El “apitxat” de Valencia, el ejército y otras cuestiones delicadas

La palabra apitxat es un misterio por resolver. Mientras Sanchis Guarner (1930) la hacía derivar de pitjar -apretar, comprimir-, el lexicógrafo Coromines (1988) -recientemente fallecido- pensaba que se trata de una metátesis -un cruce silábico- de atxibat, el dialecto hablado en Xiva dels Serrans. Como se sabe, el apitxat -el habla de los denominados churros– se caracteriza, tomando el catalán como punto de referencia, por la pérdida de sonoridad de la consonante africada prepalatal -escrita como tj y convertida en tx-, de la palatal fricativa -escrita como j y pronunciada como x– y de la alveolar fricativa -escrita como z o como s delante de consonante y pronunciada como ss-. También la labiodental escrita como v se convierte en una bilabial africada cuando aparece entre vocales -como ocurre con la v de la palabra castellana suave– o en una oclusiva bilabial, que corresponde a la b de bastón. Al mismo tiempo se observa, tanto en el apitxat como en el valenciano en general, la conversión de la vocal central átona -la schwa-, presente en la mayoría de los dialectos catalanes (aunque no en todos), en una vocal abierta -por ejemplo una a-.

No recuerdo haber visto planteada la hipótesis de la variación que se observa entre el apitxat y la variante lingüística que se habla en la actual Comunidad Valenciana como resultado de un fenómeno de reducción o simplificación. La investigación académica suele atribuír el origen de ese subdialecto a la presión del castellano durante los siglos XV y XVI en determinadas zonas más o menos fronterizas que comprenden el territorio de Segorbe, Xiva, Xeste y Tous, y no a una transformación interna del catalán. El argumento parece irreprochable, aunque en el fondo los cambios lingüísticos que se observan tanto en Valencia como en Cataluña no siempre son exógenos, merced a la influencia de las lenguas vecinas, sino que también se deben a las alteraciones que producen los propios hablantes.

La convivencia entre el castellano y el catalán, y entre el catalán y el mozárabe, ha producido una serie de fenómenos de adaptación más o menos previsibles. Este hecho cae dentro de lo normal y existen casos de dialectos de reciente formación que lo atestiguan. Quienes se ven obligados, por causas instrumentales, a aprender una lengua distinta a la suya, o simplemente tienen el gusto de hacerlo, utilizan recursos similares, sea cual sea la lengua de origen; la versión inicial de su nueva lengua suele ir, por ejemplo, desprovista de los componentes más complejos y más difíciles de aprender, conocidos como marcados; normalmente se simplifica o se elimina la morfología, se recurre a la perífrasis para compensar la rigidez de los elementos periféricos o gramaticales (en lugar de aní se dirá vaig a anar), y se aprovechan los fonemas comunes a ambas lenguas (entre la s sonora del catalán casa y la s sorda de la palabra castellana casa, el hablante castellano mantendrá la s sorda y renunciará al uso de la s sonora, que no reconoce como existente en su sistema lingüístico; lo mismo hace el hablante de apitxat con la africada sonora). El principio fundamental que se oculta tras el roce lingüístico es la naturalización de la lengua adoptada, la aplicación de algunas reglas procedentes de la lengua natural al sistema lingüístico de nueva creación -vulgarmente denominadolengua aprendida-.

No pretendo ofender a nadie que piense lo contrario y crea poseer datos que apoyen su hipótesis, pero tengo serias dudas de que el valenciano, que posee rasgos diferenciales respecto al catalán como los que acabo de mencionar, haya evolucionado hasta su moderna estructura independientemente de la transformación del catalán a partir de la misma variedad de latín vulgar; el código genético y la fisionomía de ambos son tan similares que hacen pensar que, finalizada la ocupación de territorios árabes por parte de los catalanes, e impuesta su lengua, como ocurrió en Mallorca, con el refuerzo añadido del habla de los colonos menorquines en el norte de Alicante tras la expulsión de los moriscos, se produjo y se mantuvo una dialectalización de la versión original -que hoy llamaríamos oficial- del catalán, a lo que contribuyeron las transformaciones sociales y económicas regionales, la intromisión del castellano en zonas lingüísticas no propias, e, indudablemente, el paso del tiempo. Hay un aspecto que conviene no olvidar a la hora de interpretar los cambios que sufren las lenguas: en un ejercicio de economía lingüística, los hablantes tienden a reordenar su inventario léxico, de forma que aquellas palabras cuya función semántica es ejercida por otras permanecen ocultas o enclaustradas, es decir, caen en desuso o bien se convierten en fósiles vivos, mientras que, por otro lado, parece probado que la oferta léxica de unas lenguas, por lejanas que estén, puede alterar la composición del vocabulario de otras lenguas mediante un trasvase cómodo y bien recibido -algo parecido a lo que ocurre entre el inglés y el resto de las lenguas occidentales-. El resultado es la esclerosis del repertorio tradicional o su ampliación con nuevos índices, lo que explica la pervivencia residual o la innovación léxica.

No se puede negar que entre el catalán y el valenciano se ha producido una fractura más o menos importante, y que algunos rasgos del valenciano son enteramente desconocidos en el catalán, y viceversa, dada la evolución desemejante de las sociedades que los han hablado, aunque la estructura gramatical de ambas variantes no ha sufrido cambios catastróficos. Los dialectólogos suelen ser más escépticos y menos radicales que los propios hablantes a la hora de delimitar los confines de las lenguas respecto de sus dialectos, o de los dialectos respecto de otros dialectos vecinos. La separación entre ellos a veces no responde a impulsos lingüísticos sino políticos, como se ha podido observar tras la configuración de Inglaterra y Estados Unidos, o de Dinamarca, Suecia y Noruega, como países independientes, a pesar de que sus respectivos habitantes pasarían fácilmente la prueba, sugerida por los dialectólogos, de la mutua inteligibilidad, para confirmar que dos o más variedades lingüísticas pertenecen o no al mismo continuo. El argumento de que algunos elementos léxicos, fonéticos, fonológicos y sociolingüísticos de, por ejemplo, el danés, el noruego y el sueco, o el valenciano, el catalán y el mallorquín, son diferentes, es decir, locales, no sirve técnicamente para concluír que tienen distinto progenitor, por más que cada variante siga una ruta distinta y, dentro de unos siglos, todas ellas sean formalmente irreconocibles entre sí. Esta cuestión, tan delicada para muchos, sobre todo para los responsables de planificar la formación lingüística de la población a partir de un modelo convencional, ha inducido a los dialectólogos, tras observar la idiosincrasia de las naciones y la dificultad en analizar con mayor precisión el concepto de lengua, a definir ésta como dialecto con ejército y armada. La expresión no resuelve el problema, pero señala el grado de irracionalidad al que se puede llegar en cualquier parte del mundo cuando los políticos, y los ciudadanos por ellos enardecidos, tratan de levantar barreras que dificultan o impiden la comunicación entre los hablantes, el acercamiento de los pueblos y el mestizaje cultural.

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