Valencia y Catalunya: La cuestión lingüística

Es una obviedad decir que la lengua es uno de los instrumentos más poderosos para la comunicación y la supervivencia del patrimonio de los pueblos. En la lengua se reconocen los individuos y con ella se abren las puertas para la entrada de sus congéneres, o se cierran para los demás. La lengua es un movilizador social más poderoso que la religión e incluso el hambre. Comarcas que comparten las mismas creencias religiosas pueden mantener una ancestral rivalidad porque no comparten los mismos códigos de comunicación, como se observa en Paquistán, donde las mismas comunidades que se arrodillan para la oración en las mezquitas islámicas se niegan a fijar entre sí lazos de hermandad porque no desean renunciar a su lengua propia, como sucede entre los panjabíes, los sindis, los beluchis o los hablantes de urdu-. El urdu y el hindi nacen del mismo sustrato –el indostano- y, sin embargo, se mantiene la competencia entre los pueblos que utilizan ambas variedades lingüísticas, no sólo porque observan profundas discordancias léxicas, gramaticales y fonéticas entre ellas, sino también porque recurren a una escritura enteramente dispar, el primero representado con grafismos arábigos y el segundo con el alfabeto devanagari, derivación del antiguo brahmi.

El caso puede ilustrar la situación en Valencia y Cataluña. Mientras el urdu paquistaní se está convirtiendo en la lengua literaria del país mencionado en el párrafo anterior, en detrimento del hindi, del mismo modo el catalán o valenciano normativo van aislando la variedad tradicional de la Comunidad Valenciana, con disgusto y feroz resistencia por parte de quienes sienten el valenciano popular como parte esencial de su naturaleza y no desean que se mezclen dos versiones contaminadas artificialmente por causa de la intromisión política de Cataluña en los asuntos de Valencia, o por la propia obra de los quintacolumnistas del catalanismo valenciano.

Un proceso similar, aunque con menor trascendencia, se está viviendo en Suecia en relación con la variante dialectal scania, del mismo tronco nórdico que el noruego o el sueco, apartada del escenario por la introducción forzosa de este último como dialecto literario y, por tanto, oficial y normativo. La dualidad entre el neerlandés y el flamenco belga es igualmente un estorbo para el entendimiento entre dos comunidades del mismo estado, que, por si fuera poco, también se expresan en dos lenguas radicalmente apartadas, el francés y el flamenco. En China, cuyo régimen político no permite la manifestación de grandes emociones, hay una clara sobre-imposición del mandarín, considerado oficial tanto en China continental como en Taiwán, respecto del cantonés, cuyos hablantes, exceptuando a los bi-dialectales, tienen que realizar un gran esfuerzo para entender a sus conciudadanos. Por su parte, la situación del español en América se ha convertido en un asunto transnacional, en virtud de la poderosa vitalidad argentina cuyo idioma ha sufrido un aluvión de préstamos procedentes de las propias jergas o seudo-jergas locales, como el lunfardo, un agente coloquial a tener muy en cuenta.

Situaciones como las descritas están provocadas, sin duda, una y otra vez a lo largo de la historia de la humanidad, por un concepto equivocado de lo que es una comunidad étnica. Ya hemos expresado nuestra opinión acerca de lo inadecuado del término “étnico”, que tiende a embrollar más que a perfilar la tipología de la especie humana. La lengua no es cuestión sólo de palabras, gramáticas, acentos y escrituras, sino que se mete en el pecho de las generaciones y bloquea las salidas hacia el mundo exterior. Puede un argentino hablar conscientemente en español, pero sus argentinismos le llevan a la locura de negar lazos de cualquier clase con el idioma de la patria madre. Esta persona se entenderá mejor con sus compatriotas empleando un registro regional (que para sus adentros constituye una lengua distinta al español) que situándose en un nivel lingüístico académico, encorsetado y distante. Cuando los actores españoles solían frecuentar los teatros mejicanos, el público se reía a carcajadas, aunque se estuviese representando un drama calderoniano, Y lo mismo hacían con los viajeros españoles, de quienes decían: “¡Pues si hablan como en el teatro…!” El deje y la pronunciación son los marcadores más potentes de la personalidad individual y colectiva.

Pero la situación lingüística en Valencia y en Cataluña nos pilla más cerca y de ello queremos seguir hablando brevemente. Los jubilados catalanes que pasan sus vacaciones en Jávea o Gandía no parecen prestar especial atención a cómo se expresan los camareros del hotel o las dependientas de las tiendas, puesto que el grado de inteligibilidad mutuo es elevado. Y a la inversa, cuando viajan los valencianos a cualquier parte de Cataluña, no necesitan recurrir a una lengua franca como el castellano para entenderse con los naturales de la zona. Todo lo más que pueden notar, como reacción amistosa, es un comentario inocuo sobre ellos, sus hermanos los catalanes del sur, que a nadie ofende.

La situación planteada de esta forma es un indicio de que los pueblos se entienden mejor entre sí directamente que a través de sus representantes políticos, que verdaderamente son capaces de incendiar todo un país porque están convencidos de que tienen la obligación de ejercer su liderazgo y, como acabamos de oír no hace mucho, de ir siempre dos pasos por delante de la sociedad. No sé de dónde se sacan ese argumento. En realidad, lo que hacen es ir dos pasos por detrás, llevándola a empujones en direcciones imprevistas e indeseadas. Los políticos tienen que hacer constantes análisis de la sociedad que representan y prever con la debida antelación la solución de posibles conflictos o necesidades. Pero a veces toman decisiones que con frecuencia demuestran ser equivocadas.

En Suiza se suele recurrir al referéndum por cualquier asunto que afecte de forma esencial a los ciudadanos; así vienen haciéndolo desde el siglo XIX y no les ha ido mal. Claro que ésta es una pequeña nación y el llamamiento a los votantes es relativamente fácil y rápido. Por el contrario, en Cataluña los políticos ya han decidido, sin habérselo preguntado, que la Comunidad Valenciana forma parte de su heredad. Tal vez el día de mañana exijan que los valencianos, afectados del complejo de Pigmalión, se pongan a hablar como ellos, con su entonación, con sus vocalizaciones, en un claro proceso de sustitución lingüística. Todo lo que vaya en contra de este dictamen es sospechoso de secesionismo de oscuros manejos. Cualquier lengua o dialecto necesita soporte intelectual, político y financiero para mantenerse vivos y no cabe duda de que la variante catalana tiene más piel, más músculo y más hueso que la valenciana.

En y desde Cataluña y en establecidos círculos de Valencia se da por hecho que la normativización del valenciano según el modelo catalán es la única garantía de supervivencia de esta lengua (entiéndase variante lingüística). Se ha intentado –y, en algunos casos, logrado- convencer a unos cuantos intelectuales valencianos de que la cultura valenciana se derrumba sin el apoyo de la tradición cultural catalana. Asimismo se ha potenciado la investigación sobre la lengua común y renunciado a escarbar seriamente en asuntillos de menor importancia, como, por ejemplo, el origen, evolución y sociología de los subdialectos valencianos de larga tradición como el apitxat. Se ignoran o se desprecian los estudios que se salen de la ortodoxia académica sobre el arranque, la diacronía y la sincronía del valenciano –por ejemplo, la meticulosa descripción del mozárabe de Valencia por L. Penyarroja (Gredos, 1990), cuyas tesis y metodología son tan válidas como las de sus contrarios-. Se arrincona la literatura “cismática”, con independencia de su calidad intrínseca, por el simple hecho de que está escrita con una ortografía, una morfología y un léxico exo-normativos. Se fuerza a los políticos valencianos a trepar sobre una jarcia en precario equilibrio, para evitar quitar la razón a quienes saben más que ellos (por ejemplo, los componentes de la Acadèmia Valenciana de la Llengua) y dársela incondicionalmente a la denominada derechona cavernaria de Lo Rat Penat y de la Real Academia de Cultura Valenciana, que sobreviven milagrosamente a los insultos y las descalificaciones. Se divulga la idea, para que cale bien en los sentimientos de gente tan “desnaturalizada” como los valencianos, de que el prestigio de un país, un reino o una nación como Valencia depende de las miradas que se dirijan desde los despachos de la Generalitat: o hacia Cataluña, o hacia las tinieblas. Se induce, en fin, afortunadamente, a ingeniar nuevos enfoques desmitificadores y desestabilizadores del pan-catalanismo o del pan-valencianismo, como se ha hecho recientemente en un libro de ensayos (Nosaltres, exvalencians, Esfera Llibres 2005) entretenido, provocador e irreverente -por lo que hace al laberinto catalánico- a cargo de autores valencianos como J. Dolç, R. Arnal, T. Mollà, E. Piera, F. Bayarri y M. S. Jardí, que prefieren dispersar a patadas los rescoldos que dejan unos y otros en la cruzada de Valencia.

Así no se unen los pueblos. Esta es la única manera de garantizar que el día de mañana Valencia y Cataluña serán lo que Serbia y Croacia: una al lado de la otra, pero irreconciliables.

Artículos relacionados de Nacionalismo