Valenciano, catalán o criollo

Emilio García Gómez

No es mi intención adoptar postura alguna respecto a la esencia del valenciano y el catalán, dado que ni soy romanista ni me siento preparado para establecer una ruta de análisis científico acerca de la evolución del valenciano, que requeriría varios volúmenes. Hay otros que dedican grandes esfuerzos para traer la luz. Me limitaré a elaborar una serie de hipótesis sobre qué pudo ocurrir en el momento de la entrada de Jaime I en Valencia y, sobre todo, después de la segunda generación de hablantes. Estas conjeturas se apoyan en la abundante literatura de los criollistas, estudiosos del origen y la naturaleza de los pidgin y lenguas criollas como sistemas de primera generación que se hallan sometidos a las leyes generales del aprendizaje y la evolución de segundas lenguas. Las palmarias divergencias entre las variedades contemporáneas catalana y valenciana son testigos de los cambios fonéticos, morfológicos, léxicos y fonéticos que tuvieron lugar en el pasado, cuyas causas principales son el contagio inter-lingüístico, la variación interna y, en menor medida, el auge de la escritura.

Debemos dejar claro desde el principio que hablar de catalán o de valenciano es claramente reduccionista. Sería más adecuado y preciso, aunque resulta poco práctico cuando las referencias son tan genéricas, referirse a las distintas variantes catalanas y valencianas en las que se expresan algunos residentes del levante español, desde la frontera de Alicante con Murcia hasta más allá del Pirineo francés y desde la costa mediterránea a la franja de Huesca, Zaragoza, Teruel, Cuenca y Albacete, quedando enormes islotes de castellano-hablantes en el interior del perímetro señalado. Para hablar de catalán o de valenciano hay que dejar de lado la perspectiva de un modelo normativo moderno y regresar a la geografía dialectal pre-jaimiana del cuadrante nororiental peninsular.

Haciendo un inciso, no podemos dejar de recapacitar sobre la naturaleza de unos episodios – las expediciones de Jaime I – que han pasado a la historia de Valencia, Cataluña y Mallorca como gloriosos, embelleciéndose el verdadero motivo de la ocupación catalana de las tierras árabes, que no fue otro que la política expansionista e imperialista de aquel rey en forma de acciones militares y expropiaciones civiles, que le ayudarían a amortiguar sus gravísimos problemas con la nobleza catalana y aragonesa.

jaumeI
Jaume I

El conocido Llibre de Repartiment (1237) – que en otros lugares recibiría el deshonroso título Reparto del botín – es un infame documento cuya lectura nos haría saltar de ira si hubiéramos sido nosotros quienes entonces sufrieron el robo de sus propiedades por un ejército extranjero. Siniestras fueron las medidas adoptadas para des-arabizar, cristianizar, aragonesizar y catalanizar a la población residente. No son pocos los que muestran el orgullo de que Aragón y Cataluña hubieran abierto en 1355 una colonia en Cerdeña a la que se le dio el nombre de Barcelona – posteriormente Alguer (Alghero) -, constituyendo un coto cerrado exclusivo para catalanes y aragoneses, y prohibiendo la entrada de inmigrantes, incluso de las poblaciones vecinas. O bien se presume de la intrusión de los catalanes en Cagliari al mando de Pere del Punyalet, expulsando a los residentes legales e imponiendo un nuevo régimen político y lingüístico. O de su presencia en Atenas y Neopatria. No son éstos acontecimientos que merezcan especial evocación, como tampoco conmemoramos con regocijo, a este lado del Estrecho de Gibraltar, la llegada de los árabes el año 711, que trajeron una nueva civilización pero también causaron horror y muerte. El manoseo de los episodios históricos no suele venir de los historiadores profesionales, sino de los activistas políticos y de la gente ávida por colgarse un festón de nobleza.

Por lo que hace a la lengua, también se puede caer en la tentación de analizar sus cambios celulares con arreglo a las condiciones sociales actuales. Todos los datos son significativos para el investigador y el sociolingüista a la hora de reconstruir los fenómenos lingüísticos del pasado y fotografiar los del presente, pero los analistas no pueden utilizarlos como armazón de sus propias convicciones, a menos que estén avalados por la fuerza de la demostrabilidad.

Hipótesis primera: el valenciano es una variedad heterónoma. Es innegable que el catalán y el aragonés fueron traídos a Valencia por las huestes y los colonos de Jaime I tras la reconquista, aunque todavía queda por determinar, en términos porcentuales, la intensidad de la población entrante – según unas fuentes, unos centenares, y según otras, unos cuantos miles – y la residente, imprecisa. Comparadas las cifras del apartado anterior con el número de invasores normandos en la Inglaterra del año 1066 – de 20.000 a 50.000, sobre una población local de 1,500.000 a 2,000.000 – no parecen justificar que la situación lingüística en Valencia sufriera un cambio radical y repentino, como tampoco ocurrió en Inglaterra, aunque en el caso de Valencia se da por descontado, no sin excepciones, que fue así.

valencia-pendon_conquista
Pendón de la conquista de Valencia

De esta manera, según la abundante investigación académica expuesta en distintos foros, el valenciano sería una variedad heterónoma (dialecto) del catalán, tras haber sido aprendido por los habitantes de los territorios ocupados en detrimento del idioma propio, presumiblemente el árabe o el mozárabe, si es que quedaba algo de él, siendo estos últimos reemplazados radicalmente por aquél. Las causas de la evidente variación entre el valenciano y el catalán habría que encontrarlas entonces en el intenso contacto entre aragoneses o castellano-hablantes y los nativos de la región, así como en el considerable inventario léxico y fonológico extraído del sustrato árabe e incluso pre-romano, que habría permanecido hasta nuestros días.

No hay que descartar la posibilidad de que la variación del valenciano no responda a un exceso de penetración del castellano o del aragonés en determinadas zonas lingüísticas, sino más bien a la historia interna del mismo, es decir, a los procesos de evolución del valenciano con independencia del régimen mantenido por el catalán, teniendo en cuenta que los sustratos locales – el árabe y el mozárabe -, tras la llegada del catalán, siguieron más o menos activos y marcando el ritmo del superestrato, el catalán recién importado. La descripción que hacen Morant y Escrivá (1987) del “apitxat de Gandia”, que ellos consideran “un problema sociolingüístic”, no resuelve el interrogante sobre si la variación obedece a causas externas – el contacto del catalán con los ya mencionados aragonés y castellano, como sospechan Corominas, Guirau y Ferrando -, o internas, propias del desarrollo natural del idioma, sobre todo en situaciones de adyacencia de códigos – tesis apoyada por López y por Casanova -. Aunque creemos que la infeliz expresión “problema sociolingüístico” se refiere a “un fenómeno sociolingüístico cuya explicación aún está por resolver”, es decir, un enigma, nosotros creemos que éste en ningún caso es intrínsicamente un problema, aunque entendemos que pueda serlo para algunos hablantes y académicos que anhelan la desaparición de todo sistema exonormativo. Generalmente, los historiadores de la lengua no muestran demasiado entusiasmo por aceptar que los cambios lingüísticos obedezcan a movimientos internos, sino externos y ajenos a la propia lengua.

Hipótesis segunda: el valenciano es el sustrato mozárabe autónomo que logró sobrevivir a la presencia del árabe y a la ulterior catalanización del territorio, alojando formas lingüísticas y fonéticas de una y de otra lengua. De este modo, dadas las circunstancias políticas del momento, el romance mozárabe pudo ser parcialmente lexificado por el catalán oficial, como en su tiempo lo fue el romance por el árabe, y así habría llegado hasta hoy, siguiendo una línea de distanciamiento del romance primigenio parecida a la de los otros romances que han adquirido una configuración propia, como les ocurrió al castellano, el gallego o el portugués.

Nosotros no podemos estar seguros de esta proposición si nos detenemos a examinar, entre otras muchas cosas, el perfil del verbo o el nombre del catalán y el valenciano. Hay variación, pero sobre todo hay muchas coincidencias de difícil explicación. Se da por cierto que la transmisión del léxico de una lengua a otra es un fenómeno relativamente habitual, pero no ocurre así con la gramática y con la morfología; es decir, con arreglo a los postulados de la lingüística genética, los códigos internos propios de una lengua son exclusivos de ella y raramente se transfieren. Prueba de ello es la configuración del tok pisin – el pidgin que se habla en Papúa Nueva Guinea -, cuyo repertorio léxico se deriva esencialmente del inglés, pero cuya sintaxis es claramente distinta a la de éste dada la base melanésica del primero. O, por poner un ejemplo más próximo, los rasgos profundos del euskera – digamos el orden de las palabras o la afijación – le permiten distinguirse claramente de las lenguas románicas con las que ha tenido contacto, aunque numerosos componentes léxicos de estas últimas se hayan colado en aquél. De este modo, sería bastante complicado explicar las semejanzas que se observan en el núcleo de las variedades valenciana y catalana como no sea a través una prueba de consanguinidad – prueba que no se cumple en el caso del valenciano y el castellano -.

La investigación académica sobre el sustratismo mozárabe del valenciano es más bien reducida, se limita a especular sin un verdadero auxilio documental sobre las diferencias entre las variantes catalana y valenciana, y carece del favor de los más importantes romanistas españoles y extranjeros. No obstante, existen lagunas en la descripción de los romances peninsulares – por ejemplo, en la clásica de Menéndez Pidal, El español en sus primeros tiempos (1942) -. Ello significa que los documentos textuales de los que disponemos son insuficientes para completar la reconstrucción de cualquiera de los dialectos romances medievales y, por consiguiente, muchos fenómenos lingüísticos quedan en el aire. Lástima que no haya testigos vivos octocentenarios que nos ayudaran a salir de dudas. La teoría general del sustratismo viene avalada por investigadores como la canadiense Claire Lefèvre (Creole genesis and the acquisition of grammar, 1998).

No podemos, sin embargo, dejar de citar el impresionante estudio de Peñarroja sobre El mozárabe valenciano (1998), basado en documentos medievales – esencialmente listados de repartos territoriales como el ya mencionado Llibre de Repartiment – donde se prueba la presencia de numerosos rasgos fonéticos propios del mozárabe en topónimos y nombres de beneficiarios y perjudicados por tales adjudicaciones de bienes. Algunos fenómenos fonéticos propios del catalán oriental no han pasado al valenciano a pesar de la mayoritaria presencia de colonizadores catalanes en zonas costeras de Valencia. Queda en el aire la idea de que el catalán y el valenciano, parientes inmediatos del mozárabe levantino que precedió a la conquista de Valencia por Jaime I y, por tanto, mutuamente inteligibles, llegaron a cohabitar sin obstaculizarse ni reemplazarse, aunque también se atribuye al sedimento ibérico y celta en el caso del valenciano y el catalán occidental su separación respecto de la versión oriental, nacida en un contexto sustratal no ibérico.

Hipótesis tercera: el valenciano es un catalán criollizado y ulteriormente descriollizado. La lingüística criolla reconoce como válida la hipótesis de que la introducción de un nuevo sistema lingüístico y su refuerzo mediante medidas de normalización y de normativización del mismo habitualmente genera un criollo. Este criollo derivado del catalán, como lengua lexificante, tuvo que mantener, lógicamente, numerosas aportaciones de la lengua sustrato. El desarrollo político, social y económico de Valencia permitiría la recriollización del nuevo catalán, alejándose progresivamente de la norma madre. Ello no debería sorprendernos, teniendo en cuenta que el propio catalán se emancipó del provenzal sustituyendo numerosos rasgos primitivos por otros de nueva factura, como la morfología del artículo y el verbo, la palatalización de la –l inicial (lladre, lloc), etc. La langue d’oc fue durante mucho tiempo la lengua literaria de Cataluña, pero el desarrollo dialectal posterior y la obra de personajes como Ramón Lull, Ramón Muntaner o Pere del Punyalet – rey, cronista e invasor de Cagliari – supusieron, en palabras de Muntaner, la entronización del pla catalanesc, “lo plus bell catalanesc del mon”, dando paso a otros redactores en un catalán desgajado de la rama provenzal, como el cardenal Margarit, Vicent Ferrer, Bernat Metge, Joan Martorell (que lo hizo en vulgar valenciano) y Jaime Roig.

La evolución distintiva del valenciano apuntaría en el futuro a una progresiva des-criollización, siempre que se mantuviera el refuerzo y la estabilidad de la normativa catalana en las escuelas, las instituciones, los medios de comunicación y las empresas editoriales de la Comunidad Valenciana. Pero también podría entrar en una fase de re-criollización, es decir, separación más drástica si triunfaran los movimientos de vernacularización de la variedad valenciana. Bastaría una reagrupación de las fuerzas contrarias al estándar catalán, un importante esfuerzo literario y editorial y un giro institucional para modificar definitivamente la actual situación.

Estas suposiciones pueden no tener suficiente soporte empírico para ser validadas. La inmensa mayoría de los lenguajes criollizados procedentes de una lengua sintética pasan a ser analíticos dentro de un proceso de simplificación, reduciendo al máximo su morfología y adoptando estructuras sintácticas paradigmáticas, es decir lineales. No parece ser ése el caso del valenciano y el catalán, cuyos perfiles genéticos indican que no existen estructuras tan diferenciadas como para justificar la hipótesis de la criollización del valenciano a partir del catalán. Tanto una como otra son lenguas parcialmente sintéticas, es decir, poseen un amplio espectro de flexiones verbales, aunque ha desaparecido la flexión nominal del antiguo superestrato latino, a diferencia de los derivados criollizados, que suelen convertirse en analíticos (la función gramatical está marcada por el orden de palabras y la acción de partículas no vinculadas).

Tomando nuevamente como ejemplo el tok pisin-, la frase “él va” se expresa como “em i-go”, en la que em actúa en calidad de sujeto verbal, y- como partícula pre-verbal de 3ª persona del singular o del plural y, finalmente, go como verbo léxico, en contraste con el inglés “he goes”, donde he es el sujeto, go el verbo léxico y -es el morfema verbal de 3ª persona del singular. Sorprendentemente, la morfología verbal catalana vaig cantar y la del apitxat exo-normativo cantí no son más que estructuras perifrásticas procedentes de una morfología latina arcaica y criollizada.

Por otra parte, el repertorio léxico de los criollos es inferior al de los superestrato y sus propiedades distintivas son también menores, al menos hasta que se refuerzan por obra del tiempo y el uso intensivo. Bickerton (1986) afirma: “Lo que hace que las lenguas parezcan diferentes entre sí es que contienen léxicos diferentes y estos léxicos poseen propiedades diferentes.” En consonancia con lo expuesto, los procesos de reducción y simplificación habrían actuado sobre la variedad valenciana haciéndole perder algunos rasgos fonológicos y morfológicos que se mantendrían en el superestrato, pero la parte más rígida de la lengua, la estructura sintáctica, apenas se vería modificada en el supuesto criollo, condición imprescindible para que éste sea considerado como tal.

Si aceptamos por un momento las controvertidas hipótesis de Bickerton sobre el desarrollo de un criollo, según las cuales éste sólo puede tomar cuerpo si la población de hablantes de la lengua superestrato, o lengua colonial, no excede el 20 % de la de hablantes del sustrato, que hablaría otra u otras lenguas, entonces sería posible admitir la posibilidad de que se produjera una semi-criollización del catalán, que no tardaría en pasar a una etapa de des-criollización, al perder autonomía por el uso continuado del mismo en la administración y la práctica cotidiana.

Hipótesis cuarta: el catalán, como adstrato, dada su contigüidad, y con independencia del grado de catalanización de la población tras la reconquista, influyó sobre el romance valenciano lexificándolo sin relevarlo. De este modo, se percibiría una convivencia entre el catalán de los colonizadores y la variante romance local, el mozárabe, que, presumiblemente, habría sobrevivido a las purgas árabes, aunque conservaría algunas incrustaciones del propio árabe.. El elevado grado de parentesco entre ambas, como residuos del continuo romance medieval levantino, haría innecesaria la génesis de un dialecto híbrido de contacto. El catalán importado se comportaría como adstrato, lengua políticamente dominante en Valencia tras la ocupación del territorio por Jaime I, e influiría sobre el sustrato romance, sin sustituirlo. siendo la mutua inteligibilidad una garantía de la permanencia por un tiempo de estas tres variedades románicas medievales, el catalán, el aragonés y el valenciano, relegando al árabe al limbo de los perdedores. No obstante, el adstrato catalán se comportaría como lengua políticamente dominante en Valencia tras la ocupación del territorio por Jaume I, e influiría sobre el romance local, sin sustituirlo, al menos en el plano verbal, aunque las distancias entre ellos se exagerarían ante el evidente uso del catalán en los documentos oficiales.

Se suele citar a Muntaner (1265-1336) como fuente fidedigna acerca de la catalanidad de la población de Orihuela, Elche, Guardamar, Alicante, Cartagena y Murcia, que se expresaba en dicha lengua a finales del siglo XIII, si bien la frontera del catalán se retiró hacia el norte tras la cesión de Murcia a Castilla por parte de Jaime I. Pero los hechos que se describen – la sobre-imposición de la lengua catalana a la lengua o lenguas locales, el árabe y el mozárabe – no son tan elementales, a menos que Muntaner se fijara especialmente en algunas, pocas, familias de colonos u ocupadores catalanes. La única forma de que una lengua sustituya a otra en un corto espacio de tiempo es mediante la deportación o la eliminación de la población residente. Resulta ya de por sí sorprendente que el catalán hubiera eliminado el uso del vernáculo al poco de llegar las huestes del Conquistador, excepto a nivel oficial. No hay que olvidar que la implantación del catalán tendría que haberse producido en detrimento del árabe y del mozárabe residual, hecho poco probable. Pero aún añade más a la sorpresa otro suceso casi coetáneo: que el catalán recién llegado a Murcia fuera a su vez reemplazado tan rápidamente por el castellano tras el traspaso de este territorio a Castilla.

En cuestión de lenguas, raramente se producen milagros. Todas se transmiten de generación a generación. En la mayoría de los casos, fácilmente comprobables, las lenguas existentes suelen convivir con las importadas durante largos períodos de tiempo, si bien es cierto que tarde o temprano se producen fenómenos de diglosia o de disolución de una de ellas. Sólo cuando se interrumpe la cadena vital – no hay padres o madres que se dirijan a sus hijos en la lengua familiar porque han sido deportados, han fallecido naturalmente (cosa rara que lo hicieran todos del mismo linaje a la vez) o han sido ejecutados – pueden darse casos de desaparición repentina de esa lengua, como les sucedió a algunas tribus aborígenes de Norteamérica y Australia tras la llegada masiva de colonos ingleses en los siglos XVIII y XIX.

Algunos historiadores afirman que, aproximadamente un siglo antes de la llegada de Jaime I a Valencia, grandes núcleos de población mozárabe fueron alejados de sus tierras levantinas por invasores almohades y almorávides, lo que facilitaría la ulterior penetración del catalán en los territorios conquistados. No obstante, es imposible determinar las tasas demográficas de los distintos grupos étnicos de aquella época en la zona que nos interesa. Peñarroja niega que se hubiese producido tal desplazamiento masivo. Los traslados de comunidades enteras son improbables, aunque es comprensible que se realizaran levas para cubrir las necesidades bélicas de los reyezuelos árabes y sí que es lógico que se quedaran atrás ancianos, mujeres e hijos menores. De todos modos no es imposible que gran parte de la población quedara diezmada en tiempos de guerra y saqueo, como hemos podido observar durante las persecuciones y carnicerías étnicas llevadas a cabo en África moderna o en los Balcanes.

Si volvemos a comparar los procesos del francés normando tras la ocupación de Inglaterra con los del catalán en el nuevo reino de Valencia, podemos pensar que, en este último caso, el sustrato pudo ser lexificado en un proceso secular. En el caso del normando y el inglés, aquél se convirtió en la lengua oficial de la nueva corte y aprendido por una parte de la población – nobleza anglosajona, funcionarios y algunos comerciantes -. La otra parte siguió expresándose en inglés, pero un inglés criollizado, según barajan Domingue (1975) y Bailey y Maroldt (1977). Se calcula que un 50% del vocabulario del inglés ha sido reemplazado por el francés en el transcurso de cinco siglos. Del mismo modo, el francés, proveniente del latín, se renovó notablemente debido en parte a la influencia de las lenguas germánicas. Estas transformaciones han tenido lugar esencialmente en el plano del léxico, con cambios fonéticos y sintácticos menores. Valdría la pena intentar averiguar, dentro de las actuales limitaciones documentales, el grado de des-lexificación y re-lexificación del mozárabe valenciano por empuje del árabe oficial y luego por el del aragonés y el catalán.

Conviene tener en cuenta que, por reducido que fuera el número de colonizadores catalanes y aragoneses – igual que ocurrió tras la conquista de Inglaterra por Guillermo de Normandía -, su influencia sobre la lengua de la población local debió ser desproporcionadamente elevada, teniendo en cuenta su privilegiada posición como lengua institucional y notarial. Del mismo modo resulta difícil aceptar, como hemos advertido en los párrafos anteriores, que una lengua superestrato pueda sustituir radicalmente a la lengua sustrato, siendo aún más inverosímil el recambio de un adstrato por otro.

Todavía queda por determinar, en términos porcentuales, la intensidad de la población entrante en Valencia – según unas fuentes, unos centenares, y según otras, unos cuantos miles – y la residente, imprecisa. Comparadas estas cifras con el número de invasores normandos en la Inglaterra del año 1066 – de 20.000 a 50.000, sobre una población anglosajona de 1,500.000 a 2,000.000 – es arriesgado asegurar que la situación lingüística en Valencia sufriera un cambio radical y repentino, como tampoco ocurrió en Inglaterra.

De cualquier forma, cabe la posibilidad de que se llegara a formar una burbuja lingüística, como en el caso de Ulster, que, a principios del s. XVII, abrió las puertas a colonos escoceses, cuyo dialecto arrinconó al irlandés septentrional; o el caso de Sudáfrica, que, desde el s. XVII, mantiene activo y lleno de vitalidad un idioma importado – el afrikaans, un híbrido llevado allí desde Java por colonos de origen holandés – en un territorio plurilingüe y pluridialectal.

Ciertamente, tras una ocupación militar fructífera, se siente la necesidad de reorganizar el sistema de gobierno, la estructura administrativa y el régimen legislativo. El trasvase léxico responde al nuevo orden religioso, militar, económico y social. La historia nos enseña que, en un plazo relativamente breve, el vernáculo, la lengua de la población indígena, pasa, como acabamos de subrayar, a una situación diglósica frente a la del ocupante, a la que se le presta atención preferente y se le confiere mayor prestigio, pero no desaparece. El tamaño de las poblaciones en contacto – la de los conquistadores y la de los residentes naturales – puede influir de alguna manera. Según Thomason y Kauffman (1988), es más probable que sobreviva una lengua invasora, como ocurrió con el ruso en los territorios ocupados donde se hablaba una variante urálica. Pero también se dan casos inesperados en los que la lengua del invasor (la de los visigodos semi-romanizados al llegar a la Península Ibérica) es rápidamente sustituida por la del pueblo ya afincado.

En el supuesto de una variedad lingüística preferente (el romance catalano-aragonés de los conquistadores) en presencia de otra portadora del mismo código genético (el romance local situado en posición jerárquica subalterna), ésta sufre un proceso de adaptación, a imagen y semejanza de la primera. Pero una adaptación no es una suplantación, que exige, como hemos relatado, acciones más enérgicas.

El super-estratismo viene avalado, entre otros muchos, por el francés Robert Chaudenson (Des Îles, des hommes, des langues,1992, y Les créoles, 1995), aunque se adoptan versiones distintas e incluso contrapuestas. Por ejemplo, algunos rasgos que se supone que son propios de un criollo pueden haber entrado a través de la lengua lexificante, donde ya se habían producido con anterioridad como consecuencia de las transformaciones que todas las lenguas experimentan en el transcurso de los siglos y, por consiguiente, no serían atribuibles al criollo propiamente dicho. De este modo, algunos fenómenos de criollización se podrían explicar como una fase natural de la evolución lingüística – en concreto de una segunda lengua – tanto si es una lengua superestrato como si es una lengua criolla.

Hipótesis quinta: valenciano y catalán son dos derivados romances autónomos, pero la similitud entre ambos no es necesariamente el producto de una colisión interlingüística, en detrimento de una de las dos variedades. El valenciano, si nace del catalán, no es un catalán defectuoso, sino reestructurado, es decir, un lenguaje nacido como resultado de la interrupción del contacto entre el catalán y la lengua de la población arabizada de Valencia. La sobre-imposición puede generar un sistema lingüístico paralelo al de la lengua superestrato, pero, con independencia de su particular régimen de desarrollo y expansión, sería acientífico situarla en una escala jerárquica como variante menor.

Bickerton (1998) se muestra insatisfecho con una explicación simplista de este tipo de contactos: “Se asume que algo aparece en A, algo similar aparece en B, e inmediatamente la gente se lanza a la conclusión de que ha debido ser transmitido.” Las pruebas las encontramos en la diferenciada evolución de las versiones medievales del romance peninsular, sobre todo desde la hegemonía del Reino de Castilla, que provocó la separación de los flancos del continuo latino post-imperial. Pudo haberse dado el caso de que los invasores catalanes, que, lógicamente, importaron su lengua, no sintieran la necesidad de adaptarla a la de la población residente, teniendo en cuenta su proximidad como variedades romances en el seno de un mozárabe levantino y, por consiguiente, su reciprocidad al nivel de inteligibilidad. Las sucesivas generaciones de descendientes de colonos catalanes, aragoneses y navarros, así como las de la población asimilada – esencialmente mozárabes – pudieron muy bien haber conservado sus respectivos romances con un mínimo de trasvases inter-lingüísticos del catalán al valenciano y viceversa, dándose el caso de un pluri-dialectismo romance catalán, valenciano, aragonés y castellano, con una limitada subsistencia del árabe en régimen de clandestinidad. Dada la afinidad entre los distintos romances, ni siquiera habría hecho falta el catalán como lengua franca, aunque al principio se emplease en los documentos oficiales junto con el latín y más adelante se tomara como modelo normativo en las manifestaciones literarias.

Artículos relacionados de Contacto cultural y lingüístico