Nacionalismo en Ulster y Escocia

El caso de Ulster

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Se ha descrito la historia de Irlanda como un denodado intento de obligar a Inglaterra a “que suelte la mano que le atenaza el cuello y saque la otra de su bolsillo”. Algo parecido les ocurre a los irlandeses del norte con los escoceses irlandeses, los auténticos amos de Ulster. Pero si no se estudia la historia de Irlanda, Ulster y Escocia al mismo tiempo que la de Inglaterra no se puede entender que el territorio que actualmente se denomina Irlanda del Norte o Ulster sea un caso más – entre tantos que se han producido en el mundo – de permanente conflicto social motivado por la presencia de una población supuestamente indígena de origen celta (como los galeses o los escoceses) y otra relativamente advenediza, compuesta por emigrantes y colonos escoceses llegados oficialmente a esta parte hace nada menos que cuatro siglos, en 1608.

La guerra civil de Irlanda del Norte obedece fundamentalmente a tres razones: a) política, al verse sometida desde antiguo a la secular hegemonía británica sobre Irlanda y sobre Escocia; b) religiosa, con distintas facciones cristianas – católicos, presbiterianos, calvinistas, anglicanos, hugonotes – compitiendo locamente unas con otras para ganarse los corazones y las mentes de sus adeptos; y c) lingüística, ante la obligada convivencia de dos poblaciones que se expresan en dialectos del inglés claramente diferenciados entre sí: en el caso de los irlandeses, tanto del norte como del sur, una variante del inglés importada que ha sustituido radicalmente al vernáculo, el gaélico; y, en el caso de los escoceses, una variante híbrida a caballo del anglo-escocés y el antiguo germánico, en concreto el frisón.

  1. a) Política. Todo lo que hemos dicho, digamos ahora y más adelante no deja de ser una simplificación. Los hechos históricos que configuran pueblos, estados y naciones son el producto de la compleja mente humana, siempre contradictoria, siempre maquinando para sacar el mayor provecho de las oportunidades que se le presentan para satisfacer sus necesidades y sus antojos. Es difícil no mostrar perplejidad cuando, tras la separación en 1920 de la República de Irlanda y Ulster, éste último, en el reducto denominado “Orange Corner” (rinconada de Orange), ferozmente controlado por los descendientes de los colonos escoceses, siga vigilando su unión con Inglaterra para no apartarse de ella, en un momento en que los propios escoceses buscan la secesión respecto de ésta.

Ulster, cuya ruta histórica ha sido también la de Irlanda hasta bien entrado el siglo XX, raramente ha conocido la paz en dos mil años, viéndose asolado por pestes, guerras y hambrunas. El siglo XVII ha presenciado episodios de limpieza étnica y venganzas especialmente encarnizadas, metiéndose las distintas monarquías europeas – anglo-normanda, inglesa, francesa, española – en una madriguera de conspiradores. En el XVIII se inició un proceso de emigración en masa de escoceses de Ulster hacia las colonias de América. En 1795 surgieron dos sociedades secretas contrapuestas: los Irlandeses Unidos, que pretendían la separación de Ulster de Inglaterra, y los Orangistas, con fines unionistas. Éstos tomaron su nombre de Guillermo III de Orange, rey holandés que entró a formar parte de la dinastía inglesa en la “Gloriosa Revolución” de 1688.

La Orden de Orange es una burda imitación de las órdenes masónicas, con juramentos de lealtad y escenas rituales que pueden presenciarse en vivo en sus desfiles conmemorativos y actos reservados y que han adoptado una estructura jerárquica similar a la de las logias británicas. Los emigrantes de Ulster a América, Canadá, Australia y Nueva Zelanda mantienen una red de activistas y simpatizantes. Los orangistas proclaman el protestantismo como base de su institución.

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Por su parte, el contencioso iniciado y mantenido por el IRA y por el Noraid – poderosa organización norteamericana compuesta por una estirpe de irlandeses – para forzar la unificación de Ulster y la República de Irlanda ha dado alas a los unionistas protestantes para seguir por el mismo camino que ellos: el del terror desde las sombras.

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  1. b) Religión. En 1597 Shane McBrian O’Neill, de Lower Clandeboye, se apoderó del castillo de Belfast ahorcando a todos los guardias ingleses, “rajándoles las gargantas y sacándoles las tripas”. Poco después, Sir John Chichester reconquistó el castillo y pasó a los rebeldes por las armas. En 1641 los irlandeses locales se alzaron contra las colonias de anglicanos y presbiterianos. Hombres, mujeres y niños, en cifras que superaron, exageradamente, los 200.000, fueron asesinados, ahogados o quemados vivos. En 1642 Owen Roe O’Neill fundó el Ejército Católico de Ulster, que no tardó en dar guerra a los protestantes. Las leyes francesas contra los protestantes sirvieron de modelo a la legislación británica de 1695 contra los católicos irlandeses y disidentes con el fin de mantenerles en la ignorancia, la brutalidad y la miseria. En Irlanda se les prohibió ejercer su religión, recibir una educación, acceder a puestos públicos, tener un caballo cuyo precio excediese de las cinco libras, comprar o alquilar tierras, comerciar, votar, poseer armas, disfrutar de una pensión vitalicia o tutorar niños, incluso los propios.
  2. c) Lengua. El topónimo Ulster es un híbrido, según se piensa, de la palabra nórdica stadr y la céltica uldh, vestigio de una época de exploración y colonización sobre la tierra de los pretani, nombre que dio a los celtas el geógrafo griego Pitias.

No está claro si la identidad social nace en el territorio, la configuración antropológica de la población, las creencias religiosas o el idioma, o los cuatro a la vez. Pero el caso de Ulster es muy evidente. Para resaltar la diferencia entre irlandeses y escoceses, éstos han resucitado un dialecto que se consideraba extinto. El espécimen lingüístico conocido por Ulster Scots (escocés de Ulster) es una variedad amestizada con múltiples raíces en el inglés, el germánico y el gaélico. Del mismo modo que los republicanos irlandeses reivindican el gaélico como marca de identidad étnica, los unionistas enarbolan la bandera del escocés de Ulster como prueba de la suya. Pero el efecto que produce este dialecto sobre la población de Irlanda no unionista es de ridículo y cuchufleta. El escocés de Ulster tiene la consideración de “acento paleto con aires de grandeza”, sobre todo después de los intentos de normativización gramatical y ortográfica. Los unionistas reclaman la consideración de su dialecto y su versión literaria conocida como ullans (híbrido derivado de Ulster y Lallans -en escocés “lowlands”, o “tierras bajas”-) como “lengua distintiva e independiente”, la misma lengua en la que escribió el poeta nacional de Escocia, Robert Burns, y que se empleó allí hasta la unión de la corona de Escocia con la de Inglaterra. El escocés llevado a las plantaciones de Ulster en el siglo XVII recibió un aluvión de préstamos del gaélico local y el inglés que hablaban los otros colonos.

Las posibilidades de crecimiento del escocés de Ulster son escasas, previéndose a medio plazo la unión de este territorio con la República de Irlanda, lo que supondría una mayor hegemonía del anglo-irlandés. Si no fuera así, y se mantuviera al costado de Inglaterra, la influencia de los medios de comunicación británicos y las universidades, donde se emplea un dialecto prestigioso – el inglés estándar -, acabarían con la especie.

El caso de Escocia

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Escocia es una antigua tragedia, aunque actualmente carece de atentados sangrientos – unos simples envíos de cartas con sosa cáustica como barata alternativa a las bombas – que tiñan de color sus hermosos valles, islas y costas. Los puntos de referencia del nacionalismo escocés son sus poetas Allan Ramsay, Robert Fergusson y Robert Burns (s. XVIII) y escritores como Walter Scott (s. XIX), auténticos generadores del lenguaje nacional, cuyos orígenes acabamos de mencionar arriba, obsesionados por el escocismo y, por consiguiente, promotores de la idea del derecho a la autodeterminación y de la resistencia al unionismo respecto de la corona británica. En realidad, estos prohombres respondían al perfil del nacionalista descrito con criterios exclusivamente etnicistas – una tierra, una historia, un pueblo, una lengua – ignorando el valor de la diversidad diacrónica y sincrónica.

En los años 90 hubo en Escocia numerosos actos vandálicos e intimidatorios anti británicos que forzaron al gobierno de Londres a modificar su legislación penal. El Partido Nacionalista Escocés nunca ha llegado al corazón de los escoceses. En 1993 surgió una organización nacionalista denominada “Alerta Escocesa” como reacción a la llegada de nuevos residentes “blancos” (ingleses), muchos de ellos jubilados y estudiantes que acuden a las universidades más prestigiosas, como la de Edimburgo. Poco a poco las ciudades escocesas se han ido llenando de nuevos residentes, en especial las aldeas y zonas rurales, incluso las regiones más aisladas como las islas Orkney, donde el precio de la tierra y las casas ha subido incesantemente, lejos del poder adquisitivo de los nativos. En Stormay, por ejemplo, los lugareños que observan el desmesurado crecimiento de su territorio no hablan de “desarrollo” sino de “colonialismo”.

Esta presencia de ingleses en Escocia ha sido y sigue siendo considerada como una invasión, acaso promovida desde Westminster para diluir el sentido de Escocia como nación, además de suponer una amenaza para la ecología del país como pueblo y como territorio y poner en peligro la supervivencia de las hablas locales – el gaélico y el escocés, con sus variantes subdialectales -, las costumbres sociales y las seculares tradiciones, de las que los nuevos colonos no participan ni muestran el menor deseo en hacerlo. Las ideas que mayor fuerza han adquirido en Escocia por sus distintas connotaciones son la escotización –             defensa y propagación del indigenismo – y su contraria, la angloización. Desde Londres se observa el renacer del escocismo como un peligroso movimiento racista y xenófobo. “Hay que echar a los ingleses a patadas”, decía un cartel en la campaña de 1993.

Acaso la clave del futuro de Escocia se halle en Ulster, o a la inversa, la de Ulster en Escocia, contando, lógicamente con la buena voluntad del gobierno británico. En el supuesto de que Escocia alcanzara la independencia de Inglaterra, habría una posibilidad de que Ulster se uniera a su proyecto. En tal caso, se adoptaría una forma lingüística común, que ya existe como normativa en Escocia – el lallan – para todas las variantes del escocés.

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