El síndrome de la frontera

tramo_libre
© Emilio García Gómez

En el momento en que alcanza su apogeo el tirón etno-nacionalista, abogar por una doble o triple conciencia cultural despierta en esos ambientes el recelo y la hostilidad. Es demasiado comprometido mantener la ambivalencia cuando ensordece el discurso de lo propio y lo impropio y ajeno. Unos ven el renacer del nacionalismo como la llegada de la primavera; otros, el regreso del invierno.

Sin embargo, no hay por qué renunciar a la idea de que ni la lengua ni la cultura, como tampoco los privilegios o las diferencias antropométricas, constituyen una frontera natural entre los pueblos o los individuos. Son constructs (hechuras artificiales) que, en el transcurso de las generaciones, han adquirido presencia y contado con la anuencia de las gentes sin que se haya hecho nada por modificar tan reducida perspectiva.

Más bien al contrario. Toda Europa y la geografía humana del planeta están llenas de extranjeros –según el punto de vista- que hablan lenguas distintas, ondean banderas desiguales y, azuzados por sus líderes, enarbolan argumentos culturales y raciales de forma agresiva e intimidante para los restantes pueblos. Al igual que el húngaro Sándor Márai pensaba que en Londres “los ingleses engañaban a sus esposas con una mesa de billar”, del mismo modo creemos que los políticos y los creadores de opinión nos engañan con un hatillo de paja porque piensan que somos miembros honorables de la raza equina, subespecie asina. Pero no lo somos. Nos resistimos a que nos lleven dócilmente del ronzal.

René Schikele, periodista y escritor alemán nacido en Alsacia, se estrujó lo sesos buscando indicios de un “patriotismo europeo”, la posibilidad de que los franceses o los alemanes, o los demás pueblos del viejo continente, llegaran a ser capaces de exhalar como él mismo un pensamiento europeísta. Claro que Schikele tenía  motivos para soñar que Alsacia algún día lograría mediar entre dos potencias tractoras -Alemania y Francia- que, en el pasado como en su época, habían usado la región como campo de batalla y botín a expropiar. Es el drama de los pueblos que sufren el síndrome de la frontera y que son sacrificados por su propio desdoblamiento cultural.

schickele
René Schickele en 1936

Schickele creyó que su patria chica debía dejar de ser linde entre dos culturas para convertirse en puente entre ellas. La generación conocida como Jüngste Elsaß (Neo-Alsacia) fue más allá en sus percepciones de la llamada cultura regional, arqueando las cejas ante los intentos de enaltecer el alemannisch –el dialecto local alsaciano- por el peligro de que fuese engullido por el hochdeutsch -altoalemán o alemán estándar-, lo que chocaba con la búsqueda de una identidad trans-regional que caracterizó al citado movimiento artístico.

Y es que entre el arte, el idioma o el pensamiento hay –y, si no, tiene que haber- un túnel de conexión; una cultura concreta no ha de ser una meta, sino un cable de unión entre los pueblos, un paso más en la senda de la humanidad. Reforzar hasta el extremo alguno de sus componentes equivale a levantar un muro de insatisfacción y rechazo.

Pero esta dualidad no se da exclusivamente en zonas o pueblos limítrofes; aparece con mayor dramatismo en el interior de las llamadas regiones o naciones culturales. Las líneas divisorias no son montes, ríos ni barrancos que señalan los confines de dos pueblos adyacentes, como ocurre entre Alquería de la Condesa y Palmera, en La Safor, separados por una estrecha calle. Son líneas pintadas en otros espectros de color: el acento, el dialecto, la adhesión al espíritu de la tribu. En Valldemossa tuvo George Sand la visión de que en la historia general de la vida humana hay “una gran línea que seguir  y que es la misma para todos los pueblos y a ella se pegan todos los hijos de su historia particular.” Cada historia individual se suma a las demás para formar la historia social, y todos y cada uno de esos episodios se pueden observar y reconocer como universales en cualquier rincón del mundo.

No entendemos que exista un grado de incompatibilidad entre ser valenciano, catalán, vasco, o gallego –por apellidos, por nacimiento o por idioma – y no serlo. Las únicas fronteras de la humanidad son las que ella ha inventado. Todos somos intérpretes de la vida; dedicamos mucho tiempo a elucubrar sobre cosas que han ocurrido, que están ocurriendo, que pensamos que han ocurrido o que nos gustaría que ocurriesen. Por tal motivo, las posibilidades de equivocarnos son muy altas. Seguro que acertamos menos de lo que erramos. No se puede dar una interpretación exacta de casi nada. El pensamiento maniqueo señala a los hombres buenos a este lado del espacio y a los malos al otro: nosotros los valencianos, vosotros los castellanos. Pero es sólo cuestión de perspectiva.

La identidad cultural no necesita exégetas nacionalistas para traducirla adecuadamente. Las fronteras son tan inestables como las ideas. Como dijo el desconocido filósofo: “si después de 20 años se sigue pensando lo mismo, es que no se ha estado pensando.” Una civilización tan pragmática como la anglosajona no avanzó ni un milímetro, en siglos de presencia colonizadora, para ayudar a la masa humana que compone el sub-continente asiático o el África occidental. Su intento de separar identidades acabó en tragedia y partición, saltando por un lado Bangladesh, por otro Pakistán, en medio la India y entremedio o en las afueras Chitral, Cachemira, Bután, Nepal, Sri Lanka y las Maldivas.

La inclusión como estrategia de asimilación o la exclusión como fuerza doctrinal nunca han contribuido a la mejora de la sociedad en ninguna parte del mundo y en ningún momento de la historia. No hay más que echar una mirada a los Balcanes o a las riberas del Mar Negro. Y no podemos dejar de oír el ronroneo endogámico, autocomplaciente e hispanófobo de algunos de nuestros vecinos vascos y catalanes a través de sus portavoces y movilizadores sociales, como si este sentir pudiera poner fin a la enorme disparidad de sus linajes.

Todos somos hijos de tres culturas: la de nuestros padres, la de nuestros referentes sociales (procedan de donde procedan) y la nuestra propia, esa identidad inconfundible y exclusiva que desarrolla cada individuo desde su nacimiento hasta su muerte y que aprovecha los dispositivos a su alcance sin ser una reproducción exacta y robotizada de los mismos. El uniculturalismo es pura entelequia.

Artículos relacionados de Nacionalismo