La verdadera libertad de Chester Himes

Cuenta Melvin Van Peebles, amigo íntimo de Chester Himes, que en las páginas de historia de la literatura que se enseña en las universidades norteamericanas sólo tiene cabida un escritor negro cada vez. El argumento nos parece hoy exagerado, pero algo de verdad ha habido en el pasado. Efectivamente, cuando era el turno del académico Saunders Redding, desaparecía la rapsoda Phillis Wheatley o reaparecían el versátil Langston Hughes, el laureado Ralph Ellison, el atormentado Richard Wright, o nombres de artistas menos ágiles pero de mayor cacumen intelectual como LeRoi Jones o James Baldwin. Los demás han tenido su cuarentena sine die, como Chester Himes, largamente proscrito en su tierra natal, aunque no tanto en Harlem, víctima de esa maldición que siempre ha gravitado sobre “los hombres invisibles”, los negros, especialmente los negros chillones y reivindicativos, como el presidiario sobre-intelectualizado Eldridge Cleaver, que declaraba haber violado a mujeres blancas en un acto de venganza étnica, o los panteras negras islamizados y radicalizados hasta el empacho, o los ideólogos y movilizadores de masas del estilo de Malcolm Little, que renunció a su apellido, adoptando el anónimo X, para ocultar la infamante genealogía de los descendientes de esclavos.

La figura de Chester Himes, que el proletariado internacional pudo haber adoptado como símbolo de la opresión capitalista y racista, no parece encajar en Moraira, el rico barrio de Teulada, en la Marina Baja, cuyo ayuntamiento inauguró, mediada la mañana del domingo 8 de junio, en el exterior de su torreón-castillo, una obra escultórica realizada por la artista surrealista Rothraud Meindorfer.

Pero es en Moraira-Teulada donde Chester eligió vivir en 1969 y donde le esperaba la muerte en una cruda mañana de noviembre de 1985. Este hombre se casó en terceras nupcias con una mujer blanca -Lesley Packard, una inglesa hermosa y refinada que vigila los derechos de autor de su marido desde una casa vieja, pero exquisitamente rehabilitada, de Benitatxell, y a quien el escritor debe buena parte de su resonancia.

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Lesley Himes, en la inauguración del monumento a Chester Himes. Moraira (8 de junio de 2003)
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chesterhimes_meindorf_paco Monumento a Chester Himes, por R. Meindorfer-Paco

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Un visitante al monumento a Chester Himes en Moraira (Alicante)

Llegó Chester a nuestra tierra como un indiano que renuncia a sus dos patrias: la de origen -Estados Unidos- y la de adopción –Francia-, con los bolsillos aparentemente llenos de dólares y las maletas abarrotadas de libros, quedándose a vivir en una España que seguía sumergida en las sombras de su última dictadura militar y que tenía muy poco que ofrecer, salvo el sol, el paisaje y la tranquilidad que proporciona un dulce enclaustramiento.

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Lesley y Chester Himes en 1965. Foto: cortesía de Ms Himes

Pero las cosas no son lo que aparentan. Si hay algo que Chester pudo manifestar con claridad de palabra y obra a lo largo de su agitada vida es no haber sentido jamás el reconcomio del patriotismo y la pertenencia a un espacio concreto. “Los americanos blancos nos han dejado a los negros sin nada en que creer”, confesaba en una entrevista celebrada en su villa de la urbanización Pla del Mar, mientras su mirada recorría el mar azul y se posaba en el abrupto Peñón de Ifach. “Nunca he logrado encajar en ninguna parte”, se lamentaba en su autobiografía My Life of Absurdity.

Decía Malcolm X, a quien Chester conocía personalmente: “Vivir en América no te convierte en americano.” Y, en otro momento, añadía: “La verdadera libertad está en hacer saber a tu enemigo que harás todo lo que esté en tus manos para alcanzarla. Sólo entonces la consigues.” La libertad de Chester estribaba en la negación de la dependencia física, moral, espiritual, ideológica y material de todos y de todo…, excepto, si acaso, del dinero. Lo que le convierte a uno en un ser libre es la autonomía financiera, que le permite separar a los amigos de los enemigos, a los amos de los vasallos. Se puede vivir como blanco, siendo negro – algunos sin parecerlo, como Alejandro Dumas y Frank Yerby-, o trabajar como un negro, siendo blanco –para qué mencionar los casos-. O, peor aún, trabajar como un negro, siendo negro, pobre y desgraciado. “En América”, pensaba Himes, “existe el convencimiento de que sólo la adversidad ayuda al negro a superar los obstáculos. Pues bien. Estoy absolutamente convencido de que sin la adversidad yo podría haber sido muchísimo mejor escritor.”

Las ideas amarran como una cantata de Bach; son adictivas, insoslayables, como esos otros valores tan oscuros, imprecisos, acientíficos y, por tanto, existencialmente irracionales, por más que se los venere, como la raza, la etnia, la tradición, la religión y la cultura diferencial. Sólo sirven para la ensoñación y el arrebato místico. Pero al dinero no se le tiene esa clase de apego; es un instrumento útil por igual para el escritor como para el artista, para el gordo como para el famélico, para el sudasiático como para el centroeuropeo. A todos les asiste como estribo para cambiar de altura, aunque con distintos resultados: para mantenerse arriba, o para despeñarse.

Desde esa plataforma y con tal perspectiva quiso observar Chester Himes el mundo para acabar desmitificándolo. Gracias a sus novelas policíacas –que a él gustaba llamar “novelas de acción”, con sus extravagantes y blasfemos detectives Sepulturero Jones y Ataúd Johnson – logró salir del anonimato y la desesperación y ser expuesto en lugar preferente en todas las librerías y bibliotecas del mundo. El dinero y el éxito llegaron por fin, aunque a destiempo. Costó mucho dar a conocer la revolución social que describió en Plan B, chunga y zascandilona, tan surrealista como el arte de Maindorfer, que le perpetúa en Moraira.

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Plan B. Portada y contraportada de la 1ª edición francesa. Paris: Lieu Commun, 1983

Yesterday Will Make You Cry (“Por el pasado llorarás”, recientemente traducida al español), fue la razón del absurdo, comenzando por el horror de la contemplación autobiográfica y siguiendo el difícil itinerario del texto original, masacrado por los editores cuando se publicó con el título de Cast the First stone (“Arrojad la primera piedra”). Otras muestras de su pluma febril, como A Blind Man with a Pistol (“Un ceg amb una pistola”), Pinktoes (“Mamie Mason”), The Primitive (“El fin de un primitivo”), The Third Generation (“La tercera generación”), A Case of Rape (“Violación”), Cotton Comes to Harlem (“Cotó a Harlem”), Run, Man, Run (“Corre, hombre”) y My Life of Absurdity (“El absurdo de mi vida”) tuvieron que superar numerosos chequeos y perversas suspicacias en los despachos editoriales.

No hay respuestas fáciles para preguntas tan sencillas: por qué a unos les cuesta tanto llegar a la meta y otros la alcanzan sin aparente esfuerzo, como transportados por el aire sin ruido y sin fricción; y por qué el arte frívolo y desligado supera casi siempre, midiendo su peso a tanto el céntimo por página, al arte denso y peligroso – peligroso para el cerebro hueco y el hueso quebradizo, y poco rentable para el autor -.

A Himes, que fue un hombre lleno de excesos por su carácter temperamental, pero generoso y honesto en sus planteamientos, no le han faltado prestigiosos biógrafos, como Edward Margolies, Michel Fabre y James Sallis, que han tratado de dignificar su obra y su imagen. Todo lo que se ha hecho, todo lo que se hace, cuanto se haga por este artífice de las letras ha de contribuir al canje del cliché “literatura afro-americana” por el más razonable y más preciso de “literatura norteamericana”. Ser negro, chino, chicano o indio no son rasgos intelectuales distintivos en las letras americanas ni en ninguna otra literatura nacional, sino simples pretextos para la creación literaria, que no admite más fronteras ni más limitaciones que las del idioma.


Actualizado: 22 junio 2012

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