Albalate del Luchador

por Emilio García Gómez

La Guerra Civil en Aragón (abril de 1937-abril de 1939) envolvió a esta región en el caos, la violencia y la esperanza en un mundo mejor. El episodio que relatamos a continuación fue visto de distintas maneras por sus principales protagonistas.

Mi revista. Ilustración de Actualidades[1] dedicó un artículo, ampliamente ilustrado con fotografías, a las triunfales actividades de la república anarquista instaurada en Albalate del Arzobispo –rebautizado como “Albalate del luchador”- nada más ocupar el pueblo.

Su autor, Juan M. Soler, redactor en campaña de la publicación libertaria Mi revista, describía las mazmorras del castillo, abiertas por el “cacique” local José Rivera, el funcionamiento de la colectividad y la vida cotidiana en la “República” de Albalate, así como la intendencia y estrategia defensiva organizada por las tropas milicianas frente al ejército fascista. El artículo de Soler es un ejemplo de prensa de guerra, en la que los protagonistas de sus propios relatos son ángeles redentores y los de enfrente atroces demonios.

Reproducimos en su totalidad la crónica de Soler:

En Albalate del Luchador. De nuestro redactor en campaña Juan M. Soler.

Las mazmorras del castillo

En la cima de la colina –”cabezo” llaman en la provincia de Teruel-, por cuyas laderas se desparraman las casas de Albalate del Luchador –antes fué del Arzobispo-, se levanta la mole pétrea, semiderruída, de un castillo.

Castillo propiamente no lo es. Tiene más de mansión señorial que de fortaleza. Tal vez un arzobispo con alma de señor feudal hizo construir en lo que eran sus dominios este edificio cuyas paredes la acción del tiempo va resquebrajando.

En este castillo, José Rivera, cacique, burgués y usurero, todo en una pieza, hizo construir unas tétricas mazmorras para encerrar en ellas a sus convecinos que se permitían censurar su inhumana y egoísta actuación, o bien en un mal año para las cosechas no podían pagarle los réditos de los préstamos usurarios que “cristianamente” les hacía A. M. D. G.

Cuando los fascistas al mando de un “boche” se apoderaron de Albalate del Arzobispo tras dura y valiente resistencia de republicanos, socialistas y libertarios, en las lóbregas mazmorras fueron encerrados más de un centenar de hombres.

José Rivera respiró satisfecho viendo completamente ocupadas las celdas de su “hotel”; pero pocos días después, José Rivera, cobarde y ruin, huía custodiado por unos guardias civiles traidores que al saber que avanzaban desde Caspe nuestras Milicias camino de Híjar, corrían a campo traviesa, abandonando en su huida sus charolados tricornios.

Hoy Albalate del Arzobispo es Albalate del Luchador. Los calabozos del castillo están vacíos y sus puertas forradas de hierro -cinco dedos de grosor- aparecen abiertas. Parecen bocas de vieja desdentada que se ríen burlonamente de José Rivera, del alemán y de los civiles.

La “república” de Albalate

Sargentos y oficiales de Artillería, en Albalate destacados a la espera de salir hacia Belchite o hacia Teruel, han constituido, para comer, una simpática colectividad. Todos son compañeros -la palabra camarada recuerda demasiado a los teutones de Hitler- y de ellos cuidan dos simpáticas mujeres: la tía Pilar y María. Dos mujeres que se desviven para hacer maravillosos guisos bajo la dirección del teniente Artiles, un excelente artillero y un inmejorable cocinero.

Las comidas transcurren en un afable ambiente de fraternidad. La bota llena de buen vino corre de mano en mano mientras surgen chistes y felices ocurrencias. Mientras humea la sabrosísima sopa en los platos o se arañan con los dientes las chuletas de cordero, todos son iguales. Después, cuando los cañones del 15’5 son emplazados en pleno campo para realizar maniobras, la disciplina cuida de colocar a cada uno en su lugar debido. Y cuando el capitán Castillo, un hombre simpático, inteligente y afable, hace su aparición en la “república”, todos aquellos sargentos y oficiales, republicanos, anarquistas y socialistas, de pie y saludando con el puño en alto, que aproximan a la cabeza, dicen al unísono: -A la orden, capitán. En la “república” de Albalate todo es corazón. En la “república” de Albalate todo es disciplina.

“El alférez de Artillería Fernando Soler, hijo de nuestro redactor Juan M. Soler, en su guardia”

 La gentil enfermera

¿Recordáis aquella famosa bailarina que exaltaba con sus danzas al público del Cómico de Barcelona? ¿Recordáis a Liana Gracián? Pues bien, Liana Gracián ha dejado el teatro para convertirse en enfermera. Ha huido de los escenarios para refugiarse en este Hospital de Sangre de Albalate del Luchador.

-¿Qué le ha impulsado, Liana, a este cambio en su vida?- le preguntamos.
Liana enmudece unos momentos y a seguido nos dice:
-Yo también quiero contribuir a la lucha contra el fascismo.

¿Vamos a creerla? Sí. Vamos a creerla; pero también sabemos que un conflicto sentimental obligó a la más gentil y más aplaudida de nuestras bailarinas a marchar al frente. Es un secreto que ella quiere ocultar y que nosotros adivinamos.

Sin armas se gana también la guerra

Foto de Liana Gracián y Juan M. Soler. Aparece recortada del original escaneado por la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España. Abajo, Liana en 1929 y 1933

 

Un taller de reparaciones de automóviles situado en la carretera

El experto mecánico José Jiménez, al frente de un puñado de inteligentes y laboriosos obreros, desde el mes de agosto está reparando los autos que velozmente corren de un lado para otro por estas carreteras del Sur Ebro.

Más de mil coches llevan reparados. Mil coches que a no ser por estos hombres estarían tumbados en las cunetas de las carreteras. Más de mil coches que prestan inestimables servicios a la causa antifascista.

Para combatir a los mercenarios de Franco, además de bravos soldados que empuñen el fusil o manejen diestramente la ametralladora y el cañón se necesitan hombres como estos mecánicos que trabajan ocho, diez, doce horas, las que sean necesarias, y para los cuales no existen domingos ni semana inglesa.

También, también son ellos soldados de nuestro Ejército y con gran tesón contribuyen a nuestra innegable victoria.

 Los artilleros

La batería de obuses del 15’5 tiene buenos mandos y también tiene buenos artilleros.

Todos ellos desean que sus cañones rujan para destrozar a las mesnadas moras, italianas y alemanas que a las órdenes de Cabanellas operan con insuperable miedo en los frentes de Aragón.

Se impacientan porque no salen hacia las avanzadillas para bombardear Belchite o destruir Teruel.

A la molicie de las guardias, en el cruce de las carreteras que van a Lécera y a Hijar, prefieren la vida inquieta, no exenta de peligros, de campaña.

Cuidan sus cañones como cosa suya. Los miman, los limpian, los preparan siempre cuidadosamente para que estén dispuestos a engullir el proyectil que ha de abrir brecha en el campo enemigo.

La mayoría son mocetones vascos que vinieron de Irún. Desean lucha, y cuando les interrogamos nos dicen, poseídos de fervoroso entusiasmo:

—Aquí no pasará lo de Irún… ¡Ya verán ellos, ya verán!

En este punto terminaba la crónica de Juan M. Soler para Mi revista. Lo que realmente nos ha provocado sorpresa y horror ha sido su referencia a dos mujeres, “la tía Pilar y María”, encargadas de preparar sabrosos guisos, bajo las órdenes del teniente Artiles, para disfrute de los milicianos. Esas dos mujeres eran con toda probabilidad, las hermanas Pilar y María Gómez Manero[3], de 26 y 25 años de edad en marzo de 1937, hijas de una humilde y numerosa familia de jornaleros. Mucho antes de caer en nuestras manos el artículo de Soler, ya habíamos leído y escuchado la narración que hizo María Gómez en sus recuerdos, publicados como Mis memorias (Zaragoza, 1996), y en innumerables conversaciones familiares, sobre las condiciones de vida en tiempos de guerra y bajo la dictadura del proletariado. El relato que sigue forma parte de las citadas Memorias de María Gómez Manero y confirma lo relatado por el corresponsal de guerra de Mi revista en marzo de 1937:

Relato de María Gómez sobre la guerra en Albalate del Arzobispo

María Gómez Manero, c. 1935

También a mí me las hicieron pasar mal, pues me llevaban al campo a coger lo que había y llevarlo a la iglesia, que habían convertido en cooperativa, adonde tenían que llevarse todas las cosechas, y después, con unas cartillas, íbamos a que nos dieran para comer ¡que era muy poco! Un día fue mi madre y lo único que le dieron fue una cabeza de ajos.

 Pilarín[4] estaba con su padre [se trataba de Román García Gárate, maestro nacional y uno de los alcaldes de Albalate]. Tenían una chica -Concha- que les hacía la limpieza. De momento ellos no tenían peligro, ya que el padre de esa chica era uno de los que más influencia tenían, cosa que les valió, porque a todos que tenían asistenta se la quitaron; pero Concha estaba muy contenta con ellos y le dijo a su padre que no quería irse de casa de D. Román, “porque estoy muy bien y les quiero.” Pilarín no andaba bien de salud; por eso yo estaba mucho con ella, pues nos queríamos como hermanas.

Pronto volvieron a detener a más gente -a 10 personas-, entre ellos al padre de un seminarista, a quien mataron por haberse escapado su hijo. Todos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Santísima Virgen de Arcos!” De esto se enteraron algunos hombres que, ocultos por los caminos, les siguieron, viendo todo el drama [puede leerse la descripción de estos asesinatos aquí y aquí].

A mí seguían haciéndome trabajar. Como allí levantaron el cuartel general, acudían todas las fuerzas del frente, que venían a comer y a descansar. En los locales de las escuelas, junto al cuartel, hicieron unos comedores, donde se daba de comer a todos. Como necesitaban gente, nos cogieron a unas cuantas chicas para servir en los comedores y había que hacerlo con toda la etiqueta, como si fuera comida para grandes personajes.

De las casas que requisaron, sacaron ricos manteles y ropas de hilo bordadas. Allí había cubiertos de plata, ricas vajillas, todo completo, que daba pena ver, ya que luego no servían para nada, pues cogían la comida con la mano. Con toda delicadeza nos gritaban: “¡Tú ponme vino! ¡Quítame este plato!” Derramaban el vino en los manteles y, como eran tan señoritos, había que cambiarles el mantel en todas las comidas. Nosotras, a lavarlos, y como el vino no se quitaba, había que meterles buenos chorros de lejía y, a los pocos días, todos estaban rotos a tiras. Allí en la acequia nos poníamos buenas de lavar; yo lloré muchas veces al ver aquello.

Con el tiempo se terminaron todos los corderos, los cerdos, los pollos y los conejos, y ya no había con qué alimentar a toda aquella chusma.

La vida transcurría igual. Nadie decía “adiós” por la calle; todos con el puño en alto: “¡Salú!” Muchos, a cuenta de miedo, o por oírlo tanto, repetían “¡Salú!”, pero yo no lo hice nunca.

Dejamos aquí  uno de los episodios que marcaron para siempre la vida de las gentes humildes de Albalate del Arzobispo.

Notas

[1] Juan M. Soler, “Estampas de la guerra. En Albalate del Luchador”. En Mi Revista. Ilustración de Actualidades. Barcelona. Año II, Núm. 11, 15 de Marzo de 1937, págs. 32-33.
[2] José Rivera logró salvar la vida huyendo a tiempo a Zaragoza.
[3] Pilar Gómez Manero estaba casada con un miembro de la CNT en Albalate, Laureano Molina López. De ellos nacería, el 30 de marzo de 1937, Laureano Molina Gómez, a quien debo muchísimo como una de las fuentes principales de la modesta genealogía de nuestra estirpe por parte materna. Respecto a María Gómez Manero, que, en marzo de 1937, tenía 25 años, se convirtió en la esposa del único hijo superviviente de D. Román, Emilio García Alegre. María y Emilio fueron mis padres.
[4] Se refería a la que, tres años después, sería su cuñada, Pilar García Alegre, hija de D. Román.

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