Rebelión contra la norma

Una escritora india compuso hace unos años un hermoso canto a la libertad de elección lingüística. El poema (transcrito aquí en prosa), contenía los versos siguientes:

“Soy india, muy oscura, nacida en Malabar, hablo tres lenguas, escribo en dos, sueño en una. No escribas en inglés, decían. El inglés no es tu lengua materna (…) ¿Por qué no me dejáis que hable en la lengua que me apetece? La lengua que hablo es mía, sus distorsiones, su extravangancia, todas son mías y sólo mías. Es medio inglesa, medio india, acaso cómica, aunque honrada, humana como yo ¿pero no lo véis? Manifiesta mis alegrías, mis nostalgias, mis esperanzas, y me resulta tan útil como a los cuervos el graznar o a los leones el rugir, es habla humana, el habla de la mente …, una mente que ve, que oye y que observa (Kamala Das, Delhi 1973).”

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Kamala Das

Das reclamaba a gritos el derecho de los hablantes a elegir la forma de expresarse más próxima a su pensamiento y a su corazón -en este caso el angloindio-, aunque fueran también capaces de recurrir a una lengua más genuina, más étnica, más propia de su pueblo y de su historia. Al mismo tiempo la poetisa aclamaba la personalización de la lengua, la alteración de las normas que encorsetan el habla y la privan de espontaneidad, la individualización del dialecto, la dialectalización del estándar, la naturalización de la lengua culta aun a riesgo de caer en la incomprensibilidad o en el ridículo.

Kachru (1986) cita un curioso anuncio aparecido en la prensa hindú, redactado en inglés acrolectal (prestigioso) con un fuerte sustrato cultural local que chocaría en Occidente:

“Se busca novio menor de 20 años, no-Koundanya, educado, para joven Iyengar, licenciada, hija de ingeniero. Complexión estándar. Enviar respuesta con horóscopo.“

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Brach Kachru

En el siglo XIX, un investigador inglés (Layard 1853) que había solicitado a un funcionario turco datos estadísticos sobre la demografía, la economía y la historia de una ciudad, recibió la siguiente respuesta:

“Mi ilustre amigo y alegría de mi hígado: Darte lo que me pides me resulta difícil e inútil. Aunque he pasado mis días en este lugar, ni he contado las casas ni he indagado el número de los habitantes; respecto a lo que carga uno en sus mulas y otro almacena en el fondo de su barco, no tengo por qué meter la nariz. Por lo que hace a la historia de esta ciudad, sólo Dios conoce la cantidad de polvo y confusión que han podido tragar los infieles antes de la llegada de la espada del Islam. Sería improvechoso averiguarlo. ¡Alma mía! ¡Cordero mío!. No escarbes donde no debas. Viniste hasta nosotros y nosotros te acogimos: vete en paz.“

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Austen Henry Layard (1817-1894)

El funcionario turco, para denegar la petición, se había esmerado en redactar una carta repleta de expresiones fáticas -frases altisonantes y vacías de contenido- siguiendo escrupulosamente la etiqueta epistolar habitual entre los hablantes de la lengua turca y la cultura árabe de la época y provocando en el corresponsal inglés, desconocedor de los fenómenos de naturalización de las lenguas, el mayor de los desconciertos.

La reacción que suscitan entre los normativistas las transgresiones, desviaciones y deserciones de la lengua aceptada, como serias amenazas para su integridad, no tiene en cuenta que las condiciones lingüísticas cambian continuamente de generación en generación y de pueblo en pueblo, y que la variación, que se percibe esencialmente en el léxico, el estilo, la fonética y el efecto pragmático o contextual, es consecuencia de las transferencias mutuas entre las lenguas, el cambio y la mezcla de códigos, las innovaciones de los propios hablantes y las mutaciones en el uso de ciertas rutinas de comunicación social como puede ser la sustitución del usted por el tú. o por Su Ilustrísima.

Todavía no se conocen del todo las razones de la presencia del subdialecto valenciano conocido como apitxat, aunque sí sus manifestaciones. Acaso lo más interesante es la autonomía y la estabilidad de esta versión de la lengua catalana, que durante varios siglos la han hecho resistente a la reconstrucción y el proceso se muestra como irreversible. Las poblaciones bilingües siempre han observado la generación de subsistemas que hacen difícil la tarea de establecer una jerarquía de códigos sin atentar contra sus propias convicciones. Para los hablantes extranjeros, la norma es cualquier variedad nativa, sea o no estándar; entre los hablantes nativos no se permiten los multicódigos, desde un ángulo académico y oficialista, excepto para la expresión individual. El ensordecimiento de algunos sonidos en valenciano es tolerado con mayor o menor benevolencia por quienes se hallan en un nivel sociocultural diferente, pero que no dudarían en rubricar -como lo hizo Jonathan Swift en el siglo XVIII con relación a la lengua inglesa- un manifiesto “para corregir, mejorar y fijar“ una lengua cuyas desviaciones ofenden a la gramática, el léxico y la fonética. Ni la propuesta de Swift ni la de su sucesor americano John Adams llegaron a conseguir la creación de una Academia de la Lengua Inglesa en virtud de “la libertad individual para elegir y modificar una lengua en un país nuevo que no podía admitir anacronismos lingüísticos ni privar a sus ciudadanos de su libertad“ mediante la imposición de un estándar. La inhibición en este sentido tuvo la ventaja de evitar tener que luchar contra la resistencia a la codificación lingüística.

Las consecuencias de la adaptación cultural de una lengua, como en el caso del anuncio o la carta del turco, en virtud del contexto pragmático, abren la posibilidad de la creación de un estándar exo-normativo. Mientras en la India las jovencitas que desean culminar su carrera con un matrimonio conveniente deben alcanzar un acento lo más próximo al RP británico, vinculado al poder y a la burguesía, en Nigeria nadie piensa en adoptar ese acento por su carga clasista y pedante, conformándose con su versión local, que, alejada de la norma británica, en sí ya es una norma para los hablantes del país.

No es difícil dejarse arrastrar por el juego de la lingüística-ficción, sobre todo cuando falla el sentido común a la hora de reconocer las innovaciones de los hablantes como legítimas y exponentes de la no inmutabilidad de la lengua. Como diría Kamala Das, lo importante no son las palabras, sino lo que contienen.

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