Valenciano, mallorquín y catalán: Cuestión de números

Hay poco que añadir a lo que ya han sentenciado la filología y la lingüística acerca del ensamblaje entre estas tres variedades de la lengua y las incontables subvariedades o subdialectos de cada una de ellas. Las tres proceden del mismo tronco –el romance latino-, aunque dos de ellas –el valenciano y el mallorquín- son consecuencia de un episodio de ocupación militar y colonial. Ni siquiera el transcurso de los siglos ha podido desdibujar una morfología fácilmente reconocible como la de estas tres hermanas, hijas de los mismos padres, aunque no gemelas.

Pero la cuestión que planteamos no es esa, sino otra más inicua. Nos vienen a la mente argumentos que no invitan al optimismo acerca del futuro del idioma y la cultura en versión única para Cataluña, Valencia y las Islas Baleares. Cuando se apela a los sentimientos de los hablantes y la consideración social de las citadas variedades, en ningún país del mundo está la población entera de acuerdo con los proyectos de ingeniería lingüística en que se involucran los intelectuales y los políticos para justificar su sueldo y, de paso, poner fin a la anarquía dialectal y completar de una vez por todas lo que se viene llamando la unidad del idioma y de la cultura en territorios dispares.

Hay que preguntarse cuál es la razón por la que los líderes de las masas ponen tanto acento en que el valenciano y el mallorquín, y los pueblos respectivos, son y han de ser catalanes. Pensamos que es cuestión de números.

Un acuerdo conciliador, como las “normas del 32” en Valencia o las propuestas de Milá i Fontanals en 1861 para la delimitación dialectal del catalán, por práctico que sea, no constituye una hipoteca para los próximos mil años. Ni tampoco transforma la realidad, que no se halla en los despachos de los políticos o los académicos, sino en la familia, el barrio, el pueblo, la ciudad, el valle, el monte, recintos en los que la población se mueve de forma muy distinta a como se mueven los políticos en los pozos de decantación del poder.

Cuando se dice que la lengua no es un problema en Cataluña, lo que se ve es lo contrario, aquí y acullá. Es dudoso que una mujer altamente valorada en Cataluña, aunque desconocida en otros contornos, como Maria Aurèlia Capmany, autora de setenta piezas de narrativa, teatro y ensayo, haya excedido los confines del universo literario. No es que los catalanes catalanistas renieguen de los catalanes que consideran anticatalanistas porque se expresan en español, sino que éstos no les sirven para ampliar la estirpe de catalanes que emplean solamente y exclusivamente la lengua catalana. Por eso no soportan algunos activistas catalanes, valencianos y mallorquines, e incluso aragoneses, la mera posibilidad de que permanezcan Valencia, las Islas y la denominada Franja d’Aragó al otro lado de la frontera, fuera de control. Lo que necesitan es más población catalano-hablante y más lengua, más cultura y más territorio catalanes.

En las listas de escritores y escritoras catalanes que maneja el proyecto “Qui es qui” del departamento de cultura de la Generalitat de Catalunya sólo figuran los autores en lengua catalana, descartándose a quienes se expresan en castellano, como Mercedes Salisachs –a quien se conoce como “la escritora invisible” por el aislamiento al que se ve sometida por su falta de entusiasmo hacia el idioma de su tierra para su creación artística, a pesar de haber vivido toda su vida en el corazón de Cataluña- y varios cientos más. En cambio, figuran autores valencianos.

La Associació d’Escriptors en Llengua Catalana tiene a bien exponer una lista de institutos de cultura extranjeros en los que incluye, por este orden, el Instituto Goethe, el Instituto Francés, el Instituto de Estudios Norteamericanos, el Instituto Cervantes, el Instituto Italiano de Cultura y el Instituto Británico. La perspectiva de la Associació es, obviamente, desde Cataluña. A mí me suenan todos igual de familiares y muy poco extranjeros, puesto que la cultura, en su versión más amplia, se supone que nunca es extranjera, sino universal. Extranjera y extraña, en cambio, me parece la que se refugia, al caer la noche, como los rebaños, en su corral, a dormir en el mismo establo, a balar en su mismo dialecto, a ronronear sobre los lomos de su propia estirpe. Mal les tiene que caer un escritor ecuménico como Miguel de Unamuno, cuando recuerda el agua pura que bebió en las Hurdes, un agua pura y exenta de minerales que llenó esas tierras de cretinos, igual que está lleno de cretinos el mundo de las ideas puras, las lenguas puras, las culturas impolutas, tratando de evitar que las amamante y enriquezca el criollismo y el cosmopolitismo.

Hay un punto de conjunción y, a la vez, de conflicto que sirve lo mismo para entender el expansionismo españolista como la naturaleza del nacionalismo catalán. Se trata de los Balcanes. La historia de la indignidad ha dejado huellas de sangre en sus pueblos, azuzados por dos nacionalismos contrapuestos, el nacionalismo imperialista y el nacionalismo regionalista. Nada hay de admirable en los seculares alzamientos y represalias de bosnios, croatas, eslovenos, serbios, montenegrinos, macedonios y búlgaros, unos contra otros. Y poca excelencia hay en el hecho de que esos pueblos, procedentes del mismo tronco –los eslavos- y hablando una lengua de la misma familia –la eslava-, practiquen dos variantes de la tradición cristiana –católica y ortodoxa- y una tercera en discordia, el Islam, empleen dos alfabetos ininteligibles entre sí –el cirílico y el romano- , se agrupen políticamente como bandos antagónicos y se contemplen a la vez como amigos y como enemigos, según sople el viento. De poco les sirven sus puntos de encuentro cuando se les toca el bolsillo. Y, sobre todo, el corazón. La característica esencial de los pueblos balcánicos es su falta de continuidad a distintos niveles, incluido el idioma. De la misma forma como nació la Gran Yugoslavia, por la fuerza y el engaño, así acabó. Y así mismo ocurrió y está ocurriendo con el gran idioma unificador, el serbo-croata, convertido hoy en símbolo de una Yugoslavia pretérita, ficticia y caduca. Nadie apuesta hoy por una cultura y una literatura balcánicas porque en el pasado se procedió a la unificación sin explicar adecuadamente el método, el por qué y la finalidad de la trama, y, desde luego, se puso en marcha un proyecto ideado por unos pocos para una mayoría cuyas preocupaciones no eran exclusivamente la cultura y el idioma, sino esencialmente los pequeños asuntos de la vida diaria. Eslovenia mira hoy más hacia sus vecinos del norte -Suiza y Austria- que hacia sus parientes meridionales. A muchos croatas se les revuelve el estómago cuando cruzan la frontera con Serbia. Y a los bosnios se les atraganta tener que aceptar iglesias cristianas junto a sus mezquitas.

Volviendo a nuestro caso, si continúa programándose una cultura, una literatura y una sociedad catalanas en lo que llaman insistentemente Països Catalans, lo que aguarda es un regionalismo regresivo. La traba que se ha venido anunciando desde hace unas décadas en Québec es precisamente la posibilidad de que se construya una gran reserva de intelectuales en un pequeño territorio. Y es que cuanto más pequeño es el espacio, más difícil es la supervivencia de quienes viven en él. Un pueblo fuerte y aguerrido tiende a la expansión. Y una cultura que aspira a ser dinámica, necesita espacio vital, alianzas con los pueblos vecinos, sobre todo si pertenecen al mismo racimo cultural, y, desde luego, libertad de iniciativa. Sin todo ello, hay que quedarse en el huerto familiar a ver crecer, por los siglos de los siglos, las mismas habas junto a los mismos melones.

Artículos relacionados de Nacionalismo