Libertad, igualdad, fraternidad

 

Emilio García Gómez

En 1738, Federico II de Prusia, fue iniciado en una logia de Berlín, hecho fundamental para su acercamiento a las ideas de la Ilustración. Calvinista de adopción en un país luterano, Federico II renunció a sus dogmas para asumir un deísmo inarticulado, desvinculado de cualquier confesión religiosa. Su biblioteca personal, de 4.000 volúmenes, albergaba prácticamente la totalidad de los escritos filosóficos del siglo XVIII. Llevado de la mano de Wolff, teórico racionalista alemán, intentó configurar su noción del Estado como un contrato que vincula al soberano con los individuos y que compromete al primero a velar por la seguridad y el bienestar de todos ellos a cambio de su absoluta cooperación y obediencia.

La utopía del despotismo ilustrado, apoyada en la obra de los franceses Montesquieu y Voltaire y el suizo Rousseau, llegaría a constituir en el último tercio del siglo XVIII un patrimonio común de la civilización occidental, previendo la imposición de un orden racional en la sociedad como germen de la felicidad del ciudadano. La alianza entre el soberano y sus súbditos garantizaba el respeto de tres derechos fundamentales:

  1. Libertad de creencia religiosa, libertad de opinión y libertad de posesión de bienes privados como base del desarrollo económico. Inicialmente, no se contemplaba la libertad de asociación política.
  2. Igualdad civil, supresión de privilegios y reducción o total aniquilación del poder político de la Iglesia.
  3. Fraternidad, incitación al trabajo humanitario, promoción de la beneficencia como institución no religiosa, revisión y mitigación de las leyes penales, entronización de una educación laica y estatal.

En 1789, en los albores de la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional aprobó una Declaración de los Derechos del Hombre, ante la presencia simbólica del Ser Supremo, expresando la igualdad de derechos entre los hombres y rechazando las distinciones civiles, excepto aquellas basadas en la utilidad pública. A la vez reconocía las asociaciones políticas como medio de preservar los derechos fundamentales del hombre, a saber: “Libertad, Propiedad, Seguridad y Resistencia a la Opresión”. La libertad política era interpretada como el poder de hacer cualquier cosa que no afectara negativamente a los demás, es decir, el límite de los derechos naturales del hombre alcanzaba el punto que garantizaba a otro hombre el ejercicio de los mismos derechos. Asimismo se resaltaba la necesidad de impedir y castigar que alguien promoviera, solicitara o ejecutara órdenes arbitrarias. Ningún hombre debía ser molestado por sus opiniones, que podrían ser expresadas libremente, verbalmente o por escrito, con tal que asumiese su responsabilidad en el abuso de su libertad.

En abril de 1792 la Sociedad de Correspondencia de Londres aprobó un documento en el que se advertía que el fraude y la fuerza, incluso sancionados por la costumbre, atentaban gravemente contra el derecho del hombre a su libertad. Por consiguiente, el individuo tenía el derecho y estaba obligado a mantener los ojos abiertos ante las posibles desviaciones y abusos de sus gobernantes, tratando de evitar que las leyes se convirtieran en instrumentos de opresión.

Las logias masónicas, impulsadas por el pensamiento ilustrado, asumieron rápidamente los nuevos principios que regulaban las relaciones sociales. Pero la contrarreacción no se hizo esperar. En 1798, un profesor de química de la universidad de Edimburgo llamado John Robison, tras introducirse en los círculos masónicos de San Petersburgo, divulgó un documento titulado Pruebas de una conspiración contra todas las religiones y gobiernos de Europa [Proofs of a Conspiracy against all the Religions and Governments of Europe, carried on in the Secret Meetings of Free-Masons, Illuminati and Reading Societies, etc., collected from good authorities, Edinburgh, 1797], antecedente remoto de los apócrifos Protocolos de los Sabios de Sión, supuestamente escritos por Serge Nilus en 1902 [Puede leerse la versión original de los Protocolos de Nilus en ruso -5,33MB- aquí]. Robison atribuía a la Orden de los Iluminati el intento de “abolir las leyes que protegen la propiedad acumulada mediante el esfuerzo personal, establecer la Libertad y la Igualdad universal, extirpar toda religión y moral ordinaria, romper los lazos de la vida doméstica mediante la destrucción de los votos matrimoniales y apartar a los niños de la educación de sus padres.

John Robison

En ese mismo año 1798, el abad francés Augustin Barruel, formado entre  jesuítas, en sus Memorias que ilustran la historia del jacobinismo, acusó a los filósofos que precedieron a la Revolución Francesa de “conspirar contra el Dios del Evangelio y contra la Cristiandad, sin distinción de culto, protestante o católico, anglicano o presbiteriano”. Así nació una escuela denominada Sofistas de la Rebelión que, según Barruel, unió fuerzas en una conspiración contra los reyes, apoyados por las Logias Secretas de la Francmasonería y por la secta de los Iluminati. La coalición de los llamados “adeptos de la impiedad, adeptos de la rebelión y  adeptos de la anarquía”, formó “el club de los jacobinos”, nombre que adoptaron del convento de París donde se reunían. De este modo, la teoría de la conspiración como motor de la Revolución Francesa era, como cuenta el historiador R.R. Palmer (1954), una alternativa a “la idea de la autodeterminación del ser humano, la autonomía de la personalidad, el rechazo de las normas exógenas y la insistencia en la autoexpresión más que en la adaptación a las reglas autoritarias preexistentes.

El desfile en el siglo XIX de las teorías económicas del liberalismo y de la industrialización, que ponían al hombre al servicio de la máquina, y las del socialismo, que trató de contrarrestarlas mediante su filosofía del igualitarismo, poniendo al hombre al servicio de la comunidad, contribuyeron a suavizar la rigidez de los axiomas revolucionarios. Sin embargo, la Francmasonería no se pudo librar del efecto paranoide de la obra de Barruel, menos conocida, aunque no por ello menos influyente, que la de Léo Taxil (1887). A lo largo del siglo pasado y bien entrado el siglo XX, la Institución y, por extensión, todas las sociedades secretas han sido claros objetivos de persecución política y religiosa, acusadas de atentar contra los fundamentos de la civilización e intentar establecer un nuevo orden internacional.

Traducción al español de una de las obras de Taxil

No es posible determinar hoy la adscripción ideológica de la Francmasonería más allá de los preceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. La Francmasonería va asociada indistintamente a la aristocracia británica, al conservadurismo canadiense, al pensamiento revolucionario, deístico y ultra conservador norteamericano, a la filosofía socialista, agnóstica o atea de los países mediterráneos, a los virreyes criollos y separatistas de la España colonial, a los movimientos sediciosos de la Rusia imperial, al radicalismo anarquista y anticlerical de Bakunin, a las actividades políticas de los carbonarios, capaces éstos de luchar por la unificación de Italia con la misma intensidad con que Washington peleó por la independencia de Estados Unidos. Podemos, no obstante, afirmar que el vínculo de unión en todos estos casos ha sido y sigue siendo el triple signo de la Revolución Francesa, el mito del Maestro, la palabra perdida, la especulación filosófica y esotérica.

La Francmasonería, desde los tiempos de Federico II, ha caminado un largo trecho, aunque todavía no ha llegado al final de su recorrido. En los confines del siglo XX parece destinada a sufrir la mayor crisis de identidad de su historia, una crisis de carácter atrófico que dificulta la revisión de sus estructuras y la reconciliación de sus afiliados consigo mismos y con sus hermanos. El precio de una sociedad se mide por el grado de seguridad que otorga a sus miembros, el grado de confianza que instila su régimen interior, su capacidad para lograr que sus asociados dejen de ser componentes provisionales de un diagrama inescrutable. Pero el peligro añadido de toda sociedad secreta -llámese secreta, discreta, hermética o hiper hermética- es la usurpación de los valores democráticos con la excusa de preservar el principio de la jerarquía y el consiguiente riesgo de que las decisiones que se toman sean ocasionalmente ciegas y arbitrarias. El pensamiento masónico siempre ha tratado de evitar que un organismo social, cualquiera que sea su índole, utilice la máscara de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad para ocultar un rostro insensible a las necesidades y las inquietudes de los miembros que lo sustentan. Nuestra obligación como masones es ser fieles a nuestros preceptos, y nunca subordinar tales preceptos a las personas. Nosotros, masones aceptados, por el hecho de seguir bajo la escuadra, no podemos mostrarnos indiferentes ante la posibilidad de que tales principios, por los que tanta sangre se ha derramado, dejen de ser respetados en el interior o el exterior de las logias, a saber: libertad de opinión, discusión e intercambio de pensamiento masónico; oportunidad de participación del individuo en el gobierno de su logia y de sus organismos superiores; libertad para abstenerse de participar o cooperar en actividades que considere perniciosas para sí mismo, para sus hermanos o para la Institución, o que sean fruto del fraude, la superstición, la arbitrariedad y la tiranía. Debemos ser capaces de aplicar el principio de Fraternidad como Arte de comprender a nuestros semejantes, como Conducta ética de universal aplicación, como Estímulo para ayudar al hermano necesitado a recuperar o preservar su bienestar material, espiritual, social y profesional, ofreciéndole consejo y llevándole al convencimiento de que todos los hombres podemos y debemos ser libres, iguales y solidarios. Quien lucha por la Libertad, por la Igualdad y por la Fraternidad lucha por la Masonería; quien no lucha por ellas, contribuye a agrandar los orificios por los que se pierde la sustancia espiritual de la Orden. “La peor amenaza para la libertad”, escribió George Bernanos en Libertad ¿para qué? (1953), “no es que uno se la deje quitar; es que uno haya perdido el aprecio por ella.” Y cito nuevamente a Bernanos: “La mayor desgracia del mundo en el momento en que hablo, es que nunca ha sido tan difícil como ahora distinguir entre los constructores y los destructores.” Nosotros, Maestros constructores, hemos aprendido a apuntalar los viejos templos para impedir que se caigan, antes de reconstruirlos, y a edificar unos nuevos bajo el emblema tradicional de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

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