Moldavia y otros casos de ingeniería lingüístico-cultural

Al término de la 2ª Guerra Mundial, el gobierno ruso, en un alarde de autoridad suprema, rehizo el perímetro de la antigua Besarabia, la sacó de la Gran Rumania surgida de la 1ª Guerra Mundial y construyó la República Socialista Soviética de Moldavia, un país que fue al partido comunista lo que Medina a Mahoma y sus sucesores: un sitio apropiado para la práctica de los principios, objetivos y métodos fundacionales del realismo socialista.

Lo que más despertó la atención en los centros académicos de Europa y de la propia Moldavia fue la consideración del moldavo como distinto al rumano, oficializando la representación del primero mediante el alfabeto cirílico, frente al neolatino del segundo. En 1989, se volvió al alfabeto romano. Para quienes no estén familiarizados con el tema, el rumano y el moldavo son variantes de la misma familia, tan emparentados, tan parecidos y tan inteligibles entre sí como el castellano y el español colombiano, el valenciano y el catalán, el gallego y el portugués, el francés belga y el canadiense, el inglés británico y el irlandés, el sardo y el napolitano, el noruego y el sueco, el checo y el eslovaco, el ucranio y el ruso, el estonio y el finlandés, el alemán alsaciano y el muniqués. Todos ellos pueden, sin embargo, mostrar entre sí acusadas diferencias fonológicas, léxicas, morfológicas e incluso sintácticas por su particular evolución cultural y política, lo que para algunos, con razón o sin ella, es marca de identidad privativa.

Lo que pasó en Moldavia con el idioma no fue una inspirada resolución de los grandes sabios moldavo-soviéticos, sino una desgraciada ocurrencia que, por su inutilidad, tuvo incontables y desgraciadas consecuencias, como la transformación alfabética, la impostura étnica y la manipulación cultural, rígidamente estatalista, dirigida e impuesta. Con el mismo espíritu se cubrió una larga etapa de promoción folklórica (música, bailes, costumbres aldeanas), subvenciones al teatro, la música y el arte y férreo control de los medios de comunicación, la literatura, el sistema educativo y, desde luego, la religión. El resultado fue, y sigue siendo, aunque hayan cambiado las condiciones y los protagonistas, una línea de pensamiento plano, insípido y acrítico.

Por lo que hace al territorio que hoy comprende Rumania y Moldavia, su apartamiento de las corrientes generales de evolución de la historia de los países occidentales y su mayor proximidad a las regiones eslavas han hecho que el continuo dialectal moldavo-rumano, que comprende el aromano o macedo-rumano, que se habla en algunas zonas de Grecia, Bulgaria, Albania y Yugoslavia, el megleno-rumano de Grecia septentrional, el istro-rumano de la península croata de Istria, y el daco-rumano, que se toma como dialecto normativo en Rumania y, ahora, en Moldavia, no nos sea tan familiar como el romansh suizo o cualquiera de los dialectos itálicos, ibéricos y gálicos. Y eso nos ayuda a entender el argumento –dejando aparte otras consideraciones de naturaleza política- por el que la tradición literaria moldava fue eslavizada mediante el recurso al alfabeto cirílico, excusa insuficiente para apartarla de la familia latina.

El nacionalismo tiene una fuerte base lingüística. Gran parte de las líneas fronterizas que dividen a los pueblos se han trazado post bellum con criterios étnicos y/o lingüísticos, como ocurrió en 1919 tras el tratado de Versalles con Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Albania, Bulgaria y Polonia. Tres países bálticos, Estonia, Lituania y Letonia, que fueron rusificados durante muchas décadas, hoy han sido devueltos a su lengua y su estado original (lo de “original” es un convencionalismo). Al mismo tiempo, mientras Estonia intenta acabar con los privilegios de sus ciudadanos rusos –un tercio de la actual población del país- algunos de los cuales llevan allí generaciones enteras, Lituania, con un 10% de ruso-hablantes, no hace más que darle vueltas a la idea de acabar con la polonidad de algunos de sus súbditos –un 7% de la población-. Es imposible contentar a todos con los mismos argumentos. Si la lengua no existe, se inventa, como en Moldavia; y si existe, como el húngaro en Eslovaquia, se elimina.

Los hechos suceden así y allí, pero también aquí, donde habitamos. A estas alturas, a pesar de los acuerdos y los esfuerzos de la Academia Valenciana de la Lengua, y la valoración del llamado valenciano por parte de autoridades reconocidas internacionalmente, aún no se ha fijado oficialmente el modelo normativo para toda la comunidad, aunque tampoco es imprescindible. Qué más da que al moldavo se le llame rumano o moldavo, y en qué cambian las cosas si al catalán se le llama valenciano o viceversa; los nombres de las cosas no son las cosas, sino referencias de las cosas.

Hay quien piensa que el idioma –cualquiera que sea- no es un instrumento de comunicación, sino de comunión, un fetiche sagrado que todo el mundo ha de venerar y sobre el cual deben girar todas las actividades humanas. Sin ningún género de dudas, hay que cuidarlo, pero ello no es incompatible con el sentido común. La unidad e integridad de un país tan plurilingüe como Estados Unidos, donde el inglés, siendo el idioma más hablado, aún no es oficial, la lengua de una poderosa nación, no se ven amenazadas por cuestiones lingüísticas. Su guerra civil de mediados del siglo XIX estalló por cuestiones económicas, no por su diversidad étnico-lingüística.

No vemos motivo alguno para que el asunto de la lengua siga siendo entre nosotros un atolladero donde nos estrellamos todos. Ni tampoco aceptamos que se convierta en una falsificación para forzar su oficialidad y emplearlo como punto de encuentro universal. Hay cosas tan importantes como el idioma que contribuyen a la mejora de nuestra sociedad, como la tolerancia, la connivencia y la cooperación entre los individuos. No nos parece tan primordial que se llegue a un acuerdo político para la instauración definitiva del idioma co-oficial de la Comunidad Valenciana. En otras ocasiones hemos manifestado nuestra opinión de que las autoridades académicas –entre los que incluimos a los miembros de la AVL- deben limitarse a proponer un modelo normativo de valenciano. El tiempo terminará por darles o quitarles la razón. Pero los políticos deben andar con cuidado para evitar entrar en la historia de las grandes pifias, como la del moldavo.

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