Mark Twain y Henry James: Dos actitudes ante Europa

Emilio García Gómez

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Mark Twain
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Henry James

Introducción.

Cuando Samuel Langhorne Clemens -Mark Twain- salió de Nueva York a bordo del Quaker City el 8 de junio de 1867, tenía 32 años y una larga y agitada andadura de autodidactismo; todo lo más, un aprendizaje de impresor con el que se ganó la vida en diversas ciudades del Este y del Medio-oeste norteamericano. Fracasado un proyecto de hallar su Eldorado en Brasil, se ofreció como ayudante de piloto de barco, haciendo el trayecto de Nueva Orleans a Nueva York. Cerrado el tráfico a causa de la Guerra Civil, Twain estuvo a punto de alistarse en el bando confederado, pero se lo pensó mejor y cambió el rifle por las herramientas de minero, marchándose a Nevada en busca de plata. California no estaba demasiado lejos para su mente inquieta. Ni tampoco Honolulú. En seguida podemos seguirle los pasos hasta San Francisco como periodista y como conferenciante de Artemus Ward, con sus chistes irreverentes, superficiales, con sus tonterías que hacen reír. La oratoria política y cómica se habla puesto de moda en el país; los Estados Unidos eran una enorme sala de conferencias a donde acudían todas las clases sociales Para disfrutar de los discursos que les echaban con la misma fruición con que los europeos del siglo XVI abarrotaban los teatros o silbaban a los cómicos de la lengua; gente -en palabras de M. Cunliffe (1970: 166)- a la que no había cosa que le agradara más que to be lectured at, whether by hucksters, showmen, humorists, clergymen, Congressmen, or authors. El viaje de Twain a Honolulú, Hawai, le permitió dar numerosas conferencias y convertirse en uno de los humoristas más solicitados de San Francisco.

Ahora Twain habla madurado lo suficiente como para enfrentarse con el viejo continente. El Alta California de San Francisco le enviaba de corresponsal en el Quaker City. Un joven pelirrojo, un ingenioso americano iba a hollar la Europa pedante y repulida. La confrontación prometía ser interesante para los lectores del Alta California y, a la vez, una estupenda fuente de ingresos para los bolsillos de Mark Twain.

Cinco años más tarde, en 1872, un joven de 29 años, bien educado, se dirigía a Europa como corresponsal de Nation y The Atlantic. Se trataba del hijo de un intelectual calvinista cuyas teorías educativas le habían impulsado a recorrer incansablemente diversos países y a hacerse acompañar de sus hijos para que recibieran una mejor formación. Para cuando Henry James subió al barco que le Ilevaría a Europa, ya había estado en Londres, Ginebra, París, Boulogne y Bonn, y después en la facultad de Derecho de Harvard. El dinero no le importaba, ya que su abuelo había legado a la familia unos tres millones de dólares; sólo buscaba adquirir experiencia, ya que ésta, según él, nunca tiene límites -lo que condenaba a Henry James a convertirse en el perpetuo errante, de América a Europa, de Europa a América.

James no quiso probar el camino del Oeste; Europa se hallaba más cerca de Nueva Inglaterra que de California. Además, la élite intelectual de esa región costera bañada por el Atlántico se consideraba más británica incluso que en la época colonial. Europa representaba la raíz de su cultura y una perspectiva sobre el pasado ilustraba más que una visión de futuro.

Por qué iban James y Twain a Europa no es difícil de responder. Ya conocemos el trasfondo familiar de aquél y su interés por Europa, aunque no nos atreveríamos a decir lo mismo de Twain, puesto que parecía más ocupado en su propio país y en cuanto estuviera asociado a sus cosas. Pero desde tiempos de Washington Irving y sus apuntes de viaje por Inglaterra y España, había surgido una nueva moda entre la intelectualidad norteamericana, tanto si los retratos de Irving sobre esos países procedían de su imaginación como si tenían su origen en otros escritores que, como dice Wegelin (1958: 11), popularizaban the Europe of poetic and historical memories into a museum of moss-grown walls and crumbling ruins. Lo cierto es que los americanos que andaban por donde Washington Irving eran en su mayoría, desarraigados; idlers -escribe Van Wyck Brooks (1952: 291)- at watering-places for whom Europe was merely a pleisure-ground and shop and whose only problem was whether to stay at Deauville or at St. Moritz, with ample economic means, mientras unos cuantos eran hangers-on, o writers of one volume, o painters who were trying ‘to settle down’ -but somehow never did so- to their painting. Los intelectuales de verdad, los escritores responsables y periodistas que se acercaban a Europa en busca de un pasado, no de una moda, se mostraron a veces eufóricos, a veces no tanto, por miedo a que les culparan de ser incapaces de elevar una crítica; pero en ocasiones enseñaban los dientes de la ironía para demostrar que no se dejaban atrapar por lo europeo.

La Europa de Mark Twain

The gentle reader will never, never know what a consumate ass he can be, until he goes abroad. (M. Twain, The Innocents Abroad)

During that memorable month (Junio de 1867) I basked in the happiness of being for once in my life drifting with the tide of a great popular movement. Every body was going to Europe. Every body was going to the famous Paris Exposition. Twain ardía de impaciencia por llegar; los libros de viajes le habían prometido muchas cosas. Sin embargo, en cuanto puso los pies en las Azores dio rienda suelta a sus prejuicios. Es cierto que le pareció una burla descarada el espectáculo de un grupo de americanos recorriendo las calles de Hora a lomos de un burro; pero, sobre todo, era la sensación de ser un inocente en el extranjero a quien todo el mundo ridiculiza y engaña. Twain se revuelve contra este concepto, pero no puede evitar atropellar, de paso, a sus propios compatriotas. Sus comentarios sobre los comerciantes de Gibraltar, o los guías de París, están envenenados. Apenas se advierte, en el transcurso del viaje, un cambio básico de perspectivas; por el contrario, hay una agravación de su actitud frente a los turistas y demás cazadores de recuerdos que se convierten en víctimas de la depredación europea, y, por supuesto, frente a los europeos que creen que todo buen americano es un mochuelo. De aquí nace su sarcasmo, su desmedida rabieta contra la pobreza, la cochambre y la miseria del entorno social:

(Spain) never gave it (Tetouan) up until the Spanish soldiers had eaten up all the cats…. Spaniards are very fond of cats. (p. 62)

Defomity and female beards are too common in Italy to attract attention. (p. 137)

We were (interior Italy) in the heart of degradation, poverty, indolence, and everlasting unaspiring worthlessness…. It suits these people precisely; let them enjoy it, along with the other animals. (p. 137)

This Civita Vecchia is the finest nest of dirt, vermin and ignorance…. These alleys are paved with stone, and carpeted with deceased cats, and decayed rags, and decomposed vegetable-tops, and remnants of old boots,… and the people sit around on stools and enjoy it. (pp. 173-174)

A veces se le escapa un elogio, Pero en seguida suelta un comentario ácido, cáustico. Italy is to-day one vast museum of magnificence and misery donde wonderful church edifices combinan con starving citizens (p. 170). “This country is bankrupt”, y, sin embargo, “the bus depots are vast palaces of cut marble (p.168). Cuando observa el impresionante Duomo de Florencia –a vast pile that has been sapping the purses of her citizens for five hundred years, and it is not nearly finished yet– y a la nube de mendigos que le rodean, el contraste es tan violento que le hace exclamar: O, sons of classic Italy,… why don’t you rob your church? (p. 170).

Es evidente que lo que busca Twain, con su óptica deformada, es sobrecoger a sus lectores; hasta se puede afirmar que no está convencido de todo lo que ve. Pero aún así, su alma necesita contarles un chiste negro; cuando termina, no le importa recrearse en el paisaje francés, al que encuentra bewitching, sin polvo, sin suciedad, nothing that ever suggest neglect. All is orderly and beautiful -every thing is charming to the eye (p. 73). Si Versailles es wonderfully beautiful, el lago de Como, en Italia, es un verdadero paraíso de tranquilidad, the most voluptuous scenery we have yet looked upon (pp. 133-134). Estas explosiones de gozo estético no pueden quedar interpretadas -ni mucho menos- como una concesión del escritor por lo bello, sino como un apoyo natural de su permanente despecho. Pocas veces aplaude sin implicar un contraste inmediato; la decepción aparece a la vuelta de cada esquina; el episodio del barbero es hilarante, pero la presencia de esas estatuas mutiladas de Notre Dame junto a las bellísimas vidrieras de color les sugiere un desmesurado menosprecio por aquello de que el arte es eterno. El paseíto de Twain por el Bois de Boulogne -lugar que le parece hermoso en extremo- se ve ensombrecido por una cruz que señala la escena de un asesinato. Y en la vieja iglesia de St. Denis, donde invoca la serenidad de los rostros de piedra de Dagoberto I, Clovis y Carlomagno –Those vague, colossal heroes, those shadows, those myths of a thousand years ago (pp. 94-95)-, extiende una mano y palpa en ellos la muerte de la gloria. Y la soberbia Venecia, la Venecia invencible durante mil cuatrocientos años, era ya presa de la pobreza, el abandono, la humillación. Nápoles, tan hermosa desde el Vesubio, tan romántica, pierde todo su encanto y su aroma en la suciedad de sus habitantes y en la fetidez de sus calles.

Los episodios más significativos quedan configurados por su actitud ante la religión y el arte. A uno de sus compañeros de viaje, un tal Dr. W.F. Church, le pareció irreverente, profano y hasta pecador aquel pelirrojo que fumaba en pipa. Y, en efecto, en cuanto Twain puso los pies en Europa, hizo de los curas el blanco de su mordacidad. Italia, en general, era el país del oscurantismo y la superstición clerical. La iglesia establecida era una opresora de las libertades individuales; mientras llevaba, por ejemplo, quinientos años en la construcción del Gran Duomo de Florencia, three hundred happy, comfortable priests are employed in that cathedral, mientras las calles se veían abarrotadas de mendigos y de muertos de hambre.

La dureza de su crítica se acentúa cuando roza el talón de Aquiles del clero: el tráfico de reliquias a cuenta de la credulidad. His antireligiosity -escribe Jesse Bier (1968:143)-, especially at shrines, was at once a consequence of his pose and a deep, developing conviction. The whole book is inclined to be overdirect and too explicit, defects accounted for by his age and his assumed role. But he had a genuine eye for fraud, organized and personal. Cuando se enfrenta con lo que él llama priestly superstition, Twain se muestra irónico siempre, y a veces hasta chistoso. Por donde va se burla del despliegue de clavos y espinas de la verdadera Cruz; en cuanto a los huesos de San Denis, I feel certain we have seen enough of them to duplicate him, if necessary (p. 111). Ni los dedos de San Pablo, ni los de San Pedro, ni el hueso de Judas Iscariote –it was black– y de los demás discípulos, ni la Santa Faz, o el retrato de la Virgen y el Niño pintado por la mismísima mano de San Lucas llegan a impresionarle en su incredulidad. En cuanto al macabro decorado del Convento de los Capuchinos de Roma, ponía a prueba los nervios más sensibles. La presencia del Coliseo le recuerda una vez más la tiranía y el despotismo de la iglesia; si en tiempos del Imperio se sacrificaba a los cristianos en aquel recinto, luego fue la Madre Iglesia la que retorcía los dedos de los herejes, o les despellejaba, o les tostaba en público.

Twain no era uno de esos privilegiados, como Henry James, afamados por sus ensayos de arte. Resulta innecesaria su confesión acerca de su incompetencia en este terreno para calificarle de mediocre como crítico. Sus largas caminatas por las galerías de cuadros y de estatuas resultaban estériles. I am not -declara en un momento de cansancio- competent to appreciate (the art). Tal vez tenía algo que ver esta frustración con su excesivo manejo de datos técnicos, como si con ello tratara de compensar su ignorancia en materia de arte; de hecho, en cuanto veía una iglesia, sus primeros comentarios giraban en torno a su altura, su anchura y su profundidad, y en establecer analogías con monumentos de su tierra. Pero así era Twain. Tras hacer cábalas sobre el margen de error de sus cálculos, se limitaba a ensartar los consabidos adjetivos calificativos; vast, great, rich, wonderful, notable, graceful, noble, grand, delicate, solemn, fascinating. El inventario no podría alargarse demasiado. Ahora bien; en cuanto saca su genio burlón, el léxico es copioso; rusty, dusty, worn, battered, mutilated, dingy, monstruous, cringing, nauseous, crumbling, vague, frowning, dark, dreary-looking, hideous, scarred, stained, discolored, dismal, dimmed, glomy, black, corroding, unpleasant….

Es natural que un hombre como Twain, quien, como señala Bellamy (1950: 9), sólo podía admitir como fundamento del arte el equilibrio social y económico, mostrara su rechazo de ese arte en un entorno social tan deprimido. Pero, además, lo medía con la vara de su estado mental. Tras su visita a Florencia, de la que sólo sacó experiencias desagradables, exclamó:

How the fatigues and annoyances of travel fill one with bitter prejudices sometimes. Under happier auspices a month hence (I would) find it all beautiful, all attractive. But I do not care to think of it now. (p. 162)

Roma no le sugiere nada que no hayan dicho otros antes. Un Cupido desnarigado, o un Júpiter tuerto, o una Venus con una cagarruta de mosca en un pecho are not attractive features in a picture (p. 112). Cuando declara sus prejuicios contra los grandes artistas, se refiere sin duda a la prostitución de sus nobles talentos por adular a sus mecenas franceses, venecianos o florentinos: Gratitude for kindness is well, but it seem to me that some of those artists carried it so far that it ceased to be gratitude, and became worship (p. 171). Lo que parece ser una opinión irreverente por lo religiosa se convierte también en cierta incapacidad para el análisis del arte religioso, o en el desprecio de un hombre de la frontera por todo lo que olía a antiguo. Cuando todos mostraban una actitud de respeto hacia las estatuas góticas de una catedral, Twain se contentaba con reírse de aquellos apóstoles polvorientos -unos cojos, otros tuertos, some with two or three fingers gone, and some with not enough nose to blow (p. 42)-, figuras que encajaban mejor en un hospital que en una catedral. Los santos mutilados –battered and broken nose old fellows– o la Ultima Cena de Rafael sobre el muro dilapidado –scarred in every direction, and stained and discolored by time– no merecían la admiración de la gente. El efecto de una obra de arte erosionada por la acción del tiempo no era nada del otro mundo. Sólo la Inmaculada de Murillo le complace –the only young and really beautiful Virgin that was ever painted by one of old masters (p. 128)-.

En cuanto a la literatura europea, le bastaron pocas palabras para hundirla en el pozo de su incomprensión y su sarcasmo:

Petrarch… the gentleman who loved another man’s Laura, and lavished upon her all through life a love which was a clear waste of the raw material…. (p. 121)

Y, luego, la historia de Abelardo y Eloisa, según Lamartine, no es más que un derroche de sentimentalismo a favor de un vil seductor, Pierre Abelard, that unprincipled humbug que sólo merece la maldición. (p. 99)

La Europa de Henry James

My choice is the old world (H. James, The Notebooks)

God knows that I have no time to waste,” escribió James desde su habitación del Hotel Brunswick, en Boston, el 25 de noviembre de 1881. Tenía 36 años y la sensación de que entraba en una nueva fase de su existencia. James había perdido el hábito de tomar notas en su diario y decidió volver a imponerse esa tarea:

It might be of great profit to me; and now that I am older, that I have more time, that the labour of writing is less onerous to me, and I can work more at my leisure, I ought to endeavour to keep, to a certain extent, a record of passing impressions, of all that comes, that goes, that I see, and feel, and observe. (The Notebooks of Henry James         –NHJ– p. 23)

Tras seis años de ausencia, volvía a estar otra vez en América. ¿Nostálgico? No mucho, al menos de sus compatriotas. Lo único que precisaba era ver a los suyos, recuperar sus relaciones con ellos. James no había regresado a Estados Unidos cansado de Europa; simplemente se había tomado unas vacaciones sentimentales con su gente, lo cual era razonable; de hecho, cuando se encontró en situación de tomar una decisión, eligió el viejo mundo –my choice, my need, my life (p. 23). Su obra estaba en Europa, “and with this vast new world, je n’ai que faire. One can’t do both -one must choose-” (p. 24). La fractura entre Europa y América le hacía muy consciente de su decisión. I feel -terminó por confesar- as if my time were terribly wasted here (NHJ, p. 24).

En A Small Boy and Others (SBO) -una autobiografía inacabada, publicada en 1913- Henry James evoca su niñez en Europa, a los hermanos De Coppets, de procedencia francesa, a quienes admiraba por ser naturally French y por su pronunciación de Ohio y Iowa como O-i-o y i-o-wa:

Those were the right names -which we owed wholly to the French explorers and Jesuit Fathers; so much the worse for us if we vulgarly didn’t know it. (SBO: 338)

Una poderosa, feroz añoranza de Europa le hacía soñar con el día en que volvería a ver the white cliffs of Old England loom their native fog, as one of the happiest of my life (NHJ, p. 27). Al aludir a Old England se refería también a Old France y Old Italy, y Old Europe. Europa estaba llena de toda clase de asociaciones: arte, historia, instituciones bien fundamentadas y, por encima de ello, importantes conexiones con el pasado. Las viejas casas se erguían ante él like a series of visions (NHJ p. 265). En su primera visita a París -julio de 1855- James había establecido sus propios lazos con aquel continente. En Europa había Arte -con letra mayúscula- del mismo modo que había soldados y albergues y conserjes, y todos aquellos aditamentos culturales de los que carecía América: un monarca, una corte, una aristocracia, un ejército, un cuerpo diplomático, palacios, castillos, ruinas, catedrales, iglesias con enredaderas, casas de campo, tabernas rurales, deportes, una literatura, una ciudad como Oxford o como Cambridge …. Lo único que no podía ofrecer Europa –to put it negatively– era “hot rolls” y “iced water” (SBO, p. 265), suave ironía para indicar la mayor riqueza cultural europea.

El 20 de octubre de 1875 James se fue a París con la idea de quedarse allí varios años. En realidad lo que le interesaba era Londres, pero el año parisiense no fue un tiempo desaprovechado; le sirvió para compenetrarse mejor con la ciudad y las cosas francesas. James envió una serie de cartas para el New York Tribune, sin demasiada resonancia, dedicándose en los ratos perdidos a caminar por las orillas del Sena, ojeando el interior de sus numerosas librerías de viejo y a visitar, en compañía de su hermano William, las salas de exposiciones y el Théatre Français, ya que el teatro era de gran importancia para ellos y constituía una copiosa fuente de información para su cultivada inocencia (SBO, p. 354). De todos modos, James detestaba los boulevards, la horrible monotonía de los barrios nuevos, las viejas calles del Fauburg Saint Germain, como se deduce de la alusión que hace en su proyecto de The Ambassadors (NHJ, p. 393).

De las veces que visitó París, ninguna le pareció la misma. El 1 de septiembre de 1877 la encontró vacía y encantadora, lógicamente más de su agrado, ya que siempre huía de los apretujones como único modo de apreciar los lugares. Tras sus numerosas estancias en la capital francesa llegó a conocerla bastante bien; y nunca perdería la exquisita sensación dejada por un cálido atardecer en Varennes, cuyo castillo semejaba a un decorado de ópera. James’ first recollection as a baby -escribe Jeanne Delbaere-Garant (1970: 39)- was associated with Paris and last thoughts before dying were directed towards France. In between there were the ups and downs of a relation that was far from being always cloudless, a relation that strikes us as exceptional in a life from which passion seems otherwise to have been excluded. It oscillated between exasperation and adoration and never stopped at the dead centre of indifference. Pero el apasionamiento de James por Francia, o por Italia, o por Inglaterra, iba siempre subordinado al interés del arte y la literatura. Si, por alguna razón, no podía centrarse en un ámbito intelectual, tendía a la apatía hasta que se marchaba a otro lugar.

Cambiar de sitio era algo inherente a la mentalidad de Henry James, unas veces para escapar a los horrores de la estación y otras para hallar nuevas experiencias que le sirvieran para su obra. No podía evitar ser un eterno forastero. En el otoño de 1875 había pasado en Londres un par de semanas, pero la ciudad le pareció infranqueable: “There were all sorts of obstacles to my attempting to live there then.” Con todo hubiera preferido quedarse más tiempo a marcharse a París. Lo primero que le sorprendió fue The world of costume, algo que habla interesado enormemente a Mark Twain en Francia, donde every third man wears a uniform (Innocents Abroad, p. 75). James se maravillaba de los carteros in their frock-coats of military red and their black beaver hats, o de los lecheros, “in hats that often emulated chese, in little shawls and strange short, full frocks, revealing enormous boots, with their pails swung from their shoulders on wooden yokes.” (SBO, p. 309). James se quedaría en Londres cinco años, habitando en el número 3 de la calle Bolton, en Piccadilly, una casa que tuvo gran importancia en su vida londinense:

I have lived much there, felt much, thought much, learned much, produced much; the little shabby furnished appartment ought to be sacred to me. I came to London as a complete stranger, and today I know much too many people. J´y suis absolument come chez moi, come chez moi.(NH.J, p. 2ó)

Londres no resultaba del todo agradable, demasiado sucio, demasiado húmedo, había demasiada gente. You may call it dreary, heavy, stupid, dull, inhuman, vulgar at heart and tiresome in form. Tenía ganas de alejarse de aquel bullicio, de todas las interrupciones de la vida. Su posterior visita a Londres, el 1 de octubre de 1909, aún le desagradó más por la presión de la vida moderna sobre lo que consideraba the precious history of things (NHJ, p. 335). Había otros horrores en !as calles. Una tarde de junio, mientras paseaba en coche en compañía de su padre, presenció a vivid picture of a woman reeling backward as a man felled her to the ground with a blow in the face (SBO, pp. 309-310). Estos eran los obstáculos que le impedían vivir en Londres y que no se atrevía a mencionar en sus Notebooks. Pero aún así, para un hombre cuya función era el estudio de la vida humana, Londres era the biggest aggregation of human life, el más completo compendio del mundo. Aquí se hallaba representada la raza humana mejor que en ningún otro lugar. Pero, como ya se ha dicho, prefería Londres vacío.

Una vez más el viajero errante se marchó a París e Italia antes de regresar a Inglaterra. Después, en el otoño de 1878, realizó su primera visita a Escocia, quedando muy impresionado. En una segunda ocasión, Dalmeny le pareció delicioso, a magnificent pile of wood beside the Forth (NHJ, P. 36). Si en Londres habla encontrado una libertad absoluta, y perspectivas de realizar un trabajo provechos -algo que le resultaba imprescindible-, era en los pueblecitos donde se hallaba el verdadero sentido del pasado. Midelnay Place, en Somerset, le causó una estimulante impresión: It seemed to me very old England; there was a peculiarly mellow and ancient feeling in it all. (NHJ, P. 34).

Francia, Inglaterra…. Italia. Henry James había estado allí en diversas ocasiones, de las que nos dejó unos apasionados apuntes de viaje. Europa, para él, era simplemente Italia. Italia era el país del arte, el paisaje místico, el mausoleo del pasado, Ni Francia ni Inglaterra podían saciar la irresistible querencia de James por Italia. En 1877 hizo una breve visita al país y, de nuevo, dos años después. Florence was divine, as usual. (NHJ, p. 21). Y, de nuevo, al término de sus idas y venidas por Inglaterra y Francia, regresaba en busca de la antigüedad. En San Remo pasó tres semanas inolvidables, caminando entre olivos por los viejos caminos. Milán, en cambio, lo encontró menos atractivo que en otras ocasiones; pero quedaba compensado por el suave clima de Venecia, haciéndole sentirse eufórico, passionately fond of the place, of the life, of the people, of the habits. (NHJ, p. 31). La vista, desde la ventana de su habitación, era una belleza, una fuente de inspiración para completar su novela Portrait of a Lady. Por las tardes salía de paseo y visitaba a los amigos; por las mañanas observaba la vida callejera. De Venecia se fue a Roma, a recordar el pasado de la Ciudad Eterna. En junio hizo el equipaje para una excursión a Vicenza; allí se encontraba la Italia venerable, la vieja Italia, and the old feeling of it (NHJ,p.32). Cuando se marchó del país se cerró un singular episodio de su vida, pero se llevó mucho consigo.

Inevitablemente, James fue víctima de ese veneno nostálgico que había inyectado Europa en sus venas y que le hacía revolverse contra sus compatriotas. No es raro que el paso de los turistas americanos por París o por Londres provocara el desdén de un intelectual. James, en 1870, prevenía contra una valoración supersticiosa de Europa, pero un año antes montaba en cólera por la arrogancia norteamericana, por su actitud desafiante ante todo lo europeo, por sus irritantes referencias a los usos de su tierra, por la falta de cultura de unos viajeros para quienes no cabían otros calificativos que vulgar, vulgar, vulgar.

No podemos resistir la tentación de reproducir un párrafo de Innocents Abroad, en el que Twain anunciaba a bombo y platillo la presencia americana:

None of us had ever been anywhere before; travel was a wild novelty to us, and we conducted ourselves in accordance with the natural instincts that were in us…. We always took care to make it understood that we were Americans. -Americans! When we found that a good many foreigners had hardly ever heard of America and… knew it only as a barbarous province away of somewhere… we pitied the ignorance of the old world, but abated to jot of our importance.

Y añadía después:

We generally made them feel rather small, too,… because we bore down upon them with Americas greatness until we crushed them. (IA,, p. 425)

The Americans -exclamaría James el 15 de julio de 1895- … the barbarians of the Roman Empire! (NHJ, p. 207).

En A Small Boy and Others recuerda James una de sus visitas a Europa en compañía de su familia y la escena de unos niños observándoles as at things of derision. Y Mrs Westgate, uno de tantos personajes de sus novelas que hablan por él, reprueba la pretenciosa sobrevaloración de los americanos con respecto a Europa: We’ve the reputation of always boasting and ‘blowing’ and waving the American flag -la misma bandera que había visto Twain en el Estrecho de Gibraltar y cuyas barras y estrellas despertaron mayor interés que la presencia de Africa y España), … but the American flag has quite gone out of fashion; it’s very carefully folded up, like a table cloth the worse for wear. (citado por Rourke, 1953: 190-91).

I couldn’t get out of the detestable American Paris, escribió James en una de sus visitas a la capital francesa (IVHJ, P. 26).

Conclusiones

A pesar de ser tan dispares las opiniones de Twain y de James, tenían algo en común. Por ejemplo, su conciencia de la mano rígida, muerta, del pasado, aunque el efecto no fue siempre negativo. I have been delighted while travelling in the hallowed associations of by-gone ages, confesó Twain (IA, p. 292). Los dos poseían un humor inteligente, instintivo, cuando dejaban caer alguna de sus ironías: Too ovine, too bovine, it is almost asinine, bromeaba James en su visita a la región de los Cotswolds, en Inglaterra (citado por Edel, 1962: 64); y Twain, por su parte, como anticipando otra expresión de James –It was so soft, so mellow, so quiet, so genial, so Italian (NHJ, p. 33)-, soltaba la risa: It was a pleasure to eat where every thing was so tidy, the food so well cooked, the waiters so polite, and the coming and departing company so moustached, so frisky, so affable, so fearfully Frenchy! (IA, p. 78). Pero ese humor tenía naturaleza diferente por el abismo cultural existente entre ambos. Twain era abierto, exuberante; James vivía vuelto hacia si mismo, consciente, escrupuloso. Twain carecía de la disciplina personal de James; era demasiado inconsistente en sus juicios. Tan pronto le parecía Europa bewitching como volvía los ojos a América para desahogarse. Su método era temperamental, a pesar de una superficial frialdad. Twain se fue a Europa como sólo podían hacerlo hombres de su clase -Josh Billings, Petroleum V. Nasby, Artemus Ward-, es decir, a buscar tema de conversación para una mesa de póker. Por el contrario, James representaba una regla ética; Europa formaba parte de su cultura más íntima. Lo de Twain era América; allí estaba su esencia; difícilmente podía alcanzar una compenetración perfecta con el Viejo Mundo tras un viajecito.

En su Introducción a The Portable Mark Twain , Bernard De Voto habla del orgullo de los escritores americanos que, como Twain, despreciaban la literatura producida al otro lado del Atlántico. Twain estaba convencido de que para crear una obra de arte era imprescindible un espíritu independiente. La literatura norteamericana era superior por su originalidad. Pero, a los ojos de James, el escritor norteamericano debería tratar de Europa en mayor o menor grado, mientras que ningún europeo se sentía obligado a tratar de América (NHJ, p. 24) -opinión que contrasta evidentemente con la de Twain-. James contemplaba el pasado a la luz de su conocimiento del Viejo Mando, aunque se daba cuenta de lo que él llamaba the rich burden of a past, the consequence of too much history (SBO, p. 310). Su padre le había enseñado a eludir los convencionalismos y a cultivar la oposición y la contradicción; más o menos lo que sabía hacer Twain por puro instinto; pero mientras éste centraba su interés en las apariencias externas, James iba más lejos, al fondo mismo de las cosas. Era el alma de la gente, no el cuerpo, lo que estudiaba. Twain aprobaba o desestimaba; James hacía un balance y, cuando estaba seguro de la verdad, se ponía a escribir. A Twain no le gustó Europa porque no encontró lo que le pedía su forma de ser: energía y resolución. James, por el contrario, reaccionó de acuerdo con una educación en la que la dignidad, la precisión y el buen gusto configuraban su estado de ánimo.

Referencias bibliográficas

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Bier, J. (1968), The Rise and Fall of American Humor. New York: Holt-Rinehart-Winston.

Brooks, Van W. (1952), The Confident Years: 1885-1915. New York: Dutton.

Cunliffe, M. (1970),The Literature of the United States . Harmondsworth: Penguin, 1970.

De voto, B. (1968), The Portable Mark Twain. New York: Viking.

Delbaere-Garant, J. (1970), Henry James: The Vision of France. Paris: Bibliothèque de la Faculté de Philosophie et Lèttres de l’Université de Liège. Fascicule CXCI. Societé d’Editions Les Belles Lettres.

Edel, L. (1962), Henry James: The Conquest of London. New York: Lippincott.

James, Henry (1941).A Small Boy and Others. New York: Scribner’s.

Lubbock, P. (ed.) (1920), The Letters of Henry James. New York: Scribner’s.

Matthiessen, F.O. y Murdock, Kenneth B. (eds) (1955), The Notebooks of Henry James. New York: Braziller.

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Wegelin, C. (1958), The Image of Europe in Henry James. Dallas: Southern Methodist Univ. Press.

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