Chester Himes, al otro lado de la puerta

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Chester Himes enfermo en su casa de Moraira

Corre entre los negros norteamericanos un cuentecillo de dudosa ingenuidad: Llamó un negro a la puerta del cielo y san Pedro le rechazó, alegando que no iba a caballo. Volviendo sobre sus pasos, el negro se cruzó con un blanco. “Señor hombre blanco,” le dijo, “¿va usted al cielo? Pues no podrá entrar si va andando. Pero mire; yo haré de caballo; usted se sube encima y, cuando nos vea san Pedro, nos dejará pasar.” Montó el blanco sobre el negro y, al llegar a la puerta, preguntó san Pedro: “¿Quién va?” “Yo”, respondió el hombre blanco. “¿Vas a pie o a caballo?” “A caballo.” Abriendo la puerta, dijo san Pedro: “Deja ahí el caballo y tú adentro.”

Con implacable fatalidad, la muerte en 1984 del escritor negro norteamericano Chester Himes vino a recordarnos el carácter trágicómico de la existencia. James Joyce lo dijo: la vida es una comedia, y el hombre debe ser suavemente reprendido por su papel incongruente y lastimoso.

El problema es que todos los negros parecen vulnerables, sobre todo a la agresión de su propia raza. “Los negros americanos,” escribió Himes en The Quality of Hurt (1972), “siempre avanzan en la sociedad saltando los unos por encima de los otros.” Ahí queda la pelotera de James Baldwin con Richard Wright. ¿Qué necesidad hay de querer a los negros para identificarse con ellos? En el fondo, a todo negro le basta saber que “el único modo de luchar contra el racismo es con una pistola en la mano.

Nosotros, europeos y blancos, tras recorrer la variopinta galería de personajes en las letras afroamericanas, nos preguntamos si los negros son así porque son negros o porque se comportan como negros. En cualquier caso, resultan atípicos. Junto al negro bailón y simplón, junto al negro sicópata y vicioso, chillón o intelectualoide, hay siempre un negro invisible, sin aparente identidad y sin una existencia justificada.

En 1957 escribía Jean Giono en las solapas de una novela recién editada de Chester: “Os doy todo Hemingway, Dos Passos y Fitzgerald a cambio de Chester Himes”. Lo que elevaba a este escritor por encima del rebaño común era su honesta confesión de no haber concluído con cada libro creado. Pocos como él supieron reducir a sus justos límites la reputación del hombre negro como un simple mortal sometido a la improvisación y al desequilibrio orgánico.

La obra de Himes fue inicialmente esquivada por sus compatriotas. En 1941 intentó publicar una novela sobre sus experiencias en la cárcel -”Black sheep”-, pero los editores la rechazaron. Chester lo atribuyó a que tal vez no había “sangrado” lo suficiente; para que un editor se fijase en un escritor negro, éste tenía que someterse a una cadena de restricciones -la principal, no herir la sensibilidad de los lectores blancos-. Cuando en 1945 salió su novela If He Hollers Let Him Go, la prensa comunista la calificó de “blanqueada”; la prensa negra de sicótica; la blanca de odiosa; y la judía de asquerosa (graffitti en las paredes de un retrete”). Lonely Crusade (1947), Cast the First Stone (1952), The Third Generation (1954) y The Primitive (1954) seguirían un rastro de miseria, desesperación y desprecio. Lo mismo ocurrió después con Pinktoes (1965): pocos supieron valorarla. Sólo a partir de 1960 lograría conectar con el lector norteamericano a través de sus novelas policíacas -esas sutiles fantasías detestivesco-alegóricas donde Chester canalizaba sus inquietudes sociales-.

Hacia 1955 comenzó a pensar que el negro necesitaba otra imagen que la de víctima del racismo blanco. Es posible que se manifestaran ya sus primeros brotes de misantropía: “Ni me gustan los americanos, ni los franceses, ni los alemanes: ni los blancos… ni los negros.”

Dijo Sterling Brown que Chester siempre se mostró rebelde, nihilista, desarraigado y perdido. Convertido en un expatriado más de su país, acogido por Francia y aconsejado por Marcel Duhamel, inició la serie de novelas que le proporcionaron popularidad e independencia económica. Con La reine des pommes (The Five Cornered Square) (1957) obtendría el gran premio de novela policíaca. Los ventajosos contratos editoriales le permitieron asentarse en España (Moraira, 1969). Desde entonces, su vida fue un lento tobogán carente de curvas.

Los largos distanciamientos, tarde o temprano, aniquilan al escritor y a sus obras, haciéndoles perder articulación. Pero la presencia de Chester adquiere especial significado precisamente porque no hubo en él una obsesión estética, sino un movimiento espontáneo; una crítica severa haría indefendibles sus esquemas literarios; sus narraciones son de muy desigual valor; casi todas dejan oír una música turbia, sombría, sangrienta, estremecedora, reflejo de la crispación y las tensiones de raza que padecen sus personajes. La pluma de Chester Himes es como la plancha imperfecta de Man Ray, pintor dadaísta, con su base erizada de clavos, útil sólo para rasgar y lacerar conciencias y actitudes encogidas. Urge, pues, revisar su auténtica dimensión universal.

Cuando Chester murió en 1984, su viuda, Lesley, vendió Casa Griot, en la urbanización Plá del Mar de Moraira, donde habían vivido desde los años 60, y compró una casa antigua, que reformó, en una estrecha calle de Benitatxell (Alicante). El lugar se convirtió en centro de irradiación de la memoria de Chester Himes.

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Casa de Lesley Himes en Benitatxell (Alicante)

En el nicho 56 del cementerio nuevo de Benissa (Alicante), Chester aguarda el momento de cruzar la puerta con una corona de laurel. Junto a él reposan también las cenizas de su viuda, Lesley Himes, fallecida en Denia en junio de 2010 a los 82 años.

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chester_himes_lesley_lapida_cementerio_benissa Los restos de Chester y Lesly Himes en el cementerio de Benissa (Alicante)

Actualizado 20 noviembre 2011

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La verdadera libertad de Chester Himes

La autobiografía de Chester Himes, o la razón del absurdo

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