Desencuentro de culturas

Emilio García Gómez

Henrietta, la joven boliviana recién llegada de su país para atender a mi madre, preguntó camino de casa si la calzada que seguíamos era una carretera o una autopista. Su imagen de las autopistas era posiblemente los pasos elevados a distintos niveles que cruzan las ciudades en las películas norteamericanas. Los coches pasaban zumbando co­mo demonios. Henrietta se quedó perpleja al ver los cofres alargados que portaban algunos automóviles sobre el techo. Pasados unos días se atrevió a preguntar si en España se traslada a los muertos en la baca del coche.

Henrietta era una muchacha indígena con escasos estudios, ninguna cualificación para atender ancianos y afectada del síndrome del emigrante, soñando con su país, con su pueblo y su familia. Las circunstancias hicieron que conviviéramos breve tiempo bajo el mismo techo. Henrietta recibió instrucciones sobre cómo atender a mi madre dependiente y le pedi­mos que se sentara a comer junto a ella, con el resto de la familia. Henrietta desvió la mirada, evitan­do el contacto visual directo.

Me vino a la mente un amigo colombiano, residente en Estados Unidos. Hallándose con su esposa de vacaciones en Medellín, contrataron a una trabajadora para los quehaceres domésticos. Al invitarla mi amigo a sentarse democráticamente con ellos a la mesa, la esposa y la empleada se sintieron agraviadas porque, al ser tratadas como iguales, se abría hueco para el rumor y el escándalo en un país donde todos conocen su rol social. La pobre Henrietta debió sufrir parecido quebranto.

La siguiente ayuda de mi madre que, al poco tiempo, sustituyó a Henrietta, que debió encontrar otro empleo más gratificante, procedía de la costa colombiana. Águeda recibió similares instrucciones y, además, se le pidió continuidad. A una anciana, en su desorientación orgánica, no se le puede cambiar cada mes el apoyo que ha de recibir para su higiene, su alimentación, la toma de medicamentos y su relación social, complementaria al vínculo familiar.

Dos o tres días después, mi madre salía a desayunar con la cara triste y las lágrimas resbalando sobre sus mejillas, algo inhabitual en ella. Descubrí que Águeda la maltrataba. Al vestirla o desnudarla tiraba con violencia de su ropa; le daba órdenes a grandes voces; le negaba la comunicación en los ratos de inactividad. Exigí una explicación y su respuesta fue plantar en la mesa su equipaje mientras gritaba: “Me marcho. Ahí tiene mi bolsa para que compruebe que no le robo nada”. Al parecer, al despedirse ésa es la costumbre en su país. “Como debo tener corazón de perro”, pensé, sintiéndome culpable de la situación, “no entiendo los sentimientos de los gatos”. Muchas veces he lamentado no haber utilizado en aquel momento argumentos más adecuados que acusar a aquella mujer de desequilibrada y racista.

Otra colombiana llegó a casa por recomendación del párroco del lugar. Lucy era hermosa; había aprendido a cultivar su dulce voz, elegir sus apretados pantalones vaqueros, mostrar su espléndido escote. “Esa hembra es peligrosa en tu casa”, le advirtió una vecina a mi mujer. A mí me preocupaba su voluntad de atender adecuadamente a una nonagenaria discapacitada. Se mostró experta en pintarle las uñas y atenderla con una paciencia inagotable. Solía pedir dinero como anticipo a cuenta de su sueldo mensual hasta que llegó el momento de irse de vacaciones. Entonces pidió un préstamo de 3.000 €. Al cabo de dos meses sin reintegrarse a su trabajo y devolver el dinero, su puesto pasó a otras manos.

Contraté a una jubilada rusa, ex profesora de música y con una pensión de su gobierno de 60 € al mes. Natalia hablaba español con esfuerzo y no conocía ni el inglés ni el francés, que nos habrían facilitado la comunicación, pero entendió muy bien su cometido y entre todos logramos formar una comunidad que funcionaba perfectamente.

Por desgracia, un mes más tarde, murió mi madre. Logramos encontrarle a Natalia otra anciana a la que cuidar. En la nueva casa desarrollaba su labor geriátrica, tocaba el piano y daba clases de ruso. Pero el destino quiso que enfermara su propia madre. Natalia se vio obligada a regresar temporalmente a Rusia. Meses después, realizó un viaje relámpago a España para renovar su tarjeta de residencia antes de girar como un sputnik hasta las orillas del Volga. Allí sigue.

Nunca es tarde para describir las distancias o afinidades entre las culturas que supuestamente colapsan o sostienen nuestro universo. Los casos aquí narrados no tienen nada que ver con conjeturas tales como civilización, raza o lengua, sino con la sicología personal y social. No es cuestión de bolivianismo, colombianismo o rusismo. No es cosa de costumbres funerarias ni de genética cultural. Se trata de la naturaleza de la persona, la formación y oportunidades que recibe para ejercer su cometido en esta vida y su capacidad para adaptarse a los cambios.

Publicado en Levante-EMV el 31 de agosto de 2008

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