Transculturalismo

Emilio García Gómez

El concepto de comunicación intercultural alude al trasvase de conocimientos entre grupos sociales diferenciados. Las diferencias existen porque la vida crea condiciones ambientales a las que no están expuestos todos los humanos de igual manera.

En cualquier sociedad organizada se comparten las experiencias vitales y se mantiene una lonja de costumbres, conocimientos y comodidades de los que se nutren los miembros de la colonia. Si el intercambio se produce en el interior de la colectividad, la correspondencia se considera intracultural. Cuando se inicia un contacto con otro grupo distinto para intercambiar activos, la acción recibe el nombre de comunicación intercultural.

La simple exhibición de una cultura frente a otra, sin ninguna voluntad de interacción, da paso al cruce cultural. Este último fenómeno lleva con frecuencia al desencuentro o choque de culturas, que por su carácter territorial puede acabar en la imposición de una sobre otra, no tanto por la calidad de sus argumentos y contenidos cuanto por la fuerza bruta. El movimiento compensatorio conocido como encuentro de culturas responde a la necesidad de establecer un pacto que evite la mutua agresión.

Cuando los individuos se salen de su propio eje cultural y entran en una dimensión sin las servidumbres de la herencia, abriendo puertas a la hibridación y la innovación, se está hablando de transculturalismo. En la ciencia política se aplica un término parecido –transnacionalismo– como ámbito cultural y político que excede el territorio particular.

Salvado el enredo terminológico, resulta más fácil abordar la cuestión de la esencia cultural, su grado de importancia dentro y fuera del grupo y, sobre todo, la autenticidad del depósito.

La materia de las cosas se transforma. Lo que permanece inalterable se ha convertido en fósil. De esta forma, una cultura que se nutre de sí misma acaba siendo un panteón cuyos únicos ocupantes están muertos. Aquella que permite la evolución, implanta anticuerpos contra la endogamia y la decadencia. Por tal motivo asistimos hoy a una corriente universal para la creación de espacios multiculturales, en oposición a esos otros uniculturales cuyo destino parece ser la perpetuación del yo y nosotros frente a los demás.

Pero el pluralismo cultural no resuelve el problema de base. A veces se cae en el error de considerar multicultural a una sociedad en la que crecen graneros culturales independientes, sin ningún pasillo que permita la observación y el trasvase de los contenidos entre sí. Tarde o temprano, en una sociedad pluricultural se crean áreas hegemónicas que acaban engullendo a las más débiles. Puesto que la cultura es la manifestación de un grupo, es inevitable  hablar de relaciones interétnicas, que casi siempre desembocan en razzias tribales.

Cada uno de los modelos comunicativos arriba mencionados es, como decía Saussure (1916) acerca del signo lingüístico, arbitrario. No hay posibilidad de fijarlos con un método científico que sirva no sólo para el propio modelo sino para todos y cada uno de lo componentes del paradigma. En el País de Gales, donde mis amigos me consideran su hermano español (por esa quimera que atribuye un lejano parentesco entre galeses y españoles como descendientes de las mismas tribus célticas), en Estados Unidos o en las calles de Estambul, Praga y Budapest, percibo lógicamente las diferencias respecto a lo que entendemos como “mi tierra”; pero lo mismo me ocurre cuando salto de Valencia a Girona, a Roncal o a Riomalo de Arriba.

Claro que el idioma, el dialecto y el acento son elementos distintivos, pero nunca he sentido ese tirón étnico que me haría actuar con arreglo a una supuestas esencias patrias y un patrón conductista predecible, como el que quiso ver Hess (1958) en sus patitos.

Cualquier arquetipo cultural es un espejismo. No encontramos nada categórico en ninguna cultura sin caer en la fantasía. Nacemos indiferentes al mundo, ya que nuestros antecesores no nos transmiten los marcadores de una estirpe cultural concreta. No hay nada biológico en ser valenciano o aragonés. Para el orientalista palestino Edward Saïd la identidad es un acto de voluntad política de subrayar las diferencias entre las familias culturales. En todo momento predomina el componente personal, sicológico y sociológico. Podemos probar distintas fuentes de alimentación, o seguir comiendo de la mesa étnica hasta la tumba, esclavos de lo que el ruso M. Epstein (1995) denominó “auto deificación” y “fetichismo” de los especialismos culturales.

Convendría reinterpretar los sistemas locales tradicionales, alejarnos de cualquier tipo de jerarquía cultural, liberarnos de la encorsetante doctrina oficial, traspasar los límites de la identidad nacional y obtener los beneficios de la conciliación transcultural. Si no hubiera sido por el arrastre de los pueblos y la penetración cultural, la especie humana seguiría puliendo las mismas hachas de piedra.

Valencia 6 de octubre de 2008

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