Emilio García Gómez

 

Los negros en España

 

Cuadro de Rembrandt 1661

 

La literatura española del siglo XVI contiene numerosas referencias al tráfico de esclavos africanos. Su presencia en América fue observada por el propio Cristóbal Colón y por Pedro Mártir, narrador de las expediciones de Balboa en Panamá. Colón, cuyo afán no era ni mucho menos descubrir tierras, sino oro, marfil y especias, oyó decir de boca de los indios que las riquezas se hallaban en manos de mercaderes negros procedentes del sureste. Según el testimonio de Pedro Mártir, Balboa estaba convencido de que los guerreros que vio pelear con los indios eran originarios de Etiopía (en aquella época a los negros se les llamaba etíopes). Algunos historiadores están convencidos de la existencia de un comercio precolombino entre las costas de Guinea y las bahías de Centro y Sudamérica; las enormes cabezas de piedra dispersas por las selvas de Méjico, de una antigüedad de dos mil quinientos años, poseen rasgos claramente negroides.

 

Cultura precolombina de Olmec (Méjico). Cabeza negroide

 

España fue potencia colonial y, por consiguiente, gran importadora y exportadora de esclavos, como lo fueron Portugal, Holanda, Francia, Dinamarca y, sobre todo, Inglaterra. El puerto de Liverpool debe su importancia al tráfico de esclavos. Las Casas, destacado defensor de los indios, reconoció, sin embargo, en 1517 el derecho de cada inmigrante español a poseer hasta doce esclavos negros. Los primeros negros en llegar a América del norte fueron llevados por el español Lucas Vázquez de Ayllón, que en 1526 montó una colonia en la desembocadura del río Peedee en Carolina del Sur. Tras una revuelta de los esclavos, sus dueños les abandonaron, dando origen a lo que sería el primer asentamiento permanente de inmigrantes, mucho antes de la ocupación de Virginia.

Los españoles, fieles a su tradición de comerciar con esclavos, como harían después con los moriscos en las subastas de Valencia y, sobre todo, las de Murcia, dejaron interesantes testimonios sobre el papel del negro a este lado del Atlántico. En los siglos XVI y XVII había en España un elevado número de negros empleados como siervos, aunque legalmente no eran esclavos, para desempeñar los oficios más bajos. Es famoso Juan de Pareja, esclavo de Diego de Velázquez, a quien inmortalizó sobre el lienzo.

 

Diego de Velázquez, Juan de Pareja (1650)

 

En una pieza anónima titulada Entremés del Indiano (1609), el protagonista dice traer, entre su mercancía, un esclavo (negro) de América.

En El valiente negro en Flandes, de Andrés de Claramonte, contemporáneo de Lope de Vega, la palabra "perro" brota con facilidad de la boca de algunos personajes, aludiendo al protagonista de esta curiosa comedia, el cual, a pesar de su color, logra convertirse en capitán de los Tercios. 

 

Cartel de escenificación de El valiente negro en Flandes. Aula de estudios teatrales de la U.A.

 

Por otra parte, el anónimo autor del Lazarillo de Tormes también menciona a su padrastro negro, mozo de cuadras, que se ve obligado a alejarse de su madre huyendo de la justicia. Los especialistas dicen que no era negro, sino moro, pues existía la costumbre de llamar negro -del latín niger- a cualquier esclavo procedente de Africa, aunque el trato que recibían unos y otros debió ser la misma cosa. Me inclino, no obstante, a pensar que el padrastro de Lázaro era realmente uno de tantos criados de color que se hallaban dispersos por la geografia peninsular, sobre todo en Andalucía.

 

La vida de Lázaro de Tormes y de sus fortunas y adversidades. 1554, Medina del Campo.

 

Hay numerosas referencias al negro en la pluma de los escritores clásicos españoles. En el Coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes (1613), cuenta Berganza:

«Dígolo porque la negra de casa estaba enamorada de un negro, asimismo esclavo de casa, el cual negro dormía en el zaguán, que es entre la puerta de la calle y la de en medio, detrás de la cual yo estaba; y no se podían juntar sino de noche, y para esto habían hurtado o contrahecho las llaves; y así, las más de las noches bajaba la negra, y, tapándome la boca con algún pedazo de carne o queso, abría al negro, con quien se daba buen tiempo, facilitándolo mi silencio, y a costa de muchas cosas que la negra hurtaba. Algunos días me estragaron la conciencia las dádivas de la negra, pareciéndome que sin ellas se me apretarían las ijadas y daría de mastín en galgo. Pero, en efeto, llevado de mi buen natural, quise responder a lo que a mi amo debía, pues tiraba sus gajes y comía su pan, como lo deben hacer no sólo los perros honrados, a quien se les da renombre de agradecidos, sino todos aquellos que sirven.»

Y más adelante, recita el mismo personaje sin recato:

«Digo, pues, que, habiendo visto la insolencia, ladronicio y deshonestidad de los negros, determiné, como buen criado, estorbarlo, por los mejores medios que pudiese; y pude tan bien, que salí con mi intento. Bajaba la negra, como has oído, a refocilarse con el negro, fiada en que me enmudecían los pedazos de carne, pan o queso que me arrojaba...»

La costumbre de llevar criados negros queda reflejada en la misma novela: 

«Este mercader, pues, tenía dos hijos, el uno de doce y el otro de hasta catorce años, los cuales estudiaban gramática en el estudio de la Compañía de Jesús; iban con autoridad, con ayo y con pajes, que les llevaban los libros y aquel que llaman vademécum. El verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacía sol, en coche si llovía, me hizo considerar y reparar en la mucha llaneza con que su padre iba a la Lonja a negociar sus negocios, porque no llevaba otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba a ir en un machuelo aun no bien aderezado.»

En el poco conocido Entremés de Los Negros, de Simón Aguado (1602), Rubio, en su papel de amo de una cuadrilla de negros, exclama, quejoso porque su negro anda ciego detrás de la negra de su vecino, dejando de lado sus obligaciones:

"¡Ah, esclavos, esclavos! ¡Plega á Dios que quien esclavos quiere, que en malas galeras reme!"

Y añade:

"Suplico á vuesa merced  echemos este negocio á un cabo. Vuesa merced me venda su negra, que con esto sabré que cuando llamare á mi esclavo le tengo en casa, y no siempre hallarle en la de vuesa merced."

Y Ruiz, su vecino, responde: 

"Por Dios questamos entrambos de una color, porque tenía determinado de decir á vuesa merced que me vendiera el negro, porque si no, por Nuestro Señor, que si le cojo en mi casa que le tengo de abrir  á azotes con unas riendas."

En otro entremés titulado El Negrito Hablador, y sin color anda la niña, de Luis Quiñones de Benavente (1664), los negros que aparecen responden a un arquetipo, muy extendido también en América del Norte, del criado cantor y bailón expresándose en un español criollizado: 

"El culazón me cosquiya,/guitaliya. ¡Oh, cómo suena!/No cé qué liabo ce tiene/ezte modo de instulmenta:/como le tengo infición/y tora er arma me yeva,/aquí embozado re escucho,/aunque el día me amanesca."

A pesar de los esfuerzos de los demás personajes en hacerle callar, amenazándole con darle una paliza, el negro sigue cantando:

"¡No puelo; maz ¡viven Clisto!,/¡pluviesan cielo!; quiziera/con sapatilla á dos caboz/ coser la boca y la lengua./Cayara, pelo yo pienzo/que aunque máz me la cosieran,/que había de habrar pol loz ojoz,/pol laz manoz, laz orejaz,/pol loz piez, pol laz rodiyaz,/pol loz musloz, pol laz piernaz,/pol laz espaldaz, y luego/pol otro ojo que me queda."

En Los Negros de Santo Tomé (1609), de autor anónimo, unos ladrones se disfrazan de negros para huír de los alguaciles, imitando su jerga y su defectuosa, criollizada fonología. El diálogo, disparatado, es como sigue:

 "(ALGUACIL) Hermanos, ¡habéis visto por aquí unos ladrones? (LADRON PRIMERO) 'Latrone grande ha futaro hablase á este bellaco por tu vida.' (MUJER) 'Calla, per ¡qué care matada!: ah, ah, ah; eh, eh, eh, todo lo nego.' (ALGUACIL) Hermanos, mirá ¡si los habéis visto, decidlo? (LADRON PRIMERO) 'Ya re han dicho una y dos y tres en vece que no re han visto por su vida.' (ALGUACIL) Vamos, señores, que estos son negros bozales [negros recién salidos de su país]; no entienden. Busquémoslos por otro camino."

Los textos precedentes, dignos de figurar en un esperpento o en La España Negra de Gutiérrez Solana, cuyo título aprovecharía para este ensayo, constituyen una muestra de la mala distribución social en el llamado siglo de oro español, durante el cual personajes tan influyentes como Felipe II o Carlos V con sus asientos regularon la esclavitud como inevitable y necesaria para la economía del país.

 

Salvador Dalí, Mercado de esclavos con aparición del busto invisible de Voltaire (1940)

 

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Consúltese  la bien documentada página parsonal de Alfonso Pozo Ruiz, de la Universidad de Sevilla,  sobre los esclavos en la Sevilla del siglo XVI http://www.personal.us.es/alporu/histsevilla/esclavos_sevilla.htm

El profesor Eloy Martín Corrales, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, describe los orígenes africanos de los sones negros del flamenco, con referencias históricas al paso de los negros por España, en su página http://www.lafactoriaweb.com/articulos/martin12.htm

También puede consultarse la breve reseña del cubano Rolando Antonio Pérez Hernández (1987) sobre la presencia de negros en España y la aportación musical del africano en http://presencias.net/indpdm.html?http://presencias.net/invest/ht3021a.html

Igualmente valioso es el estudio de Frida Weber de Kurlat, de la Universidad de Buenos Aires, bajo el título "El tipo del negro en el teatro de Lope de Vega: tradición y creación", AIH. Actas II (1965), Centro Virtual Cervantes, http://cvc.cervantes.es/obref/aih/pdf/02/aih_02_1_070.pdf

La Autoridad Potuaria de Santa Cruz de Tenerife incorpora en su página web interesantes artículos referentes al comercio de esclavos en España, Portugal y en particular en Tenerife: http://www.mgar.net/indice.htm

 

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