Asturias: reyerta lingüística

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Gustavo Bueno tiene el corazón dividido entre la “nación riojana”, que le vio nacer, y la asturiana, su madre adoptiva durante más de cuarenta años. A Bueno se le toleran muchas cosas de las que va diciendo por ahí en función de su prestigio como filósofo y especialmente por ser, o al menos parecer, un hombre de izquierdas.

Pero a sus espaldas se oye un rumor de resentimiento entre los nacionalistas de distintos signos. ¿Cómo puede alguien de su talento afirmar que el asturiano es el castellano que se habla en Asturias? Suena a herejía. Y más en una tierra donde existe una Academia de la Llingua Asturiana desde el siglo XVIII encargada de proteger la “llingua” de las agresiones exteriores. Sobre todo de los propios asturianos, muchos de los cuales no se identifican con el bable normativo, un bable virtual que les lanzan desde los medios audiovisuales y que tiene que competir con y sobreponerse a los múltiples bables que se practican a diario en los valles del oriente y el occidente del Principado.

Claro que Bueno, en su omnisciencia, confunde algunas cosas, como cuando quita importancia a una lengua que, según él, apenas hablan 500 personas, en comparación con el español, que lo hablan 400 millones. Es como decir que una lengua que tiene unos pocos hablantes no es una lengua, sino un silbo – todo lo más una jerga, como el bron de Miranda de Avilés o la xíriga de Llanes (de las que hablaré en un próximo ensayo) -.

Para Gustavo Bueno (“Asturias: seis modelos para pensar su identidad”, 1998), la reivindicación de una identidad cultural suele comenzar por la reivindicación de su lengua propia, “y si esta lengua no existe (…) habrá que inventarla o reconstruirla hasta que alcance la condición requerida como contenido de una cultura superior.” Este proceso de invención o reconstrucción “suele ser enmascarado en nuestros días con la denominación, mucho más neutra y suave, de «normalización», de la que nos ofrece una interesante muestra de laboratorio la Academia de la Llingua de Asturias, cuyo primer objetivo no pudo ser otro que el de cambiar la denominación de «bable» … por la denominación de «asturiano», como artefacto que pretende referirse a una supuesta lengua propia de Asturias «característica de su identidad cultural»”.

Bueno se muestra firme en su dialéctica hegeliana cuando arremete contra los señores de la guerra lingüística en el mismo lugar donde éstos plantan sus picas. Es creencia muy generalizada que las lenguas merecen más o menos respeto en función de su utilidad, no de su valor intrínseco. Por consiguiente, como ocurre con las especies biológicas sometidas a una dura ley, hay que entregar la vida al más fuerte para que éste crezca con mayor vigor a su costa. Para qué, entonces, perder el tiempo en proteger una lengua que no es lengua, en lugar de dedicar mayores esfuerzos al aprendizaje y la consolidación del todopoderoso castellano.

En Asturias no acaban de aceptar la introducción del asturiano en la escuela de forma obligatoria hasta los 16 años y voluntaria de los 16 a los 18. Para muchos, el asturiano normativo es una invención que atenta contra los hechos históricos, a pesar de una larga tradición literaria que se remonta al siglo XVII o a las antiguas baladas. Además, la elección del asturiano central como estándar plantea sensibles problemas fonológicos, ortográficos y léxicos, ya que no recoge las fonologías reales ni las expresiones características de los otros bables. Y encima que les vengan ahora obligándoles a aprender un asturiano de laboratorio.

Es posible que a los políticos asturianos y, sobre todo, a los intelectuales que trabajan para los políticos o los que van por libre, como Bueno, les haya faltado tacto y sentido común. A los hablantes no les gusta que se les trate como si no existieran. Pero del mismo modo que se muestran remisos a aceptar imposiciones, también tienden a despreciar su patrimonio lingüístico. La última edición del “Atlas de las lenguas en peligro en el mundo” elaborado por la UNESCO menciona el asturiano como lengua en peligro de extinción, junto con el aragonés, el leonés, el gallego y el vasco. La lista incorpora lenguas aprendidas por menos del 30 por ciento de la población infantil, circunstancia que suele ocurrir cuando se hallan en presencia de entidades culturales y lingüísticas más poderosas y agresivas, como la española.

Lo más llamativo de la situación asturiana en cuanto a la lengua es la discrepancia de las partes implicadas. Los grupos políticos de mayor representación, Partido Popular y Partido Socialista Obrero Eespañol, se inclinan por que se cumpla la Ley de Uso (que nadie cumple); a su vez, Izquierda Unida, la universidad de Oviedo y la Academia de la Llingua abogan por la oficialidad del asturiano como único instrumento eficaz para evitar su desaparición. Y parte de la población rechaza ambas posturas, inclinándose al abandono del bable unificado.

En Asturias no hay una política lingüística como la hay en la Comunidad Valenciana o en Cataluña, hasta el punto de que no existe siquiera una licenciatura en Filología Asturiana. Por si fuera poco, mientras los políticos culpan a la población de negarse a aceptar algo que es suyo, un elevado número de asturianos acusa a los políticos de intentar introducir por la fuerza el aprendizaje del asturiano en todos los órdenes de la vida social. El Partido Popular no cree necesario obligar a aprender el bable normativo alegando que en Asturias “nunca hubo una tradición de hablar el asturiano de forma mayoritaria”, mientras que para IU lo que realmente ocurre es que se está imponiendo la lengua mayoritaria, el castellano. La historia de siempre, con distintos protagonistas.

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