Un trabuco en las manos

Leyendo y oyendo las noticias políticas de la nación española, nos volvemos escépticos no sólo respecto a la inteligencia y las buenas intenciones de nuestros gobernantes para llevar a cabo su gestión, sino especialmente su voluntad de cumplir con las verdaderas necesidades de la población a la que representan. Reformulando la frase que se atribuye al militar y político de la Restauración José López Domínguez (1829-1911), poner un voto en manos de un político es como poner un trabuco en las de un bandolero. No sabemos si vale la pena molestarse en acudir a las urnas en las próximas elecciones o es preferible no dedicar ni un minuto de nuestro tiempo a entregar a ciegas nuestras encomiendas.

Tal vez nuestra forma de hablar se haya convertido en hiperbólica en la misma proporción con que ha aumentado nuestra desgana ante lo que se nos prometió, lo que entendimos que se nos prometía, lo que se pensaba en origen al prometer y el resultado final de las promesas. Es parecido al discurso: lo que se dice, lo que se piensa que se ha dicho, el efecto que se quiere producir en el lector o el oyente, lo que éste entiende y el efecto final de lo dicho son partes habitualmente deslazadas e irreconocibles entre sí.

A estas horas (23 de enero de 2006 y nuevamente el 27 de mayo de 2007), no recuerdo haber recibido y entendido bien el mensaje de nuestros políticos de la derecha, del centro y de la izquierda en las últimas elecciones en lo tocante a la reorganización política y social del estado en materias esenciales para gran parte de la población, como el asunto de la lengua, la educación en la lengua, la identidad cultural, la filiación y la discriminación étnico-racial (tanto positiva como negativa) de nuestros conciudadanos y de nosotros mismos y la manera de administrar y mantener indemne, además de reforzar, la estructura social y política de todo un país. Cada día me despierto más temprano pensando en quién soy, qué papel represento en mi micro-sociedad local, cuál me han asignado en la macro-organización en la que me hallo envuelto y cuál será mi destino y el de quienes contemplamos recelosos los ires y venires de la clase política.

Mi primer mentor en los días navideños ha sido un abogado y juez británico jubilado a quien le parece asombroso que los llamados liberados de los sindicatos de trabajadores españoles, que se cuentan por miles, cobren un sueldo del estado español, es decir, de los fondos públicos que salen de los impuestos de todos los trabajadores y consumidores, pertenezcan o no a un sindicato concreto, en lugar de recibirlo del propio sindicato, de las cuotas de sus afiliados. Insólito le parece que un empresario de la construcción se meta a político y llegue a alcalde de la ciudad donde tiene abierta oficina de obras públicas y privadas, o, por lo menos, a concejal de urbanismo. Juzga increíble que se empleen criterios étnicos y lingüísticos para asentar las bases de un pueblo como el valenciano, el catalán, el vasco, el gallego o el asturiano, por no seguir con la lista, traspolable a los reductos anglo-céltico-germánicos de Gran Bretaña. Abominable le resulta el creciente, si no permanente, estatalismo que rige las cuestiones públicas, en detrimento de la iniciativa privada y la libertad del individuo frente al poder.

Mi segundo mentor ha sido el académico, sociólogo y antropólogo judeo-canadiense Don Handelman, cuyos trabajos son óptimos para entender la verdadera talla de nuestros pobres (en ideas, no en capital y prebendas) políticos contratados como temporeros de la sociología, la antropología, la politología, la filología y la historiografía, que se creen capacitados y autorizados para llevar a las masas a contracorriente.

Entre las cuestiones descritas por Handelman, la que más intranquilo me ha dejado, dada su permanente actualidad en la geografía española, es la de la lengua y la etnia como definidoras de la sociedad. En un estudio seminal en el campo del etno-nacionalismo (1977, “The organization of ethnicity”, Ethnic Groups, I, págs. 187-200), Handelman define la compacidad étnico-lingüística como algo delimitado por causas básicamente sociales: 1) que el grupo sea económicamente autosuficiente, 2) que se halle residencialmente segregado, es decir, que viva en guetos o barrios exclusivos, 3) que se mantenga aislado de los valores dominantes en la sociedad mayoritaria, 4) que se mantenga laboralmente en un régimen especializado (por ejemplo, tareas de limpieza, hostelería, servicios de la administración, etc.). A esta tipología se le pueden añadir otros factores como el ámbito público, en el que el grupo minoritario pasa más desapercibido, y el privado, en el que puede producirse un mayor confinamiento. Esta taxonomía sería igualmente aplicable en la India bajo el Imperio Victoriano, en el París africanizado del año 2006, en el Bilbao de la burguesía anti-española y filo-inglesa de principios del siglo XX y en la Barcelona castellanizada de nuestra era.

El mismo Handelman enumera las adscripciones étnicas con arreglo a una categoría (origen y valores transmitidos por el grupo), una red (creación de lazos de solidaridad internos, mutua interacción y forma de relacionarse con las personas ajenas al grupo), una asociación de intereses y objetivos comunes, junto con la elaboración de estrategias conjuntas para llevarlos a cabo, y, finalmente, una comunidad étnica, que reclama un territorio y una organización política porque cree necesitarlos, aunque sean innecesarios.

El retrato que pinta Handelman se puede ver en las etno-pinacotecas (perdón por el barbarismo) de la isla de Mauricio, las marismas de Sierra Leona, los desiertos de Sudán, las montañas brumosas de Papúa Nueva Guinea, los recodos caribeños y también aquí, entre nosotros. A pesar de su academicismo, es un dibujo sombrío porque, interpretado por nuestros líderes nacionalistas, les sirve para construir una utopía social, no una teoría demostrable. Las perplejidades del abogado británico tampoco les valen a nuestros políticos, que, según su interés y capricho, van a seguir abriendo y cerrando los ojos antes de declarar inexistente lo que ellos no hayan visto.

A nosotros sí que nos aprovechan las conjeturas de los mentores citados. Podemos, con mejor criterio, decidir llevarles a los líderes políticos el trabuco y la pólvora, o enterrarlos bajo tierra, si no para siempre, al menos hasta que surja una nueva promoción de estadistas más útiles, más eficaces y más fiables.

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El día después. Cartel electoral tras las elecciones municipales en Jávea (Alicante), 28 de enero de 2007

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