Euskolepsia, oficialismo lingüístico


ikurrinya

Los lingüistas y los filólogos estamos obligados a reafirmar el derecho de los hablantes a expresarse en su lengua, a promoverla, a desarrollarla y a documentarla. Y, sin duda ninguna, tenemos que señalar, con gran preocupación, la fecha de caducidad de algunas lenguas minoritarias por falta de interés de los hablantes en seguir empleándolas. Pero quien esto escribe no está de acuerdo con que el español esté poniendo en peligro la existencia del idioma vasco, ni con que se quiera culpar a los ciudadanos forasteros, muchos de los cuales son bilingües, de negarse a hablar, o simplemente chapurrear, el idioma del terreno.

En otros momentos y en otros lugares, los verdaderos culpables del debilitamiento o fin de una lengua han sido y siguen siendo los encargados de organizar la política lingüística del país mediante la coerción y la represión sobre los individuos. En tiempos de Franco se cometieron numerosos atropellos contra el catalán y el euskera en beneficio del castellano; y lo mismo se hizo en Hungría contra los rumano-hablantes con la abominable política de magiarización de diversos gobiernos; y eso ocurrió en los Balcanes con la serbo-croatización bajo Tito, o en Ucrania con el ruso oficial en los días gloriosos de la Unión Soviética; y eso es exactamente lo que se está haciendo en Bielorrusia, Letonia y Lituania con el ruso moderno, en conexión con el problema de Kaliningrado, por citar unos pocos casos. Ello no justifica, claro, las acciones de venganza y represalia contra los maketos vascos, es decir, contra los que han llegado de fuera y no son “de los nuestros” (la palabra “maketo”, muy despectiva, hace referencia a los no vascos; posiblemente sea un galicismo procedente de la expresión “il manque-tout”, aunque Mitxelena ponía su origen en Santander y otros piensan que se trata de una metátesis de la palabra “meteko”, extranjero, del griego antiguo).

La concentración lingüística es enemiga del plurilingüismo. Se ha dicho que durante el neolítico, hace 10.000 años, se llegó a la máxima diversidad lingüística (recomiendo la lectura de J. Robb, 1993, “A social prehistory of European languages”, revista Antiquity 67:747-760), de forma que, si el número de lenguas que se hablan actualmente está calculado en seis mil o seis mil quinientas, en el período mencionado se hablarían de doce a trece mil. En las actuales sociedades recolectoras del Amazonas y en el territorio de Papúa (Irian Jaya y Papúa Nueva Guinea), la mayoría de la población sigue siendo plurilingüe, no existiendo predominio de una lengua concreta en función de su prestigio, sino del interés comunicativo de las personas en un momento dado.

Esta diversidad igualitaria se ha visto afectada a medida que se han abierto los horizontes de los distintos pueblos, sobre todo a partir del colonialismo, y crecido el número de hablantes de ciertas lenguas, hasta el punto de hacer pensar que existe una correlación entre la expansión demográfica, la difusión cultural y la deflación de unas lenguas en beneficio de otras. Se puede hablar igualmente de las posibilidades de supervivencia de una lengua a partir de un número mínimo de hablantes, como se especula en torno a determinadas especies biológicas.

Pero la competencia entre las diversas lenguas de una comunidad en el siglo XXI –por ejemplo, entre las variantes locales y normativas de, por un lado, el valenciano, el catalán, el aragonés, el asturiano, el extremeño, el gallego y el euskera, y, por otro, el español; o entre el inglés y otras 750 lenguas en Papúa- no es un factor que pueda considerarse de forma aislada para determinar el futuro de una lengua concreta. Si estuviese en manos de Arzallus –que, en realidad, es un simple agente en el proceso de euskaldunización del País Vasco-, acabaría con la existencia del español y de cualquier otro idioma que pudiera hacerle competencia al vasco. Ese es el sentido y el objetivo de las medidas represoras del departamento de educación del gobierno de Euskadi. Pero lo que puede ocurrir es que a la larga sea el vasco el perdedor, al provocar un efecto de rebote en quienes se sienten repudiados por sus orígenes, por sus ideas o por sus lenguas.

Arzallus se ve aquejado de extrema euskolepsia, que se acentúa cuando se halla, en medio de un ensordecedor ruido étnico, ante su inseparable audiencia de vascos, a los que obsequia con elocuentes eructos jesuítico-herderianos y a quienes mira, enternecido, con el ojo derecho, mientras dirige el izquierdo, enrojecido e hinchado como un globo a punto de estallar, hacia el gobierno de Madrid y muy especialmente hacia Aznar. No hay que olvidar que entre los múltiples orígenes del nacionalismo vasco-católico-republicano se incluye el integrismo católico-monárquico-carlista. El mottoJaungoikoa eta lagi zarra” (Dios y la vieja ley) es un calco del ya clásico, por olvidado, “Dios, Rey y Fueros”.

El seudo-icono euskaldún llamado Arzallus recuerda a Zeus convirtiendo un nido de hormigas en una raza legendaria, la de tesalios o mirmidones, que acompañaron a Aquiles a luchar en la guerra de Troya. Entre sus interesantes virtudes se halla su capacidad para mantenerse fiel a sus principios, en contraste con los vascos españolistas e hispanófilos venidos a menos y con esa otra estirpe de inmigrantes, de baja extracción, cuya naturaleza proteica les inhabilita para unirse a un proyecto nacional y, además, les hace actuar como emisarios de una temible bioinvasión, la llegada de especies nuevas que constituyen una amenaza para los endemismos del País Vasco.

El éxtasis de Arzallus, como el de Ibarretxe y otros líderes del movimiento de secesión, es puro contagio de otros muchos delirios que han azotado a los hombres -que suelen luchar por ocupar parcelas de poder- y a las mujeres -que guerrean para defenderlo- desde la época de los románticos y su glorificación de los mitos de la patria. “Un poeta es el creador de la nación que le rodea”, escribió el filósofo y teólogo prusiano J.G. Herder (1744-1803), mientras expresaba su admiración por unos poemas supuestamente escritos por un legendario (imaginario) poeta-guerrero irlandés del siglo III llamado Ossian y traducidos del gaélico al inglés y revelados al mundo a mediados del siglo XVIII por el poeta paleonacionalista escocés James Macpherson.

Herder, excitado por el brillante descubrimiento de Macpherson, expuso la antitética relación entre la cultura popular (lo que Herder llamaba “Kultur des Volkes”) y la cultura de los instruidos, en detrimento de esta última, como no perteneciente a ese pueblo “salvaje”, genuino, amante de la libertad. Exactamente como los vascos de Arzallus y otros, sin omitir a los batasunos, a quienes imaginamos recorriendo satisfechos las verdes praderas independientes de Euskadi. Pero no como ellos, con sus maneras burguesas, ultraconservadoras y filocristianas, o con un perfecto estilo bolchevique a la antigua usanza.

Claro que el modelo macphersoniano, fraudulento, todavía parece encontrar utilidad en el discurso de Arzallus. La épica vasca se halla en proceso de elaboración, por culpa de una decepcionante tradición oral y aún más penosa escasez documental y literaria, de las que hay que culpar a los propios vascos. Da la impresión, aunque algunos tenemos la certeza, de que se está fabricando toda una cultura y una conciencia nacional artificiales, como paso previo al levantamiento final del estado vasco. La restrictiva política de nacionalización de una lengua local como el euskera va en dirección contraria a la de los movimientos de nacionalización de lenguas internacionales como el inglés, el español o el suajili, cuya capacidad de hibridación no anuncia su declive inmediato, sino más bien una transformación gradual, sana y ágil. Causaría espanto en las mentes castizas de Euskal Herria si analizaran el caso de este último idioma, el suajili, que se está convirtiendo en       lengua franca de varios países de África oriental, siendo oficial en Kenia, Tanzania y Burundi y habitual entre los expatriados que viven en Somalia, Yibouti, Etiopía, Omán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Yemen, Finlandia, Italia y Reino Unido-. Mientras tanto, en Euskadi, y en otros territorios donde reina la estrechez de miras, es gran preocupación que todo el mundo, especialmente los forasteros, deje de hablar la lengua oficial de forma “fatigosa” e “inadmisible” y aprenda a hacerlo de una vez, olvidándose inmediatamente de su lengua materna -sobre todo si es el castellano- como mandan los cánones: a las duras o a las maduras.

Bien, el tiempo pasa y las ideas sobre el oficialismo lingüístico pueden cambiar, aunque algunas permanecen invariables a lo largo de los milenios, como las osamentas de los dinosaurios.

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