Las viñetas de Mahoma. Un escándalo innecesario

José Bada*

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Una de las caricaturas de Mahoma aparecidas el 30 de septiembre de 2005 en el diario danés Jyllands-Posten y el 10 de enero de 2006 en la revista noruega magazinet

La tolerancia es respeto y sentido común: vivir y dejar vivir, qué menos, y si es tolerancia activa entonces aproximación a los otros para vivir con ellos y aprender de ellos pues nadie tiene, que se sepa, toda la verdad. Es probable que las mujeres sean más tolerantes que los hombres, ya sean hijas de María, hijas de Fátima o hijas de la República Francesa. Nunca he oído decir que aquellas defecaran sobre el Corán, las segundas sobre el Evangelio o las terceras sobre los dos. Cosa que han hecho los hombres. Comprendo la irritación que ha producido en muchos musulmanes ver una caricatura del Profeta con una bomba en su turbante. Esto no es una gamberrada como la de ponerse en Jerusalén una corona de espinas. No es la mofa de dos insensatos. Es una infamia, porque no todos los musulmanes son terroristas ni mucho menos. Y una blasfemia para los fieles del Islam. Aunque también hay que decir que muchas veces en el mundo laico occidental se maldice el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso, por culpa de unos fanáticos islamistas.

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Representaciones de Mahoma en la antigüedad
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Representaciones de Mahoma en la antigüedad

La fórmula común de la blasfemia es ensuciarse en lo más alto, no en Dios -que puede ser inalcanzable si es que existe- sino en el nombre de Dios y, por tanto, en los creyentes y en todo lo que se consagra o bendice bajo tal nombre. En un mundo definido por la religión y establecido en nombre de Dios por los creyentes, es decir, como si ellos fueran el mismo Dios, la blasfemia puede entenderse como un acto de afirmación de la libertad individual. Como subversión legítima y un acto de intolerancia, sí, pero contra lo que es intolerable: contra la imposición de un orden consagrado y la exclusión de cualquier otro que se le oponga. En cambio en una sociedad abierta en la que nadie obligue a nadie a dar culto a sus dioses o demonios, y en un Estado laico que no sea laicista, ha de parecer una intolerancia ilegítima blasfemar contra todos los creyentes y difamar su mundo, su iglesia o su casa, en la que sólo ellos habitan porque les place. Blasfemar en tal situación es herir los sentimientos más profundos de los creyentes y poner lo más bajo de uno mismo sobre sus cabezas, ensuciarse encima, y exhibir la parte más obscena del ateísmo que no es negar la existencia de Dios sino querer ser como Dios. Es también una cobardía, una insolencia y una irresponsabilidad en este caso. Está fuera de lugar y no conduce a nada bueno.

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Protestas en el mundo islámico en contra de los dibujos blasfemos. Foto: Efe-Tahemareh

Evidentemente no podemos aprobar la desmedida de la respuesta en el mundo islámico contra estos hechos. No tiene ningún sentido amenazar con la muerte a los bufones que atacan con la palabra, con caricaturas o con chistes de mal gusto las creencias islámicas: “Matar a un hombre para defender una doctrina no es defender una doctrina, eso es matar a un hombre”, como se dijo ya a los ginebrinos que mataron a Servet. Son los buenos musulmanes los que pueden defender con el testimonio de su vida y su palabra, no a Dios que se defiende sólo, sino su doctrina y su fe en Dios. Esto no quiere decir que la ley no debe perseguir la difamación y la ofensa a las personas, o que todo pueda decirse sin consecuencias en una democracia o publicarse en los periódicos. La libertad de expresión no se sostiene como derecho a ofender a media humanidad y comprometer a la otra media, gratis et amore, sólo porque uno en Dinamarca ha tenido una ocurrencia.

Ojalá que a todos nos entre el sentido común. Lo que no es nada fácil a juzgar por lo que se dice y se escribe, por lo que vemos en nuestro entorno y por las noticias que nos llegan de todas partes. Las fobias y filias colectivas, el fanatismo religioso, pero también los nacionalismos, y los “-ismos” incluso sin contenido: la rebeldía sin causa o la violencia gratuita, no son ya lo nunca visto. Se desata el deseo, la libertad se hace capricho y la gente se tira al monte de la transgresión y el escándalo sólo por romper moldes. Y que otros paguen los platos rotos.

*Doctor en Filosofía y Teología, y Sociólogo. Fue Consejero de Cultura en el Gobierno de Aragón.

© José Bada, 3 febrero 2006

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