Federación Ibérica

Los tiempos de aflicción siempre despiertan viejas fantasías. Viendo en la esquina de casa a dos viejos perros rascándose con ímpetu las pulgas, aullando de hambre y hociqueando en las basuras que arrojan los clientes del mercadillo del barrio, me viene otra vez a la mente el sueño, tal vez pesadilla, de la Federación Ibérica, que rondó mi cabeza en los años 60 y 70 en los claustros de la universidad de Salamanca, una emblemática institución poblada de grandes cabezas pensantes como Artola, Ruipérez, Mitxelena o Lázaro Carreter, que, en plena explosión humanística, ignoraban a Portugal hasta el punto de mostrarse inapetentes a la hora de introducir un simple curso de lengua portuguesa, aunque los había de idiomas remotos o vetustos como el rumano, el anglosajón, el griego clásico y el indoeuropeo.

Mientras escribía mi tesis doctoral sobre un escritor afroamericano, obligándome a ahondar en el escabroso mundo de la esclavitud en tierras de España y Portugal, me tropecé con un párrafo del protoiberista decimonónico catalán Sinibaldo de Mas y Sanz, citando a terceros: “Los negros tratan de desfigurar a sus hijos y hacerlos feos para que nadie los compre.” Del mismo modo, algunos preferían ver a los portugueses “pobres y abatidos para que nadie apeteciese conquistarlos.” (La Iberia. Sobre la conveniencia de la unión pacífica y legal de Portugal y España. Lisboa, 1851).

federacion_iberica_bandera_1854
Bandera de la Federación Ibérica, según Sinibaldo de Mas y Sanz (1854)

Desde entonces he tenido ocasión de leer a los clásicos postulantes de una federación de ambos países, configurada en el ámbito cultural, lingüístico, económico y político como un ente singular, práctico, fraternal, ambicioso y potente, que acabase de una vez con los espectros luso-hispanos. Algunos de aquellos próceres, como Unamuno, Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Clarín, Giner de los Ríos, Pi i Margall, Juan Valera, Pessoa, Saramago y César Antonio Molina, me empujan a meter la mano en este asunto de la Federación Ibérica.

Escribía Sinibaldo de Mas:

La Península ibérica, que ya ha formado una sola nación por medio de la conquista, puede, debe ser una sola nación por la fusión espontánea. Lo que los reyes visigodos no pudieron hacer que se conservase basta hoy día, lo que los árabes consiguieron momentáneamente, lo que la espada victoriosa del duque de Alba y del marqués de Santa Cruz sólo pudieron fundar para sesenta años, la política exige que lo fundemos para siempre.

Dos perros pulgosos y hambrientos como España y Portugal pueden llegar a asociarse para atrapar mejores presas. Hemos de prestar atención a los recientes, aunque reiterados, sondeos que muestran un creciente interés –mayor en Portugal, pero no pequeño en España- por unir esfuerzos para ocupar los primeros puestos de Europa, tanto por población como por capacidad económica y fortaleza política. No veo claro, a diferencia de Unamuno, que la materialización del proyecto ibérico haya de tener como referente la supuesta comunidad de raza, idioma e historia. Los perros famélicos no entienden de pamplinas, falacias, símbolos y emblemas, sino de funciones y resoluciones inmediatas. Más que segregar identidades magnificando las virtudes o los defectos habría que reforzar la idea de alcanzar el objetivo común, que es llenar el estómago. “De Espanha nem bom vento, nem bom casamento” dice el refranero portugués; “Un español malo hace bueno a un portugués” replica el español. Unamuno se quejaba de ello:“Aquí se da en desdeñar a Portugal y en tomarlo como blanco de chacotas y burlas, sin conocerlo, y en Portugal hasta hay quienes se imaginan que aquí se sueña en conquistarlos” (Por tierras de Portugal y de España, 1907).

José Saramago, en su prólogo a Sobre el iberismo y otros escritos de literatura portuguesa, de César Antonio Molina (Madrid: Akal, 1990), dejó muy clara su postura sobre lo que él llamaba “mi iberismo”: Decía así:

“No es esta la primera vez que me pregunto sobre las causas y circunstancias que, en estos últimos años de mi vida, me han convertido en casi obligada referencia, por parte portuguesa, siempre que sale a la luz la vieja cuestión del iberismo. Pero ésta será, en efecto, la primera vez que intentaré encontrar una respuesta que, al tiempo que satisface mi propia ilustración de los hechos, pueda servir para delimitar, con suficiente claridad, la reducida área en que, tal vez, se está aplicando, directa o indirectamente, en estas materias especificas, la noción del escritor que soy. Quiero prevenir, al hacer estas salvedades, que cualquier identificación que se haga de mi trabajo literario o de mi intervención cívica y política con un cuerpo de doctrina, plan de acción o una estrategia que apunten al resurgimiento o a la reactivación de la cuestión ibérica tendrá que plegarse, o al menos no ignorar, los argumentos y precisiones aquí expresados.

“Como cualquier otro portugués antiguo y moderno, fui instruido en la firme convicción de que mi enemigo natural es, y siempre habría de serlo, España. No atribuíamos demasiada importancia al hecho de que nos hubiesen invadido y saqueado los franceses, o que los ingleses nuestros aliados nos hubieran explotado, humillado o gobernado: esos no eran más que episodios históricos comentes que teníamos que aceptar de acuerdo con las reglas de un relativismo práctico, ese que precisamente nos enseña a relativizar, esto es, a tener paciencia. Absoluto, lo que se dice absoluto, desde nuestro punto de vista de portugueses, sólo el rencor al castellano, sentimiento llamado patriótico en que fuimos infatigables en el transcurso de los siglos, lo que, quién sabe, nos habrá ayudado por el rechazo y por la contradicción, a formar, robustecer y consolidar nuestra propia identidad nacional. No afirmo que las cosas hayan pasado así, es solamente una idea que se me ha ocurrido al socaire de la escritura. Como tampoco afirmo que sea verdad que a todo esto España se haya limitado a responder con absoluta, no relativa, indiferencia, o incluso con algún menosprecio, por añadidura. El alma de los pueblos, si es que soy yo mismo capaz de entender lo que eso quiere decir, no es seguramente menos compleja que aquella que el simple individuo lleva consigo en su única y simple vida.

“Este sistema organizado de malquerencias y desconfianzas, cuántas veces paralizador, no me impidió, como tampoco impidió a otros portugueses, interesarme muy de cerca por la cultura española, en especial la literatura y la pintura. En distinto plano, también alenté siempre la curiosidad por saber qué pensaban los españoles de sí mismos (y unos de otros) a lo largo de los tiempos y, poco a poco, puede salir de una visión histórica generalizada para llegar a la apreciación dinámica de las diferencias; creo que he empezado a comprender mejor a España conforme iba reconociendo e identificando, en la plenitud de su expresión, las diversidades nacionales que veía emerger de la unidad estatal, lo que resultó, por último, supongo que por un proceso no completamente consciente, una forma de apagamiento subversor de la imagen de España adquirida por vía pasiva a favor del surgimiento irresistible de una constelación socio-histórico-cultural pluriforme, literalmente fascinante. Claro que nada de lo que estoy escribiendo es nuevo: como yo, lo han experimentado todos aquellos que se han acercado a España despojados de ideas preconcebidas, o suficientemente vigilantes como para esquivar los daños que éstas suelen causar a los incautos. Pero, efectivamente, algo vino a modificar mi relación, primero con España, después con la Península Ibérica en su conjunto (lo que equivale a decir que yo empezaba a lanzar sobre mi propío país una mirada diferente): la evidencia de la posibilidad de una nueva relación que sobrepusiera al diálogo entre Estados, formal y estratégicamente condicionado, un encuentro continuo entre todas las nacionalidades de la Península, basado en la búsqueda de la armonización de los intereses, en el fenómeno de los intercambios culturales, en fin, en la intensificación del conocimiento.

“No soy tan ingenuo como parece, y en este caso menos que en cualquier otro. Esta concepción abierta de los hechos peninsulares tenía que chocar inevitablemente, y sobre todo por parte de España, con una indignada y muy patriótica resistencia, pues se objetaría que en el «caldo» ibérico así preconizado, se habría de disolver la, desde siempre trabajosa, unidad de los Estados, peligro del que, como sabemos y sin temor alguno a la paradoja, acabamos de ponernos a salvo, portugueses y españoles, gracias a la integración en la Comunidad Económica Europea, escrupulosa a más no poder en lo que se refiere a salvaguardar las identidades nacionales y otros soberanos pruritos de sus miembros… Cuando, por fin, había encontrado ya mi Península Ibérica, en ese momento, la perdía. Intenté mirar más allá de la frontera y comprender lo que hasta los Pirineos se extendía, y cuando apenas me había empezado a acostumbrar al deslumbramiento de esa nueva visión, acudían los políticos que gobiernan en mi país (otros que también me gobiernan no están aquí), acudían, repito, a enseñarme que tales visiones eran anacrónicamente cortas, que si yo quería ser un hombre de mi tiempo tenía que pasar a jurar por Europa, aun no sabiendo exactamente, ni yo ni ellos, qué Europa es ésa que tan bien parece querernos. En resumen: ser ibérico equivalía, o equivale, a rozar peligrosamente la traición, ser europeo representa el toque final de la perfección y la vía ancha para la felicidad eterna.

“Ahora bien, coincidiendo más o menos con estas desventuras espirituales, y probablemente también por efecto reflejo de la decepción sufrida al querer llegar a un entendimiento más sensible del pequeño y desde ahora frustrado universo ibérico, volví los melancólicos ojos hacia América Latina donde, a pesar de la cúpula magnífica de la lengua del imperio económico, se sigue hablando y escribiendo en portugués y en castellano. No se trata, claro está, de un descubrimiento repentino, de un hallazgo, de un encuentro de civilizaciones; los escritores de allá, tanto prosistas como poetas, no me eran desconocidos y sabía lo bastante de la historia de aquella inmensa parte del mundo como para no desmerecer en una conversación entre amigos o en un debate público a modesto nivel en cuanto a geografía, debido a mi insaciable curiosidad cartográfica, soy capaz de poner un dedo exacto, sin dudar, en cualquier país que, como test de conocimientos básicos, se me proponga. La diferencia de esta nueva mirada era que una especie de conmoción, un presentimiento, un alborozo incontenible del espíritu me estaban insinuando que la propia Península Ibérica no podrá ser hoy plenamente entendida fuera de su relación histórica y cultural con los pueblos de ultramar y que, de seguir la actual tendencia a la relajación de las capas profundas que nos siguen vinculando a ellos (no confundir con aproximaciones políticas y económicas subordinadas, casi siempre, a intereses de terceros), nosotros, los peninsulares, acabaremos en la incómoda situación de quien, habiéndose sentado en dos sillas no sabe cuál de ellas le ofrece más seguridad, siendo cierto, por otro lado, e insistiendo en la metáfora, que el problema de la identidad de quien así se sentó, no saca provecho de la inestabilidad subsiguiente, al precario estatuto, adoptado del que no supo escapar, cuando todavía estaba a tiempo. Quiero decir, en fin, que esta Península, que tanta dificultad tendrá en ser europea, corre el riesgo de perder, en América Latina, no el mero espejo donde podrían reflejarse algunos de sus rasgos, sino el rostro plural y propio para cuya formación los pueblos ibéricos llevaron cuanto entonces poseían espiritualmente bueno y malo y que es, ese rostro, así lo creo, la mayor justificación de su lugar en el mundo. Admitiría que América Latina quisiera olvidarse de nosotros, sin embargo, si se me permite profetizar, preveo que no iremos muy lejos en la vida si escogemos caminos y soluciones que nos lleven a olvidarnos de ella.

“Aunque sin concluir, debo terminar. Escribiré sólo las dos palabras que tengo fijas en el espíritu y que condensan este manojo de ideas desglosadas en concepto: trans-iberismo. Sospecho que hay en ellas la promesa de algo más que un enunciado no carente de sentido lógico. Dicho esto, yendo más allá de la pregunta inicial y proponiendo una nueva, concluyo finalmente: ¿El iberismo está muerto? Sí. ¿Podremos vivir sin un iberismo? No lo creo. Reconozcamos que no iríamos muy lejos por el camino que nos deberá conducir a una amplia y más productiva comprensión de las cuestiones del iberismo, tanto en su expresión local y actual cuanto en sus futuras manifestaciones dentro y fuera de La península, si no empezásemos por conocer a fondo, de un modo crítico y objetivo, el solar literario ibérico. Nos perderíamos, como sucedió tantas veces en el pasado, en los embelecos de una retórica vacía y oficialista, que sería la responsable de los nuevos malentendidos que llegaran a sumarse y a agravar los antiguos. Gracias a los rigurosos y diversificados estudios e indagaciones de César Antonio Molina, reunidos en este libro, la cuestión ibérica, cualitativamente valorada, recobra ahora fuerza y actualidad. Sólo aquellos que todavía se mantienen asidos a prejuicios nacidos de un nacionalismo más defensivo que racional, más hecho de mesianismos que de objetividad, porfiarán en cerrar los ojos. Pero esos, si alguna vez los llegan a abrir, se hallarán, ese día, inmovilizados en la historia, solos.”

Viendo la actual configuración de la Península Ibérica -por un lado Portugal, y por otro España, con sus regiones autonómicas, algunas de las cuales como Cataluña y el País Vasco aspiran a la secesión total como estados soberanos- puede parecer difícil o imposible admitir el principio federativo que alumbraba Proudhon y aceptaba como modelo Pi i Margall. dando como posible la asociación de las provincias de España que en el pasado hubieran sido “reinos independientes” para constituir una nación federada “a la manera en que lo está América del Norte”, sin depender de la utopía ultra-nacionaista que apela al llamado “principio de las nacionalidades”, una supuesta conjunción de intereses: un estado, una nación, una lengua, una cultura, una organización social y política tradicional, una historia común. ““Busco el motivo de las nacionalidades” decía Pi i Margall “y no sé encontrarlo racional ni legítimo”. Y añadía:

¿Tiene nuestra nación unidad de lengua? Hay en ella hasta seis dialectos del idioma latino y allá en el Norte una lengua madre….¿Tiene España tampoco unidad de leyes? Diversas son las de Castilla, las de Vizcaya… Instituciones diversas hay también en Galicia… Ni tiene España unidad histórica. No hablemos de costumbres ni de razas. Aquí hay celtas, suevos, godos, árabes…¿Obsta esto para que las regiones todas formen nación? Heterogéneas son todas las naciones de Europa ¿Qué aconseja toda racional política?…que se organice el Estado sobre la base en que descansan todas las regiones federales. (“La verdadera patria”, en El Nuevo Régimen, 30 de septiembre de 1899,p. 39)

Reproduzco a continuación el artículo “España y Portugal” que escribió Juan Valera para la Revista Ibérica en 1861 a propósito del movimiento iberista, que comenzaba a tomar fuerza:

Juan Valera

“España y Portugal”

 

Revista Ibérica, Madrid, 15 diciembre de 1861, Tomo I, págs. 349-362, 429-442, 15 de enero de 1862, Tomo II, págs. 73-91

 

I

Las más importantes verdades se reconocen por sentimiento y por instinto, antes de que por medio del raciocinio se demuestre la certidumbre de ellas, y se declare y explique el fundamento en que se apoyan y sostienen. En este número de verdades se cuenta la de que en la Península que habitamos hay dos naciones distintas, portuguesa y española. Si hubiera dos Estados y una sola nación, los Estados fácilmente se fundirían. Lo difícil, lo punto menos que imposible, es fundir las nacionalidades. Así es que nosotros, aunque siempre hemos tenido un amor entrañable a la idea de la unión ibérica, más hemos creído que esta idea es una aspiración sublime, casi irrealizable, o realizable sólo en un remoto porvenir, que un plan político, para cuya realización y cumplimiento están ya preparados los ánimos y las cosas, y que a poca costa puede llevarse a cabo, con buena voluntad, audacia y fortuna.

El ejemplo de Italia, aun presuponiendo que tenga dichoso término la revolución italiana, no debe en manera alguna alucinarnos ni movernos a la imitación. Las circunstancias son muy otras en aquella que en esta Península. Allí, o no hay nación, o tiene que haber una Italia: aquí hay dos naciones, y aun seguiría, acaso durante siglos, habiendo dos naciones, aunque ambas, o por una revolución, o por una conquista, o por un enlace regio, vinieran a formar un Estado sólo.

Génova, Venecia, Pisa, Florencia y Amalfí han sido poderosas y gloriosas repúblicas; pero como naciones no han existido. No es menester buscar razones, basta el sentido común, basta el oído para percibir que suenan disparatadamente estas frases: la nación pisana, la nación genovesa y hasta la misma nación milanesa o napolitana. En Italia, porque la historia o el destino, porque Dios, en suma, lo ha querido así, no hay más que una nación, aunque haya habido numerosos e independientes Estados; señoría en Venecia, ducado en Milán y reino en Nápoles.

En nuestra Península sucede lo contrario. Portugal, aunque es una nación hermana, no forma parte, no es la misma nación española. La historia de Portugal es tan grande que no puede perderse ni confundirse en la historia de otro pueblo; pero no es esta la mayor dificultad. Grande, heroica, admirable es también la historia de Aragón, que tampoco puede perderse ni confundirse, y sin embargo la nacionalidad, la autonomía aragonesa vino en sazón oportuna a amalgamarse con la de Castilla, formando ambas la nacionalidad española. La mayor dificultad es que la sazón oportuna, el momento propicio en que la fusión hubiera sido fácil, pasó, mucho tiempo ha. Las diferencias se han hecho cada vez mayores desde entonces, y nos han ido separando, en lugar de irnos uniendo.

En aquellos buenos tiempos de mutua prosperidad, cuando portugueses y castellanos nos dividíamos el imperio de los mares nunca de antes navegados; en aquellos buenos tiempos en que podía decir el poeta, en elogio de la noble España, que era la cabeza de la Europa toda, y de Portugal que era la cima de la cabeza, y en que podía dudar, hablando de los portugueses, sobre qué era

Mais eseyente
Se ser do mundo rey, se de tal gente;
en resolución, en aquellos buenos tiempos de los Reyes Católicos y de D. Juan III, cuando el papa Alejandro VI,
Uma linha lanzando ao ceo profundo,
Por Fernando é Joao reparte o mundo,
y en que, sin pecar de hinchados ni de fanfarrones, podíamos hacer decir a nuestros héroes:
Do Tejo ao China o portuguez impera,
De un polo a autro o castelhano voa,
E os dois estremos da redonda esfera
Dependem de Sevilha e de Lisboa;

en aquellos buenos tiempos, repetimos, sin estar llenas de recelos y agriadas por el infortunio, hubieran podido estrecharse y confundirse ambas naciones en la cumbre de la grandeza y de la gloria, como Aragón y Castilla se confundieron; pero después de la rota de Alcázarquivir, humillada y moribunda la nación portuguesa, y sujeta y postrada bajo el cetro de hierro de Felipe II, no pudo unirse, aunque tuvo que someterse a Castilla. Así es que la revolución de 1640 fue indispensable: fue el renacimiento de un pueblo que había muerto, o que gemía esclavo, cuya gloria eclipsada era preciso que volviese a brillar. La dominación de los Felipes en Portugal quitó a aquel pueblo libertad, y no le dio fuerza ni amparo. Las ricas colonias, el hoy tan próspero imperio del Brasil, tal vez hubieran sido mejor defendidos por los portugueses solos, aun en medio de su postración, que por el pujante, pero mal gobernado poder de España.

No se ha de extrañar, por lo tanto, que los portugueses suspirasen por la perdida independencia, y que la recobraran. Con ella parecía renacer la pasada gloria y algo del poder pasado. El advenimiento al trono de la casa de Braganza fue más popular que el de la nobilísima y heroica dinastía de Avis. Desde entonces la división entre España y Portugal se ha hecho cien veces más honda, la rotura más difícil de soldar, los signos característicos de ambas nacionalidades más prominentes y diversos.

En Italia, la literatura es la misma, y la lengua literaria la misma en todas las provincias: Tasso no es una gloria del reino de Nápoles, sino de toda Italia: Dante y Machiavelli son italianos antes de ser florentinos. En Portugal, por el contrario, se levanta, y crece y se desarrolla, y se aparta cada vez más de la nuestra, una literatura nacional, propia y exclusiva de aquel pueblo. En un principio nuestros trovadores, nuestros príncipes poetas, escribieron en portugués, como Macías y el Rey Sabio. Los trovadores portugueses se complacían en escribir en castellano. El castellano y el portugués no parecían dos idiomas diversos, sino dos formas, dos modos del mismo idioma. En la magnífica corte del rey D. Manuel suena en prosa y en verso el habla de Castilla. El Cancionero de Resende está lleno de versos castellanos. La musa dramática portuguesa hace sus primeros felices ensayos en losAutos de Gil Vicente, muchos de ellos en castellano, y otros en castellano y en portugués mezclados y confundidos. El primer poeta lírico portugués, el justamente celebrado Sá de Miranda, escribe gran parte de sus obras en nuestra lengua; el mismo Camoens le imita y le sigue en esto. Todavía, a pesar de Aljubarrota, y lo que es más, a pesar de Vasco de Gama, del infante D. Enrique, y del grande Alburquerque, esto es, a pesar de la magnífica epopeya de la historia de Portugal en el siglo XV, epopeya que no sólo hace de Portugal una nación, sino una nación gloriosísima, importantísima y con una gran misión providencial en el mundo, Portugal se creía parte de España.

España era la cabeza de Europa toda; pero Portugal era la cima de la cabeza, esto es, parte de ella, como dice el llamado por los portugueses mismos príncipe de los poetas españoles. La conquista hecha por corrupción y violencia sobre un enemigo postrado, y la perversa dominación y peor administración de los Felipes, vinieron a destruir o a retardar la verdadera unión de ambos pueblos, que ya se iba formando. La revolución de 1640 acabó de romper los lazos amistosos que nos unían. ¿Qué portugués, sin pasar por mal portugués, hubiera osado, desde entonces hasta hace pocos años, hablar de la unidad ibérica? En Italia, al contrario, en todas las edades, en todas las provincias y Estados, han suspirado y defendido y aconsejado la unidad los más amantes de la patria y los que han alcanzado más fama por haberla amado e ilustrado. Dante, Petrarca, Machiavelli, Manzoni, Leopardi, Tosti, Botta, todos los hombres eminentes de aquella península, se muestran partidarios de su unidad, y no reconocen sino una sola nacionalidad en ella. Allí se han ido cada día estrechando más; aquí nos hemos ido separando. Allí una misma literatura; allí un mismo idioma: las glorias alcanzadas y las afrentas recibidas son allí comunes. Los que encomian a Italia la llaman a toda ella cuna de las artes, maestra de las gentes, patria de los grandes poetas y de los eminentes capitanes, y los que la denigraban cuando vivía esclava y abatida, lanzaban también la injuria y el vilipendio sobre toda ella, sin exceptuar una sola provincia, o diciendo si la exceptuaban, que aquella provincia no era Italia. Pero entre España y Portugal no ha habido nunca solidaridad semejante, sobre todo, en la desgracia. Acaso seamos harto orgullosos para aceptar como nuestras las faltas de nuestros hermanos. Acaso lo seamos también, aunque no tanto, para tener sus glorias por nuestras.

De todos modos, la unidad ibérica, aunque dificilísima, aunque sólo sea un hermoso ensueño en el día, no se puede afirmar que sea completamente imposible, ni menos que pudiera redundar en desdoro de una de las dos naciones, si éstas acertaran a unirse como Inglaterra y Escocia, y no como Inglaterra e Irlanda, Austria y Hungría, Polonia y Rusia.

Partidarios en cierto modo de esta unión futura, más o menos completa e íntima, de esta unión celebrada con mutuo consentimiento y beneplácito y para bien de ambos pueblos, de esta unión que si alguna vez ha de lograrse, es menester preparar muy de antemano y con exquisita prudencia, han sido y quizás sigan siendo aún muchos de los hombres más ilustres que honran hoy a Portugal, muchos de los que más le aman y veneran y adoran su gloria, y asimismo no pocos españoles, que no quieren a Portugal para redondear el territorio, sino para que unidos dos pueblos tan generosos y grandes, vuelvan acaso a ser en los futuros siglos lo que fueron en los pasados, la cabeza de Europa toda.

Si algún español sueña con la dificilísima unión de Portugal y de España como realizable en el día, y tiene el extravío de menospreciar a Portugal, y el mal gusto y poco tacto de decirlo, no es esto culpa de toda la nación española, que piensa y siente respecto a Portugal de muy diversa manera.

No creemos que ningún patriota portugués, aun negando absolutamente y para siempre, hasta la posibilidad de la unión ibérica, haya podido ofenderse del iberismo de D. Sinibaldo de Mas, de Castelar y de tantos otros, cuya buena fe, cuyo amor y cuyo entusiasmo, ya que no lisonjearlos, debiera satisfacerlos.

Si más tarde, según hemos oído decir, ha venido un escritor animado de otros sentimientos poco favorables a Portugal, y pidiendo o deseando en nombre de ellos la unión de aquella monarquía a la española, bien pueden creer los portugueses que ese escritor español no es el órgano fiel y legítimo de la opinión pública en España. Nosotros aún no hemos leído el folleto a que se alude aquí; pero sabemos por los periódicos de aquel país, que ha producido en Portugal un profundísimo disgusto, y esto nos impulsa a examinarle imparcialmente, volviendo por la dignidad de la nación portuguesa, y si en dicho folleto ha sido injuriada, y reprobando esa inmediata unión forzosa o poco decorosa para Portugal que desea el folletista, ya que no en nombre de una unión futura espontánea y honrosa para todos, en nombre de la igualdad y del fraternal afecto, y de la alianza estrecha que debiera haber entre las dos egregias naciones de esta península.

II

La idea o el principio de las nacionalidades, que ahora priva, tiene como todo lo muy comprensivo y general, no poco de vago, y cuando no de vago, de contradictorio. Las nacionalidades no se determinan por la geografía, ni por el idioma, ni por la identidad de estirpe, ni por la semejanza o igualdad de historia, de religión y de costumbres. Todo esto concurre a formarlas; pero lo esencial y fundamental, es el sentimiento, que se advierte, que se reconoce, pero que no se sujeta a reglas ni a raciocinios.

Italia, que es el grande ejemplo que se alega, es una sola nación, porque es una sola nación. En favor de la unidad de Italia no hay argumento más fuerte que el sentir de sus hijos. Desde la caída del imperio romano, bajo el cual, si toda Italia estuvo unida, también estuvo unida gran parte de Europa, no se ha realizado la completa unidad italiana, sino por breve tiempo y bajo el cetro de un rey bárbaro, de Teodorico. Pero desde entonces hasta el día presente, el pensamiento de la unión, el anhelo de llevarla a cabo, y el sentimiento de ser Italia una nación sola, han dominado el alma de cuantos hombres ilustres han nacido en aquella península.

Muy largo sería investigar las causas de por qué en la Península ibérica no ha acontecido lo propio; pero es lo cierto que no ha acontecido.

En Italia, a pesar de la división de Estados y de las guerras, celos y enemistades que entre ellos ha habido, no hay más que una sola nación, no hay más que el sentimiento de una sola nacionalidad y el amor de una sola patria, por lo menos desde los tiempos de Dante. Ora predomine el partido gibelino, ora el güelfo, ora sea el emperador, ora el Papa, el que se busque como centro de la unidad, la unidad es lo que se busca.

En España y en Portugal, preciso es confesarlo, no se ha soñado nunca en esta unidad, ni aun en la época en que ambas coronas estaban reunidas y adornaban las sienes de los Felipes. Portugal era entonces un reino más de los que componían el vasto imperio español. Era como Nápoles, como Sicilia, como el Milanesado, como Flandes: nadie imaginaba que Portugal y España fuesen una sola nación y un mismo pueblo.

Esta idea es reciente, es consecuencia ilegítima de lo que llaman el principio de las nacionalidades. En virtud de este principio, los pueblos de Portugal y España debieran seguir eternamente separados, porque son dos pueblos distintos, aunque reconozcan un tronco común y sean hermanos. Slavos son, esto es, hermanos, de la misma raza, los rusos, los bohemos, los polacos y los croatas, y no por eso constituyen una sola nación; no por eso deja de ser casi irrealizable el ensueño del panslavismo.

No es, pues, en el principio de las nacionalidades en lo que debe fundarse la aspiración a la unidad ibérica. No hay que negar, ni hay razón para negar la nacionalidad portuguesa, a fin de fingirse posible la fusión de ambas naciones en una. Aragón y Castilla, Inglaterra y Escocia, eran naciones distintas y se han fundido. Dinamarca y Suecia aspiran a unirse también, como ya lo estuvieron en otro tiempo, sin desconocer por eso que son dos naciones perfectas, que han tenido y siguen teniendo razón de ser y de existir separadamente.

Es posible, es a veces conveniente y glorioso, que dos naciones se fundan; pero es sumamente difícil. Es menester para ello un conjunto de circunstancias dichosas, que rara vez la prudencia humana puede proporcionar; y que casi siempre dispone con especial disposición la Providencia divina. Uniones como la de Castilla y Aragón, necesitan, a más de la fortuna y del saber de los príncipes y hombres políticos que las llevan a cabo, de una ocasión propicia y de un acuerdo feliz de los pueblos, que más que resultado natural, parece milagro. Uniones de esta clase se hacen cada día más difíciles, porque mientras más se retardan, mayores diferencias y rivalidades nacen entre las naciones de que se desea componer una sola.

El ejemplo de Italia debiera retraernos del iberismo, en vez de animarnos a seguirle y a realizarle. Allí no había más que una nación, humillada y hollada de continuo por el extranjero. Sus diversos Estados eran creaciones artificiales de la diplomacia; casi ninguna de sus dinastías era nacional, sino impuesta por la conquista; muchos de sus príncipes estaban sentados en los tronos en virtud de un poder opresor extraño, para cumplir la voluntad, secundar las miras y remachar más las cadenas que pesaban sobre la patria común. Y sin embargo, ¿cuán difícil no ha sido y es aún el realizar esa unidad, a la que todo estaba convidando y aun provocando: unidad que era indispensable, si Italia había de salir de la postración y servidumbre en que se hallaba? ¿Qué tempestad no ha levantado en toda Europa la caída de los soberanos legítimos, cuyos tronos no tenían raíces en el suelo en que se fundaban? ¿Qué guerra civil no ha promovido en Nápoles la pérdida de una autonomía sin gloria, y de un trono, cuya gloria no era tampoco la del país? Pues si esto ha sucedido en Italia, ¿qué no sucedería en la Península ibérica, si procurásemos imitar aquel movimiento? Allí la unión es indispensable para salir de la servidumbre: aquí la unión es sólo conveniente a nuestra mayor prosperidad y futura grandeza: allí nadie soñaba con que hubiese una nación toscana, parmesana o luquesa; aquí hay dos verdaderas y grandes naciones: allí ninguna dinastía de las caídas estaba enlazada con los recuerdos gloriosos y patrióticos; y aquí, no es sólo un individuo de la familia de Borbón quien se sienta en el trono, sino la nieta de San Fernando, la sucesora de Isabel la Católica, la representante y descendiente de aquellos ilustres, sabios y valerosos reyes de Aragón y de Castilla, cuyos triunfos, cuyos laureles, cuya fortuna hacen el orgullo del pueblo, y viven en su memoria amorosamente conservados: no es solo un Coburgo quien se sienta en el trono, sino el descendiente del elegido del pueblo en 1640, el representante y el heredero de aquel valeroso y noble maestre de Avis, que proclamaron rey las Cortes de Coimbra, y que recapitula y compendia en sí y en su familia todas las glorias de la patria, desde los heroicos esfuerzos del vencedor de Ourique y del conquistador de Silves y de Lisboa, hasta la grandeza y fortuna de D. Manuel y la lastimosa y malograda valentía de D. Sebastián: aquí, en suma, esto es, en Portugal y en España, hay dos naciones, y hay dos dinastías nacionales que personifican, y en las cuales se cifra toda la gloria del uno y del otro pueblo.

Basta lo dicho para comprender cuánto más difícil de realizar es la unión ibérica que la unidad italiana. Españoles y portugueses son amantes de la patria con un sentimiento harto exclusivo; y una y otra dinastía representan de tal suerte la gloria y el gran ser de la respectiva patria, que hasta republicanos y antidinásticos se vuelven monárquicos de Dª Isabel II o de D. Pedro V, el día en que les propone algún mal avisado partidario de la fusión ibérica derribar una de las dos dinastías para realizarla. Agréguese a esto que, tanto en España como en Portugal, el sentimiento monárquico y el amor a la dinastía están aún muy arraigados, y que hay menos antidinásticos y menos republicanos de lo que tal vez piensen algunos. Así se comprenderá, no sólo lo impolítico y lo contraproducente de hablar o de escribir en favor de la fusión ibérica en perjuicio de la dinastía de Borbón, sino también lo contraproducente y lo impolítico de hacerlo en contra de la dinastía de Braganza-Coburgo. En el primer caso, todos los monárquicos y dinásticos de España, esto es, la mayoría de los españoles, se subleva contra el iberismo; de lo cual ya se notaron síntomas en 1854. En el segundo caso, acontece lo propio en Portugal, como se está viendo ahora, con motivo del folleto titulado La Fusión ibérica,debido a la pluma de D. Pío Gullón. Este folleto, salvo la falta indicada y algunas otras que ya indicaremos, está bien escrito y pensado, y contiene ideas y noticias de grande importancia; pero sólo el aconsejar la fusión, condenando, aunque de un modo implícito, a la dinastía Braganza-Coburgo, es suficiente para explicar el efecto que en Portugal ha hecho, tan contrario al que indudablemente su autor se proponía.

No sólo los patriotas y los leales, no sólo los que aman a sus reyes, sino los que buscan ocasión de adularlos para medrar, concurren a enardecer el espíritu público en contra de semejantes planes, y se aprovechan de tan buena coyuntura para hacer gala del patriotismo y del monarquismo que tal vez no tienen. Entretanto la parte sana de la nación se escandaliza sinceramente, y animada por los escritos monárquicos y patrióticos, quiere competir con los autores en amor y devoción a la monarquía y a la patria. De esta suerte, puesto el iberismo en lucha abierta con los más respetables sentimientos, retrocede y pierde terreno, en vez de ganarle. Tal es el resultado, harto nos pesa decirlo, que ha tenido el folleto del Sr. Gullón. La soberbia y el orgullo vidrioso de los portugueses, que han entrado por mucho en la enemistad que ha despertado dicho escrito, son exorbitantes; convenimos en ello. No somos nosotros menos vidriosos y soberbios; pero importa no olvidar que unos y otros lo somos, a fin de no herirnos cuando tratemos de abrazarnos.

Pensar en que por medio de la violencia o de la conquista hemos de agregarnos y de conservar a Portugal, es un absurdo evidente. España puede conquistar a Marruecos, puede apoderarse de toda el África bárbara y civilizarla; pero los pueblos civilizados de Europa no se conquistan ni se domeñan ya por fuerza. Hasta las naciones que fueron ya domeñadas y vencidas en otra edad, pugnan hoy por quebrantar el yugo, y es probable que al fin lo quebranten. Quizás llegue un día en que Irlanda, Polonia, y hasta la pequeña nacionalidad finlandesa, recobren su autonomía. ¿Cómo pensar, pues, en que la pierda violentamente la tierra de Viriato, de Egas Monis y de Álvarez Pereira, el inmortal condestable? La unión, la fusión, si ha de ser alguna vez, como no negaremos que lo deseamos para bien y gloria de ambas naciones, ha de llevarse a cabo por general, mutuo y espontáneo consentimiento. Para ello debemos de dejar de menospreciarnos y zaherirnos, y empezar a conocernos y a amarnos. El momento de la unión política estará siempre muy distante, mientras las simpatías, la confianza, la recíproca estimación y el cariñoso respeto no lo traigan consigo. Así lo entendieron, sin duda, los señores Mas, Caldeira, Lopes de Mendoça y Latino-Coelho, y no fue otro el pensamiento que presidió a la fundación de la Revista Peninsular. Desde entonces, la precipitación, la impaciencia y los alardes de superioridad de algunos han amontonado innumerables dificultades en el camino, largo sí, pero seguro, que iban allanando y abriendo aquellos patriotas, tan entusiastas como prudentes. Nosotros, que hemos creído, que hemos anhelado la fusión, apenas sí ahora la creemos posible. Ya explicaremos en qué se funda esta falta de aquella fe y de aquella esperanza que tanto, en otro tiempo, nos animaban y complacían.

III

El modo de convidar a la fusión que ha tenido el autor del folleto que vamos examinando es tan falso y antipolítico en algunos puntos, que, aunque los portugueses fueran menos celosos de su nacionalidad, se comprendería que se diesen por ofendidos. Durante la primera revolución francesa se decía: «fraternidad o muerte»: esto es, «sé mi hermano o te quito la vida que tienes ahora»: pero en el folleto se va en cierto modo más allá; a los portugueses se les quiere quitar la vida pasada, la vida que ya han vivido, para que sean nuestros hermanos. Según lo que del folleto se desprende, los portugueses apenas sí tienen historia, apenas sí tienen literatura.

Sólo adquiere Portugal su autonomía figurando separadamente, como la dote de una princesa castellana; es decir, en humillación ridícula, que nunca podrá tenerse por el origen histórico de una nación. El folletista olvida los triunfos de D. Alfonso Enríquez, la batalla de Ourique, la aparición de Cristo, el entusiasmo de los soldados cuando alzaron a D. Alfonso por rey, como ya en otro tiempo fue proclamado Escipión emperador; las conquistas de este gloriosísimo príncipe, que dilata el reino de Portugal hasta los límites que hoy tiene, y todo aquel modo heroico y poético con que nace la monarquía portuguesa, en cuyo origen, como en el de Roma y otras grandes repúblicas y Estados, parece que la tradición y la historia, la verdad y la fábula, compiten por hermosearlo y magnificarlo todo de consuno. No se comprende, pues, cómo se atreve a decir el autor del folleto que no hay en Portugal ni uno de esos reflejos populares que con el nombre de tradición llegan a ser la entraña nacional de la historia.

Añade luego, o da a entender el Sr. Gullón, que la parte principal de la historia portuguesa es sólo un remedo de nuestra historia, porque, unida o segregada, nos imitó aquella región de la Península; palabras poco meditadas, pues con igual razón podrían decir los portugueses que los imitamos nosotros. Ellos fueron los primeros en poner el pie en África; ellos, en tiempo de D. Juan el Vengador, el vencedor de Aljubarrota, conquistaron a Ceuta, que todavía conservamos, y que fue y es cimiento y principio de la civilización e imperio que deben llevar y dilatar los españoles hasta más allá del Atlas; ellos conservaron aquel baluarte contra la morisma, con el martirio del Régulo cristiano, con la maravillosa paciencia del príncipe constante, que mereció la bienaventuranza en el cielo, y en la tierra que Calderón eternizase y divulgase su gloria en su más admirable drama; ellos conquistaron a Arcilla, a Azamor y a otras ciudades marroquíes, y llevaron mucho antes que nosotros la guerra a Mauritania; ellos tuvieron al infante D. Enrique, y escuela de astrónomos, navegantes y descubridores, explorando, colonizando y catequizando los reinos de Congo y de Guinea, y extendiéndose hasta el promontorio de las Tormentas, antes de que Colón saliese del puerto de Palos; y ellos, por último, aunque no contasen más que el reinado de D. Manuel el Feliz, no sólo tendrían una historia, sino un maravilloso poema nacional, que tal vez no admita comparación con el de ningún otro pueblo.

En la corte de aquel rey vivieron héroes como Vasco de Gama, Pedrálvez Cabral, Alonso de Alburquerque, terror y azote del Asia, conquistador de Goa y de todo el reino de Ormuz; Suárez de Albergueira, vencedor en Etiopía y en Arabia; los Almeidas, dominadores en Ceilán y Quiloa; Tristán de Acuña, Felipe de Castro, Abreu, Melo, Aguilar, Sequeira, Duarte Pacheco, que con un puñado de hombres desbarató todo el poder del Zamorí, y tantos otros, cuyos nombres no citamos por no ser prolijos, aunque todos son dignos de eterna nombradía y de singular alabanza. ¿Se podría decir, aunque los portugueses no hubieran hecho más que lo que hemos dicho, que de esos hechos no puede brotar otra historia que la española; que la nación portuguesa no ha podido adquirir un carácter histórico en contados siglos de interrumpida independencia, y que toda la historia de Portugal se puede reducir a la biografía de quince o veinte grandes personajes? ¿Es buena traza y forma de ganarse la voluntad de un pueblo el despojarle de una plumada de lo mejor de su gloria, el negarle hasta que ha existido?

En punto a literatura, tampoco está más generoso el Sr. Gullón con los portugueses. Camoens y otros nombres tan aislados, aunque menos brillantes, dice, no constituyen por sí solos una literatura. ¿Y quién ha asegurado al Sr. Gullón que Camoens y esos otros pocos nombres se hallan en tal aislamiento, y que no estén precedidos y acompañados, como, según el Sr. Gullón, lo están en España el Cid y Cervantes, por la numerosa y envidiada hueste en que se agrupan nuestros guerreros y escritores de todos los tiempos? Pues qué, ¿los grandes ingenios nacen por casualidad, y sin motivo, y sin antecedentes, y mueren y pasan, y no dejan huella ni rastro de sí en el país donde han nacido? ¿Tuvieron, acaso, los portugueses a Camoens, al único poeta épico nacional de la moderna Europa, sin razón para tenerle? ¿Por qué en España, en Francia, en Italia, en Inglaterra, carecemos de una grande epopeya nacional, y en Portugal la hay? Porque el refinamiento, el saber, y la admirable perfección de la lengua, coincidieron en Portugal con el vivir heroico, o a causa de que éste duró más allí, o de que aquellos nacieron más temprano que en otras regiones. Así es, que en estas otras regiones, o tenemos la burla más o menos solapada del vivir heroico, como en Ariosto y Cervantes; o poemas artificiales, aunque riquísimos de poesía, como en Tasso y Balbuena; o relaciones frías y desprovistas de todo ideal, como La Enriqueida de Voltaire; o poemas bárbaros y rudos, como el Cid, los Niebelungen y las canciones de Gestas: sobre todo lo cual descuella el libro de Camoens, donde se contiene la vida, el espíritu, el corazón, las tradiciones, la gloria y las esperanzas de un pueblo entero.

De la lectura de Os Lusiadas, aunque nada se supiese de la historia literaria de Portugal, se debía deducir a priori que en Portugal ha habido una gran literatura, anterior y posterior. Libros comoOs Lusiadas no pueden ser un hecho aislado. En efecto, los épicos portugueses, prescindiendo de Camoens, se adelantan quizás a los del resto de Europa, salvo a los italianos. De esta verdad responden Cortereal, Pereira, Durâo, Basilio de Gama y otros muchos.

Que la literatura portuguesa tiene un carácter propio, que la distingue de todas y de la misma literatura del resto de la Península, es una cosa indudable, y que se nota, así en las excelencias como en las faltas. La lengua portuguesa no es tan sonora y enérgica, pero es más rica que la lengua castellana. El mayor cultivo de los idiomas y literaturas de Roma y de Grecia en Portugal, ha enriquecido el portugués con mayor número de voces y giros que el castellano. Camoens puso también en su frase, en su estilo, en sus pensamientos, y en sus imágenes, un aroma, un sabor extraño del extremo Oriente. En portugués se conservan asimismo más palabras arábigas que en castellano.

No tienen los portugueses un romancero. A pesar de los trabajos de Garret, sólo pueden presentarnos uno como apéndice del nuestro, apéndice menos rico y original que el romancero de los catalanes. Al lado de nuestro teatro, el primero del mundo moderno, nada tienen que poner los portugueses. Con los compatriotas de Calderón, Lope, Rojas, Moreto, Alarcón y Tirso, no debe Portugal jactarse de Gil Vicente, que no vale mucho más que su contemporáneo Juan de la Encina. Para las tragedias clásicas portuguesas, tenemos nosotros muchas nuestras hoy olvidadas y escondidas debajo de tanta riqueza original y del castizo tesoro de nuestros dramáticos populares. Sólo la Inés de Castro, de Ferreira, alcanza superior merecimiento, tanto por lo sublime y sentido de su poesía, cuanto por ser la primera buena tragedia, escrita en la moderna Europa, anterior, sin duda, a la Sofonisba del Trissino.

Pero si no tiene Portugal ni un teatro, ni un romancero, su musa épica es, en absoluto, superior a la nuestra, y quizás en la lírica erudita, en la oda pindárica y sublime, nos llevaría ventaja, y nos la lleva, sin duda, y grande, si consideramos la menor población de Portugal con respecto a España, y si apartamos y sustraemos de nuestra cuenta al cantor de La noche serena y de La vida del campo.

Portugal ha tenido también sabios prosistas, elegantes y enérgicos historiadores, políticos y filósofos. No está reducida su literatura, como pretende el Sr. Gullón, a Camoens y a unos cuantos nombres aislados. Desde Ferreira y Sá de Miranda, los eminentes líricos se suceden hasta Garçao, Francisco Manuel, Garrett, Méndez Leal y Feliciano del Castillo; sus historiadores Barros, Couto, Freire, Lucena, Fray Luis de Souza y Herculano, nada deben envidiar a los nuestros; y en punto a novelas y otras obras de entretenimiento, tienen los portugueses mucho que presentar, desde Bernardín Riveiro hasta algunos ingeniosos novelistas del día. Ellos nos dieron a Jorge de Montemayor, y ellos nos disputan la creación de los dos más discretos libros de caballería, Amadís de Gaula y el Palmerín de Inglaterra.

Creemos haber demostrado, aunque harto ligeramente, que es falso que los portugueses no tengan una grande historia, una grande literatura, y un carácter propio nacional. Que sería impolítico decir esto, aunque no fuese falso, y que iría contra las miras y propósitos de cualquiera que tratase de predicar el iberismo, es cosa tan clara, que no necesita demostración.

Aunque estuviésemos de continuo pugnando por persuadir a los portugueses de su escasa importancia, no se persuadirían de ella, y tendrían razón, y sólo conseguiríamos, en vez de hacérnoslos amigos, suscitar su ira y su rencor, y despertar rivalidades, que ya debieran estar muertas para siempre. Portugueses y castellanos nos parecemos en muchas cosas, como hermanos que somos, y no es en lo que menos nos parecemos en la soberbia y altivez de condición, y en el invencible amor propio nacional; así, pues, como hemos dicho ya en otro artículo, debemos estar prevenidos para no herirnos cuando queramos abrazarnos. Camoens, que conocía bien a sus compatriotas, y en este predicamento nos lisonjeamos, a pesar de todo, de incluir a los españoles, decía, hablando de las diferentes naciones que pueblan la Península, que son

Todas de tal nobreza e tal valor
que qualquer d’ellas cuida que é melhor.

IV

En nombre de la fraternidad que debe unirnos a los portugueses, hemos condenado varias expresiones y razonamientos del Sr. Gullón, que inadvertidamente acaso se han deslizado en su folleto, y hemos tratado de probar que Portugal ha sido una gran nación; tarea inútil, sin duda, si en España conociésemos mejor la vida del pueblo habitador de aquella parte de la Península; pero tarea no del todo fuera de propósito, cuando en España se ignora tanto de Portugal cuanto en Portugal de España (que no acertamos a encarecerlo más), naciendo de aquí esta imperdonable ignorancia mutua, el mutuo desvío y el infundado menosprecio con que a veces nos miramos.

Portugal, pues, como ya hemos dicho, es una nación, y su historia y su literatura, independientes y grandes, le dan todo el carácter y las condiciones de serlo. No son los portugueses una fracción de nuestra nacionalidad, que ha constituido un Estado aparte, sino que son una nación gloriosa y distinta, como lo fueron la aragonesa y escocesa. Pero esto no se opone a la posibilidad ni a la realización de la unidad pacífica de ambos reinos, en un porvenir más o menos remoto. El error del Sr. Gullón no está a nuestro ver, en buscar la unidad, sino en buscarla y en no creerla posible sin menoscabar la nacionalidad portuguesa, y sin oscurecer sus brillantes blasones.

Por lo demás, convenimos con él en que la configuración topográfica de ambos países, lareligión, la raza, las costumbres nos convidan a unirnos, y en que Portugal puede un día ser España, sin perder por eso sus timbres y lauros antiguos, como no los han perdido ni Aragón ni Castilla. Aragón no ha borrado ni perdido las páginas hermosas de su historia inmortal, sino que las ha esclarecido y duplicado. No cifra ya solamente su orgullo en los hazañosos Condes de Barcelona, sino también en Bernardo del Carpio, y en el Cid, y en el conde Fernán González; no se jacta sólo de sus trovadores, sino también de nuestros poetas; no anda sólo orgulloso de su D. Jaime el Conquistador, sino también de nuestro San Fernando: junto a Roger de Lauria, pone a Pero Nuño, y junto a Pedro el Grande y a D. Alfonso el Magnánimo, al Gran Capitán y al gran Cortés, dignos ambos de estar al lado de tales reyes.

El español que rebaja la gloria de Portugal, y el portugués que rebaja la nuestra, se diría que anhelan destruir un tesoro que un día ha de pertenecer por entero a la patria común, y que ya en cierto modo le pertenece. La gloria de España es un complemento de la de Portugal, y la de Portugal de la de España; no se limitan, no se dañan, y sí se completan. Dejad que nos engriamos de vuestro Camoens, y tomad en cambio a Cervantes; por vuestros líricos os damos el Romancero; por Alburquerque a Cortés y a Pizarro; por vuestro rey D. Manuel a nuestra doña Isabel la Católica.

Así como no queremos amenguar nuestra existencia pasada, tampoco queremos negar vuestro valer en el día. Si ambicionamos la unidad, y si suspiramos por ella, algunos tal vez con imprudencia sobrada, no creáis que es porque os consideremos pobres y flacos, sino porque os consideramos aún poderosos y ricos, o capaces de serlo. Harto se sabe, aunque diga lo contrario algún poco acertado escritor en un momento de ese orgullo que tenéis vosotros y que nosotros tenemos, harto se sabe que poseéis recursos para vivir y esperanzas de larga vida, y aun de prosperidad y de engrandecimiento.

No hay, pues, motivo en el fondo para ese odio que muestran algunos, para ese continuo recelar y hasta para ese menosprecio, que falsos o extraviados patriotas de Portugal y de España atizan a veces entre estas dos naciones hermanas, volviendo el rostro a países extranjeros, embelesándose más de lo justo con la civilización de Francia y de Inglaterra, admirándose exclusivamente de su literatura, remedando mal sus instituciones, encomiando y ensalzando con servil entusiasmo a sus hombres y sus cosas, y despreciando, achicando y zahiriendo todo lo nuestro, o por ser español, o por ser portugués. Se diría que nuestro espíritu se ha humillado con la decadencia y la desgracia, y que sólo da cabida a ruines y mezquinos celos. ¿Era así Lucena que eligió a un español por héroe del libro más bello que quizás tengáis escrito en vuestro idioma? ¿Era así Camoens, que llamaba al castellano grande e raro, y que pronosticaba de España que la inconstante fortuna no podrá jamás poner mengua en ella, ni mancha,

Que lha nâo tire o esforço e ousadia
Dos bellicosos peítos que em si cria?

No era así, por último, aquel generoso castellano que momentos antes de comenzar la batalla de Aljubarrota, dijo a vuestro Álvarez Pereira: «¡Al fin sois los más honrados del mundo, ora seais vencedores, ora vencidos, porque si vencéis siendo tan pocos, y si vencemos siendo tantos, toda la gloria y toda la fama es vuestra!»

Hoy, sin embargo, en plena paz, sin el menor proyecto hostil ni invasor, nos maltratamos de palabra y por escrito. ¿Es que hay más patriotismo ahora? No: es que sin saberlo, nos dejamos llevar de inspiraciones extranjeras; es que nos maravillamos tanto de las grandezas y de la prosperidad de otros países, que el ánimo se sobrecoge y predispone a despreciar y a aborrecer, cuando no lo propio, por cierto pudor, lo que debiera ser punto menos que propio. La verdad es que nunca el patriotismo exclusivo portugués ha rayado tan alto como en estos últimos tiempos, ni durante la deplorable guerra de veintiocho años que precedió a la separación. Entonces os mostrabais con fundamento aborrecedores del mal sufrido cautiverio, del

Hypocrita tyranno e nâo prudente,

y de los dos Felipes sus sucesores; pero no aborrecíais tanto, como muestran ahora aborrecer algunos, a la nación española. A ella pertenecía aquella valerosa mujer y prudentísima reina que tanto contribuyó a daros la libertad que apetecíais; aquella Guzmán que persuadió y excitó al tímido y vacilante marido para que se ciñese la corona, que educó al hijo D. Pedro para que os gobernase y dirigiese; que contuvo y corrigió, mientras le fue posible, los delirios y maldades de D. Alfonso, que buscó la alianza de Inglaterra y de Francia, y que hizo venir a Schomberg y a los soldados extranjeros para que contra nosotros os ayudasen.

Así se apartó Portugal del moribundo imperio español, en tiempo del desdichado Carlos II. Por el tratado de 1668 reconoció España a Portugal como un Estado independiente y libre; pero del perpetuo cumplimiento de esa carta de horro, salió Inglaterra por fiadora, y no hay duda en que, si un día todos los portugueses unánimes quisieran volver a unirse a España, Inglaterra los obligaría, si pudiese, a conservar su libertad y su independencia, valiéndose tal vez de los mismos medios suaves y filantrópicos que ya ha empleado con los habitantes de las islas Jónicas, para que no se unan con los otros griegos.

No es esto decir que nosotros creamos que ejerza Inglaterra un protectorado sobre Portugal; que sea Portugal una colonia inglesa, como pretenden algunos. Nosotros creemos a los portugueses celosísimos de su independencia y de su dignidad, y no exageramos hasta ese extremo el influjo y la preponderancia de la Gran Bretaña sobre ellos. Pero aunque tuviésemos por cierta esa preponderancia, la deploraríamos como un infortunio, y no la censuraríamos como una falta de energía. La fatal e inevitable humillación de Gibraltar nos hace, en este punto, menos severos, y la reciente humillación voluntaria de las notas de Calderón, nos obliga a ser tolerantes. Lo que nosotros decimos es que a Inglaterra le conviene, le importa mucho nuestra separación, y que tal vez se movería a conservarla con violencia, aun cuando quedasen pocos portugueses que la quisieran, y aun cuando las cosas y la opinión estuviesen ya maravillosamente dispuestas y propicias a la fusión de ambas naciones. Este sería el último y poderoso obstáculo que habría que vencer para alcanzar la unidad deseada, sin una guerra peninsular, encendida por los ingleses mismos, y sin menoscabo o pérdida de algunas de nuestras colonias.

Pero antes de llegar a este último trance, ¿cuántas otras dificultades no nos quedan que allanar? ¿Cuántos medios no nos quedan que interponer para irnos acercando cada vez, en lugar de separarnos?

Pensar, por consiguiente, en la fusión inmediata es casi una locura, es, por lo menos, una imprudente audacia; pero pensar en separarnos más de lo que estamos, es un extravío del sentimiento patriótico, que redunda en perjuicio de ambos países.

El melancólico amor de la patria decaída, las saudades de la pasada grandeza, que han hecho soñar en un quinto imperio portugués, y que han convertido a D. Sebastián en un Mesías nacional, en otro nuevo rey Arturo, no bastan a dar razón de estos recelos perpetuos y de estas arraigadas y poco amistosas preocupaciones que muestran los portugueses contra toda la nación española, mientras que para cada uno de sus individuos que llega a visitarlos hemos de confesar y agradecer que son por extremo afectuosos, hospitalarios y francos. Los portugueses ceden en esto, como nosotros en la infundada altivez con que a veces los miramos, a un espíritu de extranjerismo que, a pesar nuestro, y sin que lo notemos bien, nos domina.

Así, por ejemplo, cuando los portugueses acusan de feroces y de crueles a nuestros héroes pasados, no hacen más que repetir las acusaciones y hacerse eco de la envidia extranjera. Cortés, Pizarro, Almagro, Balboa, fueron crueles; pero ¿qué guerreros de otra nación cualquiera no lo hubieran sido, no lo fueron en aquella edad? ¿Eran los portugueses mucho más blandos de condición, mucho más humanos? Vuestros mismos poetas, ¿no califican a Alburquerque llamándoleo feroz? Pero ni vosotros ni nosotros nos distinguimos entonces por la ferocidad y la codicia de que nos motejan los que también lo fueron entonces y siguen siéndolo en el día, con menor disculpa, y mostrándose en la India tan duros y sin entrañas. Por lo que nos distinguimos fue por el dichoso atrevimiento y por aquella constancia con que ensanchamos el mundo, dimos al antiguo otro nuevo hemisferio, y abrimos los nunca hollados senderos,

Per onde fosse descubrir a Lysia
Os inmensos thesouros de Oriente:
Per onde nos trouxesse ao Tejo ufano
As perolas brilhantes, que adornavam
Do sol os ricos paços
E os thalamos da aurora.

Y a fin de poner término y coronar dignamente esta empresa de descubrimientos que Portugal empezó, para eterna gloria del infante D. Enrique y de los navegantes de Sagres, los cuales descubrieron el otro cielo hermosísimo de la parte del Austro, y las refulgentes estrellas con que soñó Dante en su poético arrobo, unieron España y Portugal a dos hijos suyos, y merced a Elcano y a Magallanes, se dio por primera vez la vuelta a este globo en que vivimos.

Nuestras glorias y las glorias de los portugueses son las mismas, y no pueden quitárnoslas sin quitárselas: las mismas son también nuestras culpas, y así no pueden injuriarnos sin que la injuria recaiga sobre ellos.

Tal vez nos hayamos detenido demasiado en estas consideraciones sobre las cosas que fueron; pero repetimos que no nos parecen impertinentes al asunto, a fin de disipar prevenciones, recriminaciones y vanas altiveces, de que suelen estar poseídos, por desgracia, el vulgo de uno y de otro país, y aun no pocas personas ilustradas.

Hablemos ahora del estado actual del reino vecino, y procuremos demostrar que ni es lastimoso como algunos creen, ni es conveniente que lo sea, antes conviene lo contrario al propósito de la unión.

V

Después de esforzarse el Sr. Gullón en demostrar la poca importancia histórica de Portugal, pasa a hacerse cargo de su estado actual, y le pinta y describe como verdaderamente lastimoso. Su comercio está arruinado o reducido a la primitiva forma de transacciones, vendiendo sus dos o tres productos a un solo comprador en el mismo terreno en que los recoge; la libertad de comercio en Portugal es nociva; los portugueses no tienen ninguna industria importante; en suma, aquella sexta parte de nuestra Península carece de recursos, se halla pobre, desvalida, y debe echarse en nuestros brazos.

Triste sería para los españoles tener que recoger y amparar a un menesteroso moribundo; pero si Portugal se hallase, en efecto, en circunstancias tan duras, y acudiese a nosotros, indudablemente le recogeríamos y ampararíamos, echándonos al hombro, con caridad fraternal, una carga tan pesada. Por fortuna, no sólo de Portugal, sino nuestra, las cosas distan mucho de esa indigencia y falta de recursos que el vulgo de España supone.

Aunque Portugal, durante la dominación de los reyes austriacos perdió algunas de sus colonias, de que los holandeses se apoderaron; aunque después hubo de ceder a Inglaterra la isla de Bombay para que le auxiliase contra nosotros, pudiendo decirse que esta cesión fue el principio del imperio británico en la India, y la abdicación de la soberanía portuguesa en toda el Asia; y aunque, como prenda de nuestra antigua dominación, nos dejó la plaza de Ceuta con el pensamiento de domeñar y civilizar a Marruecos, y de hacerle compensar muriendo el hecho ultraje, pensamiento que tan mal hemos realizado, todavía conserva Portugal ricas provincias y hermosas colonias en Ultramar, aunque no florecientes como las nuestras.

El imperio del Brasil, separado políticamente de la metrópoli, se une a ella con lazos más estrechos de amistad y de comercio que a España sus antiguas colonias de América. La prosperidad, buen gobierno y civilización del Brasil, hacen más honor a Portugal, que a España la decadencia, guerras perpetuas y revoluciones estériles de las repúblicas americano-españolas. El tráfico entre el Brasil y Portugal es un venero abundante de riqueza para este último país, cuyas introducciones en aquel imperio acaso sean las más importantes, después de las de los Estados-Unidos, que surten de harina a aquella población de más de seis millones.

Portugal posee, además de las populosas Azores y de la hermosísima isla de Madera, las islas de Cabo Verde, las de Santo Tomás y Príncipe, que forman grupo con las nuestras de Fernando Póo, y muchos establecimientos en las costas de Angola y Bengala: domina aún en el África Oriental, sobre 400 leguas de costa, y posee a Mozambique y a Sofala; en la India tiene las provincias de Bedjapour y Guzarate, con las ciudades de Diu, Damaum, Salsete y Goa, donde guarda los sepulcros del gran conquistador guerrero, Alburquerque, y del gran apóstol del Asia, San Francisco Javier, nuestro compatriota; y en la China conserva, por último, a Macao, y en la Oceanía, a Timor, Solor y otras islas.

Todas estas colonias se hallan en bastante decadencia; pero no tanto que no cuenten aún dos millones y medio de almas, que unidos a los tres millones y medio del continente, suman algo más de seis millones.

La riqueza y comercio de Portugal han decaído también de aquella asombrosa prosperidad a que el Marqués de Pombal supo impulsarlos, prosperidad que fue gradualmente aumentándose, hasta llegar a su apogeo en 1807, en que la exportación en cruzados, con los establecimientos ultramarinos, ascendió a 25.871.000, y la importación a 42.422.000; la exportación en cruzados, con las naciones extranjeras, a 58.635.000, y la importación a 41.102.000.

La pérdida del Brasil, las guerras napoleónicas y el fatal tratado de 1810 con los ingleses, concurrieron a acabar o al menos a disminuir en gran manera este brillante estado. No se ha de creer, con todo, como cualquiera se inclinará a creer, leyendo el folleto que da ocasión a estos artículos, que Portugal agoniza, que Portugal se muere de inanición.

Pocos años ha, en el de 1855, publicó el señor D. José de Aldama Ayala un libro perfectamente hecho y rico en datos de toda laya, que pudieran estudiar algunos españoles, antes de hablar de Portugal harto ligeramente. El libro lleva por título Compendio geográfico-estadístico de Portugal y sus posesiones ultramarinas. De él tomamos algunas noticias para escribir el presente artículo, y a él remitimos a nuestros lectores que quieran enterarse más a fondo de la presente situación del reino vecino.

El Sr. Aldama responde victoriosamente, con la elocuencia de los números, a los que ponderan la pobreza de los portugueses. Presupone que Portugal es una quinta parte menor que España, y partiendo de este dato, y comparando la importación y exportación de Portugal en 1851, que conoce, con las de España en 1854, presenta los siguientes resultados:

PORTUGAL EN 1851

Importación en pesos fuertes 14.957.794

Exportación 1.621.540

ESPAÑA EN 1854

Importación en pesos fuertes 40.687.367

Exportación 49.362.506

Se deduce de estas cifras que el comercio portugués es de 26.565.939 pesos fuertes, y el de España, que debiera ser cinco veces mayor, esto es, de 132.829.695 pesos fuertes, para ser ambos proporcionalmente iguales, es sólo de 90.362.506: de manera que a España le faltaron aquel año, para ser tan comerciante y rica como Portugal, 42.467.189 pesos fuertes.

El Sr. Aldama añade luego, para consuelo de España: «No se crea, empero, que las grandes diferencias que advertimos a favor de Portugal proceden de que en igualdad de circunstancias el territorio lusitano sea más rico que el español; no hay tal en nuestro concepto; sino que siendo Portugal una faja de terreno estrecha y larga, bañada al S. y O. por el Atlántico, desembocando al mar en su territorio los principales ríos de la Península, que son navegables en su último trayecto, como también algunos de los que nacen en este territorio, disfruta de circunstancias que auxilian poderosamente al comercio, pudiendo decirse que exportan cuanto producen, teniendo luego que importar grandes cantidades de cereales y otros productos naturales y de arte, como sucede en la actualidad. Pero este flujo y reflujo y los cambios a que da lugar, es lo que constituye el verdadero comercio y la riqueza de un país; a la inversa de lo que se observa en varias provincias centrales de España, &c.» Y por último, concluye: «Los números precedentes sirven para probar la importancia comercial de Portugal, y demostrar a algunos ignorantes, que sin estudiarle ni conocerle le desprecian, figurándose ser un país que vale muy poco, cuán distantes se hallan de la verdad.»

Extraño contraste forman los párrafos citados del Sr. Aldama con la dolorida conmiseración con que trata nuestro folletista a los portugueses, con aquellas frases fatídicas de la decadencia por donde vemos precipitarse a Portugal, de la postración de sus provincias, de sus debilidades y lesiones orgánicas, y de aquel cuerpo falto de vigor y de condiciones vitales, sujeto dentro de un saco de algodón por Inglaterra.

Pero no sólo en esto, sino en todo, está el libro del Sr. Aldama en abierta contradicción con el folleto del Sr. Gullón, escrito algo a la ligera. «El número de los que leen y escriben –dice el señor Gullón– no crece en Portugal lo que en España ha crecido.» Y el Sr. Aldama contesta: «En proporción de las respectivas poblaciones, tenemos por indudable que se lee más en Portugal que en España.» El Sr. Gullón cree que los portugueses no tienen industria; y el Sr. Aldama contesta que en la Exposición universal de París hubo 446 exponentes de Portugal, de los cuales 218 obtuvieron premio, y llena varias páginas de su libro con una lista de productos y manufacturas de aquella parte de la Península. Así desvanece «el error en que han incurrido casi todos los geógrafos, economistas y viajeros, suponiendo que los portugueses carecen casi enteramente de fábricas», y asegura que «el desarrollo que ha adquirido la industria manufacturera en Portugal merece la pena de que el Gobierno mande formar la estadística, &c.» Con todo, a pesar de los datos estadísticos imperfectos que sobre este particular nos suministra el Sr. Aldama, bien se deja entrever que, en punto a fabricación están los portugueses relativamente, como en punto a comercio, más prósperos que los españoles.

No gozan ya de aquella prosperidad industrial relativa de que a principios de este siglo gozaban, y que llegó a inspirar recelos a los ingleses; pero desde 1820 volvió a reanimarse algo el espíritu industrial, dando las fábricas nacionales señas de vida, compitiendo con los géneros extranjeros en lo interior, y llegando algunos años a exportar para América y África, por valor de más de 700.000 duros de nuestra moneda.

No queremos fatigar por más tiempo a nuestros lectores con cifras. Al que desee enterarse mejor de lo que Portugal vale en el día materialmente, le volveremos a recomendar la lectura del libro del Sr. Aldama, mientras nosotros nos congratulamos de que Portugal no esté tan abatido y postrado como le pintan algunos, y mientras deseamos y esperamos más unirnos a él porque vale, que no tenderle una mano compasiva y amistosa, al verle desvalido y pobre. Lo primero es compatible con el carácter portugués, que tal vez consideraría la unión como decorosa y conveniente; lo segundo, no lo es en manera alguna. En su noble orgullo, nuestros hermanos se resistirían siempre a que los recibiésemos como por piedad; antes preferirían morir independientes y solos de la muerte de consunción con que el folletista los amenaza.

VI

En vista de los datos del artículo anterior, no parece que los españoles tengamos derecho para decir que en Portugal hay un abandono forzoso y constante de los grandes intereses materiales, y una escasez ya crónica de recursos, que tampoco se concibe a primera vista en aquella sexta parte de la Península, cuando las otras cinco, con igual suelo, con las mismas condiciones, después de trastornos más prolongados y trascendentales, gozan una situación desahogada, próspera y relativamente hasta opulenta.

Cualquiera libro, cualquiera documento que consultemos para cerciorarnos de esta opulencia relativa de España y de esta indigencia de Portugal, viene a demostrarnos que estamos en un error. Del Compendio estadístico del Sr. Aldama pasamos al Almanaque de Gotha, y vemos que España exportó en 1854 por valor de 950 millones de reales, y que Portugal exportó 275; esto es, mucho más de la quinta parte. Vemos asimismo que Portugal tiene en 1858 una marina de guerra que consta de 37 buques con 362 cañones, y España una marina de 82 buques y 887 cañones, y que el ejército efectivo portugués cuenta de 18 a 20.000 hombres; esto es, que si las fuerzas de tierra de Portugal no son relativamente superiores a las de España, no se puede negar que lo son las marítimas.

Dice el Sr. Gullón que el estado de la Hacienda pública es en Portugal deplorable: pero no es el de España mucho más satisfactorio, y dice que allí no se ha descubierto aún el modo de igualar los gastos con los ingresos, que se hacen empréstitos, que se aumenta la deuda y que hay déficit todos los años, como si en España no hubiese nada de esto, en igual o mayor escala.

Es cierto que las rentas del Estado no son en Portugal proporcionalmente iguales a las de España: pero esto puede probar que la administración es allí más económica, y que el pueblo no está tan sobrecargado de tributos. No hay, sin embargo, ni en esto mismo, una notable inferioridad proporcional. Las rentas del Estado en Portugal vendrán a ser unos 260 millones de reales, de suerte que no es proporcionalmente más rico el tesoro español, sino en el quinto de lo que excedan nuestras rentas de la cantidad de 1.300 millones.

En lo que sí llevamos a los portugueses una inmensa ventaja es en las colonias. Sólo la renta total de la isla de Cuba es mayor que la de todo el reino vecino, y su comercio es dos veces más considerable. Esta colonia produce a España de ocho a nueve millones de duros anuales, mientras que las portuguesas nada producen; antes cuestan a la metrópoli, para custodiarlas, conservarlas y administrarlas pobremente, de tres a cuatro millones de reales al año.

Pero la diferencia más notable en nuestro favor está en el progreso material, rápido y visible, que hay en España desde principios de este siglo, y sobre todo desde hace veinte o treinta años: mientras que en Portugal apenas hay adelanto en muchas cosas y en otras hay decadencia.

Así es, que mientras más próximos a nuestros días sean los datos de que nos valgamos para comparar a Portugal con España, más favorables resultarán los datos para esta última nación. No negaremos que Portugal adelante; pero no adelanta con tanta rapidez como España. Las rentas de nuestras aduanas, por ejemplo, que en 1818 no pasaban de 90 millones, llegaron a 220 en 1858. Nuestro comercio de importación y exportación, del que ya hemos dado la cifra total en 1854, se elevó, en 1858 a la suma de 2.420.112.302 reales. Nuestra marina mercante ha tenido también tan considerable aumento, que ya en dicho año de 1858 contaba con 5.175 buques; esto es, más que cualquiera otra nación de Europa, menos Francia e Inglaterra.

En la historia de ambos pueblos hay una circunstancia que explica esta situación respectiva. La guerra de la Independencia contra Napoleón I influyó en sentido contrario en Portugal más que en España. Aquí resucitó y rejuveneció a la nación y le imprimió un impulso progresivo, con el que se mueve todavía. Allí la sometió a Inglaterra, agostó su prosperidad, esterilizó su comercio y su industria y la hizo caer en un desmayo, del que vuelve ahora con trabajo y con pena.

Desde 1808 hay en España una conciencia de nuestro gran ser como nación, que, a pesar de su noble orgullo y de su grandeza pasada, no tienen con igual vigor los portugueses. A sus hombres de todos los partidos les aqueja siempre un desaliento mucho más hondo que el que aqueja a veces a los españoles. Los liberales, como Garrett, dicen: fomos, já nâo somos: los absolutistas y legitimistas, como el Sr. Palha, confiesan que la nación duerme un sueño de muerte desde Alcazarquivir hasta el día, sueño de que no se ha despertado sino para separarse de España:

Desde entâo até agora
N’esse somno que a devora
Tornou de novo a cahir.

No tomamos en todo su valor estos ayes poéticos: comprendemos las exageraciones del patriotismo lastimado; pero las exageraciones y los ayes tienen algún fundamento. La última eflorescencia literaria de Portugal, que empieza con Garrett y produce luego a Méndez Leal, a Latino Coelho, a Juan de Lemus, a Rebello da Silva y a otros ingenios de primer orden, se parece sin duda a una resurrección, a un renacimiento del espíritu público nacional; pero no tiene, por desgracia, todos sus caracteres. El patriotismo exclusivo ahoga, no consiente el perfecto desarrollo de ese espíritu público. El pensamiento nacional, si ha de renacer en Portugal y en España, ha de renacer bajo la forma del iberismo; pero del iberismo paciente, sereno y firme, que quiere ir con pausa y sosiego a la unidad, por sus pasos y grados naturales, como único medio de recobrar, en las circunstancias presentes del mundo, la fuerza y la preponderancia perdidas, como único medio de que ambos pueblos de Iberia no sean dos pueblos insignificantes, y vuelvan a tener una gran misión en la Historia.

De esta suerte es como comprendemos el iberismo. No es una necesidad, y puede ser una conveniencia. No se requiere la unión para vivir: Portugal ha vivido bien, con riqueza y prosperidad materiales, y puede vivir del mismo modo sin nosotros: Portugal, sin nosotros, puede llegar a ser una nación más industrial, más rica, más comerciante, más abastada que Bélgica; pero Portugal, sin nosotros, no puede ser una gran nación, y Portugal aspira a serlo. Portugal no puede renegar de su pasado. Nosotros hacemos precisamente un argumento contrario al del Sr. Gullón. Este esibérico, porque no estima tanto como nosotros lo extraordinario y sublime de las historias portuguesas: nosotros lo somos, aunque relegando para el porvenir la realización de nuestras esperanzas, porque nos admiramos de esas historias. Si Portugal no las tuviera, sus poetas, sus políticos, sus escritores y pensadores tendrían otro ideal más bourgeois, más humilde, menos heroico: se limitarían a ser codiciosos y no tendrían ambición. Esas quejas de fomos, já nâo somos,no saldrían de labios portugueses; ni merecería tanto dolor el que hubiera unas cuantas fábricas menos o el que el comercio portugués de 1861 no respondiera al de 1807. Aquella prosperidad puede renovarse fácilmente; pero Portugal no puede quedar satisfecho con aquella prosperidad. La condición, la índole, el instinto, las tradiciones de todo portugués le mueven y arrastran a propósitos y fines más levantados. Ningún portugués negará esto, puesta la mano sobre el corazón. Esto, pues, y no la necesidad de vivir, para lo cual no nos necesitan, es lo que más tarde o más temprano los traerá a todos al iberismo. No será la idea de que valen poco, no será el sentimiento de postración y de humildad, sino el orgullo nacional y los ensueños ambiciosos y las saudades del pasado poderío lo que ha de impulsarlos a hacerse ibéricos, no resignándose a ser ricos y prósperos, pero poco importantes, como la Bélgica o la Suiza.

En el siglo XVIII, casi desde el momento de la separación de España han estado los portugueses ricos y prósperos, relativamente a su pequeñez de población y de territorio, y comparándolos con las demás naciones de Europa. Sin embargo, ni Portugal ni los portugueses están satisfechos de aquella época, como no lo estaría un gran príncipe que perdida su corona adquiriese dinero y bienestar, consagrándose sólo a las prosaicas ocupaciones del labrador, del mercader o del fabricante. El trono, el cetro, la dominación pasada le atormentarían de continuo con su recuerdo, y hasta le embargarían el espíritu, impidiéndole que se ocupase con fruto en sus nuevas y plebeyas faenas.

Los portugueses anhelan aún, y tienen fatalmente que seguir anhelando, ser una gran nación. Desde este punto de vista, en esta situación de ánimo es como ellos mismos reprueban y desprecian lo que en absoluto ni desprecio ni reprobación merece. Como el ilustrado escritor López de Mendaña, llaman a su historia, desde 1640 hasta hace poco, un longo pesadello de dusentos aunos, condenan a D. Juan IV porque vendió a Inglaterra las posesiones de la India y la ciudad de Tánger, declaran a D. Pedro II un bajá de Inglaterra, escarnecen a D. Juan V, a pesar de fundar el patriarcado, pagando a peso d’ouro a insaciavel cubiça do Papa, y a pesar de haber edificado a Mafra, grande monumento material sin pensamento, Escorial sin San Quintín; y apenas sí conceden que Portugal siguiese la corriente civilizadora de Europa, en tiempo del despótico, aunque admirable e inteligente Marqués de Pombal.

Los portugueses tienen, pues, otras aspiraciones que no diremos que se logren con la futura unión; pero sí diremos que en el presente estado del mundo, no hay otro medio de que se logren.

Por esto son los portugueses, aunque se hagan violencia para ser lo contrario, bastante más ibéricos que nosotros. Pero el iberismo nace del orgullo y del amor de la patria, y combatir en ellos estos nobilísimos sentimientos es combatir el iberismo.

El verdadero espíritu nacional portugués no puede sernos adverso. El verdadero espíritu nacional portugués tiene que ser español. Después de la fatal revolución de 1640 no renace ese espíritu; ahora es cuando de cierto renace. ¿Cómo comparar, por ejemplo, al conde de Ericeira con Herculano, a cualquier poeta gongorino de entonces con un Juan de Lemus, con un Patos-Bullao, con un Garrett? Sólo Vieira, dice el Sr. Lopes de Mendoça, era entonces un escritor inspirado; pero no recibía aliento inspirador de la patria, sino del jesuitismo, de aquella poderosa asociación a que pertenecía.

En el séptimo artículo, que será el último de esta serie, diremos cuáles son los medios que, a nuestro ver, se han de ir empleando para aproximarse lenta y seguramente a esta unidad, a esta confederación, o por lo menos, a esta estrecha alianza a que el destino y la condición natural de españoles y portugueses nos impulsan con impulso providencial e inevitable, el cual crece, no en razón inversa de la vida propia de Portugal, sino en razón directa del desarrollo moral y material de ambas naciones, y de las esperanzas, aspiraciones y deseos que este desarrollo trae consigo.

VII

Por todo lo que hemos dicho hasta aquí, se ve con claridad que la unión de ambos reinos peninsulares no puede ni debe hacerse por medios violentos y rápidos, y que por los lentos y pacíficos es harto difícil. La unión, sin embargo, conviene e importa mucho al bien y a la futura grandeza de portugueses y españoles. El movimiento que a ella nos trae no nace de postración ni de decadencia, sino, muy al contrario, de la energía que despliega y del vuelo que levanta, con la prosperidad creciente, el espíritu nacional, antes apocado y abatido. Lejos, pues, de marchitarse en flor la idea del iberismo, vendrá con el transcurso del tiempo y con el asiduo cultivo a dar el fruto deseado, yendo entre tanto arraigándose y tomando vigor en el aumento de población, comercio e industria de uno y otro pueblo de Iberia.

Mas aunque esto se nos niegue, siempre será innegable y evidentísimo, que ni Portugal debe recelar de la unión, ni España codiciarla, hasta que llegue el día dichoso en que Portugal mismo, unánimemente persuadido de su conveniencia, la desee y la pida. Y aun así, será menester mirarse en ello. Las naciones suelen ser ligeras y veleidosas, y suelen apetecer hoy lo que detestan mañana. No todas tienen la firmeza que tuvo Aragón en sus propósitos; muchas se parecen a los inquietos napolitanos, que ayer se mostraban ansiosos y enamorados de la unión, entregándose sin la menor resistencia a un puñado de aventureros, y hoy se levantan contra ella, como si fuese el yugo más insufrible.

Ejemplo es éste de grandísima enseñanza, y que nos debe hacer muy cautos. No hay, pues, que codiciar la unión, ni que recelar de ella por ahora. Lo que nos incumbe, lo que nos interesa es prepararla, o al menos tender a una alianza estrechísima, valiéndonos para este fin de cuantos medios estén al alcance de la civilización y de la política.

Las vías férreas deben unirnos cuanto antes, y acortadas así o casi borradas las distancias, los españoles visitarán a Lisboa, y hasta en la misma decadencia de esta ciudad tendrán que maravillarse de su magnífica posición, del esplendor pasado y de la majestad regia que conserva todavía, reconociendo que está llamada a ser de nuevo la capital de un imperio vasto y poderoso. El trato entre uno y otro pueblo acabará por disipar las preocupaciones poco amistosas que nos separan, y por estrechar los lazos que nos unen. El vulgo de los portugueses conocerá que no todos los españoles son los humildes gallegos, que acuden a ganar la vida en aquella tierra, donde son tan injustamente menospreciados que una de las palabras más duras de que se puede valer un portugués para injuriar a otro es llamarle gallego. Los portugueses ilustrados acabarán por convencerse de que no son los españoles ni más crueles ni más sanguinarios que otro pueblo cualquiera del mundo, en épocas de revolución y de trastornos, y de que aquí ni se fusila ni se da garrote con más profusión y con menos motivo que se mata en Francia, en Alemania o en Italia, en idénticas ocasiones. Y tanto los portugueses cuanto los españoles, nos persuadiremos de que, si bien en punto a vanidad nacional y a cierta jactancia nada tenemos que echarnos en cara, porque unos y otros pecamos en esto, y no poco, todavía no llegan ni aquí ni allí estos innegables defectos hasta el extremo ridículo que cierta malevolencia algo grosera, aunque chistosa, nos induce a creer y nos finge con todos los caracteres de la certidumbre. Por último, las personas acomodadas de ambos reinos que van ahora con tanta frecuencia a París, tal vez vayan y vengan pronto alternativamente a Madrid y a Lisboa: tal vez logremos ver en nuestros salones, en nuestros teatros, y en nuestros ateneos y círculos, a la aristocracia del nacimiento, de la inteligencia y de la riqueza de Portugal, y tal vez muchos de nuestros elegantes y de nuestras damas acudan en verano a las amenas y fértiles orillas de la boca del Tajo, o a los sombríos y deleitosos bosques y jardines de Cintra y de Colares, en vez de ir a las Provincias Vascongadas, a Biarritz o a San Ildefonso.

A fin de que el comercio entre España y Portugal sea más activo y provechoso, conviene formar una liga aduanera, para lo cual ha de empezar nuestro gobierno por hacer una reforma de aranceles en el sentido más liberal posible. De este modo, el contrabando de algodones que hace Portugal con España, y que ha sido y es bastante poderoso para crear y sostener casas tan ricas como las de los Sres. Orta, Blanco, Roldan y otros, recibirá un golpe de muerte, perdiendo por lo pronto aquel país cuantiosos recursos y ganancias considerables, y aquel Estado mucha parte de sus rentas de aduanas; pero muy luego se recobrará de esta pérdida, y en un comercio lícito la recompensará y resarcirá con usura. Celebrada la liga aduanera, será más fácil la navegación de los ríos, hoy paralizada, como la del Duero, a pesar del tratado y merced a un reglamento ridículo, por la desconfianza fiscal, que no consiente la introducción por Oporto de nuestros frutos coloniales. Las fábricas de tejidos y de estampados de algodón que hay en Lisboa, no teniendo ya que pagar la prima del contrabandista, podrán abastecer los mercados del Occidente de España y surtir a precio módico provincias enteras, compitiendo mejor que ahora compiten por medio del contrabando, con las fábricas de Málaga y de Cataluña.

El comercio por mar entre ambas naciones se podrá activar y fomentar por medio de convenios para el cabotaje y con la supresión del no diremos inútil, sino nocivo derecho diferencial de banderas, que excluye a la nuestra de tantos puertos y mares en lugar de favorecer la marina. El comercio de importación de España en Portugal irá también en auge, dando pábulo al de Portugal con Holanda e Inglaterra, para donde exporta las lanas de nuestros ganados. Y por último, Oporto y Lisboa serán el emporio de toda España por el Atlántico, o al menos compartirán con Santander, con Vigo y con Cádiz este beneficio, llevándose nuestros cereales y nuestros vinos, las sedas, las resinas, el azafrán y la sosa, y trayéndonos el azúcar, el té y el café de América y de China, y los objetos de arte y de moda y otros artículos de lujo de Bélgica, de Francia y de la Gran Bretaña.

La semejanza y estrecho parentesco entre los idiomas portugués y español, y la idea común en que se fundan ambas civilizaciones, hacen conveniente el que se declare al cabo que los grados académicos y los títulos de la universidad de Coimbra sean en España valederos, así como en Portugal los de las universidades de España. La historia, las leyes, la literatura, las instituciones de uno y otro país, deben ser en lo futuro mutuamente mejor conocidas, y los clásicos portugueses tan leídos y admirados en España como en Portugal. El editor Rivadeneyra debiera incluirlos en su colección al lado de los españoles. De otra suerte, no la tendremos por completa. Barboza debiera ser tan consultado como Nicolás Antonio por los eruditos españoles. En vez de cometer galicismosdebiéramos incurrir en portuguesismos, lo cual, más que dar a nuestros escritos un colorido extranjero, les prestaría cierto perfume de castiza sencillez, y de aquella gracia primitiva y de aquel candor que ya tuvo y va perdiendo nuestro idioma.

La Real Academia de Ciencias y la de la Historia de Lisboa, que, en poco más de un siglo que llevan de vida, han realizado tan grandes cosas, se han honrado con sabios tan eminentes y han acometido empresas tan colosales, debieran entrar en íntima comunicación con nuestras Academias. Algunas de estas empresas debieran proseguirse y terminarse de mancomún, como, por ejemplo, la curiosa colección de documentos y memorias sobre la historia, religión, usos y costumbres de las naciones bárbaras que ambos pueblos sujetaron, en otras edades, así en el nuevo como en el antiguo continente. Ya en 1795 estaba próximo a darse a la imprenta en Lisboa el primer tomo de esta importante colección, que contenía una Memoria sobre la religión de los pueblos de la India, escrita por los jesuitas de Goa, una Historia de Cochinchina, de otro jesuita, y un largo discurso sobre la nación de los guaranís, que puebla el Paraguay. Nuestros misioneros, nuestros naturalistas, nuestros viajeros, se completan unos a otros, y todos juntos se puede asegurar que han estudiado los primeros las lenguas, la historia, los usos y las costumbres de los pueblos más apartados, y la flora y la fauna de las más remotas regiones, antes inexploradas y ocultas.

Asimismo los libros que ahora se escriben en Portugal y los que en España se escriben, debieran ser recíprocamente más leídos y estimados, con lo cual nos apreciaríamos mejor y habría cierta provechosa emulación literaria, y un mercado más grande para esta clase de productos, los cuales en ambas naciones y en ambas lenguas tienen desgraciadamente poquísima salida.

En suma, nosotros no pedimos la fusión, ni la unión política de ambas naciones, pero anhelamos su amistad: y no queremos ir hacia Portugal para unir con violencia su destino a nuestro destino, sino que deseamos ir, como los novios que van a vistas, a fin de conocerse y tratarse y a fin de considerar si les tiene cuenta o no un enlace medio proyectado. Bien puede ser que les tenga cuenta, bien puede ser que se enamoren y se casen: mas aunque así no suceda, si ellos son buenos y están dotados de estimables prendas, no podrán menos, con el trato, de llegar a ser, cuando no esposos, íntimos y leales amigos. Esto, y nada más, es lo que nosotros deseamos por ahora: y nada nos lisonjeará tanto cuanto saber que los portugueses sienten y piensan de nosotros, lo que nosotros de ellos, en cuya alabanza repetimos con toda sinceridad aquellas palabras de Plinio el joven a Cornelio Tácito, que el Sr. Freire de Carvalho con razón y sin jactancia alguna aplica a sus compatriotas. «En verdad que reputo afortunados a aquellos hombres, a quienes los dioses por su alta munificencia concedieron, o practicar acciones dignas de ser escritas, o escribir obras dignas de ser leídas, y a los que reúnen en sí ambas excelencias los reputo afortunadísimos.»

José María de Cossío (en “Pereda y Galdós en Portugal”, Revista de História, Lisboa, XIII, 1924), pp. 72-74) trajo a colación las impresiones de Benito Pérez Galdós sobre la posible conjunción de intereses entre Portugal y España, teniendo en cuenta que para Galdós Portugal formaba parte de la antiquísima Hispania romana, la Spanja árabe, la moderna Península Ibérica. Como expresó H. Chonon Berkowitz (Pérez Galdós, Spanish Liberal Crusader. Madison, Wisconsin, 1948, p. 186), “he favored pan-Iberianism and sanguinely hoped that some day Spain and Portugal might form a powerful sovereign bloc in the international affairs of the European continent.” Galdós daba casi por descontado que Portugal era respecto a España algo así como las Islas Canarias o las Baleares, a diferencia de Italia o Francia que, a pesar de tener lazos culturales con España, eran entes políticos claramente diferentes y distantes. No obstante, Galdós se refirió a la posibilidad de que portugueses y españoles dejaran de mirarse mutuamente con recelo:

La frialdad de relaciones que aún subsiste tiene más raíces en el carácter portugués que en el español; quiere decir que aun hoy los portugueses quieren a nosotros menos que nosotros a ellos, y responden siempre con ecos perezosos y poco entusiastas a nuestras manifestaciones de simpatía.

Y más delante, en su “Primera Carta” dirigida a su compañero de viaje, José Mª de Pereda, Galdós habló directamente del difícil porvenir de ambos estados como una sola nación:

El solo anuncio de semejante idea hace temblar de indignación a los susceptibles portugueses. Mas como la verdad se impone al fin, vendrán tiempos en que los dos pueblos hermanos encuentren una fórmula para constituirse en hermoso y soberano grupo, el cual tendrá la fuerza que ninguna de las dos nacionalidades separadas obtendrá jamás.

El documento más antiguo que he podido traer aquí acerca del movimiento llamado “Federación Ibérica” o “Unión Ibérica”, apareció el domingo, 17 de diciembre de 1854, en El centinela del pueblo (a partir de enero de 1855 este periódico pasaría a ser El Correo de Salamanca). En el ejemplar citado se reproducía un artículo procedente de la prensa portuguesa que estaba siendo recogido por la española. Reproduzco a continuación una imagen del mismo, aunque de poca calidad:


18 de enero de 2014

Versión abreviada en http://www.levante-emv.com/opinion/2011/12/10/federacion-iberica/863633.html

Artículos relacionados de Nacionalismo