo tenía las sagradas formas, nos pusimos detrás de una roca y las consumimos. D. Román no sabía nada y le llamó mucho la atención lo que hacíamos. “¿Qué hacen aquellas?”, preguntó a María. Entonces se lo contamos todo. Nos gritó por no habérselo dicho antes, pues se habría alegrado mucho.

No sé cuántos kilómetros habríamos andado, pero pronto llegamos a la carretera donde nos dijeron: “Desde allí, en tres kilómetros, llegaréis a Caspe.” Y así fue. Ya vimos montones de escombros de las casas que habían recibido el bombardeo. Entramos en el pueblo y encontramos a un amigo de D. Román, que se alegró mucho de verle, y le dijo: “Id a la plaza, que hay un camión de reparto de comida; os darán todo lo que necesitéis.” Nos dieron pan, pedimos un tarro de leche y no sé qué más; comimos y, en la primera ocasión, nos subimos a un camión camino de Albalate. No se puede describir la emoción que traíamos, después de dos años tan terribles.
Al llegar a la plaza, donde tiene la casa la Severa, sobrina de D. Román, alguien dijo: “¡D. Román, que ha llegado Emilio!” Y así fue. Menos mal que no se le había ocurrido irse a Caspe al encuentro de su familia y decidió esperar allí. Todo fue una sola cosa: ¡abrazos, lloros, silencio! Y como había tanta emoción, no reparó en que yo también estaba allí. Luego se subieron a casa de la hermana de D. Román y yo, con gran pena, en silencio, me fui a casa -en medio de todo, llena de alegría por ver a mis padres y familia, a quienes había dejado solos durante tanto tiempo.

Emilio en 1938

Cuando terminaron de contarse sus cosas, se dieron cuenta de que yo no estaba allí e inmediatamente vinieron a casa, disculpándose y diciendo: “¿Por qué te has ido?” Todo se pasó y tan felices.

Luego nos pudimos arreglar; D. Román y Emilio se fueron a casa de su hermana y Pilarín y María se quedaron conmigo en la mía. Más tarde Emilio tenía que incorporarse a su trabajo, pues nos contó que, al quedarse solo en Zaragoza aquel fatídico día en que se separaron, después de pasar sus apuros, regresó a Sierra de Luna donde tenían la escuela y la casa. El se las arregló como pudo; las familias le daban muchas cosas, casi le mantenían, y él, con su gran voluntad, para sacarse algún dinero, daba clases de música a muchos chicos, llegando a formar con el tiempo una gran orquesta que llamó la atención.

Orquesta Arenas. En el centro, Emilio García

Como el frente estaba tan cerca, los jóvenes tenían que hacer guardia en la carretera a la entrada del pueblo, con gran peligro, y muchos no querían hacerla; entonces se la ofrecían a Emilio a cambio de tres pesetas por guardia. Entre eso y lo que sacaba de la música, reunía un buen dinerito. ¡Ya sabía bien defenderse!

Un día se enteró en Zaragoza de que el Servicio Nacional del Trigo convocaba unas oposiciones para jefe de almacén, pero tenía que aprender contabilidad y matemáticas y necesitaba tres meses para prepararse todo.
Con gran tesón, inteligencia y gran deseo de tener un porvenir, se fue a un profesor de matemáticas y le dijo: “Necesito que Vd. me dé lecciones para aprenderme todo eso en un mes.” El le contestó: “¡Eso es imposible! No le puedo dar lección tantas horas.” Emilio le dijo” “No tengo tiempo. Vd. no se preocupe; prepáreme; todo el trabajo que haga falta, todo se lo pagaré.” Admirado por la entereza de aquel joven, le preparó a conciencia. Él, en casa, día y noche, trabajó como un negro y en un mes se aprendió el temario. Llegó el día de la oposición y sacó el número uno entre 34 opositores, siendo destinado a Ejea de los Caballeros (Zaragoza).

Allí continuó su trabajo y dando conciertos de baile con una orquesta, sábados y domingos, con el fin de sacar un dinero extra para ayudar a su padre, que, como estaba expedientado por haber estado en zona roja, se pasó varios meses sin cobrar, no teniendo otro ingreso.

Unos meses después solicitó plaza en Morella (Castellón). Al poco tiempo de estar allí, le llamaron para ingresar en el ejército, siendo destinado al regimiento Aragón 17, destacado en Zaragoza. Pasó dos meses en la Plana Mayor, saliendo fuera a comer y a dormir, con la suerte de poder ir a tocar a una orquesta todos los días en una sala de fiestas, donde ganaba 15 pesetas diarias con las que cubría todos sus gastos.

Luego le llevaron al frente de Albarracín (Teruel). Allí lo pasó muy mal, corrió gran peligro y padeció mucho frío. Al poco tiempo solicitó una plaza de automovilismo y, como no sabía conducir, ingresó como pintor (de lo que tampoco sabía nada) en Calatayud (Zaragoza). En seguida le cogió como oficinista el teniente coronel y continuó tocando el piano en otra orquesta para hacer baile sólo para los jefes militares. De allí, al terminar la guerra, con toda la jefatura fueron a Valencia, donde en el hotel Metropol daba baile para los jefes militares. Unos tres meses después le licenciaron y el teniente coronel jefe de automovilismo, agradecido, le puso un coche, marca Plymouth, para que regresara a casa.

Edificio del antiguo Hotel Metropol en la calle Játiva de Valencia

En seguida se incorporó a su plaza de Morella, después de haber hecho una mili tan complicada.

Su padre y hermana se hallaban en Albalate. Después de que Emilio se fuera a su trabajo, tras despedirse de ellos, después de una odisea de dos años sin verse, D. Román, Pilarín y María Barón se fueron a Sierra de Luna, donde tenía su escuela en propiedad y la casa. Allí se quedaron unos días, sin incorporarse a clase, ya que había estado tanto tiempo en zona roja, y a todos los maestros a quienes les había cogido la guerra allí les sancionaron con unos cuantos meses sin cobrar, creyendo que habían colaborado con el bando republicano y, por lo tanto, eran culpables. Su casa de Albalate estaba vacía, pues les habían despojado de todo -ropas, enseres y hasta una Inmaculada de tamaño natural, que habíamos ocultado en un agujero grande entre el patio y la bodega, creyendo que allí no la encontrarían, cosa imposible, tratándose de aquella gentuza-. Sólo les quedó una tinaja que aún se conserva en la casa. Se arreglaron entre la casa de su hermana y la mía.

Así pasó el tiempo hasta que le devolvieron la escuela, felices con aquellas gentes tan buenas. María regresó con su familia, tras su tragedia. Yo pasé con ellos una temporada, como hacía antes, durante la guerra. A Pilarín se le había curado aquel desgraciado nerviosismo, pero le entró un fuerte reúma. Ya le tocó padecer a la pobre. Menos mal que ella era muy buena y supo llevar sus males con alegría santa. Tenían una chica para que limpiara la casa; yo me encargaba de la comida, salía a comprar con Pilarín y visitábamos con frecuencia a aquellas buenas familias, que muchas veces nos invitaban a comer. Todos los días nos dábamos un paseo por aquel pueblo tan pequeño, que no tenía nada que mostrar. ¿Podía yo dejar sola a Pilarín? Nunca la abandoné. Hasta el fin de nuestras vidas.
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Zaragoza © 1986

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