Los gitanos: bohemios, zíngaros, romaníes

por Emilio García Gómez*

Gitanos andaluces. Reprod. con autorización de la fuente original (no disponible) http://www.upbustleandout.co.uk/zahara/home/zahara_home.htm

El nomadismo, las deportaciones en masa y las modificaciones de las fronteras han alterado sustancialmente el habitat de numerosos grupos de población a lo largo de la historia. Algunos núcleos étnicos como los kurdos carecen de territorio propio al haber sido repartido entre los estados hegemónicos circundantes. Pero si repasamos la geografía del planeta, no resulta difícil encontrar un espacio que vaya asociado a un pueblo concreto del que recibe su nombre. Azerbayán, por ejemplo, es la tierra de los azeríes, Armenia de los armenios, Abjazia de los abjazos, Kurdistán de los kurdos, Moldavia de los moldavos. Otros pueblos o tribus como los achumawi de California mantienen su nombre e incluso siguen ocupando sus tierras ancestrales, aunque éstas no sean identificadas con una toponimia específica. En teoría sería factible construir una nación para todos ellos, como hicieron los negros de Estados Unidos adquiriendo terrenos en lo que hoy es Liberia y dotándose de un estado; o como han intentado, aunque sin lograrlo, los indios norteamericanos en Dakota bajo el liderazgo de Russell Means. Existe, sin embargo, una población transnacional, la de los rom (romaníes, gitanos) -calculada en 12 millones de personas, aunque no hay un censo fiable-, de la que se conocen sus posibles orígenes, sus asentamientos pasados y presentes, sus manifestaciones lingüísticas y culturales y su organización social, pero no el nombre de la tierra que pudiera darles cobijo como antaño, dada su dispersión por todos los rincones del planeta. Sobre ellos se ha hablado tanto, se han escrito tantas páginas, se han tomado tan extraordinarias medidas políticas de carácter represivo y se han generado tantos mitos y leyendas que excede nuestra capacidad de comprender la verdadera dimensión de la realidad. Da la impresión de que determinadas familias étnicas reúnen una serie de rasgos exclusivos de su estirpe y transmitidos de generación en generación, aunque sabemos sin ningún género de dudas que no es cuestión de herencia genética, sino de conducta social. Se dice, por ejemplo, que los gitanos se multiplican como las hormigas, no tanto por su fecundidad como por su interminable dispersión; que sus hijos pequeños contribuyen sustancialmente al mantenimiento de la economía familiar; que poseen facultades metagnómicas (en realidad son grandes conocedores de la sicología humana); que dominan el arte de la cartomancia y la quiromancia, así como la interpretación de las luces y las sombras en sus bolas de cristal; que venden piedras y amuletos de la suerte para el juego y el amor; que descubren el paradero de los objetos robados; que sanan con sortilegios y hierbas medicinales –llamadas sastarimaskodrabaró– a las personas y las bestias enfermas, especialmente las acémilas, que siempre han constituido una fuente de ingresos; que son despiadados con sus enemigos invocando su maldición; que, a su vez, se libran de los malos augurios metiéndose un trozo de pan en el bolsillo; que raptan, compran y venden niños; que tienen una larga tradición de canibalismo y de vampirismo; que no reconocen obediencia ante nadie ni profesan religión alguna excepto por propio interés. “Nosotros los gitanos”, escribe el poeta romaní italiano Spatzo (Vittorio Mayer Pasquale), “sólo tenemos una religión: la libertad.” Se dice que viven de la rapiña limpiando los campos de sus frutos y vaciando casas, iglesias y ermitas; que trafican con animales y drogas; que reciclan cualquier cosa por inservible que sea; que emplean un código secreto para comunicarse entre sí; que practican la promiscuidad, aunque, como contraste, mantienen una estructura familiar compacta y endogámica, enmarcada por extensiones no directamente emparentadas, como la antigua kumpania; que son, en fin, una raza indomable, inescrutable, infatigable, inasimilable e inexterminable, tan temida como odiada. Uno de estos mitos habla de que cómo los gitanos comenzaron a atravesar Europa portando las cartas del Tarot, presumiblemente obtenidas por los caballeros templarios de los sarracenos, que, a su vez, las recibieron de la India por medio de los árabes. Se cuenta también que los gitanos eran depositarios del simbolismo religioso de los antiguos egipcios. Tras la destrucción de Alejandría, los sacerdotes de Serapis se agruparon para preservar sus ritos. Sus descendientes, los gitanos, que hablaban una antiquísima lengua secreta, iniciaron su éxodo por el mundo trayendo consigo los libros más sagrados rescatados del incendio de la gran biblioteca, entre los cuales se hallaba el libro de Enoch. Por tal motivo se les atribuye una especial competencia para la magia y las ciencias ocultas. Algunas de sus ocupaciones tradicionales -hojalateros, plateros, caldereros, forjadores de cuchillos, agujas, clavos y herraduras- están íntimamente relacionadas con el fuego. Dada su fama de rateros -con frecuencia injustificada-, se atribuye a una gitana la sustracción de uno de los cuatro clavos preparados para la crucifixión de Jesucristo, causándole un sufrimiento añadido. También corre la leyenda de que, habiéndose ordenado crucificar a Jesús, ningún herrero quiso fabricar los clavos conociendo el destino de los mismos. Preguntados los gitanos, se ofrecieron a hacerlo. Por tal motivo recibieron el castigo de andar errantes para el resto de sus vidas. La mayoría de los tabúes intraétnicos obedecen a la superstición y, por tanto, a la ignorancia o el temor ante las consecuencias de hechos puramente biológicos. Como el cuerpo de la mujer posee, según ellos, dos partes, una noble -de cintura arriba- y otra innoble o impura (marimé) -de cintura abajo, es decir, la zona donde se produce la menstruación-, tradicionalmente las gitanas han evitado mostrar las piernas vistiendo faldas largas hasta los pies, bañándose en agua corriente y lavando su ropa aparte de la de los hombres. Otras creencias responden a estímulos de tipo higiénico, como recoger el agua de beber del punto más alejado del río corriente arriba. Respecto al celo que mantienen para salvaguardar sus costumbres arcanas y evitar al mismo tiempo la contaminación y la discriminación de los gadje o gadjikané -gachós, sociedad no gitana-, las graves consecuencias son el analfabetismo endémico, calculado en un 95%, y la automarginación. Los historiadores todavía siguen formulando hipótesis sobre las fechas y las posibles causas de la diáspora, la primera gran migración de los gitanos desde la India, aunque sí se conocen las fechas de su llegada a Europa, a finales del siglo XIV y principios del XV. Es probable que la expansión musulmana por el subcontinente asiático en el siglo XI empujara a las distintas poblaciones y ejércitos organizados para la defensa de la región hacia otros lugares. Quienes habían sido un pueblo sedentario se convirtieron en nómadas -“gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todo aquello que se les antoja“, dice Don Quijote-. Tenemos, sin embargo, la clave del origen indostano de la etnia gracias al auxilio de la lingüística, que ha definido claramente la consanguinidad del romaní y el tronco indoeuropeo. Así nos encontramos con numerosos vocablos procedentes del sánscrito, el marati y las distintas variedades que se hablan en el Punjab, como chiricli (pájaro), nak (nariz), bal (pelo), rup (dinero), panjo (agua), dyago (fuego), jer (casa), calo (negro), terno (joven), tud (leche), grea (caballo), etc. No obstante, han circulado absurdas hipótesis sobre su posible ascendencia ibérica -emparentados así con los vascos-, asiria, atlántide y, por su complexión cobriza, hasta amerindia. Su presencia en Europa inicialmente fue bien acogida. Jacobo V de Escocia (siglo XV) firmó un pacto con un patriarca local para que le ayudara con sus hombres armados a recuperar “Egipto Menor” (Epiro, en la costa de Albania y Grecia). Con el tiempo cambiarían las actitudes de los distintos gobiernos, recelosos del régimen de vida de aquellas gentes. Cuando una rama de gitanos llegó a Inglaterra, Enrique VIII lanzó severos edictos contra ellos, describiéndoles como gente sin ley ni oficio que se autodenominaban egiptanos y que vagaban en grandes caravanas. Muchos fueron condenados a la horca por el simple hecho de ser gitanos. La entrada en España tuvo lugar por Barcelona el 11 de junio de 1447; desde allí se dispersaron por la península. Fernando de Aragón el católico, Carlos V, Felipe II y Felipe V no dudaron en ordenar su expulsión del territorio. Lo mismo hizo Francisco I en Francia, imponiéndoles penas de flagelación, amarrando con grilletes a los hombres y rapándoles la cabeza a las mujeres. En la asamblea de los estados de Orleáns en 1561 todos los gobernadores recibieron la orden de exterminarlos “por el hierro y por el fuego”. Desde el siglo XVI, daneses, noruegos, suecos y finlandeses no les permitieron cruzar la frontera, confiscando todo barco que trajera gitanos y emitiendo decretos de deportación en los siglos XVII y XVIII. En 1578 se prohibió en Polonia darles cobijo bajo graves sanciones; en los Países Bajos, reinando Carlos V, se ordenó su expulsión o, si se negaban a ella, su ejecución; Maximiliano I les vetó la entrada acusándoles de espiar para los turcos. En la antigua Moravia y en Bohemia se adoptó la práctica de cortarle una oreja a toda mujer gitana que encontrasen. Muchos fueron deportados a las colonias europeas de América y Australia. Las ordenanzas salidas de las cortes de José II de Alemania y Carlos III de España les prohibían hablar su jerga, llamada jerigonza -supuesta metátesis de zingueronza, o lengua de los zíngaros- y vestirse a su manera tradicional. En el XVII los gitanos acabaron siendo esclavizados en Valaquia y Moldavia hasta su emancipación en 1856. En Hungría, hasta bien entrado el siglo XX, dada su fama de ladrones, se les prohibía entrar en las ciudades y sólo se les permitía permanecer en los pueblos hasta un máximo de dos días. Numerosos fugitivos de las leyes antigitanas en diversos países se refugiaron en los bosques, lo que dio origen a nuevas leyendas sobre sus prácticas caníbales. George Borrow (1843) cita algunas oscuras leyendas que levantó Juan de Quiñones (1632) acerca de esta sangrienta costumbre. Una de ellas recoge el testimonio de un juez de Jaraicejo (Cáceres) que participó en el interrogatorio bajo tormento de unos gitanos que, supuestamente, habían devorado a una gitana en el vecino bosque de Las Gamas. A pesar de las persecuciones, las agrupaciones de gitanos fueron especialmente numerosas en Hungría y Transilvania. En 1761 la reina de Hungría inició un proceso legal para asimilar a la etnia, facilitándoles instrumentos de labranza, prohibiéndoles vivir en tiendas, expresarse en su idioma y tañer sus instrumentos musicales, excepto en fechas señaladas. También obligó a los niños y a los adolescentes a asistir a la escuela, frecuentar la iglesia y salir del núcleo familiar para aprender un oficio. En algunos lugares aparecen como mercenarios en distintos ejércitos o regimentados de forma autónoma, como en Castilla y Aragón que, en 1618, vivieron horrorizadas el paso de 800 gitanos saqueándolo todo como auténticos forajidos. De 1619, reinando Felipe III,  datan las pragmáticas y cédulas emitidas en Madrid para controlar el movimiento de los gitanos: “CEDVLA DE SV MAGESTAD, tiene por bien, y manda, salgan del Reyno, dentro de seis meses los Gitanos, que andan vagando por el, y que no buelvan so pena de muerte, con los que quisieren quedarse sea en lugares de mil vecinos arriba, ni puedan usar del trage y lengua.” Cuando los serbios se rebelaron contra los turcos hallaron en los gitanos unos excelentes aliados y combatientes. El romanticismo introdujo, sin embargo,

Ilustración sobre los gitanos. “Vous qui prenez plaisir en leurs parolles, Gardez vos blancs, vos testons, et pistolles“. De Les Bohémiens, suite de quatre piéces, por Jacques Callot, (1621). Fuente: Biblioteca Digital Hispánica.

Es de destacar el interés de Igor Stravinsky en incorporar el folclore de los zíngaros en su Petrushka, “Danza de los gitanos” (1910-11).

El escritor germano-francés Georg Bernhard Depping (1784-1853) describió brevemente la presencia de este grupo étnico: “Hay en Europa un pueblo errante ó trashumante, poco numeroso en verdad, que no tiene residencia fija cual los árabes y kalmucos: tales son los gitanos. Véseles divagar en los países donde hay grandes bosques y pocas ciudades considerables; no poseen una pulgada de terreno; no tienen patria; viven miserablemente y duermen en el campo bajo las hojas de los árboles, ó en las cabernas de los montes.” (Historia descriptiva de los usos y costumbres de todas las naciones: comprensiva del carácter, ceremonias, trajes, juegos, fiestas y supersticiones de los pueblos antiguos y modernos.  Escrita en francés por Mr. G.B. Depping; y traducida al castellano con notas por Baltasar Anduaga Espinosa. Madrid: Imp. de la V. de Jordán e Hijos, 1843). Más adelante, el viajero y escritor norteamericano Fred A. Ober hizo un recorrido por las tierras ibéricas y describió brevemente su experiencia con los gitanos de Granada: “Though we stayed in Granada nearly a month, our spare hours, of course, were devoted to the Alhambra, and to excursions to various points of the Vega made interesting by their historical associations. The gypsy quarters above the River Darro frequently attracted us. There these peculiarly degenerate people, the Zincali, or Gypsies, dwell in caves hollowed out of the rocky hillside. They are dirty, dishonest, and inclined to mob every stranger who may seem afraid of them. How they live no one knows; but they are persistent beggars, and gain a great deal in this way, and by ‘telling fortunes.’ Their rude dances and wild songs may be heard at every fair and bull-fight (outside the ring), and they are the worst horse-thieves and jockeys in the world.” (Rambles in sunny Spain: fully illustrated. Boston Estes and Lauriat. 1898).

Los ilustradores, escritores románticos que recorrieron España en el siglo XIX y posteriormente contribuyeron a reducir la carga derogatoria de la etnia gitana, tratándola como grupo claramente diferenciado del resto de la población local, como puede observarse en las imágenes siguientes:

Charles. Clifford, La Alhambra. Gitanos bailando (1862)

UN BAYLE DE GITANO : Costumbres Andalousas – UN BAL DE BOHÉMIENS : Moeurs Andalouses. Lith. par Adolphe Bayot-Jenaro Pérez Villaamil. Imprimerie Lemercier et Cie. 1842

Los gitanos han recibido distintos nombres en diferentes lugares: entre los moros y los árabes eran conocidos como harami ocharami (ladrones), por su inclinación al robo; en Bujaria (región a caballo de Uzbekia, Kazajia, Tadzhikia y Turkmenistán) djiajii (“chachi”); en Hungría se les designaba como czigány, faraoitas (pharaoh nepek, pueblo del faraón) y romungro. Los gitanos armenios reciben los nombres debosa o lom, éste último equivalente al dom que se les daba en Palestina. En Francia se hablaba de ellos como bohémiens (originarios de Bohemia), manouches (“personas”), rômes o gitanes; en la región francesa de Camargue se les llama caraques. En Portugal y España son conocidos como gitanos (contracción de “egiptanos”). Aquí también se les ha llegado a conocer como béticos, moradores de las cuevas de Guadix y Granada, aunque hoy se les identifica mejor como húngaros, zíngaros y, muy especialmente, calés. Esta palabra procede del indostaní kâlâ, que significa “negro”, en alusión a su tez oscura, que en Europa se asociaba al demonio. Hay un dicho en yiddish (judeo-alemán) según el cual “el mismo sol que blanquea la ropa oscurece la piel de los gitanos“. La palabra calé ha dado paso a caló, un dialecto del castellano lexicalizado con términos romaníes. En Macedonia se les conoce por giupci y en Grecia por gyphtos yathinganoi (“intocable”), siendo este último vocablo una falsa etimología para zingari, en referencia a una supuesta secta religiosa asentada en Frigia y Tracia (Asia Menor) que rehuía el contacto con los extraños y que luego se aplicó a los que se dedicaban a las artes de la adivinación. En Alemania se les da el nombre de zigeuner y sinti. La expresión alemana Zigeunernacht (“noche de los gitanos”) hace referencia a la ejecución por gas y posterior cremación de 4.000 gitanos internados en el campo de Auschwitz-Birkenau el 14 de agosto de 1944. Aunque Hitler no pudo encontrar argumentos para eliminar a los gitanos basándose en sus principios de pureza aria, habida cuenta que éstos formaban parte de uno de los pueblos más antiguos de la raza indoaria, el número de miembros de la etnia asesinados por los nazis alegando su inferioridad como especie no nórdica y sub-humana asciende a un millón y medio. En Inglaterra el sustantivo de referencia común es gypsy (de Egyptian, egipcio); en Holanda heidenen (idólatras); en Siria dom y madjub; en Turquía tschingenès; en Rusia, Transilvania, Moldavia y Valaquia tzigani. En Noruega, Dinamarca, Suecia y Alemania se pensaba que pertenecían a la familia de los tártaros asiáticos, por lo que les conocían como tatere, tattare o tater-pak. Tanto en Noruega como en Suecia reciben otros nombres como vandriar (itinerantes), tavringar, dinglare, romanisæl y resande. En Rumania, con una populosa comunidad étnica, se les ha conocido por muchos nombres en función de sus distintas ocupaciones: argentari (plateros), calderari, kalderash (caldereros), ferari (herreros), cutitari (afiladores de cuchillos), lautari (músicos, teniendo en cuenta que sus instrumentos preferidos han sido el laúd, la guitarra y el violín, junto con los de percusión), ursari (domadores de osos) y salahori (constructores de casas). Algunos de los nombres que han recibido en distintos paises evocan su posible origen o son simples variantes fonéticas y trasliteraciones del mismo apodo: agarenos, (hijos del Agar, moabitas), asdingi, astingi, azingani, biadjaks, cadindi, caird, cali, carasmar, churara (de churi, cuchillo), ciagisi, cingari, cingesi, cinquanes, daias, dandari, dardani, faraones, filistinos, gadjar, gindani, gingari, harami, kieldering, kieni, korbut, luri (como la lengua de los nómadas iraníes del mismo nombre), nadsmoends-folk, pagani, romani o romaní, romcali, romnicai, roumouni, sani, sarracenos, secani, siah-indus, sicani, siculi, siguni, sindi, sinti, sloier-pak, splinter-pak, spukaring, tsani, tshigani, tsigani, vangari, zath, zechi, zendji, zeygeunen, zidzuri, ziegeuner, zigenner, zindcali, zinguri, zogori, zoth.

Hoy, todos esos términos -algunos de los cuales son despectivos y discriminatorios- han sido sustituidos formalmente por el sustantivo rom, que significa “hombre” o “marido” (plural roma, femenino romni), para designar a todos los gitanos con independencia de su nacionalidad o país de estancia. En la ortografía oficial, la palabra rom y sus derivaciones aparecen en mayúscula y escritas con doble “r” –Rrom, Rroma, Rromni-.Hay una denominación oficial para la tierra de los gitanos, Romanestán, a imagen y semejanza de Kurdistán, que no es un Estado, pero nos parece mejor rebautizarla (en español) como Romanía, Gitanía, Bohemía o Tsiganía, un lugar etéreo, sin espacio físico ni trazado lineal que abarca países tan diferentes como Afganistán, Albania, Alemania, Argentina, Armenia, Australia, Austria, Bosnia-Herzegovina, Brasil, Bulgaria, Chile, Colombia, Dinamarca, Egipto, Eslovaquia, España, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Gales, Gran Bretaña, Grecia, Hungría, India, Irán, Iraq, Italia, Kazajstán, Letonia, Libia, Macedonia, México, Moldavia, Noruega, Países Bajos, Polonia, Portugal, República Checa, Rumania, Rusia, Suecia, Suiza, Siria, Turquia, Ucrania, Uzbekistán y Yugoslavia. Los nombres propuestos son inútiles como referencia geográfica, pero al menos nos dan una idea de ese eje imaginario sobre el que gira una comunidad de individuos bien distribuidos por todo el mundo y fácilmente reconocibles entre sí por grande que sea la distancia que les separe, compartiendo durante siglos numerosas tradiciones y costumbres como la itinerancia, hablando el mismo lenguaje -aunque se halla fragmentado en múltiples variantes dialectales y subdialectales o sustituido por las lenguas superestrato de la región donde habitan- y, sobre todo, poseer un profundo instinto de supervivencia mediante estrategias de adaptación a las inclemencias ambientales. Hoy se calcula que sólo un 5% de los gitanos europeos siguen siendo nómadas, pero en el pasado, los mismos poderes que les castigaban por negarse a fijar su residencia en un lugar les prohibían acampar y establecerse de forma permanente. Los decretos españoles emitidos desde el siglo XVIII contra vagos y maleantes -mayormente gitanos- lograron arrinconar a la etnia en guetos urbanos, aunque nunca se les permitió vivir en grandes grupos. De la misma manera que se les impedía vivir y vestirse con arreglo a sus costumbres, también se les negó la propiedad de caballos o tierras. Con una clara voluntad de apartarles de la vida social y religiosa, así como de acabar con la raza, se llegó a prohibirles casarse entre sí. Para la sociedad moderna el pueblo gitano forma parte de una contracultura, lo que significa que están condenados al desprecio y la marginación, y, por tanto, son objeto de represalias y de clichés. Distintos autores no han tenido reparos en declarar que en su jerga no existen términos equivalentes a “cálido”, “hermoso”, “deber”, “leer”, “escribir”, “peligro”, “propiedad”, “tiempo”, “verdad” y “silencio”. Hancock (1966) recuerda que los intercambios léxicos son habituales en todas las lenguas del mundo y a nadie puede sorprender que las variantes romaníes hayan incorporado numerosos vocablos de otras lenguas. Pero además denuncia la falta de rigor de muchos autores que no se detienen a comprobar sus fuentes y elabora una amplia lista de palabras y sus sinónimos que demuestran la invalidez de los argumentos empleados:

cálido: tatichosimós, táblipen
hermoso: sukár, múndro, rínkeno, jakhaló, orchíri, pakváro y otras
deber: musajipé, vója, vuzhulimós, udzhilútno, udzhilipé, kandipé, slúzhba, kandimós, thoximós, vudzhlipé
leer: dzhin, gin, chit, giláb, drab
escribir: ram, jazd, lekh, pisú, pisát, chet, skur, skrij, chin
peligro: strázhno
propiedad: májtko, arachimáta, sersámo, trjábo, butjí, aparáti, kóla, prámi, dzhéla, dzhélica, joságo, starimáta, icharimós, astarimós, theripé
tiempo: vaxt, vákti, vrjámja, chéros
verdad: tachipén, chachimós, vortimó, siguripé y otras
silencio: míro, mirnimós

Hay unas cuantos glosarios del hispano-caló accesibles a través de  la Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional de España, como el de  R. Campuzano, Orijen, usos y costumbres de los jitanos, y diccionario de su dialecto con las voces equivalentes del castellano y sus definiciones. Madrid: Imp. de M.R. y Fonseca, 1848. O el Diccionario del dialecto gitano: orígen y costumbres de los gitanos: Contiene mas de 4500 voces con su correspondencia castellana y sus definiciones por A. de C. Barcelona Imp. Hispana, a cargo de Vicente Castaños, 1851. No podía faltar el reputado autor decimonónico y especialista en los gitanos españoles, el propagandista bíblico inglés George H. Borrow, autor de un curioso Criscote e Majaró Lucas, chibado andré o romano o chipé es zincales de Sesé = El Evangelio según S. Lucas, traducido al romaní o dialecto de los gitanos de España [lo chibó en calo romano George Borrow]. Lundra [s.n.]: printed by William Clowes and Sons, 1872.

Soravia (1984) ha establecido la siguiente clasificación de los dialectos romaníes con arreglo a su base étnica: 1) grupo del Danubio representado por los kalderash, lovara y curara; 2) grupo balcánico occidental que comprende a istrios, eslovenos, javates y arlija; 3) grupo sinto: eftavagarja, kranarja, krasarja y eslovaco; 4) grupos rom de Italia central y meridional; 5) grupo británico: romaní galés (ya desaparecido) y anglo-romaní; 6) grupo fínico; 7) grupo greco-turco; 8) grupo ibérico: caló o hispano-romaní. Por su parte, la base de datos Ethnologue enumera 15 lenguas romaníes, a saber, el anglo-romaní del Reino Unido, el caló de España, el domari de Irán, el lomavren de Armenia, el romaní balcánico de Yugoslavia, el romaní báltico de Polonia, el romaní carpático de la República Checa, el romaní fino-caló de Finlandia, el romaní sinte de Yugoslavia, el romaní valaco de Rumania, el romaní galés del País de Gales, el romano-griego de Grecia, el romano-serbio de Yugoslavia, el romaní travinger de Suecia y el danés errante de Dinamarca. Desde el punto de vista exclusivamente étnico hay cuatro naciones o tribus rom: churari, kalderash, lovari y machavaya, con otros subgrupos denominados bashaldé, boyash, calé o gitanos, luri, manush, romungro, rudari, sinti, ungaritza y xoraxai. La clasificación de las distintas familias romaníes se viene haciendo, no obstante, con arreglo a sus variantes lingüísticas: los domari, residentes en Europa Oriental, los lomavren, de Centro-Europa, y los rom de Europa Occidental. Existe una comisión de la Unión Internacional Romaní encargada de codificar un dialecto estándar común para todos los rom, aunque las posibilidades de culminar el proceso con éxito son bien escasas; hasta los más optimistas son conscientes de que una lengua natural no se puede construir ni unificar en un despacho. Parece más lógico y realista adoptar uno de los dialectos ya existentes y más extendidos como el romaní haciéndolo pasar de una versión eminentemente verbal, como la que ha tenido hasta ahora, a otra literaria, con una gramática y un diccionario destinados a su normalización como idioma nacional rom. Con todo, hay que superar enormes obstáculos para asegurar el conocimiento del romaní por todos los miembros de la nación gitana; la mayoría sólo habla la lengua del país donde residen en cualquiera de sus versiones y ni siquiera la escriben. ¿Cómo, entonces, pueden acceder al romaní, que para ellos será una lengua extranjera sin ninguna utilidad y que les expone por partida doble a nuevos riesgos de discriminación? El éxodo romaní y sus estancias temporales en distintos lugares al oeste de la India han modificado sustancialmente los dialectos que trajeron consigo. Aunque prácticamente en ningún lugar fueron asimilados por las culturas locales, es comprensible que se vieran obligados a aprender las lenguas que oían sin olvidar en principio las suyas propias, aunque posteriormente éstas se vieron afectadas por un proceso natural de relexificación a partir de las variedades superestrato. Este fenómeno constituyente por contacto es común a todas las lenguas, sean o no de cultura. De este modo se ha podido reconocer el itinerario del idioma romaní por sus incrustaciones armenias, como por ejemplo grast (caballo), persas (ambrol-pera-, angustri -anillo-), eslavas (ledome-congelado-), griegas (drom -camino-, kokalo -hueso-), etc. Los diversos dialectos eslavos, el magiar, el rumano, el alemán o el español han influido notablemente en las variantes romaníes, alterando profundamente su estructura sintáctica y morfológica y terminando por ocupar su lugar, hasta el punto de que del idioma original indostaní sólo quedan formas híbridas aisladas y desde luego dialectizadas en el seno de los distintos continuos lingüísticos indoeuropeos occidentales.

Un caso particular: los gitanos en Colombia. El difícil escenario para sus derechos lingüísticos.

En septiembre de 2008 tuvo lugar en Bogotá un encuentro de delegados de las diversas Kumpañy del pueblo Rrom (gitano) de Colombia para reclamar su derecho a ser reconocidos como grupo étnico, la preservación de su cultura, la dispensa a sus miembros de prestar el servicio militar y una cobertura sanitaria en todo el territorio nacional, teniendo en cuenta la naturaleza itinerante de los patrigrupos familiares (descendientes de un mismo grupo familiar) y Kumpañy (congregación de patrigrupos).

La interlocución de los Rrom con el Estado colombiano debía conducir a una reforma constitucional que garantizase el reconocimiento y la protección del pueblo Rrom, acogiéndose al convenio de la O.I.T. sobre “Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes” que escude su propia organización social tradicional y tribal. Dos años después, en agosto de 2010, el gobierno aprobó un marco normativo “para la protección integral de los derechos del grupo étnico Rrom o Gitano.”

El argumento es formalmente incuestionable y políticamente correcto, pero me hace dudar de su apartamiento de la utopía y el cliché, puesto que no renuncia expresamente, por ejemplo, a la “kriss romaní” –la ley gitana-, a veces incompatible con los usos del resto de la sociedad. Mientras se plantea la necesidad de legislar a favor de la diversidad de origen y la igualdad de derechos en un espacio social en el que necesariamente han de convivir ideologías, credos, familias y conciudadanos de orígenes y estirpes dispares, se ignora el orden canónico cultural, lingüístico, social y, quién sabe si también político, imperante en el país, que ha sido y está siendo utilizado en muchos estados del planeta como salvaguarda de un etnicismo integrador y endogámico, frente a la disgregación y la pérdida de energías que supone el criollismo y el hibridismo.

La cuestión planteada por los gitanos de Colombia me trae a la memoria el bosquejo que hizo el crítico marxista ruso Mijail Bajtín acerca del contexto lingüístico observable en un discurso: uno de heteroglosia (diferentes formas de hablar de los personajes con arreglo a su experiencia cultural y social) y otro de monoglosia (todos los personajes hablan con el mismo código lingüístico, con independencia de su extracción cultural). El lector, que es ajeno a la trama, puede adaptarse perfectamente a cualquier escenario que le plantee el autor, aunque a veces quede desconcertado por la discrepancia de estilos verbales, teniendo o sin tener en cuenta la identidad social y cultural de los personajes –por ejemplo, un aldeano del Bajo Aragón hablando con una prosa impecable, o un licenciado extremeño expresándose en vernáculo popular como si la universidad no hubiese dejado en él huella alguna-.

Los gitanos de Colombia han ganado sobre el papel la batalla del reconocimiento de sus derechos en igualdad de condiciones que el resto de sus paisanos payos, pero tienen de antemano perdida la guerra por ser exactamente eso: gitanos. Y es que ser gitano o payo, dentro de la disparidad de sus respectivas creencias y costumbres, no puede mantenerse como estigma ni convertirse en prebenda en un estado que continuamente se cuestiona si ha de proteger los derechos del individuo por encima de los del grupo, o a la inversa. De otro modo jamás se puede salir del contexto de campesinos y obreros industriales abriéndose paso a puñadas y codazos entre los señoritos representantes de la “Kultur und Zivilisation” a la germánica, como mundos antagónicos.

Los gitanos colombianos tienen algo más en qué pensar: la intromisión del romaní en Colombia, que no es un idioma amerindio, sino indostano, arrastrado a lo largo y lo ancho de la geografía mundial durante el éxodo secular de las familias Rom. Es el caso opuesto a las lenguas importadas en situación hegemónica. En Argelia, por ejemplo, se observa el uso preferente de una lengua exógena -el árabe clásico, el francés y el español- compitiendo ágilmente con las variantes locales. De forma similar, el español se enseñorea ante las lenguas indígenas de Colombia, Paraguay o Méjico, y el inglés en prácticamente todos los continentes. En muchos rincones del planeta tan alejados como Finlandia, Quebec y Cataluña se considera como exoglósica la presencia de una o varias lenguas que no se reconocen como autóctonas y que rivalizan con estas últimas como consecuencia de la hegemonía política, cultural y social de grupos de invasores, colonizadores y emigrantes. Cuando la situación es reversible, como en el caso del catalán y el francés canadiense, se procede a la revitalización del vernáculo (sin olvidar que el francés de Quebec es una lengua exógena) cueste lo que cueste, minorizando e incluso suplantando al idioma supuestamente usurpador. Pero el romaní en Colombia, a pesar de sus 80.000 hablantes de la variante vlach, se halla, como la mayoría de las ochenta lenguas vivas del país, en estado crítico, viéndose obligado a moverse entre la endoglosia (cultivo y uso preferente de las variantes locales indígenas) y la exoglosia (primacía de un idioma importado como el español), teniendo en cuenta, además, que los Rom son prácticamente ágrafos.

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Bibliografía consultada:

Boretzky, Norbert und Igla, Birgit (1994), Worterbuch Romani Deutsch Englisch. Wiesbaden: Harrassowitz Verlag.
Borrow, George (1843), The Zincali. London.
Cervantes, Miguel de (1604), El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, cap. XXXI.
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*Este trabajo fue publicado originalmente, en forma resumida, bajo el título de “Romanía, Gitanía, Bohemía”, en Sincronía. Winter/Invierno 2001. Año 6 / Número 21 Diciembre 2001-Marzo 2002

Naciones étnicas y culturales. El síndrome de métis

Emilio García Gómez

Familia métis en Manitoba

El conflicto que se viene presentando en España desde hace generaciones se atribuye a la falta de cordialidad de las instituciones estatales centrípetas con los grupos denominados “étnicos”, sean o no periféricos, con sus lenguas, sus tradiciones y sus ritos. El término “raza” no suele emplearse entre nosotros por sus connotaciones perversas. Con todo, la gente se identifica de una manera o de otra, aunque ninguna de las categorías a las que se adscribe va más allá de las construcciones sociales: ni son científicas ni antropológicas, ya que en todos los casos se desvía la atención sobre el origen social, étnico o geográfico de los individuos y de los grupos que conservan cierta coherencia interna, y se ignora la ley natural de la hibridación y el mestizaje, fácilmente demostrables.

El asunto de la identidad nacional que citan una y otra vez, con absoluta ignorancia, los líderes políticos de nuestro país, es una asignatura pendiente incluso en zonas donde realmente existe una enorme diversidad, como Canadá y Estados Unidos de América.

La Oficina del Censo norteamericano hizo una revisión (30 de octubre de 1997) de los perfiles demográficos y pautas de clasificación de razas y etnicidad, estableciendo cinco categorías de base: indio-americano y nativo de Alaska, asiático, negro o afroamericano, oriundo de Hawái y otros isleños del Pacífico y, finalmente, blanco (procedente de Europa, Oriente Medio y Norte de África). Por falta de mejor asignación, quedaron aparte, por un lado, el grupo “otra raza”, y, por otro, aquellos que no habían declarado en la redacción del censo su pertenencia a ninguna de las susodichas. La elaboración del censo, en unos casos es sumamente compleja y en otros relativamente sencilla. Por ejemplo, los nativos de Alaska se identificaron como esquimales, aleutas, indio-alaskeños, iñupiat (de la región denominada Arctic Slope), yupik, alutiiq, egegik y privilovianos. Las tribus de Alaska constan como alasko-atabascanos, tlingit y haida.

El modelo descrito no puede aplicarse en Valencia, Cataluña, Aragón, País Vasco, Andalucía, Galicia ni en el resto de Comunidades del Estado Español. De los poros de cada ciudadano saldría sangre hirviendo. No obstante, ha habido intentos de aproximar la llamada etnicidad a la ciencia, como el de unos investigadores del Departament de Ciències Experimentals i de la Salut, Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-Universitat Pompeu Fabra). En su trabajo, publicado en inglés en European Journal of Human Genetics (2015) 23, 1549–1557, declaraban “haber intentado diseccionar las intricadas relaciones entre los apellidos (catalanes) y la diversidad del cromosoma Y en Cataluña, que son el resultado de no sólo de su herencia compartida, sino de la historia, la lingüística y la cultura.” Su conclusión fue que “queda por demostrar qué detalles de esta relación son compartidas en otras sociedades europeas y cuáles de éstas albergan nuevos niveles de complejidad.”

Ignoro el alcance de los estudios filogeográficos sobre los linajes del cromosoma Y, pero sí sabemos que los resultados obtenidos son cada vez más discutibles. Cuando se analizó y descubrió la presencia del RH negativo del pueblo vasco, se observó su especial singularidad respecto a la población europea, pero nadie ha demostrado –ni nunca se hará- que los vascos formen parte de una especie a-humana, con necesidades y destinos diferentes. Ni tampoco es fácil determinar, sin causar asombro, quién fue el primero en llegar al sitio. Hay en Girona un magnético Museo de historia de los judíos en el que se puede leer: “Los judíos no llegaron a Cataluña, sino que fue Cataluña la que llegó a un lugar donde ya había judíos desde tiempos muy remotos.” Antes que tú ya estaba yo, sin más disquisiciones.

Museo de historia de los judíos de Girona (España)

Volviendo a la cuestión de las taxonomías etno-sociológicas, el segundo país al que me he referido anteriormente –Canadá- destaca por su complicada estructura étnico-política, social, cultural y lingüística. Los nativos originarios de Canadá reciben el nombre de “primeras naciones”, que alcanzan una población de 1,300.000 personas y constituyen 634 naciones. Quedan excluidos de la terminología los inuit (o esquimales, término peyorativo) y los métis. Estos últimos (la palabra francesa métis significa mestizo) carecen de identidad aborigen, puesto que descienden, desde tiempos coloniales, de uniones exogámicas (una india y un colono francocanadiense o británico), acto conocido como “marriage à la façon du pays” – matrimonio a la paisana-, y están repartidos por tierras canadienses y estadounidenses. Los métis hacen alarde de su propia cultura, al igual que los acadianos (colonos franceses fundadores de Acadia), algunos de los cuales están emparentados con los métis.

Los tratados acordados por europeos e indio-canadienses a lo largo de los siglos han servido de base a la actual administración para el reconocimiento del derecho de las diversas poblaciones –tribus, bandas, naciones- al autogobierno. Para ello se ha tenido que seguir un proceso de reconocimiento de las individualidades como integrantes de una nación concreta, aportando documentación escrita o testimonios verbales identificando a cada solicitante como miembro con pleno derecho al indigenismo.

El resultado ha sido variable. Cuando, por analogía, Quebec exigió al gobierno de Ottawa que reconociese a su provincia como nación, tal y como se venía haciendo con las “primeras naciones”, el Parlamento llegó a aprobar (27 de noviembre de 2006) que Quebec era “una nación en un Canadá unido.”

El nacionalismo nunca acaba con solemnes declaraciones oficiales ni con actos que no conduzcan a la disgregación. Como expresamos arriba, los modelos expuestos parecen ser un apaño para calmar las aspiraciones de los activistas etnocéntricos. Canadá aplica sabiamente la pauta del “gobierno responsable” (gobierno autonómico), tan utilizada por Gran Bretaña en sus dominios, pero conservando la plena soberanía.

Al gobierno español le aterroriza, en cambio, que se levante la voz de la independencia en un territorio de su jurisdicción, exhibiendo una actitud hamletiana ante la posibilidad de caer en el todo o la nada. Por su parte, los líderes de la oposición enarbolan ufanos la palabra nación –nación política, nación cultural, da lo mismo, puesto que el término se lo han silbado a la oreja- sin entrar en más detalles. Pero nadie aclara cómo el resurgir de una nación crea derechos en sus propios agentes y también en los ocupantes de un territorio que carecen de RH o de apellidos privativos, un grupo numeroso que sufre, entre tanto vaivén, del síndrome de métis. La tarea de ejecutar en Cataluña, el País Vasco, Galicia, Aragón, Valencia o Andalucía un censo de razas, grupos étnicos, lenguas, dialectos, hablas, danzas y ceremonias propias de cada nación, pueblo, banda, tribu, barrio o familia, al estilo de Canadá o Estados Unidos, reconociendo y confiriendo a todos sus componentes, mediante tratados singulares, los mismos derechos hereditarios, nos parece inabordable y grotesco.