La visión de Hermes

Emilio García Gómez

Hermes Trismegistus

El siglo XVII europeo ha sido, merced a la divulgación de la filosofía neoplatónica, uno de los períodos de mayor crecimiento del hermetismo, la alquimia y otras doctrinas ocultistas. Una de estas fue la  atribuida al dios egipcio Hermes Trismegistus, o “Hermes Tres Veces Grande” -el más grande de los filósofos, el más grande de los sacerdotes, el más grande de los reyes- cuyos escritos datan del siglo II-III d.C.

Según la tradición hermética, el conocimiento esotérico, restringido y prohibido, era el único capaz de atravesar el velo que separa lo visible de lo invisible. Clemente de Alejandría -uno de los escasos cronistas paganos cuyos escritos se han conservado hasta nuestros días- atribuyó a Hermes más de cuarenta libros, de los cuales causaba asombro el Libro de Toth, ilustrado con extraños jeroglíficos y símbolos que transferían, a quien era capaz de descifrarlos, un poder ilimitado sobre los espíritus del aire y las divinidades subterráneas. El Libro de Toth se custodiaba en el interior de un templo en una caja de oro, cuya llave era celosamente guardada por el maestro de los misterios, el iniciado más alto del Arcano Hermético y único conocedor del contenido del libro.

Según la leyenda, con el declinar de los Misterios, los gitanos -o sacerdotes egiptanos-, al ser expulsados de su antiguo templo, el Serapeum, se llevaron consigo el Libro de Toth, configurado como Tarot, emblemático ritual de 78 folios que conducía a los iniciados a través de los misterios herméticos. El místico francés Court de Guébelin, en Le Monde Primitif, atribuyó el origen de la palabra tarot a los vocablos egipcios tar (camino) y ro  (real), es decir, camino real hacia la sabiduría. El Rota Mundi -término que aparece en las primeras manifestaciones de la Fraternidad de la Rosacruz- parece aludir, con una inversión de letras, al mítico Taro, o Tarot, el presunto libro del conocimiento universal que pretendían abarcar los seguidores de esta Orden Mística.

Pero es en un libro perdido, supuestamente recuperado y traducido del árabe y del griego por el inglés Everard en 1650, con el título de The Divine Pymander of Hermes Mercurius Trismegistus, y ulteriormente editado en Oxford por Walter Scott (Hermetica  1924), y recreado por Edouard Schure (Hermes, The Mysteries of Egypt, Philadelphia 1925) y por G.R.S. Mead (Thrice-Greatest Hermes, Londres 1906), donde Hermes acumula referencias simbólicas a la revelación que recibió sobre el génesis de la Creación.

La historia relata cómo Hermes se retiró a meditar al desierto y, cuando alcanzó el punto de separación de sus sentidos materiales, tuvo la visión de un Gran Dragón cuyas alas se extendían por la bóveda celeste. Al preguntarle quién era, el Dragón se identificó como Pymander, la Mente del Universo, la Inteligencia Creadora, el Emperador Absoluto de todas las cosas. Hermes le pidió que le revelara la naturaleza del universo y la esencia de los dioses. El Dragón se transformó de repente en un foco de luz y Hermes se vió “elevado” hasta el Divino Resplandor.

Al poco se apoderó de la luz una gran oscuridad. Hermes comprendió que la luz representaba el universo espiritual, y la oscuridad la sustancia material. Entonces surgió de la luz, como una llamarada, una Palabra santa y misteriosa que, separando la luz de las tinieblas, creó los mundos superiores y los mundos inferiores.

Volvió a oírse la voz de Pymander, quien dijo: “Yo, tu Dios, soy la Luz y la Mente que existían antes de dividirse la sustancia del espíritu, la oscuridad de la luz. Y la Palabra que surgió como una columna de fuego es el Hijo de Dios, nacido del misterio de la Mente. El nombre de esa palabra es Razón, el vástago del pensamiento, el que divide la Luz de las tinieblas y fija la Verdad en medio de las aguas. La Luz y el fuego son el hombre divino que asciende por la escala de la Palabra, y aquello que no puede elevarse es el hombre mortal. Recuerda lo que ves y lo que oyes, porque en el misterio se halla el secreto de la inmortalidad.”

El Dragón se mostró nuevamente a Hermes y los dos se observaron detenidamente, ojo con ojo, quedando Hermes tembloroso ante la poderosa mirada de Pymander. A la Palabra del Dragón se abrieron los cielos, quedando expuestos los Poderes de la Luz, los espíritus de las estrellas y el brillo de la Mente Soberana. Esa Palabra era la Razón, y por la Razón de la Palabra se manifestó el mundo invisible.

Antes de crear el universo visible“, continuó el Dragón, “la Mente Suprema formó un molde, al que denominó el Arquetipo. Al verlo, la Mente Suprema se prendó de su propio pensamiento de modo que, manejando la Palabra como un terrible martillo, la hundió en las cavernas del espacio primordial y perfiló la forma de las esferas en el Arquetipo, sembrando a la vez las semillas de las cosas vivas. Al caer el martillo de la Palabra, de la oscuridad subyacente nació el orden del universo. El Ser Supremo -la Mente-, macho y hembra, dio la Palabra, y la Palabra, suspendida entre la Luz y la Oscuridad, surgió de otra Mente llamada el Obrero, el Maestro-Constructor, el Hacedor de la Cosas.”

El Obrero atravesó el universo, haciendo vibrar las sustancias con su resplandor. Cuando hubo organizado el Caos, la Mente Suprema formó al Hombre Universal a su propia imagen y le otorgó el control de las creaciones y de las obras. El Hombre quiso perforar la circunferencia de los círculos y desvelar el misterio de Quien se sentaba en el Fuego Eterno. Mirando a través de las siete Armonías, y cruzando los círculos, se mostró ante la Naturaleza que se extendía bajo Él. El Hombre se enamoró de su propia sombra y descendió sobre ella, quedando ambos fundidos en una sola entidad: en su interior se hallaba el Hombre-Cielo, hermoso e inmortal; en el exterior, la Naturaleza, mortal y destructible. De esta manera, el sufrimiento es el resultado del amor del Hombre Inmortal hacia su sombra, obligando a la Realidad a morar en las tinieblas de la ilusión. Por ser inmortal, el hombre tiene poder sobre la Vida, la Luz y la Palabra, pero siendo mortal, está sujeto al Sino o Destino.

De la unión del Hombre Inmortal y la Naturaleza nacieron las siete razas, las siete especies, las siete ruedas, los siete hombres -todos bisexuales-. La Tierra fue el elemento femenino y el agua el elemento masculino. Y el hombre recibió la Vida y la Luz del Gran Dragón, y de la Vida salió su Alma, y de la Luz su Mente. Pero al final del período, se desató el nudo del Destino por voluntad de Dios y quedó suelto el lazo que unía a todas las cosas. Todas las criaturas vivas, incluido el hombre, que habían sido hermafroditas, se separaron en macho y hembra, según el dictado de la Razón. Y Dios habló y dijo: “Creced y multiplicaos, mis obras y criaturas, y que lo que pertenece a la Mente sea inmortal y que la adoración del cuerpo sea causa de la muerte. Que quien se reconozca a sí mismo entre en el estado del Bien.

Cuando Dios acabó de pronunciar estas palabras, la Providencia, con ayuda de los siete Gobernantes y de la Armonía, juntó a los sexos y surgieron las generaciones de acuerdo con su clase. “Quien por error“, añadió el Gran Dragón, “ama a su cuerpo, permanece en la oscuridad y sufre la muerte, pero quien comprende que el cuerpo es la tumba de su alma, se eleva a la inmortalidad.

Hermes preguntó al Dragón por qué se despojaba a los hombres de la inmortalidad sólo por el pecado de la ignorancia, y cómo podía llegar a Dios el hombre sabio y recto. El Dragón respondió: “Puesto que el Padre de todas las cosas está hecho de Vida y Luz, si el hombre es capaz de entender la naturaleza de la Vida y de la Luz, pasará a la eternidad de la Vida y de la Luz.

Antes de que desapareciera el Dragón, Hermes quiso saber cuál era el destino del alma humana, y Pymander respondió que, al morir, el cuerpo material del hombre retornaba a los elementos de los que procedía, y el hombre invisible ascendía a la fuente de la que nacía la Octava Esfera. El mal pasaba al lugar donde habita el demonio, y los sentidos, los deseos, y las pasiones humanas retornaban a su origen, los Siete Gobernantes, cuyas naturalezas en el hombre inferior destruyen y en el hombre visible espiritual vivifican. Al retornar la naturaleza inferior a su condición bruta, la superior trata de recuperar su estado espiritual y asciende los siete Anillos en los que se sientan los Siete Gobernantes, devolviendo a cada uno de ellos sus poderes inferiores. En el primer anillo, donde se sienta la Luna, deposita su habilidad para crecer y menguar; en el segundo, sede de Mercurio, deja las maquinaciones, el engaño y la falsedad. En el tercero se sienta Venus, a quien devuelve la lujuria y las pasiones. Al Sol, que mora en el cuarto Anillo, entrega las ambiciones; a Marte, en el quinto, cede los impulsos y la audacia profana; a Júpiter, en el sexto, retorna el sentido de la acumulación y el enriquecimiento; a Saturno, en fin, en el séptimo Anillo, en la Puerta del Caos, devuelve la falsedad y la conspiración malévola. Quedando así desnuda de las acumulaciones de los siete Anillos, el alma pasa a la Octava Esfera, el Anillo de las estrellas fijas, donde, libre de toda ilusión, mora en la Luz.

El camino de la inmortalidad es duro,” concluyó el Dragón, “y sólo unos pocos consiguen encontrarlo. Los demás aguardan el Gran Día, cuando dejan de girar las ruedas del universo y las chispas inmortales escapan de las fundas de la sustancia. Quienes se salvan por la luz del misterio que acabo de revelarte, retornarán al Padre que mora en la Luz Blanca. Yo, Pymander, la Luz del Mundo, me he revelado. Te ordeno, Hermes, que salgas y guíes a quienes vagan en las tinieblas.” Con estas palabras, el Gran Dragón, radiante de luz celestial, se desvaneció.

Hermes, bastón en mano, partió a enseñar y a guiar a la humanidad hacia su salvación. Al llegar al atardecer de su vida, instruyó a sus discípulos para que preservaran sus doctrinas intactas a través de los siglos. La Visión de Hermes se convirtió así, en su periplo misterioso, en el eje de los escritos filosóficos y místicos de la Europa moderna.

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