Emilio García Gómez

 

Racismo: la unidad por la distinción

 

 

Collage de "razas humanas". Center for Scientific Creation. http://www.creationscience.com

 

Se halla muy extendida la creencia de que el racismo es simplemente la consecuencia de la diversidad racial. Sin embargo, el racismo va más allá de los prejuicios individuales o colectivos contra las razas; también se hace extensivo a la diversidad étnica, cultural, lingüística y religiosa. El racismo va dirigido no sólo contra “los negros”, “los morenos” o “los amarillos”, sino también contra los blancos, europeos, latinos, asiáticos, amerindios, lapones, protestantes, musulmanes, cristianos, judíos, griegos, armenios, magrebíes, turcos, chinos, hutus o etíopes, dependiendo de donde brota.

El racismo y la discriminación crecen muy bien en el seno de comunidades de gran vitalidad cultural, descontrolado etnocentrismo, desorbitada conciencia lingüística y ciego soporte institucional. Cuanto mayor es su prestigio, tanto el que se atribuyen a sí mismas como el que le conceden los demás, mayor es su autoestima y más acentuadas se hacen las diferencias respecto a los grupos étnicos de menor consideración, a quienes se les adjudica un papel subordinado. Numerosos autores (vid. Eriksen 1993) coinciden en que existe una correlación entre etnicismo, clase económica y capa social. Las inclinaciones racistas van acompañadas de estereotipos despectivos, actitudes xenófobas, sentimientos irracionales, opiniones extremas y doctrinas hostiles hacia la diferencia, con frecuencia fomentados desde la prensa, los gobiernos y las cuadrillas de ciudadanos, cuyo discurso sirve de refuerzo a todos ellos. Si cambiara el método de clasificación de la especie humana con criterios seudo-antropológicos, seríamos testigos de una  nueva era de marginación de la “raza pelirroja”, “raza rubia”, “raza morena”, “raza albina”; y si los referentes fueran geográficos o filoétnicos, la división se establecería, por poner otro ejemplo, entre la “raza española”, “raza vasca”, “raza catalana”, “raza andaluza”, “raza castellana”, “raza gallega”, “raza canaria”, “raza aragonesa”, cada una de las cuales sería portadora de especiales virtudes o aberraciones, según fuera el ángulo de mira.

¿En qué se apoya una taxonomía de semejantes características? Para las mentes políticamente perversas, la uniformidad lingüística, étnica y cultural es un paso imprescindible para la construcción de una nación. La unidad a través de la distinción. Para entender posturas tan discutibles como ésta, convendría echar una ojeada a la novela de Thomas Dixon El hombre del clan (1905), popularizada por la película El nacimiento de una nación, de Howard Griffith (1915) que dio nuevos bríos a las fantochadas del Ku-Klux-Klan. En ella se realizó la promoción de un país ideal basado en la integridad racial, lingüística y religiosa a costa de quienes no tenían la fortuna de haber nacido indoarios, caucásicos, anglosajones, anglohablantes, protestantes y terratenientes.

 

Poster del film El nacimiento de una nación, de Griffith

 

 

Niño vestido para un acto del Ku Klux Klan

 

El clásico estudio de Lévi-Strauss (1952) sobre la raza y la cultura denuncia la insoportable antinomia igualdad-diversidad, salvajismo-civilización. Sin duda alguna, el concepto de etnicidad nace de las diferencias culturales, pero muy especialmente de las distancias sociales. En una primera impresión, la lengua sirve para señalar los confines étnicos; bien analizada, no es suficiente argumento que justifique la conjunción nacional (que se lo pregunten a los chilenos y a los argentinos, a los croatas y a los serbios, a los irlandeses y a los ingleses, a los rumanos y a los moldavos), como tampoco definen las corridas de toros la cultura española, ni la iglesia ortodoxa el imperio ruso. Si el conocimiento de los códigos culturales y lingüísticos de una comunidad facilita el desarrollo de la autoestima individual y el fortalecimiento del sentido de unidad del grupo, sin embargo, la adscripción de determinados símbolos a un grupo social no es garantía de exclusividad; muchos protocolos -lengua, folklore, gastronomía, régimen económico, ideario político, organización administrativa, religión, etc.- se pueden encontrar más allá de las supuestas fronteras étnicas merced a la inmigración, la emigración, la exogamia, la divulgación del conocimiento y la propagación de las modas, por lo cual han dejado de ser -si alguna vez lo han sido- valores absolutos. Levantar piedras, jugar a la pelota en su modalidad de cesta punta, desfilar vestido de pieles de carnero y portando enormes cencerros a la espalda, tocar la dulzaina o dar pasos de ballet para recibir a un visitante ilustre o despedir a un héroe local en su último trayecto hasta el cementerio son el resultado de estrategias de revitalización colectiva y repliegue hacia un recinto reservado; pero no demuestran nada. Con toda la importancia que se concede a los valores mencionados como sello de la identidad nacional, puestos todos juntos no valen un céntimo si no vienen acompañados del principio de solidaridad, que es a todas luces incompatible con actitudes estancas.

La detección del racismo se puede realizar mediante un sencillo cuestionario:

1. ¿Existe el convencimiento de que las razas humanas poseen rasgos característicos (genes, grupo sanguíneo, capacidad craneana, color de la piel, textura del cabello) que condicionan sus respectivas culturas?

2. ¿Protegen los gobernantes este convencimiento a través de la legislación, las instituciones y las conmemoraciones anuales?

3. ¿Se piensa que un grupo étnico preferente, no necesariamente el mayoritario, debe poseer el control del país?

4. ¿Se producen declaraciones formales acerca de los derechos e intereses de un colectivo concreto, al que se da prioridad en el acceso a los servicios y se le otorgan privilegios?

5. ¿Se extiende la opinión de que la resistencia de “los otros” a su integración o asimilación cultural y lingüística es una rémora para el alzamiento, el progreso y el vigor de la nación?

6. ¿Se intenta justificar la hipertrofia social mediante teorías biológico-antropológicas?

7. ¿Se cree que la emigración puede significar, si no se detiene a tiempo, una pérdida o el fin de las prebendas de la etnia nativa?

8. ¿Se piensa que los intereses de la población dominante se hallan por encima de las necesidades de las minorías?

9. ¿Hay una promoción pública de las ventajas de pertenecer a un pueblo concreto?

10. ¿Se considera sagrado, inmutable e inviolable el motto “Una bandera, una lengua, una cultura, una etnia, una nación”?

Si se ha respondido afirmativamente a alguna de las preguntas expuestas, cabe sospechar la presencia de un germen racista y potencialmente genocida.

 

 

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