Quid multa

Emilio García Gómez

Dos palabras en viejo latín grabadas sobre el cristal de los estudios de emisión radiofónica o en los platós de televisión serían suficientes para combatir la verbosidad de algunos contertulios y moderadores de debates y exigirles que abrevien sus argumentos. No se trata sólo de la conveniencia de que respeten el juego de turnos de expresión, evitando los continuos solapamientos que confunden al oyente, sino también de que respondan al principio de claridad y concisión en beneficio de la credibilidad.

Sánchez Dragó, por ejemplo, acumula tantas palabras en sus intervenciones e introduce tantos subtemas sin darse tiempo para respirar -ni dárselo tampoco a la audiencia-, que obtiene el efecto contrario al que pretende: falta de sintonía con el oyente. Por el contrario, Rosa Aguilar, diputada de Izquierda Unida, con su voz controlada y su sintaxis pausada y ordenada, es capaz de mantenernos en vilo hasta el final de su argumentación. Claro que el grado de formalidad de la diputada, carente de vibraciones, es muy elevado en sus manifestaciones públicas, y acaso en su vida privada, en batín y zapatillas, la cosa sea bien distinta, pero la destreza verbal de esta mujer se granjea la devoción de casi todos, aunque lo que diga sea una tontería.

La comunicación a alta velocidad, al estilo de Fraga Iribarne, da como resultado una articulación confusa y prolongada, al suprimirse algunos sonidos y agregarse otros de forma anticipada o con retraso. El efecto es de una regurgitación interminable. En el denominado jocosamente xenolenguaje -el lenguaje de los que tratan de hablar una lengua que no les es propia- la imprecisión es muy frecuente en medio de su lentitud y justifica por sí sola la variación lingüística en el terreno de lo imprevisible. Los extremos mencionados, puestos en boca de personajes de comedia, harían un buen diálogo de besugos.

Hay hablantes muy aficionados a las acuñaciones lingüísticas -neologismos fabricados con o sin fundamento de lenguas clásicas-, que no siempre responden a un deseo de notoriedad (desde un punto de vista lingüístico no habría nada malo en ello si estuvieran aceptablemente construídas), reflejando una exquisita concentración doctrinal en parcas, aunque a veces largas, palabras. En otras épocas alguien llamó kefalotomía a la decapitación; escafismo al acto de confinar a un reo en un cajón de reducidas dimensiones, dejándole la cabeza afuera, untada de miel y expuesta al sol de Persia y a los insectos; execación al castigo de cegar (eluscación si sólo era de un ojo); noyade a las ejecuciones en masa por inmersión en el agua durante el Reinado del Terror en la Revolución Francesa; filoteoparoptesismo fue empleado por primera vez por el escritor inglés Peacock en alusión al tormento de quemar a una persona a fuego lento, y Nabokov, en Lolita, tuvo el gusto de mencionar la peine forte et dure como tortura por compresión del cuerpo hasta forzar la sangre a salir por la nariz y los oídos. Estos términos, que, según David Grambs (1995), recogen la capacidad algogénica (generadora de dolor) del ser humano, no hacen más que confirmar la necesidad intelectual de codificar el pensamiento con una jerga en la que lo único que sobra son las palabras y lo que cuenta son los conceptos ocultos.

Por otra parte, algunos escritores o charlatanes profesionales se dan enormes paseos para evitar nombrar lo innombrable; así es cómo han nacido numerosos eufemismos -en contraposición a cacofonismos, que traían mala suerte- y endiablados merodeos lingüísticos, por creerse que el lenguaje descontrolado corroe la mente. Ahí están las propuestas de Beard y Cerf (1993), quienes, para alumbrar el lenguaje “políticamente correcto”, convierten la dentadura postiza en “dentición alternativa”, al calvo en “hirsuto diferencial”, al mudo en “disminuído vocal”, la mentira en “inexactitud terminológica”, la tregua en “cese temporal de hostilidades” y, finalmente, el acto de manipular en “personipular”.

Para nuestra satisfacción, un personaje de la envergadura de H. L. Mencken, temible periodista radical norteamericano de origen alemán, dedicó gran parte de su tiempo a mostrar la insensatez de la booboisie (bobesía, recreación de burguesía) intelectual y denunciar la banalidad institucional a base de ensartar palabras, retorcerlas y hacerlas girar sobre el lector como un mazo, excediendo los límites de la concisión cuantas veces hizo falta para obtener un fruto prolijo, aunque contundente, como su cáustica definición de arzobispo: “eclesiástico cristiano de rango superior al alcanzado por Cristo” , tan similar a la expresada por Ambrose Bierce, contemporáneo suyo: “Dignatario eclesiástico un punto más santo que un obispo.”
Ciertamente, el talento se defiende solo, con palabras o sin ellas.

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