Valenciano entre rejas

Me resisto a admitir, como postulaba uno de los grandes cardenales de la lingüística, Saussure, que en la lengua tout se tient, que cada cosa tiene su lugar y allí está, imperturbable. Entonces, si todo se sostiene, no hay necesidad de que nadie vele por la integridad del idioma; se bastaría por sí mismo, lo que supone una negación de la evidencia. En cualquier modalidad de la lengua que se observe, hay numerosos episodios personales, familiares y generacionales que no han hecho más que alterar el régimen supuestamente monolítico del idioma, teniendo en cuenta que los cambios se producen en la fonología (pronunciación, acentuación y entonación), en la gramática, la morfología, el léxico (con mantenimiento, pérdida, sustitución, importación y acuñación de palabras), la semántica y los protocolos comunicativos. A veces es difícil identificar un caso concreto como perteneciente al ámbito de la variación dialectal o geográfica, de carácter estático, cuando en realidad se trata de un cambio dinámico en pleno proceso. Igual de problemático resulta determinar si un cambio producido en una variedad concreta afecta a todo el conjunto del idioma.

Para el poco experto en estos temas, bastará mencionar que la forma de pronunciar la [o] átona como [u] en catalán normativo escrito (por ejemplo, en “ombrejar”) es un reflejo de una pronunciación menos frecuente en valenciano, producto de la variación no sólo geográfica sino también histórica entre dialectos catalanes. La pérdida del fonema [r] en posición final del catalán de nuestros días (como en “anar”, pronunciado [aná]) no corresponde a la misma realidad de parte del valenciano actual, que mantiene la roticidad (se pronuncia la r final). Cualquier autoridad académica y cualquier miembro de la clase social que se expresa en valenciano, por humilde que sea su extracción cultural, podrá aportar numerosas muestras de cómo un cuerpo que se pretende que sea macizo se puede descomponer en numerosas partes diferenciadas con las que se identifican unos hablantes sí y otros no.

Tarde o temprano alguien con poder de decisión volverá a ponerse a trabajar sobre una nueva forma, y más moderna, de representar la variedad que entre nosotros se conoce como valenciano, aunque ello significará la ruptura definitiva de lo que invocan algunos como unidad de la lengua. La variación léxica y morfológica entre las variantes catalanas y las valencianas, muy acusada en determinados períodos, señala un derrotero de éstas últimas distinto al de las primeras. La ortografía secesionista no ha hecho más que poner el dedo en la llaga, aunque de forma zafia, sobre el problema tan considerable que supone en todas las lenguas plasmar por escrito su versión hablada. Conviene no olvidar nunca que los alfabetos y las ortografías no forman parte de ninguna lengua, sino que son meros aparejos para visualizarla. Las pruebas las tenemos en que las lenguas indias norteamericanas, sin parentesco alguno con el latín, recurren al alfabeto romano para ser escritas, a pesar de los intentos de crear alfabetos específicos para ellas.

Es interesante observar la conducta dual de búlgaros, ucranios y rusos a la hora de expresarse sobre el papel en variantes lingüísticas más o menos comprensibles entre sí, portadoras del mismo código familiar, pero lo suficientemente distanciadas como para denominarlas de una manera conveniente a su naturaleza como pueblo, como estado y como nación, aunque mantengan un vínculo alfabético común. En la Rusia post-soviética se mantiene la misma diferenciación dialectal existente antes de la Revolución y todos los dialectos utilizan las mismas reglas alfabéticas y ortográficas dentro de la nación. Pero más allá de las fronteras, en aquellos países que fueron parte en la Unión Soviética, como Bulgaria, Ucrania, Bielorrusia, Macedonia, Montenegro y Serbia, las formas dialectales tienen su propia identidad política y su propios aderezos ortográficos. En algunas regiones (hoy países o repúblicas asociadas) como Azerbaiyán o Kalmukia, el alfabeto cirílico llegó a sustituir al arábigo para escribir una lengua túrquica como el azerí o mongoliana como el kalmuko.

Si Valencia es una región de Cataluña donde se habla un dialecto de la familia, entonces el argumento del catalanismo es impecable: Valencia sería para Cataluña lo que Daguestán o Chechenia son para la Rusia caucásica, no eslava. Pero si Valencia no forma parte de Cataluña, entonces es perfectamente asumible que el valenciano se llame así y que aspire algún día a adoptar, no un alfabeto propio, puesto que todas las lenguas romances y las occidentales en general recurren al neolatino, sino una ortografía que refleje con la mayor precisión posible la forma más generalizada de pronunciar el idioma en la Comunidad Valenciana. Hay que dar por descontado que, hoy por hoy, Valencia no es parte integrante de Cataluña y es legítimo sacudirse al asfixiante abrazo del gran hermano catalán. Bien entendido que detener la máquina de la catalanidad respecto a la lengua y otras muchas cuestiones no es rebatir ni odiar a los catalanes, sino mostrar el desacuerdo con la conducta de sus voceros, que nunca van a ver con buenos ojos que se ponga freno a sus aspiraciones expansionistas.

Hace tiempo he expresado mi opinión de que la re-unificación de la lengua, suponiendo que alguna vez ha estado unida, beneficia esencialmente al sector editorial, que reduce sus costes en la misma proporción que incrementa sus beneficios. No es lo mismo hacer una tirada de mil ejemplares en versión catalana del Tirant lo Blanc y otros mil en versión valenciana que imprimir dos mil en versión única para su distribución por todo el mundo, incluyendo Valencia. Eso se ha intentado hacer con el inglés británico y norteamericano, sin éxito. La discrepancia ortográfica es un enorme obstáculo para la propagación de libros y prensa cuando la lengua en sí apenas muestra variación sustancial, como en el caso del inglés norteamericano, el canadiense y el británico. Pero la verdadera modernidad y nuestro régimen democrático nos permite hoy leer aquí libros escritos en catalán, español, francés, inglés, alemán o italiano sin que nadie nos lo impida. Es, sin duda, más barato, como ya se ha discutido en las Naciones Unidas y en la Unión Europea, reducir el número de lenguas oficiales y marginar a los vernáculos a fin de recortar los ingentes gastos de traducción, interpretación y difusión impresa. Pero mientras no llegue el día en que se adopte por todos y para todos un volapük modernizado o un esperanto, no queda más remedio que admitir que cada palo ha de aguantar su vela. Y nada hay de malo que existan modelos de literatura dialectal, muy abundante en algunas lenguas, como expresión de la verdadera lengua del pueblo, con su ortografía, su léxico y hasta su sintaxis exo-normativa. De hecho, en la Francia ultraconservadora e hipercentralista, cada vez va tomando más fuerza el movimiento “por una ortografía rectificada”, que puede suponer una auténtica revolución cultural y social.

Podrá o no aceptarse de buen grado que catalanes y valencianos tienen orígenes comunes, pero de ahí a asumir que su completa y cabal identidad les viene ab ovo es mucho suponer, teniendo en cuenta las seculares oleadas de inmigración, emigración, expatriación y reimplantación que han configurado la geografía social (llamémosla étnica) y la demografía de Cataluña y de Valencia. Del mismo modo que reconocemos el origen común del idioma, así esperamos que otros acepten que la variación hoy y la separación mañana del valenciano y el catalán son indiscutibles e inevitables. El conservadurismo va siempre de la mano del racionalismo y el estatismo, como se observa en la obra de las instituciones académicas; el progresismo implica avance, iniciativa, imaginación y cierta dosis de insurrección.

En cualquier caso, no queremos para nosotros, y menos para los miembros de la Academia Valenciana de la Lengua, la función que Ambrose Bierce asignó a los lexicógrafos en su endemoniado “Diccionario del Diablo”, definiéndolos como “tipos que, con la excusa de recoger un determinado estadio de la lengua, hacen lo imposible para detener su crecimiento, encorsetar su flexibilidad y mecanizar sus métodos.” Es como meter el idioma entre rejas.

Ahora bien; por mucho que se hable de lo mismo, siempre tiene uno la sensación de que no se ha hablado bastante, o que nada nuevo se ha dicho, o se ha hecho a destiempo. No pretendemos traer grandes ideas aquí a estas alturas, pero tampoco hemos de ocultarnos cuando antes nos hemos manifestado. Cuanto escribamos podrá ir o no a la papelera, ser o no leído, atendido o ignorado, pero al menos habremos contribuido a que el debate, que entra en dique seco por agotamiento, no muera antes que sus protagonistas.

No soy persona que entregue fácilmente su fe a lo que dicen que dicen. Pero si he de fiarme de los demás, prefiero hacerlo de los más sabios que de los más tontos. Y doy por bueno un hecho histórico que ha sido descrito con amplitud de miras por gente adecuadamente instruida: Jaime I, a quien la Generalitat Valenciana tributa vasallaje todos los años, no sólo trajo lanzas, guerras, saqueos, despojos y colonos, sino también un idioma y una política de catalanización del territorio musulmán con un talante similar al que mostró Inglaterra cuando angloizó sus colonias americanas, o España, que hispanizó las suyas, o Prusia y Alemania, que germanizaron los territorios vecinos, o Hungría, que magiarizó las regiones que estuvieron en sus manos, o Rusia, que sovietizó media Europa.

Jaime I y sus huestes, así como sus descendientes, no pudieron controlar todas las variables que surgieron con el tiempo. Una de ellas fue la escurridiza, cambiante y caprichosa lengua de algunos de los conquistadores, que adquirió una tonalidad que hoy causa disgusto entre quienes siguen creyendo que las cosas se hallan bajo la más estricta vigilancia, el dominio más absoluto.

Pero no lo están. Entre el valenciano y el catalán ha habido y sigue habiendo (por lo menos desde tiempos de Juan de Valdés) notables diferencias acentuales (fonético-prosódicas) que en nuestra época han quedado reflejadas, aunque débilmente, en las normas ortográficas de Castelló. Lo mismo se puede decir de las singularidades léxico-morfológicas de uno y de otro y de sus respectivas y observables, aunque menores, diferencias gramaticales. La pregunta es si tales diferencias justifican un tratamiento específico como lenguas autónomas incompatibles que requieren atención académica y política por separado, o son simples variantes heterónomas o dialectales que hay que tratar como conjunto.

La respuesta viene determinada no tanto por el análisis filológico, al que la sociología no tiene nada que contribuir, como por la convicción sociológica, donde la filología tampoco tiene mucho que añadir. Cabe plantearse cómo reaccionaría una comunidad de hablantes como la valenciana si se la forzara a adoptar sin rechistar el dialecto fuente –por ejemplo, una variante cualquiera catalana (digamos el barceloní o el lleidatá)- con preferencia a cualquier otra popular valenciana allí donde se habla (por ejemplo, ese aligerado subdialecto apitxat de Xàtiva, o ese otro más apretado de la Marina Alta). Y qué asombro mostrarían los pueblos balcánicos si diversas variantes del continuo eslavo como el serbio, el bosnio, el croata, el esloveno, el montenegrino, el macedonio y el búlgaro fueran reagrupadas políticamente, como hizo Tito con el serbo-croata (hoy deslindado como serbio y croata, cada cual con su alfabeto propio), basándose en criterios estrictamente lingüísticos.

Si los valencianos perciben el valenciano como variante propia, a la que vienen denominando de tal manera, les tiene que resultar hiriente e inaceptable verse obligados a cambiar sus estrategias comunicativas y darle una nueva etiqueta a su habla, hecho absolutamente imposible de instrumentar en el complejo territorio serbo-croato-esloveno-montenegrino-macedonio-búlgaro arriba mencionado.

Lo que se da por sentado en algunos círculos fobólogos de Valencia y, sobre todo, en Cataluña (y ahora también en la Asamblea Nacional francesa, tras el discurso de un fracasado políglota como el ex-presidente del gobierno español José Luís Rodríguez Zapatero) es que el valenciano no existe; sólo existe el catalán en el triángulo oriental de la península ibérica junto al Mediterráneo, desde el otro lado de los Pirineos franceses hasta Murcia y Les Illes, rozando la franja aragonesa.

Es muy propio de las mentes totalitarias y acientíficas creer que lo que no cabe en su pensamiento no existe. El valenciano es, por tanto, invisible. Como invisibles fueron los negros norteamericanos a los ojos de los blancos en los años 40 y 50, actitud denunciada en la obra de Ralph Ellison (Invisible Man, 1952), o los chinos de ese país en las novelas de Maxine Hong Kingston (The Woman Warrior, 1976 y China Men, 1980), e invisible ha sido la mujer europea hasta que Mary Wollstoncraft (A Vindication of the Rights of Woman 1792) o Virginia Wolf (A Room of One’s Own, 1929) clamaron a gritos una identidad para las mujeres, seres con personalidad y derechos propios que siempre habían existido, aunque parecieran invisibles a los ojos de los demás y ejercieran sus funciones vitales en la sociedad.

La lengua no sólo da nombre a los mapas y confiere significado a los espacios geográficos, sino que se halla especialmente impresa en la conciencia de los hablantes. Que el valenciano viniera con otro nombre con Jaime I tiene su importancia y realidad histórica. Que la ortografía y la gramática valenciana y catalana han de aglutinarse en una sola es fundamental para que se aprenda el idioma de forma coherente y, sobre todo, se reduzcan los costes editoriales. Pero al menos se puede reclamar el derecho del pueblo valenciano (que no es catalán) a llamar a su lengua como crea conveniente, si ello le confiere tranquilidad de espíritu y conformidad tradicional. El nombre de la cosa no hace la cosa, pero la mantiene viva, respetable y visible.

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