Nacionalismos e identidades

El nacionalismo europeo nació en Inglaterra en tiempos de la dinastía Tudor en el siglo XVI, una vez asentada la iglesia anglicana y robustecida la disciplina puritana, que consideraba Inglaterra como “nación elegida” y su credo como nexo de unión entre todos los ingleses. El movimiento creció en el siglo XVIII, especialmente en Francia, y se extendió en el XIX por el resto de Europa sobre una base liberal burguesa y bajo el mecenazgo ideológico y político de dos grandes naciones: la alemana y la inglesa. Este sentimiento se exportó rápida y fácilmente a los lugares más recónditos del planeta por la obra, el pensamiento y la acción del nacional-imperialismo británico.

Brooke F. Westcott, obispo anglicano, declaró a raíz de la guerra de Sudáfrica (1899-1902): “Una convocatoria imperial se ha topado con un temperamento imperial… Dios nos ha convocado para reinar, porque aceptamos las condiciones de la realeza y reinamos en Aquel que reinó desde la Cruz… Sostenemos nuestro Imperio en nombre de Cristo.

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Brooke F. Westcott (1825-1901)

Hacia la misma época, en 1895, Joseph Chamberlain, jefe del gobierno de la reina Victoria, proclamó su jingoísmo, su orgullo nacionalista: “Creo en esta raza, la mayor raza gobernante que ha visto el mundo; en esta raza anglosajona, tan orgullosa, tenaz, confiada y resuelta; esta raza que ni el clima ni el cambio pueden degradar, que infaliblemente será la fuerza predominante de la historia futura y la civilización universal.

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Joseph Chamberlain (1836-1914)

Henry Morton Stanley, responsable indirecto de la formación del Congo bajo la soberanía belga, no ocultó su ideario mercantilista, al afirmar: “Hay cuarenta millones de personas más allá del portal del Congo, y los algodoneros de Manchester están esperando para vestirlos. Las fundiciones de Birmingham relucen con el rojo metal que pronto será transformado en hierro forjado para ellos, y en bagatelas que adornarán esos pechos oscuros, y los ministros de Cristo ansían conducir a esos atrasados paganos al redil cristiano.

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Henry Morton Stanley (1841-1904)

Y Cecil Rhodes, que daría su nombre a Rhodesia, expresó su ambición colonialista: “Debemos encontrar nuevos territorios de los que extraer fácilmente materias primas y al mismo tiempo explotar la mano de obra barata de los esclavos disponible entre los nativos de las colonias. Las colonias también servirían como almacén de excedentes de los productos que salen de nuestras fábricas.

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Cecil John Rhodes (1853-1902)

Con este tipo de planteamientos, que hemos visto en diversos lugares y tiempos modernos, es fácil entender, pero no necesariamente compartir, la búsqueda y protección de una identidad allá donde se juntan los individuos de una estirpe supuestamente heredada a través de los genes y reforzada por la convivencia, el aprendizaje y, por encima de todo, el idioma común.

En el siglo XX, surgió en Rusia otro tipo de nacionalismo, a estilo bolchevique, según el cual los pueblos y nacionalidades del antiguo imperio de los zares podían y debían aspirar a alcanzar la autodeterminación y la independencia. El leninismo propició inicialmente esta filosofía, pero, contradictoriamente, una vez se entronizó en el poder, restringió el derecho de secesión, ofreciendo a cambio una federación de nacionalidades bajo el paraguas de la nueva Rusia y siempre según el principio de subordinación de las ambiciones nacional-burguesas al interés y el liderazgo del proletariado.

El nacionalismo, con arreglo a los postulados bolcheviques, debía ser en el pasado, y también busca serlo actualmente, “progresista” y “revolucionario”, sea cual sea el sentido real que se esconde bajo estos dos solemnes, redichos vocablos. Cualquier movimiento independentista que no reuniese esa condición esencial, como ocurrió con Georgia, fue reprimido violentamente por el Ejército Rojo. La excusa de Stalin para aniquilar las ambiciones nacionalistas de determinados pueblos, como el georgiano, de donde procedía el dictador, o el ucranio, fue que se trataba de corrientes burguesas, cuyo peso había que contrarrestar mediante la rusificación de Ucrania y la purga étnica, eficaces armas del imperialismo soviético.

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Joseph Stalin (1879-1953)

La cuestión etno-nacionalista en la Rusia soviética sería resuelta mediante la agrupación de los distintos pueblos como haría una hiena con sus despojos. Así quedaron agarrotadas las minorías bálticas –estonios, letones, lituanos-, los polacos, los bielorrusos, los checos y los eslovacos, los húngaros y los balcánicos -moldavos, rumanos, búlgaros, macedonios, albaneses, serbios, montenegrinos, bosnios, croatas y eslovenos-. Se dejó “resuelta” la cuestión de Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Kazakstán y Kyrgyzstán; se aplacó a los turcómanos, kayikos y uzbecos. Stalin aplastó mediante la fuerza o la deportación en masa a los pueblos caucásicos -chechenos, ingusetos y daguestanos-, a los tártaros de Crimea, a los cosacos (o kazakos) del Volga y el Cáucaso y a los baskir y chuvaches de los Urales, primos hermanos de los pueblos que habitan hoy, bajo la mano de hierro de Pekín, la provincia china de Sinkiang y que antaño formaron parte de la gran familia túrquica.

El patrón bolchevique se ha exportado al Congo belga a través de Lumumba.

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Patrice Lumumba (1925-1961)

Mugabe, actual dictador de Zimbabwe (antigua Rodesia británica) ha buscado sus apoyos en regímenes totalitarios comunistas como Corea del Norte y sus modelos de nacionalismo étnico, económico y filosocialista en la Cuba de Castro, la Bolivia de Morales y la Venezuela de Chaves.

En el pasado como en el presente se han producido poderosas crisis y exaltaciones nacionalistas en la Venecia eslavo-dálmata, la Irlanda céltica (ocupada por los ingleses durante siglos y hoy república independiente), la Bretaña y la Córcega francesas, el País  de Gales, Cornualles y Escocia, el Tirol germanófono, el valle francófono de Aosta, el País Vasco, Galicia, Cataluña, Valencia, Andalucía y Aragón, los Países Bajos franco-neerlandeses, la dual Alsacia franco-germanófona y el territorio sardo, de raíces supuestamente propias y diferenciadas respecto del resto de Italia, como en el caso de Lombardía, la mayor parte del Véneto y el Piamonte.

El nacionalismo afroasiático tuvo su paradigma en la revolución cultural iniciada entre las ruinas del Imperio Otomano por Atatürk y los Jóvenes Turcos. Otros movimientos nacionalistas de Asia y África, como los que estallaron en las antiguas colonias de Ghana, Egipto, India, Irak o Somalia, se tropezaron con el imperialismo británico, francés e italiano, que, muy especialmente tras la conferencia de Bandung (Indonesia) en 1955, suavizaron los intentos de panarabización, indostanización y panafricanización de aquellos continentes. India protegió como pudo su esencia indigenista frente al expansionismo occidentalista de los ingleses. El nacionalismo étnico se activó en Estados Unidos tras la Guerra Civil de 1860-1864, alojándose en el siglo XX entre los radicales afro-americanos –la mayoría de ideología marxista- como W.E.B. Du Bois, o los artistas del “Renacimiento de Harlem”, como Langston Hughes.

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Langston Hughes (1902-1967)
Fotografía de Gordon Parks, Chicago 1941

A su vez, el nacionalismo de raíces europeas tuvo su cobijo en el corazón de Sudáfrica, entre los afrikaner, de raza blanca y linaje neerlandés. El brote nacionalista saltó en Argelia contra la ocupación francesa. Indonesia logró librarse de los holandeses recurriendo a estrategias de lucha anticolonial animada por un espíritu de unión nacional, aunque en caso concreto de Indonesia es difícil movilizar bajo la misma bandera a un país tan disperso y tan diverso en términos geográficos y sociológicos. El litigio de la provincia indonesia de Irian Jaya, situada en la isla de Nueva Guinea, no deja de ser un caso flagrante de absorción forzada de un conjunto de pueblos de raíz australo-melanésica por un gobierno asiático.

Los desarreglos políticos motivados por la reorganización de fronteras, reparto de territorios o implantación de nuevas naciones, como ocurrió con la población magiar que actualmente vive postergada en los Cárpatos de Rumania, o con la sueca, que permanece en tierras finlandesas tras la cesión en 1809 de Finlandia a Rusia por parte de Suecia, a la que había estado unida durante siglos, y al obtener la independencia de Rusia en 1917, son parcialmente responsables de un nacionalismo nostálgico que sólo parece encontrar alivio en la reagrupación de pueblos separados artificialmente respecto a su tronco común.

El irredentismo catalanista valenciano, de carácter contenido, aspira a devolver Valencia, mediante un injerto incruento, al útero de la gran madre que viene en llamarse Països Catalans.

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Mapa étnico de España, según KEPBE. Fuente: http://members.aol.com/kreiznklsk2/mapiberie.gif

Pero la resistencia mayoritaria entre la población –exceptuando a unos pocos intelectuales y políticos- a unirse al proyecto de la Gran Cataluña obedece a un sentimiento que podemos reconocer en otros pueblos y que verbalizó Johan G. Fichte, el pensador alemán que basó sus postulados en un gran sofisma: sólo un verdadero alemán puede amar a su patria y a su nación alemana. Tratar de fortalecer el ánimo de los pusilánimes para que lleguen a adorar a una madre común puede conseguir que se la mire, más que como una vecina, como una madrastra.

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Johann Gottlieb Fichte (1762-1814)

Hay otros enfoques reivindicativos moderados y menos conocidos -bien descritos por Núñez Seixas en 1998- como el liberal-progresista frisón (en Holanda) o el feroense (en las islas Feroe, bajo obediencia danesa), cuyos fines no parecen ser tanto políticos –de reclamación autonomista o independentista- como culturales y lingüísticos. Istria es otro caso de desdoblamiento étnico por su partición entre eslavos que se identifican entre sí como pueblos separados -eslovenos y croatas- e itálicos (no italianos, puesto que no existe afiliación nacional con Italia).

Desde nuestra modesta tribuna, poco podemos añadir que ayude a desentrañar el propósito y la ontología del nacionalismo. Para nosotros, se trata de algo tan simple y tan oscuro como un dogma: o se cree a ciegas, o es imposible creer en él, aunque conocemos sus efectos contrapuestos: destruir para crear. Entre los musulmanes, el nacionalismo es supuestamente anti-islámico: busca la unión y provoca la división. Es posible que sea un producto de la evolución de la especie humana que Darwin jamás hubiera podido imaginar: los canguros viven y se identifican con los canguros, las ranas con las ranas, los gatos con los gatos. Así también, hay que suponer, los polacos con los polacos, los malayos con los malayos. Entre ellos, unidos, no hay peleas.

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Ernst Haeckel (1834–1919), teórico y fundador de la biología monística

Siguiendo este ángulo “biologista”, al que hace referencia Lluís García y Sevilla en Identitats (ed. G. Sanginés y A. Velasco, 2006), resulta fácil situar a los miembros del mismo grupo bajo el concepto de “nación” como indicador de “les característiques linguístiques, territorials i econòmiques que presenta un humá pel fet de néixer al si d’una determinada societat humana.” Tal vez. Pero qué hacer con los pueblos alejados de su patria y sin nación con la que identificarse: los romaníes, los kurdos, los afrodescendientes –dondequiera que se hallen-, los escasos catalano-hablantes de Cerdeña, los argentino-gallegos, los armenios de Karabaj descritos por Kaplan en su visita a Azerbaiyán. Seguir identificando y clasificando a los humanos como hizo Maeterlinck con los termites es útil como referente nominal, pero ni es científico, ni desentraña la clave del misterio de la diversidad del planeta, ni resuelve los conflictos que generan la desigualdad social, la ignorancia y la petulancia.

Julio 2007

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