Valencia y Catalunya: La cuestión étnica

Manning Nash (El caldero étnico en el mundo moderno, 1988) ha propuesto como denominador común de todos los grupos étnicos la metáfora “lecho, sangre y culto”, es decir, endogamia, genealogía y religión como insignias de solapa. Esta alegoría se tiene que tomar con suma cautela, puesto que resulta harto improbable que un pueblo se mantenga intacto a todos los niveles esenciales de su identidad a lo largo de las generaciones y los siglos. Los austriacos se sienten diferentes respecto a los alemanes no por su singularidad, sino porque deben su actual linaje a la obra fecundadora de los pueblos y los regímenes que han pasado por ella –desde los romanos hasta los germanos, pasando por los italianos, los franceses, los españoles, los magiares, los eslavos, los turcos, los polacos, los balcánicos y los judíos-.

Normalmente se mencionan como activos étnicos la paridad biológica de los miembros de una tribu o nación, el conjunto de símbolos que comparten, su competencia cultural y lingüística (competencia que sólo se puede adquirir, obviamente, formando parte de un proceso de aprendizaje en el seno de una sociedad presumiblemente homogénea) y virtualmente también una comunidad de objetivos bajo un mismo anclaje: el estado nacional.

El problema que se suscita inmediatamente es cómo tratar las sociedades poliétnicas y pluriculturales del mundo del siglo XXI, en las que el arquetipo del “yo frente a los demás” choca con la utilidad del “yo y los demás”, puesto que las condiciones ambientales varían constantemente. Por ejemplo, en Cataluña puede uno sentirse musulmán por cuestiones religiosas, ngoni por sus ataduras tribales, tumbuka por su lengua, barceloní porque vive y trabaja permanentemente en la capital catalana y español porque aquí se ha nacionalizado y donde le han entregado un pasaporte que le permite desplazarse de vacaciones a Malawi, donde nació. Bajo determinadas circunstancias, podría verse obligado a ocultar su identidad –si le es posible, pues a veces le delata el color de su piel, el rizo de su cabello o el deje de su acento- por temor a ser discriminado, estigmatizado y privado de oportunidades en un mundo que no parece ser el suyo, aunque ya lo sea.

La peripatética propuesta de alianza de civilizaciones que ha saltado a la palestra da por hecho que todas las cepas étnico-culturales se mueven como conjuntos compactos, opacos y aislados y que un buen día, exhortados por un sagaz líder mundial, se levantan felices y eufóricos de la cama y acuden a merendar para hablar, y que al final de la deliberación todo el mundo va a iniciar una nueva y duradera etapa. Pensamos que si hay que discutir de algo, hay que apartarse radicalmente del concepto de culturas y civilizaciones diferenciales a las que hay que hermanar como sea para evitar que sigan matándose a palos. Teniendo en cuenta los problemas derivados de las ambiciones étnico-lingüísticas, el religiosismo, la territorialización y el nacionalismo transnacional, es preciso buscar otra alternativa, aprovechando determinadas ideas del relativismo cultural.

La cuestión étnica es, sin duda, un asunto sociológico, una forma de dividir la sociedad por pelajes lingüístico-culturales, por no decir razas, palabra políticamente incorrecta. La etnogénesis, como disciplina científica, despertó el interés de los europeos a finales del siglo XVIII y se desarrolló en el XIX con múltiples ramificaciones racistas. Cumplido el primer tercio del siglo XX dejó de tratarse como hipótesis de trabajo. Pero hoy todavía persiste en muchos países como fuente de dogmas o como práctica social. En los impresos que reparten en ciertos organismos de Estados Unidos te preguntan el color de la piel y te dan tres opciones: blanco, negro o hispánico (por hispánico se entiende hispanoamericano y muy especialmente mejicano-norteamericano). Seguro que a más de un paquistaní le han dejado perplejo sin saber qué responder.

Lo étnico se emplea frecuentemente como armadura protectora y, sin dudarlo, como mercado de privilegios. En algún encuentro académico con colegas catalanes les he oído hablar con aparente interés por mi parte, pero con disimulada sorpresa, la expresión “etnia catalana”, con la que denotaban su especificidad. En la India hay una enorme variedad de castas (por ejemplo, kurmi, brahman), sub-castas (awadhiya), lenguas (bhojpuri), religiones (hinduismo) y adhesiones sociales (liberal, tradicional) cuyos miembros se buscan entre sí a la hora de fundar una unidad familiar. Allí cuenta el horóscopo personal, la educación recibida, la lengua materna, la complexión, la tonalidad de la epidermis y otros referentes como los mencionados. Los datos se intercambian en las agencias matrimoniales, que han hecho de ello un pingüe negocio. No podemos imaginarnos que en nuestro país se llegue nunca a recurrir a semejante tabla de valores para impedir que uno de nosotros entorpezca la continuidad de la estirpe o simplemente la deshonre.

El siglo XIX y la naciente industrialización creó el socialismo para acabar con la explotación y las divisiones sociales y casi lo logró. Sin embargo sigue en alza un sistema de selección y discernimiento entre los humanos, casualmente producto también del siglo XIX, con arreglo a unos principios de comunidad de intereses en el interior de un recinto de exclusividad para unos cuantos predilectos de la naturaleza, que les ha pintado del color correcto y perfilado su perfecta orografía corporal.

Es posible que un día surja otro Carlos Marx, u otro John Stuart Mill, con distintos nombres e inquietudes complementarias, que se encarguen de diseñar una filosofía social que ayude a desestratificar la humanidad más allá de la lengua, la cultura, la raza, la religión y la nación, respetando las libertades del individuo. Las nuevas corrientes marxistas parecen apartarse de los movimientos nacionalistas, apelando al axioma casi olvidado de “los trabajadores no tienen nación” y llegando a la conclusión de que una de las secuelas del imperialismo es el nacionalismo. Por fuerza tiene que haber instrumentos de identificación positiva más eficaces, más justos y más precisos que los tradicionales en los que se envuelve el concepto de etnia, casta o ralea. No puede mantenerse el premio o el castigo en función del idioma que se emplee en la comunicación libre y espontánea, ni es admisible que se adhiera uno a un grupo simplemente porque cree sentirse miembro de la comunidad que adora el mismo tótem, o que le obliguen a ello. No es cuestión de derechos ni de deberes, sino de realidades. Una cultura no tiene por qué ser incompatible con nada ni con nadie, y mucho menos obligatoria. El tirón genético es una cuestión puramente biológica que arrastramos las especies vivas de este planeta, pero la cultura, la lengua, la religión o el folklore no son dotes de la naturaleza que uno hereda por defecto, que uno recibe por impregnación por el simple hecho de haber nacido en un sitio concreto, sino que son opciones primarias que se le presentan a uno cuando nace, puesto que las desarrolla en contacto con los individuos de su grupo social, y secundarias en cuanto cambia de escenario.

Habría que acabar con esta clase de apaños del tipo de integración, asimilación, imposición o estancamiento cultural y sustituirlos por el concepto más ancho de facilitación. Para eso no hace falta legislar. Ni es necesario nombrar un directorio provisional, como en la Francia revolucionaria, de cara a la creación de un Estado que garantice las libertades. El Estado ya existe entre nosotros y las libertades suponemos que también, aunque el Estatut catalán anuncia una serie de gabelas –por ejemplo, en la adopción y uso de la lengua- inconcebibles en una sociedad democrática. Pero aún no existe una definición de la sociedad con arreglo a pautas más claras y menos discriminatorias que las que se basan en el concepto de raza, etnia, grupo cultural, comunidad religiosa o civilización con nombres y apellidos. ¿Quién no ha escuchado, sobre todo en las guaridas ultranacionalistas del País Vasco, Cataluña y Valencia, un mezquino comentario en voz baja del estilo de “ese no es como nosotros, verdad”, o “este no es de la causa”? Personalmente vería lógico, aunque seguiría siendo inaceptable, que se produjera en alguna aldea siciliana donde tiraniza la cosa nostra. Pero no aquí.

Hay que entronizar la auténtica modernidad y acabar con el contrasentido y la obsolescencia de los ghettos culturales, sean de primera clase o de tercera, cuyas manifestaciones terminan a veces como en Estados Unidos tras el asesinato de Martin Luther King en abril de 1968 o estos días en los suburbios de París. Pero cuando Carod Rovira o Artur Mas, o Arzallus, a quienes he citado en artículos precedentes, declaran que los catalanes o los vascos son diferentes e incomparables, lo hacen porque creen que el suyo es un pueblo especial con una secular identidad (les falta añadir “racial”) también exclusiva, unos isolantes étnicos que, hasta hoy, se han visto obligados –pero eso se va a acabar- a compartir su alacena con los ratones.

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