Un buen muro hace un buen vecino

Good fences make good neighbors”. Así se expresó Robert Frost (1874-1963), el poeta que mejor retrató Nueva Inglaterra, en la costa oriental de Estados Unidos, para describir la naturaleza territorial de la humanidad, como lo es de la mayoría de las especies biológicas. Entre los mamíferos se marca el territorio con emisiones de orina o secreciones glandulares, restregando la lana contra los árboles o las piedras. El hombre lo hace de otra manera: estampando su zona personal con símbolos gestuales, con rótulos y artilugios verbales, rodeando su casa con vallas metálicas, paredes de piedra o de ladrillo, trazando a gran escala divisorias políticas y geográficas que señalan el perímetro de la intimidad, la particularidad, la singularidad. Las formas más antiguas y más extendidas de sellar los confines de la propiedad individual o colectiva son, analizados como bloques distintivos, la cultura y el dialecto, la organización familiar y grupal, los códigos legislativos, los ritos religiosos, la ética social, el concepto de lealtad al clan y la coherencia interna.

La alegoría del muro como separador de identidades que mantiene a raya a los extraños nos ayuda a entender la lógica de nuestros poderosos vecinos del norte, no los catalanes, sino sus dirigentes, al considerar que la cultura española es depredadora, mientras que la valenciana es invisible, su dialecto una aberración lingüística, y que su tierra y su historia no sólo se hallan en estado de subordinación respecto a las suyas, sino que quedan encauzadas en el mismo río, sin posibilidad de sustraerse a su poderosa corriente. “Soy invisible… Igual que las cabezas incorpóreas que a veces se muestran en los rincones de los circos, así también aparezco como en los espejos de cristal deformante: cuando se acercan a mí, sólo ven lo que me rodea, se ven a sí mismos, o las ilusiones de su imaginación; ven todo y cualquier otra cosa, menos a mí.” Con estas palabras se manifestaba en Invisible Man otro autor norteamericano, Ralph Ellison (1914-1994), uno de los impulsores del Proyecto Federal de Escritores creado en 1935 como apoyo a los artistas y literatos tras la Gran Depresión, denunciando la invisibilidad del hombre negro en un mundo blanco, de infinito prestigio y dilatado poder.

La mayoría de los políticos raramente son transparentes; cuando no fingen, exageran o mienten, arrastrando a los ciudadanos a aborrecer lo que debería ser una práctica decorosa y satisfactoria labor de cumplir lo que les han encomendado para el bienestar común. Los amigos dejan de serlo y los padres, hijos y hermanos se enfrentan entre sí por creer y defender ciegamente las confusas explicaciones que se dan desde las tribunas de su devoción. Miguel de Unamuno (Andanzas y visiones españolas, 1913) achacó a los españoles “la manía de quejarse”. ¿Cómo puede ser, de otra manera, si no existe mejor terapia para sus seculares frustraciones derivadas de la indeseable e imperfecta res publica? De la mano de Unamuno podríamos iniciar el viaje por los senderos, los municipios, las sierras y los páramos de nuestra geografía, sin pensar en si salimos de nuestra madre y protectora Valencia para entrar en las tierras hostiles de Cuenca, Cataluña, Madrid, Aragón o Navarra, y darnos cuenta de que, por encima de las ideas y las obras de los políticos profesionales, que nos agobian con un discurso vacío y descomprometido, excepto para denigrar a los contrarios por la mañana y juntarse con ellos cordialmente para el café de la tarde, por encima de éstos, pues, tienen prioridad las inquietudes de la vida diaria de los aldeanos, los ciudadanos, los pensionistas, los trabajadores, los escolares y los funcionarios, cada cual buscando su suerte y aprovechando la parcela de prosperidad que les haya tocado, confiando en que las cosas buenas nos sigan acompañando, y que las malas acaben pronto.

Nos interesan otros asuntos”, responden los asturiano-zamorano-leoneses a los envites de los nacionalistas gallegos, que les incitan a unirse con Galicia porque en el Bierzo y zonas limítrofes se habla en este idioma. Qué extraño que se les haya olvidado alborotar también a los 10.000 extremeños que viven tranquilos en su rincón, como el villano de Lope, o en otros lugares adonde emigraron, y que todavía conversan en fala, en mañegu, lagarteiru y valvideiru, variantes de un conglomerado dialectal hispano-portugués nacido en la Edad Media, como todas las variantes latinas. Los romanistas hace tiempo que han descrito las peculiaridades dialectales de toda la franja noroccidental. Por ejemplo, Francisco Fernández Rei, y como él otros muchos: Rafael Lapesa, Menéndez Pidal, Zamora Vicente, Alarcos Llorach, Dámaso Alonso, García Yebra, Joachim Born, Fernández González, Seco Orosa, Alain Viaut, García Rey y Gutiérrez Muñón. Nadie las discute, pero es grotescamente oportunista venir ahora, a raíz del Estatut de Cataluña, reivindicando lenguajes y comarcas con la única finalidad de dar cuerpo a ese mundo caduco y trasnochado que llaman nación étnica y lingüística.

No hace falta renunciar al mayorazgo cultural que todos hemos heredado de nuestros antepasados para aprovecharnos de la experiencia de los pueblos contiguos, ni tampoco hay que abandonar ese patrimonio y dejar abierta la puerta para la intrusión descarada de un mal vecino, la de un pueblo belicoso e imperialista que, a medida que avanza, se asegura la retaguardia construyendo parapetos. Irreal es marcar el territorio con orines o frotarse contra las rocas, lo que equivale a levantar una muralla lingüística, étnica, política o cultural que impida una hipotética dominación y dependencia del forastero. Más productivo, en cambio, resulta derribarla para que penetre esa brisa que aclara, limpia y renueva nuestros pensamientos endogámicos y cantonales. El miedo a que nos quiten lo nuestro nos priva de los beneficios que nos aportan la solidaridad y el trato con el vecindario, pero muy especialmente nos impide el acceso al conocimiento libre, amosaicado y sin fronteras. En el fondo, se trata de una paranoica obsesión por lo mío, una manifestación del egoísmo de las masas, como se percibe en las histriónicas manifestaciones de la Diada de Cataluña el 11 de septiembre de 2013, la larga cadena de gente agarrada del brazo ansiando romper sus vínculos con el pueblo español cueste lo que cueste. Lo dijo Dostoyevsky en sus Memorias del subsuelo: “Si me dicen que el mundo entero se hundirá a menos que yo deje de tomar té, mi respuesta será: ¡Que se hunda el mundo, con tal que yo pueda tomar té!”

Artículos relacionados de Nacionalismo