Albalate del Luchador

por Emilio García Gómez

La Guerra Civil en Aragón (abril de 1937-abril de 1939) envolvió a esta región en el caos, la violencia y la esperanza en un mundo mejor. El episodio que relatamos a continuación fue visto de distintas maneras por sus principales protagonistas.

Mi revista. Ilustración de Actualidades[1] dedicó un artículo, ampliamente ilustrado con fotografías, a las triunfales actividades de la república anarquista instaurada en Albalate del Arzobispo –rebautizado como “Albalate del luchador”- nada más ocupar el pueblo.

Su autor, Juan M. Soler, redactor en campaña de la publicación libertaria Mi revista, describía las mazmorras del castillo, abiertas por el “cacique” local José Rivera, el funcionamiento de la colectividad y la vida cotidiana en la “República” de Albalate, así como la intendencia y estrategia defensiva organizada por las tropas milicianas frente al ejército fascista. El artículo de Soler es un ejemplo de prensa de guerra, en la que los protagonistas de sus propios relatos son ángeles redentores y los de enfrente atroces demonios.

Reproducimos en su totalidad la crónica de Soler:

En Albalate del Luchador. De nuestro redactor en campaña Juan M. Soler.

 Las mazmorras del castillo

En la cima de la colina –”cabezo” llaman en la provincia de Teruel-, por cuyas laderas se desparraman las casas de Albalate del Luchador –antes fué del Arzobispo-, se levanta la mole pétrea, semiderruída, de un castillo.

Castillo propiamente no lo es. Tiene más de mansión señorial que de fortaleza. Tal vez un arzobispo con alma de señor feudal hizo construir en lo que eran sus dominios este edificio cuyas paredes la acción del tiempo va resquebrajando.

En este castillo, José Rivera, cacique, burgués y usurero, todo en una pieza, hizo construir unas tétricas mazmorras para encerrar en ellas a sus convecinos que se permitían censurar su inhumana y egoísta actuación, o bien en un mal año para las cosechas no podían pagarle los réditos de los préstamos usurarios que “cristianamente” les hacía A. M. D. G.

Cuando los fascistas al mando de un “boche” se apoderaron de Albalate del Arzobispo tras dura y valiente resistencia de republicanos, socialistas y libertarios, en las lóbregas mazmorras fueron encerrados más de un centenar de hombres.

José Rivera respiró satisfecho viendo completamente ocupadas las celdas de su “hotel”; pero pocos días después, José Rivera, cobarde y ruin, huía custodiado por unos guardias civiles traidores que al saber que avanzaban desde Caspe nuestras Milicias camino de Híjar, corrían a campo traviesa, abandonando en su huida sus charolados tricornios.

Hoy Albalate del Arzobispo es Albalate del Luchador. Los calabozos del castillo están vacíos y sus puertas forradas de hierro -cinco dedos de grosor- aparecen abiertas. Parecen bocas de vieja desdentada que se ríen burlonamente de José Rivera, del alemán y de los civiles.

La “república” de Albalate

Sargentos y oficiales de Artillería, en Albalate destacados a la espera de salir hacia Belchite o hacia Teruel, han constituido, para comer, una simpática colectividad. Todos son compañeros -la palabra camarada recuerda demasiado a los teutones de Hitler- y de ellos cuidan dos simpáticas mujeres: la tía Pilar y María. Dos mujeres que se desviven para hacer maravillosos guisos bajo la dirección del teniente Artiles, un excelente artillero y un inmejorable cocinero.

Las comidas transcurren en un afable ambiente de fraternidad. La bota llena de buen vino corre de mano en mano mientras surgen chistes y felices ocurrencias. Mientras humea la sabrosísima sopa en los platos o se arañan con los dientes las chuletas de cordero, todos son iguales. Después, cuando los cañones del 15’5 son emplazados en pleno campo para realizar maniobras, la disciplina cuida de colocar a cada uno en su lugar debido. Y cuando el capitán Castillo, un hombre simpático, inteligente y afable, hace su aparición en la “república”, todos aquellos sargentos y oficiales, republicanos, anarquistas y socialistas, de pie y saludando con el puño en alto, que aproximan a la cabeza, dicen al unísono: -A la orden, capitán. En la “república” de Albalate todo es corazón. En la “república” de Albalate todo es disciplina.

“El alférez de Artillería Fernando Soler, hijo de nuestro redactor Juan M. Soler, en su guardia”

 La gentil enfermera

¿Recordáis aquella famosa bailarina que exaltaba con sus danzas al público del Cómico de Barcelona? ¿Recordáis a Liana Gracián? Pues bien, Liana Gracián ha dejado el teatro para convertirse en enfermera. Ha huido de los escenarios para refugiarse en este Hospital de Sangre de Albalate del Luchador.

-¿Qué le ha impulsado, Liana, a este cambio en su vida?- le preguntamos.
Liana enmudece unos momentos y a seguido nos dice:
-Yo también quiero contribuir a la lucha contra el fascismo.

¿Vamos a creerla? Sí. Vamos a creerla; pero también sabemos que un conflicto sentimental obligó a la más gentil y más aplaudida de nuestras bailarinas a marchar al frente. Es un secreto que ella quiere ocultar y que nosotros adivinamos.

Sin armas se gana también la guerra

Foto de Liana Gracián y Juan M. Soler. Aparece recortada del original escaneado por la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España. Abajo, Liana en 1929 y 1933

 

Un taller de reparaciones de automóviles situado en la carretera

El experto mecánico José Jiménez, al frente de un puñado de inteligentes y laboriosos obreros, desde el mes de agosto está reparando los autos que velozmente corren de un lado para otro por estas carreteras del Sur Ebro.

Más de mil coches llevan reparados. Mil coches que a no ser por estos hombres estarían tumbados en las cunetas de las carreteras. Más de mil coches que prestan inestimables servicios a la causa antifascista.

Para combatir a los mercenarios de Franco, además de bravos soldados que empuñen el fusil o manejen diestramente la ametralladora y el cañón se necesitan hombres como estos mecánicos que trabajan ocho, diez, doce horas, las que sean necesarias, y para los cuales no existen domingos ni semana inglesa.

También, también son ellos soldados de nuestro Ejército y con gran tesón contribuyen a nuestra innegable victoria.

 Los artilleros

La batería de obuses del 15’5 tiene buenos mandos y también tiene buenos artilleros.

Todos ellos desean que sus cañones rujan para destrozar a las mesnadas moras, italianas y alemanas que a las órdenes de Cabanellas operan con insuperable miedo en los frentes de Aragón.

Se impacientan porque no salen hacia las avanzadillas para bombardear Belchite o destruir Teruel.

A la molicie de las guardias, en el cruce de las carreteras que van a Lécera y a Hijar, prefieren la vida inquieta, no exenta de peligros, de campaña.

Cuidan sus cañones como cosa suya. Los miman, los limpian, los preparan siempre cuidadosamente para que estén dispuestos a engullir el proyectil que ha de abrir brecha en el campo enemigo.

La mayoría son mocetones vascos que vinieron de Irún. Desean lucha, y cuando les interrogamos nos dicen, poseídos de fervoroso entusiasmo:

—Aquí no pasará lo de Irún… ¡Ya verán ellos, ya verán!

En este punto terminaba la crónica de Juan M. Soler para Mi revista. Lo que realmente nos ha provocado sorpresa y horror ha sido su referencia a dos mujeres, “la tía Pilar y María”, encargadas de preparar sabrosos guisos, bajo las órdenes del teniente Artiles, para disfrute de los milicianos. Esas dos mujeres eran con toda probabilidad, las hermanas Pilar y María Gómez Manero[3], de 26 y 25 años de edad en marzo de 1937, hijas de una humilde y numerosa familia de jornaleros. Mucho antes de caer en nuestras manos el artículo de Soler, ya habíamos leído y escuchado la narración que hizo María Gómez en sus recuerdos, publicados como Mis memorias (Zaragoza, 1996), y en innumerables conversaciones familiares, sobre las condiciones de vida en tiempos de guerra y bajo la dictadura del proletariado. El relato que sigue forma parte de las citadas Memorias de María Gómez Manero y confirma lo relatado por el corresponsal de guerra de Mi revista en marzo de 1937:

Relato de María Gómez sobre la guerra en Albalate del Arzobispo

María Gómez Manero, c. 1935

También a mí me las hicieron pasar mal, pues me llevaban al campo a coger lo que había y llevarlo a la iglesia, que habían convertido en cooperativa, adonde tenían que llevarse todas las cosechas, y después, con unas cartillas, íbamos a que nos dieran para comer ¡que era muy poco! Un día fue mi madre y lo único que le dieron fue una cabeza de ajos.

 Pilarín[4] estaba con su padre [se trataba de Román García Gárate, maestro nacional y uno de los alcaldes de Albalate]. Tenían una chica -Concha- que les hacía la limpieza. De momento ellos no tenían peligro, ya que el padre de esa chica era uno de los que más influencia tenían, cosa que les valió, porque a todos que tenían asistenta se la quitaron; pero Concha estaba muy contenta con ellos y le dijo a su padre que no quería irse de casa de D. Román, “porque estoy muy bien y les quiero.” Pilarín no andaba bien de salud; por eso yo estaba mucho con ella, pues nos queríamos como hermanas.

Pronto volvieron a detener a más gente -a 10 personas-, entre ellos al padre de un seminarista, a quien mataron por haberse escapado su hijo. Todos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Santísima Virgen de Arcos!” De esto se enteraron algunos hombres que, ocultos por los caminos, les siguieron, viendo todo el drama [puede leerse la descripción de estos asesinatos aquí y aquí].

A mí seguían haciéndome trabajar. Como allí levantaron el cuartel general, acudían todas las fuerzas del frente, que venían a comer y a descansar. En los locales de las escuelas, junto al cuartel, hicieron unos comedores, donde se daba de comer a todos. Como necesitaban gente, nos cogieron a unas cuantas chicas para servir en los comedores y había que hacerlo con toda la etiqueta, como si fuera comida para grandes personajes.

De las casas que requisaron, sacaron ricos manteles y ropas de hilo bordadas. Allí había cubiertos de plata, ricas vajillas, todo completo, que daba pena ver, ya que luego no servían para nada, pues cogían la comida con la mano. Con toda delicadeza nos gritaban: “¡Tú ponme vino! ¡Quítame este plato!” Derramaban el vino en los manteles y, como eran tan señoritos, había que cambiarles el mantel en todas las comidas. Nosotras, a lavarlos, y como el vino no se quitaba, había que meterles buenos chorros de lejía y, a los pocos días, todos estaban rotos a tiras. Allí en la acequia nos poníamos buenas de lavar; yo lloré muchas veces al ver aquello.

Con el tiempo se terminaron todos los corderos, los cerdos, los pollos y los conejos, y ya no había con qué alimentar a toda aquella chusma.

La vida transcurría igual. Nadie decía “adiós” por la calle; todos con el puño en alto: “¡Salú!” Muchos, a cuenta de miedo, o por oírlo tanto, repetían “¡Salú!”, pero yo no lo hice nunca.

Dejamos aquí  uno de los episodios que marcaron para siempre la vida de las gentes humildes de Albalate del Arzobispo.

Notas

[1] Juan M. Soler, “Estampas de la guerra. En Albalate del Luchador”. En Mi Revista. Ilustración de Actualidades. Barcelona. Año II, Núm. 11, 15 de Marzo de 1937, págs. 32-33.
[2] José Rivera logró salvar la vida huyendo a tiempo a Zaragoza.
[3] Pilar Gómez Manero estaba casada con un miembro de la CNT en Albalate, Laureano Molina López. De ellos nacería, el 30 de marzo de 1937, Laureano Molina Gómez, a quien debo muchísimo como una de las fuentes principales de la modesta genealogía de nuestra estirpe por parte materna. Respecto a María Gómez Manero, que, en marzo de 1937, tenía 25 años, se convirtió en la esposa del único hijo superviviente de D. Román, Emilio García Alegre. María y Emilio fueron mis padres.
[4] Se refería a la que, tres años después, sería su cuñada, Pilar García Alegre, hija de D. Román.

Proyecto “etnografía de la memoria”

Etnografía de la memoria. Padres rurales e hijos urbanos: lugares, oficios, emigración y supervivencia

Este proyecto sigue la línea iniciada por el profesor Tom Fricke, de la Universidad de Michigan, intitulada “Rural Parents & Urban Children; Place, Work, Migration, and the Natal Home”. En él se analiza la familia “como una extensa red de relaciones y explora la transformación de la cultura y el trabajo familiar a través de las generaciones.”
El puerto de salida y regreso es cualquier lugar. Las rutas de la travesía alcanzan muchos pueblos, a veces lejanos, e implican a numerosos personajes, la mayoría sin relación con sus orígenes.
La cultura familiar coincide parcialmente con la de la comunidad, teniendo en cuenta que los individuos de cada agrupación no siempre responden a estímulos exteriores, sino que toman decisiones propias y, por tanto, adquieren características privativas que, a su vez, pueden influir en terceros. Los cambios materiales y emocionales producidos en un personaje pueden sin duda afectar a todos los componentes del grupo. Básicamente la familia gira en torno a los episodios vitales más universales: nacimiento, enfermedad y muerte; trabajo, alimentación, ocio y educación; participación en la vida social y aportación a la comunidad. La mayoría de los individuos realiza su trayecto de forma anónima o invisible para quien no se halle en el mismo recinto habitacional, sea el pueblo o la familia.
El método etnográfico requiere tiempo, paciencia, meticulosidad y un gran empeño en recoger datos e imágenes antes de que nos se acabe el tiempo biológico del que disponemos. Analizamos las historias parciales de las distintas ramas familiares y los rasgos que las han caracterizado: el concepto de identidad, el uso y el valor del trabajo, las relaciones entre los miembros, los lazos de lealtad y obligación o las pérdidas de conexión.

La catástrofe de Aberfan

Emilio García Gómez

50 aniversario de la tragedia de Aberfan

Gales no es un país cómodo para quien procede del sol y de la sequía. Desde mi llegada al valle de Rhondda a finales de agosto de 1965, apenas vi el sol hasta el mes de abril del año siguiente. Gales es una región especial. La lengua hegemónica casi siempre ha sido el inglés, abriéndose paso a codazos con la lengua natural, el galés, un dialecto de la familia céltica de extremada complejidad que, en las últimas décadas, va saliendo de su declive. Algunos topónimos parecen impronunciables: Llantrissent, Aberystwith, Llanhilleth, Caerphilly, Trecenyd, Treorchy. No podemos ignorar el nombre impronunciable (para los no hablantes de galés) de Llanfair al completo, con su correspondiente transcripción fonética [IPA]:

Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch
[ˌɬan.vai̯r.pʊɬˌɡwɪn.ɡɪɬ.ɡɔˌɡɛr.əˌχwɪrnˌdrɔ.bʊɬˌɬan.təˌsɪl.jɔˌɡɔ.ɡɔˈɡoːχ]

Hay rincones que resaltan por sus reminiscencias románicas: Castellan, Castell Coch, Castell-y-Bere.

 

Gales, sobre el Canal de Bristol. En verde, Rhondda Cynon (Condado de Glamorgan)

Los habitantes del valle de Rhondda (en realidad Rhondda agrupa varios valles) se han dedicado tradicionalmente a la extracción del carbón, a la industria auxiliar y a los servicios. La ciudad comercial más próxima a Cardiff –la capital de Gales- es Pontypridd, a pocos kilómetros de Porth. Allí acudían los jóvenes los sábados por la tarde para ir al cine, hacer algunas compras o simplemente huir del aburrimiento. En los años sesenta, los domingos todo el país quedaba clausurado, excepto las iglesias. El poco entretenimiento audiovisual que proporcionaba la BBC se reducía a plúmbeos servicios religiosos. El ambiente dominante era de trabajo, ahorro y austeridad. Los viernes y los sábados por la tarde se abrían los pubs para acoger a los trabajadores industriales con sus esposas y los jóvenes mayores de dieciocho años, que se resarcían de su fastidio cotidiano bebiendo sin pausa enormes vasos de cerveza al abrigo de la estufa de carbón. A las diez y media de la noche el camarero tocaba una estridente campana al grito de “last orders” o “last drinks”, ofreciendo a los clientes la última oportunidad de comprar más bebidas alcohólicas, tras la cual se cerraba la barra y sólo se permitía consumir lo que quedase en las mesas.

Interior del cine White Palace de Pontypridd. Posteriormente fue derribado

John Ford, en ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was my Valley!) retrató con crudo realismo la vida proletaria de los mineros y de sus familias. Aunque sus escenas en blanco y negro fueron rodadas en unos estudios de cartón-piedra levantados en Malibú (California), reconozco en ellas perfectamente los rincones de las pequeñas poblaciones que salpican los valles de Rhondda, las calles flanqueadas, frente a frente, por hileras interminables de casas adosadas de dos o tres plantas, con muros enlucidos de mortero o de ladrillo rojizo y tejados de pizarra.

Escena de “¡Qué verde era mi valle!” (1941)

Las laderas de las montañas que circundaban la región durante mi estancia estaban cubiertas de lodos negros, restos de la extracción del carbón, o por una manta verde de hierbas, árboles y arbustos a cuyo pie corría un río de aguas grises. Cuando no llovía, se desplomaba una niebla espesa y húmeda, convirtiendo el paisaje en un recinto hermético y silencioso, propicio para la angustia, el misterio y los espectros.

En mayo de 1965, pocos meses antes de mi llegada a Porth, hubo una explosión de gas metano en la mina Cambrian, cercana a Tonypandy, que barrió 300 metros de túneles y acabó con la vida de 31 mineros. Las causas del desastre fueron la mala ventilación y un inadecuado sistema de mantenimiento, a lo que se añadió la acumulación de monóxido de carbono. El drama sacudió la pequeña ciudad de Tonypandy.

La mina Cambrian de Tonypandy

Los habitantes de Tonypandy desfilan en silencio por la calle principal

El 21 de octubre de 1966, poco después de marcharme de aquella zona, un temporal de lluvias provocó un corrimiento de residuos acumulados por la extracción de carbón en la mina de Merthyr Vale, aplastando a 144 personas -116 escolares y 28 adultos- en el pueblo de Aberfan, a pocos kilómetros de Porth.

Abajo, imágenes de la tragedia

Los niños acababan de entonar el himno anglicano All Things Bright and Beautiful (Todas las cosas radiantes y hermosas) en su habitual asamblea matinal:

All things bright and beautiful,
All creatures great and small,
All things wise and wonderful:
The Lord God made them all.
Each little flow’r that opens,
Each little bird that sings,
He made their glowing colors,
He made their tiny wings.
The purple-headed mountains,
The river running by,
The sunset and the morning
That brightens up the sky.
The cold wind in the winter,
The pleasant summer sun,
The ripe fruits in the garden,
He made them every one.
The tall trees in the greenwood,
The meadows where we play,
The rushes by the water,
To gather every day.
He gave us eyes to see them,
And lips that we might tell
How great is God Almighty,
Who has made all things well.

(versión española)
Todas las cosas brillantes y hermosas,
Todas las criaturas grandes y pequeñas,
Todas las cosas sabias y maravillosas,
El señor Dios las hizo todas.
Cada pequeña flor que se abre,
Cada pequeño pájaro que canta,
Él hizo sus colores intensos,
Él hizo sus alas minúsculas.
El hombre rico en su castillo,
El hombre pobre en su puerta,
Él los hizo, altos o bajos,
Y estableció su jerarquía.
Las cimas de púrpura,
El río que fluye,
La puesta del sol y la mañana
Que iluminan el cielo.
El viento frío en el invierno,
El sol agradable del verano,
Las frutas maduras en el jardín,
Él lo hizo todo:
Los árboles altos en el verde bosque,
Los prados donde jugamos,
Los juncos junto al agua,
Recolectados a diario;
Él nos dio ojos para verlos,
Y labios que puedan decir,
Qué grande es Dios Todopoderoso,
Que ha hecho todas las cosas bien.

Última foto de una de las clases engullidas por los lodos

No todas las cosas se hicieron bien en los últimos 10 años de explotación de la mina, ni tampoco aquella mañana, en la que fallaron los sistemas de alerta ante lo que se avecinaba. La tragedia se ensañó con los confiados vecinos de Aberfan. Hoy, transcurridos 50 años, los supervivientes y los familiares de los difuntos se reúnen para recordar la tragedia y verbalizar su ira y su frustración. Todavía acusan a la prensa de convertirles en víctimas de su propia avaricia, incansables ante la reivindicación de responsabilidades y suculentas demandas de indemnización. Sin embargo, los pobres galeses del valle de Merthyr no se pierden en el pozo negro de la historia. La BBC programó para estas fechas importantes eventos y el Wales Millenium Centre de Cardiff acogía un concierto extraordinario –Cantata Memoria: For the Children/Er Mwyn y Plant– a cargo de la orquesta de Gales, un coro mixto de 150 componentes y otro de 116 niños –el mismo número que el de los escolares engullidos por la montaña de Aberfan.

Cuando terminaron de sonar los últimos acordes, los habitantes del valle, de regreso a casa, siguieron sin poder apartar de si las sombras de sus muertos.

Sheila Waiting. Fotografía de I.C. Rapoport

*Las imágenes que aparecen en este artículo han sido obtenidas de H.M. Stationary Office, a partir de los informes oficiales que se realizaron sobre la catástrofe. El documento completo puede descargarse (22,9 Mb) de http://www.mineaccidents.com.au/uploads/aberfan-report-original.pdf

La foto “Sheila Waiting”, del fotógrafo norteamericano L.C. Rapoport, forma parte de sus tres magníficos ensayos ilustrados sobre Aberfan: http://icrapoport.com/series/aberfan/

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21 de octubre de 2016

 

El Río Martín (IV)

TESTIGO DEL TIEMPO

Cuando a tío Francisco le tocaba el ador, es decir le tocaba el turno para hacer uso del agua de riego para sus campos, tenía que dejar todo y pasarse el día, y a veces toda la noche, esperando que le llegara el agua para poder regar la huerta.

El Ador es una organización colectiva que regula el uso del agua.

La palabra “ador”, según el Diccionario de la RAE, “viene del árabe “ad-dawr”, que quiere decir el turno, la vuelta, el período. Es el tiempo señalado a cada uno para regar, en las comarcas o términos donde se reparte el agua con intervención de la autoridad pública o de la junta que gobierna la comunidad regante. También significaba una cierta contribución que pagaban los moros y judíos en los reinos cristianos. Era una contribución para el aprovechamiento del agua.

Había además una “alfarda” media, un canon incompleto o reducido que pagaban algunas tierras en compensación de no recibir todas las ventajas del riego”.

Alfarda, palabra árabe “al-farda” que significa la obligación, la contribución”. Alfardilla: “cantidad corta que se paga, además de la alfarda, por la limpieza de las acequias menores, hijuelas de las principales”. “Nuestros brazales de interconexión y extensión de las acequias para el riego”.

Como las tres huertas que tenían entonces los abuelos estaban ubicadas en zonas regadas por tres acequias diferentes (Ojo de la Marina, Ojo de Sambatán y la acequia de Los Terreros), el agua le llegaba cuando le tocaba el turno, y muchas veces en el momento más inoportuno.

Por eso el abuelo decía que las huertas, los campos de regadío, “eran muy esclavos”. Es decir, que esclavizaban mucho en su mantenimiento. Había que estar siempre pendiente de la huerta.

albalate_panoramica
Albalate del Arzobispo. (Foto de Teodoro Félix Lasmarías).

El secano, o tierras de monte, era otra cosa. El trabajo era más simple. En definitiva consistía en labrar la tierra, sembrar el grano, y recoger la cosecha. Daba más libertad. Pero se estaba más pendiente de la lluvia. La viña y los olivos también requerían algo más de dedicación y de cuidados, pero nunca tanto como la huerta.

La huerta, cuyas cosechas estaban aseguradas por el aporte de agua a través de las acequias nacidas en el río Martín en Albalate del Arzobispo, requería más trabajo. Trabajo que era compensado con beneficios más constantes, con mayor regularidad, y aseguraban la subsistencia del día a día.

Para el pequeño labrador, tener unos campos para el cereal, algo de viña, y unos cuantos olivos, y además tener un par de huertas constituía una seguridad en su familia.

El Pregonero, por orden de la autoridad, “cantaba” el orden del ador, y todos se sometían a él. Al igual que comunicaba el pago de la alfarda y demás contribuciones. Todo el mundo sabía a qué atenerse.

En ocasiones la alfarda consistía en trabajos por grupos para limpiar las acequias. Todos quedaban obligados a colaborar. El que tenía dinero y no quería, o no podía hacerlo, pagaba a un jornalero para que lo hiciera en su lugar. El arreglo de los caminos se hacía con similar organización. Casi siempre se procuraba que cada uno trabajase en zonas más próximas a sus campos. El interés por hacerlo bien quedaba de esta forma asegurado.

Las acequias limpias permitían un mejor uso y ahorro de agua. Los caminos arreglados proporcionaban mayor comodidad en el acceso a los campos y mejor aprovechamiento de la jornada laboral.

Un buen sistema de riegos y una eficaz alfarda marcaban el índice de cooperación y de superación constante del pueblo.

Lo mismo ocurre cuando se ve en un pueblo el buen cuidado de la iglesia y el buen cuidado del cementerio. Es un indicador de la sensibilidad de sus gentes.

La buena gestión del Ayuntamiento se ve reflejada en la organización para las tareas comunales.

Todos contribuían, con dinero o con peonadas.

Mi abuelo pagaba siempre con peonadas, con su trabajo, lo mismo que la mayoría de la gente pobre. Al cuidado de la huerta se le añadía el cuidado de las acequias.

Conocían muy bien el valor del agua. Por eso la aprovechaban hasta la última gota. Desarrollaron todas las obras que fueron necesarias para ello.

Nuestros mayores se sentían “hijos de la madre tierra”. El río Martín era el padre que la fecundaba.

Tener una huerta, era tener asegurado un primer plato que comer. Además la huerta daba la posibilidad de criar aves, conejos, ovejas o cabras, y sobre todo criar el cerdo que supondría, posteriormente, una despensa suficientemente abastecida. Con los productos de la huerta y sobrantes de la alimentación familiar se lograba el famoso “caldero cocido para el cerdo”. El cerdo engordaba y la esperanza en la subsistencia de la familia se mantenía constante. Todos esperábamos “la matacía del cerdo”. Era un segundo plato bien apetitoso.

Tierra, agua, animales domésticos, formaban una cadena inseparable con hombre.

Pero no todo era tan simple y tan sencillo. La realidad solía ser más dura para mucha gente del pueblo.

El profesor Pina Piquer recoge en su Historia de Albalate (2001) un Informe que el sacerdote Bardavíu Ponz recopila también en su Historia (1914), cuyo autor era el también sacerdote Francisco Ciércoles (1782).

En 1782, Ciércoles entre otras muchas cosas dice:

La agricultura de Albalate daba los datos siguientes:

Regadío: 2.400 juntas*.

Monte: 16.000 juntas.

Trigo, en un buen año: 12.00 cahíces. Uno normal daba 4.000 cahíces*.

Cebada: 4.000 cahíces si el agua de lluvia es abundante. Normalmente: 1500 cahíces.

Panizo: 2.000 cahíces anuales.

Aceite: de 6.000 a 7.000 arrobas* al año.

Vino: de 600 a 800 nietros. (1 nietro = 16 cántaros).

Ganado mular y cerril: de 700 a 800 cabezas.

Ganado lanar y de pelo: 12.000 cabezas de lana y 3.000 de pelo.

Las propiedades del Arzobispo estaban constituidas por

La Pardina de Almochuel, El castillo palacio. El granero. La cárcel. Los hornos. Un batán. Dos molinos harineros (con 3 muelas). Y un molino de aceite (con 7 prensas).

Es decir que de una manera u otra todos iban a parar al peaje del Arzobispo.

En 1824, el Padrón General recoge, según nos muestra Pina Piquer, cuarenta y dos años más tarde del Informe Ciércoles, los datos siguientes:

En Albalate había unos 1.124 vecinos (3.590 habitantes). Un 68 % de los vecinos vivían de la agricultura. Y más del 40 % del total de Albalate no tenía acceso a la propiedad de la tierra o en cantidades ínfimas insuficientes. Es decir que casi la mitad de la población vivía en condiciones de pobreza.

El grupo de eclesiásticos de la parroquia estaba constituido por 15 personas.

Pasaron 78 años y los datos sociológicos habían cambiado.

En 1902, los habitantes de Albalate eran 4.220. De los cuales 2.107 eran varones. Y con derecho a voto (mayores de 25 años) había un censo de 1.049 hombres, porque las mujeres no podían votar. El voto de la mujer no fue reconocido hasta que llegaron los tiempos de la II República.

Los jornaleros albalatinos, es decir, los campesinos sin tierra o ínfimos propietarios ascendían a 556. Suponía más de la mitad de los hombres con derecho a voto, el 63´6 %.

De los Arzobispos a los Terratenientes. Nicasio Bernad Bernad – José Pascual Orna – y Juan Ribera Jordana, tenían más tierra, y posiblemente la mejor, que 1.036 contribuyentes.

En 1.932, treinta años más tarde, y según datos recogidos por Pina Piquer, los números habían seguido cambiando.

Si en 1902 los propietarios con porciones de tierra insuficientes ascendían hasta 63´6 %, en 1932 habían alcanzado el porcentaje del 78´5 %. Entre pequeños propietarios y jornaleros constituían un porcentaje que llegaba al 93´2 %. Es decir, que los que poseían las tierras de cultivo en Albalate eran solo el 6´8 % de la población.

“Hacía falta una Reforma Agraria”. La II República llegó el 14 de Abril de 1931. La República era esperada como “la utopía de los pobres”.

En enero de 1932, comienzan las roturaciones de tierras por parte de los más empobrecidos, y con ello comienzan también las detenciones por parte de la Guardia Civil.

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‘Los Tollos’ en la Sierra de Arcos.

Todavía recuerda mi padre, a sus 99 años de edad, que “en cierta ocasión unos cuantos hombres de Albalate fueron sorprendidos en la labor de roturación de tierras. Y aunque se solía hacer en los lugares más insospechados y más inaccesibles, tarde o temprano llegaba a oídos de la Autoridad.”

Fueron apresados, y como no quisieron o no pudieron pagar las multas correspondientes, fueron a parar con sus huesos en la cárcel del pueblo, ubicada en el antiguo castillo de los Arzobispos. No valieron ni súplicas, ni razonamientos. “Han trasgredido la Ley y deben pagar de una manera o de otra.”

El revuelo en el pueblo fue grande, pero a la cárcel que fueron.

Las mujeres de esos hombres se solidarizaron con ellos, con sus maridos, como no podía ser de otra manera. Hombres y mujeres, y éstas con sus niños y niñas, fueron también a la cárcel. Mi madre y mi hermana (yo no había nacido todavía), durmieron en la cárcel, al igual que las demás esposas, madres e hijos.”

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Subida a la cárcel del castillo. (Foto de 1947).

Pero la autoridad no siempre era tan celosa con el cumplimiento de la ley.

En cierta ocasión (en los primeros años treinta del s. XX), había un grupo de trabajadores en los pinares de la Sierra de Arcos preparados para realizar un trabajo que se les había ofrecido. Les llegó la siguiente orden: ‘como ya es cuarto menguante, podéis comenzar a cortar pinos.’ “

Madera de pino que iría destinada a la construcción de una paridera propiedad de una autoridad del pueblo.

Los madereros pisaron término de Andorra y fueron apresados por la Guardia Civil. En el interrogatorio ante el Sargento de Andorra poco valió la declaración de que habían sido “contratados” por una autoridad de Albalate.

La autoridad hizo “mutis por el foro”, y los trabajadores fueron a parar con sus huesos en la cárcel.

Desde la ventana de la cárcel del castillo y a través de las rejas, en el silencio de la noche, los apresados cantaban unas veces, y otras veces increpaban con palabras gruesas a las autoridades.

Había noches en las que “un fuego cruzado de palabras” se producía desde la cárcel en el Cerro del Castillo hasta el Barrio de Las Cantarerías y el Barrio de Muniesa en la falda del Cerro del Calvario. Y entre ambos cerros la gente en sus casas parecía que estaba dormida. Se escuchaban respuestas a favor de las autoridades, y muchas respuestas defendiendo a los apresados.

Presagio simbólico quizás, que nos recuerdan las palabras cruzadas que se producirían entre las trincheras de los dos frentes durante la Guerra Civil. El Frente Republicano y el Frente “Nacional”.

Durante el día había fuego real. Por la noche se comunicaban a gritos unos y otros desde sus respectivas trincheras.

Así lo recuerda mi padre durante la toma de Belchite, en el frente de Pina-Gelsa-Matamala-Quinto de Ebro, en el de Tardienta-Sierra de Alcubierre, en el de Apiés e Igríes-Huesca, y en especial en el Frente de Gandesa durante la Batalla del Ebro.

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‘Y entre ambos cerros la gente en sus casas parecía que estaba dormida’. (Foto de Teodoro Félix Lasmarías).

Llegó Febrero de 1936 y el llamado “Frente Popular”. Se desbordaron los acontecimientos. Comenzaron las Colectividades Agrarias, “expresión real de la utopía esperanzada de los pobres”, y se produjo la sublevación militar contra la República. La Guerra Civil fue larga y cruel.

Toda España cayó en una Dictadura, la del General Franco, que duró hasta 1978 en que se aprobó la Actual Constitución Española, cuyo 30 Aniversario conmemoramos hoy, 6 de diciembre de 2008. Franco murió el 20 de Noviembre de 1.975.

Las aguas del río Martín fueron aprovechadas todo lo que a nuestros antepasados les fue posible.

Se construyeron puentes: el puente Colgante, el del Batán, el Salto de Agua de la Central Eléctrica, el acueducto de La Canal, el puente de Piedra en el pueblo, y en nuestros tiempos, el reciente puente de “El Olivar”, para el desvío de la carretera hacia Andorra, y una hermosa pasarela peatonal hacia las escuelas y complejo polideportivo.

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‘Recordando’. (Laureano Molina López, de 99 años de edad).

Se utilizaron al máximo las aguas del río construyendo muros, contrafuertes, azudes, canalizaciones, batanes, molinos de harina y de aceite, abrevaderos, centrales eléctricas, matadero, lavaderos; se construyó la presa de Valdoria en las entrañas de la Sierra de Arcos; y todo el sistema de riegos expuesto en el relato anterior “Esfuerzos y recompensas”.

Se construyeron aljibes, neveras bajo tierra (1660), balsetes. Proliferaron las Torres extendidas a lo largo de todo el valle. Se trajeron aguas potables hasta el pueblo desde La Zarza primero (1564), Valdoria después (1913), y finalmente desde el pantano de Cueva Foradada de Oliete (1962).

Con las aguas potables se puso en funcionamiento la fábrica de hielo “La Polar” (1923). Y en los años 40-50, funcionaba, además, la fábrica de espumosos “La Samba” de los hermanos Sanz; gaseosas y sifones, que daban a la población un aire de progreso.

Todo un ejemplo para nosotros en nuestros días.


BIBLIOGRAFÍA:

DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA, de la RAE. Madrid 1.992. 21ª Edición.

HISTORIA DE LA ANTIQUISIMA VILLA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, del Doctor D. Vicente Bardavíu Ponz. Tip. de P. Carra. Plaza del Pilar (Pasaje). Zaragoza. Año 1914.

DE ILUSIONES Y TRAGEDIAS. HISTORIA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, de José Manuel Pina Piquer. Edita Ayuntamiento de Albalate del Arzobispo. Año 2.001.

*Glosario:

Junta o yunta: espacio de tierra de labor que puede arar una yunta en un día. Cincuenta fanegas o algo más de 32 hectáreas.

Caíz, caíces: Medida de capacidad para áridos. Es decir, 38 áreas y 140 miliáreas aproximadamente.

Cahizada: proporción de terreno que se puede sembrar con un cahíz de grano según costumbre en Zaragoza.

Arroba: peso de 25 libras de 16 onzas cada una. (Libra=460 gramos en Castilla. Onza=dieciseisava parte del peso de la libra).

ALBALATE DEL ARZOBISPO. VISTA DESDE EL RÍO Y LA PLAZA DE TOROS

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Composición fotográfica de Teodoro Félix Lasmarías

Zaragoza, 6 de Diciembre de 2008.