La transmisión del lenguaje

Emilio García Gómez

No es posible establecer, en el estado actual de nuestros conocimientos, el punto de partida del lenguaje humano: un lenguaje avanzado, capaz de ejercer complejas funciones más allá del simple vagido de dolor o jadeo de placer, como, por ejemplo, una petición o indicación de que se realicen determinados actos, o la descripción de una situación concreta. Resulta poco creíble un big bang de las lenguas, y también podemos resistirnos a aceptar la transmisión del lenguaje por canales científicamente insostenibles e indemostrables, aunque muchos dan por válido que el lenguaje humano es obra del soplo divino.

Partiendo de la suposición de que hombres y monos proceden de un antecesor común, los antropólogos no dejan de buscar el eslabón que enlace al homínido, al hombre primitivo, simiesco, con el hombre moderno, con sus particularidades antropomórficas (mandíbulas, cavidad bucal, lengua, cuerdas vocales, tráquea, laringe, pulmones, conducto auditivo, disposición de los ojos y un receptáculo capaz de alojar un cerebro de grandes dimensiones y surcado por una red de conexiones neuronales perfectamente distribuídas), que permita sospechar que en algún momento ya le fue posible emitir enunciados vertebrados, lógicos e inteligibles para los miembros de su grupo social y de su propia especie.

La observación del desarrollo del lenguaje infantil acaso nos ayude a comprender, recortando nuestro argumento, las distintas fases de la comunicación en la noche de los tiempos: una fase fetal, puramente táctil y receptiva, otra fase de aproximación para el intercambio de impresiones con el mundo exterior, otra de imitación de estímulos exteriores (el lenguaje, como el instinto, no se enseña; se aprende o se adquiere) y una, relativamente avanzada, de comunicación real mediante el desempeño de, al menos, dos funciones fundamentales: la directiva y la referencial, arriba descritas. El resto de las funciones identificadas por Foley (1988) -función expresiva, o capacidad para expresar ideas abstractas y estados emocionales, función interactiva, o modo de incorporar toda clase de rutinas y sutilezas verbales que ayudan a mantener la cohesión y el contacto social, función metalingüística, o capacidad para hablar sobre la propia lengua, y, finalmente, función poética, que implica una capacidad para crear formas artísticas a partir del lenguaje- todas ellas sólo pudieron nacer en el seno de una sociedad civilizada, de la que sí se tienen noticias ciertas. La introducción gradual de la escritura -forma gráfica, visual, de representar el pensamiento y la expresión verbal- ha permitido desplegar un enorme abanico de posibilidades para la explotación del lenguaje, hacer más compleja su estructura y facilitar su descripción y su regulación.

La pregunta que nos hacemos, una y otra vez, es, además de cómo, cuándo, aproximadamente, pudo nacer el lenguaje. Sin tener la respuesta definitiva, al menos podemos intuír con relativa facilidad el momento preciso: cuando el hombre fue capaz de vivir en sociedad y compartir sus experiencias, como les ocurre a las demás especies biológicas desde que nacen. La actividad de un cachorro en contacto con el hombre denota claramente, aun tratándose de especies diferentes, el inicio de una relación que llega a alcanzar un nivel más profundo de lo que aparenta; el perro aprende a comunicarse con su amo reclamando su atención para pedirle comida, reclamar una caricia o describirle una situación. Todavía resuenan en mis oídos los ladridos de Jack -un schnauzer enano- tratando de impedir que me sumerja en la piscina, alertándome de lo que él cree que es un peligro inminente. Su manera de hacerlo -por sonidos inarticulados y movimientos corporales, como el resto de los animales- es obviamente distinta a la mía, pero cualquiera podría reconocer en esos ladridos, de una altura y frecuencia determinadas, aquellas funciones básicas de la comunicación a las que se refiere Foley. No resulta disparatado suponer, con más motivo, que nuestros antepasados ampliaron su lenguaje a medida que iban extendiendo sus relaciones internas y externas con otros individuos de su misma especie, e incluso llegaremos a afirmar que la única forma de lograrlo es el contacto social, como parece deducirse de los estudios de los niños ferales, o niños incomunicados durante el período de fundación del lenguaje.

Lo que está fuera de toda duda es que el lenguaje humano es parte de nuestra herencia genética y exclusivo de nuestra estirpe; los insignificantes resultados obtenidos con simios por algunos investigadores -Gardner, Fouts, Premack, Terrace, etc.-, que pretendieron enseñarles a hablar con gestos e ideogramas, parecen haberles conducido a la única hipótesis inicial admisible, al menos por ahora: la hipótesis cero.

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