Milagro en el Néguev


Oil Imenod

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El sol cae a conciencia sobre Judea, pero en pleno desierto del Néguev, a esa hora sus arenas son lava ardiente bajo los desnudos pies de Ápapos; es mediodía y hoy se encuentra particularmente extraño. En todo el día sólo ha podido engañar a su estómago con unas raíces macilentas de tamarisco. Sabe de sobra que debe desecharlas, que ya los camellos que hacían la Ruta del Rey, desde Ákaba hasta el Mediterráneo, enloquecían temporalmente tras su ingestión. Pero hoy tenía que comer algo, hacía ya dos días que había agotado los siete higos conseguidos en el pacto alcanzado con Simeón el Idumeo.

“Toma estos siete higos –le había dicho Simeón– como Abimelec tomó de Abraham los siete corderos, para con ello lograr el reconocimiento de la propiedad del pozo que él mismo, Abraham, había cavado. Tú te llevas los higos, yo me quedo con la cabra. Ese es nuestro pacto”.

Habían compartido la cabra durante los últimos meses, su leche era suficiente para mantenerles vivos a los dos, aptos para la reflexión y el debate, y hasta para conseguir de vez en cuando algún higo a cambio, si eventualmente decidían acercarse a alguna aldea. Pero después de esa noche de completa y furibunda discusión, habían decidido que lo mejor era separarse. Nunca, desde los días de Éfeso, había sentido la misma angustia; es cierto que todo este tiempo pasado en el desierto, le había calmado el ánimo, pero esta vez la discusión con Simeón le había llevado al paroxismo.

Y aunque sabía que había hecho bien en retirarse de los círculos oficiales de la Iglesia, hoy era un día especial, sentía algo extraño: en sus adentros, quizás por el tamarisco ingerido, y en sus afueras, sin quizás, por el fuego que caía del cielo y del que sólo se protegía con su sombrero de hojas de palma. Su decisión de retirarse al Néguev desprovisto de cualquier ropa, ajeno a toda propiedad, y dedicado a la oración, seguía firme. Sólo un sombrero de palma para no enloquecer y una cabra compartida, para no perecer de inanición. Hoy no tenía ya la cabra, pero conservaba su sombrero.

Nestorio había fracasado en Éfeso. El Concilio le paró los pies dos años atrás y lo declaró hereje, por muy Patriarca de Constantinopla que fuera. Jesús es una única hipóstasis, dijeron, y el adopcionismo debía ser rechazado; Dios no adoptó a Jesús como hijo, Jesús siempre fue Hijo de Dios y una sóla naturaleza había en Él. A Nestorio lo hundieron en la herejía y a él, su teólogo, su consejero y su confidente, le hundieron en la confusión. Él no estaba tan obsesionado como el Patriarca por la naturaleza divina de Jesús, su obsesión era más bien el intervencionismo de Dios en la historia de Israel y, ahora, en la del mundo de los gentiles como él. Hubo momentos en que temió que también él resultaría condenado por sostener la inhibición de Dios en la historia de los hombres. Nestorio entonces, como hace dos días Simeón, le ponía enfrente todos los milagros de Jesús. Él les pedía siempre pruebas directas, pruebas palpables, quería “tocar”, les decía, “como Tomás”. “Dios no interviene directamente”, argumentaba, “si quisiera hacerlo, cambiaría de golpe el corazón del hombre y todo estaría ya hecho, todo consumado. No habría necesidad de más lucha ni de más zozobras. Dios no hace milagros, Dios deja al hombre ante su realidad”.

En aquellos días él no era Ápapos. Tomó el nombre del griego, por su escepticismo. Dada la decisión de retirarse a meditar sobre el intervencionismo de Dios únicamente acompañado de su escepticismo y de su sombrero, todos sus colegas de Constantinopla, incluso Nestorio, vieron bien su nuevo nombre, aunque bromeaban y le pronosticaban que terminaría en Apapucio, por añadido del capuccio latino; el escéptico del sombrero, sonaba mejor y podía muy bien conducirle a la reflexión fecunda en el desierto infecundo.

Ya no cuenta afanoso, como los primeros días, el tiempo transcurrido desde que dejó Beersheba para adentrarse en las áridas arenas Idumeas, pero por la longitud de sus cabellos calcula que debe de haber pasado un año. Hoy siente ya maduro el proceso de su reflexión. Está convencido como nunca de la inexistencia de los milagros, seguro de que Dios ha mantenido firme su voluntad de no intervención en la vida de los hombres, siente en su interior mezclados, por partes iguales, la excitación del hallazgo y el rebullir del tamarisco. El sol aprieta y la tierra sofocante reverbera hasta donde su vista alcanza. De pronto, sus ojos se agitan cuando entre los vahos de la calima ve asomar una figura humana bien distinta de la silueta de cántaro de Simeón. La silueta que ve no es de cántaro, sino de cántara, y conforme se acerca va perfilándose nítida y cálida en su desnudez. Nunca antes, ni en sus correrías nocturnas con sus compañeros teólogos Ibas de Edesa y Teodoreto de Ciro, sus ojos habían contemplado tanta belleza. Ni siquiera el diablo, en sus constantes imposturas podría corporeizar tanta belleza, ha alcanzado a pensar. Pero ahora está aturdido y ya no piensa; sin embargo, aún alcanza a defender su pudibundez con su sombrero de palma, bien sujeto con ambas manos a la altura de sus circunstancias. Retrocede, pero la dama acorta distancias e interroga:

“Muéstrame, ¡Oh Apapucio!,
el que para santo va,
por dónde el Mar Muerto está”.

Ápapos, ya para siempre Apapucio, cae imprudente en la trampa del maligno y con su brazo izquierdo, en amplio arco extendido, queda señalando a Oriente. Es mediodía y el sol mata los cerebros en el Néguev. El silencio sólo lo rompe el jadeo de Apapucio. Su sombrero está ya empapado en sudor con aroma de tamarisco, cuando la dama inquiere de nuevo a Apapucio, ya en vías de canonización:

“¿Y por donde,
amable anacoreta,
habré de caminar
para ir a Creta?”

Y cae de nuevo Apapucio, en su candoroso celo por perseguir la verdad. Con su brazo derecho describe otro amplio, magnífico y, por qué no, esplendoroso arco, quedando así como empalme de caminos, como cruz clavada en el desierto, caído él en la trampa que el caído le ha tendido. Y en ese mismo instante, el mundo se detiene en sus goznes, el milagro ocurre, cesa la gravitación universal y el centro de la tierra interrumpe su atracción sobre las cosas en general, y en particular sobre el sombrero de Apapucio, que no cae a sus pies, sino que queda milagrosamente suspendido a la altura de las propias circunstancias del ya para siempre santo.

Y allí se quedó Apapucio
con su sombrero empalmado,
clavao desde el occipucio
y con prueba irrefutable,
esta sí, prueba palpable,
del milagro tan buscado.

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