Valencia y Catalunya: La cuestión literaria

La definición de “Literatura catalana” y “Literatura valenciana” es uno de tantos puntos de desencuentro y de rigidez intelectual en la Comunidad Valenciana que recuerda el tira y afloja existente en Galicia respecto de la identidad cultural galaico-portuguesa. Por mi parte, aún no he llegado a ver con claridad si el referente “Literatura catalana” es la literatura que se ha escrito y se sigue haciendo en catalán tanto en Cataluña como en Valencia, o sólo en Cataluña, tanto en catalán como en castellano. Y si la literatura valenciana abarca textos escritos en Valencia en valenciano normativo y exo-normativo, y acaso también lo escrito en castellano.

En la base de datos que ofrece la Universidad de Alicante bajo el epígrafe “Literatura Valenciana Actual” aparecen autores nacidos en la Comunidad que escriben en catalán. La Associació d’Escriptors en Llengua Catalana enumera una larga lista de autores catalanes y valencianos (por ejemplo, Josep Piera, nacido en Beniopa (Valencia), aunque se olvida de unos cuantos nombres que, en cambio, sí aparecen en la lista de la Associació d’Escritors en Llengua Valenciana, de carácter regionalista. Desde luego, una versión indigenista de una obra literaria valenciana resulta inaceptable “en los mejores círculos” de la familia literaria catalana. El valenciano Xavier Casp es simplemente ignorado por éstos. Y Alfons Cervera, también valenciano, pero no valencianista, no asoma, lógicamente, en las listas de Lo Rat Penat, ni tampoco figura entre los escritores en lengua catalana, aunque haya sacado a la luz una novela en catalán, L’home mort, con una versión en castellano realizada por el mismo autor. Pero sí se encuentra en el índice de la Universidad de Alicante, teniendo en cuenta que gran parte de su obra está publicada en castellano. Quedan, pues, por responder las preguntas clave: si es literatura catalana todo lo que se escribe en catalán, con independencia de quién lo haga, de dónde proceda y dónde resida y, viceversa, si no es literatura valenciana lo que se escribe en catalán. Y si un autor, sea catalán o valenciano, que escribe en castellano no es ni una cosa ni la otra.

Parecido desdoblamiento se evidencia entre la literatura inglesa, la norteamericana, la irlandesa, la canadiense anglófona, la australiana, la neozelandesa, la afro-británica, la indo-británica y la anglo-caribeña, por mencionar una parte mínima del conflicto que afecta a medio mundo. No es posible englobar toda la literatura escrita en inglés como literatura inglesa. Sería inaceptable una hiper-generalización del concepto despreciando el origen nacional de los literatos. El problema quedaría resuelto renunciando a catalogar a la gente por nacionalidades; pero eso, hoy por hoy, resulta imposible. La literatura británica no puede olvidar su tradición imperial. Escritores norteamericanos de alcance universal como Henry James pasan de página en página entre los autores de manuales y antologías de historia de la literatura inglesa y norteamericana a la vez, dando la impresión de que las inclinaciones filoeuropeas del autor de grandes obras maestras como Retrato de una dama (1917) o Daisy Miller (1878), escritas en inglés versión norteamericana, le convierten en un expatriado y un renegado de las letras yankis, algo que suena a desatino, tratándose de un talento como James, aunque terminara sus días como ciudadano británico. ¿Quién se hubiera atrevido, en cambio, a incluir a Mark Twain, en los manuales de literatura inglesa? Seguro que el autor, de hallarse vivo, y aun estando muerto, habría dado un manotazo sobre la mesa y soltado un taco en lengua americana, como la definió Mencken.

Me vienen a la memoria clásicos irlandeses, como Bernard Shaw, que viaja a caballo de Inglaterra e Irlanda, y también James Joyce, Oscar Wilde y William B. Yeats (pronúnciese yeits). Y pienso en el escritor judío Saul Bellow, nacido en Québec -tierra francófona- y trasladado a Chicago para concebir y plasmar en inglés una obra densa y mágica que le reportó dos grandes premios, el Pullitzer y el Nobel Nobel, desdramatizando así el complejo de culpa de los artistas por el carácter apátrida de su producción literaria.. No puedo ocultar mi recelo cuando pienso en Robert J. Sawyer, canadiense de nacimiento y de corazón y norteamericano de adopción, tal vez porque así se ha hecho más popular y gana más dinero.

No sé cómo habría que identificar, en términos de literatura nacional, la figura del indo-británico Salman Rushdie, de vida precaria por el riesgo que asume con su atrevida actitud ante el credo islámico. O esas otras figuras anónimas para el mundo literario occidental que escriben en la India recurriendo no a su lengua autóctona, ni tampoco a la lengua colonial, sino al híbrido anglo-indio que se habla en la calle, como ha hecho Raja Rao, que combina la prosa sajona con dispositivos de la lengua vernácula. Me atrevo a recomendar la lectura de un libro que cambiaría muchas percepciones acerca del significado del arte que traspasa las fronteras: G.T. Garrat, The Legacy of India, 2005 (“El legado de la India”).

Para seguir llenando el vaso de nuestra incertidumbre, podemos añadir matices complementarios extra-literarios, como los que definen a Caryl Philips, autor de maravillosos libros, como The European Tribe, 1987 (“La tribu europea”) y The Nature of Blood, 1997 (“La naturaleza de la sangre”). Este hombre nació en St Kitts, se crió en Leeds (Inglaterra), reside en Nueva York y escribe en el único idioma que conoce, el inglés. Phillips no es anglosajón. Es negro. ¿En qué literatura habría que incluirle? ¿Literatura de St Kitts? ¿Literatura del Caribe? ¿Literatura inglesa? ¿Literatura norteamericana, en virtud de su nueva residencia? ¿Literatura afro-británica? ¿Literatura afro-americana? ¿Literatura afro-caribeña? ¿Y qué hay de V.S. Naipaul, de origen indio, nacido en Trinidad y escritor en lengua inglesa, una lengua que fue introducida allí por los traficantes de esclavos?

Las obras de arte son, o deberían ser, como las aves migratorias, que cruzan las fronteras políticas sin pasaporte. Sin embargo, en el mundo de las letras y de las artes siempre se habla de la gente con un soniquete patriotero. El malogrado poeta nacido en Barcelona José Agustín Goytisolo es citado como escritor catalán que escribió en castellano, salvando una breve aportación bilingüe. Por el contrario, Mercedes Salisachs, también nacida en Barcelona, no merece ninguna apostilla por parte de los analistas de la literatura catalana, tal vez porque escribe en castellano y se considera catalana y española a la vez, actitud herética para muchos. Otro barcelonés Carles Duarte, en cambio, ha reconocido haber sufrido al escribir en catalán, acostumbrado como estaba a hacerlo en español. Tanto él como otros han atribuido su etapa castellana a la opresión del régimen de Franco y a la falta de escolarización en su lengua materna. Pero eso no es sólo una cuestión política que hay que meter en el saco de culebras de un gobierno o de un régimen. Es normal que la transferencia de un lenguaje a otro no se produzca tan súbitamente como podría pensarse, no tanto porque el primer idioma actúe de bloqueador del siguiente, sino porque escribir, da igual en qué lengua, es una de cuatro habilidades que hay que desplegar en el proceso de adopción de esa lengua, siendo las otras tres entender mensajes verbales y textuales y hablar. Si no se definen conjuntamente, no se pueden exteriorizar en toda su dimensión.

Podemos dudar acerca de si lo que no está escrito con arreglo a unos cánones no es cultura literaria, siendo esos cánones un modelo ortográfico moderno (el antiguo no sirve, excepto como referencia histórica, ni tampoco el dialectal, por apartarse de la corriente uniformadora del estándar), la institucionalización, la divulgación impresa y el reconocimiento por parte de una curia de hierofantes en el templo sagrado y esotérico de la cultura. Estoy seguro de que la mayoría de los pensadores del establishment oficial se niegan a reconocer como válida la producción literaria en valenciano no normativo por miedo a perder su reputación personal o ser acusados de haberse pasado al enemigo. Cuando el escritor negro americano Richard Wright abandonó el Partido Comunista, en el que había derramado, eufórico, todo su potencial panfletario, sus ex camaradas le hicieron el vacío, acusándole de haberse deslizado hacia el fascismo. ¿Por qué, se preguntaba, ha de llevar el artista siempre una etiqueta? ¿Por qué no se puede trabajar de forma soberana? ¿Por qué, nos preguntamos, no se puede valorar el arte por el arte, con independencia de las convicciones disidentes y los aparejos heterodoxos del autor?

Del mismo modo que asistimos a la alianza institucional de dos variedades del romance levantino, así también se intenta trabar dos literaturas y dos culturas como si fueran una sola. El caso del gallego-portugués nos ilustra lo que pudo haber ocurrido (o quizás ya ha tenido lugar) en el Mediterráneo. A mediados del siglo XIV, lo que había sido un romance ibérico occidental con cierta coherencia interna, el gallego-portugués, se desgajó, por causas políticas, en dos variedades separadas por un río, el Miño. Pero mientras el portugués adquirió una gran pujanza literaria y fue evolucionando rápidamente, ayudado por una absoluta autonomía política, el gallego cayó en la esfera de influencia castellana y aún hoy conserva rasgos arcaizantes. El renacimiento literario, que comenzó en Galicia en el siglo XVIII y continuó en el XIX, ha permitido la creación de una literatura privativa, cada vez más alejada de la portuguesa en múltiples formas, lo que permite afirmar que una y otra jamás volverán a encontrarse, por mucho que se intente hacer retornar el gallego a la Edad Media.

Vemos, pues, una contradicción, en juntar dos literaturas –la valenciana y la catalana- que se expresan en la misma lengua y separarlas cuando lo hacen en dos versiones antitéticas, dejando a una u otra entre paréntesis como si no existiera. Si hay que mencionar a los hijos naturales de la cultura, también hay que hacerlo con los hijos adoptivos de la misma. Ramon Llull y Ausiàs March son considerados autores catalanes nacidos en Mallorca y Valencia respectivamente antes de la unión de Castilla y Aragón. Pero no es suficiente que escribieran en la misma lengua para ser catalogados como miembros inconfundibles del mismo recinto. Hay que dejar de acaparar personajes de talla universal para exponerlos en el escaparate cultural de un país concreto e impedir que otros reclamen lo que creen que es suyo. Las sociedades cambian con el tiempo. Cambian las personas, cambia el idioma y se desgastan las culturas, con las que recuperan la vitalidad perdida. Creo en la criollización del catalán en Valencia tras la conquista del reino y creo igualmente en el proceso latente de una recriollización, no muy lejana, de la cultura y la literatura valencianas, cuya prestancia dependerá del dinamismo de sus artífices y de su fe en que Valencia también existe. El argumento que es válido para la literatura en lengua inglesa de diversos países, también lo es para Valencia y Cataluña. La pugna ideológica entre la literatura catalana y la literatura valenciana es simplemente grotesca.

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