Lenguaje y territorio


Emilio García Gómez

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Fragmento de La cena de Pablo El Veronés (1528-1588)

Se considera el territorio como objeto de la propiedad individual; por ello la línea divisoria adquiere su importancia cuando se pretende demarcar la esfera de autonomía de cada persona. Los hablantes se cruzan señales de espacio, distancia y prominencia sociocultural e ideológica a veces imperceptibles, pero bajo determinadas circunstancias lo hacen de forma notoria para anunciar las restricciones de acceso a ciertas zonas de influencia afectantes a unos y a otros; así nacen expresiones de advertencia como ten mucho cuidado con ésa; llevas todas las de perder (el terreno es resbaladizo, su poder es grande, su campo se extiende más allá de lo que te imaginas), ¡ni una palabra más! (en el sentido de “no des un paso más ni trates de invadir mi espacio”), “hasta ahí podíamos llegar” (has hecho demasiados avances, te estás metiendo donde no debes) y otras por el estilo. De igual manera, la división de la conversación en turnos de habla refleja ese sentido de la propiedad: si hablas tú, yo escucho, y viceversa; pero si me interrumpes, me estás robando el turno, me quitas la palabra (el eufemismo lingüístico solapamiento de turnos responde a una postura más civilizada que evita nombrar el hurto directamente).

La plataforma natural de los hablantes de cualquier edad tiene sus fronteras: mi mesa, mi silla, mi perro, mi coche. Por otra parte, las demarcaciones sociológicas se realizan por medio de títulos, vestimentas, tonos de voz y preferencia por un código lingüístico allá donde es posible. En la Edad Media, el feudalismo tenía como límites la propiedad privada, y la marca servía de tierra de nadie, como espacio señalador de los confines cuya invasión ponía al vecino sobre aviso ante una grave amenaza para su integridad territorial. Resulta bastante ameno observar los merodeos verbales con que a veces se inician las conversaciones entre individuos que se encuentran por primera vez, procediéndose a una negociación en terreno neutral para determinar quién se encarga de ordenar el intercambio y cómo se han de distribuír los papeles. En los países anglosajones se toman cautelas para aproximarse al interlocutor en lo que consideran un perímetro razonable de interacción verbal; algunos psicólogos atribuyen este hecho a fobias de tipo sexual; en cambio, en la cultura mediterránea o islámica los espacios entre los interlocutores se llegan a reducir hasta extremos insoportables. Ambas situaciones se pueden interpretar como distintos grados de tolerancia hacia la ocupación de un terreno densamente poblado.

El territorio es de por sí impenetrable; sólo se permite el acceso a las personas autorizadas, que deben respetar los reglamentos establecidos y, por consiguiente, someterse a la soberanía de su amo, que alcanza usque ad inferos, usque ad sidera. Conceder la palabra es una clara manifestación de territorialidad, aunque no siempre identifica como propietario a quien la otorga, sino también a quien la recibe; en ocasiones se produce una pugna por conservarla, tirando de ella como hacen los festeros en el sokatira de los pueblos vascos. Los silencios denuncian igualmente dónde está el propietario y dónde está el intruso o el inquilino; las miradas se suelen focalizar en el ostentador de la fuerza, pendientes de sus movimientos y de sus concesiones.

Ciertos grupos humanos tienen una geografía tan difícil -por ejemplo, las minorías raciales afro-indio-sinoamericanas- que rehuyen la comunicación con el exterior; entre ellos nace una jerga extremadamente codificada y trashumante que imposibilita su desmantelamiento. La escritora Maxine Hong Kingston describió muy bien en los años 80 las características de las comunidades chinas en California, y el antropólogo Herskovits (1941) lo hizo de igual modo respecto del negro esclavizado en las colonias inglesas de América y tras su emancipación. En ambos casos se puede comprobar la tendencia humana a establecer toda clase de barreras, incluso lingüísticas, que hagan la propiedad menos vulnerable.

Algunos hablantes mantienen sus redes de confidentes y buscan aliados que les ayuden a solventar las amenazas a su integridad territorial y a ejercer el poder a través de ellos, al igual que los antiguos monarcas resolvieron su pugna con otros propietarios mediante la figura del imperium, o propiedad indirecta; en los intercambios personales se puede detectar perfectamente quién actúa de rey, hasta dónde llega su imperio y cuáles son sus ejércitos, sin que sea necesario sacar las espadas a relucir.

Cuando se rebasan los límites de la propiedad ajena, el conflicto comunicativo, la discrepancia de opiniones, la discusión, la disputa, el estallido emocional, la agresión verbal, la guerra, en suma, es el acto culminante que refleja la apetencia por superar las fronteras naturales, la necesidad de expansión o la respuesta a una injerencia en el territorio propio. Torpedear o dinamitar una iniciativa (que afecte a un monopolio), dar golpes bajos (que el contrincante no espera), sostener una mirada (desafiante), clavarle los ojos a uno, piratear (una idea), tomarse demasiadas confianzas (y, por lo tanto, habrá que pararle los pies), quitar de enmedio (a alguien que obstruye el camino de la conquista), tener echado el ojo (a algo que otro posee) o poner a alguien en su sitio (hacerle sabedor de su verdadero papel e impedirle extralimitarse en su autoridad), son expresiones que reflejan la incesante actividad estratégica de los hablantes para invadir el terreno de otros o proteger el propio.

Territorio, poder y autonomía, en sus distintos grados, constituyen el silogismo en que se asienta la comunicación. Cuando la relación entre los hablantes se aborda sin un reconocimiento previo del terreno, o se quebrantan los principios de la distribución del poder, las posibilidades de culminar el proceso son bien escasas.

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