Gaélico, hupa, cheyenne, araona y otras rarezas

Cuando el ejército inglés ocupó las tierras de Escocia hace siglos, los habitantes de la región se vieron obligados a aprender la lengua del conquistador; con el paso del tiempo, el gaélico -lengua hermana de la que se habla en Irlanda y en Gales- fue desalojado por el inglés y confinado en las aldeas de pescadores. Hoy se halla prácticamente extinguido. Sin embargo, los escoceses han desarrollado un dialecto híbrido del inglés que, desde el romanticismo hasta nuestros días, se reivindica como expresión de la identidad nacional.

A mediados del siglo XIX, ochocientos años después de caer en manos de los ingleses, en Irlanda aún quedaba un 5% de monolingües en gaélico. Hoy la mayoría de la población ni siquiera es bilingüe; casi todos hablan en inglés y en un dialecto amestizado del inglés y el gaélico (el anglo-irlandés o hiberno-inglés), incluso en el sur del país, adonde el radio de influencia del país vecino no debería haber llegado con la misma intensidad que al territorio del norte, ocupado desde 1600 por colonos escoceses e ingleses y retenido por Gran Bretaña durante más tiempo. La erosión del gaélico en Irlanda -depreciado por su vinculación a la miseria rural y gravemente afectado por la emigración en masa hacia Estados Unidos- es lamentable pero inevitable, puesto que, a pesar del esfuerzo de los gobiernos en mejorar el país y recuperar la lengua vernácula, son los propios irlandeses los que prefieren alfabetizarse y elevar su competencia en la lengua inglesa por razones oportunistas.

En 1951, un 88% de la población aborígen de Canadá empleaba el vernáculo como lengua materna; en 1981 sólo lo hacía el 29%. Quienes mejor lo conservaban vivían alejados de los núcleos urbanos, formando bolsas de depresión social, económica y educativa. Una mejor distribución de la riqueza y la mayor movilidad de la población han contribuído a que el inglés o el francés se abran camino entre las nuevas generaciones a lomos de las lenguas naturales.

En una región del norte de California de apenas 1000 habitantes, el recuento de hablantes de hupa, karuk y yurok, las tres lenguas tribales supervivientes en la zona, se realiza con los dedos; entre los cheyennes de Montana se da parecida circunstancia. A estos hablantes -la mayoría ancianos- se les ha encomendado la ardua labor de enseñarla a sus descendientes antes de pasar al valle de los espíritus. Su método pedagógico es el tradicional de la oralidad: hablar de la tribu, de la familia, del entorno físico, de los héroes y de los mitos, como solían hacer sus antepasados. El problema -compartido por numerosas lenguas amerindias- es la falta de fijación ortográfica, dada la inadaptabilidad del alfabeto neolatino, la resistencia a adoptar un régimen escrito, teniendo en cuenta la secular transmisión oral de estas lenguas, y la dificultad en crear inventarios léxicos al estilo de los diccionarios de las lenguas europeas.

En las tierras bajas de Bolivia, junto a Perú, la población araona -unos 90 individuos- sigue hablando una lengua de la familia takana. Lo que preocupa no es tanto el rescate del idioma -todos son monolingües en su propio vernáculo- como la supervivencia de la etnia: no hay suficientes mujeres para el crecimiento del grupo sin salir de su recinto. Por consiguiente, la lucha por la permanencia pasa necesariamente por la exogamia, lo que significa la adaptación a los pueblos vecinos y, a corto plazo, la relajación cultural y el resquebrajamiento de su patrimonio lingüístico. En estas condiciones, apenas tiene sentido hablar de la agrupación de sistemas emparentados bajo una normativa común. Para Pilar Valenzuela (1998), profesora de la universidad de Oregón y miembro de CIDOB (Confederación de los Pueblos Indígenas de Bolivia) ni siquiera es recomendable que se deje exclusivamente en manos de los lingüistas la recuperación de las lenguas aborígenes puesto que se hallan demasiado atentos al contexto académico; su “neutralidad” les aleja de la realidad sociolingüística y su investigación carece de compromiso con la comunidad de hablantes, que deben ser los primeros impulsores de su desarrollo cultural.

Podemos observar tres fenómenos adversos en la transformación de las sociedades descritas: 1. movimientos de integración que empujan a las minorías a introducirse lo más rápidamente posible en el seno de las mayorías; el destino final es la completa asimilación. Esa ha sido la práctica de Inglaterra en sus numerosos puntos de intromisión territorial, especialmente en Escocia e Irlanda, y hacia ese terreno se han inclinado, al menos hasta fechas recientes, los gobiernos de Estados Unidos en las reservas indias, dando como resultado la progresiva dilución de los vernáculos y su depósito en el museo de las rarezas. 2. preservación de la herencia cultural y lingüística, poniendo el acento en la diversidad, lo que conduce -en teoría sin grandes traumas- a algún tipo de cohabitación entre las lenguas, es decir, al bilingüismo o al plurilingüismo. Canadá presume de haber concedido a la pluralidad la importancia que se merece, aunque las dos tracciones políticas principales del país están tirando en direcciones opuestas. 3. lucha por la supervivencia mediante cambios radicales, actitudes bélicas y secesionismo político, terminando en el ultranacionalismo y el narcisismo. Los navajos de Arizona se ven imbuídos de una filosofía ecológico-pacifista que les ayuda, al menos temporalmente, en la defensa de su linaje. Pero no es ése el caso de otros grupos -cognados o no- dispersos por la amplitud del país; el líder de la “nación india”, Rusell Means, ya desaparecido de la escena política, inició en los años 70 una tremenda batalla para liberar a su raza de la opresión yanqui, reclamando la concentración territorial de todas las etnias y su independencia, adoptando el lema de los extremistas afroamericanos “lo negro/lo indio es hermoso” y dejándose crecer la coleta o la cola de caballo como signo de combate y resistencia.

No es fácil encontrar un remedio para todo; el dilema es la evolución, con una pérdida de sustancia, o el acotamiento de la identidad colectiva a costa de la atrofia cultural. No hay procesos intermedios que anulen los riesgos de una u otra; las referencias interculturales -ese paradigma de la fraternidad y la convivencia- siempre conllevan el peligro de la sobreexposición a influencias extrañas que no todos están dispuestos a asumir. Por consiguiente, hay que prever que las decisiones y las acciones van a ir en consonancia con el pulso de la sociedad: cuanto más dinámica, más riesgo; cuanto menos, menos -de todo-.

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