La tuna ronda

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En 1962, terminado el curso preuniversitario y los exámenes de grado, inicié el primer año de Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza. Salí por fin del internado y me alojé en una pensión de la calle Marcial, paralela a la Avenida de Goya, a unos quince minutos de la Facultad. Era una casa de huéspedes regentada por un matrimonio mayor. Compartía habitación en el último piso con un compañero del colegio que odiaba el humo del tabaco. Yo solía fumar, así que dejábamos abierta la ventana casi todo el día. Como los otoños y los inviernos de Zaragoza son especialmente crueles, estudiábamos tapados con abrigo y bufanda, con los pies colocados a la lumbre del brasero de carbón. Solíamos hacer ejercicios abdominales y musculación con tensores de goma. Estábamos muy orgullosos de nuestros bíceps. Las noches que precedían a los exámenes nos las pasábamos estudiando hasta la madrugada; luego nos recuperábamos del esfuerzo durmiendo hasta casi la hora de comer. De esta manera teníamos la sensación de haber estado trabajando con la máxima intensidad. Yo tenía una guitarra, regalo de mis padres, que tocaba como si fuera un joven Tárrega. Precisamente mis virtudes musicales me llevaron a ingresar en la tuna universitaria. Con ella pasaba las noches de los sábados bajo la bruma y el azote del viento gélido, desfilando incansablemente hasta la madrugada, tañendo las guitarras y las bandurrias y reclamando a gritos y canciones nuestro yantar y las bebidas que preparaban nuestras madrinas en sus casas. La mayoría eran hijas casaderas de la burguesía -a nosotros nos parecían bellezas inalcanzables- dispuestas a encontrar entre los tunos -futuros licenciados y profesionales del derecho, la medicina, las ciencias o las letras- su oportunidad de casarse. “Siempre caía alguno”, me confesaba hace poco la guía del museo conocido en Santiago de Compostela como “Casa de la Troya”.

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Arriba, Tuna Miraflores. Visita de ronda a la casa del Jefe Superior de Policía de Zaragoza 1964.
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Ensayando con mi compañero de colegio Pedro Marqueta Siibert
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La tuna Miraflores de Zaragoza

Al año siguiente me trasladé al Colegio Mayor Cardenal Xavierre. Uno de los directores, el P. José Mª Zapater-un dominico de amplias miras- me pidió que organizase una Tuna. No sé cómo logró los fondos necesarios para fabricarnos unos trajes con capa negra y blanca.[1] En escaso tiempo encontré gente que supiese tocar algún instrumento musical o tuvieran buena voz. Buscamos chicas de la burguesía zaragozana dispuestas a fabricarnos cintas multicolores. Elegimos entre ellas a nuestras madrinas, a quienes tendríamos que rondar. Llegó el día de nuestro estreno oficial. Nuestra primera ronda fue a la Virgen del Pilar, erguidos orgullosamente bajo las estrellas en las escalinatas que daban al templo. Después vino la ronda a la alcaldesa de Zaragoza, María de Valenzuela.

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Arriba, entregándole un ramo de flores a Dª María de Valenzuela, esposa del alcalde de Zaragoza, Luis Gómez Laguna. A un lado aparece el P. José Mª Zapater Carón, el artífice de la Tuna Cardenal Xavierre (1964)
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La Tuna Cardenal Xavierre al completo en el domicilio del alcalde de Zaragoza

Más adelante obsequiamos con nuestras melodías a las actrices gemelas Pili y Mili (Aurora y Pilar Bayona Sarriá, aragonesas ambas), que iban acompañadas de la actriz Isabel Garcés, en el estreno de su primera película Como dos gotas de agua en el cine Palafox. Todos los sábados por la noche salíamos a desfilar por las calles y las avenidas, regresando a casa exhaustos.

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Arriba, Isabel Garcés, entre Pili y Mili
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Hall del Cine Palafox, abarrotado de tunos, espectadores y periodistas

Ángel Gari Lacruz y Julio V. Brioso y Mairal, en Memorias del Cerbuna (diversos autores, Zaragoza: Kronos, 1992) evocan sanos y aparentemente ingenuos recuerdos de la tuna del Colegio Mayor Universitario Pedro Cerbuna de Zaragoza:

Quienes formaron parte, a lo largo de los años, de la gloriosa y nunca bien ponderada Tuna cerbunil, podrán dar cuenta con mayor precisión de sus gestas, que proclamaba en todo Zaragoza la Fama con sus Cien trompetas. El maestro Baños, gran experto en temas musicales, figuraba desde tiempo inmemorial en la Tuna cerbunesca, así como , los polifacéticos hermanos Compairé, Paco Almazán, Bernardo Guerrero, José Esteban Torrente Gari, José Soler Balagueró, etcétera.

Quintaesencia de la casta y solera de este Colegio Mayor, que era el más casto y asolerado de todos los de Zaragoza, la Tuna del Cerbuna, los tunos que la componían, eran temidos y temibles, admirados y esperados en todos los Colegios Mayores femeninos y entre todas las estudiantes y no estudiantes zaragozanas.

Las antiguas. inquilinas del Santa Isabel, las de la Anunciata, las Pepas o Josefinas, las de las Esclavas o “Isabel la Católica”, podrán dar cuenta y razón de ello. Cuando previamente y con el debido protocolo anunciaba su visita la Tuna del Cerbuna a estos Colegios Mayores femeninos para un sábado por la tarde o noche, directoras y monjas se echaban a temblar y reunían a las alegres y bulliciosas colegialas haciéndoles las recomendaciones del alma y previniéndoles contra los inminentes e indubitables peligros que sobre su inocencia se cernían.

Ocasión hubo en que la atribulada Directora del Colegio Santa Isabel, a las “tantas” de la madrugada, telefoneó pidiendo ayuda al Director del Cerbuna porque sus tunos habían invadido el Colegio femenino: Siempre ha habido y hay una a modo de rivalidad fraternal entre ambos centros.

Con algunos de aquellos personajes de la tuna cerbunera tuve que coincidir en nuestras frecuentes razzias gastronómico-musicales. En el mismo libro arriba citado, Ángel Pacheco Latorre proporciona las claves de la popularidad de las tunas y, muy en especial, la del Colegio Mayor Pedro Cerbuna de Zaragoza:

Al glosar la existencia del Cerbuna, no podría faltar una pincelada sobre su tuna, que ha contribuido a la alegría y jolgorio colegial durante los últimos treinta años, desde aquella fiesta de Santo Tomás de Aquino de 1966 en que hizo su presentación tras meses de ensayos.

La tuna nació en el Cerbuna de forma natural, como el árbol en el monte o el fruto en el árbol, porgue es un elemento que encaja perfectamente en el entorno de un Colegio Mayor por su innegable carga’ cultural y universitaria, acumulada durante siglos de existencia, como demuestran sus trajes y capas.

Pero la tuna también tiene un aspecto lúdico-festivo que le hace sentirse especialmente bien en un Colegio como el Cerbuna, cuyo jolgorio existencial ha cristalizado en historias legendarias, plasmadas con toda seguridad en otras partes de este libro.

Estudio-ensayo, examen-actuación, cultura-música, fiesta-juerga. Hay muchas facetas que son análogas en la esencia del Colegio Mayor y la Tuna.

Comenzando por su vertiente más seria (1a cultura), habría que decir que la Tuna del Cerbuna ha pasado por diferentes etapas en cuanto a su musicalidad. Son famosas las épocas en que las guitarras y bandurrias se veían complementadas con instrumentos orquestales en toda regla, como el famoso contrabajo cuyo origen descubre José Ma Cuesta en su artículo, el algo más manejable violín y la bastante más ligera flauta travesera. Incluso instrumentos renacentistas como la mandoliria o el muy eclesial armonio de la capilla del Colegio han formado parte de nuestra tuna. y es que el Cerbuna ha visto pasar músicos muy notables (aunque quizás no profesionales ni famosos) en este último medio siglo, algunos de los cuales ha formado parte de su tuna. Permitidme mencionar aquí a algunos de la época más reciente, como Juan Carlos Falcón, el Canario, capaz de dominar cualquier instrumento tuno –y otros no tan tunos- y la voz preciosa de Manuel Antón “Radar”. Otros muchos fueron miembros de la Tuna del Distrito Universitario, lo que nos da idea de su bien hacer.

Pero no todos estos años se ha podido formar una tuna de pentagrama y atril. La ampliación de la sección de percusión ha sido un recurso bastante frecuente en los años de sequía de corcheas. Triángulos, cascabeles, castañuelas y maracas, además de las consabidas panderetas, han disimulado alguna que otra bisoñez musical, pero la mayoría de las veces sin rebajar la calidad de las actuaciones, porque en esto de la tuna las ganas, el ritmo innato y la gracia aporreando el instrumento compensan con creces la falta de solfa. (…)

¿Y las anécdotas? Haberlas, haylas, por supuesto. Seguro que en este año de celebraciones no se dejarán de evocar episodios como aquel pequeño “hurto” acaecido en Castellón: una escalera de bomberos fue “cambiada de sitio” para rondar a unas bellas lugareñas, lo que motivó la ira del Gobernador Civil de turno y la subsiguiente expulsión de aquella ciudad. Como elementos rondadores también sirvieron el ya mencionado armonio de la capilla traasladado en un carrito, lo que no tuvo tantas consecuencias administrativas, o aquel banco de piedra del parque, trasladado no se sabe cómo hasta el hall del Colegio .

También se recordarán las innumerables invasiones de las habitaciones del Santa Isabel, tras las que Pascual López Lorenzo, entonces director del Cerbuna, tenía que hacer gala de su diplomacia para apaciguar los ánimos de la dirección del colegio vecino, que no de las colegialas, quienes recibían con alborozo la alegre y ruidosa -pero a la. vez clandestina- presencia de la tuna en sus aposentos. Hay que aclarar que por aquel entonces/los varones que no fueran progenitores de las colegialas tenían vedado el acceso a las habitaciones del Santa.

¿Qué más os voy a contar de la tuna? Pues que aunque es también historia del Cerbuna, es un elemento vivo. Pasaos por el Colegio en una fecha señalada y podréis verla en acción y disfrutar con sus canciones, y si véis en cualquier lugar una tuna con la cruz de Iñigo Arista en la beca azul… invitadles a una copa y cantad con ellos, pues estáis entre cerbunos.

Mi tercer año de carrera lo cursé en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Salamanca. El curso se me pasó como una exhalación. Entre las primeras cosas que hice fue averiguar dónde se reunía la Tuna Universitaria. Me convocaron a una reunión en un bar para hacerme una prueba y me pidieron que tocara algo con la guitarra. Me di cuenta de que entre los que parecían jefezuelos de la Tuna había pocos maestros del arte de la música. Hice unos rasgados por soleares y bulerías y a continuación acompañé al bandurria en dos o tres canciones que hablaban de sirenas, claveles y amarguras de corazón. En ese mismo instante me nombraron tuno oficial. Como yo conservaba mi traje de la Tuna de Zaragoza, no tuve más que acudir a la primera ronda. En mi cabeza ronroneaban los infames versos de Espronceda:

En Salamanca famoso
Por su vida y buen talante,
Al atrevido estudiante
Le señalan entre mil;
Fueros le da su osadía,
Le disculpa su riqueza,
Su generosa nobleza,
Su hermosura varonil.

Las noches de invierno de Salamanca aún eran peores que las de Zaragoza. No obstante, los tunos salmantinos tenían una auténtica organización. Quien no sabía tocar ningún instrumento se encargaba de buscar madrinas y lugares donde comer y beber a cambio de una ronda. Otros se habían convertido en auténticos profesionales de la farándula, estableciendo conexiones con las ciudades que habríamos de visitar y montando una red de intercambios y encuentros. Uno de los viajes más largos e intensos fue a París, cruzando en autobús la frontera de los Pirineos y recorriendo diversas capitales y ciudades del país galo. Entre las visitas concertadas figuraba el Ayuntamiento de Burdeos, un edificio de lujosos salones en los que nos aguardaba medio consistorio. Allí me di cuenta de la clase de gente que se ocultaba bajo el disfraz de la Tuna Universitaria de las Facultades de Derecho, Medicina, Filosofía y Letras, Ciencias y Medicina de la Ilustrísima Ciudad de Salamanca. Uno de mis compañeros se empeñó en llevarse un enorme jarrón de china que parecía estorbarle en su paso. Se agarró a él y trató de levantarlo sin prestar atención alguna a la gente que nos rodeaba. Afortunadamente no logró consumar su objetivo. Cuando se terminó la recepción y se apagó el sonar de nuestras guitarras, bandurrias, mandolinas y panderetas, la Tuna de Salamanca fue despedida con grandes aplausos. Los elegantes concejales y el elocuente alcalde tuvieron que observar un desfile de harapientos recién cebados con lo mejor de la cuisine y les vins de la culta Francia.

La siguiente estancia fue en Poitier. Pero en esta ocasión no había que rondar a los políticos, sino dar un verdadero concierto en el teatro principal. El local estaba lleno; en las butacas de patio y las plateas se meneaban los cuerpos de varios centenares de personas de todas las edades que habían acudido a escuchar nuestras alegres melodías. Poco antes de comenzar la función me advirtió mi jefe que tenía que tocar Los sitios de Zaragoza, una pieza de extraordinaria complejidad para mi limitadísima destreza instrumental. El principal bandurria y yo improvisamos un ensayo y nos dejaron solos, al otro lado del telón, frente a una multitud expectante. En una parte de esa pieza había que imitar el ruido del tambor que acompañaba a los luchadores anti-napoleónicos. Crucé dos cuerdas y las rocé rítmicamente con las puntas de los dedos, haciendo una fiel réplica del redoble. La gente se echó a reír, convencidos de que desafinaba. Cuando mi compañero avanzó en sus acordes, desdoblé las cuerdas y le seguí sin vacilar hasta el final. Nos vimos bañados por una ola de aplausos y de gloria que nunca he podido olvidar.

La tercera ronda tuvo lugar en la mítica ciudad normanda de Le Havre. Y la cuarta, en el Aula Magna de la Universidad de La Sorbonne. Había algo en nosotros -aparte de nuestra anacrónica vestimenta y descontrolada conducta- que llamaba la atención de los franceses. Tal vez traíamos, además de canciones y pasacalles, el son atávico de la España que muchos habían tenido que abandonar, bien por razones políticas o porque Francia era el centro de acogida de los emigrantes de Europa meridional. El anuncio de nuestra llegada siempre iba acompañado de todo tipo de agasajos, y nosotros nos aprovechábamos de ellos con una absoluta falta de control, tanto en el comer como en el beber y en las juergas. Pensábamos que todas las chicas del mundo se acercaban para admirar nuestra pose, nuestro arte y nuestra galantería, y algunos de mis compañeros no dudaron en abusar de su privilegiada situación para cometer los excesos que les permitieron. De esta manera, al entrar en una gran sala de la Universidad, el grupo no tuvo el menor empacho en aporrear los instrumentos de cuerda olvidando toda clase de concordancia, saltando algunos sobre la mesa de los venerables profesores y dando la murga sin compasión ante los ojos asustados de los estudiantes. Pocas veces en mi vida he sentido tanta vergüenza como en aquellos momentos. El bufón de Frans Hals habría hecho mejor papel que cualquiera de los sabios tunos salmantinos.

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Frans Hals, “Joven bufón tocando el laúd” (c. 1623)

Una nueva actuación, en la cuna de Teresita de Nevers, fue más comedida. El concierto de noche fue de lo más ortodoxo y los aperitivos que nos sirvieron después los acabamos con moderación, aunque los ojos de aquellos muchachos tan estrafalarios se perdían entre la concurrencia, buscando cruzar miradas concupiscentes con las chicas que se mostrasen dispuestas a ofrecerles un brazo al pasear por la calle y recibir algún beso furtivo y ardiente, lo que nosotros llamábamos darles un morreo.

Aquella noche fue la última de nuestra serie de conciertos en Francia. Nada más subir al autobús de regreso a España se hizo el silencio. Pronto no se oyó más que el ronroneo del motor y el roce de las ruedas sobre el asfalto. Los campos se hallaban cubiertos por la nieve. La oscuridad y el cansancio se apoderaron de todos. Poco antes de amanecer se detuvo el autobús en un pueblo para recoger a dos jóvenes amigas de uno de los tunos para dejarlas en España. Nada más ocupar sus asientos se hizo un revuelo. Algunos comenzaron a levantarse y caminar por el pasillo incansablemente hasta donde estaban ellas. Uno tocó la bandurria, otro entonó una canción con tono ronco y desafinado; los demás mirábamos disimuladamente hacia el rincón de las francesas. Corrían los kilómetros y se pasó la voz de que una de ellas estaba acariciando a su amigo bajo la manta que les cubría. A través de los cristales se filtraba una luz tenue, azulada y amenazante como el amanecer de la estepa siberiana. Tenía la impresión de haber llegado al límite de mis fuerzas. “Se puede sacar al muchacho del país, pero no se puede sacar el país del muchacho”, pensé en aquellos momentos. Dondequiera que fuera la Tuna, llevaba detrás un halo romántico que ocultaba su verdadera naturaleza. El jubón, el calzón y las medias, las capas adornadas con cintas de colores disimulaban el mugre interior, las manchas de vino y cerveza, la vida desordenada y licenciosa, muy lejos de representar la cultura secular de su universidad de origen.

La Tuna ha sido en algunos momentos refugio de bandidos ilustrados que la han utilizado como instrumento de su codicia y su locura. De ello fui testigo cuando en abril de 1965 se celebró en Oviedo el VIII Certamen Nacional de Tunas de toda España, para la que habíamos nombrado madrina a Cayetana, Duquesa de Alba. Cuando apareció en el balcón del Ayuntamiento, se oyeron gritos señalando su belleza, sus piernas semidesnudas, su riqueza. Mi grupo no tuvo ningún respeto por el monumento a Alfonso II el Casto, junto a la catedral, sobre cuyos hombros posaron y en el que orinaron tumos de todas las regiones del país sin ningún pudor. Cuando se acabó la fiesta, agotados por los excesos, hicimos el viaje de retorno por el Puerto de Pajares. En la cima nos detuvimos a tomar un refrigerio en un parador que se levantaba -y sigue en pie- al lado de la carretera. Saliendo del local vi a dos de mis compañeros trasladar al autobús un pellejo lleno de vino de considerable tamaño que acababan de sustraer. La cordura y las razones que les dio nuestro director lograron convencerles de que debían colocarlo otra vez en su sitio.

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Tuna de Salamanca al pie del monumento a Alfonso II el Casto en Oviedo (abril de 1965)

Aquella fue la penúltima ocasión que tuve para despedirme de la Tuna sin tener que lamentarlo después. La última fue durante una ronda por la calle Mayor de Salamanca. Tenía por costumbre llevar en la cabeza una boina para exhibir mi navarrería y protegerla del frío. En un punto de la noche, mientras echábamos un trago de vino sobre la acera, se me acercó un tipo tambaleándose y, sin mediar palabra, me arrebató la boina, la capó (le quitó la bolita que sobresale por el centro) y la tiró al aire soltando una carcajada. Sin pensarlo dos veces, empujado por un instinto primario y destructivo, agarré la guitarra por el brazo, la levanté en alto y la descargué contra su cabeza. Mi querida guitarra se quebró como una calabaza, quedando las cuerdas colgando y dejando a aquel borracho confuso no por el golpe recibido, sino por la insólita función de un instrumento para la que no había sido diseñado. Adiós a mi guitarra para siempre. Adiós para siempre a la Tuna. Mi madre conservó toda su vida parte de mi traje, compuesto originalmente por el jubón, la camisa, el cuello cervantino, las calzas, los greguescos, la beca, los zapatos y la capa decorada con cintas de colores firmadas o dibujadas por chicas. Ahora guardo el jubón colgado de una percha. Tal vez el día de mañana formará parte de mi sudario.

Mientras tanto, aquí van dos enlaces que me envía un hermano tuno desde Sevilla. Son un buen alimento para espíritus nostálgicos.

http://neuma.es/tunadefilosofia.htm

http://neuma.es/tunadeperitos.htm

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[1] José Mª Zapater me escribió recientemente la siguiente nota:

“Emilio, acabo de ver tu trabajo sobre la tuna…Me ha dado un escalofrío y me ha emocionado, a mis años, tanta dicha de nuestros tiempos. Antes de fundar la Tuna Xavierre, le pregunté al rector, P. Escámez, y el Colegio pagaba los trajes, y al decirme que sí, pues a trabajar. El diseño fue cosa mía personal: el cuello cervantino, el  talle del cuerpo en negro, la capa de los obispos dominicos: blanco por dentro para resaltar en contraste con el talle del cuerpo y negro por fuera: que fue la “versión musical” del hábito de dominicos, que cuando estuve con Luis Buñuel me dijo “es el hábito más bonito de todos los hábitos de frailes”… Anécdota: hace unos 4 o cinco años, hubo en La Laguna concurso de rondas, ya media mañana iba yo por allá y oí música de ronda, me acerqué a un grupo que estaba en la calle, me emocioné y acercándome a uno le dijo: “Mira, yo fui fundador de una tuna en Zaragoza…no me dejó terminar y dando un grito: ‘¡Eh, muchachos! Aquí hay un profesor fundador de tuna en Zaragoza, va por él…’ ¿Te imaginas?”

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