Lenguas minoritarias

La celebración del Seminario Internacional de Lenguas Minoritarias que organizó la Academia de Cultura Valenciana en julio de 2002 nos dio la oportunidad de reflexionar acerca del concepto de “lengua minoritaria”, que con frecuencia nos confunde por su aparente relación con la oralidad, la degradación, el desprestigio, el alejamiento del poder, la escasez de hablantes, la inhibición o persecución institucional y la sobre-imposición de la lengua oficial del estado.

La Unión Europea define las lenguas minoritarias como lenguas habladas tradicionalmente por una parte de la población de un estado y que no son dialectos de los idiomas oficiales. Así, el saami de los países nórdicos o el gascón-aranés del Pirineo catalán aparecen en la lista de tales lenguas –más de 60-, al igual que el catalán, el vasco o el gallego, pero no el gaélico irlandés, a pesar de que, aun recibiendo todos los afectos de Dublín, muestra síntomas parecidos a los de las demás lenguas minoritarias por su alarmante escasez de hablantes, tras haber sido arrinconado por el inglés desde la intromisión de la corona británica en esos parajes hace unos cuantos siglos.

Algunas variedades lingüísticas minoritarias y regionales se ven desplazadas por los sistemas normativos, no tanto por la proporción de hablantes, sino por la condición de marginalidad de aquéllas, lo que hace imposible su elección como idiomas preferentes entre los propios hablantes nativos. Cuando la UNESCO emitió en 1951 su dictamen acerca de la importancia de la lengua materna en el proceso educativo, sin duda valoraba la promoción de una lengua o un dialecto que pudiera entender la población escolar antes de acceder al estándar y obligaba a los gobiernos a apoyar los vernáculos, que, generalmente, y muy especialmente en territorios plurilingües y pluridialectales, carecían de amparo oficial.

Sin embargo, no todas las partes implicadas han mostrado su acuerdo con el vernaculismo y el regreso a las denominadas “lenguas minoritarias” o “lenguas regionales”. El prestigio del idioma suele ir de la mano del pragmatismo económico, las prácticas sociales, la influencia política y la tradición histórica. Como consecuencia de ello, una lengua como el catalán, hegemónica en Cataluña, donde es reforzada por la voluntad del gobierno autonómico, se convierte en minoritaria en el conjunto del Estado español, mientras que la variedad valenciana lo es en unas zonas de nuestra Comunidad Autónoma y se halla en clara desventaja frente al castellano en el resto del país. El resultado es una inclinación al empleo de la lengua más fuerte y el desalojo de la más débil, que carece de los recursos materiales y técnicos otorgados a las estatales.

¿Cuál es el papel del valenciano en el seno de la Unión Europea? La respuesta es imposible si antes no se da por zanjado el asunto de la autonomía o la heteronomía del valenciano en el seno de la Comunidad Valenciana. Los grandes oficiantes de la romanística han de convencer a la población y, muy especialmente, a los políticos y a los exponentes del espectro cultural, de que es menos funcional levantar empalizadas para separar los campos que abatirlas para ampliarlos en el gran solar de la Unión. Todo proceso de unificación lingüística atenta contra la diversidad, pero también la secesión y la hiper-especialización impiden la fijación de los sistemas normativos, tan necesarios para el progreso científico, cultural y educativo.

Hay que prestar atención a las recomendaciones comunitarias acerca de la revitalización de las variedades lingüísticas minoritarias y regionales, como parte esencial del patrimonio de la Unión, así como el respeto hacia las minorías étnicas y la observancia de sus derechos a la educación y a la representación política en los órganos de gobierno de los estados miembros y del parlamento europeo. Lo que no podemos hacer es seguir con los brazos cruzados mientras asistimos a un debate estéril –por ineficaz- y enconado de quienes, no queriendo entenderse, consiguen que nadie les entienda, convirtiéndose en objeto de rechifla, a costa, claro, del bolsillo de los contribuyentes.

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