Las Hurdes: Mitos, sombras y claridades

Emilio García Gómez

Cruzar las Hurdes ahora es como hacerlo por cualquier otro rincón de Extremadura, Castilla o Aragón: carreteras asfaltadas, que facilitan el ir y venir de sus residentes, los “jurdanos”, y, sobre todo, de los visitantes; pueblos nuevos, levantados a espaldas de la ruinosa “arquitectura negra” de láminas de pizarra; sangre fresca y vigorosa -aunque no en la proporción que se ha creído, equivocadamente, durante décadas-, inyectada por los expósitos llevados desde los hospicios de Coria, Plasencia y Ciudad Rodrigo a los pechos de las nodrizas en los villorrios de la región.

En el pasado, unas pocas madres hurdanas se dedicaban, en expresión de Marañón, a la “crianza mercenaria”, recibiendo un mísero sueldo del estado con que alimentar a los huérfanos o “pilos”, como se les llamaba allí, viéndose en algunos casos obligadas a abandonar y hasta dejar morir a sus propios hijos por no poder cuidarlos a todos. En su necesidad, estas madres acataban, inconscientemente, la ley natural de selección y de jerarquía de dominio, lo que el biólogo noruego Schjelderupp-Ebbe ha identificado como “orden de picoteo”: los primeros en llenar el buche son los individuos más rentables, los que tienen preferencia –en el caso que nos ocupa, los expósitos antes que los propios-.

El país ha dejado de ser “las Jurdes”, con jota velar, para convertirse en “las Hurdes”, con “h” ortográfica, ilustrada, semi aspirada, sin apenas resonancia glotal; un lugar próspero, turístico y hasta beatífico, si no fuera por los incendios que arrasan sus montes, antaño pedregosos como canchales y hogaño repoblados. En aquella tierra nadie recuerda, o al menos no desea recordar, ni que se lo recuerden, un pasado marcado por toda clase de estigmas, reales o imaginarios: analfabetismo y salvajismo, pobreza e inopia, paludismo, tuberculosis, alcoholismo, histeria, incesto, poligamia, sodomía, tifus, tiña, viruela, tracoma, sífilis, bocio y cretinismo. Hace tiempo que se sabe que allí ha habido déficit nutricional y cultural, y que en casos concretos se ha producido algún tipo de transferencia genética retrógrada debido a la consanguinidad, el aislamiento y la consiguiente endogamia, pero así es como ha crecido la notoriedad de los jurdanos, aunque no hay rincón del planeta que se vea libre de estas lacras y de alguna más.

Bocio en Las Hurdes

La mítica configuración física de sus habitantes –de cuerpos deformes, como los demonios; de grandes cabezas y piernas arqueadas, acentuadas por un historial de raquitismo, edemas y artrosis que aún se pueden ver, si bien raramente, arrastrándose por las calles de algunos pueblos-, esa fama, pues, de monstruos llevó a cronistas mediocres, viajeros insignes y analistas de mentes clarividentes como P. Nieremberg, fray Tomás González, Benito Jerónimo Feijoo, George Borrow, Ramón Gómez de la Serna, Miguel de Unamuno, Maurice Legendre, Gregorio Marañón, J. Goyanes, José Mª Gabriel y Galán, Luis Buñuel, Antonio Ferres, Armando López Salinas y, más recientemente, Luis Carandell, Víctor Chamorro y Maurizio Catani a meditar sobre la sociedad cerrada y endogámica que permanecía en los valles del malhadado “Tibet hispánico”.

El Ladrillar

A mediados del siglo XIX, el propagandista bíblico George Borrow oyó hablar de “una pequeña nación o tribu de gente desconocida que hablaba una lengua desconocida, que vivía allí desde la creación del mundo, sin cruzarse con las demás criaturas y sin saber que existían otros seres además de ellos mismos” (La Biblia en España, 1842). Y el batueco Marfino, personaje de Lope de Vega, dice: “Nosotros habitamos este valle / cerrado destos montes espesísimos, / cuyas sierras empinan sus cabezas/ a topetar con las estrellas mismas, / sin que jamás ninguno haya sabido / quién fue el primero que nos dio principio. / En esta lengua habramos, estas chozas / nos cubren, estos árboles sustentan, / y la caza que matan nuestros arcos.”(Lope de Vega, Las batuecas del duque de Alba, 1638). En la última década del siglo XVII, un obispo francés llegó hasta el punto de emplazar en las Batuecas el paraíso terrenal.

Se pensó que los jurdanos eran una raza singular descendiente, según las leyendas, de las antiguas guarniciones romanas; unos espantajos que caminaban desnudos o en harapos, ocultándose en la espesura de las Batuecas. El ilustrado Feijoo recogió así la superchería en torno a los batuecos: “En los Pueblos más distantes corría fama que en tiempos pasados había sido aquel sitio habitación de salvajes y gente no conocida en muchos siglos, oída, ni vista de nadie, de lengua y usos diferentes de los nuestros; que veneraban al demonio; que andaban desnudos; que pensaban ser solos en el mundo, porque nunca habían salido de aquellos claustros.” (Teatro Crítico Universal, 1726-39). Corrió la voz de que se trataba de refugiados políticos o religiosos, como los moriscos expulsados de Castilla y Andalucía; quién sabe si una raza maldita, como los judíos, a la que pertenecían los chuetas mallorquines, expuestos a la marginación en su propia tierra; o como los agotes del valle navarro del Baztán, posibles víctimas de una purga religiosa del otro lado de los Pirineos o expulsados de allí por ser portadores de la lepra. Los episodios históricos suelen pasar a la memoria de las gentes emborronados por la fantasía y la credulidad. Hay quien todavía cavila en Vegas de Coria acerca del monstruo-fantasma que se le apareció el 13 de noviembre de 1983 a Eusebio Sánchez y a algún otro vecino, suceso que aprovechó un popular especialista en fenómenos paranormales para añadirlo oportunamente a su inventario (J. J. Benítez, La quinta columna, 1990).

Pero la gente del lugar, afortunadamente, nunca ha sido vista por los mismos ojos ni de igual manera. “Junto a hombres entecos, esmirriados, raquíticos, se ven recios mocetones quemados del sol, ágiles y fuertes, y junto a pobres mujerucas, prematuramente decrépitas, encuéntranse muy garridas y guapas mozas”, escribía Unamuno al terminar su visita en 1914. Y Maurice Legendre exclamó en 1944: «Sólo Dios sabe cuántos sufrimientos físicos y morales ha infligido la tierra despiadada de las Jurdes a quienes, por la culpa o la desgracia de sus antepasados, se han visto confinados en esa prisión natural, donde la evasión era mucho más difícil que en las prisiones con grillos y cadenas.” Para Gregorio Marañón (1922), aquellas gentes eran “españoles como los demás, de la misma raza, con las mismas costumbres, la misma religión y la misma lengua; pero más hambrientos que los de las más pobres aldeas castellanas y, además, enfermos en su casi totalidad. Las Hurdes eran por entonces un inmenso repliegue montañoso habitado por gentes que parecían escapadas a medio curar de un hospital.

La interpretación que hoy se quiera dar a lo hurdano no puede terminar en una representación de la vida presente como si nada hubiera sucedido en los últimos cincuenta o cien años, como si no hubiera habido ruptura generacional y transformaciones radicales. Una cosa es rescatar vestigios prehistóricos, como hacen los arqueólogos, pruebas documentales, como los historiadores, o testimonios vivos, como los etnógrafos; sin ellos es imposible reconstruir el paso de la humanidad. “No puede tener esperanzas quien no tenga recuerdos”, escribió Unamuno (“De Oñate a Aitzgorri”. Por tierras de España y Portugal, 1911), alertando sobre la furia iconoclasta que ha caracterizado a los pueblos de España. Pero otra cosa es intentar resucitar a los muertos y ponerlos como testigos todavía vivos, ignorando el paso de los siglos. O bien traerlos como modelos de nuestra conducta individual y, sobre todo, colectiva, presente o venidera, como se pretende en los reductos más conservadores del vasquismo, el celtismo, el cantabrismo, el catalanismo, el españolismo, el arábigo-andalusismo y hasta el jurdanismo en su versión moderna.

Lo que fue, ha sido, y lo que es, es. Hurgar en las simas de Atapuerca o en los cimientos de las murallas góticas de Valencia no ha de llevarnos a recuperar, para su reimplante, aquellas vidas remotas que, en algunos, cautivos de su cultura vernácula, tanto delirio despiertan y, en nosotros, pavor. El folclorismo siempre es cómico e histriónico. De ahí nuestra reluctancia al leer las imposturas de Lope de Vega y Eugenio Hartzenbusch en torno a las Batuecas –valle tan hurdano como los que hienden el paisaje serrano del norte de Cáceres- y descubrir el nacimiento y perpetuación de mitos que, por ser tales, andan lejos de la verdad objetiva –unas veces al aparecer sobre idealizada, como en Lope, y otras desvirtuada por el realismo más descarnado, como en Buñuel-.

Declaraba con rabia Rodríguez Ibarra, presidente de la Junta de Extremadura: “Aún son muchos los visitantes que vienen a Las Hurdes con espíritu ‘safariano’, máquina de fotografiar en ristre para captar las imágenes que ya inmortalizó Buñuel hace años y que, hoy, son imposibles de reproducir por mucho que algunos intenten manipular el gran angular para no irse de vacío. Incluso algunos ‘ecologistas arqueologistas’ manifiestan su desagrado por el ‘intolerable’ avance del progreso que les ha estropeado la fotografía y la magnífica lección práctica que tenían preparada para su ‘rebelde’ descendencia. ¿Qué habéis hecho con los caminos que aquí había? ¿A quién se le ha ocurrido asfaltar estas carreteras? ¿Y las alquerías? ¿Dónde están las alquerías? ¡Qué pena de Hurdes! ¡Los políticos se las han cargado! Pues sí, nos las hemos cargado; la gente ya no tiene bocio; las carreteras que acceden a Las Hurdes tienen nueve metros de ancho; el agua corriente llega a todas las casas; los pueblos tienen luz eléctrica…” (Viaje a las Hurdes. El manuscrito inédito de Gregorio Marañón y las fotografías de la visita de Alfonso XIII. El País-Aguilar, 1993).

Las siguientes imágenes proceden de aquel viaje de exploración que realizó el rey de España del 20 al 23 de juni0 de 1922 acompañado de su séquito.


Gregorio Marañón, junto a un enfermo de paludismo

Un viajero impío creerá que Dios no existe, y si existe, creerá que Dios no sabe que el viajero existe, ni que alguna vez existieron las Hurdes, la “tierra sin pan” que llamó Buñuel*, la región más olvidada y retrasada de Europa cuando recibió la visita de Alfonso XIII. El Gran Arquitecto estaría demasiado ocupado en salvar el universo del cataclismo. Buena la armó con el estallido inicial, el big bang, y bastante esfuerzo debió costarle mantener el caos bajo control. Ahora reina el orden, todo está tranquilo, salvando alguna que otra colisión estelar y alguna que otra erupción volcánica, o un terremoto aquí y allá, o una lluvia de meteoritos sobre la superficie del planeta. Vistas las cosas de más cerca, hay demasiados insectos, demasiadas aves y mamíferos, demasiadas especies vegetales de las que hacerse cargo, demasiadas tribus y grupos étnicos en pie de guerra, en Papúa y en África oriental o en el corazón de Europa, América y Asia, la mayoría blandiendo machetes y disparando balas contra sus vecinos, como para detenerse a pensar: “Vaya, aquí tengo a este vecino de El Gasco, en las muy remotas Hurdes hispánicas, con dolor de barriga de tanto comer cerezas verdes, por falta de otra cosa, y encomendándose a mí para no terminar enterrado debajo de unas piedras. Lo siento –diría-, pero no doy abasto, que se apañe…” La inmensa mayoría de las cosas inertes y los seres vivos, pensará el impío, desde que nació el mundo, siempre han estado abandonados a su suerte, como pasó en las Hurdes.

Casar de Palomero, donde comenzó el viaje de Alfonso XIII

Pero las Hurdes han cambiado su ruta, se han liberado del peso de sus historias. En realidad, es difícil saber si avanzan hacia una nueva era o están saliendo de otra caducada. Ya nadie habla de haberle tocado en herencia una rama del olivo familiar, plantado en un diminuto bancal en la ladera del monte, para extraer unas pocas aceitunas. Y nadie se echa las manos al vientre en un gesto de dolor como si se le clavase una garra de pantera, sintiendo ese espasmo que sale del epigastrio y que no es indicio de disentería, sino evidencia del “mal de las Hurdes”, esa maldición que Marañón, en 1922, calificó simplemente de “hambre aguda”. En los municipios y pedanías hurdanas -Las Mestas, Riomalo de Arriba, La Fragosa, El Gasco, Ladrillar, Casares de las Hurdes, Nuñomoral, Caminomorisco, Pinofranqueado- hay centros de salud, bibliotecas (aunque no todas abren con regularidad), tiendas de alimentación, bares y restaurantes.

Ríomalo de Arriba

En Vegas de Coria, el hotel Los Ángeles ofrece platos excepcionales, como la ensalada de limón, de dudoso paladar (gajos de limón y naranja con chorizo y huevo frito bañados en aceite y vinagre caliente); el zorongollo de pimientos (pimiento asado en tiras con aceite y vinagre); el repapado (albóndigas de castaña, hechas con pan y huevo, fritas o cocidas en leche y rebañadas con miel, caramelo, fresa, chocolate y nata, ingredientes demasiado modernos y demasiado exóticos para un jurdano del siglo XIX); y las consabidas carnes de cerdo y cabrito al horno y embutidos, traídos posiblemente de otras regiones españolas, ya que en la retorcida geografía de las Hurdes no se ve mucho ganado y en otros tiempos eran pocos –sólo los ricos- los que se podían dar el lujo de comerse ni siquiera la grasina de una costilla de cerdo.

Lo verdaderamente tradicional en estos valles han sido, sin duda, los higos, colgando de las ramas, picoteados por los pájaros, carcomidos por las hormigas, tapizando el suelo o asomando por entre los huecos de las paredes de los huertos y los patios. Y, desde luego, las castañas, fuente de energía barata, tan abundantes en la zona como en otras más lejanas. El impresionante paraje de las Médulas, entre León y Orense, sería repoblado de castañares con los que alimentar a los esclavos que trabajaban en las minas de oro en la época romana. Y algo parecido ocurrió en la antigua provincia de Lusitania, a la que pertenecieron las Hurdes, con sus explotaciones de estaño y oro.

Los productores hurdanos ofrecen objetos exclusivos de la comarca. La mayoría son autodidactas, como el señor Primitivo Expósito, que vive en Nuñomoral y tiene una bajera-taller en el número 42 de la Avenida del Príncipe, de ojos azules y cabellos claros que contrastan con los oscuros semblantes de la región; hombre orgulloso de los orígenes de su padre hasta que salió del hospicio de Plasencia y de haber sacado adelante, desde la pobreza, a su larga familia (“Cuando me casé, me dieron mi ropica y nada más. Tengo una hija traductora en Barcelona que habla cinco idiomas; un hijo maestro; una hija bien casada en Salamanca con un señor que vende ordenadores; y una hija que regenta el supermercado de ahí enfrente”).

Primitivo Expósito

Alguien ha apuntado que algunos habitantes de los valles, de aspecto anglosajón, descienden de los soldados del ejército de Wellington, que marcharon por tierras salmantinas en su encuentro decisivo con Napoleón en la batalla de Arapiles. Quién sabe.

Las cosas más apreciadas son las maquetas a escala de las tradicionales casuchas de pizarra, sin más aberturas que la puerta de entrada y, raramente, un ventanuco; y también las cachimbas de boquilla de madera de nogal y cazoleta de piedra volcánica; o las mieles dulcísimas, como las de los hijos y nietos del legendario tío Picho, que aseguran ser “la mejor del mundo”, aunque tal vez la haya aún más pura y libre de contaminación muy lejos de aquí, en la isla de Pitcairn, en medio del océano Pacífico; o los néctares semi milagrosos, curativos, reconstituyentes y afrodisíacos, como el ciripolen del tío Cirilo (¡marca registrada!), cuya imagen se exhibe en las calles de Las Mestas. En Casar de Palomero, en los altos que vigilan el camino hacia el embalse de Gabriel y Galán, lo emblemático es la casa donde se alojó Alfonso XIII y su séquito, a quienes asistieron los muleros de la región, como el señor Mariano Blasco, que, según cuenta su nieta, la locuaz señora Felisa, se ganó 80 pesetas con tan insigne personaje.

Maqueta artesanal de una casa hurdana

Pero lo más corriente en las Hurdes resulta serlo también en los demás lugares de España. Por ejemplo, la galbana y la inactividad de los jubilados y los ancianos, inapetentes con los libros o los periódicos, pero fieles cofrades de la hermandad del ocio, siempre al abrigo de los muros de las iglesias o los porches de los ayuntamientos, sentados en los bancos de las plazas, a dejar pasar las horas o a mirar, sin más. Y el veraneo en el pueblo de los emigrantes, que conservan sus casas, las de sus antepasados, unas medio en ruinas, otras restauradas y las más de nueva construcción en el viejo solar familiar.

En El Ladrillar, la señora Dolores, con 91 años, pasea tranquila por la carretera, contenta con que la traigan sus hijos, con quienes inverna en Pamplona y Villava. “Ahí detrás”, dice con acento marcado, pero pulido, “los pueblos del otro lado de la montaña son los más retrasados, hablan peol”.

La señora Dolores

Dolores no entiende mucho de hablas, aunque sí es consciente de la expresión diferenciada del idioma en esta parte tan agreste y remota. Algunas pintadas se han visto en las paredes incitando a la población a expresarse en extremeño, como si los dialectos de la zona fueran lenguas bárbaras que estorbasen a las biliosas mentes neo-nacionalistas y dañasen sus sensibles oídos. Al fin y al cabo, la reivindicación de la lengua es parte esencial de la estrategia de alzada de su nación, su comunidad étnica y su autonomía cultural. Sin embargo, la convivencia dialectal en los refugios humanos, sobre todo donde hay sierras y valles, suele ser una realidad insoslayable; en los cuatro puntos cardinales de Extremadura aparecen pruebas irrefutables de la pluralidad y la expansión de los romances septentrionales y occidentales de la península ibérica, como el antiguo asturiano-leonés, cuyos rasgos se perciben en algunos dejes hurdanos.
El ansia normativista y la tendencia general de la sociedad hacia la homogeneidad, culpando a los forasteros de no hablar “como toca”, de no aprender lo que se habla allí, de traer un caballo de Troya en el que se ocultan las fuerzas invasoras, son los principales enemigos de la diversidad, y aquí no caben posturas y soluciones de compromiso: o se refuerza la norma, a costa de la variación y la tolerancia, o se protege aquélla de la norma, a costa del galimatías y la intransigencia. Lo más probable es que la fuerza interna, secular, de los dialectos extremeños, bien apoyados por el léxico y el acento, les ayude a resistir a su aire unas cuantas décadas más, acaso un par de siglos, la acción de la administración, la acometividad de los medios de comunicación y la terquedad de algunos maestros de la cultura oficial. En un mundo en transición, lo único que se da por cierto son las formas renovadas y los aires nuevos, como los que invaden las Hurdes.
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*Puede verse el documental de Luis Buñuel Tierra sin pan (versión en español, narrado por Francisco Rabal) en la siguiente dirección: http://www.youtube.com/watch?v=sRz_AbZV4Ik

 

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