Regreso al pueblo

En la casa número 13 del Cantón Curto de Albalate del Arzobispo vivieron sucesivamente varias familias.

Carmen y Manuel, los “Marquetas”, tenían un hijo en Francia y una hija, Ramona, casada con el “Cagancho” que dieron a luz a cinco hijos; y si la memoria no me falla se llamaban: Manuel, María, Carmen Milagros, Luis y Pepe.

De Carmen Milagros he tenido referencias cercanas, por ser la madre de Luis Mariano Pastor, ex Concejal del Ayuntamiento de Zaragoza por el Partido Político Chunta Aragonesista (la “CHA”). A Luis se le ha visto y escuchado bastante por su estupenda labor en Deportes en Zaragoza. A los demás hermanos les he perdido la pista, y creo que en principio se fueron a trabajar a Barcelona.

En la misma casa vivió posteriormente tía Asunción Garralaga, viuda del tío Manuel Gómez Manero, hijo de los abuelos Remigio y Eulalia. Tía Asunción vivió con sus dos hijos Manolo y Jesús. Manolo permaneció en el pueblo con los trabajos habituales propios de un pueblo rural.

Jesús Gómez Garralaga, “El Alba”, se hizo torero. Para todos era un valiente y “honrado” (en términos taurinos) matador de toros. Dio al toreo todo lo que estuvo de su parte. Mientras toreó nunca defraudó. No es de extrañar, puesto que la afición a los toros la pudo heredar de su padre, el tío Manuel, uno de los corredores más entusiastas, en su época, en los encierros de toros.

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Mi padre, Laureano, y tío Manuel compartían el entusiasmo por los toros, además de ser Danzantes en el espectáculo cívico-religioso del pueblo: el Dance.

Por cierto que una hermana de tía Asunción, tía Pilar, estaba casada con tío Tomás, otro de los hijos de los abuelos Remigio y Eulalia, y cuyos hijos, mis primos, eran Ángeles, Manolo, Carmen y Manolita. Manolo y Manolita fijaron sus respectivas residencias en Villanova i la Geltrú (Barcelona). Ángeles y Carmen permanecerían en Zaragoza donde vivían los tíos Tomás y Pilar. Tanto tío Tomás como el primo Manolo fueron dos buenos albañiles.

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Danzantes de Albalate. Mi padre, Laureano (Fila 1ª superior,1º izq), y el 3º tío Manuel

Cuando Julián Figueras subía por la cuesta de Las Losas después de apearse del autobús al volver a su pueblo, una señora, de cuyo nombre no me acuerdo, comenzó a tirarle piedras.

Seguramente estaba muy dolorida por los acontecimientos ocurridos con algún miembro de su familia, durante “el imperio de los milicianos” en Albalate. Imperio que se extendió desde el 30 de julio de 1936 al 13 de Marzo de 1938.

Como crío curioso me encontré envuelto en el hecho. Una de las piedras estuvo a punto de abrirme la cabeza. Más tarde la señora se disculpó con mi madre diciéndole que no advirtió que yo me encontraba en ese lugar y que no iba aquello en absoluto contra nosotros. Sentía mucho que podía haber herido a un niño inocente. Mi madre aceptó las disculpas.

Asunción casada con Julián Figueras vivía en ese momento en el número 13 del Cantón, y allí siguieron viviendo algún tiempo con sus hijas Asunción, Isabel y Nati. Pronto las hijas se vinieron a Zaragoza buscando un trabajo y un acomodo que les fuera más beneficioso para su futuro.

Figueras era compañero de mi padre. Hace unos días mi padre (a cinco meses para cumplir los 99 años) me recordaba el episodio de la toma de Belchite. “Tenían rodeado al pueblo y desde todas partes llovían proyectiles sobre los defensores de la ciudad de Belchite”. El lugar donde mi padre estaba destinado eran Las Lomas (452 m). Julián vigilaba con sus compañeros las salidas a Zaragoza y hacia Quinto de Ebro desde el pueblo llamado Codo.

Julián le contó a mi padre que una noche cuando él se encontraba haciendo la guardia, “una noche boca de lobos”, se le pasaron hacia Zaragoza algunos de los asediados del pueblo. Posiblemente iban a pedir refuerzos a las autoridades zaragozanas, pues Zaragoza se sumó pronto a la causa del General Franco. Mi padre le recomendó que diera parte al mando, pero que no lo divulgase entre los compañeros. Belchite se rindió, y tanto mi padre, como creo que también Figueras, pasaron al frente de Huesca, y en concreto a Tardienta al pie de la Montaña Sierra de Alcubierre.

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El Pueblo Viejo de Belchite.

La misión era conquistar Sierra de Alcubierre y desde allí hostigar a Zaragoza. Por cierto que el que sería después mi suegro, Eloy, se encontraba en las trincheras impidiendo el avance del Frente Republicano hacia Zaragoza. Una vez, estando mi mujer y yo recién casados, llevamos a los dos ex combatientes hasta la cima de Sierra de Alcubierre. Ambos recordaron los hechos con la mayor naturalidad del mundo e incluso llegaron a comentar episodios muy concretos, y por supuesto sin ningún resquemor del uno hacia el otro. Eran consuegros. La vida superaba las diferencias de bandos.

Según mi padre, de allí pasaron al frente de Gandesa. Perdida por parte republicana la Batalla del Ebro, se fueron replegando hacia el Pirineo Aragonés. Bielsa sería la zona por la que fueron “barridos” hacia Francia.

Por La Barthe-de-Neste llegaron hasta Tarbes. Desde aquí Julián se dirigió hacia el Oeste, a Bayona, y por Irún volvió a España donde fue apresado de inmediato por el bando de Franco y posiblemente de allí pasó al Campo de Concentración de Pamplona. La cárcel sería su destino hasta el día de su regreso a Albalate.

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Prisioneros al volver a España

A su vez, mi padre, y la mayoría de su División 43, se dirigieron hacia el Este siguiendo la dirección entre los Pirineos y Toulouse, Carcassonne, Narbonne, Perpignan, hasta que por La Junquera volvieron a Barcelona para reforzar su defensa que aguantaba el empuje de las tropas franquistas. Barcelona también cayó, y mi padre fue retirándose nuevamente por segunda vez a Francia por Port-Bou. Lugares como Port-Vendres, Collioure, Argelès Sur Mer, St. Cyprien, Perpignan, Le Barcarès, son ciudades y pueblos que nunca ha olvidado.

En relación con el hecho del “apedreamiento” del Figueras, quiero recordar otro hecho, en algún aspecto parecido, que un amigo me contó de primera mano no hace mucho tiempo. Los nombres los ocultaré o cambiaré por respeto a sus autores.

Se trata de algo que ocurrió en un pueblo del Bajo Aragón.

La estación de ferrocarril dista unos ocho kilómetros de la población.

Un día, alguien vio descender del tren al “Cojo”. Corriendo fue avisar al pueblo con la noticia de que volvía, de la cárcel quizás, el que según algunos fue “colaborador” de las matanzas de personas por parte de los milicianos rojos. Un grupo de gentes salió a esperarlo a las afueras del pueblo entre los cuales se encontraba un joven de 17 años llamado Fernando. Cuando se encontraron frente a frente, todos participaron en la paliza que dieron al “Cojo”. Fernando, como los demás, dio abundantes patadas al hombre a quien dejaron caído en el suelo. Allí quedó tirado, y los demás se volvieron al pueblo.

Pasados bastante años, Fernando se encontró con el “Cojo” en el bar del pueblo. Fernando se le acercó y le dijo: “Deseo decirte algo muy importante para mí”.

– “Tu me dirás, Fernando”, le dijo el “Cojo”.

– Y Fernando le dijo: ¿“Recuerdas cuando volviste al pueblo por primera vez después de terminada la guerra”?

– ¡“Cómo no me voy a acordar!”, le respondió.

– “Pues yo era uno de los que te estaba pegando”. (Al padre de Fernando lo fusilaron los milicianos). “Quiero que sepas que desde entonces he tenido siempre dentro de mí una pena que no me la he podido quitar nunca. Quiero pedirte perdón por lo que hice entonces enfurecido por el ambiente. Tú venías de la cárcel donde habías pagado tu condena. Yo me tomé la revancha por mi cuenta. ¡Perdóname!”

Delante de todos se dieron un fuerte abrazo con las lágrimas en los ojos, y cuyo recuerdo lleno de emoción ha durado años y años. “Fernando descansó y el “Cojo” se sintió aceptado”. Ambos “hicieron las paces” y los dos quedaron en disposición de “hacer la Paz”. Comenzaron a construir la paz porque antes decidieron hacer las paces.

Hicieron las paces porque uno dio el primer paso para establecer el diálogo. “Los hombres se entienden hablando, puesto que somos animales que hablan”, dirá José Bada.

Pero para hablar, primero hay que escuchar a los demás y escucharse a sí mismo, a su conciencia, a su corazón. Y siempre escuchando a los demás.

Escuchar sus pensamientos y sus sentimientos. Y sobre todo reflexionar sobre los hechos. Después vendrá el lenguaje como forma de expresar sentimientos, reflexiones y hechos. Será el comienzo para la comprensión y la tolerancia, medio necesario para la vida humana.

Esa situación fundamental entre los hombres podrá originar una mínima ética que nos permitirá construir la paz en el mundo.

La paz es como la libertad, la justicia, la fraternidad, y en definitiva la felicidad humana.

La paz llegará a partir del abrazo y de las lágrimas como las de nuestro Fernando y nuestro hombre a quien hemos denominado el “Cojo”.

Bada seguirá diciendo, “más que ir en búsqueda de una paz perpetua, sería mejor ir hacia la paz perpetuamente”.

La paz a pesar de todo y después de todo”, y por encima de todo.

Esforzarse en conseguir, para todo hombre sin exclusión, una ética mínima universal, que nos permita llegar hasta lograr la paz. Esa ética mínima pueden ser los Derechos Humanos. Derechos humanos como columnas que sustenten un humanismo universal.


BIBLIOGRAFÍA:

De Ilusiones y Tragedias, Historia de Albalate del Arzobispo. (José Manuel Pina Piquer. Edita Ayuntamiento de Albalate del Arzobispo, 2001.

LA PAZ Y LAS PACES, de José Bada Panillo. SEMINARIO DE INVESTIGACIÓN PARA LA PAZ. Mira Editores, S.A.. Zaragoza, año 2000.

Zaragoza, Enero de 2008.

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