Joyce Carol Oates

Joyce Carol Oates. Foto de Marion Ettlinger

La memoria indómita

por Emilio García Gómez

Pasé el día de Navidad de 2011 leyendo A widow’s Story (“Memorias de una viuda”, 2011), de Joyce Carol Oates. A media tarde no pude resistir la tentación de escribir a la autora para mostrarle mi agradecimiento por su talento narrativo y su inesperada y valiosa ayuda a la hora de justificar el segundo volumen de mis propias memorias. Estaba furioso después de haber pasado por mis manos el miserable ensayo de Neil Genzlinger en el New York Times (“The problem with memoirs”, 28-1-2011), en el que señalaba canónicamente las condiciones que debe reunir una auténtica “memoir”. Oates me respondió una hora después devolviéndome el saludo y la felicitación de Año Nuevo, justo cuando comenzaba a leer la primera línea de un capítulo: “Es un tema tabú. Cómo traicionan los vivos a los muertos.

Genzlinger tuvo que quedarse mudo cuando, unos días más tarde, la señora Joyce Carol Oates, posible candidata al premio Nobel, publicó sus recuerdos sobre la muerte de su amado esposo, el editor Raymond Smith. Cosas de la vida cotidiana que tanto desprecia Genzlinger; cosas corrientes de gente corriente (los intelectuales, muy a su pesar, también son miembros de nuestra especie) que hablan de lo inexcepcional, lo ininteresante, lo inespecífico de la sociedad, la enfermedad, la muerte y la historia invisible; gente que ha tenido gatos, anorexia, depresión, fobias políticas, religiosas o literarias.

Cómo traicionan los vivos a los muertos, se lamenta Oates, acosada por un incipiente sentimiento de culpa por no haber impedido la muerte de su marido. Sin quererlo, la escritora norteamericana, de aspecto frágil y mente poderosa, elabora una frase que, dicha en nuestro país, pone la sangre en ebullición. “Lo de la memoria histórica es un oxímoron”, declaró no hace mucho Stanley Paine, escandalizado por la mezcla de dos géneros discursales incompatibles, puesto que niegan la competencia del contrario para evaluar el pasado.

Pienso en La ciudad indómita, un libro de historia disfrazado de novela para evitar ser llamado “memoir”. O de unas memorias vestidas de ficción para soslayar la rigidez histórica. O quizás de una novela histórica cuyos protagonistas son el propio autor –el curtido periodista Esteban Greciet- y sus paisanos, en medio del espanto creado por el cerco y la defensa de Oviedo a comienzos de la Guerra Civil. Greciet describe quince días siniestros comparables a los que él mismo había narrado en Preludio de fuego (2009), otra novela, o historia, o memorias precedentes, que presentó en La Nueva España el 5 de octubre de 2009, conmemorando la violencia desatada por la Revolución de Octubre de 1934.

Las evocaciones de Esteban Greciet y las de la profesora de Princeton Joyce Carol Oates son, en cierto modo, equivalentes: hablan de esas criaturas que, parafraseando a Morris West, van trazando sobre las paredes de su cueva las maravillas, las calamidades y las experiencias oníricas de su peregrinaje espiritual. Gentes que fueron y siguen existiendo, gracias a la indómita memoria.

 

 

 

María Gómez Manero (1912-2006)

Mis memorias

Prólogo del editor

Se dice que la historia es el único laboratorio que tenemos para medir las consecuencias del pensamiento, y la memoria el proceso que nos permite reconocer, en un viaje de retorno, la acción de la historia sobre los hombres. Si eso es así, nada hay tan doloroso y tan placentero como seguir en estas Memorias el estrecho pasadizo que nos conduce hasta la raíz de nuestro ser, y presenciar los arcanos rituales de la niñez, las intensas relaciones familiares, las efímeras convenciones sociales, la lucha por la supervivencia, la defensa de lo propio, la protección del amigo y del necesitado. Esta es una parte de un libro reservado para iniciados en el verdadero conocimiento de la historia, un conocimiento que no nace de la presunción, la arrogancia y la fatuidad de quienes se sienten portadores de la ciencia, sino de la candidez, la modestia, la honestidad, la decencia y el decoro de los únicos y auténticos representantes de la vida, la tierra, la religión y la familia.

Mi familia y mi infancia

Mi nombre completo es María Gómez Manero. Nací en Albalate del Arzobispo (Teruel). Vengo de una familia numerosa: mis padres, Remigio Gómez Budé y Eulalia Manero Trullén, eran labradores; mi madre (que aparece fotografiada abajo, sentada junto a la pared), mujer pequeña y menuda, siempre se mostró muy activa. Tuvo doce hijos: cuatro chicos y ocho chicas; dos murieron a los dos y tres años; los diez que quedamos, cuatro chicos y seis chicas, nos criamos muchos años juntos; a todos nos sacó nuestra madre adelante, sanos y siempre unidos.

Eulalia Manero, a la derecha, sentada en la Cuesta de las losas de Albalate. Debajo, una imagen anterior


Mis padres cogieron para trabajar a medias una huerta grande de regadío que pertenecía a una familia rica del pueblo. De todo lo que cosechaban, la mitad era para la dueña y la otra mitad para ellos. Era una finca en la que se cosechaba de todo: muchas hortalizas, numerosos árboles con toda clase de fruta, y un bancal exclusivamente para jardín, en el que crecían toda clase de flores preciosas. Hasta había un naranjo que trajo la dueña. Como en invierno el clima era frío, le ponían unas lonas, sujetas con palos clavados en la tierra, formando un paraguas gigante, para preservarlo de la intemperie. Creció e hizo frutos, unas riquísimas mandarinas. Mi padre nos dijo a todos: “Os prohíbo que cojáis ninguna naranja; es un capricho de la dueña y lo quiero respetar.” Todos lo respetaron, pero yo, que siempre he sido más atrevida, fue quien se comió la mejor naranja. Luego me arrepentí, porque, de enterarse mi padre, se hubiese disgustado, y eso es lo que nunca he querido hacer.

Como éramos tanta cuadrilla, dormíamos de dos en dos. Mi madre se encargaba de atender a las mujeres que venían a comprar y preparaba la comida para doce. ¡Pues no era ya bastante trabajo preparar comida para tantos! Ponía unos grandes peroles de judías secas con chorizo y tocino y una fuente de ensalada de las cosas de la torre, y de postre ya se encargaba cada uno de ir al árbol de la fruta que más le gustaba; quien más alto subía y mejor fruta se comía era yo.

Foto de la casa “Torre Bernad” en el año 2000 (hoy derribada)

Mis hermanas mayores se encargaban de la casa, amasar el pan para toda la familia cada semana y llevarnos a las más pequeñas a la escuela, con ropas sencillas, pero más limpias que el oro y bien peinadas (en todo el día no se movía un pelo de nuestra cabeza). Mi hermana Prudencia, que era la más diligente, me hacía unas coletas que, a pesar de lo traviesa que yo era, me duraban tres días, tan tirantes que, desde entonces, he tenido poco pelo. Mi hermana Joaquina, toda dulzura, se encargaba más de ayudar a mi madre, pero eran tan buenas las dos que las queríamos como si fueran una sola madre.

¡Qué felices éramos tanta cuadrilla, sobre todo a las horas de las comidas! ¡Doce personas a la vez! Disponían una tabla grande en dos caballetes y allí nos sentábamos todos. Por supuesto, antes se descubrían los hombres y rezábamos. Para cenar, mi madre preparaba, en una sartén como una plaza de toros, una fritada de pimientos, calabazas, berenjenas, cebollas y tomates, que antes había cogido del bancal y lavado en la acequia que pasaba por allí, y debajo de una higuera grande que había junto a la casa, hacía el fuego y a freír la cena, que desaparecía en seguida. Como era de noche, no podíamos ir al postre, pero ya se encargaba alguno de mis hermanos de cogerlo antes.

Tres de los doce hermanos: Pilar, Carmen y María

Ésa ha sido mi infancia: sin grandes aspiraciones, pero con la dicha de haber tenido unos padres y unos hermanos maravillosos.

Se nos casaron los hermanos mayores, quedando la familia muy reducida. Mi padre es cosa aparte: era el hombre más bueno del mundo, trabajador y, a pesar de no tener estudios, era el más sabio que habéis podido conocer. ¡Y tan católico y digno de admiración! Lo quería todo el pueblo; cuando salía a la calle, iba siempre rezando. Cuando alguno le veía, le decía: “¡Adiós, Remigio, no dices nada!” “Perdona,” le contestaba, “iba distraído. ¡Adiós!

Mi padre Remigio. Albalate 1947

Voy a contaros algunos acontecimientos que se obraron en él. Un día fue a visitar una conocida ermita que hay en el Maestrazgo de Castellón, la de la Virgen de la Balma. Mi padre entró y se puso a rezar, como era su costumbre. Ya al final, a punto de irse, pero con su gran fe, quiso besar la cara de la Virgen. Se arrodilló y, como sólo llegaba al manto, se puso de pie, pero tampoco llegó más arriba del manto. No se dio por vencido: se subió a la escalerilla que había a los pies de la Virgen y tampoco alcanzó el rostro de la imagen. Entonces, todo asustado y confuso, se fue a la sacristía para contarle al cura lo que le había ocurrido. El cura, viendo la gran sencillez y fe de aquel hombre, le dijo: “¿No sabes que a los santos no se les besa en la cara?” Bajó la cabeza y dijo: “¡Lo sé!”, al darse cuenta de lo que había hecho. El cura le dijo: “Mira, esto que te ha sucedido no es otra cosa que una gran merced que la Virgen te ha concedido.” El bueno de mi padre se fue al pueblo y en casa lo contó todo. Ese suceso fue motivo para que nos explicara cómo teníamos que obrar en nuestra vida (abajo, el Santuario de la Virgen de la Balma).

En las afueras de los pueblos, junto a un edificio, solía haber unas eras, una explanada donde, después de recoger la cosecha del trigo, lo extendían y ponían sobre él unos trillos de madera muy pesados con unas grandes cuchillas de pedernal o metálicas muy afiladas. Los hombres o las mujeres se sentaban en una silla sobre el trillo, dejándose arrastrar por las caballerías, que llevaban sujetas por un ramal, y dando vueltas y vueltas encima de la mies para desmenuzarla. Luego se ponían en el lado que más dominaba el viento y, con una pala de madera, la alzaban para separar la paja del grano, que caía al suelo. Luego, con unas cribas, terminaban de limpiar el trigo y lo metían en el talego.

El “mas” de mi padre Remigio

Un día, al terminar el trabajo, ya de noche, se fueron mis hermanos a casa y mi padre se quedó a dormir en el mas, que tenía una habitación con una puerta de hierro y una ventana al campo. Ya le habían llevado la cena; allí, prieto a la pared, había un trillo, con las cuchillas hacia fuera. Mi padre puso una colchoneta junto al trillo, como si fuera el cabezal de una cama, se acostó y debió tocar el trillo con la cabeza o con los brazos; el caso es que se despertó al día siguiente y vio el trillo a un palmo de su cuerpo, largo en el suelo, con las cuchillas clavadas en el piso. Él, que vio aquello, lleno de espanto, comprendió que le había hecho Dios otro favor. Como en la ermita, se puso de rodillas para dar, llorando, gracias a Dios por haber evitado que el trillo le aplastara. Se preparó para la llegada de mis hermanos con el almuerzo y emprender de nuevo el trabajo; les contó lo ocurrido y mis hermanos se quedaron llenos de espanto; ya nunca más le dejaron solo. ¡Cuánto os podría contar de aquel maravilloso hombre!

Por Cuaresma, se celebraban en Albalate unas misas muy nombradas; traían de fuera buenos oradores y todo el pueblo acudía a la iglesia. Nosotros, por supuesto, íbamos todos en cuadrilla; al terminar, nos sentábamos en unos bancos en torno al fuego de leña y mi padre, con una sartén grande y un mango largo, sentado en un lado, nos hacía palomitas de maíz. Mientras las comíamos, mi padre nos volvía a repetir todo el sermón que habíamos oído antes, añadiendo muchas más cosas de la Biblia que él mismo iba improvisando. Mi hermano Tomás, que era un poco indiferente, le decía: “Pero, padre ¿por qué nos cuenta otra vez lo que ya hemos oído antes?” Mi padre le contestaba: “¡No por saber más se pierde algo!

Un día se fue a regar una huerta pequeña que tenían ellos, mientras mi hermano se fue a otro sitio; se acercó a la orilla de una acequia, por la que corría abundante agua, que servía para regar todo el contorno, y, al levantar la tapadera para que entrara el agua de riego, tropezó y cayó dentro. La corriente se lo llevó dando vueltas; él se agarraba a las matas, pero la corriente le arrastraba otra vez. Así recorrió un buen trecho, corriente abajo, hasta que quiso Dios que se agarrara a una rama de la orilla; se puso en pie y, tranquilamente, salió de la acequia, a pesar de que el cauce tenía mucha altura. Naturalmente salió todo empapado, se puso en un rincón del ribazo al sol a secarse, y allí pasó el día, sin comer. No se hizo ni un rasguño; ni siquiera se acatarró. Enseguida se dio cuenta de lo que le había pasado y, como siempre, de rodillas, dio gracias a Dios por tantos favores que le hacía.
Durante la guerra, mientras caminaba por la calle, uno del pueblo le dijo con el puño en alto: “¡Remigio, salud!”, costumbre que habían impuesto los rojos. Unos, a cuenta de miedo, saludaban así; mi padre, que en aquel momento rezaba la letanía, contestó, sin saber lo que decía: “¡Ora pro nobis!”. En seguida se dio cuenta de la situación y añadió: “¡Adiós, Mariano!

El era así, a pesar de que él y mi hermano Francisco, soltero y mayor, estaban fichados por ser buenos católicos, como otros muchos del pueblo.
Cuando mis padres estaban en la torre, y éramos tanta cuadrilla, siempre nos daba consejos. Mis hermanos y mi padre trabajaban la tierra a medias; como se cosechaban tantas cosas, se vendía a los que venían y, en tiempo de la cosecha, acudían más cargueros, que así los llamaban, de los pueblos de la sierra, con sus carros, a comprar los productos del tiempo. Mi padre era muy apreciado por su generosidad y tenía algunos compradores fijos. Lo que sacaba de la venta, lo ponía en una bolsa y, al final del mes, iba a casa de la dueña a partir: “¡Dos para ti, dos para mí!”, hasta completar la partición de las ganancias con toda la honradez del mundo. Los amos estaban encantados con él. Cada dos o tres días, mi madre cogía de todo lo mejor de la huerta y se lo llevaba a la dueña, que es lo que necesitaba para el gasto de esos días.

Se fueron casando los hermanos mayores, dos chicos y dos chicas -¡nuestras niñeras!-. Mi padre, al quedarse solo con dos hijas, se le hacía ya pesado trabajar tanta tierra, y un día le dijo a la dueña: “Váyase preparando otro mediero, porque quiero retirarme ya.” La dueña daba largas a su petición, porque no quería que se le fuera aquella familia que tanto quería y que tan bien le servía, pero un día mi padre fue y le dijo: “Le ruego que cuanto antes se busque otro mediero, pues ya no puedo más; soy mayor y estoy cansado.
La dueña vio que aquello iba en serio y, a los pocos días, encontró otro. Terminaron lo que quedaba en la tierra, lo partieron y en poco tiempo nos fuimos a nuestra casa del pueblo, con pena, ya que habían sido tantos años en aquella torre, en la que habían nacido los doce hijos.

Se habían casado tres hermanos y dos hermanas mayores, y Ramona, que pasó muchos años trabajando en una clínica de Zaragoza, a la vez se iba preparando para enfermera, hasta que sacó el título y se fue a Barcelona, donde estuvo hasta que se jubiló y regresó a Albalate. Nos quedamos los siguientes: Francisco, soltero; Pilar se casó; Carmen y yo también nos casamos; y Ramona seguiría soltera.

Mi padre murió a los 84 años. Un día se puso enfermo y pidió el cura. Lo llamaron y en seguida vino. Poco tuvo el cura que intervenir, ya que mi padre hizo una confesión digna de él, aunque impropia de un hombre sin estudios. La última palabra que dijo fue: “Ya nada me preocupa en este mundo; cuando me llegue la hora, que Dios no me coja con las manos vacías.” El párroco se fue a casa muy impresionado y le explicó a su familia lo que le había ocurrido con aquel enfermo; luego, se acostó y, a la mañana siguiente, tocaron las campanas: ¡el párroco había muerto sin estar enfermo! Naturalmente, todo el pueblo lo sintió mucho; la familia del cura le contó a la mía lo que había pasado: la impresión que trajo no la había podido superar. Aquella había sido la voluntad de Dios.
Mi padre vivió unos días más; al final murió como había vivido. Mi madre, Eulalia, llegó a alcanzar los 94 años y murió más por un descuido del médico que por su mucha edad: una mujer pequeña y fina, que trajo al mundo a doce hijos y a todos los crió, con una vida de gran actividad y muchas veces pasando apuros… ¡cómo fue desapareciendo aquella gran familia, tan unida y tan limpia! Primero los hermanos mayores, luego las tres hermanas, que tanto habíamos querido, y por fin quedamos mi hermana Carmen y yo -ella dos años más joven que yo-. Me quedan muchos sobrinos a quienes quiero mucho. Y de los protagonistas de estas memorias, quedamos Pilarín, la hermana querida que tantas vicisitudes pasó conmigo; y mi primer gran amor, Emilio.

La guerra civil

Encontrándome en Sierra de Luna, pasando unos días con Pilarín, mi mejor amiga, a quien más quería, pueblo donde ejercía de maestro su padre, D. Román, y su hermano Emilio, nos fuimos el 17 de julio de 1936 para Albalate, donde pasaban las vacaciones.

Pilarín y yo. Albalate, 1935

Al llegar a Zaragoza, Emilio se quedó para hacer algunos asuntos y regresar a continuación a Albalate.

A la mañana siguiente estalló la guerra española, y Zaragoza se quedó aislada de Albalate por las fuerzas rojas, viéndose Emilio solo, con la ropa de encima y con escaso dinero, sin tener dónde ir ni poder comunicarse con su familia.

Allí se inició todo el calvario. En Albalate comenzaron las fuerzas republicanas por la iglesia, destrozando altares, tirando los santos y, a la Santísima Virgen de Arcos, que todo el pueblo adoraba, la ataron con una soga y la arrastraron por las calles hasta tirarla por el puente al río.
Asaltaron las casas, sobre todo las de los ricos que pudieron escapar. A los pocos días, de madrugada, entraron en los hogares donde vivían los más destacados hombres del pueblo -entre ellos dos seminaristas- y, atándolos de dos en dos, por ser hombres de bien y católicos, los llevaron hasta el cementerio, donde días después les mandaron hacer una hoya grande. Allí, puestos de pie unos y los otros de rodillas, les dispararon, cayendo a la fosa medio muertos, y como tenían mucha prisa les echaron encima un montón de cal viva y a continuación la tierra. ¡Fue espantoso! Nadie salía de casa por el miedo; yo estaba asustada, ya que mi padre y hermano estaban fichados. Por otro lado, D. Román también se hallaba en apuros porque, como fue alcalde con Primo de Rivera, lo tenían en lista y él lo pasaba muy mal, pensando que cualquier día irían a por él; esto le hacía dormir todas las noches con una pistola y una cuerda, para irse por los tejados antes de que lo cogiesen.

Román García Gárate

Yo iba y venía de mi casa a la de Pilarín, siempre temerosa de que ocurriese algo en las dos casas. Así pasaba el tiempo, siempre con tristes acontecimientos.

La casa de D. Román y Pilarín en Albalate

También a mí me las hicieron pasar mal, pues me llevaban al campo a coger lo que había y llevarlo a la iglesia, que habían convertido en cooperativa, a donde tenían que llevarse todas las cosechas, y después, con unas cartillas, íbamos a que nos dieran para comer ¡que era muy poco! Un día fue mi madre y lo único que le dieron fue una cabeza de ajos.

Pilarín estaba con su padre. Tenían una chica -Concha- que les hacía la limpieza. De momento ellos no tenían peligro, ya que el padre de esa chica era uno de los que más influencia tenían, cosa que les valió, porque a todos que tenían asistenta se la quitaron; pero Concha estaba muy contenta con ellos y le dijo a su padre que no quería irse de casa de D. Román, “porque estoy muy bien y les quiero.” Pilarín no andaba bien de salud; por eso yo estaba mucho con ella, pues nos queríamos como hermanas.

Pronto volvieron a detener a más gente -a 10 personas-, entre ellos al padre de un seminarista, a quien mataron por haberse escapado su hijo. Todos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Santísima Virgen de Arcos!” De esto se enteraron algunos hombres que, ocultos por los caminos, les siguieron, viendo todo el drama.

A mí seguían haciéndome trabajar. Como allí levantaron el cuartel general, acudían todas las fuerzas del frente, que venían a comer y a descansar. En los locales de las escuelas, junto al cuartel, hicieron unos comedores, donde se daba de comer a todos (abajo, el edificio de las antiguas escuelas, hoy cuartel de la Guardia Civil).


Como necesitaban gente, nos cogieron a unas cuantas chicas para servir en los comedores y había que hacerlo con toda la etiqueta, como si fuera comida para grandes personajes. De las casas que requisaron, sacaron ricos manteles y ropas de hilo bordadas. Allí había cubiertos de plata, ricas vajillas, todo completo, que daba pena ver, ya que luego no servían para nada, pues cogían la comida con la mano. Con toda delicadeza nos gritaban: “¡Tú ponme vino! ¡quítame este plato!” Derramaban el vino en los manteles y, como eran tan señoritos, había que cambiarles el mantel en todas las comidas. Nosotras, a lavarlos, y como el vino no se quitaba, había que meterles buenos chorros de lejía y, a los pocos días, todos estaban rotos a tiras. Allí en la acequia nos poníamos buenas de lavar; yo lloré muchas veces al ver aquello (abajo, los antiguos lavaderos).

Con el tiempo se terminaron todos los corderos, los cerdos, los pollos y los conejos, y ya no había con qué alimentar a toda aquella chusma. La vida transcurría igual. Nadie decía “adiós” por la calle; todos con el puño en alto: “¡Salú!” Muchos, a cuenta de miedo, o por oírlo tanto, repetían “¡Salú!”, pero yo no lo hice nunca.

Un día D. Román, lleno de miedo, habló con un vecino, con quien tenía mucha amistad. Le dijo: “Quiero pedir una escuela fuera de aquí.” El amigo, que era uno de los que mandaba más, le dijo: “Mire, D. Román, mientras esté yo aquí, a Vd. no le pasará nada; ahora, si yo me voy, no respondo de Vd.

Así lo hizo. Tenía un amigo y compañero maestro, con quien estuvo en Bilbao, que le ayudó a conseguir una escuela en Zaragoceta, un barrio de Caspe. En cuanto pudo, tomó posesión de ella.

Román, delante de su escuela en Zaragoceta (Caspe), en 1937. Junto a él, en tercera fila, Camila. Abajo, la casa-escuela de Zaragoceta en julio de 1996

Allí se fueron. Yo les acompañé; en mi casa no hacía falta y, como Pilarín tenía poca salud, mis padres me dejaron ir con ella, alegrándose mucho los dos. Allí fue otra vida muy distinta. D. Román se hallaba más tranquilo, con menos peligro, en una escuela de pocos niños, pues sólo era para unas cuantas familias que vivían en unas torres, muy buenas gentes, pacíficos, sin otros deseos que el trabajo.

A la izquierda, Camila, con su vecina Teresa. Zaragoceta, 25 de julio de 1996. Abajo, frente a la escuela, Concha, Pilar, María y Camila (18-7-1997)

En la escuela había casa para el maestro compuesta de todo, que el propietario dejó al cogerle en vacaciones en zona nacional. Allí se hacía una vida sanísima; pasábamos el día en el campo, en el río o en una acequia grande, donde me metía yo a nadar, con gran pena para Pilarín, que creía que me iba a ahogar. Otros días, cuando quitaban el agua, nos metíamos dentro porque había muchos cangrejos, a los que tenía mucho miedo, pero Pilarín los cogía a puñados, que luego nos servían de comida.

Teníamos un gato grande y muy inteligente, y nos marchábamos de paseo por los montes, y el gato siempre junto a nosotras, aunque fuera muchos kilómetros. Un día, yendo por un camino, salió de un agujero una culebra grandísima. Pilarín y el gato se echaron atrás, pero yo, que siempre he sido muy atrevida, con la caña que tenía en la mano, le di un gran golpe que la dejó atontada. Luego la saqué afuera y la rematé.

Las gentes de aquella huerta se portaban estupendamente; nos regalaban muchas cosas. Hacía un tiempo estupendo; hubo noches en las que nos reuníamos las mozas de la huerta en una era, tendíamos unas mantas en el suelo y dormíamos toda la noche bajo aquel firmamento tan estrellado que parecía que estábamos en el cielo. ¡Qué grande es Dios, y cuánto le debe esta pobre criatura!

Casa-escuela de Zaragoceta (actualmente centro de actividades culturales)

D. Román se lo pasaba bien; todos los sábados cogía una mula de la huerta y se iba a Caspe; se llevaba comida y pasaba todo el día. Compraba alguna cosa, visitaba a algún amigo y se metía en una biblioteca y se traía un montón de libros para toda la semana. Tantos leía que luego ya no se acordaba y volvía a traer los mismos del viaje anterior.

También nosotras leíamos mucho. De Emilio seguíamos sin tener ninguna noticia, con gran preocupación por parte nuestra, al no saber cómo ni dónde estaba, ni de qué vivía ni de qué forma podíamos comunicarnos con él.
Paso un año. Un buen día, estábamos Pilarín y yo por la alameda cuando vimos a D. Román venir dando gritos con un papel en la mano: “¡Emilio! ¡Sierra de Luna!” Allí sucedió lo más emocionante: abrazos, lágrimas, alegrías, incluida yo, que también lo quería, pues nos habíamos compenetrado los dos con un cariño sincero y bueno. Un día él se enteró de que, por medio de la Cruz Roja de Suiza, podían comunicar a las familias separadas de una zona a otra, tarjeta que acompaño, y en esa tarjeta que recibió D. Román trabó contacto con su hijo -sólo 10 palabras-. Ya no se supo nada más hasta que terminó todo y se pudo cruzar la línea.

Comunicación a través del Comité Internacional de la Cruz Roja. 1937

En Sierra de Luna, donde tuvo escuela D. Román, la hija de una de las familias pudientes con las que tenían mucha amistad, se casó y se quedó en estado. Digo esto porque forma parte de un triste acontecimiento anterior que tuvo una gran importancia.

María Barón y su marido c. 1937

María Barón, que así se llamaba la protagonista, dio a luz un niño. A su marido se lo habían llevado las fuerzas nacionales con los de su quinta al lugar donde se había formado un gran frente -en Quinto (Zaragoza), junto al río Ebro-. Pasados unos seis meses, María decidió irse a Quinto para ver a su marido y para que, a la vez, conociera a su hijo. Estando allí, las fuerzas rojas hicieron prisioneros a unos cuantos soldados, entre ellos al marido de María. A la vez cogieron a las mujeres y a María con su niño. En camiones se llevaron a los hombres hacia Caspe, donde les mataron. A las mujeres también se las llevaron, camino de Barcelona. Al llegar a Caspe, se detuvieron a comer. María recordó que D. Román se encontraba en un pueblo de Aragón y les dijo: “Yo no quiero ir a Barcelona porque tengo aquí un tío maestro y quiero quedarme con él.” Al verla sola con el niño, los mandamases la dejaron quedarse. ¿Que a ellos se les despertó la conciencia? ¿Que Dios le ayudó? Me quedo con lo segundo.

Una vez allí se apresuró a preguntar en una casa si conocían a D. Román García, maestro; no le conocían pero la recogieron a ella y al niño. Preguntaron en otras casas y, por fin, quiso Dios que alguien le recordaba. Enseguida le comunicaron a D. Román lo que ocurría y, al día siguiente, se presentó con un torrero con las mulas. En pocas horas llegaron a Zaragoceta.

Pilarín y yo les recibimos con gran alegría y ofreciéndonos de corazón en todo lo que fuese. Cogimos al niño, le dimos de comer y todo quedó más tranquilo. El niño lloraba mucho, hasta que se durmió. Pudimos arreglarnos bien; una vecina nos prestó una cuna. María dormía en una habitación con el niño, Pilarín y yo en otra, en una cama grande, y su padre en otra habitación.

Pasó el tiempo, haciendo una vida sana. Un día nos avisaron de Albalate que había un sacerdote, afiliado a la Organización (la FAI), que trabajaba de mecánico en un taller donde arreglaban todos los coches y camiones. Pero su misión principal era ejercer el sacerdocio hasta el último minuto de su vida si fuese preciso. No negó nunca que fuera sacerdote, y en varias ocasiones quisieron matarle, pero los compañeros le defendían porque le querían mucho. Le preguntaban por qué iba a casa de esa familia tantas veces. Él les decía que, como Agueda Lecha era modista, le cosía las camisas y demás cosas. Así era cómo iba a aquella casa a celebrar misa, y consagraba las formas y daba la comunión.

Un día que Pilarín se encontraba mejorada (ya que, como he dicho en otras ocasiones, no estaba nada bien, pues padecía de los nervios y yo estaba pendiente de ella), hallándose, pues, más animada y contenta por lo que iba a traer de Albalate -raramente la dejé sola-, me fui a Caspe y cogí un camión de los milicianos con otras gentes, pues así se hacían los viajes, y entré en el pueblo a encontrarme con mi familia, a la que hacía mucho no veía. Se alegraron mucho de tenerme otra vez entre ellos.

Pronto supe dónde estaba el sacerdote y me fui a casa de Agueda. Pude oír misa y comulgar y, a la vez, le pedí que me diera formas consagradas para llevarlas a Pilarín, ocultándolas luego por el peligro que suponía, en un viaje fatal, que me fueran a registrar, ya que eso lo hacían con mucha frecuencia.

Cuando llegué a Zaragoceta, Pilarín se llevó una gran alegría al verme y, con gran ilusión, pues teníamos al Señor con nosotros, hice un sagrario en un armario y allí acudíamos en nuestros ratos libres. Cuando salíamos a pasar la tarde, yo cogía la bolsita y me la ponía en el pecho, bien sujeta con un imperdible, para que no se me cayera.

Así pasábamos nuestra vida, con la ayuda y el consuelo de nuestro gran amor santo. Pero teníamos un problema. Como guardábamos las sagradas formas, estábamos preocupados por lo que podía hacer María Barón, ya que ella venía mucho por nuestra habitación. Por fin se lo dijimos y se quedó admirada.

Un día, estando las tres en la habitación, al pasar María delante del tocador que hacía de sagrario, hizo una genuflexión y D. Román, al verla, le dijo “¡Qué te pasa! casi te caes.” Ella, tranquila, le dijo: “¡Es que he tropezado!” No le habíamos dicho nada a él porque, como estaba siempre con tanto miedo, hubiera sido capaz de quitárnoslas, no fuera a pasarle algo a él. ¡Pobre! Tenía miedo de todo.

En cierta ocasión, cuando, tras la misa, que hacíamos a nuestra manera, nos disponíamos a comulgar, abrí el armarito y la cajita que contenía las sagradas formas y vi que dentro había una mota grande. No sé cómo pudo entrar allí, ya que estaban siempre envueltas en un corporal. Al verla, no se me ocurrió otra cosa que soplar para quitar la mota. ¿Quién me inspiró tal acción? Porque lo más natural era tratar de quitarla con cuidado con la mano, pero soplé y, en aquel instante, saltaron todas las formas en alto, yendo a parar todas al suelo. No puedo explicar lo que sentí: ¿miedo? ¿espanto? ¿culpabilidad inexplicable? Pedí perdón a Dios y, llorando, fui recogiendo todas las formas, besando el suelo tantas veces como formas había, limpié el suelo con agua limpia y eché el agua en un hoyo y lo cerré para que no se profanara. Pilarín estaba tan aturdida como yo. Han pasado 59 años y todavía tengo en mi corazón esa pena, y la duda de por qué soplé en la cajita donde guardaba mi mayor tesoro.

Recibí una carta de mi hermana Prudencia. “María, ya tengo preparadas las sábanas que te dejaste. Cuando quieras puedes venir a por ellas.” Era la contraseña que teníamos para saber cuándo podía ir a recoger más sagradas formas.

Me fui a Albalate en el camión de siempre con los milicianos y más mujeres, contenta por el encargo que tenía que recoger y feliz por ver a mis padres y familia. Todos estaban bien, alegrándose mucho de verme. Mi padre me dijo: “Niña, te expones a muchos peligros con tantos viajes”, pero a la vez reconocía que Pilarín me necesitaba de enfermera, al no tener otra ayuda.
Después de ver a todos, me fui a casa de Águeda, la amiga modista. Allí estaba el sacerdote, como muchas veces. Le dije que venía a buscar más formas. Yo le dije: “Tengo una amiga en Caspe que está enferma y no puede desplazarse, y yo querría, si eso es posible, confesarme por ella, pues comulga todos los días, pero tiene un poco de temor de hacerlo sin haberse confesado durante más de un año.” Me contestó: “Pero hija ¡tú sabes lo que me pides!” “”, le dije, “y yo me hago responsable de todo ante Dios.” “Bueno, bueno, sea…

Me puse de rodillas y le conté la vida que había llevado durante tantos años que la conocía. Le conté todo lo que pudo haber hecho involuntariamente, que no podía ser mucho. Me absolvió, me puso penitencia y me dijo: “Dile que esté tranquila y que ante Dios está perdonada y, si le pasara algo, iría al cielo.” ¡Qué cosas tan raras he hecho yo en mi vida! ¡Si me sirven para algo!
Luego le dije: “Ahora me quiero confesar yo.” Me arrodillé y me entró tal angustia que me ahogaba. Me eché a llorar. El pobre sacerdote no sabía qué hacer, ya que no podía pronunciar ni palabra. Trató inútilmente de tranquilizarme: “¡Cálmese, mujer!” Y como pasaba el tiempo, me dijo: “¿Está Vd. arrepentida de todo lo que en su vida ha podido cometer, pasado y presente, como está en la presencia de Dios?” Yo, con un movimiento de cabeza, sin palabras le dije: “¡Sí, padre!” Me echó la bendición y penitencia y me dijo: “¡Vete en paz!”. A continuación, en una mesa con un paño verde y una caja de ajedrez con las fichas puestas, por si alguien entraba, pusieron un paño blanco con todo lo necesario para celebrar. Oímos misa y nos dio la comunión. Luego saqué la bolsita que siempre tenía y me la llenó de formas, que llevé, como en la anterior ocasión, bien sujetas en el pecho.

Al día siguiente, tomé el consabido camión y ¡a Caspe! El viaje fue como todos los que hacía: llena de miedo, con gran peligro, ya que la gente que iba eran grandes terroristas y te hablaban con unas miradas que te penetraban en el corazón, tratando de indagar lo que pensabas, adónde te dirigías y con qué motivo, recelando de todo el mundo.

Yo, como llevaba las formas, mantenía los brazos cruzados, apretados contra el pecho, e iba rezando, aunque más tranquila, ya que al tomar el camión me ponía en las manos de Dios y sabía que sólo ocurriría lo que Él quisiera, cosa que, fuera buena o mala, acepté. Una vez, un miliciano, al ver que siempre iba con los brazos cruzados, fijó su mirada en mí y me dijo: “¿Qué tienes tú que, con el calor que hace, vas siempre con los brazos cruzados?” En aquel momento me sentí sin fuerzas para contestar; fueron unos segundos que no era yo; sólo apretando más los brazos me dio tal escalofrío que el miliciano me dijo: “¡Ya lo veo, hija, tienes un catarro que estás helada! Cuídate.

Gracias a Dios no pasó nada y llegamos a Caspe. Me esperaba D. Román con la mula y emprendimos el camino de tres horas hasta Zaragoceta. Al llegar, me recibió Pilarín con la esperanza de siempre. Cuando nos quedamos solas, le dije: “Aquí traigo nuestro tesoro y algo más que te va a sorprender.” Le conté todo cuanto ocurrió en Albalate. “Mira, me he confesado por ti, le he dicho al sacerdote los años que hacía que te conocía, lo que involuntariamente has podido hacer. Siempre lleno de admiración me dio la absolución y penitencia diciendo: ‘Ante Dios está perdonada y, si le pasa algo, irá directamente al cielo.’
Su reacción fue ponerse de rodillas, se me agarró a las piernas sin quererse levantar y, sin dejar de apretarme, me dijo: “¡Eres un sagrario!” Yo la levanté, toda asustada, porque con tanta emoción tenía miedo no le pasara algo malo. Pero Dios quiso que no fuera así; al contrario, mejoró mucho. Con un misal, celebrábamos misa a nuestra manera. Como Pilarín no estaba bien, siguió en la cama y yo, de rodillas, cuando llegaba el momento de la comunión, en un recipiente que teníamos para la ocasión, nos limpiábamos los dedos y cada una cogía la forma y la consumíamos. Después nos bebíamos el agua.

Seguíamos con nuestra vida normal. El niño de María estaba algo rarito; ella se desesperaba y cuando lloraba decía: “¡Calla, que aún no sabes lo que te espera! ¡Pobre hijo!

D. Román seguía con su escuela tranquilo y haciendo sus viajes a Caspe. Nosotras, como María y el niño había venido con lo puesto, y tampoco nosotras teníamos mucha ropa, compramos algo para el niño y unas telas y entre María y yo cosimos unos vestidos preciosos, como obra de buenas modistas.

El niño se iba poniendo peor, lloraba mucho y se retorcía, como si tuviese mucho dolor de vientre. Allí no había médico; nosotros procurábamos darle lo que creíamos era mejor. Pero seguía empeorando. Le propusimos llevarlo a que le viese un médico en Caspe, pero María, toda asustada, se negó; dijo que se exponía a que se le muriera en el camino.

Como era de esperar, ya no se pudo hacer nada y el niño falleció en 1937. ¡Qué pena de niño! A los nueve meses se fue, sin haber podido conocer a su padre. María estaba desesperada, y se nos planteó un grave problema: qué hacer con el niño. Tenía que verlo un médico para poder enterrarlo. ¿Quién se encargaría de ello? María dijo en seguida que ella no podía hacerlo, que no lo podría resistir; Pilarín, menos aún; D. Román tendría que hacerlo; pero ¿quién se encargaría del niño? No lo dudé un segundo: “¡Yo iré!” D. Román tenía en Caspe un amigo médico y en seguida dijo: “Iremos a él; estoy seguro de que nos recibirá bien.” Al punto nos pusimos en contacto con uno de los torreros, explicándole lo que ocurría. Como eran tan buenas gentes, no tardaron en preparar dos caballerías: una para D. Román, y a la otra le pusieron un esportón de paja, a modo de alforjas, a cada lado. Allí colocamos al niño bien sujeto y emprendimos el viaje.

¡Qué viaje! Hacía mucho calor, las moscas nos rodeaban y acosaban las patas de la caballería. La pobre, para quitárselas, daba grandes saltos, que hacían levantarse el esportón, y con él al niño, que daba saltos horribles. ¡Fue lo más espantoso que me ha ocurrido en mi vida! Yo, con los dos brazos en alto, me mantenía prieta a la caballería, sujetando al niño, a pesar de que iba atado, para que no se me cayera. Ya no podía más; tres horas andando en aquella posición era superior a mis fuerzas.

El torrero llevaba el ramal corto, sujetando bien la caballería. Por fin llegamos a Caspe y nos dirigimos a casa del médico. Nos atendió muy bien, ya que era buen amigo de D. Román. Le explicamos lo que ocurría y cómo había muerto el niño, y movió la cabeza: “A este niño le han alimentado mal.” Y así había sido; su madre le daba de todo, hasta mengrana, como llaman en Albalate a la granada.

Nos certificó la defunción y nos fuimos al cementerio para que lo enterraran. ¡Y en qué condiciones! Estaba el frente muy cerca y los obuses pasaban por encima de nosotros. ¡Qué miedo! Por fin salimos de allí y entramos en el camino de Zaragoceta. Pude yo montar en la caballería y el viaje fue más llevadero, aunque con la triste impresión que traíamos…
Al llegar a casa, nos estaban esperando María y Pilarín con la natural impaciencia. María lloró mucho, pero pronto se consoló y quedó tranquila de aquella pesadilla. No sabía qué hacer conmigo, pero no tenía que hacerlo, ya que era mi obligación.

El bueno de D. Román fue testigo con nosotras de un gran acontecimiento que relataré a continuación. El 25 de enero de 1938, en una noche oscura, estando en Zaragoceta, en medio de aquella gran guerra, que causó tanta confusión y muerte, a la una de la madrugada, y estando todas aquellas buenas familias reunidas en la era, vimos algo que nos llenó de espanto. El cielo estaba oscuro, con un azul inquietante; desaparecieron las estrellas y empezó una breve iluminación que iba aumentando, con unos rayos como antorchas que se extendían por el cielo, aumentando la luminosidad como un sol temible; tan pronto parecía que se nos venía encima como desaparecía, como si apareciesen figuras humanas; se movían constantemente o se quedaban con una quietud espantosa. Nadie sabía qué podía ser aquello; para aquellas pobres gentes, cuya única aspiración era el trabajo, la familia y hacer todo el bien que podían, se trataba de algo sobrenatural y se apretaban a nosotros tres, D. Román, Pilarín y yo, que sabíamos tanto como ellos y teníamos el corazón a punto de estallar. Unos decían: “¡Esto es un castigo de Dios, por esta guerra tan espantosa, por tanta muerte y destrucción!” Otros decían: “¡Es el fin del mundo!” Y otro: “¡Tengo un tembleque de piernas que me voy a caer!” Todos llorábamos y rezábamos. Nadie sabía nada; tan pronto se abría una figura con los brazos extendidos, como se cubría la tierra con un manto de luz. D. Román decía: “¡Si tuviese campanillas en las piernas, ahora mismo estaría yo dando un concierto!” Lo decía de broma, pero tenía tanto miedo como los demás.

Las más atrevidas en aventurar una opinión éramos Pilarín y yo; para nosotras, aquello no era otra cosa que Jesús con los brazos en cruz, perdonando su muerte. Y aquella iluminación azul tan imponente que cubría todo, el manto de la madre de Dios. ¿Cuánto duró aquello? ¿Dos horas? ¿Toda la noche? No lo puedo decir. Aquella gente asustada no podía apartar sus ojos del cielo. D. Román, con sus años, los estudios que había hecho, su experiencia y tanto como había leído, no había visto cosa igual. Luego nos enteraríamos de que aquello había sido una aurora boreal, pero nosotros, con nuestra ignorancia, no sabíamos qué era una aurora ni cómo se manifestaba. Desapareció tan lentamente como había aparecido, pero sin perder su belleza; el cielo recuperó su azul oscuro, volvieron unas estrellas y todo se quedó nuevamente en silencio. Ya amanecía, pero nadie comprendía nada ni se decidía a irse a dormir. Cesaron los comentarios, nos abrazamos todos y ya cada uno se fue a su casa. Si durmieron o no, nadie lo dijo, pero la impresión duró muchos días. Sólo nosotros tres, D. Román, Pilarín y yo, seguimos hablando del maravilloso acontecimiento de aquella noche, que Dios nos concedió presenciar.

[NOTA: Aquella aurora boreal fue vista en gran parte de Europa, desde Inglaterra hasta África, pasando por Austria, los Alpes suizos, Portugal y Marruecos. Algunos pilotos que cruzaban el Atlántico denominaron el fenómeno como “una tremolante cortina de fuego”. En Fátima se atribuyó el episodio a una fuerza sobrenatural. En Canadá se vieron alteradas las comunicaciones. El periódico madrileño La Libertad. Diario republicano independiente, órgano de expresión del Frente Popular, 27 de enero de 1938, pág. 2 recogió así el episodio: “Tarragona, 26. — El Observatorio del Ebro ha facilitado una nota acerca de la aurora boreal observada anoche, que pudieron ver los habitantes de esta región en condiciones especialísimas de visibilidad. Ha sido uno de los espectáculos más emocionantes que ha ofrecido la Naturaleza en nuestras latitudes, fenómeno que solamente se produce dos o tres veces al siglo. La aurora boreal dió el aspecto de una inmensa hoguera que se movía de sitio, cambiando ligeramente de color, en el que predominaba el rosáceo, atravesado de multitud de bandas de luz que s e elevaban hasta unos treinta grados sobre el horizonte, y cambiaba, como antes decimos, frecuentemente de posición, los colores verde y blanco eran los que más abundaban después del rosáceo. Entre las diecinueve y veinte horas alcanzó la aurora boreal su mayor Intensidad, y duró hasta la medianoche.”]

Seguimos en aquella huerta unos ocho meses. Un día se oyeron más cerca los cañonazos, pues las fuerzas nacionales avanzaban de prisa. El día 17 nos avisaron de que nos teníamos que ir de allí, pues iban llegando cuadrillas de milicianos huyendo del frente, sin armas ni nada, arrasando todo lo que encontraban.

Nos reunimos todos los vecinos de la huerta y, en seguida, ya que no teníamos otra alternativa, con la ropa de encima y en zapatillas, nos preparamos para marchar. Cogimos dos mantas, la comida que teníamos, me guardé en el seno las sagradas formas y emprendimos camino hacia el monte, hasta que encontramos un mas donde cobijarnos. El suelo estaba lleno de estiércol y la paja aún ardía; con los cacharros que traíamos en las caballerías fuimos a traer agua de un brazal para apagar el fuego. El lugar era incómodo porque estaba invadido de piojos.

Allí pasamos dos días, y como la cosa se complicó, decidimos irnos monte adelante para llegar a Caspe. No conocíamos el camino, pero aquellos amigos nos indicaron por dónde teníamos que ir. Nos despedimos con gran pena, pues era la gente más buena que habíamos conocido; no querían dejarnos ir solos, pero tenía que ser así, pues debíamos ir acercándonos a Albalate. El camino era estrecho y pedregoso, pero seguimos en la dirección que nos habían indicado. Como el frente estaba tan cerca, los cañonazos pasaban por encima de nosotros, que, llenos de espanto, nos veíamos obligados a agacharnos al suelo. Estábamos a 19, día de san José; él era nuestro apoyo.

Como yo tenía las sagradas formas, nos pusimos detrás de una roca y las consumimos. D. Román no sabía nada y le llamó mucho la atención lo que hacíamos. “¿Qué hacen aquellas?”, preguntó a María. Entonces se lo contamos todo. Nos gritó por no habérselo dicho antes, pues se habría alegrado mucho.

No sé cuántos kilómetros habríamos andado, pero pronto llegamos a la carretera donde nos dijeron: “Desde allí, en tres kilómetros, llegaréis a Caspe.” Y así fue. Ya vimos montones de escombros de las casas que habían recibido el bombardeo. Entramos en el pueblo y encontramos a un amigo de D. Román, que se alegró mucho de verle, y le dijo: “Id a la plaza, que hay un camión de reparto de comida; os darán todo lo que necesitéis.” Nos dieron pan, pedimos un tarro de leche y no sé qué más; comimos y, en la primera ocasión, nos subimos a un camión camino de Albalate. No se puede describir la emoción que traíamos, después de dos años tan terribles.
Al llegar a la plaza, donde tiene la casa la Severa, sobrina de D. Román, alguien dijo: “¡D. Román, que ha llegado Emilio!” Y así fue. Menos mal que no se le había ocurrido irse a Caspe al encuentro de su familia y decidió esperar allí. Todo fue una sola cosa: ¡abrazos, lloros, silencio! Y como había tanta emoción, no reparó en que yo también estaba allí. Luego se subieron a casa de la hermana de D. Román y yo, con gran pena, en silencio, me fui a casa -en medio de todo, llena de alegría por ver a mis padres y familia, a quienes había dejado solos durante tanto tiempo.

Emilio en 1938

Cuando terminaron de contarse sus cosas, se dieron cuenta de que yo no estaba allí e inmediatamente vinieron a casa, disculpándose y diciendo: “¿Por qué te has ido?” Todo se pasó y tan felices.

Luego nos pudimos arreglar; D. Román y Emilio se fueron a casa de su hermana y Pilarín y María se quedaron conmigo en la mía. Más tarde Emilio tenía que incorporarse a su trabajo, pues nos contó que, al quedarse solo en Zaragoza aquel fatídico día en que se separaron, después de pasar sus apuros, regresó a Sierra de Luna donde tenían la escuela y la casa. El se las arregló como pudo; las familias le daban muchas cosas, casi le mantenían, y él, con su gran voluntad, para sacarse algún dinero, daba clases de música a muchos chicos, llegando a formar con el tiempo una gran orquesta que llamó la atención.

Orquesta Arenas. En el centro, Emilio García

Como el frente estaba tan cerca, los jóvenes tenían que hacer guardia en la carretera a la entrada del pueblo, con gran peligro, y muchos no querían hacerla; entonces se la ofrecían a Emilio a cambio de tres pesetas por guardia. Entre eso y lo que sacaba de la música, reunía un buen dinerito. ¡Ya sabía bien defenderse!

Un día se enteró en Zaragoza de que el Servicio Nacional del Trigo convocaba unas oposiciones para jefe de almacén, pero tenía que aprender contabilidad y matemáticas y necesitaba tres meses para prepararse todo.
Con gran tesón, inteligencia y gran deseo de tener un porvenir, se fue a un profesor de matemáticas y le dijo: “Necesito que Vd. me dé lecciones para aprenderme todo eso en un mes.” El le contestó: “¡Eso es imposible! No le puedo dar lección tantas horas.” Emilio le dijo” “No tengo tiempo. Vd. no se preocupe; prepáreme; todo el trabajo que haga falta, todo se lo pagaré.” Admirado por la entereza de aquel joven, le preparó a conciencia. Él, en casa, día y noche, trabajó como un negro y en un mes se aprendió el temario. Llegó el día de la oposición y sacó el número uno entre 34 opositores, siendo destinado a Ejea de los Caballeros (Zaragoza).

Allí continuó su trabajo y dando conciertos de baile con una orquesta, sábados y domingos, con el fin de sacar un dinero extra para ayudar a su padre, que, como estaba expedientado por haber estado en zona roja, se pasó varios meses sin cobrar, no teniendo otro ingreso.

Unos meses después solicitó plaza en Morella (Castellón). Al poco tiempo de estar allí, le llamaron para ingresar en el ejército, siendo destinado al regimiento Aragón 17, destacado en Zaragoza. Pasó dos meses en la Plana Mayor, saliendo fuera a comer y a dormir, con la suerte de poder ir a tocar a una orquesta todos los días en una sala de fiestas, donde ganaba 15 pesetas diarias con las que cubría todos sus gastos.

Luego le llevaron al frente de Albarracín (Teruel). Allí lo pasó muy mal, corrió gran peligro y padeció mucho frío. Al poco tiempo solicitó una plaza de automovilismo y, como no sabía conducir, ingresó como pintor (de lo que tampoco sabía nada) en Calatayud (Zaragoza). En seguida le cogió como oficinista el teniente coronel y continuó tocando el piano en otra orquesta para hacer baile sólo para los jefes militares. De allí, al terminar la guerra, con toda la jefatura fueron a Valencia, donde en el hotel Metropol daba baile para los jefes militares. Unos tres meses después le licenciaron y el teniente coronel jefe de automovilismo, agradecido, le puso un coche, marca Plymouth, para que regresara a casa.

Edificio del antiguo Hotel Metropol en la calle Játiva de Valencia

En seguida se incorporó a su plaza de Morella, después de haber hecho una mili tan complicada.

Su padre y hermana se hallaban en Albalate. Después de que Emilio se fuera a su trabajo, tras despedirse de ellos, después de una odisea de dos años sin verse, D. Román, Pilarín y María Barón se fueron a Sierra de Luna, donde tenía su escuela en propiedad y la casa. Allí se quedaron unos días, sin incorporarse a clase, ya que había estado tanto tiempo en zona roja, y a todos los maestros a quienes les había cogido la guerra allí les sancionaron con unos cuantos meses sin cobrar, creyendo que habían colaborado con el bando republicano y, por lo tanto, eran culpables. Su casa de Albalate estaba vacía, pues les habían despojado de todo -ropas, enseres y hasta una Inmaculada de tamaño natural, que habíamos ocultado en un agujero grande entre el patio y la bodega, creyendo que allí no la encontrarían, cosa imposible, tratándose de aquella gentuza-. Sólo les quedó una tinaja que aún se conserva en la casa. Se arreglaron entre la casa de su hermana y la mía.

Así pasó el tiempo hasta que le devolvieron la escuela, felices con aquellas gentes tan buenas. María regresó con su familia, tras su tragedia. Yo pasé con ellos una temporada, como hacía antes, durante la guerra. A Pilarín se le había curado aquel desgraciado nerviosismo, pero le entró un fuerte reúma. Ya le tocó padecer a la pobre. Menos mal que ella era muy buena y supo llevar sus males con alegría santa. Tenían una chica para que limpiara la casa; yo me encargaba de la comida, salía a comprar con Pilarín y visitábamos con frecuencia a aquellas buenas familias, que muchas veces nos invitaban a comer. Todos los días nos dábamos un paseo por aquel pueblo tan pequeño, que no tenía nada que mostrar. ¿Podía yo dejar sola a Pilarín? Nunca la abandoné. Hasta el fin de nuestras vidas.
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Zaragoza © 1986

Las Hurdes: Mitos, sombras y claridades

Emilio García Gómez

Cruzar las Hurdes ahora es como hacerlo por cualquier otro rincón de Extremadura, Castilla o Aragón: carreteras asfaltadas, que facilitan el ir y venir de sus residentes, los “jurdanos”, y, sobre todo, de los visitantes; pueblos nuevos, levantados a espaldas de la ruinosa “arquitectura negra” de láminas de pizarra; sangre fresca y vigorosa -aunque no en la proporción que se ha creído, equivocadamente, durante décadas-, inyectada por los expósitos llevados desde los hospicios de Coria, Plasencia y Ciudad Rodrigo a los pechos de las nodrizas en los villorrios de la región.

En el pasado, unas pocas madres hurdanas se dedicaban, en expresión de Marañón, a la “crianza mercenaria”, recibiendo un mísero sueldo del estado con que alimentar a los huérfanos o “pilos”, como se les llamaba allí, viéndose en algunos casos obligadas a abandonar y hasta dejar morir a sus propios hijos por no poder cuidarlos a todos. En su necesidad, estas madres acataban, inconscientemente, la ley natural de selección y de jerarquía de dominio, lo que el biólogo noruego Schjelderupp-Ebbe ha identificado como “orden de picoteo”: los primeros en llenar el buche son los individuos más rentables, los que tienen preferencia –en el caso que nos ocupa, los expósitos antes que los propios-.

El país ha dejado de ser “las Jurdes”, con jota velar, para convertirse en “las Hurdes”, con “h” ortográfica, ilustrada, semi aspirada, sin apenas resonancia glotal; un lugar próspero, turístico y hasta beatífico, si no fuera por los incendios que arrasan sus montes, antaño pedregosos como canchales y hogaño repoblados. En aquella tierra nadie recuerda, o al menos no desea recordar, ni que se lo recuerden, un pasado marcado por toda clase de estigmas, reales o imaginarios: analfabetismo y salvajismo, pobreza e inopia, paludismo, tuberculosis, alcoholismo, histeria, incesto, poligamia, sodomía, tifus, tiña, viruela, tracoma, sífilis, bocio y cretinismo. Hace tiempo que se sabe que allí ha habido déficit nutricional y cultural, y que en casos concretos se ha producido algún tipo de transferencia genética retrógrada debido a la consanguinidad, el aislamiento y la consiguiente endogamia, pero así es como ha crecido la notoriedad de los jurdanos, aunque no hay rincón del planeta que se vea libre de estas lacras y de alguna más.

Bocio en Las Hurdes

La mítica configuración física de sus habitantes –de cuerpos deformes, como los demonios; de grandes cabezas y piernas arqueadas, acentuadas por un historial de raquitismo, edemas y artrosis que aún se pueden ver, si bien raramente, arrastrándose por las calles de algunos pueblos-, esa fama, pues, de monstruos llevó a cronistas mediocres, viajeros insignes y analistas de mentes clarividentes como P. Nieremberg, fray Tomás González, Benito Jerónimo Feijoo, George Borrow, Ramón Gómez de la Serna, Miguel de Unamuno, Maurice Legendre, Gregorio Marañón, J. Goyanes, José Mª Gabriel y Galán, Luis Buñuel, Antonio Ferres, Armando López Salinas y, más recientemente, Luis Carandell, Víctor Chamorro y Maurizio Catani a meditar sobre la sociedad cerrada y endogámica que permanecía en los valles del malhadado “Tibet hispánico”.

El Ladrillar

A mediados del siglo XIX, el propagandista bíblico George Borrow oyó hablar de “una pequeña nación o tribu de gente desconocida que hablaba una lengua desconocida, que vivía allí desde la creación del mundo, sin cruzarse con las demás criaturas y sin saber que existían otros seres además de ellos mismos” (La Biblia en España, 1842). Y el batueco Marfino, personaje de Lope de Vega, dice: “Nosotros habitamos este valle / cerrado destos montes espesísimos, / cuyas sierras empinan sus cabezas/ a topetar con las estrellas mismas, / sin que jamás ninguno haya sabido / quién fue el primero que nos dio principio. / En esta lengua habramos, estas chozas / nos cubren, estos árboles sustentan, / y la caza que matan nuestros arcos.”(Lope de Vega, Las batuecas del duque de Alba, 1638). En la última década del siglo XVII, un obispo francés llegó hasta el punto de emplazar en las Batuecas el paraíso terrenal.

Se pensó que los jurdanos eran una raza singular descendiente, según las leyendas, de las antiguas guarniciones romanas; unos espantajos que caminaban desnudos o en harapos, ocultándose en la espesura de las Batuecas. El ilustrado Feijoo recogió así la superchería en torno a los batuecos: “En los Pueblos más distantes corría fama que en tiempos pasados había sido aquel sitio habitación de salvajes y gente no conocida en muchos siglos, oída, ni vista de nadie, de lengua y usos diferentes de los nuestros; que veneraban al demonio; que andaban desnudos; que pensaban ser solos en el mundo, porque nunca habían salido de aquellos claustros.” (Teatro Crítico Universal, 1726-39). Corrió la voz de que se trataba de refugiados políticos o religiosos, como los moriscos expulsados de Castilla y Andalucía; quién sabe si una raza maldita, como los judíos, a la que pertenecían los chuetas mallorquines, expuestos a la marginación en su propia tierra; o como los agotes del valle navarro del Baztán, posibles víctimas de una purga religiosa del otro lado de los Pirineos o expulsados de allí por ser portadores de la lepra. Los episodios históricos suelen pasar a la memoria de las gentes emborronados por la fantasía y la credulidad. Hay quien todavía cavila en Vegas de Coria acerca del monstruo-fantasma que se le apareció el 13 de noviembre de 1983 a Eusebio Sánchez y a algún otro vecino, suceso que aprovechó un popular especialista en fenómenos paranormales para añadirlo oportunamente a su inventario (J. J. Benítez, La quinta columna, 1990).

Pero la gente del lugar, afortunadamente, nunca ha sido vista por los mismos ojos ni de igual manera. “Junto a hombres entecos, esmirriados, raquíticos, se ven recios mocetones quemados del sol, ágiles y fuertes, y junto a pobres mujerucas, prematuramente decrépitas, encuéntranse muy garridas y guapas mozas”, escribía Unamuno al terminar su visita en 1914. Y Maurice Legendre exclamó en 1944: «Sólo Dios sabe cuántos sufrimientos físicos y morales ha infligido la tierra despiadada de las Jurdes a quienes, por la culpa o la desgracia de sus antepasados, se han visto confinados en esa prisión natural, donde la evasión era mucho más difícil que en las prisiones con grillos y cadenas.” Para Gregorio Marañón (1922), aquellas gentes eran “españoles como los demás, de la misma raza, con las mismas costumbres, la misma religión y la misma lengua; pero más hambrientos que los de las más pobres aldeas castellanas y, además, enfermos en su casi totalidad. Las Hurdes eran por entonces un inmenso repliegue montañoso habitado por gentes que parecían escapadas a medio curar de un hospital.

La interpretación que hoy se quiera dar a lo hurdano no puede terminar en una representación de la vida presente como si nada hubiera sucedido en los últimos cincuenta o cien años, como si no hubiera habido ruptura generacional y transformaciones radicales. Una cosa es rescatar vestigios prehistóricos, como hacen los arqueólogos, pruebas documentales, como los historiadores, o testimonios vivos, como los etnógrafos; sin ellos es imposible reconstruir el paso de la humanidad. “No puede tener esperanzas quien no tenga recuerdos”, escribió Unamuno (“De Oñate a Aitzgorri”. Por tierras de España y Portugal, 1911), alertando sobre la furia iconoclasta que ha caracterizado a los pueblos de España. Pero otra cosa es intentar resucitar a los muertos y ponerlos como testigos todavía vivos, ignorando el paso de los siglos. O bien traerlos como modelos de nuestra conducta individual y, sobre todo, colectiva, presente o venidera, como se pretende en los reductos más conservadores del vasquismo, el celtismo, el cantabrismo, el catalanismo, el españolismo, el arábigo-andalusismo y hasta el jurdanismo en su versión moderna.

Lo que fue, ha sido, y lo que es, es. Hurgar en las simas de Atapuerca o en los cimientos de las murallas góticas de Valencia no ha de llevarnos a recuperar, para su reimplante, aquellas vidas remotas que, en algunos, cautivos de su cultura vernácula, tanto delirio despiertan y, en nosotros, pavor. El folclorismo siempre es cómico e histriónico. De ahí nuestra reluctancia al leer las imposturas de Lope de Vega y Eugenio Hartzenbusch en torno a las Batuecas –valle tan hurdano como los que hienden el paisaje serrano del norte de Cáceres- y descubrir el nacimiento y perpetuación de mitos que, por ser tales, andan lejos de la verdad objetiva –unas veces al aparecer sobre idealizada, como en Lope, y otras desvirtuada por el realismo más descarnado, como en Buñuel-.

Declaraba con rabia Rodríguez Ibarra, presidente de la Junta de Extremadura: “Aún son muchos los visitantes que vienen a Las Hurdes con espíritu ‘safariano’, máquina de fotografiar en ristre para captar las imágenes que ya inmortalizó Buñuel hace años y que, hoy, son imposibles de reproducir por mucho que algunos intenten manipular el gran angular para no irse de vacío. Incluso algunos ‘ecologistas arqueologistas’ manifiestan su desagrado por el ‘intolerable’ avance del progreso que les ha estropeado la fotografía y la magnífica lección práctica que tenían preparada para su ‘rebelde’ descendencia. ¿Qué habéis hecho con los caminos que aquí había? ¿A quién se le ha ocurrido asfaltar estas carreteras? ¿Y las alquerías? ¿Dónde están las alquerías? ¡Qué pena de Hurdes! ¡Los políticos se las han cargado! Pues sí, nos las hemos cargado; la gente ya no tiene bocio; las carreteras que acceden a Las Hurdes tienen nueve metros de ancho; el agua corriente llega a todas las casas; los pueblos tienen luz eléctrica…” (Viaje a las Hurdes. El manuscrito inédito de Gregorio Marañón y las fotografías de la visita de Alfonso XIII. El País-Aguilar, 1993).

Las siguientes imágenes proceden de aquel viaje de exploración que realizó el rey de España del 20 al 23 de juni0 de 1922 acompañado de su séquito.


Gregorio Marañón, junto a un enfermo de paludismo

Un viajero impío creerá que Dios no existe, y si existe, creerá que Dios no sabe que el viajero existe, ni que alguna vez existieron las Hurdes, la “tierra sin pan” que llamó Buñuel*, la región más olvidada y retrasada de Europa cuando recibió la visita de Alfonso XIII. El Gran Arquitecto estaría demasiado ocupado en salvar el universo del cataclismo. Buena la armó con el estallido inicial, el big bang, y bastante esfuerzo debió costarle mantener el caos bajo control. Ahora reina el orden, todo está tranquilo, salvando alguna que otra colisión estelar y alguna que otra erupción volcánica, o un terremoto aquí y allá, o una lluvia de meteoritos sobre la superficie del planeta. Vistas las cosas de más cerca, hay demasiados insectos, demasiadas aves y mamíferos, demasiadas especies vegetales de las que hacerse cargo, demasiadas tribus y grupos étnicos en pie de guerra, en Papúa y en África oriental o en el corazón de Europa, América y Asia, la mayoría blandiendo machetes y disparando balas contra sus vecinos, como para detenerse a pensar: “Vaya, aquí tengo a este vecino de El Gasco, en las muy remotas Hurdes hispánicas, con dolor de barriga de tanto comer cerezas verdes, por falta de otra cosa, y encomendándose a mí para no terminar enterrado debajo de unas piedras. Lo siento –diría-, pero no doy abasto, que se apañe…” La inmensa mayoría de las cosas inertes y los seres vivos, pensará el impío, desde que nació el mundo, siempre han estado abandonados a su suerte, como pasó en las Hurdes.

Casar de Palomero, donde comenzó el viaje de Alfonso XIII

Pero las Hurdes han cambiado su ruta, se han liberado del peso de sus historias. En realidad, es difícil saber si avanzan hacia una nueva era o están saliendo de otra caducada. Ya nadie habla de haberle tocado en herencia una rama del olivo familiar, plantado en un diminuto bancal en la ladera del monte, para extraer unas pocas aceitunas. Y nadie se echa las manos al vientre en un gesto de dolor como si se le clavase una garra de pantera, sintiendo ese espasmo que sale del epigastrio y que no es indicio de disentería, sino evidencia del “mal de las Hurdes”, esa maldición que Marañón, en 1922, calificó simplemente de “hambre aguda”. En los municipios y pedanías hurdanas -Las Mestas, Riomalo de Arriba, La Fragosa, El Gasco, Ladrillar, Casares de las Hurdes, Nuñomoral, Caminomorisco, Pinofranqueado- hay centros de salud, bibliotecas (aunque no todas abren con regularidad), tiendas de alimentación, bares y restaurantes.

Ríomalo de Arriba

En Vegas de Coria, el hotel Los Ángeles ofrece platos excepcionales, como la ensalada de limón, de dudoso paladar (gajos de limón y naranja con chorizo y huevo frito bañados en aceite y vinagre caliente); el zorongollo de pimientos (pimiento asado en tiras con aceite y vinagre); el repapado (albóndigas de castaña, hechas con pan y huevo, fritas o cocidas en leche y rebañadas con miel, caramelo, fresa, chocolate y nata, ingredientes demasiado modernos y demasiado exóticos para un jurdano del siglo XIX); y las consabidas carnes de cerdo y cabrito al horno y embutidos, traídos posiblemente de otras regiones españolas, ya que en la retorcida geografía de las Hurdes no se ve mucho ganado y en otros tiempos eran pocos –sólo los ricos- los que se podían dar el lujo de comerse ni siquiera la grasina de una costilla de cerdo.

Lo verdaderamente tradicional en estos valles han sido, sin duda, los higos, colgando de las ramas, picoteados por los pájaros, carcomidos por las hormigas, tapizando el suelo o asomando por entre los huecos de las paredes de los huertos y los patios. Y, desde luego, las castañas, fuente de energía barata, tan abundantes en la zona como en otras más lejanas. El impresionante paraje de las Médulas, entre León y Orense, sería repoblado de castañares con los que alimentar a los esclavos que trabajaban en las minas de oro en la época romana. Y algo parecido ocurrió en la antigua provincia de Lusitania, a la que pertenecieron las Hurdes, con sus explotaciones de estaño y oro.

Los productores hurdanos ofrecen objetos exclusivos de la comarca. La mayoría son autodidactas, como el señor Primitivo Expósito, que vive en Nuñomoral y tiene una bajera-taller en el número 42 de la Avenida del Príncipe, de ojos azules y cabellos claros que contrastan con los oscuros semblantes de la región; hombre orgulloso de los orígenes de su padre hasta que salió del hospicio de Plasencia y de haber sacado adelante, desde la pobreza, a su larga familia (“Cuando me casé, me dieron mi ropica y nada más. Tengo una hija traductora en Barcelona que habla cinco idiomas; un hijo maestro; una hija bien casada en Salamanca con un señor que vende ordenadores; y una hija que regenta el supermercado de ahí enfrente”).

Primitivo Expósito

Alguien ha apuntado que algunos habitantes de los valles, de aspecto anglosajón, descienden de los soldados del ejército de Wellington, que marcharon por tierras salmantinas en su encuentro decisivo con Napoleón en la batalla de Arapiles. Quién sabe.

Las cosas más apreciadas son las maquetas a escala de las tradicionales casuchas de pizarra, sin más aberturas que la puerta de entrada y, raramente, un ventanuco; y también las cachimbas de boquilla de madera de nogal y cazoleta de piedra volcánica; o las mieles dulcísimas, como las de los hijos y nietos del legendario tío Picho, que aseguran ser “la mejor del mundo”, aunque tal vez la haya aún más pura y libre de contaminación muy lejos de aquí, en la isla de Pitcairn, en medio del océano Pacífico; o los néctares semi milagrosos, curativos, reconstituyentes y afrodisíacos, como el ciripolen del tío Cirilo (¡marca registrada!), cuya imagen se exhibe en las calles de Las Mestas. En Casar de Palomero, en los altos que vigilan el camino hacia el embalse de Gabriel y Galán, lo emblemático es la casa donde se alojó Alfonso XIII y su séquito, a quienes asistieron los muleros de la región, como el señor Mariano Blasco, que, según cuenta su nieta, la locuaz señora Felisa, se ganó 80 pesetas con tan insigne personaje.

Maqueta artesanal de una casa hurdana

Pero lo más corriente en las Hurdes resulta serlo también en los demás lugares de España. Por ejemplo, la galbana y la inactividad de los jubilados y los ancianos, inapetentes con los libros o los periódicos, pero fieles cofrades de la hermandad del ocio, siempre al abrigo de los muros de las iglesias o los porches de los ayuntamientos, sentados en los bancos de las plazas, a dejar pasar las horas o a mirar, sin más. Y el veraneo en el pueblo de los emigrantes, que conservan sus casas, las de sus antepasados, unas medio en ruinas, otras restauradas y las más de nueva construcción en el viejo solar familiar.

En El Ladrillar, la señora Dolores, con 91 años, pasea tranquila por la carretera, contenta con que la traigan sus hijos, con quienes inverna en Pamplona y Villava. “Ahí detrás”, dice con acento marcado, pero pulido, “los pueblos del otro lado de la montaña son los más retrasados, hablan peol”.

La señora Dolores

Dolores no entiende mucho de hablas, aunque sí es consciente de la expresión diferenciada del idioma en esta parte tan agreste y remota. Algunas pintadas se han visto en las paredes incitando a la población a expresarse en extremeño, como si los dialectos de la zona fueran lenguas bárbaras que estorbasen a las biliosas mentes neo-nacionalistas y dañasen sus sensibles oídos. Al fin y al cabo, la reivindicación de la lengua es parte esencial de la estrategia de alzada de su nación, su comunidad étnica y su autonomía cultural. Sin embargo, la convivencia dialectal en los refugios humanos, sobre todo donde hay sierras y valles, suele ser una realidad insoslayable; en los cuatro puntos cardinales de Extremadura aparecen pruebas irrefutables de la pluralidad y la expansión de los romances septentrionales y occidentales de la península ibérica, como el antiguo asturiano-leonés, cuyos rasgos se perciben en algunos dejes hurdanos.
El ansia normativista y la tendencia general de la sociedad hacia la homogeneidad, culpando a los forasteros de no hablar “como toca”, de no aprender lo que se habla allí, de traer un caballo de Troya en el que se ocultan las fuerzas invasoras, son los principales enemigos de la diversidad, y aquí no caben posturas y soluciones de compromiso: o se refuerza la norma, a costa de la variación y la tolerancia, o se protege aquélla de la norma, a costa del galimatías y la intransigencia. Lo más probable es que la fuerza interna, secular, de los dialectos extremeños, bien apoyados por el léxico y el acento, les ayude a resistir a su aire unas cuantas décadas más, acaso un par de siglos, la acción de la administración, la acometividad de los medios de comunicación y la terquedad de algunos maestros de la cultura oficial. En un mundo en transición, lo único que se da por cierto son las formas renovadas y los aires nuevos, como los que invaden las Hurdes.
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*Puede verse el documental de Luis Buñuel Tierra sin pan (versión en español, narrado por Francisco Rabal) en la siguiente dirección: http://www.youtube.com/watch?v=sRz_AbZV4Ik

 

Desencuentro de culturas

Emilio García Gómez

Henrietta, la joven boliviana recién llegada de su país para atender a mi madre, preguntó camino de casa si la calzada que seguíamos era una carretera o una autopista. Su imagen de las autopistas era posiblemente los pasos elevados a distintos niveles que cruzan las ciudades en las películas norteamericanas. Los coches pasaban zumbando co­mo demonios. Henrietta se quedó perpleja al ver los cofres alargados que portaban algunos automóviles sobre el techo. Pasados unos días se atrevió a preguntar si en España se traslada a los muertos en la baca del coche.

Henrietta era una muchacha indígena con escasos estudios, ninguna cualificación para atender ancianos y afectada del síndrome del emigrante, soñando con su país, con su pueblo y su familia. Las circunstancias hicieron que conviviéramos breve tiempo bajo el mismo techo. Henrietta recibió instrucciones sobre cómo atender a mi madre dependiente y le pedi­mos que se sentara a comer junto a ella, con el resto de la familia. Henrietta desvió la mirada, evitan­do el contacto visual directo.

Me vino a la mente un amigo colombiano, residente en Estados Unidos. Hallándose con su esposa de vacaciones en Medellín, contrataron a una trabajadora para los quehaceres domésticos. Al invitarla mi amigo a sentarse democráticamente con ellos a la mesa, la esposa y la empleada se sintieron agraviadas porque, al ser tratadas como iguales, se abría hueco para el rumor y el escándalo en un país donde todos conocen su rol social. La pobre Henrietta debió sufrir parecido quebranto.

La siguiente ayuda de mi madre que, al poco tiempo, sustituyó a Henrietta, que debió encontrar otro empleo más gratificante, procedía de la costa colombiana. Águeda recibió similares instrucciones y, además, se le pidió continuidad. A una anciana, en su desorientación orgánica, no se le puede cambiar cada mes el apoyo que ha de recibir para su higiene, su alimentación, la toma de medicamentos y su relación social, complementaria al vínculo familiar.

Dos o tres días después, mi madre salía a desayunar con la cara triste y las lágrimas resbalando sobre sus mejillas, algo inhabitual en ella. Descubrí que Águeda la maltrataba. Al vestirla o desnudarla tiraba con violencia de su ropa; le daba órdenes a grandes voces; le negaba la comunicación en los ratos de inactividad. Exigí una explicación y su respuesta fue plantar en la mesa su equipaje mientras gritaba: “Me marcho. Ahí tiene mi bolsa para que compruebe que no le robo nada”. Al parecer, al despedirse ésa es la costumbre en su país. “Como debo tener corazón de perro”, pensé, sintiéndome culpable de la situación, “no entiendo los sentimientos de los gatos”. Muchas veces he lamentado no haber utilizado en aquel momento argumentos más adecuados que acusar a aquella mujer de desequilibrada y racista.

Otra colombiana llegó a casa por recomendación del párroco del lugar. Lucy era hermosa; había aprendido a cultivar su dulce voz, elegir sus apretados pantalones vaqueros, mostrar su espléndido escote. “Esa hembra es peligrosa en tu casa”, le advirtió una vecina a mi mujer. A mí me preocupaba su voluntad de atender adecuadamente a una nonagenaria discapacitada. Se mostró experta en pintarle las uñas y atenderla con una paciencia inagotable. Solía pedir dinero como anticipo a cuenta de su sueldo mensual hasta que llegó el momento de irse de vacaciones. Entonces pidió un préstamo de 3.000 €. Al cabo de dos meses sin reintegrarse a su trabajo y devolver el dinero, su puesto pasó a otras manos.

Contraté a una jubilada rusa, ex profesora de música y con una pensión de su gobierno de 60 € al mes. Natalia hablaba español con esfuerzo y no conocía ni el inglés ni el francés, que nos habrían facilitado la comunicación, pero entendió muy bien su cometido y entre todos logramos formar una comunidad que funcionaba perfectamente.

Por desgracia, un mes más tarde, murió mi madre. Logramos encontrarle a Natalia otra anciana a la que cuidar. En la nueva casa desarrollaba su labor geriátrica, tocaba el piano y daba clases de ruso. Pero el destino quiso que enfermara su propia madre. Natalia se vio obligada a regresar temporalmente a Rusia. Meses después, realizó un viaje relámpago a España para renovar su tarjeta de residencia antes de girar como un sputnik hasta las orillas del Volga. Allí sigue.

Nunca es tarde para describir las distancias o afinidades entre las culturas que supuestamente colapsan o sostienen nuestro universo. Los casos aquí narrados no tienen nada que ver con conjeturas tales como civilización, raza o lengua, sino con la sicología personal y social. No es cuestión de bolivianismo, colombianismo o rusismo. No es cosa de costumbres funerarias ni de genética cultural. Se trata de la naturaleza de la persona, la formación y oportunidades que recibe para ejercer su cometido en esta vida y su capacidad para adaptarse a los cambios.

Publicado en Levante-EMV el 31 de agosto de 2008

Albalate del Luchador

por Emilio García Gómez

La Guerra Civil en Aragón (abril de 1937-abril de 1939) envolvió a esta región en el caos, la violencia y la esperanza en un mundo mejor. El episodio que relatamos a continuación fue visto de distintas maneras por sus principales protagonistas.

Mi revista. Ilustración de Actualidades[1] dedicó un artículo, ampliamente ilustrado con fotografías, a las triunfales actividades de la república anarquista instaurada en Albalate del Arzobispo –rebautizado como “Albalate del luchador”- nada más ocupar el pueblo.

Su autor, Juan M. Soler, redactor en campaña de la publicación libertaria Mi revista, describía las mazmorras del castillo, abiertas por el “cacique” local José Rivera, el funcionamiento de la colectividad y la vida cotidiana en la “República” de Albalate, así como la intendencia y estrategia defensiva organizada por las tropas milicianas frente al ejército fascista. El artículo de Soler es un ejemplo de prensa de guerra, en la que los protagonistas de sus propios relatos son ángeles redentores y los de enfrente atroces demonios.

Reproducimos en su totalidad la crónica de Soler:

En Albalate del Luchador. De nuestro redactor en campaña Juan M. Soler.

Las mazmorras del castillo

En la cima de la colina –”cabezo” llaman en la provincia de Teruel-, por cuyas laderas se desparraman las casas de Albalate del Luchador –antes fué del Arzobispo-, se levanta la mole pétrea, semiderruída, de un castillo.

Castillo propiamente no lo es. Tiene más de mansión señorial que de fortaleza. Tal vez un arzobispo con alma de señor feudal hizo construir en lo que eran sus dominios este edificio cuyas paredes la acción del tiempo va resquebrajando.

En este castillo, José Rivera, cacique, burgués y usurero, todo en una pieza, hizo construir unas tétricas mazmorras para encerrar en ellas a sus convecinos que se permitían censurar su inhumana y egoísta actuación, o bien en un mal año para las cosechas no podían pagarle los réditos de los préstamos usurarios que “cristianamente” les hacía A. M. D. G.

Cuando los fascistas al mando de un “boche” se apoderaron de Albalate del Arzobispo tras dura y valiente resistencia de republicanos, socialistas y libertarios, en las lóbregas mazmorras fueron encerrados más de un centenar de hombres.

José Rivera respiró satisfecho viendo completamente ocupadas las celdas de su “hotel”; pero pocos días después, José Rivera, cobarde y ruin, huía custodiado por unos guardias civiles traidores que al saber que avanzaban desde Caspe nuestras Milicias camino de Híjar, corrían a campo traviesa, abandonando en su huida sus charolados tricornios.

Hoy Albalate del Arzobispo es Albalate del Luchador. Los calabozos del castillo están vacíos y sus puertas forradas de hierro -cinco dedos de grosor- aparecen abiertas. Parecen bocas de vieja desdentada que se ríen burlonamente de José Rivera, del alemán y de los civiles.

La “república” de Albalate

Sargentos y oficiales de Artillería, en Albalate destacados a la espera de salir hacia Belchite o hacia Teruel, han constituido, para comer, una simpática colectividad. Todos son compañeros -la palabra camarada recuerda demasiado a los teutones de Hitler- y de ellos cuidan dos simpáticas mujeres: la tía Pilar y María. Dos mujeres que se desviven para hacer maravillosos guisos bajo la dirección del teniente Artiles, un excelente artillero y un inmejorable cocinero.

Las comidas transcurren en un afable ambiente de fraternidad. La bota llena de buen vino corre de mano en mano mientras surgen chistes y felices ocurrencias. Mientras humea la sabrosísima sopa en los platos o se arañan con los dientes las chuletas de cordero, todos son iguales. Después, cuando los cañones del 15’5 son emplazados en pleno campo para realizar maniobras, la disciplina cuida de colocar a cada uno en su lugar debido. Y cuando el capitán Castillo, un hombre simpático, inteligente y afable, hace su aparición en la “república”, todos aquellos sargentos y oficiales, republicanos, anarquistas y socialistas, de pie y saludando con el puño en alto, que aproximan a la cabeza, dicen al unísono: -A la orden, capitán. En la “república” de Albalate todo es corazón. En la “república” de Albalate todo es disciplina.

“El alférez de Artillería Fernando Soler, hijo de nuestro redactor Juan M. Soler, en su guardia”

 La gentil enfermera

¿Recordáis aquella famosa bailarina que exaltaba con sus danzas al público del Cómico de Barcelona? ¿Recordáis a Liana Gracián? Pues bien, Liana Gracián ha dejado el teatro para convertirse en enfermera. Ha huido de los escenarios para refugiarse en este Hospital de Sangre de Albalate del Luchador.

-¿Qué le ha impulsado, Liana, a este cambio en su vida?- le preguntamos.
Liana enmudece unos momentos y a seguido nos dice:
-Yo también quiero contribuir a la lucha contra el fascismo.

¿Vamos a creerla? Sí. Vamos a creerla; pero también sabemos que un conflicto sentimental obligó a la más gentil y más aplaudida de nuestras bailarinas a marchar al frente. Es un secreto que ella quiere ocultar y que nosotros adivinamos.

Sin armas se gana también la guerra

Foto de Liana Gracián y Juan M. Soler. Aparece recortada del original escaneado por la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España. Abajo, Liana en 1929 y 1933

 

Un taller de reparaciones de automóviles situado en la carretera

El experto mecánico José Jiménez, al frente de un puñado de inteligentes y laboriosos obreros, desde el mes de agosto está reparando los autos que velozmente corren de un lado para otro por estas carreteras del Sur Ebro.

Más de mil coches llevan reparados. Mil coches que a no ser por estos hombres estarían tumbados en las cunetas de las carreteras. Más de mil coches que prestan inestimables servicios a la causa antifascista.

Para combatir a los mercenarios de Franco, además de bravos soldados que empuñen el fusil o manejen diestramente la ametralladora y el cañón se necesitan hombres como estos mecánicos que trabajan ocho, diez, doce horas, las que sean necesarias, y para los cuales no existen domingos ni semana inglesa.

También, también son ellos soldados de nuestro Ejército y con gran tesón contribuyen a nuestra innegable victoria.

 Los artilleros

La batería de obuses del 15’5 tiene buenos mandos y también tiene buenos artilleros.

Todos ellos desean que sus cañones rujan para destrozar a las mesnadas moras, italianas y alemanas que a las órdenes de Cabanellas operan con insuperable miedo en los frentes de Aragón.

Se impacientan porque no salen hacia las avanzadillas para bombardear Belchite o destruir Teruel.

A la molicie de las guardias, en el cruce de las carreteras que van a Lécera y a Hijar, prefieren la vida inquieta, no exenta de peligros, de campaña.

Cuidan sus cañones como cosa suya. Los miman, los limpian, los preparan siempre cuidadosamente para que estén dispuestos a engullir el proyectil que ha de abrir brecha en el campo enemigo.

La mayoría son mocetones vascos que vinieron de Irún. Desean lucha, y cuando les interrogamos nos dicen, poseídos de fervoroso entusiasmo:

—Aquí no pasará lo de Irún… ¡Ya verán ellos, ya verán!

En este punto terminaba la crónica de Juan M. Soler para Mi revista. Lo que realmente nos ha provocado sorpresa y horror ha sido su referencia a dos mujeres, “la tía Pilar y María”, encargadas de preparar sabrosos guisos, bajo las órdenes del teniente Artiles, para disfrute de los milicianos. Esas dos mujeres eran con toda probabilidad, las hermanas Pilar y María Gómez Manero[3], de 26 y 25 años de edad en marzo de 1937, hijas de una humilde y numerosa familia de jornaleros. Mucho antes de caer en nuestras manos el artículo de Soler, ya habíamos leído y escuchado la narración que hizo María Gómez en sus recuerdos, publicados como Mis memorias (Zaragoza, 1996), y en innumerables conversaciones familiares, sobre las condiciones de vida en tiempos de guerra y bajo la dictadura del proletariado. El relato que sigue forma parte de las citadas Memorias de María Gómez Manero y confirma lo relatado por el corresponsal de guerra de Mi revista en marzo de 1937:

Relato de María Gómez sobre la guerra en Albalate del Arzobispo

María Gómez Manero, c. 1935

También a mí me las hicieron pasar mal, pues me llevaban al campo a coger lo que había y llevarlo a la iglesia, que habían convertido en cooperativa, adonde tenían que llevarse todas las cosechas, y después, con unas cartillas, íbamos a que nos dieran para comer ¡que era muy poco! Un día fue mi madre y lo único que le dieron fue una cabeza de ajos.

 Pilarín[4] estaba con su padre [se trataba de Román García Gárate, maestro nacional y uno de los alcaldes de Albalate]. Tenían una chica -Concha- que les hacía la limpieza. De momento ellos no tenían peligro, ya que el padre de esa chica era uno de los que más influencia tenían, cosa que les valió, porque a todos que tenían asistenta se la quitaron; pero Concha estaba muy contenta con ellos y le dijo a su padre que no quería irse de casa de D. Román, “porque estoy muy bien y les quiero.” Pilarín no andaba bien de salud; por eso yo estaba mucho con ella, pues nos queríamos como hermanas.

Pronto volvieron a detener a más gente -a 10 personas-, entre ellos al padre de un seminarista, a quien mataron por haberse escapado su hijo. Todos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Santísima Virgen de Arcos!” De esto se enteraron algunos hombres que, ocultos por los caminos, les siguieron, viendo todo el drama [puede leerse la descripción de estos asesinatos aquí y aquí].

A mí seguían haciéndome trabajar. Como allí levantaron el cuartel general, acudían todas las fuerzas del frente, que venían a comer y a descansar. En los locales de las escuelas, junto al cuartel, hicieron unos comedores, donde se daba de comer a todos. Como necesitaban gente, nos cogieron a unas cuantas chicas para servir en los comedores y había que hacerlo con toda la etiqueta, como si fuera comida para grandes personajes.

De las casas que requisaron, sacaron ricos manteles y ropas de hilo bordadas. Allí había cubiertos de plata, ricas vajillas, todo completo, que daba pena ver, ya que luego no servían para nada, pues cogían la comida con la mano. Con toda delicadeza nos gritaban: “¡Tú ponme vino! ¡Quítame este plato!” Derramaban el vino en los manteles y, como eran tan señoritos, había que cambiarles el mantel en todas las comidas. Nosotras, a lavarlos, y como el vino no se quitaba, había que meterles buenos chorros de lejía y, a los pocos días, todos estaban rotos a tiras. Allí en la acequia nos poníamos buenas de lavar; yo lloré muchas veces al ver aquello.

Con el tiempo se terminaron todos los corderos, los cerdos, los pollos y los conejos, y ya no había con qué alimentar a toda aquella chusma.

La vida transcurría igual. Nadie decía “adiós” por la calle; todos con el puño en alto: “¡Salú!” Muchos, a cuenta de miedo, o por oírlo tanto, repetían “¡Salú!”, pero yo no lo hice nunca.

Dejamos aquí  uno de los episodios que marcaron para siempre la vida de las gentes humildes de Albalate del Arzobispo.

Notas

[1] Juan M. Soler, “Estampas de la guerra. En Albalate del Luchador”. En Mi Revista. Ilustración de Actualidades. Barcelona. Año II, Núm. 11, 15 de Marzo de 1937, págs. 32-33.
[2] José Rivera logró salvar la vida huyendo a tiempo a Zaragoza.
[3] Pilar Gómez Manero estaba casada con un miembro de la CNT en Albalate, Laureano Molina López. De ellos nacería, el 30 de marzo de 1937, Laureano Molina Gómez, a quien debo muchísimo como una de las fuentes principales de la modesta genealogía de nuestra estirpe por parte materna. Respecto a María Gómez Manero, que, en marzo de 1937, tenía 25 años, se convirtió en la esposa del único hijo superviviente de D. Román, Emilio García Alegre. María y Emilio fueron mis padres.
[4] Se refería a la que, tres años después, sería su cuñada, Pilar García Alegre, hija de D. Román.

Los gitanos: bohemios, zíngaros, romaníes

por Emilio García Gómez*

Gitanos andaluces. Reprod. con autorización de la fuente original (no disponible) http://www.upbustleandout.co.uk/zahara/home/zahara_home.htm

El nomadismo, las deportaciones en masa y las modificaciones de las fronteras han alterado sustancialmente el habitat de numerosos grupos de población a lo largo de la historia. Algunos núcleos étnicos como los kurdos carecen de territorio propio al haber sido repartido entre los estados hegemónicos circundantes. Pero si repasamos la geografía del planeta, no resulta difícil encontrar un espacio que vaya asociado a un pueblo concreto del que recibe su nombre. Azerbayán, por ejemplo, es la tierra de los azeríes, Armenia de los armenios, Abjazia de los abjazos, Kurdistán de los kurdos, Moldavia de los moldavos. Otros pueblos o tribus como los achumawi de California mantienen su nombre e incluso siguen ocupando sus tierras ancestrales, aunque éstas no sean identificadas con una toponimia específica. En teoría sería factible construir una nación para todos ellos, como hicieron los negros de Estados Unidos adquiriendo terrenos en lo que hoy es Liberia y dotándose de un estado; o como han intentado, aunque sin lograrlo, los indios norteamericanos en Dakota bajo el liderazgo de Russell Means. Existe, sin embargo, una población transnacional, la de los rom (romaníes, gitanos) -calculada en 12 millones de personas, aunque no hay un censo fiable-, de la que se conocen sus posibles orígenes, sus asentamientos pasados y presentes, sus manifestaciones lingüísticas y culturales y su organización social, pero no el nombre de la tierra que pudiera darles cobijo como antaño, dada su dispersión por todos los rincones del planeta. Sobre ellos se ha hablado tanto, se han escrito tantas páginas, se han tomado tan extraordinarias medidas políticas de carácter represivo y se han generado tantos mitos y leyendas que excede nuestra capacidad de comprender la verdadera dimensión de la realidad. Da la impresión de que determinadas familias étnicas reúnen una serie de rasgos exclusivos de su estirpe y transmitidos de generación en generación, aunque sabemos sin ningún género de dudas que no es cuestión de herencia genética, sino de conducta social. Se dice, por ejemplo, que los gitanos se multiplican como las hormigas, no tanto por su fecundidad como por su interminable dispersión; que sus hijos pequeños contribuyen sustancialmente al mantenimiento de la economía familiar; que poseen facultades metagnómicas (en realidad son grandes conocedores de la sicología humana); que dominan el arte de la cartomancia y la quiromancia, así como la interpretación de las luces y las sombras en sus bolas de cristal; que venden piedras y amuletos de la suerte para el juego y el amor; que descubren el paradero de los objetos robados; que sanan con sortilegios y hierbas medicinales –llamadas sastarimaskodrabaró– a las personas y las bestias enfermas, especialmente las acémilas, que siempre han constituido una fuente de ingresos; que son despiadados con sus enemigos invocando su maldición; que, a su vez, se libran de los malos augurios metiéndose un trozo de pan en el bolsillo; que raptan, compran y venden niños; que tienen una larga tradición de canibalismo y de vampirismo; que no reconocen obediencia ante nadie ni profesan religión alguna excepto por propio interés. “Nosotros los gitanos”, escribe el poeta romaní italiano Spatzo (Vittorio Mayer Pasquale), “sólo tenemos una religión: la libertad.” Se dice que viven de la rapiña limpiando los campos de sus frutos y vaciando casas, iglesias y ermitas; que trafican con animales y drogas; que reciclan cualquier cosa por inservible que sea; que emplean un código secreto para comunicarse entre sí; que practican la promiscuidad, aunque, como contraste, mantienen una estructura familiar compacta y endogámica, enmarcada por extensiones no directamente emparentadas, como la antigua kumpania; que son, en fin, una raza indomable, inescrutable, infatigable, inasimilable e inexterminable, tan temida como odiada. Uno de estos mitos habla de que cómo los gitanos comenzaron a atravesar Europa portando las cartas del Tarot, presumiblemente obtenidas por los caballeros templarios de los sarracenos, que, a su vez, las recibieron de la India por medio de los árabes. Se cuenta también que los gitanos eran depositarios del simbolismo religioso de los antiguos egipcios. Tras la destrucción de Alejandría, los sacerdotes de Serapis se agruparon para preservar sus ritos. Sus descendientes, los gitanos, que hablaban una antiquísima lengua secreta, iniciaron su éxodo por el mundo trayendo consigo los libros más sagrados rescatados del incendio de la gran biblioteca, entre los cuales se hallaba el libro de Enoch. Por tal motivo se les atribuye una especial competencia para la magia y las ciencias ocultas. Algunas de sus ocupaciones tradicionales -hojalateros, plateros, caldereros, forjadores de cuchillos, agujas, clavos y herraduras- están íntimamente relacionadas con el fuego. Dada su fama de rateros -con frecuencia injustificada-, se atribuye a una gitana la sustracción de uno de los cuatro clavos preparados para la crucifixión de Jesucristo, causándole un sufrimiento añadido. También corre la leyenda de que, habiéndose ordenado crucificar a Jesús, ningún herrero quiso fabricar los clavos conociendo el destino de los mismos. Preguntados los gitanos, se ofrecieron a hacerlo. Por tal motivo recibieron el castigo de andar errantes para el resto de sus vidas. La mayoría de los tabúes intraétnicos obedecen a la superstición y, por tanto, a la ignorancia o el temor ante las consecuencias de hechos puramente biológicos. Como el cuerpo de la mujer posee, según ellos, dos partes, una noble -de cintura arriba- y otra innoble o impura (marimé) -de cintura abajo, es decir, la zona donde se produce la menstruación-, tradicionalmente las gitanas han evitado mostrar las piernas vistiendo faldas largas hasta los pies, bañándose en agua corriente y lavando su ropa aparte de la de los hombres. Otras creencias responden a estímulos de tipo higiénico, como recoger el agua de beber del punto más alejado del río corriente arriba. Respecto al celo que mantienen para salvaguardar sus costumbres arcanas y evitar al mismo tiempo la contaminación y la discriminación de los gadje o gadjikané -gachós, sociedad no gitana-, las graves consecuencias son el analfabetismo endémico, calculado en un 95%, y la automarginación. Los historiadores todavía siguen formulando hipótesis sobre las fechas y las posibles causas de la diáspora, la primera gran migración de los gitanos desde la India, aunque sí se conocen las fechas de su llegada a Europa, a finales del siglo XIV y principios del XV. Es probable que la expansión musulmana por el subcontinente asiático en el siglo XI empujara a las distintas poblaciones y ejércitos organizados para la defensa de la región hacia otros lugares. Quienes habían sido un pueblo sedentario se convirtieron en nómadas -“gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todo aquello que se les antoja“, dice Don Quijote-. Tenemos, sin embargo, la clave del origen indostano de la etnia gracias al auxilio de la lingüística, que ha definido claramente la consanguinidad del romaní y el tronco indoeuropeo. Así nos encontramos con numerosos vocablos procedentes del sánscrito, el marati y las distintas variedades que se hablan en el Punjab, como chiricli (pájaro), nak (nariz), bal (pelo), rup (dinero), panjo (agua), dyago (fuego), jer (casa), calo (negro), terno (joven), tud (leche), grea (caballo), etc. No obstante, han circulado absurdas hipótesis sobre su posible ascendencia ibérica -emparentados así con los vascos-, asiria, atlántide y, por su complexión cobriza, hasta amerindia. Su presencia en Europa inicialmente fue bien acogida. Jacobo V de Escocia (siglo XV) firmó un pacto con un patriarca local para que le ayudara con sus hombres armados a recuperar “Egipto Menor” (Epiro, en la costa de Albania y Grecia). Con el tiempo cambiarían las actitudes de los distintos gobiernos, recelosos del régimen de vida de aquellas gentes. Cuando una rama de gitanos llegó a Inglaterra, Enrique VIII lanzó severos edictos contra ellos, describiéndoles como gente sin ley ni oficio que se autodenominaban egiptanos y que vagaban en grandes caravanas. Muchos fueron condenados a la horca por el simple hecho de ser gitanos. La entrada en España tuvo lugar por Barcelona el 11 de junio de 1447; desde allí se dispersaron por la península. Fernando de Aragón el católico, Carlos V, Felipe II y Felipe V no dudaron en ordenar su expulsión del territorio. Lo mismo hizo Francisco I en Francia, imponiéndoles penas de flagelación, amarrando con grilletes a los hombres y rapándoles la cabeza a las mujeres. En la asamblea de los estados de Orleáns en 1561 todos los gobernadores recibieron la orden de exterminarlos “por el hierro y por el fuego”. Desde el siglo XVI, daneses, noruegos, suecos y finlandeses no les permitieron cruzar la frontera, confiscando todo barco que trajera gitanos y emitiendo decretos de deportación en los siglos XVII y XVIII. En 1578 se prohibió en Polonia darles cobijo bajo graves sanciones; en los Países Bajos, reinando Carlos V, se ordenó su expulsión o, si se negaban a ella, su ejecución; Maximiliano I les vetó la entrada acusándoles de espiar para los turcos. En la antigua Moravia y en Bohemia se adoptó la práctica de cortarle una oreja a toda mujer gitana que encontrasen. Muchos fueron deportados a las colonias europeas de América y Australia. Las ordenanzas salidas de las cortes de José II de Alemania y Carlos III de España les prohibían hablar su jerga, llamada jerigonza -supuesta metátesis de zingueronza, o lengua de los zíngaros- y vestirse a su manera tradicional. En el XVII los gitanos acabaron siendo esclavizados en Valaquia y Moldavia hasta su emancipación en 1856. En Hungría, hasta bien entrado el siglo XX, dada su fama de ladrones, se les prohibía entrar en las ciudades y sólo se les permitía permanecer en los pueblos hasta un máximo de dos días. Numerosos fugitivos de las leyes antigitanas en diversos países se refugiaron en los bosques, lo que dio origen a nuevas leyendas sobre sus prácticas caníbales. George Borrow (1843) cita algunas oscuras leyendas que levantó Juan de Quiñones (1632) acerca de esta sangrienta costumbre. Una de ellas recoge el testimonio de un juez de Jaraicejo (Cáceres) que participó en el interrogatorio bajo tormento de unos gitanos que, supuestamente, habían devorado a una gitana en el vecino bosque de Las Gamas. A pesar de las persecuciones, las agrupaciones de gitanos fueron especialmente numerosas en Hungría y Transilvania. En 1761 la reina de Hungría inició un proceso legal para asimilar a la etnia, facilitándoles instrumentos de labranza, prohibiéndoles vivir en tiendas, expresarse en su idioma y tañer sus instrumentos musicales, excepto en fechas señaladas. También obligó a los niños y a los adolescentes a asistir a la escuela, frecuentar la iglesia y salir del núcleo familiar para aprender un oficio. En algunos lugares aparecen como mercenarios en distintos ejércitos o regimentados de forma autónoma, como en Castilla y Aragón que, en 1618, vivieron horrorizadas el paso de 800 gitanos saqueándolo todo como auténticos forajidos. De 1619, reinando Felipe III,  datan las pragmáticas y cédulas emitidas en Madrid para controlar el movimiento de los gitanos: “CEDVLA DE SV MAGESTAD, tiene por bien, y manda, salgan del Reyno, dentro de seis meses los Gitanos, que andan vagando por el, y que no buelvan so pena de muerte, con los que quisieren quedarse sea en lugares de mil vecinos arriba, ni puedan usar del trage y lengua.” Cuando los serbios se rebelaron contra los turcos hallaron en los gitanos unos excelentes aliados y combatientes. El romanticismo introdujo, sin embargo,

Ilustración sobre los gitanos. “Vous qui prenez plaisir en leurs parolles, Gardez vos blancs, vos testons, et pistolles“. De Les Bohémiens, suite de quatre piéces, por Jacques Callot, (1621). Fuente: Biblioteca Digital Hispánica.

Es de destacar el interés de Igor Stravinsky en incorporar el folclore de los zíngaros en su Petrushka, “Danza de los gitanos” (1910-11).

El escritor germano-francés Georg Bernhard Depping (1784-1853) describió brevemente la presencia de este grupo étnico: “Hay en Europa un pueblo errante ó trashumante, poco numeroso en verdad, que no tiene residencia fija cual los árabes y kalmucos: tales son los gitanos. Véseles divagar en los países donde hay grandes bosques y pocas ciudades considerables; no poseen una pulgada de terreno; no tienen patria; viven miserablemente y duermen en el campo bajo las hojas de los árboles, ó en las cabernas de los montes.” (Historia descriptiva de los usos y costumbres de todas las naciones: comprensiva del carácter, ceremonias, trajes, juegos, fiestas y supersticiones de los pueblos antiguos y modernos.  Escrita en francés por Mr. G.B. Depping; y traducida al castellano con notas por Baltasar Anduaga Espinosa. Madrid: Imp. de la V. de Jordán e Hijos, 1843. Más adelante, el viajero y escritor norteamericano Fred A. Ober hizo un recorrido por las tierras ibéricas y describió brevemente su experiencia con los gitanos de Granada: “Though we stayed in Granada nearly a month, our spare hours, of course, were devoted to the Alhambra, and to excursions to various points of the Vega made interesting by their historical associations. The gypsy quarters above the River Darro frequently attracted us. There these peculiarly degenerate people, the Zincali, or Gypsies, dwell in caves hollowed out of the rocky hillside. They are dirty, dishonest, and inclined to mob every stranger who may seem afraid of them. How they live no one knows; but they are persistent beggars, and gain a great deal in this way, and by ‘telling fortunes.’ Their rude dances and wild songs may be heard at every fair and bull-fight (outside the ring), and they are the worst horse-thieves and jockeys in the world.” (Rambles in sunny Spain: fully illustrated. Boston Estes and Lauriat. 1898).

Los ilustradores, escritores románticos que recorrieron España en el siglo XIX y posteriormente contribuyeron a reducir la carga derogatoria de la etnia gitana, tratándola como grupo claramente diferenciado del resto de la población local, como puede observarse en las imágenes siguientes:

Charles Clifford, La Alhambra. Gitanos bailando (1862)

UN BAYLE DE GITANO : Costumbres Andalousas – UN BAL DE BOHÉMIENS : Moeurs Andalouses. Lith. par Adolphe Bayot-Jenaro Pérez Villaamil. Imprimerie Lemercier et Cie. 1842

Los gitanos han recibido distintos nombres en diferentes lugares: entre los moros y los árabes eran conocidos como harami ocharami (ladrones), por su inclinación al robo; en Bujaria (región a caballo de Uzbekia, Kazajia, Tadzhikia y Turkmenistán) djiajii (“chachi”); en Hungría se les designaba como czigány, faraoitas (pharaoh nepek, pueblo del faraón) y romungro. Los gitanos armenios reciben los nombres debosa o lom, éste último equivalente al dom que se les daba en Palestina. En Francia se hablaba de ellos como bohémiens (originarios de Bohemia), manouches (“personas”), rômes o gitanes; en la región francesa de Camargue se les llama caraques. En Portugal y España son conocidos como gitanos (contracción de “egiptanos”). Aquí también se les ha llegado a conocer como béticos, moradores de las cuevas de Guadix y Granada, aunque hoy se les identifica mejor como húngaros, zíngaros y, muy especialmente, calés. Esta palabra procede del indostaní kâlâ, que significa “negro”, en alusión a su tez oscura, que en Europa se asociaba al demonio. Hay un dicho en yiddish (judeo-alemán) según el cual “el mismo sol que blanquea la ropa oscurece la piel de los gitanos“. La palabra calé ha dado paso a caló, un dialecto del castellano lexicalizado con términos romaníes. En Macedonia se les conoce por giupci y en Grecia por gyphtos yathinganoi (“intocable”), siendo este último vocablo una falsa etimología para zingari, en referencia a una supuesta secta religiosa asentada en Frigia y Tracia (Asia Menor) que rehuía el contacto con los extraños y que luego se aplicó a los que se dedicaban a las artes de la adivinación. En Alemania se les da el nombre de zigeuner y sinti. La expresión alemana Zigeunernacht (“noche de los gitanos”) hace referencia a la ejecución por gas y posterior cremación de 4.000 gitanos internados en el campo de Auschwitz-Birkenau el 14 de agosto de 1944. Aunque Hitler no pudo encontrar argumentos para eliminar a los gitanos basándose en sus principios de pureza aria, habida cuenta que éstos formaban parte de uno de los pueblos más antiguos de la raza indoaria, el número de miembros de la etnia asesinados por los nazis alegando su inferioridad como especie no nórdica y sub-humana asciende a un millón y medio. En Inglaterra el sustantivo de referencia común es gypsy (de Egyptian, egipcio); en Holanda heidenen (idólatras); en Siria dom y madjub; en Turquía tschingenès; en Rusia, Transilvania, Moldavia y Valaquia tzigani. En Noruega, Dinamarca, Suecia y Alemania se pensaba que pertenecían a la familia de los tártaros asiáticos, por lo que les conocían como tatere, tattare o tater-pak. Tanto en Noruega como en Suecia reciben otros nombres como vandriar (itinerantes), tavringar, dinglare, romanisæl y resande. En Rumania, con una populosa comunidad étnica, se les ha conocido por muchos nombres en función de sus distintas ocupaciones: argentari (plateros), calderari, kalderash (caldereros), ferari (herreros), cutitari (afiladores de cuchillos), lautari (músicos, teniendo en cuenta que sus instrumentos preferidos han sido el laúd, la guitarra y el violín, junto con los de percusión), ursari (domadores de osos) y salahori (constructores de casas). Algunos de los nombres que han recibido en distintos paises evocan su posible origen o son simples variantes fonéticas y trasliteraciones del mismo apodo: agarenos, (hijos del Agar, moabitas), asdingi, astingi, azingani, biadjaks, cadindi, caird, cali, carasmar, churara (de churi, cuchillo), ciagisi, cingari, cingesi, cinquanes, daias, dandari, dardani, faraones, filistinos, gadjar, gindani, gingari, harami, kieldering, kieni, korbut, luri (como la lengua de los nómadas iraníes del mismo nombre), nadsmoends-folk, pagani, romani o romaní, romcali, romnicai, roumouni, sani, sarracenos, secani, siah-indus, sicani, siculi, siguni, sindi, sinti, sloier-pak, splinter-pak, spukaring, tsani, tshigani, tsigani, vangari, zath, zechi, zendji, zeygeunen, zidzuri, ziegeuner, zigenner, zindcali, zinguri, zogori, zoth.

Hoy, todos esos términos -algunos de los cuales son despectivos y discriminatorios- han sido sustituidos formalmente por el sustantivo rom, que significa “hombre” o “marido” (plural roma, femenino romni), para designar a todos los gitanos con independencia de su nacionalidad o país de estancia. En la ortografía oficial, la palabra rom y sus derivaciones aparecen en mayúscula y escritas con doble “r” –Rrom, Rroma, Rromni-.Hay una denominación oficial para la tierra de los gitanos, Romanestán, a imagen y semejanza de Kurdistán, que no es un Estado, pero nos parece mejor rebautizarla (en español) como Romanía, Gitanía, Bohemía o Tsiganía, un lugar etéreo, sin espacio físico ni trazado lineal que abarca países tan diferentes como Afganistán, Albania, Alemania, Argentina, Armenia, Australia, Austria, Bosnia-Herzegovina, Brasil, Bulgaria, Chile, Colombia, Dinamarca, Egipto, Eslovaquia, España, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Gales, Gran Bretaña, Grecia, Hungría, India, Irán, Iraq, Italia, Kazajstán, Letonia, Libia, Macedonia, México, Moldavia, Noruega, Países Bajos, Polonia, Portugal, República Checa, Rumania, Rusia, Suecia, Suiza, Siria, Turquia, Ucrania, Uzbekistán y Yugoslavia. Los nombres propuestos son inútiles como referencia geográfica, pero al menos nos dan una idea de ese eje imaginario sobre el que gira una comunidad de individuos bien distribuidos por todo el mundo y fácilmente reconocibles entre sí por grande que sea la distancia que les separe, compartiendo durante siglos numerosas tradiciones y costumbres como la itinerancia, hablando el mismo lenguaje -aunque se halla fragmentado en múltiples variantes dialectales y subdialectales o sustituido por las lenguas superestrato de la región donde habitan- y, sobre todo, poseer un profundo instinto de supervivencia mediante estrategias de adaptación a las inclemencias ambientales. Hoy se calcula que sólo un 5% de los gitanos europeos siguen siendo nómadas, pero en el pasado, los mismos poderes que les castigaban por negarse a fijar su residencia en un lugar les prohibían acampar y establecerse de forma permanente. Los decretos españoles emitidos desde el siglo XVIII contra vagos y maleantes -mayormente gitanos- lograron arrinconar a la etnia en guetos urbanos, aunque nunca se les permitió vivir en grandes grupos. De la misma manera que se les impedía vivir y vestirse con arreglo a sus costumbres, también se les negó la propiedad de caballos o tierras. Con una clara voluntad de apartarles de la vida social y religiosa, así como de acabar con la raza, se llegó a prohibirles casarse entre sí. Para la sociedad moderna el pueblo gitano forma parte de una contracultura, lo que significa que están condenados al desprecio y la marginación, y, por tanto, son objeto de represalias y de clichés. Distintos autores no han tenido reparos en declarar que en su jerga no existen términos equivalentes a “cálido”, “hermoso”, “deber”, “leer”, “escribir”, “peligro”, “propiedad”, “tiempo”, “verdad” y “silencio”. Hancock (1966) recuerda que los intercambios léxicos son habituales en todas las lenguas del mundo y a nadie puede sorprender que las variantes romaníes hayan incorporado numerosos vocablos de otras lenguas. Pero además denuncia la falta de rigor de muchos autores que no se detienen a comprobar sus fuentes y elabora una amplia lista de palabras y sus sinónimos que demuestran la invalidez de los argumentos empleados:

cálido: tatichosimós, táblipen
hermoso: sukár, múndro, rínkeno, jakhaló, orchíri, pakváro y otras
deber: musajipé, vója, vuzhulimós, udzhilútno, udzhilipé, kandipé, slúzhba, kandimós, thoximós, vudzhlipé
leer: dzhin, gin, chit, giláb, drab
escribir: ram, jazd, lekh, pisú, pisát, chet, skur, skrij, chin
peligro: strázhno
propiedad: májtko, arachimáta, sersámo, trjábo, butjí, aparáti, kóla, prámi, dzhéla, dzhélica, joságo, starimáta, icharimós, astarimós, theripé
tiempo: vaxt, vákti, vrjámja, chéros
verdad: tachipén, chachimós, vortimó, siguripé y otras
silencio: míro, mirnimós

Hay unas cuantos glosarios del hispano-caló accesibles a través de  la Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional de España, como el de  R. Campuzano, Orijen, usos y costumbres de los jitanos, y diccionario de su dialecto con las voces equivalentes del castellano y sus definiciones. Madrid: Imp. de M.R. y Fonseca, 1848. O el Diccionario del dialecto gitano: origen y costumbres de los gitanos: Contiene mas de 4500 voces con su correspondencia castellana y sus definiciones por A. de C. Barcelona Imp. Hispana, a cargo de Vicente Castaños, 1851. No podía faltar el reputado autor decimonónico y especialista en los gitanos españoles, el propagandista bíblico inglés George H. Borrow, autor de un curioso Criscote e Majaró Lucas, chibado andré o romano o chipé es zincales de Sesé = El Evangelio según S. Lucas, traducido al romaní o dialecto de los gitanos de España [lo chibó en calo romano George Borrow]. Lundra [s.n.]: printed by William Clowes and Sons, 1872. Otro glosario y característica descripción de los gitanos del siglo XIX es el Vocabulario del dialecto jitano, con cerca de 3000 palabras y una relación esacta del carácter, procedencia, usos, costumbres. modo de vivir de esta jente en la mayor parte de las provincias de España, celebridad en las fiestas, nombres y apellidos más usuales, fisonomía y cuantos cuantos antecedentes se pueden tener de ellos, con varios rezos, cuentos, fábulas, versos, brindis, parte de la doctrina cristiana y ordenanza militar, por Augusto Jiménez. Sevilla, 1853. Imprenta del Conciliador, calle del Lagar nº 6. Tiene igualmente interés el librito de Francisco de Sales Mayo y Francisco Quindalé, publicado en 1870 (Madrid, Librería de Victoriano Suárez), El gitanismo. Historia, costumbres y dialecto de los gitanos. Con un epítome de gramática gitana. Primer estudio filológico publicado hasta el día y un diccionario caló-castellano, que contiene, además de los significados, muchas frases ilustrativas de la acepción propia de las palabras dudosas.

Soravia (1984) ha establecido la siguiente clasificación de los dialectos romaníes con arreglo a su base étnica: 1) grupo del Danubio representado por los kalderash, lovara y curara; 2) grupo balcánico occidental que comprende a istrios, eslovenos, javates y arlija; 3) grupo sinto: eftavagarja, kranarja, krasarja y eslovaco; 4) grupos rom de Italia central y meridional; 5) grupo británico: romaní galés (ya desaparecido) y anglo-romaní; 6) grupo fínico; 7) grupo greco-turco; 8) grupo ibérico: caló o hispano-romaní. Por su parte, la base de datos Ethnologue enumera 15 lenguas romaníes, a saber, el anglo-romaní del Reino Unido, el caló de España, el domari de Irán, el lomavren de Armenia, el romaní balcánico de Yugoslavia, el romaní báltico de Polonia, el romaní carpático de la República Checa, el romaní fino-caló de Finlandia, el romaní sinte de Yugoslavia, el romaní valaco de Rumania, el romaní galés del País de Gales, el romano-griego de Grecia, el romano-serbio de Yugoslavia, el romaní travinger de Suecia y el danés errante de Dinamarca. Desde el punto de vista exclusivamente étnico hay cuatro naciones o tribus rom: churari, kalderash, lovari y machavaya, con otros subgrupos denominados bashaldé, boyash, calé o gitanos, luri, manush, romungro, rudari, sinti, ungaritza y xoraxai. La clasificación de las distintas familias romaníes se viene haciendo, no obstante, con arreglo a sus variantes lingüísticas: los domari, residentes en Europa Oriental, los lomavren, de Centro-Europa, y los rom de Europa Occidental. Existe una comisión de la Unión Internacional Romaní encargada de codificar un dialecto estándar común para todos los rom, aunque las posibilidades de culminar el proceso con éxito son bien escasas; hasta los más optimistas son conscientes de que una lengua natural no se puede construir ni unificar en un despacho. Parece más lógico y realista adoptar uno de los dialectos ya existentes y más extendidos como el romaní haciéndolo pasar de una versión eminentemente verbal, como la que ha tenido hasta ahora, a otra literaria, con una gramática y un diccionario destinados a su normalización como idioma nacional rom. Con todo, hay que superar enormes obstáculos para asegurar el conocimiento del romaní por todos los miembros de la nación gitana; la mayoría sólo habla la lengua del país donde residen en cualquiera de sus versiones y ni siquiera la escriben. ¿Cómo, entonces, pueden acceder al romaní, que para ellos será una lengua extranjera sin ninguna utilidad y que les expone por partida doble a nuevos riesgos de discriminación? El éxodo romaní y sus estancias temporales en distintos lugares al oeste de la India han modificado sustancialmente los dialectos que trajeron consigo. Aunque prácticamente en ningún lugar fueron asimilados por las culturas locales, es comprensible que se vieran obligados a aprender las lenguas que oían sin olvidar en principio las suyas propias, aunque posteriormente éstas se vieron afectadas por un proceso natural de relexificación a partir de las variedades superestrato. Este fenómeno constituyente por contacto es común a todas las lenguas, sean o no de cultura. De este modo se ha podido reconocer el itinerario del idioma romaní por sus incrustaciones armenias, como por ejemplo grast (caballo), persas (ambrol-pera-, angustri -anillo-), eslavas (ledome-congelado-), griegas (drom -camino-, kokalo -hueso-), etc. Los diversos dialectos eslavos, el magiar, el rumano, el alemán o el español han influido notablemente en las variantes romaníes, alterando profundamente su estructura sintáctica y morfológica y terminando por ocupar su lugar, hasta el punto de que del idioma original indostaní sólo quedan formas híbridas aisladas y desde luego dialectizadas en el seno de los distintos continuos lingüísticos indoeuropeos occidentales.

Manolito de María.. Fotografia de David George. Flamenco Project.
Imagen cortesía de Acción Cultural Española

Un caso particular: los gitanos en Colombia. El difícil escenario para sus derechos lingüísticos.

En septiembre de 2008 tuvo lugar en Bogotá un encuentro de delegados de las diversas Kumpañy del pueblo Rrom (gitano) de Colombia para reclamar su derecho a ser reconocidos como grupo étnico, la preservación de su cultura, la dispensa a sus miembros de prestar el servicio militar y una cobertura sanitaria en todo el territorio nacional, teniendo en cuenta la naturaleza itinerante de los patrigrupos familiares (descendientes de un mismo grupo familiar) y Kumpañy (congregación de patrigrupos).

La interlocución de los Rrom con el Estado colombiano debía conducir a una reforma constitucional que garantizase el reconocimiento y la protección del pueblo Rrom, acogiéndose al convenio de la O.I.T. sobre “Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes” que escude su propia organización social tradicional y tribal. Dos años después, en agosto de 2010, el gobierno aprobó un marco normativo “para la protección integral de los derechos del grupo étnico Rrom o Gitano.”

El argumento es formalmente incuestionable y políticamente correcto, pero me hace dudar de su apartamiento de la utopía y el cliché, puesto que no renuncia expresamente, por ejemplo, a la “kriss romaní” –la ley gitana-, a veces incompatible con los usos del resto de la sociedad. Mientras se plantea la necesidad de legislar a favor de la diversidad de origen y la igualdad de derechos en un espacio social en el que necesariamente han de convivir ideologías, credos, familias y conciudadanos de orígenes y estirpes dispares, se ignora el orden canónico cultural, lingüístico, social y, quién sabe si también político, imperante en el país, que ha sido y está siendo utilizado en muchos estados del planeta como salvaguarda de un etnicismo integrador y endogámico, frente a la disgregación y la pérdida de energías que supone el criollismo y el hibridismo.

Reunión de Rrom gitanos en Bogotá

La cuestión planteada por los gitanos de Colombia me trae a la memoria el bosquejo que hizo el crítico marxista ruso Mijail Bajtín acerca del contexto lingüístico observable en un discurso: uno de heteroglosia (diferentes formas de hablar de los personajes con arreglo a su experiencia cultural y social) y otro de monoglosia (todos los personajes hablan con el mismo código lingüístico, con independencia de su extracción cultural). El lector, que es ajeno a la trama, puede adaptarse perfectamente a cualquier escenario que le plantee el autor, aunque a veces quede desconcertado por la discrepancia de estilos verbales, teniendo o sin tener en cuenta la identidad social y cultural de los personajes –por ejemplo, un aldeano del Bajo Aragón hablando con una prosa impecable, o un licenciado extremeño expresándose en vernáculo popular como si la universidad no hubiese dejado en él huella alguna-.

Los gitanos de Colombia han ganado sobre el papel la batalla del reconocimiento de sus derechos en igualdad de condiciones que el resto de sus paisanos payos, pero tienen de antemano perdida la guerra por ser exactamente eso: gitanos. Y es que ser gitano o payo, dentro de la disparidad de sus respectivas creencias y costumbres, no puede mantenerse como estigma ni convertirse en prebenda en un estado que continuamente se cuestiona si ha de proteger los derechos del individuo por encima de los del grupo, o a la inversa. De otro modo jamás se puede salir del contexto de campesinos y obreros industriales abriéndose paso a puñadas y codazos entre los señoritos representantes de la “Kultur und Zivilisation” a la germánica, como mundos antagónicos.

Los gitanos colombianos tienen algo más en qué pensar: la intromisión del romaní en Colombia, que no es un idioma amerindio, sino indostano, arrastrado a lo largo y lo ancho de la geografía mundial durante el éxodo secular de las familias Rom. Es el caso opuesto a las lenguas importadas en situación hegemónica. En Argelia, por ejemplo, se observa el uso preferente de una lengua exógena -el árabe clásico, el francés y el español- compitiendo ágilmente con las variantes locales. De forma similar, el español se enseñorea ante las lenguas indígenas de Colombia, Paraguay o Méjico, y el inglés en prácticamente todos los continentes. En muchos rincones del planeta tan alejados como Finlandia, Quebec y Cataluña se considera como exoglósica la presencia de una o varias lenguas que no se reconocen como autóctonas y que rivalizan con estas últimas como consecuencia de la hegemonía política, cultural y social de grupos de invasores, colonizadores y emigrantes. Cuando la situación es reversible, como en el caso del catalán y el francés canadiense, se procede a la revitalización del vernáculo (sin olvidar que el francés de Quebec es una lengua exógena) cueste lo que cueste, minorizando e incluso suplantando al idioma supuestamente usurpador. Pero el romaní en Colombia, a pesar de sus 80.000 hablantes de la variante vlach, se halla, como la mayoría de las ochenta lenguas vivas del país, en estado crítico, viéndose obligado a moverse entre la endoglosia (cultivo y uso preferente de las variantes locales indígenas) y la exoglosia (primacía de un idioma importado como el español), teniendo en cuenta, además, que los Rom son prácticamente ágrafos.

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Bibliografía consultada:

Acción Cultural Española. Web: https://www.accioncultural.es/
Boretzky, Norbert und Igla, Birgit (1994), Worterbuch Romani Deutsch Englisch. Wiesbaden: Harrassowitz Verlag.
Borrow, George (1843), The Zincali. London.
Cervantes, Miguel de (1604), El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, cap. XXXI.
Crowe, David M. (1994), A History of the Gypsies of Eastern Europe and Russia. New York: St. Martin’s
Griffin.Grimes, B.F. (ed.) (2000), Ethnologue. Languages of the World. 14th edition. Dallas, Texas: Summer Institute of Linguistics.
Hancock, Ian (1999), Origins of the Romani People. Patrin Web Journal.
Hancock, Ian (1966), Duty and Beauty, Possession and Truth: The Claim of Lexical Impoverishment as Control. En Tong, Diane (ed.), Gypsies: A book of interdisciplinary readings. New York: Garland.
Hancock, Ian (1995), A Handbook of Vlax Romani. Columbus: Slavica Inc.
Hancock, Ian (1987), The Pariah Syndrome: An Account of Gypsy Slavery and Persecution. Ann Arbor: Karoma.
Hancock, Ian (1987). Romani: The language of the Gypsies. Gamut 23.
Hancock, Ian (1987). The function of the Gypsy myth. Chandigarh, India: Roma 27: 35-44. Reproducido en En Arthur K. Spears (1999), Race and ideology: language, symbolism, and popular culture. Detroit: Wayne State Uni. Press.
Marqués-Rivière, Jean (1971), Histoire des doctrines esotériques. Paris: Payot.
Soravia, Giulio (1984), A Wandering Voice: The language of the Gypsies. UNESCO Courier, Oct 1984.
Sutherland, Anne (1986), Gypsies: The Hidden Americans. Prospect Heights: Waveland.
Tong, Diane (ed.) (1996), Gypsies: A book of interdisciplinary readings. New York: Garland. __________

*Este trabajo fue publicado originalmente, en forma resumida, bajo el título de “Romanía, Gitanía, Bohemía”, en Sincronía. Winter/Invierno 2001. Año 6 / Número 21 Diciembre 2001-Marzo 2002

Una velada en Benicarló

Por Emilio García Gómez

Parroquia de San Bartolomé

Al llegar a Benicarló en plenas fiestas de agosto de 2017, me siento en una terraza de “la plaçeta” a tomarme una horchata para corregir los excesos de mi dieta durante mi visita a Aragón y Navarra. Mientras mi mujer –oriunda de la ciudad- recoge unas flores para homenajear a su familia fallecida y se reúne con sus entrañables amigas, observo con atención el lento deambular de las gentes de esta popular ciudad de veraneo. Hay muchas parejas de jóvenes y abuelos y muchachas envueltas en su hijab, una blusa que llega a las rodillas y un casto pantalón largo, acompañadas de sus amigas, sus chaperones y sus propios hijos, unos en cochecito y otros dando saltitos y parloteando en español y en árabe de Al-Magrib. Todos pasean inadvertidos, muy lejos del caos y el estruendo de los acontecimientos de Cataluña.

Mi smartphone me avisa de la disponibilidad de conexiones wifi: Ahmed 1, Mohamed WIFI. ¿Quién habrá detrás de ellas? Busco en Google el teléfono del cementerio de Benicarló y me contesta un hombre con acento extranjero: “No, esto no es el cementerio; yo soy marroquí.” “Disculpe, pero este número es el que he encontrado en internet…” “Sí, me llama mucha gente.” “Pues intente que lo corrijan.” No espero y contacto con Google para indicar el error. Un minuto después, recibo la respuesta con la rectificación. Al anochecer, las familias benicarlandas y marroquíes ocupan los asientos y las aceras del centro, refrescando la imagen que conservo de los pueblos de España en los años 50, cuando la gente salía los días festivos a pasear por la carretera. “Diuen que natros parlem catalá” me dice un vecino con gruesa voz de tenor, viejo conocido de mi mujer “Però no es lo mateix”. Pues no anda descaminado, pienso. Para mi interlocutor, el valenciano respecto del catalán debe ser el equivalente del extremeño al castellano o el mirandés al astur-leonés, con identidad propia. Menéndez Pidal dio su versión del idioma español en sus primeros tiempos intentando resolver algunas incógnitas sobre la variación y dispersión dialectal en la Península Ibérica. No está mal releerlo para suavizar las actuales tensiones lingüísticas.

Benicarló fue centro de acogida de algunas familias de origen anglo-irlandés y alemán, punto de concentración de la burguesía industrial (Fontcuberta y sus inmensos talleres textiles; Romero y sus chocolates; Palau y sus muebles; Guttmann-Goldberger-Klein y sus destilerías), comerciante (MacDonnell, Mac Grath, O’Connor, Terry, White, ágiles exportadores de vino a Inglaterra desde el siglo XVIII, siguiendo una larga tradición que se remonta al siglo XV) y de la nobleza (recordemos a la familia Colón de Carvajal, descendientes del descubridor de América). Una lápida sobre el suelo del cementerio recuerda a su triste huésped: “Aquí yace Juana White. Murió el 23 diciembre 1810 a los 26 años de edad. RIP”. La rama de los White que llegó a Benicarló procedía de Cádiz.

Fábrica de Fontcuberta (transcrito como Foncuberta) en el programa de fiestas de 1944

Antigua entrada a la fábrica de Chocolates Romero

El ilustrado, humanista y pintor de Bejís (Castellón) Antonio Ponz Piquer (1725-1792), en su extenso Viage de España [18 volúmenes] -Madrid: Joachin Ibarra, 1776- incluyó una somera descripción de Benicarló:

Es Villa muy grande-, no sé si tanto como me informaron, de mil vecinos, inmediata al mar. Se andan las cinco horas por un valle entre las sierras ya expresadas. La de mano derecha perteneciente á la costa marítima, viene á fenecer en la Villa de Peñíscola, distante de Benicarló una legua. Se queda á la mano derecha en este camino la Aldea que llaman de la Magdalena, y un castillo en lo alto, y la citada Villa de Peñíscola […] La situación de Benicarló es en una llanura bien cultivada, al modo de la Plana. De su vino se hace gran comercio, extrayéndolo por el mar para diferentes Reynos de Europa. Es de notar, que desde el término de Castelló no se encuentra hasta aquí rio ninguno, ni aguas corrientes, y sin embargo suple el ingenio la falta de aquellas, procurándose los moradores los regalos de las huertas, y demás cosechas que piden riego, con norias, y pozos, de que hay muchos millares. Toda esta costa abunda también de los pescados del mar, y no carece de todo género de comestibles.

La Iglesia Parroquial de Benicarló, al modo de la de Alcalá de Gibert, es muy grande, y de tres naves con suntuosa portada; pero en extremo ridicula, aunque muy costosa: tiene columnas salomónicas en sus dos cuerpos, y una porción de estatuas, todo executado en la edad corriente sin buena dirección por su desgracia. Con estos gastos, y el que habrá causado la altísima torre adjunta á la Iglesia, ¡que bellas cosas hubiera hecho un buen Arquitecto! No hubo lugar de registrar la Iglesia por dentro, sino casi al anochecer, y me pareció bien el retablo mayor antiguo, al modo del referido de Alcalá. Hay Convento de Religiosos.

Antonio Ponz, autorretrato (1774)

Hay casas elegantes que conservan bajo llave parte de la historia de España, como el chalet que dicen “de los Roig”, que acogió temporalmente a Manuel de Azaña, quien, en una breve estancia, dio inicio a su formidable ensayo “La velada en Benicarló”.

Chalet de los Roig

Y la masía del Marqués de Benicarló, o “Torre del Olvido”, donde, al parecer, se alojó la amante de un Borbón. Queda en pie y a disposición de los visitantes el palacete del Marqués de Benicarló, Juan San Millán Miguel, asesinado durante la Guerra Civil, requisado por el mando del ejército republicano y devuelto después a sus legítimos dueños. Además del Magatzem de la Mar, donde se apilaban barriles del reputado carlón desde 1757, permanece restaurada la casa de la Baronesa (hoy Ayuntamiento) y la Casa Bosch, de un recargado modernismo.

Palacete del Marqués de Benicarló. Debajo, “Casa Bosch”

El músico catalán residente en Sevilla Pedro de Rabassa -1683-1767- reprodujo una copla en la que no podía faltar el vino carlón, muy conocido en su época:

Niño mio, yo estoy enfadado / esta Noche, que nace tu Sol, / que en igual de beber de tus luzes / beben todos muy de otro licor / Te llama su amor / que su cielo dexa / devota una Vieja, / que viene a Maytines, / y los Cherubines / afirma que ha visto, / y es que anduvo listo / el vino carlon.” (Letras de los villancicos que se cantaron en los solemnes maytines del Sagrado Nacimiento de Nuestro Redemptor Jesu-Christo en la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarchal de Sevilla. Sevilla, 1724-1742).

El diplomático y también escritor argentino Hilario Ascasubi -1807-1875-, gran descriptor de la vida gaucha, describió el almuerzo de su costumbre:

—Vamos a ver, pues, patrón: para principiar, le pido que nos haga por favor, una fritada de güevos con chorizos y jamón: luego, un costillar de adobo, pan blanco, vino carlón, aceitunas, dos chicholos, queso fresco… y… . Se acabó.” (Santos Vega o Los mellizos de la flor: rasgos dramáticos de la vida del gaucho en las campañas y praderas de la República Argentina (1778 a 1808). Buenos Aires: Casa Vaccaro, 1919).

Y el literato, publicista, historiador, costumbrista y editor bonaerense Vicente G. Quesada (nome de plume Víctor Gálvez),-1830-1913- hablaba jocosamente del vino carlón:

Así no es de sorprenderse que el vino europeo que se consumía en las provincias mediterráneas, fuese malo, y que de una pipa de vino carlón legítimo, hicieran doce los pulperos y almaceneros, echando agua, pasas y campeche, y vendiendo en vez de vino, un brevaje fantástico, detestable y dañoso.” (En Memorias de un viejo: escenas de costumbres de la República Argentina . Buenos Aires, Jacobo Peuser 1888).

Al caer la noche en Benicarló, se celebra un pasacalle, un desfile de la elegancia más propio de una ciudad cortesana. Las familias se hacen sitio a codazos para ver a sus hijas y nietas vestidas con sus mejores trajes, del brazo de hombres y mozos sofocados por la corbata. Ésta ha sido, y sigue siendo, Benicarló, actualmente la meca, si no del vino carlón y la industria, sí del marisco -especialmente las galeras- y la alcachofa.

Pasacalles de fiesta al anochecer

Agosto de 2017

Naciones étnicas y culturales. El síndrome de métis

Emilio García Gómez

Familia métis en Manitoba

El conflicto que se viene presentando en España desde hace generaciones se atribuye a la falta de cordialidad de las instituciones estatales centrípetas con los grupos denominados “étnicos”, sean o no periféricos, con sus lenguas, sus tradiciones y sus ritos. El término “raza” no suele emplearse entre nosotros por sus connotaciones perversas. Con todo, la gente se identifica de una manera o de otra, aunque ninguna de las categorías a las que se adscribe va más allá de las construcciones sociales: ni son científicas ni antropológicas, ya que en todos los casos se desvía la atención sobre el origen social, étnico o geográfico de los individuos y de los grupos que conservan cierta coherencia interna, y se ignora la ley natural de la hibridación y el mestizaje, fácilmente demostrables.

El asunto de la identidad nacional que citan una y otra vez, con absoluta ignorancia, los líderes políticos de nuestro país, es una asignatura pendiente incluso en zonas donde realmente existe una enorme diversidad, como Canadá y Estados Unidos de América.

La Oficina del Censo norteamericano hizo una revisión (30 de octubre de 1997) de los perfiles demográficos y pautas de clasificación de razas y etnicidad, estableciendo cinco categorías de base: indio-americano y nativo de Alaska, asiático, negro o afroamericano, oriundo de Hawái y otros isleños del Pacífico y, finalmente, blanco (procedente de Europa, Oriente Medio y Norte de África). Por falta de mejor asignación, quedaron aparte, por un lado, el grupo “otra raza”, y, por otro, aquellos que no habían declarado en la redacción del censo su pertenencia a ninguna de las susodichas. La elaboración del censo, en unos casos es sumamente compleja y en otros relativamente sencilla. Por ejemplo, los nativos de Alaska se identificaron como esquimales, aleutas, indio-alaskeños, iñupiat (de la región denominada Arctic Slope), yupik, alutiiq, egegik y privilovianos. Las tribus de Alaska constan como alasko-atabascanos, tlingit y haida.

El modelo descrito no puede aplicarse en Valencia, Cataluña, Aragón, País Vasco, Andalucía, Galicia ni en el resto de Comunidades del Estado Español. De los poros de cada ciudadano saldría sangre hirviendo. No obstante, ha habido intentos de aproximar la llamada etnicidad a la ciencia, como el de unos investigadores del Departament de Ciències Experimentals i de la Salut, Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-Universitat Pompeu Fabra). En su trabajo, publicado en inglés en European Journal of Human Genetics (2015) 23, 1549–1557, declaraban “haber intentado diseccionar las intricadas relaciones entre los apellidos (catalanes) y la diversidad del cromosoma Y en Cataluña, que son el resultado de no sólo de su herencia compartida, sino de la historia, la lingüística y la cultura.” Su conclusión fue que “queda por demostrar qué detalles de esta relación son compartidas en otras sociedades europeas y cuáles de éstas albergan nuevos niveles de complejidad.”

Ignoro el alcance de los estudios filogeográficos sobre los linajes del cromosoma Y, pero sí sabemos que los resultados obtenidos son cada vez más discutibles. Cuando se analizó y descubrió la presencia del RH negativo del pueblo vasco, se observó su especial singularidad respecto a la población europea, pero nadie ha demostrado –ni nunca se hará- que los vascos formen parte de una especie a-humana, con necesidades y destinos diferentes. Ni tampoco es fácil determinar, sin causar asombro, quién fue el primero en llegar al sitio. Hay en Girona un magnético Museo de historia de los judíos en el que se puede leer: “Los judíos no llegaron a Cataluña, sino que fue Cataluña la que llegó a un lugar donde ya había judíos desde tiempos muy remotos.” Antes que tú ya estaba yo, sin más disquisiciones.

Museo de historia de los judíos de Girona (España)

Volviendo a la cuestión de las taxonomías etno-sociológicas, el segundo país al que me he referido anteriormente –Canadá- destaca por su complicada estructura étnico-política, social, cultural y lingüística. Los nativos originarios de Canadá reciben el nombre de “primeras naciones”, que alcanzan una población de 1,300.000 personas y constituyen 634 naciones. Quedan excluidos de la terminología los inuit (o esquimales, término peyorativo) y los métis. Estos últimos (la palabra francesa métis significa mestizo) carecen de identidad aborigen, puesto que descienden, desde tiempos coloniales, de uniones exogámicas (una india y un colono francocanadiense o británico), acto conocido como “marriage à la façon du pays” – matrimonio a la paisana-, y están repartidos por tierras canadienses y estadounidenses. Los métis hacen alarde de su propia cultura, al igual que los acadianos (colonos franceses fundadores de Acadia), algunos de los cuales están emparentados con los métis.

Los tratados acordados por europeos e indio-canadienses a lo largo de los siglos han servido de base a la actual administración para el reconocimiento del derecho de las diversas poblaciones –tribus, bandas, naciones- al autogobierno. Para ello se ha tenido que seguir un proceso de reconocimiento de las individualidades como integrantes de una nación concreta, aportando documentación escrita o testimonios verbales identificando a cada solicitante como miembro con pleno derecho al indigenismo.

El resultado ha sido variable. Cuando, por analogía, Quebec exigió al gobierno de Ottawa que reconociese a su provincia como nación, tal y como se venía haciendo con las “primeras naciones”, el Parlamento llegó a aprobar (27 de noviembre de 2006) que Quebec era “una nación en un Canadá unido.”

El nacionalismo nunca acaba con solemnes declaraciones oficiales ni con actos que no conduzcan a la disgregación. Como expresamos arriba, los modelos expuestos parecen ser un apaño para calmar las aspiraciones de los activistas etnocéntricos. Canadá aplica sabiamente la pauta del “gobierno responsable” (gobierno autonómico), tan utilizada por Gran Bretaña en sus dominios, pero conservando la plena soberanía.

Al gobierno español le aterroriza, en cambio, que se levante la voz de la independencia en un territorio de su jurisdicción, exhibiendo una actitud hamletiana ante la posibilidad de caer en el todo o la nada. Por su parte, los líderes de la oposición enarbolan ufanos la palabra nación –nación política, nación cultural, da lo mismo, puesto que el término se lo han silbado a la oreja- sin entrar en más detalles. Pero nadie aclara cómo el resurgir de una nación crea derechos en sus propios agentes y también en los ocupantes de un territorio que carecen de RH o de apellidos privativos, un grupo numeroso que sufre, entre tanto vaivén, del síndrome de métis. La tarea de ejecutar en Cataluña, el País Vasco, Galicia, Aragón, Valencia o Andalucía un censo de razas, grupos étnicos, lenguas, dialectos, hablas, danzas y ceremonias propias de cada nación, pueblo, banda, tribu, barrio o familia, al estilo de Canadá o Estados Unidos, reconociendo y confiriendo a todos sus componentes, mediante tratados singulares, los mismos derechos hereditarios, nos parece inabordable y grotesco.

Proyecto “etnografía de la memoria”

Etnografía de la memoria. Padres rurales e hijos urbanos: lugares, oficios, emigración y supervivencia

Este proyecto sigue la línea iniciada por el profesor Tom Fricke, de la Universidad de Michigan, intitulada “Rural Parents & Urban Children; Place, Work, Migration, and the Natal Home”. En él se analiza la familia “como una extensa red de relaciones y explora la transformación de la cultura y el trabajo familiar a través de las generaciones.”
El puerto de salida y regreso es cualquier lugar. Las rutas de la travesía alcanzan muchos pueblos, a veces lejanos, e implican a numerosos personajes, la mayoría sin relación con sus orígenes.
La cultura familiar coincide parcialmente con la de la comunidad, teniendo en cuenta que los individuos de cada agrupación no siempre responden a estímulos exteriores, sino que toman decisiones propias y, por tanto, adquieren características privativas que, a su vez, pueden influir en terceros. Los cambios materiales y emocionales producidos en un personaje pueden sin duda afectar a todos los componentes del grupo. Básicamente la familia gira en torno a los episodios vitales más universales: nacimiento, enfermedad y muerte; trabajo, alimentación, ocio y educación; participación en la vida social y aportación a la comunidad. La mayoría de los individuos realiza su trayecto de forma anónima o invisible para quien no se halle en el mismo recinto habitacional, sea el pueblo o la familia.
El método etnográfico requiere tiempo, paciencia, meticulosidad y un gran empeño en recoger datos e imágenes antes de que nos se acabe el tiempo biológico del que disponemos. Analizamos las historias parciales de las distintas ramas familiares y los rasgos que las han caracterizado: el concepto de identidad, el uso y el valor del trabajo, las relaciones entre los miembros, los lazos de lealtad y obligación o las pérdidas de conexión.

Libertad, igualdad, fraternidad

 

Emilio García Gómez

En 1738, Federico II de Prusia, fue iniciado en una logia de Berlín, hecho fundamental para su acercamiento a las ideas de la Ilustración. Calvinista de adopción en un país luterano, Federico II renunció a sus dogmas para asumir un deísmo inarticulado, desvinculado de cualquier confesión religiosa. Su biblioteca personal, de 4.000 volúmenes, albergaba prácticamente la totalidad de los escritos filosóficos del siglo XVIII. Llevado de la mano de Wolff, teórico racionalista alemán, intentó configurar su noción del Estado como un contrato que vincula al soberano con los individuos y que compromete al primero a velar por la seguridad y el bienestar de todos ellos a cambio de su absoluta cooperación y obediencia.

La utopía del despotismo ilustrado, apoyada en la obra de los franceses Montesquieu y Voltaire y el suizo Rousseau, llegaría a constituir en el último tercio del siglo XVIII un patrimonio común de la civilización occidental, previendo la imposición de un orden racional en la sociedad como germen de la felicidad del ciudadano. La alianza entre el soberano y sus súbditos garantizaba el respeto de tres derechos fundamentales:

  1. Libertad de creencia religiosa, libertad de opinión y libertad de posesión de bienes privados como base del desarrollo económico. Inicialmente, no se contemplaba la libertad de asociación política.
  2. Igualdad civil, supresión de privilegios y reducción o total aniquilación del poder político de la Iglesia.
  3. Fraternidad, incitación al trabajo humanitario, promoción de la beneficencia como institución no religiosa, revisión y mitigación de las leyes penales, entronización de una educación laica y estatal.

En 1789, en los albores de la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional aprobó una Declaración de los Derechos del Hombre, ante la presencia simbólica del Ser Supremo, expresando la igualdad de derechos entre los hombres y rechazando las distinciones civiles, excepto aquellas basadas en la utilidad pública. A la vez reconocía las asociaciones políticas como medio de preservar los derechos fundamentales del hombre, a saber: “Libertad, Propiedad, Seguridad y Resistencia a la Opresión”. La libertad política era interpretada como el poder de hacer cualquier cosa que no afectara negativamente a los demás, es decir, el límite de los derechos naturales del hombre alcanzaba el punto que garantizaba a otro hombre el ejercicio de los mismos derechos. Asimismo se resaltaba la necesidad de impedir y castigar que alguien promoviera, solicitara o ejecutara órdenes arbitrarias. Ningún hombre debía ser molestado por sus opiniones, que podrían ser expresadas libremente, verbalmente o por escrito, con tal que asumiese su responsabilidad en el abuso de su libertad.

En abril de 1792 la Sociedad de Correspondencia de Londres aprobó un documento en el que se advertía que el fraude y la fuerza, incluso sancionados por la costumbre, atentaban gravemente contra el derecho del hombre a su libertad. Por consiguiente, el individuo tenía el derecho y estaba obligado a mantener los ojos abiertos ante las posibles desviaciones y abusos de sus gobernantes, tratando de evitar que las leyes se convirtieran en instrumentos de opresión.

Las logias masónicas, impulsadas por el pensamiento ilustrado, asumieron rápidamente los nuevos principios que regulaban las relaciones sociales. Pero la contrarreacción no se hizo esperar. En 1798, un profesor de química de la universidad de Edimburgo llamado John Robison, tras introducirse en los círculos masónicos de San Petersburgo, divulgó un documento titulado Pruebas de una conspiración contra todas las religiones y gobiernos de Europa [Proofs of a Conspiracy against all the Religions and Governments of Europe, carried on in the Secret Meetings of Free-Masons, Illuminati and Reading Societies, etc., collected from good authorities, Edinburgh, 1797], antecedente remoto de los apócrifos Protocolos de los Sabios de Sión, supuestamente escritos por Serge Nilus en 1902 [Puede leerse la versión original de los Protocolos de Nilus en ruso -5,33MB- aquí]. Robison atribuía a la Orden de los Iluminati el intento de “abolir las leyes que protegen la propiedad acumulada mediante el esfuerzo personal, establecer la Libertad y la Igualdad universal, extirpar toda religión y moral ordinaria, romper los lazos de la vida doméstica mediante la destrucción de los votos matrimoniales y apartar a los niños de la educación de sus padres.

John Robison

En ese mismo año 1798, el abad francés Augustin Barruel, formado entre  jesuítas, en sus Memorias que ilustran la historia del jacobinismo, acusó a los filósofos que precedieron a la Revolución Francesa de “conspirar contra el Dios del Evangelio y contra la Cristiandad, sin distinción de culto, protestante o católico, anglicano o presbiteriano”. Así nació una escuela denominada Sofistas de la Rebelión que, según Barruel, unió fuerzas en una conspiración contra los reyes, apoyados por las Logias Secretas de la Francmasonería y por la secta de los Iluminati. La coalición de los llamados “adeptos de la impiedad, adeptos de la rebelión y  adeptos de la anarquía”, formó “el club de los jacobinos”, nombre que adoptaron del convento de París donde se reunían. De este modo, la teoría de la conspiración como motor de la Revolución Francesa era, como cuenta el historiador R.R. Palmer (1954), una alternativa a “la idea de la autodeterminación del ser humano, la autonomía de la personalidad, el rechazo de las normas exógenas y la insistencia en la autoexpresión más que en la adaptación a las reglas autoritarias preexistentes.

El desfile en el siglo XIX de las teorías económicas del liberalismo y de la industrialización, que ponían al hombre al servicio de la máquina, y las del socialismo, que trató de contrarrestarlas mediante su filosofía del igualitarismo, poniendo al hombre al servicio de la comunidad, contribuyeron a suavizar la rigidez de los axiomas revolucionarios. Sin embargo, la Francmasonería no se pudo librar del efecto paranoide de la obra de Barruel, menos conocida, aunque no por ello menos influyente, que la de Léo Taxil (1887). A lo largo del siglo pasado y bien entrado el siglo XX, la Institución y, por extensión, todas las sociedades secretas han sido claros objetivos de persecución política y religiosa, acusadas de atentar contra los fundamentos de la civilización e intentar establecer un nuevo orden internacional.

Traducción al español de las obras de Taxil

Dos ilustraciones en Léo Taxil (1854-1907), Las mujeres en la francmasonería. Versión española de F. Luis Obiols. Barcelona: Librería Inmaculada Concepción, 1891

No es posible determinar hoy la adscripción ideológica de la Francmasonería más allá de los preceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. La Francmasonería va asociada indistintamente a la aristocracia británica, al conservadurismo canadiense, al pensamiento revolucionario, deístico y ultra conservador norteamericano, a la filosofía socialista, agnóstica o atea de los países mediterráneos, a los virreyes criollos y separatistas de la España colonial, a los movimientos sediciosos de la Rusia imperial, al radicalismo anarquista y anticlerical de Bakunin, a las actividades políticas de los carbonarios, capaces éstos de luchar por la unificación de Italia con la misma intensidad con que Washington peleó por la independencia de Estados Unidos. Podemos, no obstante, afirmar que el vínculo de unión en todos estos casos ha sido y sigue siendo el triple signo de la Revolución Francesa, el mito del Maestro, la palabra perdida, la especulación filosófica y esotérica.

La Francmasonería, desde los tiempos de Federico II, ha caminado un largo trecho, aunque todavía no ha llegado al final de su recorrido. En los confines del siglo XX parece destinada a sufrir la mayor crisis de identidad de su historia, una crisis de carácter atrófico que dificulta la revisión de sus estructuras y la reconciliación de sus afiliados consigo mismos y con sus hermanos. El precio de una sociedad se mide por el grado de seguridad que otorga a sus miembros, el grado de confianza que instila su régimen interior, su capacidad para lograr que sus asociados dejen de ser componentes provisionales de un diagrama inescrutable. Pero el peligro añadido de toda sociedad secreta -llámese secreta, discreta, hermética o hiper hermética- es la usurpación de los valores democráticos con la excusa de preservar el principio de la jerarquía y el consiguiente riesgo de que las decisiones que se toman sean ocasionalmente ciegas y arbitrarias. El pensamiento masónico siempre ha tratado de evitar que un organismo social, cualquiera que sea su índole, utilice la máscara de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad para ocultar un rostro insensible a las necesidades y las inquietudes de los miembros que lo sustentan. Nuestra obligación como masones es ser fieles a nuestros preceptos, y nunca subordinar tales preceptos a las personas. Nosotros, masones aceptados, por el hecho de seguir bajo la escuadra, no podemos mostrarnos indiferentes ante la posibilidad de que tales principios, por los que tanta sangre se ha derramado, dejen de ser respetados en el interior o el exterior de las logias, a saber: libertad de opinión, discusión e intercambio de pensamiento masónico; oportunidad de participación del individuo en el gobierno de su logia y de sus organismos superiores; libertad para abstenerse de participar o cooperar en actividades que considere perniciosas para sí mismo, para sus hermanos o para la Institución, o que sean fruto del fraude, la superstición, la arbitrariedad y la tiranía. Debemos ser capaces de aplicar el principio de Fraternidad como Arte de comprender a nuestros semejantes, como Conducta ética de universal aplicación, como Estímulo para ayudar al hermano necesitado a recuperar o preservar su bienestar material, espiritual, social y profesional, ofreciéndole consejo y llevándole al convencimiento de que todos los hombres podemos y debemos ser libres, iguales y solidarios. Quien lucha por la Libertad, por la Igualdad y por la Fraternidad lucha por la Masonería; quien no lucha por ellas, contribuye a agrandar los orificios por los que se pierde la sustancia espiritual de la Orden. “La peor amenaza para la libertad”, escribió George Bernanos en Libertad ¿para qué? (1953), “no es que uno se la deje quitar; es que uno haya perdido el aprecio por ella.” Y cito nuevamente a Bernanos: “La mayor desgracia del mundo en el momento en que hablo, es que nunca ha sido tan difícil como ahora distinguir entre los constructores y los destructores.” Nosotros, Maestros constructores, hemos aprendido a apuntalar los viejos templos para impedir que se caigan, antes de reconstruirlos, y a edificar unos nuevos bajo el emblema tradicional de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

La visión de Hermes

Emilio García Gómez

Hermes Trismegistus

El siglo XVII europeo ha sido, merced a la divulgación de la filosofía neoplatónica, uno de los períodos de mayor crecimiento del hermetismo, la alquimia y otras doctrinas ocultistas. Una de estas fue la  atribuida al dios egipcio Hermes Trismegistus, o “Hermes Tres Veces Grande” -el más grande de los filósofos, el más grande de los sacerdotes, el más grande de los reyes- cuyos escritos datan del siglo II-III d.C.

Según la tradición hermética, el conocimiento esotérico, restringido y prohibido, era el único capaz de atravesar el velo que separa lo visible de lo invisible. Clemente de Alejandría -uno de los escasos cronistas paganos cuyos escritos se han conservado hasta nuestros días- atribuyó a Hermes más de cuarenta libros, de los cuales causaba asombro el Libro de Toth, ilustrado con extraños jeroglíficos y símbolos que transferían, a quien era capaz de descifrarlos, un poder ilimitado sobre los espíritus del aire y las divinidades subterráneas. El Libro de Toth se custodiaba en el interior de un templo en una caja de oro, cuya llave era celosamente guardada por el maestro de los misterios, el iniciado más alto del Arcano Hermético y único conocedor del contenido del libro.

Según la leyenda, con el declinar de los Misterios, los gitanos -o sacerdotes egiptanos-, al ser expulsados de su antiguo templo, el Serapeum, se llevaron consigo el Libro de Toth, configurado como Tarot, emblemático ritual de 78 folios que conducía a los iniciados a través de los misterios herméticos. El místico francés Court de Guébelin, en Le Monde Primitif, atribuyó el origen de la palabra tarot a los vocablos egipcios tar (camino) y ro  (real), es decir, camino real hacia la sabiduría. El Rota Mundi -término que aparece en las primeras manifestaciones de la Fraternidad de la Rosacruz- parece aludir, con una inversión de letras, al mítico Taro, o Tarot, el presunto libro del conocimiento universal que pretendían abarcar los seguidores de esta Orden Mística.

Pero es en un libro perdido, supuestamente recuperado y traducido del árabe y del griego por el inglés Everard en 1650, con el título de The Divine Pymander of Hermes Mercurius Trismegistus, y ulteriormente editado en Oxford por Walter Scott (Hermetica  1924), y recreado por Edouard Schure (Hermes, The Mysteries of Egypt, Philadelphia 1925) y por G.R.S. Mead (Thrice-Greatest Hermes, Londres 1906), donde Hermes acumula referencias simbólicas a la revelación que recibió sobre el génesis de la Creación.

La historia relata cómo Hermes se retiró a meditar al desierto y, cuando alcanzó el punto de separación de sus sentidos materiales, tuvo la visión de un Gran Dragón cuyas alas se extendían por la bóveda celeste. Al preguntarle quién era, el Dragón se identificó como Pymander, la Mente del Universo, la Inteligencia Creadora, el Emperador Absoluto de todas las cosas. Hermes le pidió que le revelara la naturaleza del universo y la esencia de los dioses. El Dragón se transformó de repente en un foco de luz y Hermes se vió “elevado” hasta el Divino Resplandor.

Al poco se apoderó de la luz una gran oscuridad. Hermes comprendió que la luz representaba el universo espiritual, y la oscuridad la sustancia material. Entonces surgió de la luz, como una llamarada, una Palabra santa y misteriosa que, separando la luz de las tinieblas, creó los mundos superiores y los mundos inferiores.

Volvió a oírse la voz de Pymander, quien dijo: “Yo, tu Dios, soy la Luz y la Mente que existían antes de dividirse la sustancia del espíritu, la oscuridad de la luz. Y la Palabra que surgió como una columna de fuego es el Hijo de Dios, nacido del misterio de la Mente. El nombre de esa palabra es Razón, el vástago del pensamiento, el que divide la Luz de las tinieblas y fija la Verdad en medio de las aguas. La Luz y el fuego son el hombre divino que asciende por la escala de la Palabra, y aquello que no puede elevarse es el hombre mortal. Recuerda lo que ves y lo que oyes, porque en el misterio se halla el secreto de la inmortalidad.”

El Dragón se mostró nuevamente a Hermes y los dos se observaron detenidamente, ojo con ojo, quedando Hermes tembloroso ante la poderosa mirada de Pymander. A la Palabra del Dragón se abrieron los cielos, quedando expuestos los Poderes de la Luz, los espíritus de las estrellas y el brillo de la Mente Soberana. Esa Palabra era la Razón, y por la Razón de la Palabra se manifestó el mundo invisible.

Antes de crear el universo visible“, continuó el Dragón, “la Mente Suprema formó un molde, al que denominó el Arquetipo. Al verlo, la Mente Suprema se prendó de su propio pensamiento de modo que, manejando la Palabra como un terrible martillo, la hundió en las cavernas del espacio primordial y perfiló la forma de las esferas en el Arquetipo, sembrando a la vez las semillas de las cosas vivas. Al caer el martillo de la Palabra, de la oscuridad subyacente nació el orden del universo. El Ser Supremo -la Mente-, macho y hembra, dio la Palabra, y la Palabra, suspendida entre la Luz y la Oscuridad, surgió de otra Mente llamada el Obrero, el Maestro-Constructor, el Hacedor de la Cosas.”

El Obrero atravesó el universo, haciendo vibrar las sustancias con su resplandor. Cuando hubo organizado el Caos, la Mente Suprema formó al Hombre Universal a su propia imagen y le otorgó el control de las creaciones y de las obras. El Hombre quiso perforar la circunferencia de los círculos y desvelar el misterio de Quien se sentaba en el Fuego Eterno. Mirando a través de las siete Armonías, y cruzando los círculos, se mostró ante la Naturaleza que se extendía bajo Él. El Hombre se enamoró de su propia sombra y descendió sobre ella, quedando ambos fundidos en una sola entidad: en su interior se hallaba el Hombre-Cielo, hermoso e inmortal; en el exterior, la Naturaleza, mortal y destructible. De esta manera, el sufrimiento es el resultado del amor del Hombre Inmortal hacia su sombra, obligando a la Realidad a morar en las tinieblas de la ilusión. Por ser inmortal, el hombre tiene poder sobre la Vida, la Luz y la Palabra, pero siendo mortal, está sujeto al Sino o Destino.

De la unión del Hombre Inmortal y la Naturaleza nacieron las siete razas, las siete especies, las siete ruedas, los siete hombres -todos bisexuales-. La Tierra fue el elemento femenino y el agua el elemento masculino. Y el hombre recibió la Vida y la Luz del Gran Dragón, y de la Vida salió su Alma, y de la Luz su Mente. Pero al final del período, se desató el nudo del Destino por voluntad de Dios y quedó suelto el lazo que unía a todas las cosas. Todas las criaturas vivas, incluido el hombre, que habían sido hermafroditas, se separaron en macho y hembra, según el dictado de la Razón. Y Dios habló y dijo: “Creced y multiplicaos, mis obras y criaturas, y que lo que pertenece a la Mente sea inmortal y que la adoración del cuerpo sea causa de la muerte. Que quien se reconozca a sí mismo entre en el estado del Bien.

Cuando Dios acabó de pronunciar estas palabras, la Providencia, con ayuda de los siete Gobernantes y de la Armonía, juntó a los sexos y surgieron las generaciones de acuerdo con su clase. “Quien por error“, añadió el Gran Dragón, “ama a su cuerpo, permanece en la oscuridad y sufre la muerte, pero quien comprende que el cuerpo es la tumba de su alma, se eleva a la inmortalidad.

Hermes preguntó al Dragón por qué se despojaba a los hombres de la inmortalidad sólo por el pecado de la ignorancia, y cómo podía llegar a Dios el hombre sabio y recto. El Dragón respondió: “Puesto que el Padre de todas las cosas está hecho de Vida y Luz, si el hombre es capaz de entender la naturaleza de la Vida y de la Luz, pasará a la eternidad de la Vida y de la Luz.

Antes de que desapareciera el Dragón, Hermes quiso saber cuál era el destino del alma humana, y Pymander respondió que, al morir, el cuerpo material del hombre retornaba a los elementos de los que procedía, y el hombre invisible ascendía a la fuente de la que nacía la Octava Esfera. El mal pasaba al lugar donde habita el demonio, y los sentidos, los deseos, y las pasiones humanas retornaban a su origen, los Siete Gobernantes, cuyas naturalezas en el hombre inferior destruyen y en el hombre visible espiritual vivifican. Al retornar la naturaleza inferior a su condición bruta, la superior trata de recuperar su estado espiritual y asciende los siete Anillos en los que se sientan los Siete Gobernantes, devolviendo a cada uno de ellos sus poderes inferiores. En el primer anillo, donde se sienta la Luna, deposita su habilidad para crecer y menguar; en el segundo, sede de Mercurio, deja las maquinaciones, el engaño y la falsedad. En el tercero se sienta Venus, a quien devuelve la lujuria y las pasiones. Al Sol, que mora en el cuarto Anillo, entrega las ambiciones; a Marte, en el quinto, cede los impulsos y la audacia profana; a Júpiter, en el sexto, retorna el sentido de la acumulación y el enriquecimiento; a Saturno, en fin, en el séptimo Anillo, en la Puerta del Caos, devuelve la falsedad y la conspiración malévola. Quedando así desnuda de las acumulaciones de los siete Anillos, el alma pasa a la Octava Esfera, el Anillo de las estrellas fijas, donde, libre de toda ilusión, mora en la Luz.

El camino de la inmortalidad es duro,” concluyó el Dragón, “y sólo unos pocos consiguen encontrarlo. Los demás aguardan el Gran Día, cuando dejan de girar las ruedas del universo y las chispas inmortales escapan de las fundas de la sustancia. Quienes se salvan por la luz del misterio que acabo de revelarte, retornarán al Padre que mora en la Luz Blanca. Yo, Pymander, la Luz del Mundo, me he revelado. Te ordeno, Hermes, que salgas y guíes a quienes vagan en las tinieblas.” Con estas palabras, el Gran Dragón, radiante de luz celestial, se desvaneció.

Hermes, bastón en mano, partió a enseñar y a guiar a la humanidad hacia su salvación. Al llegar al atardecer de su vida, instruyó a sus discípulos para que preservaran sus doctrinas intactas a través de los siglos. La Visión de Hermes se convirtió así, en su periplo misterioso, en el eje de los escritos filosóficos y místicos de la Europa moderna.

El cinco

Emilio García Gómez

El cinco

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII hubo en Europa un enorme número de adeptos a la alquimia y a la filosofía mística y esotérica. Thomas Browne (1605-1682), por ejemplo, nacido en Londres y residente en Norwich, se pasó la vida dedicado al estudio de la antigüedad, la metafísica, la medicina y la botánica, vertiendo luz sobre las supersticiones de la época y recreándose, a la vez, en misterios y enigmas. Browne, para quien la naturaleza era un complejo jeroglífico susceptible de ser traducido tras una atenta lectura, creía en la astrología, en la alquímica y en la magia, y posiblemente haya que atribuir a su testimonio como médico la ejecución de dos mujeres acusadas de brujería.

En 1658 publicó su obra El jardín de Ciro [The Garden of Cyrus, or the Quincunciall, Lozenge, or Network Plantations of the Antients, Artificially, naturally, Mystically Considered, with Sundry Observations], que recogía el valor simbólico del quincuncio -disposición de cinco objetos en el centro y las esquinas de un cuadrado; por ejemplo, el número X romano respondería a este orden, como ocurre con la cruz de San Andrés, o con el cinco en la ficha del juego de dados o del dominó-. El diseño de los jardines de Babilonia fue el punto de partida de una larga, aunque amena, digresión en torno a las diversas figuras de carácter quincuncial -conos, rectángulos, rombos, pirámides- y su relación con el mundo botánico.

Figura quincuncial

Browne observó que la mayoría de las flores de su entorno contenían cinco hojas, y la misma división numérica aparecía reflejada en incontables obras de la naturaleza -hojas, frutos, semillas, escamas de algunos peces-.

Pero mucho antes del nacimiento de Browne, desde la antigüedad, al número cinco se le ha venido asignando un carácter misterioso y secreto. Según los numeristas, el cinco -la péntada- estaba compuesto por el dos y por el tres, dígitos activos y pasivos,  símbolos de la paridad y la imparidad, de los principios materiales y formales de las denominadas sociedades generativas. El cinco era el número conyugal, lo que explica por qué Platón admitió a sus invitados nupciales agrupados en cinco. Entre los romanos, las ceremonias nupciales se iluminaban con cinco antorchas.

La péntada recibió también el nombre de hierofante, o sacerdote de los misterios, por su conexión con los éteres celestiales y la posibilidad de alcanzar, a través de él, la plenitud mística. Los pitagóricos enseñaban que los cuatro elementos -tierra, agua, aire y fuego- se hallaban impregnados de una sustancia llamada éter, el quinto elemento, base de la vitalidad y la vida. Por ello eligieron la estrella de cinco puntas, o pentagrama, como símbolo sagrado de la luz, la salud y la interpenetración. El éter se hallaba libre de las alteraciones de los otros cuatro elementos, y, por lo tanto, se convertía en símbolo del equilibrio al dividir el número perfecto -el 10- en dos partes iguales. La pentalfa era la representación en forma de estrella de las cinco posiciones de la letra griega alfa:

La pentalfa

En los ángulos interiores de la pentalfa colocaban cada una de las letras de la palabra griega U G E I A , y en los ángulos exteriores las de la palabra latina SALUS, ambas con el significado de salud. Así, en Atenas, los recién nacidos eran consagrados al quinto día. En honor de Júpiter se sacrificaba un buey de cinco años. La pentalfa grabada sobre un anillo se empleaba como talismán para combatir los malos espíritus. Serapis curó a un ciego después de que se le hubiese hecho colocar cinco dedos sobre su altar, y su mano sobre sus ojos. Según la mitología griega, Cadmo, en su periplo en busca de su hermana Europa, fue atacado por un dragón. Tras matarlo, sembró sus dientes y de ellos brotaron hombres armados que entablaron combate entre sí. Sólo cinco sobrevivieron y ayudaron a Cadmo a fundar Tebas.

Los egipcios describían las estrellas con una figura de cinco puntas, en alusión a los cinco aspectos capitales. Según Paracelso, el Pentagrama, o estrella de cinco puntas, era el signo más poderoso de todos los signos. Puesto que el cuerpo físico del hombre tiene cinco partes importantes y claramente diferenciadas -dos brazos, dos piernas y una cabeza, siendo ésta última la que gobierna las otras cuatro-, el número cinco ha sido adoptado como símbolo del hombre. Las cuatro esquinas de la pirámide representan las piernas y los brazos, y el vértice superior la cabeza, como muestra del poder superior que rige las cuatro esquinas irracionales. Las manos y los pies equivalen a los cuatro elementos -los pies, la tierra y el agua; las manos, el fuego y el aire. El cerebro  representa, por consiguiente, el sagrado quinto elemento -el éter-, que controla y une los otros cuatro. En la Edad Media, la rosa heráldica de cinco pétalos representaba, a través de la péntada pitagórica, el misterio espiritual del hombre. En la rosa de la antigua Fraternidad de Rosacruz figuraban dos filas de cinco pétalos -sutil alusión al número perfecto pitagórico-. El blasón familiar de Johan Valentin Andreae contenía cuatro rosas rojas sobre los ángulos externos de un aspa -o cruz- blanca, en clara referencia al matrimonio químico de Christian Rosencreutz, el presunto autor de las Nupcias Químicas  y posible fundador, con otros tres, de aquella mística y secreta sociedad. El sello familiar de Martín Lutero contenía una rosa blanca con cinco pétalos.

Los filósofos tenían por costumbre ocultar el elemento tierra bajo el símbolo del dragón, y muchos héroes de la antigüedad se lanzaban a la captura y muerte del mismo, insertándole la espada (la mónada) en el cuerpo (la tétrada o los elementos). El resultado era la formación de la péntada, símbolo de la victoria de la naturaleza espiritual sobre la material. En los antiguos escritos bíblicos, los cuatro elementos están representados por cuatro ríos que desembocan en el Jardín del Edén, hallándose dichos elementos bajo el control del Querubín de Ezequiel.

La magia negra ha recurrido al pentagrama hasta convertirlo en símbolo de las artes mágicas, en representación de las cinco propiedades del Gran Agente Mágico, los cinco sentidos del hombre, los cinco elementos de la naturaleza, las cinco extremidades del cuerpo humano. La particularidad del pentagrama en magia negra es que la estrella puede estar quebrada en algún punto, no dejando que se toquen las líneas convergentes; o puede estar deformada, con líneas de distinta longitud; o bien se muestra invertida, con una punta abajo y dos arriba. Esta última recibe el nombre de pezuña partida , huella del demonio, o Cabra de Mendes. Cuando se giran las puntas de la estrella, quedando una sola hacia abajo, se anuncia la caída de la Estrella de la Mañana.

En los misterios hebreos y en las especulaciones cabalísticas el número cinco era el carácter de la generación, declarado por la letra He, la quinta del alfabeto cabalista. Según este dogma, tal y como lo relata Browne, si Abraham no hubiese incorporado esta letra a su nombre, habría sido estéril, privado del poder de generación, no sólo porque con ello el número de su nombre alcanzaba 248 (2+4+8=14=1+4=5) -el número de los preceptos afirmativos-, sino porque entre las criaturas hay macho y hembra, y en la tecnología cabalística la madre de la vida recibe el nombre de Binah, cuyo sello y carácter era He . Los israelitas tenían prohibido comer el fruto de los arboles nuevos antes del quinto año. San Pablo prefería hablar cinco palabras en una lengua conocida que diez mil en una desconocida. El Salvador dio de comer a cinco mil personas con cinco panes de cebada; David empleó cinco piedras de río contra Goliat. Los antiguos mezclaban cinco partes de agua con el vino; Hipócrates observó una quinta proporción en la mezcla de agua con leche.

Los cabalistas dividían en cinco partes los usos de su sagrada ciencia: la Cábala Natural buscaba ayudar al investigador en su estudio de los misterios de la naturaleza; la Cábala Analógica  revelaba que todas las cosas y sustancias de la Naturaleza eran una sola, y que el hombre -el Pequeño Universo- era una réplica en miniatura de Dios -el Gran Universo-; la Cábala Contemplativa  trataba de revelar los misterios de las esferas celestiales por medio de las más elevadas facultades intelectuales y el razonamiento abstracto; la Cábala Astrológica  instruía a los estudiosos sobre el poder, magnitud y sustancia de los cuerpos siderales, revelando asímismo la constitución mística del propio planeta. La quinta, o Cábala Mágica  configuraba el deseo de ejercer el control sobre los demonios y las inteligencias subhumanas de los mundos invisibles -de ahí el empleo de talismanes, amuletos e invocaciones para sanar a los enfermos.

En el Sepher Yetzirah  -uno de los pilares del cabalismo, escrito, según la tradición, por Simeon Ben Jochai en el año 161 y compilado en 1305 por Moses de León- se dice que Dios dispuso la combinación de las veintidós letras básicas de forma que pudieran emitirse con arreglo a las cinco partes de la boca humana: Guturales, Palatales, Linguales, Dentales y Labiales. La  moderna ciencia fonética aún mantiene en nuestros días esta clasificación básica.

 

Masonería española: fin de milenio

Masonería española: fin de milenio

Hay que estar preparado para entrar en la hoz del río Lobos (Soria) y recorrer con la vista y el tacto los sillares de la ermita templaria erigida a los pies de los acantilados calizos, horadados por enormes grutas y coronados por hornacinas oreadas por los buitres.

Ermita templaria de San Bartolomé. Cañón del río Lobos (Soria). Foto: Arranz

Los canteros medievales han dejado allí grabadas con el cincel sus arcanas marcas de identidad: ángulos, escuadras, bastones y arcos entrelazados formando la cruz templaria. En los rosetones laterales, dos inusuales estrellas de cinco puntas invertidas proyectan su silueta sobre la nave románica, tras haber presidido las supuestas misas negras de aquellos inquietantes monjes-guerrero, fomentadores de su propio mito como magos o brujos, alquimistas o necrománticos.

Rosetón templario

En otro lugar y en otro tiempo -el 18 de marzo de 1314, en una isla del río Sena, a escasa distancia de la catedral de Notre Dame- la muerte a fuego lento de Jacques De Molay, acusado injustamente de sodomía, herejía y blasfemia, no daría tregua para el respiro a la monarquía francesa, maldecida por los herederos del Temple; cuando Luis XVI fue guillotinado, se vió a un francmasón saltar al patíbulo, hundir la mano en la sangre del déspota y arrojar las salpicaduras sobre la muchedumbre, gritando: “Jacques De Molay, habéis sido vengado”.

Jacques de Molay

Existe la creencia de que no hay mejor memoria que la de un masón vindicativo, quien, por el contrario, está dispuesto a jurar que sus actos siempre están presididos por un espíritu de tolerancia. Y se asegura que los masones reciben al oído siniestras consignas emitidas desde la cúpula de una secreta pirámide oligárquica, imponiendo a los neófitos la obligación de sacrificar niños -leyenda que recuerda el sañudo martirio en el s. XIII de Dominguito del Val a manos de los judíos aragoneses- y a los maestros consagrados la de conjurarse contra el papismo, extender la anarquía librepensadora, fomentar la duda filosófica y el ateísmo, subvertir las instituciones, amparar el sionismo, combatir el capitalismo y el comunismo, denunciar la corrupción de los profanos (encubriendo la de los hermanos), conspirar contra la corona y restaurar la república. Por algo, se dice, la bandera de Esquerra Republicana de Catalunya aloja un triángulo -qué otro símbolo puede haber más representativo en la masonería- con la bandera cuatribarrada.

Todo es posible cuando la actividad masónica, como les ocurrió a los templarios, se realiza, dicen, en la más absoluta opacidad desde los rincones más inaccesibles, a pesar de haber promovido modernas constituciones, como la de Estados Unidos, haber contribuido al hervor secesionista de las colonias americanas y, de forma contradictoria, a la unificación de Italia, la apertura de las barreras de la Comunidad Europea respecto a España y, para horror de los nostálgicos franquistas y republicanos, al sostenimiento de la dinastía borbónica, al menos por el momento, tras ceñir su cintura con un mandil. Ni Pushkin ni Goethe, ni Walter Scott, Conan Doyle, Kipling o Wilde hubieran sido capaces de mejorar con su brillante imaginación el mito de la invisible hermandad a la que ellos mismos pertenecieron, ni contribuido tan eficazmente a la captación de nuevos miembros como el silbido al oído, el dicen que dicen y cuéntame el secreto.

Pero a los hijos o a los nietos de los masones, como a los hijos y a los nietos de los cristianos, les cuesta seguir asistiendo al templo, si alguna vez entraron en él, y los personajes fabulosos, como Lafayette, Washington, Diderot, Voltaire, Nelson, Wellington o Garibaldi- que, en cierto modo, llegaron a ocupar en las logias el lugar de las imágenes de los santos en las iglesias católicas- han quedado cubiertos por un manto de polvo y herrumbre. La fábula ha cedido paso a la vulgar realidad, a la lucha por la permanencia, la incierta expansión y, en el mejor de los casos, al intento de restaurar la unidad en una institución fragmentada por el ansia de poder y la tendencia a impedirlo.

A la vuelta del siglo, todavía se siguen exculpando los excesos de la hermandad, acusada en tantos lugares de corrupción, nepotismo y conspiración por la práctica individual de algunos de sus miembros, y observada con recelo entre las nuevas generaciones de políticos y educadores, mientras se intenta redactar una nueva versión de la historia de la masonería, vinculándola más a los viejos valores racionalistas que a los idiosincráticos, seudoesotéricos y altojerárquicos de la no tan poderosa, no tan discreta y no tan sospechosa sociedad de protección mutua.

La escisión de la familia masónica, observable en la multiplicidad de ritos y obediencias que han brotado desde el siglo XVII, y muy especialmente a partir del XIX, no es sino un reflejo de lo ocurrido en las diversas creencias religiosas, instituciones y movimientos políticos organizados desde el nacimiento de la civilización: allá donde huele a misterio, a rincón reservado o a dogma, allí mismo salta el pensamiento disidente para evitar que el conocimiento y el poder puedan convertirse en monopolio de nadie. A pesar de que los principios fundamentales de la masonería son respetados en España como en Francia, Inglaterra, Suiza, Alemania o Estados Unidos, todos los protocolos de regeneración y reunificación han venido fracasando sin que se sepa exactamente a qué o a quién atribuirlo. Seguramente no conviene a los estados que la comunidad masónica se reagrupe por temor a ser parasitados por tan formidable enemigo; pero tampoco a los dirigentes de las Grandes Logias les preocupa demasiado intervenir para mejorar su mala imagen, aunque, en palabras de Baigent y Leigh (The Temple and the Lodge, 1989), mantener este obsesivo secretismo sólo sirve para reforzar el convencimiento de que tienen algo que ocultar. El efecto logrado es ciertamente incómodo y ridículo: en el mundo exterior, el emblema de la escuadra y el compás, más que curiosidad despierta recelo y rechazo; ni siquiera el pasaporte masónico puede franquear las puertas de las logias al hermano visitante procedente de una obediencia irregular -discúlpese el lenguaje jesuítico-, por más que sea portador de una contraseña universal; los hierofantes de la obediencia obstaculizarán la entrada del viajero en su territorio, si es que el viajero no ha sido reconvenido antes por sus propios jefezuelos para que no se atreva a pisar el suelo arlequinado de una logia no reconocida, en clara violación de los reglamentos de las Antiguas Partidas de 1425: “Todo cantero recibirá y acogerá a los canteros forasteros que viajen por el país… y les dará trabajo al menos durante catorce días y les pagará su jornal, y si no hubiera piedra para ellos, los socorrerá con algunos dineros que le ayuden a alcanzar el próximo albergue (logia)” (Mackenzie, Secret Societies, 1967).

De hoy a mañana convendrá rectificar la plantilla sobre la que descansa el pie masónico, o habrá que resignarse a que padezca cojera crónica. Posiblemente las sociedades secretas no tienen ninguna posibilidad de evolución, pero la historia demuestra que la disciplina colectiva de las instituciones suele terminar convirtiéndose en una maniobra desreglada cuando se quiere mantener el pecho erguido en medio del tiroteo. Lamentablemente, como no resucite De Molay y emprenda una cruzada a garrotazos contra los gestores del templo, el legado de la masonería española del año 2000, lejos de quedar tallado en la roca para los siglos venideros, quedará enterrado en su propia insignificancia.

La fragmentación de la masonería española

Emilio García Gómez, Director del Gabinete de Estudios Masónicos, Javier Giménez Carpintero, Presidente del Club Levante 50

(Este documento es uno de los que circularon en 1995 para intentar acabar con el cisma que aquejaba a las distintas logias y obediencias de la Francmasonería española)

El fraccionamiento de la francmasonería española, motivado por complejos movimientos no del todo exentos de rivalidad personal, impide retejer las estructuras fósiles de la orden y reprimir el elemento de irracionalidad que viene dominándola.

1. Se ha perdido la unidad institucional; la introducción de distintas obediencias (vocablo que arrastra una pesada carga semántica de sumisión pastoral) conduce a la imposición de severas restricciones a sus miembros tomando como base la regularidad y la exclusividad. El efecto resultante en nuestro país es que las facciones enfrentadas presumen actuar con un sello de legitimidad en virtud de sus cartas patentes, que en ocasiones se utilizan como patentes de corso, ignorando los intereses generales de la familia masónica. Las variantes rituales -algunas como resultado de una pedestre traducción de los originales franceses o ingleses- hacen incluso difícil identificar los trabajos de numerosas logias como procedentes de un tronco común.

2. Se está perdiendo la unidad estratégica; las decisiones que adoptan las respectivas obediencias y sus logias chocan frontalmente con los intereses de la familia masónica, que tiene derecho a exigir el cumplimiento de las Constituciones y la coordinación de objetivos.

3. Se confunde unidad institucional -concepto doctrinal que hay que preservar- con unidad territorial. Los distintos episodios centralizadores de la francmasonería española no han redundado en beneficio de la gestión de una única Gran Logia y un respetable Supremo Consejo del Grado 33, sino que han desencadenado la lucha por el gran poder, el control de las logias y el uso y usufructo, por parte de unos cuantos pillos, de las aportaciones individuales conocidas como capitaciones y troncos de la viuda, así como del capital social, alejando a los disidentes y recurriendo a cooperadores marioneta que les ayuden a afilar el vértice de la pirámide. La solicitud de concesión de pasaportes o acreditaciones, libramiento de diplomas de pase a los distintos grados, entrega de planchas de quite (documentos de aceptación de baja honorable o pase a sueños), emisión de recibos con membrete y sello por cuotas de adscripción, apertura de expedientes y constitución de tribunales y gabinetes de defensa con arreglo a la ley masónica cuando fueran necesarios, han sido trámites administrativos frecuentemente ignorados, a pesar de la obligación y el derecho de todo masón a poseer sus señas de identidad y a reclamar transparencia administrativa. El producto final es el descenso en el número de logias libres asociadas y el incremento de logias salvajes que vagan sin rumbo y sin vínculos conocidos.

4. Se está perdiendo la unidad litúrgica, ya que, a lo largo de los tiempos, se han introducido en los distintos rituales de los tres primeros grados profundas variantes -algunas como resultado de una pedestre traducción de los originales franceses o ingleses- que hacen difícil identificar los trabajos de numerosas logias como procedentes de un tronco común.

5. Se están debilitando los principios morales que han configurado la francmasonería especulativa desde su fundación en el siglo XVIII. Las innumerables planchas de protesta que han circulado internamente son prueba de la sistemática violación de los principios de libertad, igualdad, fraternidad y tolerancia mediante intimidaciones y decretos de suspensión e irradiación firmados por quienes creían ostentar el derecho a instrumentarlos, sin posibilidad de defensa para los afectados. Como consecuencia de ello, se ha incrementado el rencor, el infundio y la sospecha dirigidos contra los hermanos adscritos a otras obediencias, o contra quienes han sido inhabilitados para el trabajo masónico, e incluso contra aquellos que comparten las herramientas del mismo taller, y se percibe claramente entre los miembros más decanos, y muy especialmente en las denominadas obediencias irregulares, el deseo de mantener la actual separación y el rechazo a todo tipo de iniciativa encaminada a reducir las distancias mediante tácticas de autocomplacencia, vertido de amenazas o imposición de condiciones inasumibles, basándose en las tropelías cometidas por unos y por otros.

6. No es ético iniciar a los profanos que lo solicitan y mantenerles desinformados respecto de la verdadera situación de la francmasonería en el Estado español, dada la incoherencia entre los principios jurados y la práctica diaria de los mismos por parte de quienes más obligados están a respetarlos y hacerlos respetar. Los guardianes del templo, únicos responsables del desgobierno, viven en la ilusión, intentando enmascarar los hechos con declaraciones públicas de normalidad, fecundidad y crecimiento estratégico -véase, como acto innecesario de propaganda, la lista de 500 “masones universales”, entre los cuales figuran Mario Moreno, “Cantinflas”, Ramón Cabrera, “el tigre del Maestrazgo” y Joseph Guillotin, “inventor de la guillotina”, que publica la Gran Logia de España (GLE) desde su página web-, cuando ya es notorio que la institución corre grave peligro de extinción por falta de armonía, inapetencia crónica, fuga de militantes -con el consiguiente abatimiento de columnas, o cierre de talleres-, miedo a la expresión de la disidencia y confusión. La impresión general es que la masonería española ha dejado de ser una honorable y compacta agrupación de hombres libres aficionados a la filosofía esotérica post-renacentista y unidos por los ideales de la Ilustración, y se ha convertido en una secta en descomposición.

7. Se halla muy extendida la creencia en la conspiración de las logias inglesas de nuestra costa mediterránea para convertir la GLE en el zapato de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Teniendo en cuenta las normas que guían a esta última, que rechaza la subordinación a cualquier Supremo Consejo y, al mismo tiempo, reclama autoridad sobre las logias de su jurisdicción y sobre los tres primeros grados, es contradictorio e inverosímil que trate de ejercer ningún tipo de control sobre las logias que actúan bajo jurisdicción de la GLE; en todo caso se limita a admitir o rechazar las peticiones de reconocimiento masónico que le llegan de distintos lugares del mundo por parte de Grandes Logias de nueva fundación. Que los masones ingleses, alemanes o suizos residentes en España sean capaces de mantenerse en pie en su trabajo y encuentren vasallos que les sirvan de enlace con la GLE, de la que dependen, con el fin de obtener respuesta a sus peticiones, no va en detrimento de su imagen, sino que pone en evidencia la desequilibrada naturaleza de las logias españolas y de sus organismos superiores. Quienes siguen creyendo, no obstante, en la doctrina secreta de la masonería como motor de la historia moderna saben que la única forma de evitar la partición y la disolución de la orden en el Estado español es la reconciliación y la reunificación sin condiciones previas ni exclusiones, sentándose a parlamentar sin adoptar posturas monopolistas y excluyentes, agotando positivamente todas las propuestas para encontrar una alternativa funcional a la actual situación antes de sentar los cimientos de una arquitectura sólida y estable, y abriendo las puertas al reconocimiento universal de los resultados.

Reunificación de la FM. Propuestas

Todos los masones activos, en sueños o en suspensión, deben negociar sin requisitos previos en cuanto a la representatividad inter/intra-logias, ni por la situación de sus respectivas obediencias o Grandes Logias, ni por la configuración del Supremo Consejo del Grado 33. El objetivo que se persigue no es el asentamiento de otra obediencia ni otro Supremo Consejo, sino la reconstrucción de la masonería en el Estado español sobre una nueva piedra angular. Bastaría con acreditar la condición de hermano en cualquiera de sus tres primeros grados para obtener el derecho de asistencia a la asamblea de reunificación, sin riesgo alguno para la salvaguardia de los misterios de la orden. Durante la misma, en la que deberían hallarse observadores de las Grandes Logias europeas, no se podrían tomar decisiones que coartasen la libertad de asistencia y permanencia, y cabría esperar de la buena voluntad de los hermanos la no adopción a priori de actitudes astringentes. De llegarse a unos acuerdos globales, podrían iniciarse negociaciones encaminadas exclusivamente a la reunificación a múltiples niveles, permitiéndose, no obstante, la discusión sobre el carácter orgánico o federal de la nueva estructura administrativa y la subsiguiente adopción de los dos ritos consolidados, reconocidos y practicados por las potencias masónicas más significativas en el ámbito internacional: el Rito de Emulación y el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, con sus respectivas y legales derivaciones.

Finalizada la tenida de reunificación, en sucesivas convocatorias y en un plazo razonable, podrían presentarse propuestas para la consolidación de las bases convenientemente discutidas y negociadas en la primera asamblea. Transcurrido este período, habría que convocar a todos los hermanos masones a una tenida general de reagruación en la que se procedería a votar las propuestas firmes, la fijación del organigrama administrativo, el nombramiento democrático del gobierno de la Gran Logia o Grandes Logias, la estabilización del Supremo Consejo del Grado 33 y, finalmente, la regulación y normalización de la actividad de todas las logias que busquen su amparo, tratando de encontrar una salida para la masonería mixta y femenina.

Todo proceso de regeneración que no siga este procedimiento no es fiable; cualquier promesa de recompensa o advertencia de penalización anunciada por cualquier masón, sea cual sea el cargo que ocupe y vaya o no remachada por un matasellos con el logotipo más radiante, nunca recibirá de forma duradera el soporte de los auténticos pilares de la masonería: los aprendices, los compañeros y los maestros. Las llamadas luces de las logias y de las Grandes Logias deben depositar sus joyas en el oriente y facilitar el retejido de las estructuras fósiles de la institución divulgando similares manifiestos de concordia entre los miembros más débiles -los hermanos aprendices y compañeros-, y poniendo a prueba, como auténticos masones conjurados para mantener “el honor y la virtud por encima de las ventajas exteriores del rango o de la fortuna”, su capacidad para el olvido y su sincero deseo de que al fin se restaure la paz, la verdad, la fraternidad y la honestidad.

 

La espinosa acacia

Cuentan los historiadores de la mitología que Isis advertía a aquellos a quienes se revelaba que debían guardar silencio, para impedir que el profano y el infiel pudieran acceder a los secretos del mundo invisible. Por ello Isis se ocultaba tras un velo, que sólo alzaba para manifestarse ante el hombre sabio. Osiris, su hermano y esposo, también evitaba miradas impertinentes, adoptando la forma de un ojo abierto, ojo que todo lo ve, Gran Ojo del Universo, símbolo del sol, del que emana luz, fuego, calor y vida.

Isis y Osiris

Representación de Osiris e Isis

Sin ánimo de provocar la ira de ninguna de estas deidades por revelar detalles de su esencia, quisiera atraer por un momento al lector hacia uno de los mitos mejor conservados en la secuencia de los acontecimientos meta históricos, con el fin de ayudarle a comprender, aunque sólo sea superficialmente, el oscuro soporte teológico de la Francmasonería universal y conducirle después al submundo material e idiosincrático de los masones españoles, cuyo lenguaje, fracturado por las tensiones internas, anda lejos de ser el eco de los dioses.

Según Plutarco[1], Osiris heredó el trono de su padre y gobernó la tierra con bondad y justicia. Su hermano Set, en un arrebato de celos, asesinó a Osiris y descuartizó su cuerpo, dispersando sus restos en el mar a los cuatro vientos. Isis, tras una búsqueda interminable, logró encontrarlos y resucitó a su hermano en el otro mundo, donde se convirtió en rey y juez de los muertos. Orus, su hijo póstumo, vengó a su padre y acabó siendo rey de Egipto.

Las biografías complementarias describen a Osiris recorriendo el mundo para extender la luz entre todos los pueblos. Durante su ausencia, su hermano Tifón –nombre que dio Plutarco a Seth-, asistido por 72 conspiradores, urdió un complot para destronarle. Con gran astucia, Tifón preparó un arcón magníficamente decorado y prometió entregárselo a quien cupiera en el mismo. Nadie consiguió hacerse con él hasta que Osiris, de regreso a Egipto, introdujo su cuerpo en el cofre haciéndolo encajar perfectamente. En ese momento, los cómplices de Tifón sellaron el arca con plomo fundido y la arrojaron al Nilo. El dios Pan fue el primero en descubrir el asesinato de Osiris y dio la voz de alarma (de ahí procedería la palabra pánico). Isis comenzó la búsqueda y llegó hasta las costas de Biblos, donde dio con el arca de su esposo alojada entre las ramas de una acacia. Pero Tifón hurtó el cadáver de Osiris, lo fragmentó en catorce pedazos y los esparció por todo el orbe. Isis logró encontrar trece, teniendo que reconstruir en oro el que faltaba -el falo-, por haber sido devorado el original por un pez en el río Nilo. La muerte de Tifón a manos del hijo de Osiris completa el ciclo.

La magia de la acacia, que Albert Pike[2] (Morals and Dogma, 1872) identifica con el tamarisco, se extiende por las leyendas de la antigüedad. El Arca de la Alianza y el Tabernáculo se hicieron al parecer con madera de una de las más de trescientas especies que se conocen de la familia de las acacias. Los árabes lo consideraban árbol sagrado, del que fue tallado el ídolo Al-Uzza antes de ser destruido por Mahoma. La corona de espinas que rodeó la cabeza de Cristo procedía, con toda seguridad, de una rama de acacia. Emblemática para muchos pueblos, la acacia -de donde se extrae la goma arábiga-, capaz de arraigar en terrenos estériles y de crecer rápida y tenazmente, se ha convertido en símbolo de la fecundidad y de la regeneración. Puesto que la leyenda de la muerte de Hiram Abiff, tan significativa para los Francmasones, se basa en el ritual del asesinato y resurrección de Osiris, no es de sorprender que, al igual que en los antiguos Misterios los candidatos portaban, en el itinerario de su iniciación, una rama de acacia, también ésta aparezca en la ceremonia de elevación del Compañero Masón a Maestro, marcando el lugar donde se encontraba la tumba de Hiram y anunciando su vuelta a la vida.

Representación de Hiram Abiff

Recordaré cómo debió ocurrir esta trágica leyenda. La erección del Templo de Salomón fue llevada a cabo por obreros tirios bajo la supervisión de un maestro constructor fenicio llamado Hiram Abiff -conocido también como Adoniram-, con gran experiencia en levantar templos a Astarté -diosa que los cristianos transformarían en “Reina de los Cielos” y “Estrella de los Mares”-. La Biblia da pocos detalles de la construcción del Gran Templo, así que debemos aceptar la versión que nos ha llegado a través de la Masonería especulativa, después de dos siglos y medio de existencia, con ligeras variaciones[3], sobre los terribles sucesos que acompañaron el alzamiento de las dos columnas de bronce Jakin y Booz (o Boaz). Dado el ingente número de obreros que necesitaba, Hiram impuso la obligación de pasar la palabra secreta, el signo y el toque de mano de cada grado -aprendiz, compañero y maestro-, para cobrar el salario sin riesgo de que accediesen a él los impostores. Tres villanos, sin embargo, torturaron a Hiram para arrancarle la contraseña. Muerto éste sin haber revelado su secreto, ocultaron su cuerpo en un cerro, cubriendo la tumba con una rama de acacia. Siete años después, nueve oficiales de Hiram, que seguían buscando a su maestro, se acercaron a aquel lugar; uno de ellos, al ascender por la ladera, tratando de asirse, tiró de la acacia y dejó el cuerpo de Hiram al descubierto. El temor de que el Maestro hubiera confesado la palabra secreta les indujo a cambiarla por la primera que se emitió durante la exhumación del cadáver. “¡Macbenac!”, exclamó uno de ellos al tirar de la mano de Hiram y notar que la carne se separaba del hueso. Desde entonces, Macbenac, que significa “putrefacción”, o “desprendimiento de la carne” -aunque en realidad se desconoce cuál pueda ser la etimología del vocablo, lo que nos hace pensar que se trata de una acuñación del imaginativo narrador del suceso- se ha convertido en la palabra del Maestro, y la rama de acacia en uno de los símbolos más hermosos de la tradición masónica.

Hasta aquí la ficción histórica; pero las tragedias de Osiris y de Hiram tienen una traspolación a la Masonería española de nuestros días. El Centro de Estudios de la Masonería, que ha dirigido durante muchos años el jesuita Ferrer Benimeli, profesor de la Universidad de Zaragoza, ha dado a luz incontables trabajos sobre la Institución, aunque prácticamente todos se detenían en el umbral del postfranquismo, cuando la producción escrita de las logias comenzaba a ser fresca y abundante. ¿Acaso ya no les interesaba? ¿No podían acceder a las fuentes documentales por su circulación reservada? Es improbable; los comunicados oficiales, las manifestaciones públicas de los dirigentes, la correspondencia interior, los rituales y los reglamentos, todo, en fin, está al alcance de cualquiera[4]. Autores poco acostumbrados al rigor académico, como Vaca de Osma[5], llegaron a percibir los movimientos catacúmbicos, cismáticos, cainitas y epidémicos de la Masonería española que venían produciéndose cíclicamente desde hacía muchos años. La razón de tal inquietud es casi siempre la lucha de las castas dirigentes por el control orgánico de la Institución, la rebelión de los miembros más activos de las logias contra la rigidez autárquica y represora de sus Grandes Oficiales -anacrónicos hierofantes atrincherados alrededor de una éminence grise– y la separación de los líderes del grupo discorde mediante excomuniones o concesiones controladas -una Gran Maestría Provincial por aquí, un Grado de Marca por allá – que amortigüen la protesta.

Mencionaré unos documentos relativamente recientes que fueron de mano en mano y cuyo estruendo debiera hacer volver la cabeza a nuestros distraídos historiadores hacia la España masónica de los 90. En primer lugar, la “Declaración de Principios” de la Asamblea del Supremo Consejo del Grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, celebrada en Madrid el 7 de mayo de 1994, donde se recordaba que la Gran Logia de España había sido delegada por el Supremo Consejo para “el funcionamiento de los tres primeros grados”, reservando para sí el trabajo en los grados superiores del 4 al 33. Después, la complementaria “Elucidación de las causas y consecuencias de la crisis que atraviesa actualmente el Supremo Consejo para España”, en la que se denunciaba la autocracia asentada en los locales barceloneses de la Gran Logia de España -vinculada a la Gran Logia de Inglaterra, que sólo reconocía como genuino el Rito de Emulación- y las razones que podrían llevar a las logias de Rito Escocés a la creación en Madrid de una Gran Logia Escocesa, independiente de la Gran Logia de España. Luego, el Decreto Nº 309 de la Gran Logia de España, firmado unos días después por el Gran Maestro, Luis Salat, por el que se irradiaba (se expulsaba) a siete miembros del citado Supremo Consejo del Grado 33 por poner en duda la jurisdicción de la Gran Logia de España sobre todo el territorio nacional y, por consiguiente, sobre el Supremo Consejo. A continuación, la “Nota complementaria”, con sello del Supremo Consejo y fecha de 9 de mayo, en la que se describían los movimientos de los sediciosos -entre los cuales se mencionaba a Luis Salat- para derrocar a la cabeza visible del Supremo Consejo, Francisco Espinar, y poner en su lugar a Antonio Morón. Por último, las sucesivas planchas (escritos) divulgadas por las logias más afectadas, denunciando al Gran Maestro Provincial de Levante -acólito de Salat- por marrullero y camastrón, y las recientes “Notas para un memorándum”, los “Puntos básicos para la implantación de la Masonería Regular en España”, el “Proyecto para la refundación de la Masonería Regular Española” y los “7 puntos para el programa de la refundación”, con fecha de 15 de febrero de 1995, en los cuales se repudiaba la actividad de la Gran Logia de España y se anunciaba la implantación de una nueva obediencia con carácter federal (puede verse uno de aquellos documentos aquí). La historia de disidencia entre el orden canónico y el renovador quedó ampliamente reflejada en la agitada actividad política y masónica de Miguel Morayta Sagrario (1834-1917). Últimamente aparece recogida por el diario El País (ver aquí).

La Masonería española siempre ha sido histriónica, acaso porque no puede prescindir de sus mitos sin poner en peligro su supervivencia. No es difícil ver en el cuadro descrito a Tifón y a Osiris disputándose el reino, al Maestro Hiram rodeado de conspiradores. El epílogo, dramático, mostraba los estigmas de una guerra civil: desintegración de numerosas logias con pases a sueños (bajas voluntarias) y ejecuciones simbólicas mediante nuevos decretos de suspensión e irradiación, firmados en los polvorientos despachos de la Gran Vía de les Cortes Catalanes 617 de Barcelona, con una energía loca y propia de los grandes dictadores, para quienes todo motín tiene que ser reducido inmediatamente antes de que se extienda como una enfermedad contagiosa. Mientras tanto, los pequeños masones, abatidos por el horror, estupefactos por la demolición de los cuatro pilares de la Orden -Libertad, Igualdad, Fraternidad y Tolerancia-, se susurraban al oído la sabia conseja de “más vale estarse quieto”; cuando vuelva la calma, se procederá a recoger los cadáveres y a encofrarlos bajo el emblema de la acacia.

Este relato no pretende ser una exposé catastrófica de las tribulaciones reales o imaginarias de los masones españoles en sus avatares cotidianos; ni tampoco es una llamada a la cadena de unión que evite el inminente colapso de la Orden. La utilidad del mismo para el lector profano, para el experto o para el hermano, aparte la simpatía o el rencor que puedan mostrar hacia el autor por airear los secretos de familia, tal vez resida en verificar cómo la historia de la sociedad civil, vaya o no ilustrada con un mandil bordado en oro, siempre recoge la silueta del mismo arquetipo: el que dedica parte de su vida a erigir sobre las tumbas de sus víctimas su propio mausoleo.

[1] De Iside et Osiride.

[2] Albert Pike, Morals and Dogma of the Ancient and Accepted Scottish Rite of Freemasonry. 1872.

[3] Invito al lector curioso a que se embriague con la lectura de Voyage en Orient, (1851), del incansable viajero francés Gérard de Nerval, y encuentre, como recompensa, una sorprendente referencia a la leyenda Hirámica, que dijo haber escuchado en un café de Estambul. La edición española (Valdemar 1989) es excelente.

[4] Por ejemplo, Ricardo de la Cierva (El triple secreto de la Masonería. Ed. Fénix, 1994) pretende ingenuamente haber expuesto por primera vez el ritual secreto de los tres primeros grados. En realidad, se trata de una argucia editorial, ya que los tres grados del denominado Rito de Emulación y los otros treinta del Rito Escocés han sido descritos con toda clase de detalles por distintos autores -cada cual con sus propias razones- en incontables ocasiones, mucho antes de haber nacido el Sr. De la Cierva.

[5] La Masonería y el poder. Barcelona: Planeta, 1992.

La catástrofe de Aberfan

Emilio García Gómez

50 aniversario de la tragedia de Aberfan

Gales no es un país cómodo para quien procede del sol y de la sequía. Desde mi llegada al valle de Rhondda a finales de agosto de 1965, apenas vi el sol hasta el mes de abril del año siguiente. Gales es una región especial. La lengua hegemónica casi siempre ha sido el inglés, abriéndose paso a codazos con la lengua natural, el galés, un dialecto de la familia céltica de extremada complejidad que, en las últimas décadas, va saliendo de su declive. Algunos topónimos parecen impronunciables: Llantrissent, Aberystwith, Llanhilleth, Caerphilly, Trecenyd, Treorchy. No podemos ignorar el nombre impronunciable (para los no hablantes de galés) de Llanfair al completo, con su correspondiente transcripción fonética [IPA]:

Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch
[ˌɬan.vai̯r.pʊɬˌɡwɪn.ɡɪɬ.ɡɔˌɡɛr.əˌχwɪrnˌdrɔ.bʊɬˌɬan.təˌsɪl.jɔˌɡɔ.ɡɔˈɡoːχ]

Hay rincones que resaltan por sus reminiscencias románicas: Castellan, Castell Coch, Castell-y-Bere.

 

Gales, sobre el Canal de Bristol. En verde, Rhondda Cynon (Condado de Glamorgan)

Los habitantes del valle de Rhondda (en realidad Rhondda agrupa varios valles) se han dedicado tradicionalmente a la extracción del carbón, a la industria auxiliar y a los servicios. La ciudad comercial más próxima a Cardiff –la capital de Gales- es Pontypridd, a pocos kilómetros de Porth. Allí acudían los jóvenes los sábados por la tarde para ir al cine, hacer algunas compras o simplemente huir del aburrimiento. En los años sesenta, los domingos todo el país quedaba clausurado, excepto las iglesias. El poco entretenimiento audiovisual que proporcionaba la BBC se reducía a plúmbeos servicios religiosos. El ambiente dominante era de trabajo, ahorro y austeridad. Los viernes y los sábados por la tarde se abrían los pubs para acoger a los trabajadores industriales con sus esposas y los jóvenes mayores de dieciocho años, que se resarcían de su fastidio cotidiano bebiendo sin pausa enormes vasos de cerveza al abrigo de la estufa de carbón. A las diez y media de la noche el camarero tocaba una estridente campana al grito de “last orders” o “last drinks”, ofreciendo a los clientes la última oportunidad de comprar más bebidas alcohólicas, tras la cual se cerraba la barra y sólo se permitía consumir lo que quedase en las mesas.

Interior del cine White Palace de Pontypridd. Posteriormente fue derribado

John Ford, en ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was my Valley!) retrató con crudo realismo la vida proletaria de los mineros y de sus familias. Aunque sus escenas en blanco y negro fueron rodadas en unos estudios de cartón-piedra levantados en Malibú (California), reconozco en ellas perfectamente los rincones de las pequeñas poblaciones que salpican los valles de Rhondda, las calles flanqueadas, frente a frente, por hileras interminables de casas adosadas de dos o tres plantas, con muros enlucidos de mortero o de ladrillo rojizo y tejados de pizarra.

Escena de “¡Qué verde era mi valle!” (1941)

Las laderas de las montañas que circundaban la región durante mi estancia estaban cubiertas de lodos negros, restos de la extracción del carbón, o por una manta verde de hierbas, árboles y arbustos a cuyo pie corría un río de aguas grises. Cuando no llovía, se desplomaba una niebla espesa y húmeda, convirtiendo el paisaje en un recinto hermético y silencioso, propicio para la angustia, el misterio y los espectros.

En mayo de 1965, pocos meses antes de mi llegada a Porth, hubo una explosión de gas metano en la mina Cambrian, cercana a Tonypandy, que barrió 300 metros de túneles y acabó con la vida de 31 mineros. Las causas del desastre fueron la mala ventilación y un inadecuado sistema de mantenimiento, a lo que se añadió la acumulación de monóxido de carbono. El drama sacudió la pequeña ciudad de Tonypandy.

La mina Cambrian de Tonypandy

Los habitantes de Tonypandy desfilan en silencio por la calle principal

El 21 de octubre de 1966, poco después de marcharme de aquella zona, un temporal de lluvias provocó un corrimiento de residuos acumulados por la extracción de carbón en la mina de Merthyr Vale, aplastando a 144 personas -116 escolares y 28 adultos- en el pueblo de Aberfan, a pocos kilómetros de Porth.

Abajo, imágenes de la tragedia

Los niños acababan de entonar el himno anglicano All Things Bright and Beautiful (Todas las cosas radiantes y hermosas) en su habitual asamblea matinal:

All things bright and beautiful,
All creatures great and small,
All things wise and wonderful:
The Lord God made them all.
Each little flow’r that opens,
Each little bird that sings,
He made their glowing colors,
He made their tiny wings.
The purple-headed mountains,
The river running by,
The sunset and the morning
That brightens up the sky.
The cold wind in the winter,
The pleasant summer sun,
The ripe fruits in the garden,
He made them every one.
The tall trees in the greenwood,
The meadows where we play,
The rushes by the water,
To gather every day.
He gave us eyes to see them,
And lips that we might tell
How great is God Almighty,
Who has made all things well.

(versión española)
Todas las cosas brillantes y hermosas,
Todas las criaturas grandes y pequeñas,
Todas las cosas sabias y maravillosas,
El señor Dios las hizo todas.
Cada pequeña flor que se abre,
Cada pequeño pájaro que canta,
Él hizo sus colores intensos,
Él hizo sus alas minúsculas.
El hombre rico en su castillo,
El hombre pobre en su puerta,
Él los hizo, altos o bajos,
Y estableció su jerarquía.
Las cimas de púrpura,
El río que fluye,
La puesta del sol y la mañana
Que iluminan el cielo.
El viento frío en el invierno,
El sol agradable del verano,
Las frutas maduras en el jardín,
Él lo hizo todo:
Los árboles altos en el verde bosque,
Los prados donde jugamos,
Los juncos junto al agua,
Recolectados a diario;
Él nos dio ojos para verlos,
Y labios que puedan decir,
Qué grande es Dios Todopoderoso,
Que ha hecho todas las cosas bien.

Última foto de una de las clases engullidas por los lodos

No todas las cosas se hicieron bien en los últimos 10 años de explotación de la mina, ni tampoco aquella mañana, en la que fallaron los sistemas de alerta ante lo que se avecinaba. La tragedia se ensañó con los confiados vecinos de Aberfan. Hoy, transcurridos 50 años, los supervivientes y los familiares de los difuntos se reúnen para recordar la tragedia y verbalizar su ira y su frustración. Todavía acusan a la prensa de convertirles en víctimas de su propia avaricia, incansables ante la reivindicación de responsabilidades y suculentas demandas de indemnización. Sin embargo, los pobres galeses del valle de Merthyr no se pierden en el pozo negro de la historia. La BBC programó para estas fechas importantes eventos y el Wales Millenium Centre de Cardiff acogía un concierto extraordinario –Cantata Memoria: For the Children/Er Mwyn y Plant– a cargo de la orquesta de Gales, un coro mixto de 150 componentes y otro de 116 niños –el mismo número que el de los escolares engullidos por la montaña de Aberfan.

Cuando terminaron de sonar los últimos acordes, los habitantes del valle, de regreso a casa, siguieron sin poder apartar de si las sombras de sus muertos.

Sheila Waiting. Fotografía de I.C. Rapoport

*Las imágenes que aparecen en este artículo han sido obtenidas de H.M. Stationary Office, a partir de los informes oficiales que se realizaron sobre la catástrofe. El documento completo puede descargarse (22,9 Mb) de http://www.mineaccidents.com.au/uploads/aberfan-report-original.pdf

La foto “Sheila Waiting”, del fotógrafo norteamericano L.C. Rapoport, forma parte de sus tres magníficos ensayos ilustrados sobre Aberfan: http://icrapoport.com/series/aberfan/

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21 de octubre de 2016

 

El Seminario de Salzburgo

Por Emilio García Gómez

Antiguo grabado del Schloss Leopoldskron. Fuente: Universität Salzburg

La otra cara de Salzburgo

En 1982 se cumplían 35 años de la creación del Seminario de Estudios Americanos en la ciudad austriaca de Salzburgo. Esta singular Fundación, prácticamente desconocida aun en ámbitos universitarios norteamericanos, inició sus actividades en 1947, ofreciendo ininterrumpidamente cursos especializados a investigadores de todo el mundo.

Las distintas sesiones se han venido celebrando en el Schloss Leopoldskron, palacio rococó construido a orillas de un lago a mediados del s. XVIII por el Arzobispo Leopold Anton Freiherr von Firmian (1679-1744), que se destacó, además de por su amor a las artes, por expulsar de la diócesis a 22.000 protestantes, lo que causó cuantiosos perjuicios a la economía de la ciudad.

El Arzobispo Leopold Anton Freiherr von Firmian (1679-1744)

Sucesivamente el Schloss fue destinado a hotel y a residencia de Luis I de Baviera, ilustre amante de una aventurera irlandesa, Maria Dolores Eliza Rosanna Gilbert, nacida en Limerick y más conocida por su nombre artístico Lola Montez y por su insaciable apetito por los hombres, a quienes pronto abandonaba.

Lola Montez, por Joseph Karl Stieler-1847

En 1918, el edificio fue adquirido por el actor y director de teatro Max Reinhardt, que reformó su interior mediante la adición de una sala veneciana recubierta de espejos y dorados, y de una biblioteca, a imitación de la Stiftsbibliothek de la abadía suiza de St. Gallen.

Biblioteca del palacio Leopoldskron

Los nazis confiscaron el edificio durante la Segunda Guerra Mundial con la excusa de ser propiedad de un judío. Una bomba arrojada por la aviación americana causó ligeros desperfectos en la fachada sur.

En 1947, por extraños avatares de la vida, ex-alumnos de la universidad de Harvard alquilaron el Schloss, junto con el edificio adyacente -el Meierhof, o aposentos del administrador- para promover el estudio de lo americano, previendo la articulación  de una corriente librepensadora mediante la participación y la comunicación.

Meierhof

Al terminar la II Guerra Mundial, los tres fundadores del Seminario de Estudios Americanos de Salzburgo – un licenciado universitario austríaco,  Clemens Heller, el estudiante Richard Campbell y un joven profesor inglés, Scott Elledge- convirtieron el palacio y sus anexos en “el plan Marshall de la mente”, adonde acudirían ciudadanos y pensadores de los dos mundos opuestos de la época: el comunista y el no comunista.

Los tres fundadores del Seminario de Salzburgo en 1947: Clemens Heller, Richard Campbell y Scott Elledge

En 1965 se rodaron allí algunas escenas de la película The Sound of Music.

Julie Andrews de espaldas al lago

Actualmente, en 2014, el edificio principal se ha convertido en un hotel de lujo, aunque el resto del equipamiento se ofrece para la organización de encuentros político-culturales.

Fachada del palacio Leopoldskron

Schloss Leopoldskron junto al lago Leopoldskroner Weiher. Al fondo, el castillo de Salzburgo

Es posible que el Seminario de Salzburgo –que hoy se llama “Seminario Global de Salzburgo”- haya perdido la lozanía de sus primeras etapas. Releyendo las memorias del infortunado F.O. Matthiessen, antiguo huésped del Schloss y pionero del Seminario, donde dio unas conferencias (V. From the Heart of Europe, 1948), resulta fácil deducir que las otrora apasionadas defensas de lo propio, lo de casa, se han convertido en pequeñas escaramuzas intelectuales, superadas prontamente por ese espíritu de sportmanship  de cuño anglosajón. Matthiessen abogó por la hibridación de las culturas, alertando a su país de la inercia imperante y abogando por un socialismo democrático.

Francis Otto Matthiessen

Selección de aspirantes

No hay nación tan expuesta al escrutinio público como los Estados Unidos. Excepto en épocas críticas, sacudidas por ramalazos patrióticos y xenófobos, la historia contemporánea de ese país es una verdadera constelación de actitudes contrarias al hermetismo administrativo.

Pero la proverbial libertad de hurgar en los asuntos públicos se ve frenada por el derecho -raramente vulnerado- a proteger las fuentes de información. Durante mi estancia en el Schloss en abril de 1982, solicité una entrevista con el director del Seminario, Peter Georgas, ex combatiente de la guerra de Corea. Aquel hombre de barba gris y de cara amable tenía poco que contar. Responsable del Seminario en Europa, bien auxiliado por un equipo de profesionales, Georgas se encargaba de la selección de los becados –fellows-, realizando audiencias en las principales ciudades.

Peter Georgas

“Los candidatos de la Europa socialista,” declaró, “a falta de convocatorias públicas, se enteran de nuestras actividades a través de otros asistentes. El entramado burocrático de sus países no permite una resolución expeditiva, siendo frecuentes las cancelaciones de última hora por cuestiones de visado. En todos los casos, el  criterio de selección se basa en la potencial influencia en el campo administrativo, socio- político y cultural de los aspirantes. Estamos orgullosos de contar entre nuestros ex alumnos y ex profesores invitados a jefes de gobierno, embajadores, catedráticos de universidad y otras figuras prominentes del foro público.”

No resultaba difícil, sin embargo, predecir en aquellos momentos que alguno de los alumnos, cuya edad oscilaba en torno a los 35 o 40 años, llegaría a destacar en su día en su propio país o en los foros internacionales; todos los aspirantes, que ya ocupaban puestos específicos de la función pública, lógicamente habrían de seguir escalando en su carrera profesional.1 Entre los personajes que pasaron por el Seminario figuran Kofi Anan, Saul Bellow, Ralph Ellison, Jim Yong King, Margaret Mead,  Jean- Claude Trichet y James Dewey Watson.

Tiempo para la lectura

Ravel entre ordenadores

 Tenía la ligera sospecha de que la Sesión 212 (18 de abril a 1 de mayo de 1982) sobre “Literatura Americana Contemporánea”, que acababa de celebrarse, era la excusa cultural de otras sesiones más sustanciosas anunciadas para 1982: “Relaciones Europeo-Americanas”, “Política industrial y comercio internacional”, “Desarrollo, comunicación y cambio social”, ”Migración laboral internacional”, “Crisis mundial en los sistemas de retribución de los jubilados”, “Derecho americano e instituciones legales”, “Relaciones entre organismos internacionales y decisiones nacionales de política exterior”, Tecnología y relaciones humanas”.

Un miércoles por la noche, se celebraba concierto en el Schloss: el Trio Amadé, con  el mecenazgo del ya fallecido banquero y político W. Randolph Burgess, combinó a Ravel entre Brahms y Mozart.

Actuación del Trío Amadé

“Desde que la banca anda de por medio, parece que todo se ha vuelto más prosaico. ¿Y Vd., viniendo de España, ¿no siente apego por la tradición?” Los ojos de Uta Attwood -encargada de alumnos- mostraron su asombro ante mi respuesta vacilante. También a mí me sorprendía la veneración por el pasado de esta sonriente y eficaz funcionaria austriaca que hablaba inglés con acento americano.

“Nuestro Seminario recibe ayuda de diversas compañías: American Express, Avon, Exxon, Ciba-Geigy, Ford., Rothschild, Honeywell, IBM, Omaha, Rockefeller, Shell, Andrew Mellon…” Uta me entregó la lista completa de bancos americanos y alemanes, fundaciones holandesas, belgas e italianas, ministerios diversos, agencias diversas, apoyo financiero árabe y británico; también la omnipresente USICA, la Agencia de Comunicaciones Internacionales de Estados Unidos, cuyas siglas bailan extrañamente.2

El arco del violinista dejó escapar un largo gemido. Ravel entre burócratas y ordenadores.

Programa de trabajo.

Esperaba una buena dosis de americanismo; por eso llevaba presta una frase de un portavoz del pensamiento radical norteamericano: “Cuando oigas a un hombre hablar de su amor a la patria, es señal de que busca una recompensa”. No tuve ocasión de lanzar el verbo envenenado del irreverente ensayista de Baltimore, Henry Louis Mencken. Los conferenciantes, que no tenían otra asignación económica que para gastos de viaje y estancia en el Schloss, fueron muy discretos. Theodore Gross, de la universidad de Pennsylvania, encarnaba la llaneza y el sentido común. Benjamin De Mott, de Amherst College, con su voz modulada y llena de acentos, habría sido capaz de mantener en vilo a un senado de zombis. Lemuel Johnson, originario de Sierra Leona y profesor de la universidad de Michigan, consiguió, después de intentarlo mil veces, que todos se apasionaran por The Woman Warrior. Memoirs of a Girlhood among Ghosts (1976) y China Men (1980), de Maxine Hong Kingston. Mohamed Sethom, de la universidad de Túnez, se mostró algo escéptico; errores burocráticos, de  los  que  dijo  no  era  responsable,  le  impidieron  organizar  debidamente su seminario. Kenzaburo Ohashi, de no ser por las interferencias fonéticas del japonés, habría llegado a los pliegues menos superficiales de los alumnos. Brigitte Scheer-Schäzler, profesora en Innsbruck, puso una nota culta e inteligente. El contrapunto lo dio Marc Pachter, de la Smithsonian Institution; especialista en biografías, tejió su maraña científica con la misma habilidad con que daría luego pasos de rock mientras se bebía una cerveza en la improvisada cantina del Schloss.

De izquierda a derecha, Gross, DeMott, Johnson, Sethom, Ohashi, Scheer Schäzler, Pachter

El horario de las distintas sesiones era uniforme y más que tolerable: desayuno a las ocho, conferencia a las nueve; a las diez y cuarto, café con pastas; a las once menos cuarto, discusión; a las doce y media, almuerzo; de dos a cinco y media, seminarios de trabajos; a las siete, cena. El resto del tiempo era para la biblioteca, cuyos estantes revelaban graves carencias, o para la colada, o para dormitar.

Seminario de trabajo

Al caer la tarde, los alumnos buscaban rincones donde intercambiar pareceres, especialmente apoyados  en la baranda del embarcadero del lago adyacente, el Leopoldskroner Weiher, ante la silueta inmutable del Untersberg.

Al fondo, el monte Untersberg

Un rincón para el descanso

Del este al oeste

Raras veces, en el transcurso de este seminario de literatura, se han echado a rodar patatas calientes; ni siquiera se han intentado polarizar las diferencias de opinión. Las vibraciones individuales de los 43 asistentes de 25 países se manifestarían fuera de la sala china, fuera de la estancia veneciana, lejos de las maderas crujientes de la biblioteca; tal vez al calor de la chimenea, en el sombrío hall junto a la entrada principal; o en el bierstube, el sótano del ping-pong, la cerveza, el vino austriaco y la recena con huevos escalfados-; o en el jardín italiano, frente al Untersberg de nieves verticales.

Massimo Bacigalupo y George Khairallah conversan junto al lago

A destacar la violencia oral de George Khairallah, representante de la Universidad Americana de Beirut. George era un genio, un insólito cocktail de vodka con Voltaire, Mark Twain, Nietzsche y Ambrose Bitter Bierce. Dormía tres horas sin que se viera afectado su talento; con un par de alusiones podía volverle a uno del revés. Una de sus antiguas alumnas, Mona Amyuni, editor de Tayeb Salih’s Season of Migration to the North: A Casebook (Beirut: American University of Beirut, 1985), recordaba en los años 80 el tremendo impacto que tuvo un joven professor libanés en moldear sus futuros estudios: “I had returned to college at the age of 28 and was auditing a course on twentieth-century European literature given by George Khairallah, a fresh graduate of Columbia University who had just returned to Beirut. He was such a brilliant teacher that I gradually took all his courses for credit.”3

Pathe matos4 – Bobadas.
La única sabia es la medusa.

George Khairalah

En sus noches de vigilia, George se paseaba, inquieto, al borde de la autoaniquilación. A veces se agitaba y aullaba en su delirium tremens; al despertar, buscaba a ciegas la botella de licor y mataba de un trago a sus fantasmas. Acaso  ahora su cuerpo siga bajo un montón de escombros, apuntando con su dedo índice a los tanques de Sión que arrasarían tres años después las calles de Beirut.

De Polonia llegaron dos Teresas: Teresa Bacz y Teresa La Delle. Si a éstas las envió Jaruzelski y su ejército de robots, poco hay que añadir: la fraternidad universal y la emancipación intelectual son toxinas que generan las dictaduras.

Izq. a derecha, Teresa Bacz y Teresa La Delle

A Mircea, el rumano que fumaba tabaco con olor a marijuana, se le escapan  graciosos chascarrillos sobre su glorioso régimen político.

Mircea Bucurescu

György Novak, sombrío, receloso, fino jugador de ping-pong, se negó a romper el cerco de acero que le rodeaba: Hungría estaba a un paso; quien deseara saber más, que se diese una vuelta por la capital imperial.5

György Novak

Jasna Perucic Nadarevic, de Yugoslavia, era sofisticada como una actriz de Broadway; su compatriota, Jerneja Petrič, parecía flotar en una nube; estaba escribiendo una tesis doctoral sobre eslovenos americanos.

Jasna Perucic Nadarevic. A la derecha, Jerneja Petrič, en la actualidad

Resulta apasionante ver sentados en la misma mesa a judíos y egipcios mientras la prensa hablaba de un cambio de soberanía en el Sinaí. Uno espera que se claven los tenedores y sólo oye un rumor palaciego, ecos que rebotan en las paredes de estuco del imponente comedor. Claro que entre ellos andaba el cairota Alkhedr Elkashif, a caballo entre la simplicidad y la santidad.

Alkhedr Elkashif

Y qué decir de Anargyros Heliotis, el griego impasible, con su pose de Cambridge, y de Ayse Dinçer, una turca elegante, atractiva y llena de pretensiones.6 De vez en cuando se oía hablar español con ceceo: era Peter Vasallo, ciudadano de Malta, una isla perdida en el Mediterráneo.

Anargyros Heliotis, Ayse Dinçer y Peter Vasallo

El ritmo del Seminario parecía un calco del que observó personalmente Matthiessen en 1947:

“One of the events that we staged for the fun of it was a reading of poetry from as many literatures as possible. It is a strange experience to listen to poems in languages of which you know hardly a word, but we wanted to hear what effect could be produced by the sound alone. We were handicapped by the fact that very few had brought along their own poets in their very sparse baggage. Even Max Reinhardt’s library fell short of Dutch and modern Greek.

 Since the Italians were among the best readers, we asked them to lead off, on the grounds that Italy is the mother of modero poetry in the vemacular. They put on a delicately modulated program of Leopardi’s ‘L’Infinito’ and the canto in The Divine Comedy about Paolo and Francesca. The Austrian aviator, who writes romantic lyrics in the style of a century ago, surprised me by the firmness with which he recited by heart Rilke’s ‘Autumn Day’ (‘Herr: es ist Zeit. Der Sommer war sehr gross’). The French poems were the least rewarding, since they were read by two lycée teachers who presented Hugo and Baudelaire in a tone that made them sound like important lessons to be learned.” (From de Heart of Europe, 1948)

Roberto Weber, cuya foto de presentación parecía haber salido de los archivos de la policía sobre las Brigadas Rojas, vino en moto desde Venecia.

 

Dos imágenes de Roberto Weber distanciadas en el tiempo

Una noche recita una poesía en el dialecto de Trieste:

Pin Penin valentin pena bianca mi quaranta
mi un mi dòi mi trèi mi quatro mi sinque mi sie mi sète mi òto buròto
stradèta comodèa– Pin Penin fureghin
perle e filo par inpirar e pètena par petenar
e po’ codini e nastrini e cordèa– le xe le comedie e i zoghessi de chèa
che jeri la jera putèa Pin Pidin
cossa gastu visto? ‘Sta piavoleta nua
‘sto corpesin ‘ste rosette ‘sta viola che te consola ‘sta pele lissa come sèa ‘sti pissigheti de rissi
‘sti oceti che te varda fissi e che sa dir “te vòi ben” ‘ste suchete ‘sta sfeseta–
le xe belesse da portar a nosse a nosse composte de chéa
che jeri la jera putéa Pin Penin valentin
o mio ben,
te serco inte’l fogo inte’l giasso te serco e no ghe riesso
te serco e no ghe la fasso, pan e dedin
polenta e nasin– chi me fa dormir chi me fa morir tuta pa’l me amor chi me fa tornar
coi baseti che ciùcia coi brasseti che struca co la camiseta più bèa–
le xe le voje i caprissi de chèa che jeri la jera putèa
Pin pidin valentin pan e vin o mio ben,
un giosso, solo un giosso, te serco inte’l masso
te serco fora dal masso
te serco te serco e indrio sbrisso, chi xe che me porta’l mio ben chi me descanta
chi me desgàtia chi me despìra pan e pidin polenta e nasin polenta e late
da le tetine mate da le tetine beate–
i xe zoghessi de la piavoleta le xe le nosse i caprissi de chèa
de chèa
che jeri la jera putèa.

Con ritmo de colegial, Roberto deshoja la cantilena londinese de Andrea Zanzotto. A su lado, Marina Morbiducci nota ardor en las mejillas; frente a ella está Tom Sutcliffe.

Marina Morbiducci en dos momentos distantes

Tom trabaja para la BBC. Joven, bien parecido, con un timbre de voz impresionante, ha vivido en Kenya, Nueva Zelanda, Sarawak (Borneo), Nigeria y Lesotho. De vez  en cuando escribe para el Times. “A saber qué hará dentro de veinte años”, pensaba yo en aquellos momentos. Pues en 2014 seguía envuelto en el más alto prestigio de la prensa británica.

Tom Sutcliffe

Su  compañero,  Glynne  Price,  ejecutivo  de  la  BBC-TV,  emitía  ondas  de  humor doméstico.

Glynne Price

Àngels Carabí, de la universidad de Bellaterra, recitaba con vehemencia una escena de Bodas de Sangre (versión castellana de una traducción inglesa).

Àngels Carabí

Se preparó una excursión dominical a Salzkammergut, la región de los lagos.

Valle de la región de Russbach am Pass Gschutt

¡Qué paisaje el austriaco! Casas envueltas en un manto verde y apacible, pueblos y caminos exageradamente limpios, casi asépticos: Wolfgangsee, Attersee, St. Gilgen, St. Wolfgang, Bad Ischl, Mondsee…

St Gilgen Rathaus

De izquierda a derecha, Peter Vasallo, Ayse Dinçer, Àngels Carabí y George Khairallah en la visita a Bad Ischl

Vecinos de la región de Salzkammergut, al salir de misa

La señora Sethom, en un mercadillo de Bad Ischl

Pero las inclemencias del tiempo parecían truncar la alegría de sus habitantes. Sólo  en una cervecería monumental, de regreso en Salzburgo, se oyó a un campesino tirolés echar unos gorgoritos.

Alrededores de Attersee

Leopold

Llega la despedida. El chef del Schloss, Herr Morteveille -raro nombre para cocinero- prepara un banquete en el lujoso comedor:

Weisswein Vorspeise
Gefüllte Hühnerbrust in Blatterteig Gemüse
Torte

A los postres siguen los brindis. Massimo Bacigalupo –cineasta, traductor de poesía, crítico literario- resoba una cita textual con voz pegajosa.

Massimo Bacigalupo

Responde Benjamin De Mott.  Karen Alkalay-Gut,  representante de Tel  Aviv, brinda a Johnson;

por él responde, desde el subconsciente, su admirada, Maxine Hong Kingston. Mircea Bucurescu brinda a Ohashi; a la luz de los candelabros, responde una sombra de ojos rasgados, llenando la estancia de reverencias. Ali Mohammed Salem, el dramaturgo egiptano de enorme corpulencia, alza su humanidad e inicia el brindis a Pachter:

Sisters and brothers… hermanas y hermanos…

¿Otra vez el chiste del camellero, que solía repetir mientras hacía sonar la algarabía de su música a cualquier hora?7 Michael Clarke, el guapo irlandés, brinda a Scheer- Schlazler.

Inesperadamente, Jorma Eronen -poeta finlandés- se levanta y brinda a Sethom: se hace un silencio sepulcral; su intervención no estaba prevista.

Jorma Eronen

Ranjiana Dikhit, de la India, la que nunca prueba la carne de buey por escrúpulos religiosos, brinda a Benjamin Gross.

Ranjiana Dikhit

Alguien brinda al cocinero. Suena otro brindis infortunado; y Peter Georgas, para deshacer el entuerto, brinda a todos: “Este es el mejor grupo que ha pasado por aquí…” Lo de siempre. Después vendrá el baile: rock, twist, chachachá, hasta “Clavelitos” entre un vals y una mazurca. El corazón del Arzobispo, que descansa bajo una losa de la capilla contigua, debe latir furibundo…

Es tarde. Sobre el lago sopla una brisa gélida. Isabel Caldeira, de la universidad de Coimbra, nostálgica y dulce como un fado, se palpa el vientre; cuando nazca su hijo se llamará -estoy seguro de ello- Leopold.

Isabel Caldeira en 1983 y actualmente

Leopoldskroner Weiher (Lago Leopoldskron). Al fondo, el monte Untersberg

Los asistentes al Seminario (abril-mayo de 1982)8

NOTAS

1 Por ejemplo, Ibrahim Mohamed Maghraby, cuyo curriculum vitae sería colosal.
2 Puede verse el informe del Presidente de 2012 en formato pdf en la siguiente página: http://www.salzburgglobal.org/fileadmin/user_upload/Documents/President_s_Report_2010_REDUCED.pdf
3 George fue autor de un libro de ensayo, The Aesthetic Imagination: A Study of Henry Adams (Columbia University, 1968) y dos de poemas, Academe. Poems and Epigrams (American University of Beirut, 1979), y The Making of Americans (1979). Murió unos años después, posiblemente de cirrosis.
4 “Learning by suffering”. “Pathé matos. Nonsense. The only wise one is the Gorgon”.
5 De Hungría tenía que asistir igualmente Odze Georgy (en húngaro el apellido precede al nombre), aunque no lo recuerdo. Odze adquirió, especialmente tras la caída del muro de Berlín, considerable reputación como escritor, traductor y diplomático.
6 De Ayse Dinçer solo he podido encontrar una referencia académica: “Loneliness or the Borderline Between Void and Society? The Dilemma of the American Indian Hero After the Second World War.” Revista Canaria de Estudios Ingleses, 13-14 abril 1987, págs. 29-34.
7 Una de las versiones del chiste del camello dice así: “There was a tour bus in Egypt that stopped in the middle of a town square. The tourists are all shopping at the little stands surrounding the square. One tourist looks at his watch, but it is broken, so he leans over to a local who is  squatted down next to his camel. ‘What time is it, sir?’ The local reaches out and softly cups the camel’s genitals in his hand, and raises them up and down. ‘It’s about 2:00’, he says. The tourist can’t believe what he just saw. He runs back to the bus, and sure enough, it is 2:00. He tells a few of the fellow tourists his story, ‘The man can tell the time by the weight of the camel’s genitals!’ One of the doubting tourists walks back to the local and asks him the time, the same thing happens! It is 2:05.p.m. He runs back to tell the story. Finally, the bus driver wants to know how it is done. He walks over and asks the local how he knows the time from the camel’s genitals. The local says: ‘Sit down here and grab the camel’s genitals.’ The farmer complied. ‘Now, lift them up in the air and look underneath them to the other side of the courtyard, where that clock is hanging on the wall.’”

8 El Seminario de Salzburgo fue el punto de partida para un considerable número de trabajos académicos por parte de algunos de sus participantes, que se centraron en las literatura de las minorías étnicas norteamericanas. Por mencionar unos pocos ejemplos, Àngels Carabí recogió la obra de la escritora africano americana Toni Morrison en Toni Morrison: búsqueda de una identidad afroamericana. Barcelona, 1988; y en “Escritoras negras norteamericanas: la obra de Toni Morrison”. Mujeres y Literatura. Eds. Àngels Carabí & Marta Segarra. Barcelona: PPU, 1994. 177-189. Poco después del Seminario, Ayse Dinçer participaba en la Revista Canarias de Estudios Ingleses 13-14 (Abril 1987, p. 29) con su trabajo “Loneliness or the Borderline Between Void and Society? The Dilemma of the American Indian Hero After the Second World War”. El autor de este artículo sobre el Seminario de Salzburgo de 1982 acudió como autor de una tesis doctoral, defendida en la Universidad de Salamanca en 1978, sobre el escritor Afroamericano Richard Wright. Posteriormente, mantuvo contacto con Frank Yerby y Chester Himes, a quienes entrevistó en Moraira y Madrid, respectivamente, y sobre los cuales publicó algunas referencias, al igual que hizo con Maxine Hong Kingston.
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El Río Martín (IV)

TESTIGO DEL TIEMPO

Cuando a tío Francisco le tocaba el ador, es decir le tocaba el turno para hacer uso del agua de riego para sus campos, tenía que dejar todo y pasarse el día, y a veces toda la noche, esperando que le llegara el agua para poder regar la huerta.

El Ador es una organización colectiva que regula el uso del agua.

La palabra “ador”, según el Diccionario de la RAE, “viene del árabe “ad-dawr”, que quiere decir el turno, la vuelta, el período. Es el tiempo señalado a cada uno para regar, en las comarcas o términos donde se reparte el agua con intervención de la autoridad pública o de la junta que gobierna la comunidad regante. También significaba una cierta contribución que pagaban los moros y judíos en los reinos cristianos. Era una contribución para el aprovechamiento del agua.

Había además una “alfarda” media, un canon incompleto o reducido que pagaban algunas tierras en compensación de no recibir todas las ventajas del riego”.

Alfarda, palabra árabe “al-farda” que significa la obligación, la contribución”. Alfardilla: “cantidad corta que se paga, además de la alfarda, por la limpieza de las acequias menores, hijuelas de las principales”. “Nuestros brazales de interconexión y extensión de las acequias para el riego”.

Como las tres huertas que tenían entonces los abuelos estaban ubicadas en zonas regadas por tres acequias diferentes (Ojo de la Marina, Ojo de Sambatán y la acequia de Los Terreros), el agua le llegaba cuando le tocaba el turno, y muchas veces en el momento más inoportuno.

Por eso el abuelo decía que las huertas, los campos de regadío, “eran muy esclavos”. Es decir, que esclavizaban mucho en su mantenimiento. Había que estar siempre pendiente de la huerta.

albalate_panoramica
Albalate del Arzobispo. (Foto de Teodoro Félix Lasmarías).

El secano, o tierras de monte, era otra cosa. El trabajo era más simple. En definitiva consistía en labrar la tierra, sembrar el grano, y recoger la cosecha. Daba más libertad. Pero se estaba más pendiente de la lluvia. La viña y los olivos también requerían algo más de dedicación y de cuidados, pero nunca tanto como la huerta.

La huerta, cuyas cosechas estaban aseguradas por el aporte de agua a través de las acequias nacidas en el río Martín en Albalate del Arzobispo, requería más trabajo. Trabajo que era compensado con beneficios más constantes, con mayor regularidad, y aseguraban la subsistencia del día a día.

Para el pequeño labrador, tener unos campos para el cereal, algo de viña, y unos cuantos olivos, y además tener un par de huertas constituía una seguridad en su familia.

El Pregonero, por orden de la autoridad, “cantaba” el orden del ador, y todos se sometían a él. Al igual que comunicaba el pago de la alfarda y demás contribuciones. Todo el mundo sabía a qué atenerse.

En ocasiones la alfarda consistía en trabajos por grupos para limpiar las acequias. Todos quedaban obligados a colaborar. El que tenía dinero y no quería, o no podía hacerlo, pagaba a un jornalero para que lo hiciera en su lugar. El arreglo de los caminos se hacía con similar organización. Casi siempre se procuraba que cada uno trabajase en zonas más próximas a sus campos. El interés por hacerlo bien quedaba de esta forma asegurado.

Las acequias limpias permitían un mejor uso y ahorro de agua. Los caminos arreglados proporcionaban mayor comodidad en el acceso a los campos y mejor aprovechamiento de la jornada laboral.

Un buen sistema de riegos y una eficaz alfarda marcaban el índice de cooperación y de superación constante del pueblo.

Lo mismo ocurre cuando se ve en un pueblo el buen cuidado de la iglesia y el buen cuidado del cementerio. Es un indicador de la sensibilidad de sus gentes.

La buena gestión del Ayuntamiento se ve reflejada en la organización para las tareas comunales.

Todos contribuían, con dinero o con peonadas.

Mi abuelo pagaba siempre con peonadas, con su trabajo, lo mismo que la mayoría de la gente pobre. Al cuidado de la huerta se le añadía el cuidado de las acequias.

Conocían muy bien el valor del agua. Por eso la aprovechaban hasta la última gota. Desarrollaron todas las obras que fueron necesarias para ello.

Nuestros mayores se sentían “hijos de la madre tierra”. El río Martín era el padre que la fecundaba.

Tener una huerta, era tener asegurado un primer plato que comer. Además la huerta daba la posibilidad de criar aves, conejos, ovejas o cabras, y sobre todo criar el cerdo que supondría, posteriormente, una despensa suficientemente abastecida. Con los productos de la huerta y sobrantes de la alimentación familiar se lograba el famoso “caldero cocido para el cerdo”. El cerdo engordaba y la esperanza en la subsistencia de la familia se mantenía constante. Todos esperábamos “la matacía del cerdo”. Era un segundo plato bien apetitoso.

Tierra, agua, animales domésticos, formaban una cadena inseparable con hombre.

Pero no todo era tan simple y tan sencillo. La realidad solía ser más dura para mucha gente del pueblo.

El profesor Pina Piquer recoge en su Historia de Albalate (2001) un Informe que el sacerdote Bardavíu Ponz recopila también en su Historia (1914), cuyo autor era el también sacerdote Francisco Ciércoles (1782).

En 1782, Ciércoles entre otras muchas cosas dice:

La agricultura de Albalate daba los datos siguientes:

Regadío: 2.400 juntas*.

Monte: 16.000 juntas.

Trigo, en un buen año: 12.00 cahíces. Uno normal daba 4.000 cahíces*.

Cebada: 4.000 cahíces si el agua de lluvia es abundante. Normalmente: 1500 cahíces.

Panizo: 2.000 cahíces anuales.

Aceite: de 6.000 a 7.000 arrobas* al año.

Vino: de 600 a 800 nietros. (1 nietro = 16 cántaros).

Ganado mular y cerril: de 700 a 800 cabezas.

Ganado lanar y de pelo: 12.000 cabezas de lana y 3.000 de pelo.

Las propiedades del Arzobispo estaban constituidas por

La Pardina de Almochuel, El castillo palacio. El granero. La cárcel. Los hornos. Un batán. Dos molinos harineros (con 3 muelas). Y un molino de aceite (con 7 prensas).

Es decir que de una manera u otra todos iban a parar al peaje del Arzobispo.

En 1824, el Padrón General recoge, según nos muestra Pina Piquer, cuarenta y dos años más tarde del Informe Ciércoles, los datos siguientes:

En Albalate había unos 1.124 vecinos (3.590 habitantes). Un 68 % de los vecinos vivían de la agricultura. Y más del 40 % del total de Albalate no tenía acceso a la propiedad de la tierra o en cantidades ínfimas insuficientes. Es decir que casi la mitad de la población vivía en condiciones de pobreza.

El grupo de eclesiásticos de la parroquia estaba constituido por 15 personas.

Pasaron 78 años y los datos sociológicos habían cambiado.

En 1902, los habitantes de Albalate eran 4.220. De los cuales 2.107 eran varones. Y con derecho a voto (mayores de 25 años) había un censo de 1.049 hombres, porque las mujeres no podían votar. El voto de la mujer no fue reconocido hasta que llegaron los tiempos de la II República.

Los jornaleros albalatinos, es decir, los campesinos sin tierra o ínfimos propietarios ascendían a 556. Suponía más de la mitad de los hombres con derecho a voto, el 63´6 %.

De los Arzobispos a los Terratenientes. Nicasio Bernad Bernad – José Pascual Orna – y Juan Ribera Jordana, tenían más tierra, y posiblemente la mejor, que 1.036 contribuyentes.

En 1.932, treinta años más tarde, y según datos recogidos por Pina Piquer, los números habían seguido cambiando.

Si en 1902 los propietarios con porciones de tierra insuficientes ascendían hasta 63´6 %, en 1932 habían alcanzado el porcentaje del 78´5 %. Entre pequeños propietarios y jornaleros constituían un porcentaje que llegaba al 93´2 %. Es decir, que los que poseían las tierras de cultivo en Albalate eran solo el 6´8 % de la población.

“Hacía falta una Reforma Agraria”. La II República llegó el 14 de Abril de 1931. La República era esperada como “la utopía de los pobres”.

En enero de 1932, comienzan las roturaciones de tierras por parte de los más empobrecidos, y con ello comienzan también las detenciones por parte de la Guardia Civil.

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‘Los Tollos’ en la Sierra de Arcos.

Todavía recuerda mi padre, a sus 99 años de edad, que “en cierta ocasión unos cuantos hombres de Albalate fueron sorprendidos en la labor de roturación de tierras. Y aunque se solía hacer en los lugares más insospechados y más inaccesibles, tarde o temprano llegaba a oídos de la Autoridad.”

Fueron apresados, y como no quisieron o no pudieron pagar las multas correspondientes, fueron a parar con sus huesos en la cárcel del pueblo, ubicada en el antiguo castillo de los Arzobispos. No valieron ni súplicas, ni razonamientos. “Han trasgredido la Ley y deben pagar de una manera o de otra.”

El revuelo en el pueblo fue grande, pero a la cárcel que fueron.

Las mujeres de esos hombres se solidarizaron con ellos, con sus maridos, como no podía ser de otra manera. Hombres y mujeres, y éstas con sus niños y niñas, fueron también a la cárcel. Mi madre y mi hermana (yo no había nacido todavía), durmieron en la cárcel, al igual que las demás esposas, madres e hijos.”

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Subida a la cárcel del castillo. (Foto de 1947).

Pero la autoridad no siempre era tan celosa con el cumplimiento de la ley.

En cierta ocasión (en los primeros años treinta del s. XX), había un grupo de trabajadores en los pinares de la Sierra de Arcos preparados para realizar un trabajo que se les había ofrecido. Les llegó la siguiente orden: ‘como ya es cuarto menguante, podéis comenzar a cortar pinos.’ “

Madera de pino que iría destinada a la construcción de una paridera propiedad de una autoridad del pueblo.

Los madereros pisaron término de Andorra y fueron apresados por la Guardia Civil. En el interrogatorio ante el Sargento de Andorra poco valió la declaración de que habían sido “contratados” por una autoridad de Albalate.

La autoridad hizo “mutis por el foro”, y los trabajadores fueron a parar con sus huesos en la cárcel.

Desde la ventana de la cárcel del castillo y a través de las rejas, en el silencio de la noche, los apresados cantaban unas veces, y otras veces increpaban con palabras gruesas a las autoridades.

Había noches en las que “un fuego cruzado de palabras” se producía desde la cárcel en el Cerro del Castillo hasta el Barrio de Las Cantarerías y el Barrio de Muniesa en la falda del Cerro del Calvario. Y entre ambos cerros la gente en sus casas parecía que estaba dormida. Se escuchaban respuestas a favor de las autoridades, y muchas respuestas defendiendo a los apresados.

Presagio simbólico quizás, que nos recuerdan las palabras cruzadas que se producirían entre las trincheras de los dos frentes durante la Guerra Civil. El Frente Republicano y el Frente “Nacional”.

Durante el día había fuego real. Por la noche se comunicaban a gritos unos y otros desde sus respectivas trincheras.

Así lo recuerda mi padre durante la toma de Belchite, en el frente de Pina-Gelsa-Matamala-Quinto de Ebro, en el de Tardienta-Sierra de Alcubierre, en el de Apiés e Igríes-Huesca, y en especial en el Frente de Gandesa durante la Batalla del Ebro.

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‘Y entre ambos cerros la gente en sus casas parecía que estaba dormida’. (Foto de Teodoro Félix Lasmarías).

Llegó Febrero de 1936 y el llamado “Frente Popular”. Se desbordaron los acontecimientos. Comenzaron las Colectividades Agrarias, “expresión real de la utopía esperanzada de los pobres”, y se produjo la sublevación militar contra la República. La Guerra Civil fue larga y cruel.

Toda España cayó en una Dictadura, la del General Franco, que duró hasta 1978 en que se aprobó la Actual Constitución Española, cuyo 30 Aniversario conmemoramos hoy, 6 de diciembre de 2008. Franco murió el 20 de Noviembre de 1.975.

Las aguas del río Martín fueron aprovechadas todo lo que a nuestros antepasados les fue posible.

Se construyeron puentes: el puente Colgante, el del Batán, el Salto de Agua de la Central Eléctrica, el acueducto de La Canal, el puente de Piedra en el pueblo, y en nuestros tiempos, el reciente puente de “El Olivar”, para el desvío de la carretera hacia Andorra, y una hermosa pasarela peatonal hacia las escuelas y complejo polideportivo.

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‘Recordando’. (Laureano Molina López, de 99 años de edad).

Se utilizaron al máximo las aguas del río construyendo muros, contrafuertes, azudes, canalizaciones, batanes, molinos de harina y de aceite, abrevaderos, centrales eléctricas, matadero, lavaderos; se construyó la presa de Valdoria en las entrañas de la Sierra de Arcos; y todo el sistema de riegos expuesto en el relato anterior “Esfuerzos y recompensas”.

Se construyeron aljibes, neveras bajo tierra (1660), balsetes. Proliferaron las Torres extendidas a lo largo de todo el valle. Se trajeron aguas potables hasta el pueblo desde La Zarza primero (1564), Valdoria después (1913), y finalmente desde el pantano de Cueva Foradada de Oliete (1962).

Con las aguas potables se puso en funcionamiento la fábrica de hielo “La Polar” (1923). Y en los años 40-50, funcionaba, además, la fábrica de espumosos “La Samba” de los hermanos Sanz; gaseosas y sifones, que daban a la población un aire de progreso.

Todo un ejemplo para nosotros en nuestros días.


BIBLIOGRAFÍA:

DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA, de la RAE. Madrid 1.992. 21ª Edición.

HISTORIA DE LA ANTIQUISIMA VILLA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, del Doctor D. Vicente Bardavíu Ponz. Tip. de P. Carra. Plaza del Pilar (Pasaje). Zaragoza. Año 1914.

DE ILUSIONES Y TRAGEDIAS. HISTORIA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, de José Manuel Pina Piquer. Edita Ayuntamiento de Albalate del Arzobispo. Año 2.001.

*Glosario:

Junta o yunta: espacio de tierra de labor que puede arar una yunta en un día. Cincuenta fanegas o algo más de 32 hectáreas.

Caíz, caíces: Medida de capacidad para áridos. Es decir, 38 áreas y 140 miliáreas aproximadamente.

Cahizada: proporción de terreno que se puede sembrar con un cahíz de grano según costumbre en Zaragoza.

Arroba: peso de 25 libras de 16 onzas cada una. (Libra=460 gramos en Castilla. Onza=dieciseisava parte del peso de la libra).

ALBALATE DEL ARZOBISPO. VISTA DESDE EL RÍO Y LA PLAZA DE TOROS

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Composición fotográfica de Teodoro Félix Lasmarías

Zaragoza, 6 de Diciembre de 2008.