Aragonés, catalán y castellano

Aragón está iniciando el proceso de institucionalización de las lenguas propias de la Comunidad con arreglo a su Estatuto de Autonomía de 1996. El reencuentro político con las variedades lingüísticas que se hablan en esas tierras llega, pues, con doce años de retraso y envuelto en la polémica, como ha sido habitual en los territorios bilingües o trilingües del Estado Español.

El anteproyecto de ley de la Diputación General de Aragón (DGA) define como propios el aragonés y el catalán, aunque de momento declara el español como lengua oficial. La futura ley prevé impulsar el derecho al uso de los vernáculos en los medios de comunicación, la prensa oficial, la toponimia y la antroponimia, así como la acreditación de la competencia lingüística de quienes aspiren a ocupar una plaza en la administración pública o se encarguen de la enseñanza en los centros educativos.

La consideración del aragonés como lengua activa, idioma que la mayoría de la población desconoce o intuye que se halla en estado ruinoso desde tiempos lejanos, se interpreta como una postura política más que una realidad sociolingüística. Desde los años 70, las agrupaciones nacionalistas como el Ligallo de Fablans de l’Aragonés o el Consello d’a Fabla Aragonesa han realizado incontables esfuerzos para rescatar las distintas versiones dialectales, subdialectales, los acentos y los léxicos regionales y una ortografía normativa. Según los informes más optimistas (por ejemplo, el de The Ethnologue. Languages of the World), el número de hablantes de las distintas fablas como primera o segunda lengua no supera los 20.000, casi todos residentes en los rincones de Uesca (Huesca, según la ortografía semioficial). El paso definitivo, de culminarse, será encontrar un estándar que acabe con la diversidad y muy especialmente una forma de comunicación con la que se identifiquen todos los hablantes del universo aragonés.

Las variantes y subvariantes nombradas incluyen el ansotano, el cheso, el belsetano, el chistabino, el tensino, el pandicuto, el bergotés, el benasqués, el grausino, el ribagorzano, el fobano, el chistabino, el ayerbense, el maellano, el fragatino, el somontanés, el patués y el literano. Ninguna de ellas tiene posibilidad de convertirse en estándar. Y se necesitarán generaciones antes de que la fabla aragonesa, o como quiera que se denomine la lengua de Aragón que no sea el catalán o el castellano, se extienda por todo el territorio, desde los Pirineos hasta las estribaciones de Albarracín, pasando por los Monegros, la Ruta del Tambor y del Bombo y, cómo no, Zaragozá, por utilizar la forma prosódico-doméstica del topónimo.

El problema de la delimitación geográfica del vernáculo –por ejemplo, las zonas de habla catalana y altoaragonesa- queda por resolver, aunque la DGA dejará el asunto en manos de un Consejo Superior de las Lenguas, órgano equivalente a la Academia Valenciana de la Llengua o el Institut d’Estudis Catalans, en el que se sentarán “personas de reconocido prestigio en la Filología, la Educación y el Derecho” elegidas por las Cortes, la Universidad de Zaragoza y la Diputación. Por el momento, el vacío existente en la normativización del aragonés está siendo cubierto por diccionarios, gramáticas y pequeñas obras nacidas de la convocatoria de premios literarios, muchos de ellos subvencionados por las cajas de ahorros, algunos ayuntamientos y aportaciones espontáneas, que preparan inventarios léxicos locales –el léxico de Obón, el léxico de Albalate del Arzobispo- y refuerzan la idea de que Aragón yé nazión.

La actividad del Consejo tiene todos los visos de convertirse en una pelea de gallos. Muchos de los activistas de la fabla querrán estar presentes en el citado organismo. Habrá que ver qué se hace con los llamados “dialectos de transición”, eufemismo que evita el término popular de “chapurriau” o “chapurreao”, híbrido característico de todos los nidos fronterizos del mundo cuyos hablantes tienen derecho a usar y preservar. Y cuáles serán los modelos normativistas y normalizadores a seguir. Hay muchos espejos donde mirarse –Valencia, Cataluña, Euskadi, Galicia, Bélgica, Canadá, Bielorrusia, Croacia- y en todos se observan grietas e imperfecciones. No veremos nosotros, ni nuestros hijos y nietos, los cambios de hegemonía de las lenguas, dialectos y subdialectos de Aragón. Ni tampoco el triunfo del imperialismo catalán, cuyos largos dedos cruzan la línea que baja de Benasque hasta Valderrobres. Hoy por hoy, el dominio del español sigue siendo absoluto, incluso en las vertientes del Alto Aragón donde supuestamente perdura la fabla. De lo único que no se va a librar el castellano es el deje maño, absolutamente inmortal e inexpugnable. Quien nazca con él, pegado a él vivirá, morirá y resucitará. No es cuestión de tozudez; en el mundo académico eso se llama vitalidad etnolingüística.
Valencia 6 de octubre de 2008

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