El universo de la lengua inglesa

En el año 450 después de C., llegaban a la antigua provincia romana de Britannia los primeros anglosajones Ðjutos, sajones y anglos, de estirpe germánica-, supuestamente contratados como mercenarios por un rey del país para defenderse de los pictos y los escoceses que bajaban del norte. A los anglos se deben los nombres de English y England. En 597, el rey anglosajón Etelberto acogió amistosamente a 40 monjes enviados por el papa de Roma, San Gregorio, entre los que se hallaba San Agustín Ð Saint Austin-, alojándoles en Canterbury, permitiéndoles evangelizar a la población y favoreciendo la introducción del griego y el latín como lenguajes de la religión y la cultura. En 865 cruzaron el mar varias hordas de daneses, que lograrían ser reducidos, no sin esfuerzo, por Alfredo el Grande. Finalmente, en 1051, desembarcaron los franco-normandos al mando de Guillermo el Conquistador, descendiente de vikingos. De haber prosperado en 1598 la ocupación de Inglaterra por la armada de Felipe II, tal vez se habría producido la colonización española de las islas británicas.

El resultado de todas estas invasiones fue el nacimiento de un idioma híbrido que Daniel Defoe denominaría inglés romano-sajón-dánico-normando. Quién iba a decir que aquel lenguaje, inexistente en tiempos de Julio César, alcanzaría en el siglo XVI Ðel siglo de Shakespeare, el de mayor esplendor literario- seis o siete millones de hablantes (la mayoría residentes de Gran Bretaña) y, en el XXI, varios miles de millones en prácticamente todos los países del mundo. Se calcula que hoy lo aprenden de sus padres de 350 a 400 millones de personas, y de tres mil a cuatro mil millones como segunda lengua.

La situación geopolítica de la lengua inglesa es de máximo poder, presencia y prestigio. Aproximadamente tres cuartas partes de los mensajes que cruzan el planeta están redactados en inglés. El 70% de la información que se almacena en los ordenadores y el 50% de las transacciones comerciales se realiza en inglés. Es la lengua de más amplio uso entre jefes de estado y representantes de gobierno en el extranjero, en las competiciones deportivas, el tráfico aéreo y marítimo, los canales de televisión, las aulas de las escuelas y universidades de cualquier lugar del planeta. Sin cotizar en bolsa, es el activo que mayor volumen de negocio genera en el mundo. Hay más hablantes de inglés en Filipinas que en Gran Bretaña e Irlanda juntas. Aprender a hablarlo es una meta fundamental para médicos, ingenieros, biólogos, informáticos, periodistas, empleados de comercio y, desde luego, estudiantes.

Se dice, simplificando mucho, que el inglés tiene dos dialectos: el americano y el británico. En realidad, el inglés tiene tantos acentos como espacios donde se oye, sea o no nativo: irlandés, indo-paquistaní, africano, melanésico, etc. Cualquier comunidad de hablantes de una de las 7.000 lenguas que se hablan en el mundo puede producir una variedad inglesa con su especial fonología y léxico regional. De esa manera el inglés recibe diversos nombres: spanglish (anglo-hispánico), russlish (anglo-ruso), japlish (anglo-japonés), deutschlish (anglo-alemán), frenglish o franglais (anglo-francés), singlish (inglés de Singapur), hinglish (anglo-hindi), taglish (anglo-tagalo) o, simplemente, inglés amestizado, como el tok pisin de Papúa, el pidgin de Nigeria, el krio de Sierra Leona, el criollo de Jamaica o el misquito de Nicaragua. Todos ellos son tan impuros, por así decirlo, como el inglés que se habla en Eton o en Windsor, que, no olvidemos, nació del antiguo nórdico, el antiguo germánico, el latín y el franco-normando.

«Una lengua viva», escribió el ensayista norteamericano H.L. Mencken, «es como una persona que sufre pequeñas hemorragias; lo que necesita son constantes transfusiones de sangre nueva de otras lenguas. En el momento en que se cierra la puerta, entonces comienza a morir». El denominado inglés del Tercer Mundo absorbe aromas del swahili del África oriental, el akan de Ghana, el afrikáans de Sudáfrica o el panjabi indo-pakistaní, pero sigue siendo relativamente comprensible, útil y fornido en cualquier sitio.

Separando el idioma por zonas dialectales nativas, el inglés es especial tanto en York como en Londres y Escocia, en Boston, Tejas y California, Australia, Nueva Zelanda y Canadá. Se suele decir que un idioma cambia cada 20 o 30 kilómetros. El dialecto de un obrero del pueblo galés de Tonypandy y el de un agricultor de la ciudad de York pueden ser tan ininteligibles entre sí como el francés del vaquero norteamericano que, tras regresar de un viaje a París, al preguntarle sus colegas cómo se las había apañado con el idioma galo, respondió: «Yo muy bien, pero los franceses muy mal». Sin embargo, las predicciones del lexicógrafo Noah Webster en 1789 acerca de la inevitable y necesaria separación del inglés americano respecto del británico se han cumplido sólo parcialmente: «Numerosas causas locales (…) originarán en Norteamérica un idioma tan distinto de la futura lengua de Inglaterra como lo son el holandés moderno, el danés y el sueco respecto del alemán, o el uno respecto del otro».

Con todo, y a pesar de las distancias geográficas y cronológicas y los variados contextos sociopolíticos y culturales, el inglés internacional es prácticamente el mismo en el campo de la informática, los gabinetes de prensa, la economía y la exportación; un idioma menos restringido que la jerga angloizada de ciertas profesiones u oficios que requieren el manejo de tecnología o información específicas. Existe una vigorosa literatura anglófona, no anglosajona, que se remonta al siglo XVIII, con escritores como Gustavus Vassa el africano (1789), los nigerianos Amos Tutuola, Cyprian Ekwensi, Chinua Achebe y Onuora Nzekwu; el kenyano Ngugi wa Thiong’o; los indios R.K. Narayan, Raja Rao, Balachandra Rajan y Kushwant Singh; y los caribeños V.S. Naipaul y Edward Brathwaite, que no han tenido inconveniente en expresarse en la lengua colonial, y no en su lengua materna.

El inglés es un idioma de máxima neutralidad y, por consiguiente, de mayor utilidad- en países y regiones donde existe una desmedida rivalidad o bien una insalvable diversidad etnolingüística, como en la India, en Nigeria o en Papúa. Paradójicamente, es en la misma Inglaterra donde expresarse en una determinada variedad dialectal del inglés puede convertirse en un estigma social. El acento y el dialecto estándar levantan un muro entre las clases sociales más prósperas y las menos favorecidas, que se entienden en una versión considerada como inferior. Se ha llegado a decir que para elevar el estándar social y reducir la discriminación en Gran Bretaña hay que elevar el estándar del idioma. Cuanto más alto sube una comunidad en la escala social, mayor es el grado de uniformidad en el habla, acercándose, lógicamente, al modelo de las clases medias y medio-altas. Por el contrario, la forma de perpetuar la desigualdad social es alejar a las clases marginadas del inglés normativo. «Es imposible», escribía hace casi siglo el filósofo utopista George Bernard Shaw, «que un inglés abra la boca sin que otro inglés le menosprecie».

Para proteger a la burguesía y la aristocracia británicas, en 1870 se dictó una Ley de Educación que implantaba el inglés oficial -un dialecto del sureste- que, al ser adoptado por los miembros de la realeza, los centros de enseñanza más prestigiosos y, mucho más tarde, por los medios de comunicación, recibiría el nombre de Queen´s English, Oxford English o BBC English. Hablar el estándar ha ayudado a alcanzar buenos empleos y privilegios sociales.

En realidad, lo que hay que hacer es reducir la carga sociológica tanto del idioma normativo como la del dialecto. Hoy va ganando terreno un inglés global, internacional, sin distinciones de acento ni léxico y con una elevada tolerancia hacia las pronunciaciones individuales y los provincialismos, con tal que sea comprensible y no arrastre elementos culturales dogmáticos o peligrosos para el flujo comunicativo u ofensivos a los oídos demasiado sensibles.

Podrá afirmarse que el cubano Castro, el libio Gadafi, el francés Chirac, el afgano Karzai, el iraquí Hussein, el sultán Bolkiah de Brunei y el norteamericano Bush, reunidos para negociar un hipotético tratado de cooperación, se negarían a hablar en otra lengua que no fuera la suya, excepto a través de sus propios intérpretes; pero nadie podrá negar que, una vez desinhibidos los espíritus por el efecto de unos cuantos tragos de orujo, todos comenzarían a blablablear en un inglés casi perfecto, el idioma de los buenos hermanos, amigos y compinches.

Publicado en Levante-EMV 9 enero 2003

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